viernes, 30 de octubre de 2015

El papel de la cultura en la configuración humana


Por lo general, cuando hablamos de evolución humana pensamos nada más que en la evolución biológica, como la planteada por Darwin. Si bien este conocimiento es necesario y acertado, debemos advertir que la evolución de la especie humana no concluye con la aparición del homo sapiens, hace quizá unos 100,000 años, sino todo lo contrario: empieza precisamente en ese punto. Nuestra noción de evolución humana nos lleva a los procesos de creación de la cultura, empezando por las formas primitivas de comunicación hasta el establecimiento de las primeras nociones fijas en una comunidad y de las formas iniciales de racionalidad general. Desde ese punto, nos interesa hacer el recorrido del proceso evolutivo del pensamiento humano, la transformación de sus formas de racionalidad, de las nociones acerca de la realidad, el establecimiento del pensamiento simbólico y sus repercusiones en la vida de las comunidades y en sus estructuras sociales, descubrir el nacimiento de las primeras expresiones del pensamiento mítico y religioso y perseguir su desarrollo a lo largo de la historia, asimismo es preciso entender las formas de la racionalidad científica y sus repercusiones en la configuración de la cultura moderna, incluyendo los efectos de la tecnología en la vida cotidiana. En suma, la psicología no puede desarrollarse desvinculada e ignorante de los procesos que han determinado lo que hoy se conoce como hombre, sociedad y cultura. Esto es lo que entendemos por proceso evolutivo, y es lo que, a nuestro entender, proporcionará las claves para comprender adecuadamente al ser humano, en tanto agente cognitivo activo sujeto a una historia y a una cultura.

A lo largo de la historia se ha venido mencionado muchas veces la influencia del medio sociocultural en el comportamiento de las personas, pero estas menciones nunca fueron acompañadas de una explicación cabal acerca de cómo ocurre este proceso. El pensamiento científico ha estado más ocupado en cuestiones materiales y objetivas, procurando el estudio y explicación del hombre a partir de sus elementos básicos, convencidos de que todo puede ser explicado a partir de la bioquímica. Todavía hoy estamos a la espera de tales explicaciones. La psicología, por su parte, se ha ocupado en gran parte del estudio del individuo aislado, como si este se explicara por sí solo, intentando descubrir la anatomía de su personalidad e inteligencia como fundamentos claves, generando una gran variedad de teorías que, sin embargo, no tienen mucho en común, debido a que cada una intenta su explicación a partir de su propia noción de tales conceptos, reflejando que ellos son más conceptos que realidades. En todas estas perspectivas, la cultura ha permanecido invariablemente fuera de la visión de la psicología. Cuando más, se la ha considerado como un almacén de modelos. 

Esta situación está a punto de cambiar dramáticamente en el presente siglo, pues ya se cuenta con teorías que intentan la comprensión del ser humano desde la perspectiva opuesta, es decir, desde la complejidad de la cultura como factor determinante en la configuración cognitiva de los sujetos. En pocas palabras, la cultura es la fuente que provee a cada individuo de la racionalidad con que operará su cerebro. Todas las estructuras lógicas de razonamiento así como las formas de pensamiento social son proporcionadas por la cultura, desde el lenguaje y su lógica semántica hasta la manera de entender la realidad de su mundo, ya sea mediante una religión o la ciencia o ambas. El cerebro, visto desde esta perspectiva, no sería más que un gran procesador carente de sistema lógico al nacer. Más aun, sabemos que el cerebro al nacer ni siquiera cuenta con estructura neuronal definida. De modo que tanto la estructura neuronal como la estructura lógica procesal, son productos proporcionados por la cultura y los agentes culturales como la madre, la familia y la comunidad. A esto hay que añadirle hoy los medios de comunicación masiva. Esta es una perspectiva novedosa que cambiará los viejos conceptos de la psicología tradicional enfocada en el hombre aislado, prisionero eterno de sus factores genéticos y sus condicionamientos.

El concepto del hombre como fenómeno en producción a cargo de una cultura configurante estuvo fuera de la visión de la psicología, así como el concepto de cultura como fenómeno cognitivo social. Hay dos razones básicas para que este tipo de concepción fundamental no pudiera darse: primero porque no lo podemos apreciar desde el habitual punto de vista objetivista, y segundo, porque no estamos mentalmente dispuestos a tratar con este tipo de fenómenos, al menos no tan fácilmente como con otras cosas. Revisemos brevemente estas dos razones.

La primera alude al hecho de que pensamos con un razonamiento que se ha configurado alrededor de elementos más concretos y fáciles de percibir, es decir, objetivos. Este es un hecho comprensible debido a que el cerebro básico humano está diseñado específicamente para tratar con este tipo de elementos, en consecuencia, el pensamiento humano se forjó alrededor de elementos objetivos. Finalmente con la llegada del pensamiento científico, se consolida una forma de pensamiento que asume lo objetivo como su carácter prevaleciente. Como consecuencia, tenemos una cultura de la objetividad, cuya influencia ha llegado hasta los ambientes académicos donde el objetivismo es una exigencia del pensamiento, llegando a establecer una especie de culto por la objetividad. Así resulta que hasta los periodistas y jueces pretenden ser “objetivos”, como si tal cosa fuera posible al analizar escenarios y conductas humanos cargados de significados culturales y de intencionalidad. Hasta la ciencia física en su progreso ha tenido que aprender a tratar con aspectos de la realidad que no tienen una naturaleza esencialmente objetiva, o que al menos se manifiestan como una dualidad, tales como la luz, los electrones, la gravedad, etc. Pero al margen de la realidad física, la realidad humana es totalmente diferente. La mayor parte de la realidad humana está repleta de conceptos, símbolos y significados meramente subjetivos tales como justicia, igualdad, derechos, democracia, fidelidad, patria, fecha, edad, etc. No obstante, persisten en la psicología estas actitudes objetivistas y empiristas que confunden la realidad con lo objetivo y sensible, obstaculizando su cabal comprensión. Desde este formato de razonamiento, muchos aspectos de la realidad humana simplemente desaparecen del escenario de estudio, siendo esta una muestra más de cómo la cultura es capaz de guiar nuestros razonamientos por un sendero culturalmente predefinido, para darnos una noción específica de lo que es la realidad, la verdad y el conocimiento. Lo curioso es que la psicología, lejos de explicar este fenómeno, es víctima de él. Este formato de razonamiento objetivista pretende, entre otras cosas, que todos los elementos subjetivos de la realidad humana se transformen en elementos objetivos, con el propósito de acomodarlos a las exigencias de un método diseñado específicamente para las ciencias naturales, a fin de que sean tratados estadísticamente. De esta forma, la psicología sujeta a las características cognoscitivas predominantes en la cultura cientificista, se ha convertido en una ciencia natural que va en búsqueda de leyes universales fundadas en una causalidad basada en las probabilidades de ocurrencia descubiertas por la repetición de eventos objetivos tabulados.

Pero es que… ¿acaso los seres humanos somos objetivos? Primero habría que comprender que ninguna especie está preparada para tratar con todos los aspectos de la realidad sino tan sólo con aquellos que corresponden a su nicho ecológico, y sólo con aquellos que son relevantes para su sobrevivencia. El hombre posee un cerebro heredado de sus antepasados antropológicos que está diseñado básicamente para procesar elementos exteriores que son objetos concretos, y esto sólo mediante cinco sentidos que poseen una capacidad perceptiva muy limitada. Como consecuencia, en su esfuerzo por entender otros aspectos más complejos de la realidad, el hombre tiende a la creatividad y a la reificación, es decir, cosifica o personifica los fenómenos, tal como ocurre con Dios, la patria, la inteligencia, la personalidad, etc., y como se enfrentan “la lucha contra la pobreza” o “contra el analfabetismo”, o sea, como si se tratara de monstruos a los que hay que combatir a pedradas. Para tratar adecuadamente con elementos no objetivos, se necesita un cambio radical y cualitativo del pensamiento que nos permita escapar de ese esquema con el que aprendimos a tratar el mundo próximo a los sentidos y a la experiencia. Vale decir que para comprender los escenarios propios del pensamiento humano, debemos dejar de lado los esquemas empleados para comprender el mundo que nos rodea y apelar a otras estrategias cognoscitivas muy diferentes. Por otro lado, asumir que las cosas que el cerebro humano no puede procesar cómodamente, no existen, es una actitud bastante ridícula, similar a la que nos podría plantear una especie sin ojos que asegura que la luz no existe ya que su cerebro no puede procesar dicha señal. El reto que nos plantea el entendimiento del ser humano es lograr ampliar el horizonte del pensamiento hacia una clase de fenómenos que no se reducen a lo objetivo y exterior sino exactamente al revés. El intento de fabricar una psicología basada en el estudio de objetos exteriores a la conciencia, desde este punto de vista, carece de todo sentido. Todo lo que hay fuera de la conciencia es perfectamente estudiado por las ciencias naturales y no por la psicología. No hace falta una psicología allá afuera.

La segunda razón se refiere a que los hombres actuamos preferentemente siguiendo pautas. Estas asumen diversos nombres en función al escenario, por ejemplo, tradiciones, costumbres, hábitos, rutina, modelos, métodos, etc. En ciertas circunstancias podríamos referirnos a ellas como programas conductuales. Tenemos programas biológicos, genéticamente codificados, pero también tenemos programas sociales. Al habernos estado ocupando de cuestiones esencialmente objetivas, hemos perdido de vista la mayor parte de estas pautas, con excepción del código genético. Pero los humanos seguimos una pauta para pensar y actuar que está eminentemente orientada a tratar con elementos objetivos. Además, estas pautas no son sólo un programa de conducta sino también la base para entender y asumir las cosas, puesto que están elaboradas bajo una serie de presupuestos que sirven como argumentos para explicarnos lo que ocurre. La mayor parte del escenario académico actual está todavía estructurado según el modelo empirista y objetivista forjado a inicios del pensamiento científico del siglo XIX. Bajo este modelo, obviamente es imposible distinguir otros aspectos de la realidad que no sean objetivos y concretos y exteriores a la conciencia. Toda esta forma de ceguera cultural contribuye a que la psicología siga sumergida en condicionamientos cognoscitivos tales como mediciones, datos y estadísticas, y no vea otras formas de investigar los fenómenos psicológicos que son absolutamente distintos a los que abordan tales métodos.

En la época en que se carecía de conocimientos científicos, los hombres concebían imposible explicar los fenómenos naturales a través de mecanismos físicos y químicos, por lo que todos estos fenómenos eran atribuidos a alguna forma de poder mágico. Pero hoy, cuando ya se tienen algunos conocimientos científicos que hacen posible tales explicaciones, resulta que los humanos no ven más allá de los mecanismos físicos y químicos, ni quieren asumir otras formas de razonamiento que no sean las fundadas en el conocimiento científico objetivo. La psicología configurada alrededor de tales concepciones de la realidad, el conocimiento y la investigación, carece, lógicamente, de las posibilidades para estudiar, comprender y explicar los fenómenos propios de la conciencia y otros que son consustanciales a la naturaleza subjetiva del ser humano.

Los efectos configurantes de la cultura del siglo XX se pueden apreciar en la dicotomía mental de mucha gente que vive aun en una dualidad de creencias opuestas. Por un lado creen firmemente en un dios invisible y por el otro creen fanáticamente en la objetividad de la ciencia. Esto debido a que la cultura religiosa ha hecho factible creer en un dios invisible e imperceptible, mientras que una forma de ciencia ha predicado la objetividad del mundo, haciendo que el razonamiento adquiera finalmente esta ambigüedad. Es decir, en un lado la mente concibe perfectamente algo no objetivo mientras que por el otro lado no lo puede concebir. Para una persona configurada mentalmente con estos enfoques resulta tan imposible concebir un dios material como una ciencia subjetiva. Del mismo modo, cada una de “las psicologías” desarrolladas durante el siglo XX, responde específicamente a un momento cultural de la historia y se acomoda a ella manejando los conceptos y valores vigentes.



Ciencia y psicología

La ciencia es, antes que cualquier otra cosa, una actividad humana, y como tal, se realiza sobre la base de determinadas concepciones que la orientan. Además, como cualquier otra actividad humana, no está libre de ejercerse bajo la influencia de ciertos factores irracionales. Es decir, existen una serie de presupuestos cognitivos y de actitudes psicológicas que configuran el escenario en el que se hace ciencia. A su vez, este escenario se conforma, en última instancia, culturalmente; en otras palabras, el científico, en tanto agente cognitivo, se acomoda a un clima ideológico social. Los presupuestos están referidos, por ejemplo, a una idea acerca de la realidad y a un concepto del conocimiento que surge a partir de dicha idea. Además tenemos concepciones sobre la forma válida de aproximación a la realidad con el propósito de lograr el conocimiento esperado. A todo esto hay que añadirle determinados intereses, necesidades, temores y urgencias que la sociedad plantea señalando las rutas del desarrollo científico, empezando por la propia valoración de esta forma de conocimiento. Todos estos presupuestos e intereses determinan la producción de lo que llamamos ciencia. Los campos de la ciencia se han estado diversificado en función al objeto del interés científico, y han configurado diversas disciplinas que comparten muchos aspectos comunes entre sí, ayudando desde su particular punto de vista, a la concepción general de una realidad esencialmente objetiva bajo una ciencia que debía ser empírica. Luego hubo que sumarle además un conocimiento acerca del propio hombre. Es entonces cuando dicha ciencia, configurada así, objetivamente, experimenta sus primeras dificultades. Mejor dicho, la psicología terminó entre la espada y la pared.

El esfuerzo por conseguir un conocimiento científico acerca del hombre tropezó con una serie de inconvenientes de todo tipo que no han sido adecuadamente estudiados ni valorados por la propia psicología, ya sea desde el estudio de su historia o de su epistemología. No obstante la psicología ha seguido produciéndose de variadas formas, y no siempre siguiendo fundamentos estrictamente racionales, aunque estas se presenten con formas y procedimientos científicos. Esto quiere decir que el sólo empleo de formas científicas no hace que una actividad sea científica, y ni siquiera racional. Las concepciones más certeras acerca de la ciencia y del conocimiento se dan en la filosofía de la ciencia y, en particular, en la epistemología; pero nunca ha sido un requisito ser filósofo o epistemólogo para emprender una empresa científica, o pretendidamente científica, como las que emprendía Sir Francis Galton, por ejemplo, por lo que las más de las veces dichas empresas se desarrollaban bajo las concepciones sociales sobre lo que era ciencia, pero luego dejaban una pauta a seguir, que podría haber sido un camino completamente equivocado y absurdo, como ha ocurrido varias veces en la historia. Algo que no es muy diferente en nuestros días. Por ello resulta muy común que mucha gente crea estar haciendo ciencia al seguir un método, cuando en realidad lo que hace no es más que la imitación de un proceder científico generalmente fuera de contexto. Una concepción usual hoy es que basta con seguir un método para hacer ciencia, pero más grave aun es que se intenta supeditar el concepto de ciencia al seguimiento de un método. 

El desarrollo de una psicología científica ha sido quizá la empresa más difícil que ha emprendido el hombre en su aventura por el conocimiento. La psicología, otra actividad humana orientada esta vez a comprender al propio ser humano, cometió un error de principiante al tratar de configurarse a la imagen y semejanza de las demás ciencias, copiando sus presupuestos y sus métodos, como si el objeto de su interés estuviera en el mundo real y en la forma de un objeto dado, asumiendo al igual que las demás ciencias, que dicho objeto hombre existía con independencia de su propia conciencia. Y todo esto fue asumido así porque quienes hicieron psicología resultaron afectados por el ambiente específico de una época caracterizada por el resplandor de una nueva forma de pensamiento llamado científico, y por la nueva racionalidad que se instalaba socialmente. Esto condujo a estructurar una “psicología científica” que resultó ser sorprendentemente “objetiva y empírica”, es decir, el mundo humano existía fuera de la conciencia humana, y estaba regida por las mismas leyes físicas que regían el mundo exterior y podían comprobarse empíricamente. Algo sumamente paradójico. 

Muchos años después, y gracias fundamentalmente a las neurociencias, pudimos entender que el mundo humano es una construcción del cerebro humano, y que allá afuera, en el mundo objetivo, no existen colores, ni música, ni ética, ni amor, ni mujeres hermosas, ni palabras, ni calor, ni leyes, ni ciencia, nada excepto materia sin sentido, ondas electromagnéticas caóticas, vibraciones de partículas de aire, moléculas en movimiento y un escenario imposible de imaginar. Todo lo que tenemos como realidad humana es una construcción de nuestro cerebro guiado por la cultura, reside en la conciencia y es privativo de nuestra especie. Por eso distinguimos realidad física de realidad humana. La primera es estudiada por todas las ciencias naturales y la segunda debería serlo por las llamadas ciencias humanas o sociales, y especialmente la psicología, con perspectivas, presupuestos y métodos muy diferentes. Habrá –y de hecho hay- un amplio campo de intersección de ambos mundos, con objetos y semiobjetos, pero ello no debe confundirnos. De allí que resulte paradójico haber configurado una “psicología científica” copiando el modelo de las ciencias naturales, y pretender enfocarla en el mundo exterior y objetivo, donde la psicología no tiene nada que estudiar. Haber desarrollado este tipo de psicología sólo se comprende si lo apreciamos como un esfuerzo para adecuarse a una cultura específica. Dicho de otro modo, es el resultado de los efectos configurantes que la cultura de la objetividad ejerció sobre el pensamiento social de una época orientando sus razonamientos en un determinado sentido, modelando a toda la sociedad y sus productos, incluyendo una cierta forma de psicología. 



El túmulo cultural

Un tercer factor que incide en la dificultad para tratar con elementos no objetivos es un fenómeno histórico al que llamaremos “túmulo cultural”, el cual consiste en mantener las formas históricamente logradas, validarlas y seguir edificando sobre ellas. Es imposible corregir la historia, de manera que los errores cometidos se consolidan culturalmente. La cultura está ya configurada y al igual que la historia resulta imposible desmontarla para corregirla. Los rumbos que se tomaron en el camino de la historia no se pueden desandar; con aciertos y errores, fueron los que acabaron configurando el mundo actual como lo conocemos hoy. Esto quiere decir que el mundo no tiene que haber sido necesariamente como es. Podría haber sido mejor o peor. Lo que debe quedarnos claro es que su configuración actual no es una necesidad lógica ni evolutiva. El resultado actual de nuestra cultura carga también con una serie de errores humanos consolidados. Muchas cosas que hoy constituyen pilares de nuestra cultura fueron el resultado de decisiones apresuradas, emotivas, irracionales, intuitivas, desesperadas, o se debieron a la aparición de un evento fortuito. Sin embargo, cada generación valida su presente y construye sobre ella haciendo que el túmulo cultural crezca, aunque no tenga ningún sentido racional. No obstante, es este el ambiente que configura el pensamiento social, ajustando cada mente al mecanismo y la lógica de la cultura vigente, luego es bajo tales formas de pensamiento social como se desarrollan todas las actividades de una sociedad, incluyendo la ciencia. 

Por fortuna el ser humano es una especie que se caracteriza por la heterogeneidad, y esto favorece la aparición de individuos que escapan de la inercia del pensamiento social permitiendo así que la ciencia desarrolle, aunque siempre tengan que confrontarse con el pensamiento social vigente, tal como ha sucedido tantas veces en la historia de la ciencia. Recordemos los casos de Galileo, Darwin y Einstein, por citar algunos que lograron imponerse tarde o temprano, pero nadie se acuerda de los muchísimos otros que terminaron vejados, ridiculizados, aplastados y marginados por la sociedad, y a los que hoy tan sólo con un trabajo de arqueología cultural podemos rescatarlos, como es el caso de Giambattista Vico (1668-1744) o del mismísimo Vigotsky, redimido de las catacumbas soviéticas medio siglo después. Pero son pocos los que han corrido esta suerte de ser redescubiertos y rescatados. Las sociedades tienden a dar prevalencia a su cultura tal como está, aunque ella presente errores o sea manifiestamente irracional y hasta salvaje. No obstante, la ciencia es capaz de confrontarse con las concepciones socialmente establecidas en la cultura vigente, ya sea en la forma de dogmas religiosos (Darwin), ideologías políticas (Vigotsky) o de paradigmas científicos (Einstein). El problema en nuestro caso es descubrir que tales confrontaciones se presentan al interior de la psicología configurada como ciencia natural, es decir, como ciencia objetiva y empírica. El túmulo cultural de la “psicología científica” adquirió las formas irracionales que hoy tiene, y se ha seguido construyendo sobre él. Los intentos de reconfigurarla van a encontrar mucha resistencia, pero la historia de la ciencia nos demuestra que tarde o temprano la ciencia recupera su sendero. Debemos pues tener paciencia histórica. 

Sobre la base de un estudio de la historia de la ciencia y de la historia particular de la psicología, es posible distinguir que el error de haber configurado una psicología como ciencia natural, parte de dos fuentes. La primera es que sus primeros propulsores fueron médicos, es decir, hombres de un pensamiento científico naturalista acostumbrados a tratar con objetos ajenos a la conciencia, y que emplearon los mismos presupuestos científicos en la configuración de la psicología. La otra fuente del error se dio en psicólogos que sin ser médicos se sintieron influenciados por la lógica de racionalidad científica dominante en la época, tal como lo demuestra el manifiesto conductista de Watson. Si nos atenemos a otras observaciones, notaremos que no por casualidad surgió el psicoanálisis en Alemania y el conductismo en EEUU. No es difícil descubrir que ambos se corresponden con lo que podríamos llamar “el espíritu” de sus naciones. Es decir, el pragmatismo efectista norteamericano y el profundo racionalismo ideológico alemán. Esta es otra clara muestra de los efectos configurantes que la cultura ejerce sobre la actividad científica. Pero esta clase de fenómenos obviamente permanecen fuera del alcance y de la visión de una psicología del tipo “ciencia natural”, enfocada en hechos objetivos, considerando que tales hechos existen independientemente de la conciencia individual y colectiva, y ajenos a las concepciones culturalmente establecidas. Como sabemos, este tipo de psicología tiene tantas contradicciones epistemológicas internas que se pasó el siglo XX cosechando muy duras críticas, como las planteadas por Georges Canguilhem, J. P. Sartre o Sigmund Koch. Al mismo tiempo generó tanta disconformidad al interior de la propia psicología que se produjeron diversas rupturas, convertidas luego en escuelas que vagaban buscando el norte del conocimiento sobre el ser humano. Esto nos permite comprender que una reconciliación entre tales escuelas no sólo resulta extemporánea, pues muchas ya no existen, sino que sería como el encuentro entre comunidades culturalmente distintas, que cargan con perspectivas diferentes, nociones diversas y hasta lenguajes distintos. Es más fácil concebir que a la luz de los nuevos tiempos, es decir, de la cultura moderna, que incluye una gran cantidad de conocimientos adquiridos en diversas áreas del estudio del hombre, el presente siglo sea el de la reconfiguración de la psicología. 

Es curioso que la física, ciencia que fue la primera en dar inicio al pensamiento científico, se haya abierto hacia fenómenos no objetivos y al estudio de aspectos de la realidad que ofrecen naturaleza variada, mientras que alguna parte de la psicología parece haberse estancado en un paradójico enfoque objetivista, aun cuando a lo largo del siglo se han acumulado pruebas suficientes para dudar de la objetividad humana. Desde Vigotsky hasta Kahnemann, se ha venido demostrando que las percepciones humanas son construcciones del cerebro que dependen de las circunstancias, del contexto y hasta del interés. Por último la búsqueda de objetividad podría tener sentido si lo que nos interesa son determinados aspectos del mundo físico, pero no cuando intentamos descubrir el mundo subjetivo construido por los seres humanos gracias a sus capacidades cognitivas, tanto en la conciencia individual como en la colectiva. Y esto es precisamente lo que nos interesa estudiar en la psicología. Para ello hace falta configurar una psicología como ciencia de lo subjetivo.

A raíz de los conocimientos que se han venido acumulando en los años recientes, podríamos señalar como un acontecimiento inevitable que una reconfiguración de la psicología como ciencia no objetiva está en marcha. Las contribuciones surgidas en los últimos años en este sentido han sido tan enormes, no sólo en lo que se ha dado en llamar la “segunda revolución cognitiva” (Rorty, 1998) donde destacan los trabajos de Mark Johnson, George Lakoff, Shaun Gallagher, Jerome Bruner, sino también en otros campos tales como la filosofía de la mente (Galen Strawson, Thomas Metzinger, Jose Bermúdez, Bernard Baars, Owen Flanagan, David Chalmers, Andy Clark), la psicología evolucionista (Daniel Dennett, Richard Dawkins y Stephen Pinker), la filosofía de la psicología (Matthew Ratcliffe), el novedoso territorio de los sistemas dinámicos auto-organizativos (Tim Van Gelder, Humberto Maturana y Francisco Varela), la psicología cultural y antropológica (Michael Cole, Ed Hutchens, James Wertsch, Leda Cosmides y John Tooby), los avanzados conceptos logrados en la cibernética y las comunicaciones (Ernst Von Glaserfeld, Heinz Von Foerster), etc. No nos olvidemos de la psicología social cognitiva (Social Cognition) desarrollada tanto por el propio Kahnemann como por otros, entre los que destacan Shelly Chaiken, Ziva Kunda, etc. Siempre resultará injusta e incompleta cualquier lista de autores, pero no quisiera pasar por alto a uno en particular: el Dr. Pedro Ortiz Cabanillas y su interesante aporte desde la perspectiva de la sociobiología. Adicionalmente podríamos considerar otros estudios como los hechos en torno a lo que llaman “Folk Psychology” (Ravencroft Ian, 2004), pues contribuyen a entender el papel del sentido común, las creencias y los deseos como elementos orientadores en la construcción de teorías, de los que tanto han abundado en la psicología del siglo XX. En todo este panorama interdisciplinario se construyen conocimientos que no pueden ser ignorados por la psicología. Por el contrario, la cosecha de conocimientos surgidos en los últimos tiempos en todos estos campos, junto con el laborioso esfuerzo por integrarlos en una concepción mucho más adecuada del ser humano, alejada de las concepciones causalistas, mecanicistas, organicistas y objetivistas del pasado, debe conducir hacia una nueva perspectiva para el estudio del hombre como el fenómeno complejo que es.