domingo, 11 de noviembre de 2012

El oficio del psicólogo

La imagen cultural de la psicología

El psicólogo suele ser alguien a quien se le vincula con una tarea curativa. La psicología como ciencia no tiene en realidad esta misión asistencial. No nació con ese fin. Esta imagen surgió por una distorsión cultural que empezó con la aparición del psicoanálisis en la medicina, la cual se centra en el tratamiento de enfermedades mentales y que derivó finalmente en la psiquiatría. Sin embargo el psicoanálisis propuso algunas teorías acerca de la personalidad, que afectaron las nociones de una psicología que aún carecía de teorías firmes al ser una ciencia reciente. Casi simultáneamente en Norteamérica emergió el conductismo por un afán de darle utilidad práctica y social a una ocupación experimental sobre animales surgida desde la biología. El conductismo pretendió ser un tratamiento a problemas muy específicos de conducta. Tanto el psicoanálisis como el conductismo son corrientes que surgen en el entorno cercano a la psicología y que, por defectos culturales que no viene al caso evaluar ahora, acaban confundidas con la psicología. Si bien el psicoanálisis se apartó rápidamente aislándose como una especialidad más cercana a la psiquiatría, aunque llena de conflictividades internas, el conductismo se alzó con pretensiones de ser la "nueva psicología", por lo que fue objeto de muy duras críticas. Así se inició el caos de la psicología durante el siglo XX.

El caso es que ambos (el psicoanálisis y el conductismo, además de sus críticos) reforzaron la imagen de la psicología como una ocupación interesada en el tratamiento de los problemas de la gente. Rápidamente la psicología incorporó en su vocabulario toda la psicopatología de la psiquiatría. Luego aparecerían enfoques curativos de todo tipo, ya no solo para enfermedades mentales sino incluso para el "hombre sano". Al final, una verdadera multitud de artes curativas pretenden hoy ocuparse de diversos aspectos de lo que llaman "la esfera psicológica humana", desatando el boom de las escuelas terapéuticas. Todo esto nos condujo al caos de la psicología en el presente, en la que muy pocos saben qué es y qué no es psicología.

La psicología se puso a "curar" mucho antes de pisar suelo firme en el territorio de la ciencia. El proyecto científico que la psicología había iniciado en Alemania a fines del siglo XIX y principios del XX, fue abandonado por los apuros de la guerra. Paralelamente en los EEUU aparecería el conductismo, que en buena cuenta era una disciplina distinta a la psicología y hasta completamente opuesta, incluso se expresaba como una "antipsicología", pero curiosamente se presentó como una "nueva psicología" y también como una "psicología científica". Luego de la Segunda Guerra Mundial arribaron a los EEUU como refugiados muchos científicos europeos que se sorprendieron del boom del conductismo y, especialmente, de su concepto de la psicología con su negación radical de la conciencia. Entonces se dio inicio al debate haciéndose visible la crisis abierta en la psicología. Al haberse quebrado en los EEUU la unidad, el criterio epistémico y el sentido científico original de la psicología para convertirla en una forma técnica de tratamiento, el resultado inmediato fue una verdadera explosión de ofertas curativas que se reclamaban a sí mismas "nuevas psicologías", "nuevas ciencias" y "nuevas filosofías". A continuación se fundaron escuelas, clubes, empresas, marcas comerciales y patentes de psicología, llevando a la fama a una gran variedad de personajes que cargaban con un discurso seudocientífico, seudofilosófico o incluso claramente místico. Lo que se entendía por "psicología" en los EEUU iba desde las artes de medición mediante unos instrumentos surgidos a partir de las estadísticas ante los apuros de selección de personal impuestos por la guerra, hasta una gran variedad de formas de tratar o ayudar a las personas aquejadas de una gran variedad de problemas, incluyendo malestares propios de la cultura, hasta los típicos conflictos de la vida cotidiana. En ese amplio espacio de mercado, saturado de propuestas curativas, la original psicología surgida en Alemania como una ciencia concreta con intereses muy definidos, casi había dejado de existir. El concepto de psicología se había transformado en los EEUU y se irradió rápidamente cuando asumieron el papel rector de este planeta luego de la guerra.

Al iniciar la segunda mitad del siglo XX la psicología era en los EEUU básicamente una disciplina popular sujeta a los intereses de la sociedad y convertida en negocio. Así se difundió a otros países cercanos a la influencia de los EEUU. Es decir, la psicología había perdido ya todo su sentido científico y epistémico para asumir el perfil de una práctica curativa asistencial, repleta de técnicas variadas pero sin el sustento real de una ciencia concreta. Aunque el conductismo se esforzaba por mostrarse como una disciplina científica debido a que se apoyaba en la metodología experimental de las ciencias naturales, subsistía el problema de que la naturaleza de su campo de interés no era el de la psicología. Afortunadamente la parte central de la psicología epistémica quedó intacta en otros escenarios. El trabajo científico primigenio de la psicología fue recuperado y rescatado gracias a los trabajos de personajes como Vygotski y Piaget, quienes nunca abandonaron las directrices originales de la psicología científica. Luego se reinició lentamente el estudio de los fenómenos cognitivos más importantes como la memoria, la atención, concentración, conocimiento, aprendizaje, etc. Este trabajo se facilitó por la aparición de la tecnología informática interesada en replicar artificialmente la inteligencia humana, lo cual puso en evidencia que la misión científica de la psicología era descubrir los fundamentos de la inteligencia humana o de sus mecanismos cognitivos de control sobre las decisiones, además de lograr explicar el funcionamiento inteligente en toda su amplitud.

Pero la imagen social y el concepto cultural de la psicología como arte curativo y asistencial había ganado ya mucho terreno en nuestras sociedades. Peor aun, la sociedad se había acostumbrado a contar con las técnicas de medición, pues el boom de los "test psicológicos" que medían cualquier aspecto de la condición humana se había desatado en la cultura y formaban parte de revistas emblemáticas como Cosmopolitan. La sociedad empezó a depender de ellas en campos como la orientación vocacional y la selección de personal. Hoy estos campos distan mucho de ser ocupaciones fundadas en un saber científico real, pero gozan de amplia aceptación social. En la psicología popular aun se sigue hablando de conceptos míticos como los de personalidad e inteligencia, de los cuales subsisten docenas de teorías, manteniendo además el psicoanálisis una fuerte presencia en la cultura y en el manejo de problemas vinculados a la vida cotidiana.

En conclusión, tanto la imagen social de la psicología como el de la función del psicólogo han sufrido una gran transformación cultural en el siglo XX. Podríamos decir que ambas son prácticamente productos culturales, definidos y creados por la cultura, antes que por el trabajo eminentemente científico. La psicología tiene hoy el reto de recuperar su sentido epistémico original, proseguir su labor científica en los campos que son de su interés y dominio, pero a la vez debe aprender a convivir con las versiones culturales orientadas a satisfacer necesidades sociales como las mediciones y las ayudas terapéuticas, las cuales se sustentan en un cúmulo de artes y técnicas no necesariamente científicas. En añadidura, también se debe convivir con todas las versiones culturales de ayuda social como las pseudopsicológicas, parapsicológicas y chamánicas. No es raro encontrar centros de ayuda psicológica que ofrecen servicios como nivelación de chakras y aura, aromaterapia, reiki, flores de Bach, hipnosis, regresión, cromoterapia, terapia transpersonal y muchas otras diversas formas supuestamente terapéuticas y psicológicas.

La ciencia del psicólogo

Pese al conflicto existente entre una disciplina eminentemente científica, centrada en el campo de los fenómenos cognitivos, y una práctica eminentemente aplicativa social como la psicotécnia, la psicoterapia o la asistencia social en forma de consejería, la psicología como disciplina o profesión ha mantenido ambos escenarios dentro de lo que se considera su campo. Incluso las universidades se encargaron de reforzar más la imagen de servicio social de la psicología, guiados por el interés de ofrecer una carrera de utilidad social que luzca como un oficio lucrativo. Hoy el psicólogo es un profesional obligado a prestar un servicio social en diversos escenarios, incluyendo el campo clínico, pese a no estar dotado de las herramientas científicas que sustenten firmemente su accionar y sus afirmaciones como profesional. Algunos campos muy concretos como el de los problemas de aprendizaje, parecen gozar de un buen sustento científico, pero no es el caso de la mayoría de áreas donde se desempeñan hoy los psicólogos. No solo porque no se trata de problemas concretos, como la distraibilidad de un niño, sino porque se pretende abordar amplios y muy diversos aspectos de la vida cotidiana de las personas o fenómenos netamente culturales como el acoso.

La cultura, y en particular la cultura norteamericana, le ha cargado al psicológo una función que la psicología como ciencia concreta nunca manejó. En muchos aspectos, la psicología es más una disciplina cultural antes que científica. Por ello debió internarse en la especulación filosófica y psicoanalítica generando diversos formatos asistenciales. El mismo conductismo que luego de su predominio casi total a mediados del siglo pasado terminó confrontado, conflictuado y subdividido, hoy presenta varias versiones que se suman a las amplias ofertas curativo-asistenciales de lo que se llama "psicología" en nuestra cultura. Parece claro que debemos referirnos a dos versiones de la psicología: por un lado la "psicología cultural" que es aquel cúmulo de ofertas curativas y modelos terapéuticos, y por otro, la psicología científica propiamente dicha que se concentra en la investigación de los fenómenos psíquicos y, en especial, de los procesos cognitivos, cuyos hallazgos han dado soporte firme al tratamiento de los problemas de aprendizaje, entre otros. A causa del encargo cultural y del reto social de su oficio, no es raro descubrir en los psicólogos un halo de confusión o desconfianza en sus capacidades profesionales, pues se sienten aquejados de una falta de soporte real por parte de su "ciencia". Los que emprenden su trabajo con confianza se debe a que no han adquirido conciencia plena de lo que se espera de su función, o andan con "muletas profesionales", es decir, confiando su eficacia al cúmulo de pruebas y técnicas diagnósticas que han aprendido y de las cuales no se desprenden. Algo que en algunos países han separado como un oficio técnico.

Esto no ocurre por ejemplo con los médicos, por novatos que sean. En el campo de la medicina es muy fácil preguntarle a un paciente dónde le duele para que, acto seguido, este nos señale con precisión el área afectada. Unos análisis de rutina, una ordinaria radiografía y quizá hasta una simple exploración clínica pueden bastar para descubrir, e incluso para observar claramente, la causa del malestar. A continuación, el médico puede proceder a recetar con total seguridad un compuesto químico que ya ha probado su eficacia miles de veces, aun antes de ponerse en el mercado. Como sabemos, los médicos cuentan con una gran variedad de herramientas tecnológicas muy precisas y avanzadas, tanto para el diagnóstico como para el tratamiento. Gozan, además, de la asistencia de otros profesionales que alivian o complementan su trabajo, tales como enfermeras, laboratoristas y otros especialistas. Detrás de cada receta médica existe una compleja industria química que invierte miles de millones de dólares anualmente en investigación y desarrollo, y que garantizan la eficacia del producto que el médico receta. Además de esto, el médico puede elegir una especialidad concreta y limitarse a tratar solo unos cuantos casos muy específicos, de la gran variedad de la patología humana, lo que incluso facilita aun más, si cabe, su trabajo. 

Toda esta increíble comodidad le es negada al psicólogo desde el principio de su ejercicio profesional. Ya no digamos que el paciente psicológico generalmente es incapaz de señalar con precisión –a veces ni siquiera vagamente- su problema; en ocasiones hasta resulta incapaz de reconocer que tiene un problema. Aun así, por increíble que parezca, el psicólogo tendrá que tratarlo. Pero más allá de las características del paciente, del cual nos ocuparemos más adelante, quizá la mayor diferencia que tiene el psicólogo clínico ante los demás miembros del staff de la salud, es su orfandad profesional. En efecto, mientras que los demás se sienten sólidamente respaldados por su ciencia y tecnología, más el personal asistencial que lo rodea, el psicólogo carece por completo de semejante respaldo científico y de toda la parafernalia tecnológica en su accionar profesional. Siguiendo con el ejemplo del médico, a este le basta con echar una mirada displicente a un hemograma, para determinar con seguridad científica lo que ocurre dentro del paciente. En respaldo de esta opinión concurren inmediatamente diversas disciplinas científicas que van desde la bioquímica y la citología, hasta la antropología y la estadística, las cuales se alinean en increíble armonía para sustentar unitariamente la opinión del médico.

El psicólogo, en cambio, tiene tras de sí una verdadera multitud de teorías de personalidad que se oponen y contraponen disputándose la verdad. Hoy incluso muchos llegamos a negar que exista algo real llamado "personalidad" y sobre lo cual sea posible un diagnóstico y un tratamiento como si se tratara de un órgano. Muchos conceptos surgidos desde la psicología popular de antaño, se mantuvieron vigentes a lo largo del siglo pasado debido más a su encanto como campo de teorización que como fenómeno real. A medida que la psicología iba adquiriendo un mayor perfil científico, estos conceptos se han estado dejando de lado, pero siguen vivos en el imaginario popular. Peor aún, la cultura ha integrado no solo los conceptos sino las viejas mediciones iniciadas con fines específicos de clasificación de personas, como parte de las tareas que se le exige hoy a un psicólogo. Lo que el psicólogo maneja finalmente es un variopinto cúmulo de técnicas y herramientas inventadas bajo circunstancias diversas -que por lo general no garantizan nada por sí solas-, y una ausencia total de metodologías y protocolos diseñados para el abordaje de casos concretos. No existe ningún profesional que lo ayude en su labor ni entidades que le den soporte clínico. En el ambiente hospitalario los informes psicológicos suelen no ser tomados muy en cuenta por el staf clínico. Cuando un psicólogo emite su opinión respecto de un paciente, se encuentra completamente solo. Y debe sustentar por sí mismo esa opinión, sin tener la confianza de poder contar con el apoyo de su ciencia. En el mejor de los casos, solo puede apoyarse en un autor, pero por lo general eso no es suficiente.

En el amplio escenario social, el papel del psicólogo ha pasado a convertirse en una especie de experto en los problemas de la vida cotidiana, lo cual lo enfrenta con una encarnizada competencia debido a que este es el campo de todo el mundo. No hace falta calificación académica alguna para ejercer como consultor de la vida cotidiana. Cualquier persona puede asumir la consejería libremente. Incluso la práctica de cualquier técnica psicoterapéutica no suele estar restringida a psicólogos; bastaría con haber estudiado la técnica, que es lo que ocurre con quienes ejercen como psicoanalistas, entre otros terapeutas. Las escuelas y talleres que enseñan técnicas psicoterapéuticas de cualquiera de las diversas escuelas, suelen estar abiertas a todo el que desee estudiar. Como consecuencia, la práctica de la psicoterapia y la consejería se han convertido ya en oficios puestos al alcance de cualquiera, y en una ocupación donde se ha desatado una competencia amplia y a veces encarnizada, donde prima la publicidad más que la seriedad.

Por último cabe añadir que no existe ciencia alguna en el campo de los problemas de la vida cotidiana. Nadie puede asumir un perfil científico para hablar acerca de, por ejemplo, la mejor manera de hablar de sexo con los hijos o si este tipo de comunicación es necesaria o qué tipo de información hay que ofrecerles. Los escenarios sociales son absolutamente aleatorios y multidiversos. No existe siquiera forma de realizar estudios con carácter científico, aun cuando se pretenda emplear la clásica metodología estadística inferencial. La estadística por sí sola no convierte en científica los estudios. La metodología de las ciencias naturales suele ser completamente estéril en el campo de lo sociocultural. De modo que estamos en un escenario imposible de ser manejado bajo criterios científicos tradicionales. Cualquiera que se arriesgue a ingresar a los dominios de la vida humana cotidiana, solo puede contar con el auxilio de un buen juicio.

Requisitos del psicóterapeuta

A diferencia de cualquier otra profesión que se precia de ser científica o técnica, donde el mayor soporte del accionar profesional se halla depositado en la técnica o la ciencia, en la psicología existe una conexión muy cercana entre las condiciones personales del profesional y su desempeño como tal. Se dirá que también al médico se le exigen ciertas características personales, pero ellas pasan a un segundo plano ante la certeza de su ciencia y el poder de su tecnología y sus productos. Los fármacos actúan en el organismo produciendo sus efectos al margen de las características individuales del médico, las cuales desaparecen incluso. Esto no ocurre con el psicólogo ni en lo más mínimo, pues ni siquiera sus instrumentos son enteramente confiables por sí solos, ya que siempre acaban en la buena interpretación del psicólogo. Además suele admitirse que la personalidad del psicólogo es una variable fundamental del poder curativo y de la eficacia de su proceder. A grandes rasgos, en la tarea de psicoterapia se reconocen tres aspectos fundamentales, todas vinculadas estrechamente a la persona del psicólogo:

a) Aptitudes y condiciones personales
b) Conocimientos específicos y amplios
c) Experiencia personal y laboral

Tan solo en el primer aspecto ya nos encontramos con un gran escollo para la gran mayoría de personas, pues las características exigidas por algunas escuelas y tratadistas es extremadamente especial. Casi todas las escuelas terapéuticas, entre las más conocidas, inciden en exigir ciertas cualidades a la persona del terapeuta. De hecho, estas características se parecen mucho a las de sus fundadores, como por ejemplo la empatía de Carl Rogers, el magnetismo de Fritz Perls o la frondosa imaginación de Freud, entre otros. Adicionalmente hay escuelas que tienen por norma exigir que el terapeuta pase por su propia terapia. Tal parece que al final cada quien elige la escuela terapéutica que se le ajusta mejor a su forma de ser y de percibir la vida. Lo cual decididamente afectará su forma de entender los problemas y actuará como una influencia directa para conducir a sus pacientes por los formatos de su escuela o técnica. Es decir, a diferencia del médico, el psicólogo ajusta al paciente a su técnica en lugar de ajustar la terapéutica al paciente.

El famoso tratado de "Psicología Clínica" de Sol Garfield le dedica un capítulo entero a las condiciones que el psicoterapeuta debe tener. En una revisión somera de estas condiciones podemos encontrar que "además de los conocimientos específicos de psicopatología y psicoterapia, es necesario que el terapeuta sea un individuo culto y bien educado en el sentido amplio de la palabra". También afirma que "la personalidad del terapeuta es una de las variables más importantes en la terapia". Esto quiere decir que no cualquiera podría ejercer el oficio terapéutico en la psicología, pues en última instancia la cura no dependerá de la técnica sino de la personalidad del terapeuta. Asegura Garfield que en tanto la psicoterapia es un proceso interpersonal, la personalidad del terapeuta es parte integral de este proceso, por lo que cierto tipo de personalidad es requerido para este oficio. Esto debería dejar fuera del negocio a una gran mayoría de personas; pero lo curioso es que en los hechos no es así.

Mención especial en el aspecto de la personalidad del terapeuta es el de la ética y la moral. Un terapeuta debe ser alguien con valores éticos muy elevados y bien definidos, que ponga por delante el respeto de la persona. A menudo el terapeuta está frente a personas débiles o que se hallan disminuidas en su integridad psicológica y necesitadas de ayuda. Esta condición no debe ser aprovechada en ningún sentido, ni siquiera crematísticamente. Por desgracia no es poco frecuente descubrir casos de abusos diversos, especialmente el enganche intencional para mantenerlo bajo terapia. La ética, la moral y la honestidad profesional son componentes fundamentales del ejercicio del psicólogo como terapeuta. Pero la ética debería empezar por el reconocimiento cabal de los reales poderes terapéuticos de su ejercicio, técnica o ciencia, más allá de un mero enganche emocional o místico con ciertas escuelas.

En cuanto a conocimientos específicos se menciona que el psicoterapeuta debe poseer un amplio conocimiento acerca de las teorías de la personalidad y de la psicopatologia, así como sobre el campo que algunos autores llaman "psicología anormal" (Irwing Sarason). También es deseable que el terapeuta amplíe sus horizontes hacia la filosofía. Existen algunas escuelas terapéuticas que se apoyan firmemente en la filosofía, como la psicoterapia existencial, pero es muy deseable que un terapeuta cuente con formación filosófica ya que a fin de cuentas muchos problemas humanos derivan de la forma de entender la vida y de afrontar la existencia. En los hechos encontramos psicoterapeutas que se han limitado a aprender el credo de una escuela específica y orientan a sus pacientes a esa doctrina, como por ejemplo los de formación psicoanalítica, que siempre están en la búsqueda de los orígenes de todos los males en las experiencias tempranas de la vida, o quienes culpan de todos los síntomas a las emociones reprimidas y ofrecen ese tipo de explicaciones a sus pacientes, para luego someterlos a prácticas que pueden llegar a la extravagancia. Un conocimiento indispensable que se señala debe tener el terapeuta es el de sí mismo. Debe ser consciente de sus propias trabas y limitaciones, sus prejuicios o moral, sus creencias y valores. Esto es algo difícil de lograr porque nadie puede ser consciente de lo que ignora. Las personas usualmente acogen las primeras ideas que hallan y que les resultan gratificantes. Estamos en sociedades donde predominan una gran variedad de creencias, especialmente de tipo religioso y místico que pueden afectar el proceso de una psicoterapia frente a casos específicos, si el psicoterapeuta no se ha desligado de ellas. Peor aun, existen los que aprovechan el proceso terapéutico para orientar a los pacientes hacia sus creencias. Lo más adecuado sería que el terapeuta sea alguien aséptico en cuanto a creencias.

Un conocimiento fundamental en el abordaje psicoterapéutico es el del entorno sociocultural del paciente. Las personas son lo que son en función a la cultura y sociedad en la que viven insertadas. Por tanto resulta materialmente imposible comprender a una persona sin abarcar ese entorno sociocultural. Esto obliga a que el psicoterapeuta tenga un conocimiento muy amplio y profundo de los núcleos culturales o subculturas en donde ejerce o desde donde provienen sus pacientes. El sentido de la vida y su función como sujetos viene determinado por la cultura del paciente y resultaría muy contraproducente si el psicoterapeuta desconoce tales aspectos intrínsecos de todo ser humano.

Por último se exige que el terapeuta posea una razonable experiencia de vida, tal que le permita un bagaje de conocimientos reales y directos acerca de las vicisitudes que enfrenta una persona. Una vida rica en experiencias de todo tipo, dejan mejores lecciones que varios tratados teóricos para entender la experiencia del otro. Así por ejemplo es imposible llegar a comprender cabalmente los sentimientos y razonamientos encontrados que suelen experimentar quienes atraviesan conflictos de pareja, si es que uno mismo no ha sido parte de ellos alguna vez. Muchas personas resultan ser en los hechos excelentes consejeras y terapeutas con solo una rica experiencia de vida marcada de conflictos y soluciones exitosas. Sin duda, una persona de mayor edad suele ser mejor terapeuta que un joven que inicia su carrera, solo por la experiencia vital.

En suma, la práctica de la terapia exige de personas muy especiales tanto como individuos con cualidades innatas, como sujetos de conocimientos muy amplios con relación a las técnicas que empleará, así como una formación profunda en campos diversos que van desde la antropología cultural hasta la filosofía. En los hechos nos encontramos con que la realidad dista mucho de la teoría.

El paciente psicológico

En el extremo opuesto del hilo se ubica el paciente psicológico, el cual, a diferencia de otros, se encuentra generalmente desinformado de lo que significa un tratamiento psicológico. Tiene una vaga idea –si la tiene- de lo que es un psicólogo, al que -por lo general- vincula con artes esotéricas más que con aspectos clínicos científicos. Las cosas no han cambiado mucho en los últimos tiempos. Sea como fuere, la idea principal del paciente, a fin de cuentas, es que va a recibir una ayuda efectiva a su problema, como suele ocurrir ante otras instancias, y quiere que esto ocurra pronto. La mayoría, obviamente, sufre una gran desilusión cuando se le plantea no solo un tratamiento prolongado, sino uno en el que el mismo paciente tendrá la mayor parte de la responsabilidad para curarse. Esto –y muchas otras cosas más- conducen a menudo a la deserción del paciente, lo que, a la larga, es tremendamente frustrante para el profesional a cargo. 

Las características de la psicoterapia son muy poco comprendidas y, menos aun, toleradas por la mayoría de pacientes. Ellos están acostumbrados a solucionar sus males con unas simples pastillas, las cuales surten efecto independientemente de la voluntad del paciente. En cambio, el panorama complejo y oscuro que le plantea el psicólogo para su tratamiento le resulta aterrador y agobiante aun antes de empezar. No es raro encontrar pacientes que exigen una receta de fármacos a cambio del programa terapéutico. En el caso de aquellos que se someten a la terapia, muchas veces el entusiasmo inicial se convierte en incomodidad profunda cuando tienen que sumergirse en sus interiores y reconocer aspectos dolorosos y a menudo negados de su personalidad o de su existencia. Si sobrepasan los primeros embates emocionales de la terapia, alcanzando un grado más amplio de aceptación de sí mismos y algún dominio de sus flaquezas, es muy probable que suspendan el resto del programa. Tomemos en cuenta que muchas personas con dolencias físicas olvidan el cronograma de su medicación y/o desechan el tratamiento a la más leve mejoría. Con cuánta mayor razón el paciente psicológico puede olvidar o desechar la psicoterapia, cuando su problema no se asemeja a un dolor físico, no compromete su aspecto estético ni implica un riesgo mortal y, en cambio, le resulta una carga importante para su presupuesto, una tarea molesta a la que a veces no le encuentra mucho sentido, una distracción de su tiempo libre. 

Otro tema de importancia que conspira contra el éxito del tratamiento psicológico es su costo. Debido a que se requieren varias sesiones, a veces varios meses (incluso años para algunos terapeutas), resulta oneroso para la mayoría de las personas, y principalmente, desde luego, para aquellos sectores menos favorecidos de nuestra sociedad. Aun en los casos en que el tratamiento se brinda bajo el subsidio de un seguro de salud pública, hay sectores que no pueden cubrir ni los costos del pasaje para acudir a todas las citas necesarias, sumado a la dificultad que significa el hecho de que ambos, psicólogo y paciente, están sujetos al mismo horario laboral. Los centros de trabajo no suelen otorgar permisos para cumplir con un tratamiento psicológico y, peor aun, por lo general el paciente psicológico es visto con prejuicios que pueden llegar a perjudicar su estabilidad laboral. 

La atención psicológica efectiva que se puede brindar en los centros de salud pública, administrados por el Estado, resulta muy limitada. Las condiciones en que el psicólogo debe administrar la terapia son tan precarias y contraproducentes que en los hechos es prácticamente imposible realizar ningún tipo de psicoterapia. En la mayoría de los casos los consultorios deben ser compartidos entre dos o incluso más profesionales de salud, ocasionando que las conversaciones se crucen y que la entrevista deba desarrollarse mientras otras personas transitan al lado del paciente. Mencionado esto, es mejor pasar por alto los comentarios sobre la iluminación, ventilación, nivel de ruido, temperatura y otras condiciones generales del consultorio y su mobiliario que son exigidos como cuestiones indispensables en la mayoría de manuales de la clínica. Bastará con decir que son precarias y contraproducentes en la mayoría de los casos. 

Todavía existen otras dificultades que debe enfrentar el psicoterapeuta y que merecen ser mencionadas aquí, pues aunque algunas parezcan curiosas, excéntricas y hasta pintorescas, son parte de una realidad cotidiana. Por ejemplo el hecho de que muchas mujeres deben abandonar la terapia -o ser derivadas a otros especialistas- porque su pareja sentimental no aprueba las sesiones con un psicoterapeuta varón. También hay prejuicios muy marcados en contra de un tratamiento psicológico, particularmente en los hombres. Otro aspecto con el que hay que lidiar a menudo es la opinión general del público respecto de la psicoterapia, pues aunque esta no es uniforme, las más de las veces suele ser errónea. Algunos piensan que el tratamiento psicológico es sólo para “locos”, otros consideran que es para niños, y unos más, que es una estafa al igual que las sesiones de los chamanes, curanderos y demás personajes esotéricos. Aunque, a decir verdad, muchos de estos personajes folclóricos cuentan con mayor clientela e incluso con mayor credibilidad. 

Algunos hechos desafortunados han contribuido a crear esta imagen negativa del tratamiento psicológico, entre ellos la proliferación de “grupos terapéuticos” que se dedican a realizar determinadas técnicas efectistas orientadas a lograr un estallido emocional en las personas, de modo que estas acaban llorando y abrazándose unas a otras luego de una rutina de bailes y juegos más o menos entretenidos, y tendientes a crear un ambiente de distensión y confianza. Lo cierto es que dichas técnicas no conducen a nada, pues valen tanto como una buena comedia en donde el estallido emocional es de risa. Pasado el efecto, todo vuelve a la normalidad. Aun hay cosas más sorprendentes, como el encontrar payasos dedicados a animar fiestas infantiles que remarcan el hecho de ser psicólogos, como si ello garantizara un buen espectáculo. Pero sin duda el problema más serio lo plantean los mismos psicólogos que se aventuran a realizar una psicoterapia sin contar con la adecuada preparación en el terreno psicoterapéutico o sin tener las condiciones para ser un psicoterapeuta. 

Tendríamos que mencionar también la falta de una entidad profesional que se preocupe por unificar criterios de psicoterapia y promueva la verdadera psicoterapia entre el público, distinguiéndola de aquellas otras actividades folclóricas, místicas y pseudo psicológicas. A falta de esto, no queda más que ejercer la crítica profesional y la denuncia, si cabe, de estas actividades. Esto es sumamente importante para la psicología porque su prestigio como profesión está en juego en todas partes. Recordemos al astro del fútbol, Diego Armando Maradona declarando ante la televisión mundial que “los psicólogos son unos mecedores”, decepcionado por los resultados de su tratamiento para vencer su adicción a las drogas. 

Más allá de todos los problemas mencionados en relación al ejercicio de la psicoterapia, está la psicoterapia misma. En verdad es muy difícil transitar en el terreno psicológico de las personas, más aun cuando el cuadro reviste cierta patología. Las discusiones en torno de un paciente psicológico son muy comunes, aun entre psiquiatras que cuentan con cierto número de categorías patológicas en las que encasillan a los pacientes siguiendo el modelo médico. Aun así, no es nada raro encontrar diagnósticos diferentes entre los psiquiatras respecto de un mismo caso. Claro que al final ellos tienen el último recurso de centrarse en el aspecto somático, en donde obviamente se sienten mucho más seguros y cómodos, y proceden al tratamiento farmacológico ordinario, esperando que el psicólogo haga la parte difícil. 

La gran variedad de corrientes psicológicas que en vez de concurrir a una sola y completa explicación del fenómeno humano, más bien resultan divergentes o aisladas, generalmente provoca que el psicólogo se adhiera a una de ellas y, en el peor de los casos, excluya a las demás. Esto es particularmente cierto en el caso de los psicoanalistas, y aun en este segmento existe toda una subdivisión conceptual diversa y a menudo contraria. Aunque hay otros grupos típicamente excluyentes que incluso llegan a comportarse como una secta religiosa. En un sentido práctico, este tipo de psicoterapeutas exigen que el paciente se acomode a su técnica en vez de adecuar una técnica específica al problema de cada paciente. 

Roberto Chevalier anota que “la crisis actual de la psicología –y especialmente de la psicología clínica- tiene como consecuencia más grave la falta de autoridad real en la materia. Esto se manifiesta en cada psicoterapeuta como una limitación de su poder curativo”. Y agrega que la prueba de esa crisis es que existe toda una multitud de disciplinas concurriendo al debate psicológico, desde los teólogos y filósofos hasta los médicos y sociólogos, pasando por periodistas, ingenieros y prácticamente todo el que cree tener una opinión en el tema humano. Incluso muchos de ellos han resultado siendo autores exitosos de best sellers que inundan los estantes de los supermercados, con títulos sugestivos como “El camino del éxito”, “Cómo guiar a los hijos adolescentes”, “Hijos triunfadores”, etc. Hoy los manuales de la felicidad están al alcance de todos. Si uno busca en la sección de libros de un supermercado cualquiera, comprobará que existe un manual hasta para hacer el amor. Como se sabe, la mayoría de estos autores no son –ni tienen que serlo- psicólogos, pero lo que escriben invade el campo de la psicología, ya que sus fronteras son imposibles de determinar. Y por si esto no fuera suficiente, algunos de estos autores han sido elevados al altar de la psicología por un público que prefiere el lenguaje sencillo y las ideas simples, son llamados a los programas de radio y televisión, consultados por teléfono, realizan talleres y conferencias de “superación personal”.

En suma, existe una intensa labor por parte de una variopinta gama de personajes, que actúa en terrenos muy cercanos a la psicología creando en la población, un clima confuso para el desarrollo de la labor profesional del psicólogo. Obviamente la ley no puede prohibir a nadie ofrecer ayuda a quien desee recibirla. Lo malo es que la gran mayoría llama a esto "psicología". Estamos invadidos de personajes famosos que actúan en programas de radio y escriben en columnas en los diarios que no son psicólogos pero cargan con esa imagen popular. Una de las más conocidas de la radio en estos tiempos es una "doctora" que estudió abogacía y que a raíz de una crisis conyugal acabó en terapia psicoanalítica; y luego de recibir un curso se dedicó a ser consejera matrimonial con mucho éxito. El espectro de la ayuda "psicológica" y la consejería esta pues saturado de toda clase de personajes a quienes el público suele identificar con la psicología. Esto actúa de dos maneras: predispone al público a recibir cierta clase de ayuda de los psicólogos y presiona a los psicólogos a desarrollar ese tipo de tareas. Al final, como ya hemos mencionado, tenemos consultorios psicológicos ofreciendo una gran variedad de formas curativas esotéricas.

Por último debemos mencionar el esquema legal en el que actúa el psicólogo clínico. La psicología no ha alcanzado aún el nivel de importancia que requiere para acudir al auxilio de las personas en todo el ámbito nacional. Si bien el sistema de salud pública incorpora a la psicología, este aun se mantiene en un segundo orden con respecto a otras disciplinas de la salud. En ocasiones la psicología no es más que una dependencia de la psiquiatría, encargada de proveerla de informes basados en los resultados de unas cuantas pruebas psicológicas, es decir, al nivel del laboratorio clínico o la oficina de rayos X. En general, podemos advertir que a los psicólogos se les considera más para efectos de apoyo diagnóstico que como elementos de tratamiento y curación de pacientes. 

Paralelamente, en nuestro medio, los seguros de salud privados no consideran al tratamiento psicológico dentro de su cobertura, lo cual imposibilita que muchas personas puedan recibir los beneficios de una psicoterapia. Esto parece estar cerca de cambiar, pero por hoy es tan solo una posibilidad.

Como podemos apreciar, el panorama general de la psicología clínica y de la psicoterapia en particular, no es muy alentador, pues resulta un terreno lleno de dificultades y un campo muy difícil de arar. 


jueves, 27 de septiembre de 2012

Los elementos




LOS ELEMENTOS

Primeras teorías 


Los primeros filósofos griegos, cuyo método de planteamiento de la mayor parte de los problemas era teórico y especulativo, llegaron a la conclusión de que la Tierra estaba formada por unos cuantos “elementos” o sustancias básicas. Empédocles de Agrigento, alrededor del 430 a. de J .C., estableció que tales elementos eran cuatro: tierra, aire, agua y fuego. Un siglo más tarde, Aristóteles supuso que el cielo constituía un quinto elemento: el “éter”. Los sucesores de los griegos en el estudio de la materia, los alquimistas medievales, aunque sumergidos en la magia y la charlatanería, llegaron a conclusiones más razonables y verosímiles que las de aquéllos, ya que por lo menos manejaron los materiales sobre los que especulaban. 

Tratando de explicar las diversas propiedades de las sustancias, los alquimistas atribuyeron dichas propiedades a determinados elementos, que añadieron a la lista. Identificaron el mercurio como el elemento que confería propiedades metálicas alas sustancias, y el azufre, como el que impartía la propiedad de la combustibilidad. Uno de los últimos y mejores alquimistas, el físico suizo del siglo XVI Theophrastus Bombast von Hohenheim -más conocido por Paracelso- añadió la sal como el elemento que confería a los cuerpos su resistencia al calor. 

Según aquellos alquimistas, una sustancia puede transformarse en otra simplemente añadiendo y sustrayendo elementos en las proporciones adecuadas. Un metal como el plomo, por ejemplo, podía transformarse en oro añadiéndole una cantidad exacta de mercurio. Durante siglos prosiguió la búsqueda de la técnica adecuada para convertir en oro un “metal base”. En este proceso, los alquimistas descubrieron sustancias mucho más importantes que el oro, tales como los ácidos minerales y el fósforo. Los ácidos minerales -nítrico, clorhídrico y, especialmente, sulfúrico- introdujeron una verdadera revolución en los experimentos de la alquimia. Estas sustancias eran ácidos mucho más fuertes que el más fuerte conocido hasta entonces (el ácido acético, o sea, el del vinagre), y con ellos podían descomponerse las sustancias, sin necesidad de emplear altas temperaturas ni recurrir a largos periodos de espera. Aun en la actualidad, los ácidos minerales, especialmente el sulfúrico, son muy importantes en la industria. Se dice incluso que el grado de industrialización de un país puede ser juzgado por su consumo anual de ácido sulfúrico. 

De todas formas, pocos alquimistas se dejaron tentar por estos importantes éxitos secundarios, para desviarse de lo que ellos consideraban su búsqueda principal. Sin embargo, miembros pocos escrupulosos de la profesión llegaron abiertamente a la estafa, simulando, mediante juegos de prestidigitación, producir oro, al objeto de conseguir lo que hoy llamaríamos “becas para la investigación” por parte de ricos mecenas. Este arte consiguió así tan mala reputación, que hasta la palabra “alquimistas” tuvo que ser abandonada. En el siglo XVII, “alquimista” se había convertido en “químico», y “alquimia” había pasado a ser la ciencia llamada “Química”. 

En el brillante nacimiento de esta ciencia, uno de los primeros genios fue Robert Boyle, quien formuló la ley de los gases que hoy lleva su nombre. En su obra “El químico escéptico” (The Sceptical Chymist), publicada en 1661, Boyle fue el primero en establecer el criterio moderno por el que se define un elemento: una sustancia básica que puede combinarse con otros elementos para formar “compuestos” y que, por el contrario, no puede descomponerse en una sustancia más simple, una vez aislada de un compuesto. 

Sin embargo, Boyle conservaba aun cierta perspectiva medieval acerca de la naturaleza de los elementos. Por ejemplo, creía que el oro no era un elemento y que podía formarse de algún modo a partir de otros metales. Las mismas ideas compartía su contemporáneo Isaac Newton, quien dedicó gran parte de su vida a la alquimia. (En realidad, el emperador Francisco José de Austria-Hungria financio experimentos para la fabricación de oro hasta fecha tan reciente como l867.) 

Un siglo después de Boyle, los trabajos prácticos realizados por los químicos empezaron a poner de manifiesto qué sustancias podrían descomponerse en otras más simples y cuáles no podían ser descompuestas. Henry Cavendish demostró que el hidrogeno se combinaba con el oxigeno para formar agua, de modo que ésta no podía ser un elemento. Más tarde, Lavoisier descompuso el aire –que se suponía entonces un elemento- en oxigeno y nitrógeno. Se hizo evidente que ninguno de los ¢elementos» de los griegos eran tales según el criterio de Boyle. 

En cuanto a los elementos de los alquimistas, el mercurio y el azufre resultaron serlo en el sentido de Boyle. Y también lo eran el hierro, el estaño, el plomo, el cobre, la plata, el oro y otros no metálicos, como el fosforo, el carbono y el arsénico. El “elemento” de Paracelso (la sal) fue descompuesto en dos sustancias más simples. 

Desde luego, el que un elemento fuera definido como tal dependía del desarrollo alcanzado por la Química en la época. Mientras una sustancia no pudiera descomponerse con ayuda de las técnicas químicas disponibles, debía seguir siendo considerada como un elemento. Por ejemplo, la lista de 33 elementos formulada por Lavoisier incluía, entre otros, los óxidos de cal y magnesio. Pero catorce años después de la muerte de Lavoisier en la guillotina, durante la Revolución Francesa, el químico inglés Humphry Davy, empleando una corriente eléctrica para escindir las sustancias, descompuso la cal en oxigeno y en un nuevo elemento, que denomino “calcio”; luego escindió el oxido de magnesio en oxigeno y otro nuevo elemento, al que dio el nombre de “magnesio”. 

Por otra parte, Davy demostró que el gas verde obtenido por el químico sueco Carl Wilhelm Scheele a partir del ácido clorhídrico no era un compuesto de acido clorhídrico y oxígeno, como se había supuesto, sino un verdadero elemento, al que denomino “cloro” (del griego clorós, verde amarillento). 

Teoría atómica 


A principios del siglo XIX, el químico inglés John Dalton contemplo los elementos desde un punto de vista totalmente nuevo. Por extraño que parezca, esta perspectiva se remonta, en cierto modo, a la época de los griegos, quienes, después de todo, contribuyeron con lo que tal vez sea el concepto simple más importante para la comprensión de la materia. 

Los griegos se planteaban la cuestión de si la materia era continua o discontinua, es decir, si podía ser dividida y subdividida indefinidamente en un polvo cada vez más fino, o si, al término de este proceso se llegaría a un punto en el que las partículas fuesen indivisibles. Leucipo de Mileto y su discípulo Demócrito de Abdera insistían -en el año 450 a. de J .C.- en que la segunda hipótesis era la verdadera. Demócrito dio a estas partículas un nombre: las llamo “átomos” (o sea, no divisibles»). Llegó incluso a sugerir que algunas sustancias estaban compuestas por diversos átomos o combinaciones de átomos, y que una sustancia podría convertirse en otra al ordenar dichos átomos de forma distinta. Si tenemos en cuenta que esto es solo una sutil hipótesis, no podemos por menos de sorprendernos ante la exactitud de su intuición. Pese a que la idea pueda parecer hoy evidente, estaba muy lejos de serlo en la época en que Platón y Aristóteles la rechazaron. 

Sin embargo, sobrevivió en las enseñanzas de Epicuro de Samos -quien escribió sus obras hacia el año 300 a. de J.C.- y en la escuela filosófica creada por él: el epicureismo. Un importante epicúreo fue el filósofo romano Lucrecio, quien, sobre el año 60 a. de J .C., plasmó sus ideas acerca del átomo en un largo poema titulado Sobre la naturaleza de las cosas. Este poema sobrevivió a través de la Edad Media y fue uno de los primeros trabajos que se imprimieron cuando lo hizo posible el arte de Gütenberg. 

La noción de los átomos nunca fue descartada por completo de las escuelas occidentales. Entre los atomistas más destacados en los inicios de la Ciencia moderna-figuran el filósofo italiano Giordano Bruno y el filósofo francés Pierre Gassendi. Muchos puntos de vista científicos de Bruno no eran ortodoxos, tales como la creencia en un Universo infinito sembrado de estrellas, que serian soles lejanos, alrededor de los cuales evolucionarían planetas, y expresó temerariamente sus teorías. Fue quemado, por hereje, en 1600, lo cual hizo de él un mártir de la Ciencia en la época de la revolución científica. Los rusos han dado su nombre a un cráter de la cara oculta de la Luna. 

Las teorías de Gassendi impresionaron a Boyle, cuyos experimentos, reveladores de que los gases podían ser fácilmente comprimidos y expandidos, parecían demostrar que estos gases debían de estar compuestos por partículas muy espaciadas entre sí. Por otra parte, tanto Boyle como Newton figuraron entre los atomistas más convencidos del siglo XVII. 

En 1799, el químico francés Joseph Louis Proust mostro que el carbonato de cobre contenía unas proporciones definidas de peso de cobre, carbono y oxigeno y que podía prepararse. Las proporciones seguían el índice de unos pequeños números enteros: 5 a 4 y a 1. Demostró que existía una situación similar para cierto número de otros compuestos. 

Esta situación podía explicarse dando por supuesto que los compuestos estaban formados por la unión de pequeños números de fragmentos de cada elemento y que solo podían combinarse como objetos intactos. El químico inglés John Dalton señaló todo esto en 1803, y, en 1808, publicó un libro en el que se reunía la nueva información química conseguida durante el siglo y medio anterior, y que solo tenía sentido si se suponía que la materia estaba compuesta de átomos indivisibles. (Dalton mantuvo la antigua voz griega como tributo a los pensadores de la Antigüedad.) No pasó mucho tiempo antes de que esta teoría atómica persuadiera a la mayoría de los químicos. Según Dalton, cada elemento posee una clase particular de átomo, y cualquier cantidad de elemento está compuesta de átomos idénticos de esa clase. Lo que distingue a un elemento de otro es la naturaleza de sus átomos. Y la diferencia física básica entre los átomos radica en su peso. Así, los átomos de azufre son más pesados que los de oxigeno, que, a su vez, son más pesados que los átomos de nitrógeno; éstos, a su vez también, son más pesados que los de carbono, y los mismos, más pesados que los de hidrógeno. 

El químico italiano Amedeo Avogadro aplicó a los gases la teoría atómica y demostró que volúmenes iguales de un gas, fuese cual fuese su naturaleza, estaban formados por el mismo número de partículas. Es la llamada “hipótesis de Avogadro”. Al principio se creyó que estas partículas eran átomos; pero luego se demostró que estaban compuestas, en la mayor parte de los casos, por pequeños grupos de átomos, llamados “moléculas”. Si una molécula contiene átomos de distintas clases (como la molécula de agua, que tiene un átomo de oxigeno y dos de hidrógeno), es una molécula de un “compuesto químico”. Naturalmente, era importante medir los pesos relativos de los distintos átomos, para hallar los “pesos atómicos» de los elementos. Pero los pequeños átomos se hallaban muy lejos de las posibilidades ponderables del siglo XIX. Mas, pesando la cantidad de cada elemento separado de un compuesto y haciendo deducciones a partir del comportamiento químico de los elementos, se pudieron establecer los pesos relativos de los átomos. El primero en realizar este trabajo de forma sistemática fue el químico sueco Jons Jacob Berzelius. En 1828 publicó una lista de pesos atómicos basados en dos patrones de referencia: uno, el obtenido al dar al peso atómico del oxígeno el valor 100, y el otro, cuando el peso atómico del hidrógeno se hacía igual a 1. 

El sistema de Berzelius no alcanzó inmediata aceptación; pero en 1860, en el I Congreso Internacional de Química, celebrado en Karlsruhe (Alemania), el químico italiano Stanislao Cannizzaro presentó nuevos métodos para determinar los pesos atómicos, con ayuda de la hipótesis de Avogadro, menospreciada hasta entonces. Describió sus teorías de forma tan convincente, que el mundo de la Química quedó conquistado inmediatamente. Se adoptó como unidad de medida el peso del oxígeno en vez del del hidrógeno, puesto que el oxigeno podía ser combinado mas fácilmente con los diversos elementos -y tal combinación era el punto clave del método usual para determinar los pesos atómicos-. El peso atómico del oxígeno fue medido convencionalmente, en 1850, por el químico belga Jean Servais Stas, quien lo fijó en 16, de modo que el peso atómico del hidrógeno, el elemento más ligero conocido hasta ahora, seria, aproximadamente, de 1; para ser más exactos: l,0080. 

Desde la época de Cannizzaro, los químicos han intentado determinar los pesos atómicos cada vez con mayor exactitud. Por lo que se refiere a los métodos puramente químicos, se llegó al punto culminante con los trabajos del químico norteamericano Theodore William Richards, quien, desde 1904, se dedicó a determinar los pesos atómicos con una exactitud jamás alcanzada. Por ello se le concedió el premio Nobel de Química en 1914. En virtud de los últimos descubrimientos sobre la constitución física de los átomos, las cifras de Richards han sido corregidas desde entonces y se les han dado valores aun más exactos. A lo largo del siglo XIX y pese a realizar múltiples investigaciones que implicaban la aceptación de las nociones de átomos y moléculas y a que, por lo general, los científicos estaban convencidos de su existencia, no se pudo aportar ninguna prueba directa de que fuesen algo más que simples abstracciones convenientes. Algunos destacados científicos, como el químico alemán Wilhelm Ostwald, se negaron a aceptarlos. Para él eran conceptos útiles, pero no “reales”. 

La existencia real de las moléculas la puso de manifiesto el “movimiento browniano”, que observó por vez primera, en 1827, el botánico escocés Robert Brown, quien comprobó que los granos de polen suspendidos en el agua aparecían animados de movimientos erráticos. Al principio se creyó que ello se debía a que los granos de polen tenían vida; pero, de forma similar, se observó que también mostraban movimiento pequeñas partículas de sustancias colorantes totalmente inanimadas. 

En 1863 se sugirió por vez primera que tal movimiento sería debido a un bombardeo desigual de las partículas por las moléculas de agua circundantes. En los objetos macroscópicos no tendría importancia una pequeña desigualdad en el número de moléculas que incidieran de un lado u otro. Pero en los objetos microscópicos, bombardeados quizá por solo unos pocos centenares de moléculas por segundo, un pequeño exceso -por uno u otro lado- podría determinar una agitación perceptible. El movimiento al azar de las pequeñas partículas constituye una prueba casi visible de que el agua, y la materia en general, tiene “partículas”. 

Einstein elaboró un análisis teórico del movimiento browniano y demostró cómo se podía averiguar el tamaño de las moléculas de agua considerando la magnitud de los pequeños movimientos en zigzag de las partículas de colorantes. En 1908, el científico francés Jean Perrin estudió la forma en que las partículas se posaban, como sedimento, en el agua, debido a la influencia de la gravedad. A esta sedimentación se oponían las colisiones determinadas por las moléculas procedentes de niveles inferiores, de modo que el movimiento browniano se oponía a la fuerza gravitatoria. Perrin utilizó este descubrimiento para calcular el tamaño de las moléculas de agua mediante la ecuación formulada por Einstein, e incluso Oswald tuvo que ceder en su postura. Estas investigaciones le valieron a Perrin, en 1926, el premio Nobel de Física. 

Así, pues, los átomos se convirtieron, de abstracciones semimísticas, en objetos casi tangibles. En realidad, hoy podemos decir que, al fin, el hombre ha logrado “ver” el átomo. Ello se consigue con el llamado “microscopio de campo iónico”, inventado, en 1955, por Erwin W. Mueller, de la Universidad de Pensilvania. El aparato arranca iones de carga positiva a partir de la punta de una aguja finísima, iones que inciden contra una pantalla fluorescente, la cual da una imagen ampliada 5 millones de veces, de la punta de la aguja. Esta imagen permite que se vea como un pequeño puntito brillante cada uno de los átomos que componen la punta. La técnica alcanzaría su máxima perfección cuando pudieran obtenerse imágenes de cada uno de los átomos por separado. En 1970, el físico americano Albert Victor Crewe informo que había detectado átomos sueltos de uranio y torio con ayuda del microscopio electrónico. 

La tabla periódica de Mendeléiev 


A medida que, durante el siglo XIX, fue aumentando la lista de los elementos, los químicos empezaron a verse envueltos en una intrincada maleza. Cada elemento tenia propiedades distintas, y no daban con ninguna fórmula que permitiera ordenar aquella serie de elementos. Puesto que la Ciencia tiene como finalidad el tratar de hallar un orden en un aparente desorden, los científicos buscaron la posible existencia de caracteres semejantes en las propiedades de los elementos. 

En 1862, después de haber establecido Cannizzaro el peso atómico como una de las más importantes herramientas de trabajo de la Química, un geólogo francés (Alexandre-Emile Beguyer de Chancourtois) comprobó que los elementos se podían disponer en forma de tabla por orden creciente, según su peso atómico, de forma que los de propiedades similares se hallaran en la misma columna vertical. Dos años más tarde, un químico británico (John Alexander Reina Newlands) llegó a disponerlos del mismo modo, independientemente de Beguyer. Pero ambos científicos fueron ignorados o ridiculizados. Ninguno de los dos logro ver impresas sus hipótesis. Muchos años más tarde, una vez reconocida universalmente la importancia de la tabla periódica, sus investigaciones fueron publicadas al fin. A Newlands se le concedió incluso una medalla. 

El químico ruso Dmitri Ivanovich Mendeléiev fue reconocido, finalmente, como el investigador que puso orden en la selva de los elementos. En 1869, él y el químico alemán Julius Lothar Meyer propusieron tablas de los elementos que, esencialmente, se regían por las ideas de Chancourtois y Newlands. Pero Mendeléiev fue reconocido por la Ciencia, porque tuvo el valor y la confianza de llevar sus ideas más allá que los otros. 

En primer lugar, la tabla periódica “de Mendeléiev” -llamada “periódica” porque demostraba la repetición periódica de propiedades químicas similares- era más complicada que la de Newlands y más parecida a la que hoy estimamos como correcta. En segundo lugar, cuando las propiedades de un elemento eran causa de que no conservara el orden establecido en función de su peso atómico, cambiaba resueltamente el orden, basándose en que las propiedades eran más importantes que el peso atómico. Se demostró que ello era correcto. Por ejemplo, el telurio, con un peso atómico de 127,60 debería estar situado, en función de los pesos, después del yodo, cuyo peso atómico es de 126,90; pero en la tabla dispuesta en columnas, cuando se coloca el telurio delante del yodo, se halla bajo el selenio, que se asemeja mucho a él, y, del mismo modo, el yodo aparece debajo de su afín el bromo. 

Finalmente -y esto es lo más importante-, cuando Mendeléiev no conseguía que los elementos encajaran bien en el sistema, no vacilaba en dejar espacios vacios en la tabla y anunciar -con lo que parecía un gran descaro- que faltaban por descubrir elementos, los cuales rellenarían los vacios. Pero fue aun más lejos. Describió el elemento que correspondía a cada uno de tres vacios, utilizando como guía las propiedades de los elementos situados por encima y por debajo del vacío en la tabla. Aquí, Mendeléiev se mostró genialmente intuitivo. Los tres elementos predichos fueron encontrados, ya en vida de Mendeléiev, por lo cual pudo asistir al triunfo de su sistema. En 1875, el químico francés Lecoq de Boisbaudran descubrió el primero de dichos elementos, al que denominó “galio” (del latín gallium, Francia). En 1879, el químico sueco Lars Fredrik Nilson encontró el segundo, y lo llamo ¢escandio» (por Escandinavia). Y en 1886, el químico alemán Clemens Alexander Winkler aisló el tercero y lo denomino “gerrnanio” (naturalmente, por Germania). Los tres elementos mostraban casi las mismas propiedades que predijera Mendeléiev. 

Números atómicos 


Con el descubrimiento de los rayos X se abrió una nueva Era en la historia de la tabla periódica. En 191 1, el físico británico Charles Glover Barkla descubrió que cuando los rayos X se dispersaban al atravesar un metal, dichos rayos, refractados, tenían un sensible poder de penetración, que dependía de la naturaleza del metal. En otras palabras, que cada elemento producía sus “rayos X característicos”. Por este descubrimiento, Barkla fue galardonado con el premio Nobel de Física en 1,917. 

Existían algunas dudas sobre si los rayos X eran corrientes de pequeñas partículas o consistían en radiaciones de carácter ondulatorio similares, en este sentido, a la luz. Una manera de averiguarlo era el comprobar si los rayos X podían ser difractados (es decir, forzados a cambiar de dirección) mediante un dispositivo difractante, constituido por una serie de finas líneas paralelas. Sin embargo, para una difracción adecuada, la distancia entre las líneas debe ser igual al tamaño de las ondas de la radiación. El conjunto de líneas mas tupido que podía prepararse era suficiente para la luz ordinaria; pero el poder de penetración de los rayos X permitía suponer como probable -admitiendo que dichos rayos fuesen de naturaleza ondulatoria- que las ondas eran mucho más pequeñas que las de la luz. Por tanto, ningún dispositivo de difracción usual bastaba para difractar los rayos X. 

Sin embargo, el físico alemán Max Theodore Felix von Laue observó que los cristales constituían una retícula de difracción natural mucho más fina que cualquiera de los fabricados por el hombre. Un cristal es un cuerpo sólido de forma claramente geométrica, cuyas caras planas se cortan en ángulos determinados, de simetría característica. Esta visible regularidad es el resultado de una ordenada disposición de los átomos que forman su estructura. Había razones para creer que el espacio entre una capa de átomos y la siguiente tenia, aproximadamente, las dimensiones de una longitud de onda de los rayos X. De ser así, los cristales difractarían los rayos X. 

En sus experimentos, Laue comprobó que los rayos X que pasaban a través de un cristal eran realmente difractados y formaban una imagen sobre una placa fotográfica, que ponía de manifiesto su carácter ondulatorio. En el mismo año, el físico inglés William Lawrence Bragg y su padre, William Henry Bragg, desarrollaron un método exacto para calcular la longitud de onda de un determinado tipo de rayos X, a partir de su imagen de difracción. A la inversa, se emplearon imágenes de difracción de rayos X para determinar la orientación exacta de las capas de átomos que causaban su difracción. De este modo, los rayos X abrieron la puerta a una nueva comprensión de la estructura atómica de los cristales. Por su trabajo sobre los rayos X, Laue recibió el premio Nobel de Física en 1914, mientras que los Bragg lo compartieron en 1915. 

En 1914, el joven físico inglés Henry Gwyn-Jeffreys Moseley determinó las longitudes de onda de los característicos rayos X producidos por diversos metales, e hizo el importante descubrimiento de que la longitud de onda disminuía de forma regular al avanzar en la tabla periódica. 

Ello permitió situar de manera definitiva los elementos en la tabla. Si dos elementos, supuestamente adyacentes en la tabla, emitían rayos X cuyas longitudes de onda diferían en una magnitud doble de la esperada, debía de existir un vació entre ellos, perteneciente a un elemento desconocido. Si diferían en una magnitud tres veces superior a la esperada, debían de existir entre ellos dos elementos desconocidos. Si, por otra parte, las longitudes de onda de los rayos X característicos de los dos elementos diferían solo en el valor esperado, podía tenerse la seguridad de que no existía ningún elemento por descubrir entre los otros dos. Por tanto, se podía dar números definitivos a los elementos. Hasta entonces había cabido siempre la posibilidad de que un nuevo descubrimiento rompiera la secuencia y trastornara cualquier sistema de numeración adoptado. Ahora ya no podían existir vacíos inesperados. 

Los químicos procedieron a numerar los elementos desde el l (hidrogeno) hasta el 92 (uranio). Estos “números atómicos” resultaron significativos en relación con la estructura interna de los átomos y de una importancia más fundamental que el peso atómico. Por ejemplo, los datos proporcionados por los rayos X demostraron que Mendeléiev había tenido razón al colocar el telurio (de número atómico 52) antes del yodo (53), pese a ser mayor el peso atómico del telurio. 

El nuevo sistema de Moseley demostró su valor casi inmediatamente. El químico francés Georges Urbain, tras descubrir el “lutecio” (por el nombre latino de Paris, Lutecia), anuncio que acababa de descubrir otro elemento, al que llamo “celtio”. De acuerdo con el sistema de Moseley, el lutecio era el elemento 71, y el celtio debía ser el 72. Pero cuando Moseley analizó los rayos X característicos del celtio, resultó que se trataba del mismo lutecio. El elemento 72 no fue descubierto realmente hasta 1923, cuando el físico danés Dirk Coster y el químico húngaro Georg von Hevesy lo detectaron en un laboratorio de Copenhague. Lo denominaron “hafnio”, por el nombre latinizado de Copenhague. 

Pero Moseley no pudo comprobar la exactitud de su método, pues había muerto en Gallipoli, en 1915, a los veintiocho años de edad. Fue uno de los cerebros más valiosos perdidos en la Primera Guerra Mundial. Ello le privó también, sin duda, del premio Nobel. El físico sueco Karl Manne George Siegbahn amplió el trabajo de Moseley, al descubrir nuevas series de rayos X y determinar con exactitud el espectro de rayos X de los distintos elementos. En 1924 fue recompensado con el premio Nobel de Física. 

En 1925, Walter Noddack, Ida Tacke y Otto Berg, de Alemania, llenaron otro vacio en la tabla periódica. Después de tres anos de investigar los minerales que contenían elementos relacionados con el que estaban buscando, descubrieron el elemento 75, al que dieron el nombre de “renio”, en honor del rio Rin. De este modo se reducían a cuatro los espacios vacios: correspondían a los elementos 43, 61, 85 y 87. 

Fueron necesarias dos décadas para encontrarlos. A pesar de que los químicos de entonces no se percataron de ello, habían hallado el último de los elementos estables. Los que faltaban eran especies inestables tan raras hoy en la Tierra, que todas menos una tuvieron que ser creadas en el laboratorio para identificarlas. Y este descubrimiento va asociado a una historia. 

ELEMENTOS RADIACTIVOS 


Identificación de los elementos 


Tras el descubrimiento de los rayos X, muchos científicos se sintieron impulsados a investigar estas nuevas radiaciones, tan espectacularmente penetrantes. Uno de ellos fue el físico francés Antoine-Henri Becquerel. El padre de Henri, Alexandre Edmond (el físico que fotografió por vez primera el espectro solar), se había mostrado especialmente interesado en la “fluorescencia”, o sea, la radiación visible emitida por sustancias después de ser expuestas a los rayos ultravioleta de la luz solar. 

Becquerel padre había estudiado, en particular, una sustancia fluorescente llamada sulfato de uranilo potásico (compuesto formado por moléculas, cada una de las cuales contiene un átomo de uranio). Henri se pregunto si las radiaciones fluorescentes del sulfato de uranilo potásico contenían rayos X. La forma de averiguarlo consistía en exponer el sulfato al Sol (cuya luz ultravioleta estimularía la fluorescencia), mientras el compuesto permanecía sobre una placa fotográfica envuelta en papel negro. Puesto que la luz solar no podía penetrar a través del papel negro, no afectaría a la placa; pero si la fluorescencia producida por el estimulo de la luz solar contenía rayos X, éstos penetrarían a través del papel e impresionarían la placa. Becquerel realizo con éxito su experimento en 1896. 

Aparentemente, había rayos X en la fluorescencia. Becquerel logró incluso que los supuestos rayos X pasasen a través de delgadas laminas de aluminio y cobre, y los resultados parecieron confirmar definitivamente su hipótesis, puesto que no se conocía radiación alguna, excepto la de los rayos X, que pudiese hacerlo. Pero entonces -lo cual fue una suerte- el Sol quedo oculto por densos nubarrones. Mientras esperaba que se disiparan las nubes, Becquerel retiró las placas fotográficas, con los trocitos de sulfato sobre ellas, y las puso en un secador. Al cabo de unos días, impaciente, decidió a toda costa revelar las placas, en la creencia de que, incluso sin la luz solar directa, se podía haber producido alguna pequeña cantidad de rayos X. Cuando vio las placas impresionadas, Becquerel vivió uno de esos momentos de profunda sorpresa y felicidad que son los sueños de todos los científicos. La placa fotográfica estaba muy oscurecida por una intensa radiación. 

La causa no podía ser la fluorescencia ni la luz solar. Becquerel llegó a la conclusión -y los experimentos lo confirmarían muy pronto- de que esta causa era el propio uranio contenido en el sulfato de uranilo potásico. Este descubrimiento impresiono profundamente a los científicos, excitados aún por el reciente hallazgo de los rayos X. Uno de los científicos que se puso inmediatamente a investigar la extraña radiación del uranio fue una joven química, nacida en Polonia y llamada Marie Sklodowska, que el año anterior había contraído matrimonio con Pierre Curie, el descubridor de la temperatura que lleva su nombre. 

Pierre Curie, en colaboración con su hermano Jacques, había descubierto que ciertos cristales, sometidos a presión, desarrollaban una carga eléctrica positiva en un lado y negativa en el otro. Este fenómeno se denomina “piezoelectricidad” (de la voz griega que significa “comprimir”). Marie Curie decidió medir, con ayuda de la piezoelectricidad, la radiación emitida por el uranio. Instaló un dispositivo, al que fluiría una corriente cuando la radiación ionizase el aire entre dos electrodos; y la potencia de esta pequeña corriente podría medirse por la cantidad de presión que debía ejercerse sobre un cristal para producir una corriente contraria que la anulase. Este método se mostro tan efectivo, que Pierre Curie abandono en seguida su trabajo, y durante el resto de su vida, junto con Marie, se dedicó a investigar ávidamente en este campo. 

Marie Curie fue la que propuso el término de “radiactividad” para describir la capacidad que tiene el uranio de emitir radiaciones, y la que consiguió demostrar el fenómeno en una segunda sustancia radiactiva: el torio. En rápida sucesión, otros científicos hicieron descubrimientos de trascendental importancia. Las radiaciones de las sustancias radiactivas se mostraron más penetrantes y de mayor energía que los rayos X; hoy se llaman “rayos gamma”. Se descubrió que los elementos radiactivos emitían también otros tipos de radiación, lo cual condujo a descubrimientos sobre la estructura interna del átomo. Lo que nos interesa destacar aquí es el descubrimiento de que los elementos radiactivos, al emitir la radiación, se transformaban en otros elementos (o sea, era una versión moderna de la transmutación). 

Marie Curie descubrió, aunque de forma accidental, las implicaciones de este fenómeno. Cuando ensayaba la pechblenda en busca de su contenido de uranio, al objeto de comprobar si las muestras de la mena tenían el uranio suficiente para hacer rentable la labor del refinado, ella y su marido descubrieron, con sorpresa, que algunos de los fragmentos tenían mas radiactividad de la esperada, aunque estuviesen hechos de uranio puro. Ello significaba que en la pechblenda habían de hallarse otros elementos radiactivos, aunque solo en pequeñas cantidades (oligoelementos), puesto que el análisis químico usual no los detectaba; pero, al mismo tiempo, debían ser muy radiactivos. Entusiasmados, los Curie adquirieron toneladas de pechblenda, construyeron un pequeño laboratorio en un cobertizo y, en condiciones realmente primitivas, procedieron a desmenuzar la pesada y negra mena, en busca de los nuevos elementos. En julio de 1898 habían conseguido aislar un polvo negro 400 veces más radiactivo que la cantidad equivalente de uranio. Este polvo contenía un nuevo elemento, de propiedades químicas parecidas a las del telurio, por lo cual debía colocarse bajo éste en la tabla periódica. (Mas tarde se le dio el numero atómico 84.) Los Curie lo denominaron “polonio”, en honor al país natal de Marie. 

Pero el polonio justificaba solo una parte de la radiactividad. Siguieron nuevos trabajos, y en diciembre de 1898, los Curie habían obtenido un preparado que era incluso más radiactivo que el polonio. Contenía otro elemento, de propiedades parecidas a las del bario (y, eventualmente, se puso debajo de éste, con el numero atómico 88). Los Curie lo llamaron “radio”, debido a su intensa radiactividad. Siguieron trabajando durante cuatro años más para obtener una cantidad de radio puro que pudiese apreciarse a simple vista. En 1903, Marie Curie presentó un resumen de su trabajo como tesis doctoral. Tal vez sea la mejor tesis de la historia de la Ciencia. Ello le supuso no solo uno, sino dos premios Nobel. Marie y su marido, junto con Becquerel, recibieron, en 1903, el de Física, por sus estudios sobre la radiactividad, y, en 191 1, Marie -su marido había muerto en 1906 en accidente de circulación- fue galardonada con el de Química por el descubrimiento del polonio y el radio. 

El polonio y el radio son mucho más inestables que el uranio y el torio, lo cual es otra forma de decir que son mucho más radiactivos. En cada segundo se desintegra mayor numero de sus átomos. Sus vidas son tan cortas, que prácticamente todo el polonio y el radio del Universo deberían haber desaparecido en un millón de años. Por tanto, ¿cómo seguimos encontrándolo en un planeta que tiene miles de millones de años de edad? La respuesta es que el radio y el polonio se van formando continuamente en el curso de la desintegración del uranio y el torio, para acabar por transformarse en plomo. Dondequiera que se hallen el uranio y el torio, se encuentran siempre indicios de polonio y radio. Son productos intermedios en el camino que conduce al plomo como producto final. 

El detenido análisis de la pechblenda y las investigaciones de las sustancias radiactivas permitieron descubrir otros tres elementos inestables en el camino que va del uranio y el torio hasta el plomo, En 1899, André-Louis Debierne, siguiendo el consejo de los Curie, buscó otros elementos en la pechblenda y descubrió uno, al que denomino “actinio” (de la voz griega que significa “rayo”); se le dio el numero atómico 89. Al año siguiente, el físico alemán Friedrich Ernst Dorn demostró que el radio, al desintegrarse, formaba un elemento gaseoso. ¡Un gas radiactivo era algo realmente nuevo! El elemento fue denominado “radón” (de radio y argón, su afín químico), y se le dio el numero atómico 86. Finalmente, en 1917, dos grupos distintos -Otto Hahn y Lise Meitner, en Alemania, y Frederick Soddy y John A. Cranston, en Inglaterra- aislaron, a partir de la pechblenda, el elemento 91, denominado protactinio. 

El hallazgo de los elementos perdidos 


Por tanto, en 1925 había 88 elementos identificados: 81 estables, y 7, inestables. Se hizo más acuciante la búsqueda de los cuatro que aun faltaban: los números 43, 61, 85 y 87. 

Puesto que entre los elementos conocidos había una serie radiactiva -los números 84 al 92-, podía esperarse que también lo fueran el 85 y el 87. Por otra parte, el 43 y el 61 estaban rodeados por elementos estables, y no parecía haber razón alguna para sospechar que no fueran, a su vez, estables. Por tanto, deberían de encontrarse en la Naturaleza. 

Respecto al elemento 43, situado inmediatamente encima del renio en la tabla periódica, se esperaba que tuviese propiedades similares y que se encontrase en las mismas menas. De hecho, el equipo de Noddack, Tacke y Berg, que había descubierto el renio, estaba seguro de haber dado también con rayos X de una longitud de onda que debían de corresponder al elemento 43. Así, pues, anunciaron su descubrimiento, y lo denominaron “masurio” (por el nombre de una región de la Prusia Oriental). Sin embargo, su identificación no fue confirmada, y, en Ciencia, un descubrimiento no se considera como tal hasta que haya sido confirmado, como mínimo, por un investigador independiente. 

En 1926, dos químicos de la Universidad de Illinois anunciaron que habían encontrado el elemento 61 en menas que contenían los elementos vecinos (60 y 62), y lo llamaron “ilinio”. El mismo año, dos químicos italianos de la Universidad de Florencia creyeron haber aislado el mismo elemento, que bautizaron con el nombre de “florencio”. Pero el trabajo de ambos grupos no pudo ser confirmado por ningún otro. 

Años más tarde, un físico del Instituto Politécnico de Alabama, utilizando un nuevo método analítico de su invención, informó haber encontrado indicios de los elementos 87 y 85, a los que llamo “virginio” y “alabaminio”, en honor, respectivamente, de sus Estados natal y de adopción. Pero tampoco pudieron ser confirmados estos descubrimientos. 

Los acontecimientos demostrarían que, en realidad, no se habían descubierto los elementos 43, 61, 85 y 87. 

El primero en ser identificado con toda seguridad fue el elemento 43. El físico estadounidense Ernest Orlando Lawrence -quien más tarde recibiría el premio Nobel de Física como inventor del ciclotrón- obtuvo el elemento en su acelerador mediante el bombardeo de molibdeno (elemento 42) con partículas a alta velocidad. El material bombardeado mostraba radiactividad, y Lawrence lo remitió al químico italiano Emilio Gino Segre -quien estaba interesado en el elemento 43- para que lo analizase. Segre y su colega C. Perrier, tras separar la parte radiactiva del molibdeno, descubrieron que se parecía al renio en sus propiedades. Y decidieron que solo podía ser el elemento 43, elemento que contrariamente a sus vecinos de la tabla periódica, era radiactivo. Al no ser producidos por desintegración de un elemento de mayor numero atómico, apenas quedan indicios del mismo en la corteza terrestre, por lo cual, Noddack y su equipo estaban equivocados al creer que lo habían hallado. Segré y Perrier tuvieron el honor de bautizar el elemento 43; lo llamaron “tecnecio”, tomado de la voz griega que significa “artificial”, porque éste era el primer elemento fabricado por el hombre. Hacia 1960 se había acumulado ya el tecnecio suficiente para determinar su punto de fusión: cercano a los 2.200° C. (Segre recibió posteriormente el premio Nobel por otro descubrimiento, relacionado también con materia creada por el hombre). Finalmente, en 1939, se descubrió en la Naturaleza el elemento 87. La química francesa Marguerite Perey lo aisló entre los productos de desintegración del uranio. Se encontraba en cantidades muy pequeñas, y solo los avances técnicos permitieron encontrarlo donde antes había pasado inadvertido. Dio al nuevo elemento el nombre de “francio”, en honor de su país natal. 

El elemento 85, al igual que el tecnecio, fue producido en el ciclotrón bombardeando bismuto (elemento 83). En 1940, Segré, Dale Raymond Corson y K. R. MacKenzie aislaron el elemento 85 en la Universidad de California, ya que Segre había emigrado de Italia a los Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial interrumpió su trabajo sobre este elemento; pero, una vez acabada la contienda, el equipo reanudo su labor, y, en 1947, propuso para el elemento el nombre de “astato» (de la palabra griega que significa “inestable”). (Para entonces se habían encontrado en la Naturaleza pequeños restos de astato, como en el caso del francio, entre los productos de desintegración del uranio.) 

Mientras tanto, el cuarto y último elemento de los que faltaban por descubrir (el 61) se había hallado entre los productos de fisión del uranio. (También el tecnecio se encontró entre estos productos.) En 1945, tres químicos del Oak Ridge National Laboratory -J _ A. Marinsky, L. E. Glendenin y Charles Dubois Coryell- aislaron el elemento 61. Lo denominaron “promecio” (promethium, voz inspirada en el nombre del dios Prometeo, que había robado su fuego al Sol para entregarlo a la Humanidad). Después de todo, el elemento 61 había sido “robado” a partir de los fuegos casi solares del horno atómico. 

De este modo se completó la lista de los elementos, del 1 al 92. Sin embargo, en cierto sentido, la parte más extraña de la aventura acababa solo de empezar. Porque los científicos habían rebasado los límites de la tabla periódica; el uranio no era el fin. 

Elementos transuránidos 


Ya en 1934 había empezado la búsqueda de los elementos situados mas allá del uranio, o sea, los elementos “transuránidos”. En Italia, Enrico Fermi comprobó que cuando bombardeaba un elemento con una partícula subatómica, recientemente descubierta, llamada “neutrón”, ésta transformaba a menudo el elemento en el de número atómico superior más próximo. ¿Era posible que el uranio se transformase en el elemento 93, completamente sintético, que no existía en la Naturaleza? El equipo de Fermi procedió a bombardear el uranio con neutrones y obtuvo un producto que, al parecer, era realmente el elemento 93. Se le dio el nombre de “uranio X”. 

En 1938, Fermi recibió el premio Nobel de Física por sus estudios sobre el bombardeo con neutrones. Por aquella fecha, ni siquiera podía sospecharse la naturaleza real de su descubrimiento, ni sus consecuencias para la Humanidad. Al igual que Cristóbal Colón, había encontrado, no lo que estaba buscando, sino algo mucho más valioso, pero de cuya importancia no podía percatarse. 

Baste decir, por ahora, que, tras seguir una serie de pistas que no condujeron a ninguna parte, descubriose, al fin, que lo que Fermi había conseguido no era la creación de un nuevo elemento, sino la escisión del átomo de uranio en dos partes casi iguales. Cuando, en 1940, los físicos abordaron de nuevo el estudio de este proceso, el elemento 93 surgió como un resultado casi fortuito de sus experimentos. En la mezcla de elementos que determinaba el bombardeo del uranio por medio de neutrones, aparecía uno que, de principio, resistió todo intento de identificación. Entonces, Edwin McMillan, de la Universidad de California, sugirió que quizá los neutrones liberados por fisión hubiesen convertido algunos de los átomos de uranio en un elemento de numero atómico mas alto, como Fermi había esperado que ocurriese. McMillan y Philip Abelson, un fisicoquímico, probaron que el elemento no identificado era, en realidad, el numero 93. La prueba de su existencia la daba la naturaleza de su radiactividad, lo mismo que ocurriría en todos los descubrimientos subsiguientes. 

McMillan sospechaba que pudiera estar mezclado con el numero 93 otro elemento transuránido. El químico Glenn Theodore Seaborg y sus colaboradores Arthur Charles Wahl y J. W. Kennedy no tardaron en demostrar que McMillan tenía razón y que dicho elemento era el número 94. 

De la misma forma que el uranio -elemento que se suponía el ultimo de la tabla periódica- tomó su nombre de Urano, el planeta recientemente descubierto a la razón, los elementos 93 y 94 fueron bautizados, respectivamente, como “neptunio” y “plutonio”, por Neptuno y Plutón, planetas descubiertos después de Urano. Y resultó que existía en la Naturaleza, pues más tarde se encontraron indicios de los mismos en menas de uranio. Así, pues, el uranio no era el elemento natural de mayor peso atómico. Seaborg y un grupo de investigadores de la Universidad de California -entre los cuales destacaba Albert Ghiorso- siguieron obteniendo, uno tras otro, nuevos elementos transuránidos. Bombardeando plutonio con partículas subatómicas, crearon, en 1944, los elementos 95 y 96, que recibieron, respectivamente, los nombres de “americio” (por América) y “curio” (en honor de los Curie). Una vez obtenida una cantidad suficiente de americio y curio, bombardearon estos elementos y lograron obtener, en 1949, el numero 97, y, en 1950, el 98. Estos nuevos elementos fueron llamados “berkelio” y “californio” (por Berkeley y California). En 1951, Seaborg y McMillan compartieron el premio Nobel de Química por esta serie de descubrimientos. 

El descubrimiento de los siguientes elementos fue el resultado de unas investigaciones y pruebas menos pacificas. Los elementos 99 y 100 surgieron en la primera explosión de una bomba de hidrogeno, la cual se llevó a cabo en el Pacífico, en noviembre de 1952. Aunque la existencia de ambos fue detectada en los restos del la explosión, no se confirmo ni se les dio nombre hasta después de que el grupo de investigadores de la Universidad de California obtuvo en su laboratorio, en 1955, pequeñas cantidades de ambos. Fueron denominados, respectivamente, “einsteinio” y “fermio”, en honor de Albert Einstein y Enrico Fermi, ambos, muertos unos meses antes. Después, los investigadores bombardearon una pequeña cantidad de “einsteinio” y obtuvieron el elemento 101, al que denominaron “mendelevio”, por Mendeléiev. 

El paso siguiente llegó a través de la colaboración entre California y el Instituto Nobel de Suecia. Dicho instituto llevo a cabo un tipo muy complicado de bombardeo que produjo, aparentemente, una pequeña cantidad del elemento 102. Fue llamado “nobelio”, en honor del Instituto; pero el experimento no ha sido confirmado. Se había obtenido con métodos distintos de los descritos por el primer grupo de investigadores. Mas, pese a que el “nobelio” no ha sido oficialmente aceptado como el nombre del elemento, no se ha propuesto ninguna otra denominación. 

En 1961 se detectaron algunos átomos del elemento 103 en la Universidad de California, a los cuales se les dio el nombre de “laurencio” (por E. O. Lawrence, que había fallecido recientemente). En 1964, un grupo de científicos soviéticos, bajo la dirección de Georguéi Nikolaievich Flerov, informo sobre la obtención del elemento 104, y en 1965, sobre la del 105. En ambos casos, los métodos usados para formar los elementos no pudieron ser confirmados. El equipo americano dirigido por Albert Ghioso obtuvo también dichos elementos, independientemente de los soviéticos. Entonces se planteó la discusión acerca de la prioridad; ambos grupos reclamaban el derecho de dar nombre a los nuevos elementos. El grupo soviético llamó al elemento 104 “kurchatovio”, en honor de Igor Vasilievich Kurchatov, el cual había dirigido al equipo soviético que desarrolló la bomba atómica rusa, y que murió en 1960. Por su parte, el grupo americano dio al elemento 104 el nombre de “rutherfordio”, y al 105, el de “hahnio”, en honor, respectivamente, de Ernest Rutherford y Otto Hahn, los cuales dieron las claves para los descubrimientos de la estructura subatómica. 

Elementos superpesados 


Cada paso en esta ascensión de la escala transuránida fue mas difícil que el anterior. En cada estadio sucesivo, el elemento se hizo mas difícil de acumular y más inestable. Cuando se llegó al mendelevio, la identificación tuvo que hacerse sobre la base de diecisiete átomos, y no más. Afortunadamente, las técnicas de detección de la radiación se mejoraron maravillosamente en 1955. Los científicos de Berkeley conectaban sus instrumentos a un avisador, con lo que, cada vez que se formaba un átomo de mendelevio, la radiación característica emitida quedaba anunciada por un grave y triunfante avisador de incendios. (De todos modos, el Departamento de extinción de incendios lo prohibió pronto...) 

Los elementos superiores fueron detectados incluso en condiciones más raras. Un solo átomo de un elemento deseado puede detectarse al observar en detalle los productos de su desintegración. 

¿Existe necesidad de tratar de llegar más lejos, mas allá del 105, aparte del escalofrió propio de batir un record y de dar el nombre de uno en el libro correspondiente como descubridor de un elemento? (Lavoisier, el mayor de todos los químicos, nunca consiguió ningún descubrimiento, y su fracaso le preocupo en extremo) 

Aun queda por hacer un importante y posible descubrimiento. El incremento en inestabilidad a medida que se asciende en la escala de los números atómicos no es uniforme. El más complejo de los átomos estables es el bismuto (83). Detrás del mismo, los seis elementos del 84 al 89 inclusive son tan inestables que cualquier cantidad presente en el momento de la formación de la Tierra ya habría desaparecido en la actualidad. Y luego, y más bien sorprendentemente, sigue el torio (90) y el uranio (92), que son casi estables. Del torio y el uranio existentes en la Tierra en el momento de su formación, el 80% del primero y el 50% del último existen aun hoy. Los físicos han elaborado teorías de la estructura atómica para tener esto en cuenta; y si esas teorías son correctas, en ese caso los elementos 110 y 114 deberían ser más estables de lo que se esperaría de ellos dados sus elevados números atómicos. Por lo tanto, existe considerable interés en conseguir esos elementos, como una forma de comprobar las teorías. 

En 1976, se produjo un informe de ciertos halos (marcas circulares negras en la mica) que indicarían la presencia de esos elementos superpesados. Los halos surgen de la radiación emitida por pequeñas cantidades de torio y uranio, pero existen unos halos un poco mas allá de lo normal que deben surgir de unos átomos más energéticamente radiactivos que, sin embargo, son lo suficientemente estables como para haber persistido hasta los tiempos modernos. Y debía tratarse de los superpesados. Por desgracia, las deducciones no se vieron apoyadas en general por los científicos, y dicha sugerencia fue olvidada. Los científicos aún siguen buscando. 



Fuente: Introducción a la Ciencia: I Ciencias Físicas; Capítulo 8.
            Isaac Asimov, 1986



viernes, 29 de junio de 2012

Conciencia y realidad. Un estudio sobre la compleja realidad humana



LA REALIDAD PSICOLÓGICA

La realidad no existe. Nos lo advirtieron diversos filósofos durante siglos; pero hoy esto no es ya un asunto de la filosofía sino de la psicología. Obviamente no nos referimos a la realidad del mundo exterior que es objeto de la física, pues negarla equivaldría a negarnos a nosotros mismos y eso no tendría ningún sentido. Pero esa realidad a la que generalmente llamamos “del mundo exterior” no es la que nos interesa aquí sino aquella con la que vivimos y actuamos, la que se representa a cada momento en nuestra conciencia y que es el objeto de la psicología. En consecuencia, antes de proseguir, tenemos que admitir al menos dos versiones de la realidad y distinguir entre la realidad física y la realidad psicológica. ¿Cómo se distinguen y cuál es la frontera entre ambas? ¿Hay alguna otra? Trataremos de abordar este asunto brevemente en este trabajo. 

Por las características de su equipo biológico, el ser humano capta sólo una porción mínima de la realidad física. El espectro visible es muy estrecho, ocupa de 3,9 x 10-7 m a 7,7 x 10-7 m (o 390 nm a 770 nm) de un espectro que va de < 10-14 m (rayos cósmicos) hasta las ondas largas de radio > 106 m. Algo muy similar ocurre con los sonidos que percibe nuestro aparato auditivo, los que van en el rango de frecuencias de 20 a 20 000 Hz. Por último no tenemos más que cinco precarios sentidos para reconocer apenas -y sólo apenas- nuestro ambiente más inmediato. Algunas aves y mamíferos marinos pueden percibir el magnetismo de la Tierra. Otros animales son sensibles a las vibraciones del planeta y advierten con anticipación la erupción de los volcanes y los terremotos. Nada de esto le es dado al ser humano, pero no hay problema con ello ya que nos hemos configurado como una especie que responde a esa porción de realidad física y ese es nuestro nicho de realidad. Cada especie sobre el planeta -los que viven bajo tierra, los que habitan en fondos marinos o cuevas oscuras, como aquellos con los que compartimos la superficie- se limita a responder a la escasa porción de realidad física que su equipo biológico le permite captar, ya que tiene pues su propio nicho de realidad, de modo que debatir con una lombriz de tierra acerca del aspecto que tiene la realidad, conllevaría a severas e insalvables discrepancias, las cuales serían en todo caso inútiles. Ignoramos cuál de las especies capta mejor la realidad física. Los hombres tenemos la pretensión de ser esa especie, pero esto no es más que pura vanidad injustificada. Ni siquiera sabemos con exactitud a qué nos referimos cuando hablamos de “realidad física”, ya que apenas sospechamos que existe. 

Muchas especies tienen sentidos más desarrollados que el hombre. Hay animales que pueden ver perfectamente en la oscuridad o, para decirlo más apropiadamente: en nuestra oscuridad. Y aun existen especies dotadas de curiosos y únicos equipos biológicos de reconocimiento de la realidad física, ciertos tipos de sonar y radar como los empleados por delfines y murciélagos, y otros cuyas funciones tan sólo se especulan, como la lengua bífida de los reptiles. En fin, lo que importa reconocer hasta aquí es que la realidad física, efectivamente, resulta mucho mayor de lo que puede llegar a captar especie alguna sobre la Tierra, y más aun el hombre con toda su arrogancia. Todo esto debería llevarnos a plantear una simple pero fundamental cuestión: ¿Cómo es que el hombre ha podido desarrollarse tanto si tiene tantas limitaciones para reconocer la realidad que le rodea? ¿Cómo ha logrado superar a otras especies mejor dotadas para reconocer su medio físico y para desenvolverse con mayor eficiencia en él, e incluso con mayor inteligencia y astucia? 

Una sola parece ser la respuesta lógica: el hombre ha prescindido de la realidad física para construir su propia realidad, una en la que el mundo físico es apenas un referente circunstancial. De hecho podemos afirmar que el ser humano responde a la realidad más compleja concebible, pero esto no es debido a la mayor cantidad de receptores o a la mejor calidad de su equipo biológico sensorial, lo cual –como acabamos de ver- no es cierto, sino por la condición muy especial de contar con algo único de nuestra especie: la conciencia. Esa es la diferencia crucial del ser humano. La conciencia no es más que una especie de teatro en el que tiene lugar la representación de nuestra propia realidad[1], esa que hemos dado en llamar “realidad psicológica”. El aspecto más peculiar de ella es que nosotros mismos somos los directores de esa representación teatral. De tal forma que nuestra realidad humana, estrictamente hablando, no existe. Ni siquiera cuando simplemente observamos el panorama porque el hombre, como director de esta representación, siempre le añade su propio guión. Así, el día no es sólo el día sino que es bonito o es feo, el clima es bueno o es malo, el tiempo es corto; la tarde, pesada. Todos los objetos de la realidad se representan en la conciencia no sólo con los atributos físicos que poseen y que somos capaces de percibir, aunque sea de una forma limitada, sino que además, inevitablemente, cargan con una serie de nuevos e inusitados atributos de índole psicológica, es decir, los que el mismo ser humano les otorga. En tal sentido, la realidad humana es en verdad una realidad aumentada, transformada, retocada y, esencialmente, falsa. El hombre no vive ligado a la realidad física como lo hacen las demás especies. Si bien no puede prescindir totalmente de ella, habita mayormente en otra realidad que podríamos denominar de segundo nivel, en la que cobran relevancia sus propias definiciones, atributos, conceptos y significados. 

De hecho, a diferencia de lo que ocurre con otras especies, para los seres humanos las cosas no son lo que son sino lo que queremos que sean. Nada es algo por sí mismo, lo es recién en el momento en que una persona le da un sentido, le otorga un significado. Las cosas del mundo físico trascienden en la conciencia para convertirse siempre en algo más, incluso a veces en algo esencialmente distinto de lo que son. Una cruz para los cristianos no es sólo un par de maderos atravesados. Una bandera no es tan sólo una tela de colores. Estos elementos se transforman en la conciencia para adquirir atributos inesperados que cambian su verdadera esencia de una manera radical. Una piedra puede ser un mineral, un arma, una herramienta, un adorno y hasta un objeto sagrado. El día no es nada más que un día sino que puede ser lunes, feriado, el día de la independencia, y cada uno de estos conceptos le otorga un significado diferente a un día que no es más que un día cualquiera para cualquier otra especie. 

Como vemos, el mundo de los humanos no es un mundo de objetos solamente sino además –y sobre todo- de conceptos y significados. Cada objeto o fenómeno de la realidad física está asociado con una serie de conceptos y significados en la conciencia del sujeto que los percibe. Por tal condición los seres humanos nunca interactuamos con los objetos mismos directamente sino con sus significados, y estos son siempre arbitrarios en cada persona. Por esta razón los seres humanos tienen que establecer consensos sociales que les permitan definir lo que es su realidad y construir así una nueva realidad que es en última instancia una realidad social, lo que podríamos considerar un tercer nivel de realidad que trata de conciliar las distintas perspectivas individuales. Visto así, una comunidad es el conjunto de personas que han establecido una serie de consensos para definir lo que será su mundo, en el cual, por ejemplo, un individuo será juzgado de una manera específica si adora una piedra, una cruz o un astro; si tiene una o más esposas, si la mujer se inicia sexualmente a los 12 o 18 años, etc. 

Podemos concluir en que el mundo de los seres humanos está construido por tres elementos fundamentales: mundo físico exterior, conceptos y significados. Todo lo que no tiene un significado es un intruso del mundo físico y lo ignoramos, no podemos interactuar con él porque no significa nada, no lo entendemos; es como una grafía cirílica en medio de un texto occidental. El ser humano le otorga valor a las cosas basándose no en el aspecto físico ni en el concepto sino en el significado que ellas tienen para él. Por ejemplo, una piedra lunar que a nadie le sirve para nada, adquiere de pronto un enorme valor sólo por su significado. Y lo mismo podríamos decir del oro. En consecuencia, nos parece claro advertir que las cosas para los seres humanos tienen un concepto, que los define como tal, pero a su vez cargan con un significado que les otorga una importancia intrínseca. Puede haber un consenso en cuanto a conceptos pero no en significados. 

Para resumir lo dicho hasta aquí establezcamos que todos los objetos tienen para el ser humano atributos que podríamos diferenciar de la siguiente manera: 

  • a) atributos físicos, como el tamaño, peso, forma, solidez, etc. 
  • b) atributos psicofísicos, como el color, olor, sabor, etc. y 
  • c) atributos psicológicos, como valor, importancia, calidad, etc. 

Convengamos en que son los atributos del tercer tipo los que más peso tienen en el mundo de los humanos y que conforman la mayor parte de su realidad. Para mejorar la comunicación, vamos a ensayar una definición de los términos “concepto” y “significado” según el uso que les daremos en estas líneas. Un concepto es fundamentalmente una construcción lógica elaborada con ideas -correctas o incorrectas-, que define las cosas, explica los hechos, expresa ideas, se traslada mediante la palabra y nos permite entendernos porque forma parte de la cultura y -por ende- de la comunidad. En este sentido, una comunidad es el grupo de personas que se comunica mediante conceptos comunes. Por otro lado, un significado es más bien una vivencia subjetiva muy personal que concierne a todo el ser; no la podemos explicar con palabras, es algo que nos sucede por dentro y nos crea una tendencia interna, una actitud que impulsa la voluntad en una dirección, una sensación que finalmente acaba por ser agradable o desagradable pero con matices diversos que se diluyen en la profundidad del ser y se integran al yo. Los significados implican pues –necesariamente- un esquema biológico específico muy personal. 

En efecto, los conceptos son normalmente comunes y aceptados por todos aunque pueden discutirse y llegarse a un consenso, en cambio los significados, al ser personales, carece de todo sentido discutirlos, no podemos hacer un consenso sobre ellos. Pongamos un ejemplo simple: todos sabemos lo que es un cambio de año: el fin del calendario y el inicio de uno nuevo. Este hecho que es básicamente una formalidad conceptual, adquiere los más grandes significados en muchas personas que se preparan con anticipación para el “acontecimiento” y motiva las más variadas conductas. En la realidad no existe ningún acontecimiento; el único suceso ocurre en la conciencia de las personas que se sienten profundamente afectadas por el significado que este concepto adquiere en su ser. El concepto del cambio de año es exactamente el mismo para todos aquellos que comparten una misma cultura regida por un calendario específico y nadie discute esto, pero los significados que promueve este concepto varían en cada persona, son diversos y muy individuales, van desde aquellos a los que no les interesa nada, hasta aquellos para quienes constituye un evento trascendental. Sería inútil tratar de establecer un consenso de significados. 

Los significados exigen una vivencia, los conceptos no. Tenemos muchos conceptos que no significan nada y muchos significados sin un concepto claro. Todos tenemos el concepto de la muerte, por ejemplo, más nadie sabe lo que significa estar muerto. El significado de la muerte para nosotros está siempre referido a la muerte de otros. En ese sentido la muerte adquiere un significado indirecto como suceso ajeno, pero resulta difícil ubicar el significado de nuestra propia muerte, de lo cual manejamos solo el concepto. En el instante en que nuestra propia muerte empieza a cobrar un significado, nos asalta una sensación nueva y desconocida, la desesperación quizá. 

Esto tiene una importancia singular en el proceso psicoterapéutico, pues es muy común descubrir que las personas no tienen significados de cosas tan importantes como de su propia vida, de su futuro, de su ser, de su existencia en el mundo. Cierto tipo de psicoterapia se ocupa precisamente de que las personas obtengan estos y otros significados fundamentales para el ser humano[2] con el propósito de conseguir un cambio favorable. 

Gracias a nuestras vivencias, todas las cosas significan algo para nosotros: una posibilidad, un peligro, una tentación, una esperanza, un placer; estos significados surgen internamente con la experiencia vivida, pero también pueden surgir de la meditación profunda como ocurre en cierta psicoterapia, en el misticismo o en la filosofía oriental. En cambio los conceptos por lo general vienen de afuera, llegan con el lenguaje, se comparten con la comunidad y se manejan en un nivel abstracto, sin comprometer al ser. Se puede estar plenamente de acuerdo con ellos pero si no significan nada para nosotros, no nos involucran. Esto ocurre típicamente con las normas. Estamos de acuerdo con ellas pero si no significan nada para nosotros, no estamos motivados a cumplirlas. 

Otra área en la que podemos apreciar claramente la confrontación entre conceptos y significados es el lenguaje. Las palabras no son solo conceptos simbolizados, pues cada palabra carga también con un significado que le otorga su real valor. Así, hay palabras buenas y malas, suaves, fuertes, dulces, aceptables e inaceptables. Lo más curioso es comprobar que a menudo la comunicación emplea palabras de las cuales no manejamos un concepto claro, y a veces simplemente ningún concepto, pero las empleamos tan sólo por su significado interno. Muchas palabras de uso corriente no pueden ser definidas en conceptos formales, no obstante se usan sin ningún problema ya que las empleamos por el significado que nos promueven. Si de pronto pedimos a alguien que nos dé su concepto de la palabra que acaba de mencionar, encontrará serias dificultades para hacerlo, y hasta es posible que no pueda. Más aun, existen palabras que simplemente carecen de concepto, pero cargan con un enorme significado, como “carajo”. Debido al manejo separado de estas dos instancias del lenguaje, puede presentarse la paradoja de que una palabra sea conceptualmente un insulto, y sin embargo tener un significado totalmente opuesto; y los hay que mutan sus significados de un extremo a otro, como “cholo”. Por ello podemos afirmar que las personas se comunican más por el significado que por el concepto de las palabras[3]

Pero no solo los objetos, los fenómenos y las palabras sino también las personas adquieren un significado muy particular. Para un hombre el concepto de mujer es muy simple, quizá dos o tres palabras la definen rápidamente; pero el significado que alcanza una mujer en el hombre es probablemente uno de los más intensos y gravitantes de su experiencia humana. Sin duda en la mujer ocurre lo mismo respecto del hombre. En principio, para nadie es lo mismo estar con un hombre que con una mujer[4]. Todo cambia profundamente, la atmósfera es distinta por el significado que adquiere el sexo opuesto, nuestro esquema vital se modifica, surgen distintas actitudes. En este caso se trata de un significado que llega oculto en nuestra herencia antropológica y genética. Muchas cosas parecen tener ya un significado innato posiblemente proveniente de etapas evolutivas previas y nos motivan una actitud natural, como el miedo intenso que suscitan los reptiles en la mayoría de las personas[5], o el significado universal de los colores según Lüscher[6]. Aunque parece ser que la gran mayoría de nuestros significados son adquiridos durante la experiencia de la vida y en contacto con nuestro medio. 

Es imposible no advertir que existen algunos “significados” de tipo cultural que se adquieren por una especie de “contagio” dentro de la comunidad, especialmente cuando se comparten conductas cargadas de emoción, como cuando se grita un gol o se entra en un trance místico multitudinario. Cualquier conducta colectiva muy vehemente nos promueve una emoción que pasa a formar parte del significado psicológico que le atribuimos al fenómeno o a la circunstancia, tal como nos es presentada. La consecuencia de esto es que se produce una sincronía emocional entre los miembros de esa comunidad, sea una familia, una nación, o las personas que accidentalmente se encuentran juntos en un lugar, como en un estadio o una iglesia, lo que se traduce en “significados comunes”. Gracias a esto hay un significado común para la patria, la bandera, la cruz, la imagen de Cristo, etc. 

De lo dicho hasta aquí, es pues fácil admitir que la realidad psicológica, es decir, la realidad humana, poco tiene que ver con la realidad física. A la luz de los estudios antropológicos culturales, resulta evidente que en los últimos 500 años la humanidad se ha trasladado casi por completo a su realidad psicológica, y es precisamente gracias a ello el tremendo avance que han adquirido la sociedad, la cultura y la ciencia en este tiempo. Se diría con acierto que la única porción de la humanidad vinculada hoy directamente con la realidad física es la ciencia, o para ser más exactos las ciencias naturales, todo lo demás es absolutamente arbitrario: modas, leyes, creencias, tendencias, políticas, etc., lo que de hecho incluye a las “ciencias humanas y sociales”. Esto hace que sea muy difícil hablar de “realismo” ya que la realidad humana es una realidad de segundo nivel, una realidad “interpretada” en la conciencia. La realidad humana es pues una realidad construida culturalmente. 

El surgimiento de la conciencia significó también el fin de la objetividad, es decir, de la referencia directa del objeto en el pensamiento y la vinculación inmediata entre este y la acción. La conciencia se interpuso entre ambos y creó una sala intermedia donde surgían la memoria y el juicio. Los objetos adquirieron un nombre y esto formó conceptos abstractos, luego llegó el lenguaje. Los sucesos alojados en la memoria también se convirtieron en conceptos y se pudieron por fin pensar y narrar los hechos[7]. En ese momento evolutivo, la naturaleza adquirió un significado diferente para el ser humano, las cosas ya no eran sólo las cosas sino que empezaron a tener un sentido. La realidad no sólo se reflejaba en la conciencia sino que terminaba de construirse con atributos adicionales y se transformaba en una nueva realidad, una realidad psicológica que era distinta, mucho más compleja y amplia, pero también más frágil. En adelante el hombre habitaría en esa realidad. Ya no respondería únicamente al mundo físico que lo rodea sino a su propia realidad interior, y fue así que empezó a distinguirse de las demás especies. Entonces, y sólo entonces, inició el nuevo camino evolutivo hacía la humanización. En consecuencia, el mayor acontecimiento después de la aparición de los homínidos es realmente algo que ha pasado inadvertido: el surgimiento de una nueva realidad psicológica que suplantaba a la realidad física superándola, transformándola y mejorándola. En otras palabras, fue la aparición de la conciencia como un fenómeno mental producto de las nuevas capacidades totalizadoras e integrativas del cerebro evolucionado del ser humano. Tradicionalmente el ser humano era visto y explicado tan sólo como un simple o complejo tramado de reflejos condicionados e incondicionados[8], pero este tipo de explicaciones siempre resultaron insuficientes y hasta absurdas. 

La aparición de esta realidad psicológica en la conciencia generó un nuevo proceso evolutivo totalmente distinto e inesperado, un proceso que ya no estaba dirigido por las necesidades de adaptación al mundo físico sino por las necesidades impuestas en la tarea de construir una realidad psicológica de carácter social. Como resultado de esto surgieron características únicas del ser humano tales como el idioma y los símbolos, pero también el amor, la envidia, la esperanza, el rencor, etc. Luego aparecieron estructuras de carácter social más complejas como la solidaridad y la religiosidad[9]. Gracias al lenguaje fue posible dar el salto mayor y estructurar una realidad psicológica de carácter social más complejo que sincronizó a los miembros de una comunidad. Inicialmente fue sólo el compartir una misma interpretación de los fenómenos buscando aplacar sus temores y satisfacer sus necesidades básicas de seguridad. Es allí cuando surgen las primeras formas de religión, cuando se adoptan dioses protectores, que al principio eran los mismos elementos imponentes e intimidatorios de la naturaleza como volcanes, montañas, astros, etc. Cuando el lenguaje y la conciencia lo permitieron, fueron dioses abstractos encerrados en una mitología que se hacía cada vez más compleja en el correr de los tiempos. En este sentido podríamos afirmar que todo aquello que conforma una cultura, no es más que una especie de “realidad psicológica social”, es decir, un tercer nivel de realidad completamente arbitrario y humano. 

La principal característica y la ventaja fundamental que tienen la realidad psicológica y la realidad social, es que en ellas el hombre puede crear todo cuanto le place, pero en especial, todo cuanto necesita para sí mismo. Y lo que más necesita es protección y seguridad. Esto hizo que los primeros seres humanos hayan coincidido inicialmente al crear como primer producto cultural sus diversas religiones y, a la vez, instalar el pensamiento religioso como un modelo básico de análisis y juicio para elaborar su propia realidad humana, tanto la individual como la social, las cuales, como ya afirmamos, ciertamente no existen más allá de nuestra conciencia. 




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Nota: Este artículo fue publicado en la revista "Horizonte Médico" (2005, Vol 5, Nro. 2) de la Facultad de Medicina de la Universidad de San Martín de Porres, Lima, Perú; bajo el título de "La realidad psicológica". Se puede leer aquí.



[1] Baars, Bernard, “IN THE THEATRE OF CONSCIOUSNESS”, Journal of Consciousness Studies, 4, No. 4, 1997, pp. 292-309

[2] Yalom, Irving D. “Psicoterapia existencial”; Herder, Barcelona, 1989.

[3] Lotar Schmidt-Atzert, “Psicología de las emociones”, p 73

[4] Marías, Julián. “La mujer en el siglo XX”

[5] Dawkns, Richard. “Las bases biológicas de la conducta”

[6] Max Lüscher, “Test de los Colores”

[7] Tooby J.; "Brain and Mind: Evolutionary Perspectives" Eds M.S. Gazzaniga HFSP, Strasbourg, 1998

[8] Linton, Ralph. “Estudio del hombre”, Fondo de Cultura Económica, México, 1967.

[9] Barkow J., & Cosmides L.; “The adapted mind: Evolutionary psychology and generation of culture”; Oxford University Press, NY, 1992

Imagen de portada: "La conciencia", Obra de Aguijarro (Antonio Guijarro Morales), pintor y cardiólogo natural de Guadix (Granada)