Actualizado: 01/06/2013
Introducción
En los últimos tiempos se habla mucho de "salud mental" y sin embargo no contamos con un concepto claro sobre lo que esto significa. Es cierto que incluso la salud, a secas, se torna problemática cuando se pretende encapsularla en un concepto. Quizá deberíamos abandonar la idea de buscar un concepto simplificador y abordar ciertos temas en toda su realidad amplia y compleja. De hecho, hay cosas que no pueden reducirse a un simple concepto, de igual forma que no todo puede llevarse en los bolsillos.
La tendencia moderna de comprometer el concepto de salud con aspectos cada vez más amplios del ser humano, involucrando las esferas orgánica, psicológica y social, nos ha conducido a una exuberancia teórica muy cercana al caos, sin ser de mucha ayuda en la práctica clínica. A fin de cuentas, la cuestión de la salud física resulta menos problemática por ser evidente, pues en gran medida se la vincula con la ausencia de enfermedad o al menos de síntomas y signos claros y objetivos. Pero cuando abordamos el campo de la salud mental, la dispersión resulta inevitable por la ausencia de evidencia irrefutable y de parámetros restrictivos, lo que conduce al desamparo final. Y todo por tratar de cubrir campos cada vez más amplios. Es obvio que la salud mental involucra conceptos y escenarios más extensos de los que podemos cubrir con sensatez y responsabilidad social. Como consecuencia, la labor clínica se ve afectada por un halo de vaguedad e incertidumbre, pues queda la sensación de no haber cubierto el panorama en su totalidad y dejar muchos cabos sueltos. Esta situación resulta inevitable debido a que los exámenes de salud mental quedan, por lo general, librados a la competencia y criterio exclusivo del médico psiquiatra. A veces, es cierto, con ayuda de psicólogos que despliegan sus artes y técnicas de medición en un ambiente en donde los conceptos y criterios son psiquiátricos, no psicológicos.
Lo peor es que la participación complementaria del psicólogo clínico lleva muchas veces a generar variedad de resultados e inconsistencias con los psiquiatras, lo cual es considerado usualmente como un fallo del sistema y acaba siendo un punto permanente de fricciones profesionales y puntos de vista. Debate que al final acaba por favorecer a los médicos psiquiatras debido a que estos detentan el poder en el ambiente clínico. Sin duda la situación que hemos descrito es generalizada y común en muchos países. Pero esto no debería ocurrir si los campos y competencias estuviesen claramente delimitados desde su origen en los conceptos de salud mental y salud psicológica. Apenas estos conceptos queden esclarecidos, se verá como algo natural que los resultados puedan ser inconsistentes, pues una buena salud mental no involucra, necesariamente, una buena salud psicológica. La situación es tan confusa que resulta perfectamente posible que grandes psicópatas de la historia, como Hitler, podrían aprobar los actuales exámenes de salud mental sin mayores dificultades.
Este problema de la indefinición e impresición de la salud mental tiene amplias repercusiones sociales, llegando incluso a escenarios jurídicos y éticos. Sin embargo no se ha abordado el problema por una cuestión de celos profesionales, según mi propio parecer. Hay una especie de prejuicio en el ambiente clínico que impone la supremacía del criterio médico, incluso en lo que respecta a la salud mental, como si por el sólo hecho de llevar la palabra "salud" tuviese que permanecer, toda ella, en el ámbito médico. De este modo, es el médico psiquiatra quien acaba teniendo la última palabra en salud mental, aunque se trata de un campo que rebasa largamente su competencia profesional. Esto es algo que debemos remediar, no tanto para dar solución a una aparente disputa profesional de competencias, sino con el interés de resolver un problema clínico evidente que nos impide ofrecer una ayuda más efectiva a la sociedad, además de limitar un mejor entendimiento en el terreno del debate teórico.
En los últimos tiempos se habla mucho de "salud mental" y sin embargo no contamos con un concepto claro sobre lo que esto significa. Es cierto que incluso la salud, a secas, se torna problemática cuando se pretende encapsularla en un concepto. Quizá deberíamos abandonar la idea de buscar un concepto simplificador y abordar ciertos temas en toda su realidad amplia y compleja. De hecho, hay cosas que no pueden reducirse a un simple concepto, de igual forma que no todo puede llevarse en los bolsillos.
La tendencia moderna de comprometer el concepto de salud con aspectos cada vez más amplios del ser humano, involucrando las esferas orgánica, psicológica y social, nos ha conducido a una exuberancia teórica muy cercana al caos, sin ser de mucha ayuda en la práctica clínica. A fin de cuentas, la cuestión de la salud física resulta menos problemática por ser evidente, pues en gran medida se la vincula con la ausencia de enfermedad o al menos de síntomas y signos claros y objetivos. Pero cuando abordamos el campo de la salud mental, la dispersión resulta inevitable por la ausencia de evidencia irrefutable y de parámetros restrictivos, lo que conduce al desamparo final. Y todo por tratar de cubrir campos cada vez más amplios. Es obvio que la salud mental involucra conceptos y escenarios más extensos de los que podemos cubrir con sensatez y responsabilidad social. Como consecuencia, la labor clínica se ve afectada por un halo de vaguedad e incertidumbre, pues queda la sensación de no haber cubierto el panorama en su totalidad y dejar muchos cabos sueltos. Esta situación resulta inevitable debido a que los exámenes de salud mental quedan, por lo general, librados a la competencia y criterio exclusivo del médico psiquiatra. A veces, es cierto, con ayuda de psicólogos que despliegan sus artes y técnicas de medición en un ambiente en donde los conceptos y criterios son psiquiátricos, no psicológicos.
Lo peor es que la participación complementaria del psicólogo clínico lleva muchas veces a generar variedad de resultados e inconsistencias con los psiquiatras, lo cual es considerado usualmente como un fallo del sistema y acaba siendo un punto permanente de fricciones profesionales y puntos de vista. Debate que al final acaba por favorecer a los médicos psiquiatras debido a que estos detentan el poder en el ambiente clínico. Sin duda la situación que hemos descrito es generalizada y común en muchos países. Pero esto no debería ocurrir si los campos y competencias estuviesen claramente delimitados desde su origen en los conceptos de salud mental y salud psicológica. Apenas estos conceptos queden esclarecidos, se verá como algo natural que los resultados puedan ser inconsistentes, pues una buena salud mental no involucra, necesariamente, una buena salud psicológica. La situación es tan confusa que resulta perfectamente posible que grandes psicópatas de la historia, como Hitler, podrían aprobar los actuales exámenes de salud mental sin mayores dificultades.
Este problema de la indefinición e impresición de la salud mental tiene amplias repercusiones sociales, llegando incluso a escenarios jurídicos y éticos. Sin embargo no se ha abordado el problema por una cuestión de celos profesionales, según mi propio parecer. Hay una especie de prejuicio en el ambiente clínico que impone la supremacía del criterio médico, incluso en lo que respecta a la salud mental, como si por el sólo hecho de llevar la palabra "salud" tuviese que permanecer, toda ella, en el ámbito médico. De este modo, es el médico psiquiatra quien acaba teniendo la última palabra en salud mental, aunque se trata de un campo que rebasa largamente su competencia profesional. Esto es algo que debemos remediar, no tanto para dar solución a una aparente disputa profesional de competencias, sino con el interés de resolver un problema clínico evidente que nos impide ofrecer una ayuda más efectiva a la sociedad, además de limitar un mejor entendimiento en el terreno del debate teórico.
Las lineas que siguen son un pequeño aporte para resolver este delicado problema. Una buena idea frente a temas complejos es tratar de partirlos. En una prueba de aptitud nos enfrentaron con el gran problema de introducir cinco elefantes en un automóvil. La respuesta correcta era meter dos adelante y tres atrás. Nadie dijo que debíamos hacerlo sino proponer una solución al problema. Si logramos reducir la complejidad de un problema, ya hemos dado un paso en la dirección correcta. Esta puede ser la estrategia ante el gran problema de la salud mental. Una primera forma de abordar el problema podría ser separar la salud mental de lo que es la salud psicológica. Lamentablemente se ha hecho muy poco por desarrollar este concepto de salud psicológica y quizá esa sea una de las razones por las que seguimos patinando sobre el mismo problema, sin movernos en ninguna dirección. En este espacio trataremos de dar un alcance general sobre lo que concebimos como salud psicológica.
Bases para un concepto de salud psicológica
La manera más simple de trazar una linea divisoria es restringiendo el concepto de salud mental hacía el funcionamiento adecuado de las funciones mentales, y el de salud psicológica, al desenvolvimiento adecuado de la persona como sujeto de una sociedad. Este será en adelante nuestra divisoria. Es posible que bajo una visión general parezca una linea muy difusa. En efecto, puede serlo, pero es una linea que trataremos de mantener. Sobre ella podemos empezar a trazar definiciones que precisen con mayor claridad esta separación, pero eso quedará como un trabajo teórico pendiente. Hay que empezar a trabajar en ello.
El concepto de salud mental es empleado (o debería serlo) básicamente por la psiquiatría, es decir, por la medicina vinculada a los problemas mentales con base orgánica. Un examen de salud mental propiamente dicho empieza por descartar alguna patología mental mediante el recuento de los síntomas clínicos más comunes y evidentes, siguiendo los criterios diagnósticos del DSM, por ejemplo. Aunque esto es algo que también tendrá que ser revisado. De hecho, las categorías diagnósticas empleadas por el DSM son de lo más discutidas y discutibles, al punto que requiere su permanente modificación. Hoy, cuando se anuncia la publicación del DSM-V se sabe que el NIMH (National Institute of Mental Health) de los EEUU ha dejado de lado el DSM, prefiriendo incorporar otros criterios menos confusos, basados en información última proporcionada por ciencias como la genética y la psicología cognitiva. Como ya es sabido, las críticas a esa extraña mescolanza de criterios empleada por el DSM no son nuevas. La actual ruptura entre la NIMH y el DSM parece abrir una nueva esperanza de que las cosas van a cambiar en el confuso y conflictivo escenario de la salud mental. Sea como sea, el examen de salud mental tendrá que seguir alguna pauta para determinar patologías manifiestas de acuerdo a algún criterio ampliamente admitido. En una segunda etapa puede llegar a evaluar el óptimo funcionamiento operacional de las capacidades mentales básicas, como la atención, la concentración, la memoria, la ubicación en tiempo y espacio, la comunicación efectiva, el reconocimiento de la circunstancia, la comprensión de los mensajes, la capacidad simbólica, los controles emotivo, conativo y cognitivo, el razonamiento lógico en sus aspectos abstractos, concretos y asociativas, etc. Características todas que pueden ser evaluadas objetivamente e incluso medidas, confrontando los hallazgos con tablas de valores universales.
Pero, definitivamente, la salud mental no debería extenderse hacia interpretaciones subjetivas y laxas del tipo “disfrute cabal de la vida” o “contribución adecuada a la sociedad”, porque estas, además de escapar del escenario orgánico cerebral van incluso más allá del campo médico psiquiátrico. En la medida en que la medicina es una ciencia natural centrada en el organismo, la psiquiatría sólo debe ocuparse de lo orgánico y mensurable, siguiendo los principios de la medicina basada en la evidencia. Dejar la puerta abierta hacía el campo de la calificación subjetiva sobre el escenario social, implicaría abandonar los cauces reales de la medicina para ingresar a un escenario totalmente diferente, ajeno propiamente al enfoque médico, y creando una superposición de funciones y criterios con la psicología, y otras disciplinas de carácter eminentemente social y cultural. No es otra la causa y naturaleza del debate actual sobre las categorías diagnósticas en el complejo escenario de la salud mental que ha llevado finalmente a la NIMH a desechar el DSM.
El concepto de salud mental es empleado (o debería serlo) básicamente por la psiquiatría, es decir, por la medicina vinculada a los problemas mentales con base orgánica. Un examen de salud mental propiamente dicho empieza por descartar alguna patología mental mediante el recuento de los síntomas clínicos más comunes y evidentes, siguiendo los criterios diagnósticos del DSM, por ejemplo. Aunque esto es algo que también tendrá que ser revisado. De hecho, las categorías diagnósticas empleadas por el DSM son de lo más discutidas y discutibles, al punto que requiere su permanente modificación. Hoy, cuando se anuncia la publicación del DSM-V se sabe que el NIMH (National Institute of Mental Health) de los EEUU ha dejado de lado el DSM, prefiriendo incorporar otros criterios menos confusos, basados en información última proporcionada por ciencias como la genética y la psicología cognitiva. Como ya es sabido, las críticas a esa extraña mescolanza de criterios empleada por el DSM no son nuevas. La actual ruptura entre la NIMH y el DSM parece abrir una nueva esperanza de que las cosas van a cambiar en el confuso y conflictivo escenario de la salud mental. Sea como sea, el examen de salud mental tendrá que seguir alguna pauta para determinar patologías manifiestas de acuerdo a algún criterio ampliamente admitido. En una segunda etapa puede llegar a evaluar el óptimo funcionamiento operacional de las capacidades mentales básicas, como la atención, la concentración, la memoria, la ubicación en tiempo y espacio, la comunicación efectiva, el reconocimiento de la circunstancia, la comprensión de los mensajes, la capacidad simbólica, los controles emotivo, conativo y cognitivo, el razonamiento lógico en sus aspectos abstractos, concretos y asociativas, etc. Características todas que pueden ser evaluadas objetivamente e incluso medidas, confrontando los hallazgos con tablas de valores universales.
Pero, definitivamente, la salud mental no debería extenderse hacia interpretaciones subjetivas y laxas del tipo “disfrute cabal de la vida” o “contribución adecuada a la sociedad”, porque estas, además de escapar del escenario orgánico cerebral van incluso más allá del campo médico psiquiátrico. En la medida en que la medicina es una ciencia natural centrada en el organismo, la psiquiatría sólo debe ocuparse de lo orgánico y mensurable, siguiendo los principios de la medicina basada en la evidencia. Dejar la puerta abierta hacía el campo de la calificación subjetiva sobre el escenario social, implicaría abandonar los cauces reales de la medicina para ingresar a un escenario totalmente diferente, ajeno propiamente al enfoque médico, y creando una superposición de funciones y criterios con la psicología, y otras disciplinas de carácter eminentemente social y cultural. No es otra la causa y naturaleza del debate actual sobre las categorías diagnósticas en el complejo escenario de la salud mental que ha llevado finalmente a la NIMH a desechar el DSM.
La salud psicológica es algo muy distinto a la salud mental, y es bueno separarlos. Se trata de un concepto más amplio y abarcador que no está en función de la actividad específica del cerebro como órgano, sino con el manejo social de un individuo como persona, al margen de que este tenga problemas de salud física o mental. La existencia de determinados problemas de salud física y mental no siempre impide que los individuos logren desarrollarse como sujetos activos en su medio social. Las personas son siempre más que los órganos, y son capaces de superar diversas dificultades orgánicas específicas, como por ejemplo, de atención o memoria, así como de movilidad y lenguaje, logrando una adecuada salud psicológica. Incluso con dificultades severas de salud mental, como la discapacidad cognitiva ocasionada por el síndrome Down, o más aún, incluso con esquizofrenia, las personas pueden lograr desempeñarse con éxito en un medio social adecuado, cumpliendo un rol y siendo parte activa de una comunidad, es decir, pueden llegar a gozar de buena salud psicológica. Pero también podría llegar a ocurrir todo lo contrario, es decir, que personas que gozan de perfecta salud mental, sean sujetos socialmente perturbadores. Si no establecemos una distinción suficientemente clara entre la salud mental y la salud psicológica pueden presentarse estas disonancias diagnósticas, y resultaría imposible evaluar correctamente a muchas personas de este tipo, con las graves implicancias y efectos contraproducentes que puede significar esto en un mundo que se mueve cada vez más confiando en reportes clínicos y bases de datos. De hecho hoy ya tenemos numerosas quejas de sujetos descartados por empresas en base a los resultados de un examen mental, pese a tener una larga experiencia laboral exitosa y recomendaciones valiosas.
El concepto de salud psicológica sí puede recurrir a estimaciones subjetivas de carácter interpretativo, como resultado de una evaluación del sujeto en tanto agente social. Aquí es donde evaluamos su historial como sujeto y su compromiso social. Es en este campo donde caben nociones del tipo “disfrute cabal de la vida” y “contribución activa a la sociedad”. Pero eso hay que juzgarlo desde una amplia perspectiva socio-cultural, que, por lo general, está fuera de la jurisdicción del médico psiquiatra. Al final no sería extraño pues que ambos conceptos se contradigan en la evaluación de un mismo sujeto. Es posible que no goce de plena salud mental pero sí de salud psicológica. Y este último concepto resulta más relevante en términos sociales. El manejo paralelo y distintivo de estos conceptos contribuye mejor a la evaluación integral de las personas, y prestaría una mayor contribución a la sociedad, lo cual resulta imposible de lograr si dependemos de un solo concepto confuso y dejamos todo en manos de un solo tipo de profesional, como el médico psiquiatra. Y aunque esto no sea así, pues en muchos escenarios participa el psicólogo en la evaluación de la salud mental, el hecho de depender de un concepto tan psiquiatrizado como el de salud mental, hace que los psicólogos se concentren en la evaluación de aspectos muy concretos, tales como el rendimiento intelectual y rasgos de personalidad patológica, (basados incluso en el DSM) e incluyendo, desde luego, "organicidad". Este tipo de evaluaciones confusas está generando -cada vez con mayor frecuencia- personas que acaban siendo descalificadas por el examen mental, siendo sujetos totalmente productivos y hasta exitosos para su medio concreto. Recientemente vi el caso de una persona que tenía una larga experiencia como maquinista y conductor de gruas que, postulando a otra empresa para el mismo cargo, había sido descartado debido a los resultados de su evaluación mental, a la que incluso llaman "evaluación psicológica integral". Sin duda aquello no tenía sentido y el sujeto se sentía muy disconforme y justificadamente enojado con el examen al que había sido sometido. Esta es la clase de problemas que estamos causando. Y en la medida en que las evaluaciones de salud mental se van haciendo más comunes en el trámite de postular a las empresas, podemos terminar ocasionando grandes daños a la sociedad.
El manejo confuso y difuso del concepto "salud mental" implica que durante la evaluación el psicólogo se meta en áreas orgánicas que no maneja con solvencia, y que el psiquiatra invada aspectos de la vida social que son mal manejados por carecer de un adecuado sustento teórico. Es un error muy común de los psiquiatras, al evaluar la salud mental, hacer preguntas que implican criterios valorativos culturales. Pongamos un ejemplo simple: "¿en qué estación estamos?". Una pregunta como esta implica cierta valoración sobre dicha información, que no es necesariamente relevante en todas las personas, culturas y/o comunidades. Más aún en territorios donde el cambio de estaciones es poco perceptible y no afecta en nada el desenvolvimiento de la vida. Para un sujeto podría ser más relevante saber en qué mes del año se siembra el maíz. Este tipo de preguntas no deben salir de un tablero o cuestionario estandarizado y universal, tal como ocurre hoy. Lo peor es que tales cuestionarios mezclan criterios de salud mental y salud psicológica inadvertidamente. Es labor del profesional que evalúa la salud psicológica, determinar el origen cultural y el nivel cultural del sujeto, para elegir o generar las preguntas pertinentes, es decir, las que le corresponden al sujeto en función a sus características propias y su cultura de referencia. Hay que tener presente que el sujeto humano asume su ser personal en virtud de una cultura. De allí la importancia de que el psicólogo, más que el psiquiatra, sea un profesional muy ligado al medio sociocultural específico donde ejerce, pero tener además la necesaria preparación para abordar otros segmentos culturales. Aquí es donde se aprecia la diferencia entre un profesional vinculado a las ciencias naturales, focalizado en la biología como campo y cuya perspectiva es universal, invariable y estandarizada, y, de otro lado, un profesional vinculado al sujeto como persona humana insertada en un escenario familiar y sociocultural concreto, frente al cual asume una perspectiva socio-temporal e histórico-cultural.
Este no es el lugar para pasar a una sustentación epistemológica de las diferencias que implican ambas perspectivas involucradas en la evaluación de la persona. Baste decir que los fundamentos de racionalidad epistémica cambian radicalmente cuando se pasa de un escenario biológico-natural a otro socio-cultural. Por ello es importante diferenciar el tipo de preguntas planteadas durante la evaluación. En el caso de la evaluación psicológica, las preguntas de evaluación deben estar lo más posible encuadradas en la cultura y estilo de vida del individuo. Una característica cognitiva de toda persona es ser selectiva con la información. Desde luego, existe cierta información que resulta vital para toda persona en cada comunidad o cultura; pero esta no siempre es la misma para todas. Alguna información puede ser significativa en una comunidad pero no en otra. Por ejemplo, la información relevante al campo de la tecnología que hoy domina los segmentos cosmopolitas del mundo occidental, son vitales para desenvolverse en algunas ciudades pero no lo son en las comunidades que están alejadas de esos entornos. En todo caso, es más importante identificar el tipo de información que resulta relevante para el sujeto evaluado y que este debería valorar y conocer para ser un sujeto socialmente activo en su medio. Solo así podemos medir el nivel de su información con acierto. No podemos pues someter a todos los sujetos a un cuestionario estandarizado y universal porque la vida humana no es estandarizada. En un examen de salud psicológica, lo que deseamos es averiguar si el individuo es un sujeto activo y eficaz en su medio, por tanto las preguntas deben adecuarse a su condición de sujeto en un medio concreto en lugar de esperar que todos los sujetos se adecuen a un cuestionario estandarizado, universal, foráneo, desactualizado y muchas veces mal traducido.
La evaluación de la salud psicológica debe surgir, en parte, de la confrontación entre la narración del sujeto y los hechos reales que nos ofrece su historia biográfica y su situación actual. Las etapas de la vida humana que se evalúan no son las del desarrollo lineal de base biológica sino las establecidas culturalmente para los individuos, como por ejemplo, "mayoría de edad", "edad escolar", "edad laboral", "iniciación sexual", etc. Debemos valorar objetivamente el grado de ajuste que mantiene el sujeto con las formas establecidas por su comunidad, lo que significa tomar en cuenta el aspecto valorativo de la propia comunidad en la organización social de la vida. También es importante evaluar la capacidad de autopercepción del sujeto, así como la capacidad de comunicación de dichas autopercepciones, tratando de determinar si el problema es de comunicación o de percepción.
Como se ve, a diferencia del concepto de salud mental, la salud psicológica no está estrechamente vinculada con las funciones mentales con base orgánica en el cerebro, sino con las estructuras psicológicas desarrolladas en la conciencia individual mediante su desarrollo histórico-social. Por esta razón, en la evaluación de la “salud psicológica” no caben plantillas de valores universales de normalidad porque toda normalidad es relativa a una comunidad. El psicólogo debe conocer los criterios de normalidad en la comunidad y cultura de origen antes de evaluar al sujeto. Por ejemplo, el criterio de normalidad en la iniciación de la vida sexual de las mujeres, tanto en la edad como en sus formas, es algo que no puede estar definido en un manual. Lo mismo ocurre en la visión del papel en la familia, como hijo, padre, esposo o hermano. En consecuencia la psicología clínica debe abstenerse de emplear manuales de referencia como lo hacen en la psiquiatría. Los criterios de normalidad en la psiquiatría derivan del enfoque médico, es decir, son del tipo "hecho natural". Lo "normal" es aquello que la naturaleza ha hecho. En la salud psicológica no existe el "hecho natural". Nada es un "hecho natural". Todo está basado en hechos humanos y culturales, en estructuras de racionalidad definidas por los propios seres humanos y sus sociedades, por tanto, los criterios de "nomalidad" dependen de la cultura específica. Acá vemos nuevamente la diferencia de los enfoques, por un lado el enfoque naturalista y por el otro el culturalista. Sin embargo, la dependencia del enfoque médico hace que a menudo los psicólogos trabajen y piensen con un enfoque naturalista acerca de normalidad. Aunque los propios psiquiatras han debido enfrentar estos problemas en temas relativos a la sexualidad. Recordemos que inicialmente catalogaron a la homosexualidad como parte de la patología o conducta anormal, para luego dejarla como una simple expresión cultural. Sin embargo, el debate no ha terminado.
Esta división de campos entre psicología y psiquiatría debe quedar claramente establecida para que no ocurra que tanto uno como el otro invadan dominios ajenos a su competencia, pero también para que no se aborden cuestiones humanas desde una perspectiva naturalista, y para que no dejen de evaluarse aspectos relevantes del funcionamiento humano como agente sociocultural. A causa de esta falta de claridad, es muy común que los psicólogos prefieran acoger criterios psiquiátricos, trabajen con el DSM y hablen en términos médicos. Todo esto es lo que debemos tratar de corregir en la psicología.
En la práctica actual, el examen mental se ha reducido a la evaluación de tres ejes básicos. De ellos, dos están fundados en conceptos míticos provenientes de la psicología pre científica: inteligencia y personalidad. A ellos se suma el concepto médico neurológico de "organicidad". Debemos notar que el concepto de "personalidad" ha perdido su sentido en la psicología moderna y solo se mantiene vigente en la psiquiatría, debido a la clasificación de la "patología de la personalidad" de muy larga data, cuyo origen se remonta al psicoanálisis freudiano. Por su parte el psiquiatra emplea sus propios estándares de donde surgen preguntas del tipo “¿en qué estación estamos?”, puntuando las respuesta "equivocadas" como signos de deterioro mental. Lo grave de estos exámenes es que muchos cuestionarios provienen de culturas distintas, como la norteamericana, han sido mal traducidas o adaptadas a otras culturas, como la española, y son aplicadas de forma mecánica y rutinaria en cualquier otro ambiente cultural. He hallado preguntas que contienen palabras cuyo significado ignoro. Otro problema es que la vida se ha transformado mucho en los últimos veinte años y estos cuestionarios se han quedado rezagados en el tiempo. Todavía se preguntan cosas como "¿respondes de inmediato las cartas que recibes?".
El concepto de salud psicológica sí puede recurrir a estimaciones subjetivas de carácter interpretativo, como resultado de una evaluación del sujeto en tanto agente social. Aquí es donde evaluamos su historial como sujeto y su compromiso social. Es en este campo donde caben nociones del tipo “disfrute cabal de la vida” y “contribución activa a la sociedad”. Pero eso hay que juzgarlo desde una amplia perspectiva socio-cultural, que, por lo general, está fuera de la jurisdicción del médico psiquiatra. Al final no sería extraño pues que ambos conceptos se contradigan en la evaluación de un mismo sujeto. Es posible que no goce de plena salud mental pero sí de salud psicológica. Y este último concepto resulta más relevante en términos sociales. El manejo paralelo y distintivo de estos conceptos contribuye mejor a la evaluación integral de las personas, y prestaría una mayor contribución a la sociedad, lo cual resulta imposible de lograr si dependemos de un solo concepto confuso y dejamos todo en manos de un solo tipo de profesional, como el médico psiquiatra. Y aunque esto no sea así, pues en muchos escenarios participa el psicólogo en la evaluación de la salud mental, el hecho de depender de un concepto tan psiquiatrizado como el de salud mental, hace que los psicólogos se concentren en la evaluación de aspectos muy concretos, tales como el rendimiento intelectual y rasgos de personalidad patológica, (basados incluso en el DSM) e incluyendo, desde luego, "organicidad". Este tipo de evaluaciones confusas está generando -cada vez con mayor frecuencia- personas que acaban siendo descalificadas por el examen mental, siendo sujetos totalmente productivos y hasta exitosos para su medio concreto. Recientemente vi el caso de una persona que tenía una larga experiencia como maquinista y conductor de gruas que, postulando a otra empresa para el mismo cargo, había sido descartado debido a los resultados de su evaluación mental, a la que incluso llaman "evaluación psicológica integral". Sin duda aquello no tenía sentido y el sujeto se sentía muy disconforme y justificadamente enojado con el examen al que había sido sometido. Esta es la clase de problemas que estamos causando. Y en la medida en que las evaluaciones de salud mental se van haciendo más comunes en el trámite de postular a las empresas, podemos terminar ocasionando grandes daños a la sociedad.
El manejo confuso y difuso del concepto "salud mental" implica que durante la evaluación el psicólogo se meta en áreas orgánicas que no maneja con solvencia, y que el psiquiatra invada aspectos de la vida social que son mal manejados por carecer de un adecuado sustento teórico. Es un error muy común de los psiquiatras, al evaluar la salud mental, hacer preguntas que implican criterios valorativos culturales. Pongamos un ejemplo simple: "¿en qué estación estamos?". Una pregunta como esta implica cierta valoración sobre dicha información, que no es necesariamente relevante en todas las personas, culturas y/o comunidades. Más aún en territorios donde el cambio de estaciones es poco perceptible y no afecta en nada el desenvolvimiento de la vida. Para un sujeto podría ser más relevante saber en qué mes del año se siembra el maíz. Este tipo de preguntas no deben salir de un tablero o cuestionario estandarizado y universal, tal como ocurre hoy. Lo peor es que tales cuestionarios mezclan criterios de salud mental y salud psicológica inadvertidamente. Es labor del profesional que evalúa la salud psicológica, determinar el origen cultural y el nivel cultural del sujeto, para elegir o generar las preguntas pertinentes, es decir, las que le corresponden al sujeto en función a sus características propias y su cultura de referencia. Hay que tener presente que el sujeto humano asume su ser personal en virtud de una cultura. De allí la importancia de que el psicólogo, más que el psiquiatra, sea un profesional muy ligado al medio sociocultural específico donde ejerce, pero tener además la necesaria preparación para abordar otros segmentos culturales. Aquí es donde se aprecia la diferencia entre un profesional vinculado a las ciencias naturales, focalizado en la biología como campo y cuya perspectiva es universal, invariable y estandarizada, y, de otro lado, un profesional vinculado al sujeto como persona humana insertada en un escenario familiar y sociocultural concreto, frente al cual asume una perspectiva socio-temporal e histórico-cultural.
Este no es el lugar para pasar a una sustentación epistemológica de las diferencias que implican ambas perspectivas involucradas en la evaluación de la persona. Baste decir que los fundamentos de racionalidad epistémica cambian radicalmente cuando se pasa de un escenario biológico-natural a otro socio-cultural. Por ello es importante diferenciar el tipo de preguntas planteadas durante la evaluación. En el caso de la evaluación psicológica, las preguntas de evaluación deben estar lo más posible encuadradas en la cultura y estilo de vida del individuo. Una característica cognitiva de toda persona es ser selectiva con la información. Desde luego, existe cierta información que resulta vital para toda persona en cada comunidad o cultura; pero esta no siempre es la misma para todas. Alguna información puede ser significativa en una comunidad pero no en otra. Por ejemplo, la información relevante al campo de la tecnología que hoy domina los segmentos cosmopolitas del mundo occidental, son vitales para desenvolverse en algunas ciudades pero no lo son en las comunidades que están alejadas de esos entornos. En todo caso, es más importante identificar el tipo de información que resulta relevante para el sujeto evaluado y que este debería valorar y conocer para ser un sujeto socialmente activo en su medio. Solo así podemos medir el nivel de su información con acierto. No podemos pues someter a todos los sujetos a un cuestionario estandarizado y universal porque la vida humana no es estandarizada. En un examen de salud psicológica, lo que deseamos es averiguar si el individuo es un sujeto activo y eficaz en su medio, por tanto las preguntas deben adecuarse a su condición de sujeto en un medio concreto en lugar de esperar que todos los sujetos se adecuen a un cuestionario estandarizado, universal, foráneo, desactualizado y muchas veces mal traducido.
La evaluación de la salud psicológica debe surgir, en parte, de la confrontación entre la narración del sujeto y los hechos reales que nos ofrece su historia biográfica y su situación actual. Las etapas de la vida humana que se evalúan no son las del desarrollo lineal de base biológica sino las establecidas culturalmente para los individuos, como por ejemplo, "mayoría de edad", "edad escolar", "edad laboral", "iniciación sexual", etc. Debemos valorar objetivamente el grado de ajuste que mantiene el sujeto con las formas establecidas por su comunidad, lo que significa tomar en cuenta el aspecto valorativo de la propia comunidad en la organización social de la vida. También es importante evaluar la capacidad de autopercepción del sujeto, así como la capacidad de comunicación de dichas autopercepciones, tratando de determinar si el problema es de comunicación o de percepción.
Como se ve, a diferencia del concepto de salud mental, la salud psicológica no está estrechamente vinculada con las funciones mentales con base orgánica en el cerebro, sino con las estructuras psicológicas desarrolladas en la conciencia individual mediante su desarrollo histórico-social. Por esta razón, en la evaluación de la “salud psicológica” no caben plantillas de valores universales de normalidad porque toda normalidad es relativa a una comunidad. El psicólogo debe conocer los criterios de normalidad en la comunidad y cultura de origen antes de evaluar al sujeto. Por ejemplo, el criterio de normalidad en la iniciación de la vida sexual de las mujeres, tanto en la edad como en sus formas, es algo que no puede estar definido en un manual. Lo mismo ocurre en la visión del papel en la familia, como hijo, padre, esposo o hermano. En consecuencia la psicología clínica debe abstenerse de emplear manuales de referencia como lo hacen en la psiquiatría. Los criterios de normalidad en la psiquiatría derivan del enfoque médico, es decir, son del tipo "hecho natural". Lo "normal" es aquello que la naturaleza ha hecho. En la salud psicológica no existe el "hecho natural". Nada es un "hecho natural". Todo está basado en hechos humanos y culturales, en estructuras de racionalidad definidas por los propios seres humanos y sus sociedades, por tanto, los criterios de "nomalidad" dependen de la cultura específica. Acá vemos nuevamente la diferencia de los enfoques, por un lado el enfoque naturalista y por el otro el culturalista. Sin embargo, la dependencia del enfoque médico hace que a menudo los psicólogos trabajen y piensen con un enfoque naturalista acerca de normalidad. Aunque los propios psiquiatras han debido enfrentar estos problemas en temas relativos a la sexualidad. Recordemos que inicialmente catalogaron a la homosexualidad como parte de la patología o conducta anormal, para luego dejarla como una simple expresión cultural. Sin embargo, el debate no ha terminado.
Esta división de campos entre psicología y psiquiatría debe quedar claramente establecida para que no ocurra que tanto uno como el otro invadan dominios ajenos a su competencia, pero también para que no se aborden cuestiones humanas desde una perspectiva naturalista, y para que no dejen de evaluarse aspectos relevantes del funcionamiento humano como agente sociocultural. A causa de esta falta de claridad, es muy común que los psicólogos prefieran acoger criterios psiquiátricos, trabajen con el DSM y hablen en términos médicos. Todo esto es lo que debemos tratar de corregir en la psicología.
En la práctica actual, el examen mental se ha reducido a la evaluación de tres ejes básicos. De ellos, dos están fundados en conceptos míticos provenientes de la psicología pre científica: inteligencia y personalidad. A ellos se suma el concepto médico neurológico de "organicidad". Debemos notar que el concepto de "personalidad" ha perdido su sentido en la psicología moderna y solo se mantiene vigente en la psiquiatría, debido a la clasificación de la "patología de la personalidad" de muy larga data, cuyo origen se remonta al psicoanálisis freudiano. Por su parte el psiquiatra emplea sus propios estándares de donde surgen preguntas del tipo “¿en qué estación estamos?”, puntuando las respuesta "equivocadas" como signos de deterioro mental. Lo grave de estos exámenes es que muchos cuestionarios provienen de culturas distintas, como la norteamericana, han sido mal traducidas o adaptadas a otras culturas, como la española, y son aplicadas de forma mecánica y rutinaria en cualquier otro ambiente cultural. He hallado preguntas que contienen palabras cuyo significado ignoro. Otro problema es que la vida se ha transformado mucho en los últimos veinte años y estos cuestionarios se han quedado rezagados en el tiempo. Todavía se preguntan cosas como "¿respondes de inmediato las cartas que recibes?".
En conclusión, la “salud mental” puede contar con parámetros precisos predefinidos que señalen la presencia de salud y ausencia de enfermedad, manteniendo incluso validez universal fundado en algún criterio ampliamente aceptado, como puede ser el DSM (aun cuando este sigue siendo objeto de duras críticas y haya sido dejado de lado por la NIMH), o el CIE10. En cambio en la “salud psicológica” no existe necesariamente una referencia previamente establecida de salud, y menos de carácter universal. Todo lo que tenemos son criterios valorativos generales extraídos de una teoría que nos sirve de sustento. Luego, las preguntas del examen deben elaborarse sobre la base del conocimiento de la cultura de referencia del sujeto. Usualmente ocurre que evaluamos a personas de nuestra propia comunidad, pero hace falta verificar esto como un primer paso, especialmente en ciudades que concentran muchos migrantes. Además, hay que advertir una cuestión final: el concepto mismo de "enfermedad" en el terreno de la psicología es algo que aun no ha sido discutido teóricamente. Nos hemos adherido a las nociones de la medicina por defecto, pero esto es simplemente un error, y muy grave. La discusión del concepto "enfermedad" en la psicología es una de las tareas pendientes de la psicología clínica, que debe comprender entornos de patología cultural o social que hoy son simplemente ignorados. Apenas hallamos referencias a "enfermedades culturales" cuando se habla de la anorexia, por ejemplo, pero que más allá de ese señalamiento, dicho concepto carece de un sustento epistémico que permita identificarlo como unidad gnoseológica. Hay pues mucho trabajo por hacer en el desarrollo de la psicología clínica como ciencia independiente. Pero el primer paso es diferenciarla y separarla de la psiquiatría. Y lo primero que debe quedar claro es que mientras la psiquiatría maneja valores universales de referencia, en la psicología empleamos marcos culturales de referencia.
La evaluación de la salud psicológica
Desde una perspectiva de configuración social, la salud psicológica necesita generar sus propias etapas del desarrollo humano, de modo que sirvan como referencia en la determinación de la adecuada maduración psicológica del sujeto. El desarrollo psicológico del hombre es visto como un proceso permanente de incorporaciones a escenarios sociales y culturales cada vez más amplios y complejos. El hombre se inicia con la experiencia vital de su incorporación a una familia, y sucesivamente pasa a escenarios más amplios que lo acogen pero aplicándole una serie de elementos cognitivos configurantes, los que lo convierten al fin en un miembro más de la familia, la comunidad escolar, el vecindario, la ciudad, la nación, etc. Hace falta señalar estas etapas con precisión a fin de conocer el grado de desarrollo del sujeto bajo esta perspectiva.
Parte de la evaluación es determinar su grado de adecuación y su nivel de incorporación cultural. Esta es una tarea pendiente, pero se tienen aproximaciones desde la psicología del desarrollo. En cada etapa el sujeto debe demostrar solvencia cognitiva y conciencia de su participación. Más aun, tendría que mostrar una participación efectiva en sus escenarios sociales ya incorporados. Esto quiere decir que en cada fase debe haber asimilado los elementos lógicos necesarios para razonar en función de las formas de pensamiento pertinentes a su comunidad, las que nos explicarán porqué está estructurado cognitivamente como lo está. Esto es así porque el hombre, a diferencia de otras especies, no nace sabiendo quién es ni lo que tiene que hacer, sino que debe descubrirlo y hacerse a sí mismo. En nuestra cultura, se espera que un individuo esté plenamente incorporado a su cultura alrededor de los 18 a 20 años, en otras culturas ocurre mucho antes. En los hechos podemos observar que actualmente los individuos no acaban de incorporarse a su sociedad sino hasta los 25 años, de modo que hay un desfase entre lo que la sociedad espera y lo que últimamente viene ocurriendo. La ley les concede "mayoría de edad" a los 18 años, pero eso no es vinculante para los criterios psicológicos. De hecho, debemos contar con parámetros claros que permitan determinar si un sujeto ya ha alcanzado la mayoría de edad, al estar plenamente incorporado a su sociedad como un agente productivo.
Algunos individuos se sienten incorporados rápidamente a la dinámica de la actividad de la familia cuando estas desarrollan formas comerciales, artísticas o fabriles que incluso se remontan a varias generaciones atrás. Algunos escenarios culturales tienden a privar al sujeto de mayores incorporaciones, forzándolo a permanecer preso en su órbita. Esto ocurre desde algunas clases de familias hasta círculos religiosos y sociedades cerradas. Otras culturas desarrollan ciertas formas de pensamiento social que facilitan la aparición de trastornos conductuales en sus individuos, a veces muy nocivos como ceremonias de flagelación, peleas masivas, deformaciones del cuerpo, tatuajes, etc.
Desde una perspectiva de configuración social, la salud psicológica necesita generar sus propias etapas del desarrollo humano, de modo que sirvan como referencia en la determinación de la adecuada maduración psicológica del sujeto. El desarrollo psicológico del hombre es visto como un proceso permanente de incorporaciones a escenarios sociales y culturales cada vez más amplios y complejos. El hombre se inicia con la experiencia vital de su incorporación a una familia, y sucesivamente pasa a escenarios más amplios que lo acogen pero aplicándole una serie de elementos cognitivos configurantes, los que lo convierten al fin en un miembro más de la familia, la comunidad escolar, el vecindario, la ciudad, la nación, etc. Hace falta señalar estas etapas con precisión a fin de conocer el grado de desarrollo del sujeto bajo esta perspectiva.
Parte de la evaluación es determinar su grado de adecuación y su nivel de incorporación cultural. Esta es una tarea pendiente, pero se tienen aproximaciones desde la psicología del desarrollo. En cada etapa el sujeto debe demostrar solvencia cognitiva y conciencia de su participación. Más aun, tendría que mostrar una participación efectiva en sus escenarios sociales ya incorporados. Esto quiere decir que en cada fase debe haber asimilado los elementos lógicos necesarios para razonar en función de las formas de pensamiento pertinentes a su comunidad, las que nos explicarán porqué está estructurado cognitivamente como lo está. Esto es así porque el hombre, a diferencia de otras especies, no nace sabiendo quién es ni lo que tiene que hacer, sino que debe descubrirlo y hacerse a sí mismo. En nuestra cultura, se espera que un individuo esté plenamente incorporado a su cultura alrededor de los 18 a 20 años, en otras culturas ocurre mucho antes. En los hechos podemos observar que actualmente los individuos no acaban de incorporarse a su sociedad sino hasta los 25 años, de modo que hay un desfase entre lo que la sociedad espera y lo que últimamente viene ocurriendo. La ley les concede "mayoría de edad" a los 18 años, pero eso no es vinculante para los criterios psicológicos. De hecho, debemos contar con parámetros claros que permitan determinar si un sujeto ya ha alcanzado la mayoría de edad, al estar plenamente incorporado a su sociedad como un agente productivo.
Algunos individuos se sienten incorporados rápidamente a la dinámica de la actividad de la familia cuando estas desarrollan formas comerciales, artísticas o fabriles que incluso se remontan a varias generaciones atrás. Algunos escenarios culturales tienden a privar al sujeto de mayores incorporaciones, forzándolo a permanecer preso en su órbita. Esto ocurre desde algunas clases de familias hasta círculos religiosos y sociedades cerradas. Otras culturas desarrollan ciertas formas de pensamiento social que facilitan la aparición de trastornos conductuales en sus individuos, a veces muy nocivos como ceremonias de flagelación, peleas masivas, deformaciones del cuerpo, tatuajes, etc.
En nuestro medio observamos también algunas de estas conductas, pero principalmente diversas formas de adicciones, agresividad, intolerancia, irresponsabilidad, conducta improductiva en general, etc. Actualmente hay mucha tecnología orientada al ocio y una valoración exagerada sobre el empleo de tales tecnologías, y de ciertos estilos de vida vinculados a las satisfacciones corporales, como el culto por la belleza y la salud. Asimismo observamos una intensa actividad de propaganda destinada a orientar a los jóvenes hacia el disfrute de la vida mediante el consumo de cerveza, el celular y otros productos que afectan la dinámica general de la vida. Sin duda, ciertas formas de pensamiento social desarrollan estragos en la salud psicológica, y hasta orgánica, a partir de concepciones inapropiadas del amor, las relaciones afectivas y de la noción de pareja. La sociedad adopta la sexualidad básicamente como un instrumento de diversión que ya se ha incorporado a los bailes y los videos musicales. Todos estos cambios sociales son causa de muchas alteraciones conductuales, tanto a nivel individual como social, pero que no llegan a considerarse problemas de salud mental, aunque sí podemos asumirlos como problemas de salud psicológica. El problema de la salud psicológica solo queda en evidencia cuando establecemos relaciones vitales directas entre la conducta individual del sujeto y su comunidad. No son evidentes cuando se evalúa a una persona como ser individual.
Hoy es la cultura la que determina los horarios y las formas para satisfacer las necesidades biológicas, desde el hambre hasta el sueño, incluyendo, desde luego, el sexo. En muchas ocasiones estas formas culturalmente diseñadas de satisfacción de necesidades acaban siendo nocivas para las condiciones biológicas y naturales del organismo, generando una gran variedad de males que afectan no sólo la salud física sino la salud mental, e incluso la salud psicológica. Por último, vivimos ya en una cultura en cuyos pensamientos sociales no aparecen claros conceptos y valores como el orden, la puntualidad, la responsabilidad, el respeto a la ley y la autoridad, etc. En suma, se hace necesario adoptar una perspectiva social para comprender la salud del sujeto, más allá del estrecho y vago criterio de la salud mental. Nuestra perspectiva busca ser un complemento y no una competencia para la perspectiva médica. Pero es urgente delimitar los territorios de acción y de competencia. Para ello hacen falta conceptos claros. Sobre la base de estas ideas generales, desarrollaremos las pautas específicas de lo que debemos entender como salud psicológica.
Para ser más concretos, la “salud psicológica” tiene que ver con aspectos como:
- La organización de la vida personal.- Evalúa los aspectos relevantes que conforman la vida del sujeto, lo que corresponde a su mundo personal, tal como él lo ha configurado, y el grado de organización que tiene para manejarlos, tomando en cuenta los tiempos y las prioridades que le asigna a cada aspecto. El evaluador debe considerar la presencia de algunos aspectos que resultan esenciales para la vida de cualquier persona, tales como la familia, los amigos, las actividades formativas y productivas, la vida de relación tanto afectiva como sexual, la vida religiosa, etc. El evaluador aprecia el grado de dificultad que tiene el sujeto para comunicar su mundo inmediato, ya que no es raro que las personas carezcan de este tipo de autorreflexión. Existen algunas técnicas que facilitan este tipo de análisis evaluativo.
- La percepción adecuada del futuro.- La vida es un viaje hacia el futuro. Esto implica que de alguna manera toda persona debe tener una idea suficientemente clara de su destino natural a mediano y largo plazo. Es decir, debe saber adónde va, tener planes y ambiciones, sueños a futuro que implican un ordenamiento de sus acciones de tal forma que aseguren dicha meta con un grado aceptable de incertidumbre. La planificación de la vida es la forma de organizar el futuro, a diferencia de la organización del presente que ya habíamos evaluado en el rubro anterior. Es necesario considerar el grado de ajuste que hay entre los planes mentalmente elaborados y la organización de las acciones de la vida diaria orientados a la consecución de dichos planes. Muchas veces las personas sucumben ante las tareas del presente y son incapaces de ejecutar sus propios planes que quedan como simples sueños o quimeras. La salud psicológica implica una adecuada orientación de nuestra vida al mañana, ejecución de acciones para estar mejor, y un grado aceptable de confianza y seguridad hacia un futuro con un alcance razonable tanto en distancia como en logros.
- El grado de ajuste social.- El hombre es un ser social. Lo que le otorga en última instancia todo su sentido es la función que cumple como pieza de una comunidad. La persona adulta debe estar en una posición de integración con su medio social ejerciendo algún tipo de función productiva, lo cual significa ser parte del engranaje económico. Los jóvenes tienen como primera tarea lograr ser parte de su comunidad inmediata que es su familia. Esta es una especie de laboratorio social en el que los niños aprenden a jugar un rol de relevancia cada vez mayor, hasta ejercer alguna tarea de responsabilidad que los entrena para el ejercicio de la vida social en la etapa adulta. Los sujetos más integrados constituyen parte de diversas organizaciones sociales, siempre que estas se orienten al servicio efectivo de la comunidad, diferenciándose de aquellas que sólo buscan usar a la gente para obtener beneficios de algún tipo. El grado de integración social se aprecia también por el nivel de responsabilidad y compromiso que se asume personalmente con respecto a la situación de su comunidad y su país, e incluso con el mundo entero o la humanidad toda.
- La organización del mundo interno.- Con “mundo interno” hacemos referencia al conjunto de experiencias subjetivas que son parte de nuestra dinámica psicológica permanente. A cada momento las personas nos enfrentamos a una gran diversidad de sensaciones, desde las más simples hasta las más complejas, las que se integran a la experiencia unificada del ser en cada momento, por lo que debemos saber manejarlas en procura de un equilibrio funcional. Estamos refiriéndonos a temores, dudas, recelos, ambiciones, afectos, intereses, deseos, enojos, cansancio, desazón, etc. Toda esa gama de variadas experiencias subjetivas que nos asaltan a cada momento, debe ser adecuadamente controlada y organizada dentro de la totalidad de nuestra circunstancia psicológica, con propósitos de una adecuación social constante. Estas experiencias deben estar en concordancia directa con nuestra circunstancia presente, es decir, el sujeto debe saber que su experiencia subjetiva concuerda con su momento objetivo. En este rubro nos corresponde identificar los principales motivadores de la conducta, así como aquellos factores que la perturban en el presente.
- La organización del proyecto personal.- Las personas no tenemos una definición a priori de nuestro sentido individual, como ocurre con otras especies. La esencia de nuestro ser no nos viene dada con el nacimiento sino que debe ser construida por nosotros mismos. En este proceso de autoconstrucción del ser individual es necesario tener una idea clara de lo que somos y de lo que deseamos ser, cuál es nuestro proyecto individual como personas y de qué manera lo edificamos. Este es el sentido de lo que llamamos “identidad personal”. Es la respuesta a la pregunta ¿quién soy? La persona psicológicamente saludable tiene un grado de autoconciencia que le permite definirse, bien en función de criterios personales y sociales, manejando una idea clara de la clase de personas que desea ser y un grado de satisfacción o de insatisfacción con lo que es. Además este nivel de conciencia personal implica tener un adecuado nivel de conciencia social, en el sentido de conocer adecuadamente los nexos culturales a los que se orienta y de los que surge.
- Capacidad de afronte de la adversidad.- A medida que se desarrollan como sujetos, las personas van enfrentando mayores retos en un mundo caracterizado por la competencia a todo nivel. Es vital que las personas sepan desarrollar estrategias para manejar situaciones adversas. El cuidado de la salud es una tarea que solo se concibe claramente en relación a la salud física pero muy poco en lo "mental". Menos aun es entendido como una habilidad básica de la persona expresada mediante una serie de estrategias que favorecen la salud psicológica, facilitando el disfrute cabal de los momentos favorables y la capacidad para afrontar de manera efectiva las adversidades.
- El tipo de información que privilegia.- Los seres humanos tienen la virtud de poder generar ideas. Si bien esto proporciona una gran capacidad para el tratamiento lógico de la información, también es un gran riesgo debido a que mucha información se genera como producto de la actividad racional del ser humano. La salud psicológica solo es posible cuando la persona privilegia información procedente del mundo real. En la medida en que las personas se acercan a sus propias ideas o a información que no procede del mundo real sino de doctrinas de cualquier clase, hay un desbalance en su relación con el mundo. Para calificar una buena salud psicológica, es indispensable que el individuo se mantenga muy cerca de la información que proviene del mundo real.
Todos estos aspectos de la salud psicológica deben estar lógicamente integrados guardando una estrecha coherencia recíproca. Por ejemplo, la organización del proyecto personal tiene que ser coherente con la percepción del futuro y con la organización de la vida personal. Existen algunos instrumentos que facilitan, tanto al evaluador como al sujeto, desarrollar las reflexiones necesarias para expresar con fluidez –e incluso gráficamente- lo que se le está solicitando. Una adecuada tarea de evaluación acerca de estos aspectos no sólo facilita determinar el grado de salud psicológica, sino que por sí mismo constituye un ejercicio de organización cognitiva que contribuye en gran medida a la labor terapéutica, ya que de este análisis saltan a la vista los aspectos que requieren ser trabajados, no sólo para el psicólogo sino incluso para el propio paciente. A partir de esta perspectiva teórica de “salud psicológica”, el clínico puede y debe tener el interés de desarrollar instrumentos que sirvan como facilitadotes y estímulos a los sujetos, de manera que logren el nivel de reflexión y expresión necesarios.
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