sábado, 29 de mayo de 2010

La redacción científica según Feyerabend





La "redacción científica", cualquier cosa que se entienda por eso, se ha convertido en uno de esos tópicos con que los formalistas, metodologistas y estilistas que abundan en el ambiente cientificista, nos sorprenden. Son los que creen que todo en la vida debe estar normado escrupulosamente, incluyendo el pensamiento y el proceder científico, y hasta su expresión escrita. En virtud a esto, crean estructuras formales que luego nos imponen como dogmas y rituales de seguimiento forzoso. El resultado inevitable de estos ambientes afectados de metodologismo y normativismo formalista ha sido siempre la mediocridad estandarizada y la pobreza de resultados. Es el empeño del cientificismo por la anulación de toda creatividad y una guerra contra la originalidad. Todo debe estar estandarizado. No sólo el método de investigación sino incluso la redacción, con un estilo que elimina cualquier intento de reflexión. El informe debe ser estrictamente objetivo y concreto. Hoy es imposible entregar una tesis o un artículo ante las instancias académicas o editoriales, sin que alguno de estos robots programados por el cientificismo nos señale un sinfín de "errores" de estilo y redacción. Exigen que se escriba en neutro, en tercera persona, censuran determinadas expresiones porque atentan contra la objetividad, etc. En suma, debemos escribir como máquinas sin sentimientos ni libertades, sin meditaciones ni reflexiones en torno de lo que hacemos y buscamos. Pensaba escribir una condena a esas actitudes cientificistas aberrantes, pero he encontrado un excelente texto de Paul K. Feyerabend. En realidad se trata de una nota al pie de página, en su libro "Contra el Método". Creo que lo dice todo. Así que me limito a transcribirlo completamente aquí. Lo he titulado "El especialista y su lenguaje" para darle forma de artículo. Disfruten su ironía y sarcasmo.


El especialista y su lenguaje
Paul K. Feyerabend
Un especialista es un hombre o una mujer que ha decidido conseguir preeminencia en un campo estrecho a expensas de un desarrollo equilibrado del conocimiento. Ha decidido someterse a sí mismo a estándares que le restringen de muchas maneras, incluidos su estilo al escribir y su manera de hablar, y que se siente dispuesto a vivir lo más en concordancia que pueda con estos estándares mientras esté despierto (siendo esto así, es probable que también sus sueños estén gobernados por estos estándares). No es que sea opuesto a aventurarse ocasionalmente en campos diferentes, a escuchar la música de moda, a adoptar vestimentas de moda (aunque el traje de negocios parece ser su uniforme favorito, en este país y en los otros) o a seducir a sus estudiantes. Sin embargo, estas actividades son aberraciones de su vida privada; no tienen relación alguna con lo que está haciendo como experto. La afición por Mozart, o por Haydn, no hará más melodiosa su física ni le dará un mejor ritmo. Ni dará un affaire más colorido a su química.
Esta separación de ámbitos tiene consecuencias muy desafortunadas. No sólo las materias especiales están vacías de los ingredientes que hacen una vida humana hermosa y digna de vivirse, sino que estos ingredientes están también empobrecidos, las emociones se hacen romas y descuidadas, tanto como el pensamiento se hace frío e inhumano. En verdad, las partes privadas de la propia existencia sufren mucho más que lo hace la propia capacidad oficial. Cada aspecto del profesionalismo tiene sus perros guardianes; el más ligero cambio, o amenaza de cambio, se examina; se emiten advertencias, y toda la maquinaria de opresión se pone inmediatamente en movimiento con objeto de restaurar el statu quo. ¿Quién cuida de la calidad de nuestras emociones? ¿Quién vela por aquellas partes de nuestro lenguaje que se supone que mantienen a la gente más unida, que tienen la función de dar confort, comprensión y quizás un poco de crítica personal y de estímulo? No hay encargados de tales cosas. Como resultado, el profesionalismo también sienta plaza en este dominio.
Por citar algunos ejemplos: En 1610 Galileo da cuenta por primera vez de su invento del telescopio y de las observaciones que hizo con él. Éste fue un acontecimiento científico de primera magnitud, mucho más importante que cualquier cosa que hayamos logrado en nues­tro megalomaníaco siglo XX. No sólo se introducía así un muy misterioso instrumento para el mundo de los entendidos (se introdujo para el mundo de los entendidos, porque el ensayo estaba escrito en latín), sino que el instrumento fue dedicado inmediatamente a un uso muy poco común: fue dirigido hacia el cielo; y los resultados, los asombrosos resultados, parecían apoyar de manera clara la nueva teoría que Copérnico había sugerido unos sesenta años antes, y que estaba todavía muy lejos de ser generalmente aceptada. ¿Cómo introdujo Galileo su pensamiento? Leamos: «Hace unos diez meses llegó a mis oídos la noticia de que cierto holandés había construido un anteojo por medio del cual los objetos visibles, aunque estuviesen muy distantes del ojo del observador, eran vistos con claridad, como si estuviesen cerca. Varias experiencias se contaban de este efecto verdaderamente notable, a las cuales algunas personas daban crédito, mientras otras se lo negaban. Pocos días después la información me fue confirmada por una carta de un noble francés que residía en París, Jacques Badovère, que hizo que me aplicase concentradamente para averiguar los medios por los cuales poder llegar a inventar un instrumento similar [...]». (citado de Stillman Drake, ed., Discoveries and Opinions of Galileo, Nueva York, Doubleday Anchor Books, 1957, pp. 28-29).
Empezamos con un relato personal, un encantador relato, que nos conduce lentamente a los descubrimientos, y éstos son referidos en la misma forma clara, concreta y llena de colorido: «Hay otra cosa -escribe Galileo, describiendo la cara de la Luna- que no debo omitir, porque la vi no sin cierta admiración, a saber, que casi en el centro de la Luna hay una cavidad más grande que todas las demás, y de forma perfectamente redonda. La he observado cerca, tanto del primero como del último cuartos, y he intentado representarla tan correctamente como me ha sido posible en la segunda de las figuras de arriba [...]». Citado de Drake, ed., Discoveries and Opinions of Galileo, p. 36. El dibujo de Galileo atrae la atención de Kepler, que fue uno de los primeros en leer el ensayo de Galileo. Y comenta: «No puedo evitar preguntarme acerca del significado de la gran cavidad circular en lo que yo usualmente llamo el ángulo izquierdo de la boca. ¿Es obra de la naturaleza o de una mano adiestrada? Supongamos que hay seres vivos en la Luna (siguiendo los pasos de Pitágoras y Plutarco me divertía jugar con esta idea, hace tiempo [...]). Seguramente no es contrario a la razón que los habitantes expresen el carácter del lugar en que viven, que tiene montañas y valles mucho más grandes que los de nuestra Tierra. Por consiguiente, dotados de cuerpos muy pesados, también construirán proyectos gigantescos [...]» (citado de Kepler's Conversations with Galileo's Sidereal Messenger, traducción de Edward Rosen, Nueva York, Johnson Reprint Corporation,1965, pp. 27-28). «He observado»; «he visto»; «me ha sorprendido»; «no puedo evitar preguntarme»; «me encantó»: así es como uno habla a un amigo o, en cualquier caso, a un ser humano vivo. El terrible Newton, que es más que nadie responsable de la plaga de profesionalismo que sufrimos hoy, empieza su primer escrito sobre los colores en un estilo muy similar. «[ ...] Al principio del año 1666 [...] me procuré un prisma triangular de cristal, para emprender con él los celebrados fenómenos de los colores. Y para ello, una vez ensombrecido mi aposento y hecho un pequeño agujero en la ventana para dejar pasar una cantidad conveniente de luz solar, coloqué mi prisma a la entrada de la luz para que pudiera ser refractada hacia la pared opuesta. Constituyó al principio un entretenimiento muy agradable ver los vivos e intensos colores que allí se producían; pero al cabo de un rato me apliqué a considerarlos con más circunspección. Quedé sorprendido al verlos en una forma alargada [...]» (citado de The Correspondence of Isaac Newton, vol. I, Cambridge, Cambridge University Press,1959, p. 92).
Recuérdese que todos estos relatos son acerca de la naturaleza inanimada, fría, objetiva, «inhumana»; que son acerca de estrellas, prismas, lentes, la Luna, y que sin embargo están escritos de la manera más viva y fascinante, comunicando al lector un interés y una emoción que son los que el descubridor sintió al aventurarse inicialmente en los extraños mundos nuevos. Comparemos ahora con esto la introducción a un libro reciente, un best seller, Human Sexual Response, cuyos autores son W. H. Masters y V. E. Johnson, Boston, Little, Brown, 1966. He elegido este libro por dos razones. En primer lugar, porque es de interés general. Destierra prejuicios que influyen no sólo en los miembros de alguna profesión, sino en la conducta cotidiana de una gran cantidad de gente aparentemente «normal». En segundo lugar, porque trata de un asunto que es nuevo y sin una terminología especial. También porque trata del hombre y no de las piedras o los prismas. De modo que podría esperarse un comienzo aún más vivo e interesante que el de Galileo, Kepler o Newton. En lugar de ello, ¿qué leemos? Tome nota, paciente lector. «En vista del obstinado apremio gonadal en los seres humanos, no deja de ser curioso que la ciencia muestre su singular timidez en el punto sobre el que pivota la fisiología del sexo. Quizás esta evasión [...]», etc. Esto ya no es un modo humano de hablar. Es el lenguaje del especialista.
Obsérvese que el sujeto ha desaparecido enteramente. Ya no hay «me sorprendió mucho encontrar» o, puesto que los autores son dos, «nos sorprendió mucho encontrar», sino «es sorprendente encontrar», sólo que no expresado con términos tan sencillos como éstos. Obsérvese también hasta qué punto se mezclan en el discurso irrelevantes términos técnicos y llenan las frases de ladridos, gruñidos, aullidos y regüeldos antediluvianos. Se levanta un muro entre los escritores y sus lectores, no en virtud de una falta específica de conocimiento, ni porque los escritores no conozcan a sus lectores, sino de la intención, por parte de los autores, de expresarse con arreglo a algún curioso ideal profesional de objetividad. Y este feo, inarticulado e inhumano idioma se hace presente en todas partes y ocupa el lugar de una descripción más simple y directa.
Así, en la página 65 del libro leemos que la mujer, al ser capaz de orgasmo múltiple, tiene a menudo que masturbarse una vez retirado su compañero para conseguir así la culminación del proceso fisiológico que le es característico. La mujer sólo se detendrá, quieren decir los autores, cuando se encuentre cansada. Esto es lo que quieren decir. Lo que realmente dicen es: «Por lo común, el agotamiento físico pone fin por sí solo a la sesión masturbatoria activa.» Usted no se masturba, usted tiene una «sesión masturbatoria activa». En la página siguiente se aconseja al hombre preguntar a la mujer lo que quiere o no quiere en lugar de intentar averiguarlo por su cuenta. «Él debería preguntarle a ella»: esto es lo que nuestros autores quieren hacernos saber. ¿Cuál es la frase que aparece en realidad en el libro? Lean: «El hombre será infinitamente más efectivo si anima a su compañera a vocalizar.» «Anima a vocalizar» en vez de «preguntarle». Bien: acaso alguien diga que los autores quieren ser precisos, que quieren dirigirse a sus compañeros de profesión más que al público en general y, naturalmente, tienen que emplear una jerga especial para hacerse entender. Por lo que respecta al primer punto, esto es, a la precisión, recuérdese, sin embargo, que los autores también dicen que el hombre será «infinitamente más efectivo», cosa que, considerando las circunstancias, no es ciertamente un enunciado muy preciso de los hechos. Y en cuanto al segundo punto, hay que decir que no se trata de la estructura de los órganos, ni de particulares procesos fisiológicos que puedan tener un nombre especial en medicina, sino de un asunto tan ordinario como preguntar. Además, Galileo y Newton se las arreglaron sin una jerga especial, aunque la física de su tiempo estaba altamente especializada y contenía muchos términos técnicos. Se las arreglaron sin una jerga especial, porque querían empezar de nuevo y porque eran lo suficientemente libres e inventivos como para, en lugar de dejarse dominar por las palabras, ser capaces ellos mismos de dominarlas. Masters y Johnson están en una situación muy parecida, pero no pueden hablar ya de manera directa, su sensibilidad y su talento lingüístico han sido deformados hasta tal extremo, que uno se pregunta si serán siquiera capaces de volver alguna vez a hablar un inglés normal.
La respuesta a esta pregunta viene dada en un pequeño panfleto que llegó a mis manos y que contiene el informe de un comité ad hoc constituido con el propósito de examinar los rumores sobre la brutalidad de la policía durante algunas semanas algo inquietas en Berkeley (invierno del 68-69). Los miembros del comité eran –todos- gente de buena voluntad. Su interés no giraba únicamente en torno a la calidad de la vida académica en el campus; estaban todavía más interesados por promover una atmósfera de entendimiento y comprensión. La mayor parte de ellos procedían de la sociología y de dominios relacionados con ella, es decir, procedían de dominios que no tratan con lentes, piedras, estrellas, como Galileo en su hermoso librito, sino con seres humanos. Figuraba entre ellos un matemático que había dedicado un tiempo considerable a implantar y defender cursos intensivos para estudiantes y que finalmente abandonó disgustado: no pudo cambiar los «procedimientos académicos establecidos». ¿Cómo escribe esta gente decente y amable? ¿Cómo se dirigen a aquellos a cuya causa han dedicado su tiempo libre y cuyas vidas tratan de mejorar? ¿Son capaces de superar las barreras del profesionalismo al menos en esta ocasión? ¿Son capaces de hablar? No.
Los autores quieren decir que los policías hacen detenciones en circunstancias en que la gente no tiene más remedio que enfadarse. Dicen: «Cuando la sublevación de los que están presentes es la consecuencia inevitable [...].» «Sublevación»; «consecuencia inevitable»: ésta es la jerga del laboratorio, éste es el lenguaje de la gente que habitualmente maltrata a las ratas, ratones, perros y conejos y anota cuidadosamente los efectos de este maltrato, pero el lenguaje que ellos emplean se aplica ahora también a seres humanos, a seres con los que, no obstante, se simpatiza, o se dice que se simpatiza, y cuyas pretensiones se apoyan. Los autores quieren decir que los policías y los huelguistas raramente se hablan entre sí. Y dicen: «La comunicación entre los huelguistas y los policías no existe.» El centro de atención no son ni los huelguistas, ni la policía, ni la gente, sino un proceso abstracto, «la comunicación», acerca de la que uno ha aprendido una o dos cosas y con la que uno se siente más cómodo que con los seres humanos vivos. Los autores quieren decir que más de 80 personas tomaron parte en la empresa, y que el informe contiene los elementos de lo que unos 30 de ellos han escrito. Y escriben: «Este informe trata de reflejar un consenso de los 30 informes emitidos por los 80 junto con observadores facultados que participaron.» ¿Es preciso que continúe? ¿0 no está ya suficientemente claro que los efectos, los miserables efectos, del especialismo son mucho más profundos y mucho más viciados de lo que podría esperarse a primera vista? ¿Que algunos profesionales ha perdido incluso la capacidad de hablar de una manera civilizada, que han vuelto a un estado mental más primitivo que el de un joven de dieciocho años que es todavía capaz de adaptar su lenguaje a la situación en la que él mismo se encuentra, hablando el lenguaje de la física en su clase de física y un lenguaje completamente diferente con sus amistades en la calle (o en la cama)?
Muchos colegas que están de acuerdo con mi crítica general de la ciencia encuentran forzado y exagerado este énfasis en el lenguaje. El lenguaje, dicen, es un instrumento del pensamiento que no influye en él hasta el extremo que yo supongo. Esto es cierto en tanto que una persona tenga diferentes lenguajes a su disposición, y en tanto que todavía sea capaz de cambiar de uno a otro cuando la situación lo requiera. Pero aquí no es éste el caso. Aquí un único y más bien empobrecido idioma tiene a su cargo todas las funciones y se usa en todas las circunstancias. ¿Se está dispuesto a insistir en que el pensamiento que se oculta tras este feo exterior ha permanecido ágil y humano? ¿0 más bien debe estarse de acuerdo con V. Klemperer y otros que han analizado la deterioración del lenguaje en las sociedades fascistas en que «las palabras son como pequeñas dosis de arsénico: son ingeridas sin darse cuenta, no parecen tener ningún efecto digno de mención, y sin embargo la venenosa influencia estará ahí al cabo de algún tiempo. Si alguien sustituye con suficiente frecuencia palabras tales como "heroico" y "virtuoso" por «fanático» terminará por creer que sin fanatismo no hay heroísmo ni virtud» (Die Unbewaeltigte Sprache, Munich, Deut­scher Taschenbuch Verlag, 1969, p. 23). De manera semejante el uso frecuente de términos abstractos de disciplinas abstractas («comunicación», «sublevación») en asuntos que tratan de seres humanos obliga a que la gente crea que el ser humano puede reducirse a unos cuantos procesos asépticos y que cosas como la emoción o el entendimiento son elementos molestos, o, mejor aún, erróneas concepciones pertenecientes a un estadio más primitivo del conocimiento.
En su búsqueda de un lenguaje aséptico y estandarizado con una ortografía y una puntuación uniformes, con referencias estandarizadas, etc., los expertos reciben creciente apoyo por parte de los editores. Idiosincrasias de estilo y expresión a las que un observador neutral no presta atención son advertidas con seguridad por impresores o editores, y se derrocha mucha energía en disputas sobre una frase o sobre la posición de una coma. No parece sino que el lenguaje ha dejado de ser propiedad de escritores y lectores y ha sido adquirido por las casas editoras, de modo que a los autores ya no se les permiten expresarse como ellos consideran adecuado ni hacer sus contribuciones al enriquecimiento de la lengua.

viernes, 21 de mayo de 2010

La democratización de la ciencia





En estas épocas de fervor democrático en que la adoración de fetiches ideológicos tales como la igualdad y la inclusión social, han reemplazado al antiguo totemismo, la ciencia no podía haber quedado al margen de esta moderna repartición social de bienes comunes. Por el contrario, también ha sufrido los embates del mundo burocrático, profundamente ideologizado, y ha sido repartido "democráticamente" a la sociedad, a través de universidades "democratizadas", que hoy han puesto a la ciencia al alcance de las grandes mayorías. El único problema es que la ciencia no es repartible ni popularizable ni vulgarizable. La ciencia real es una actividad elitista, que exige determinadas condiciones a los individuos, a las instituciones y a la sociedad. Incluso a los estados. Pero como estas cosas elitistas y reducidas incomodan a los mercaderes de la masificación, lo que han hecho es institucionalizar un método por el cual todos podemos hacer ciencia sin distinciones de clase ni de habilidades cognitivas. Sin embargo, esto no se puede hacer sin vulgarizar a la ciencia, por lo que hay que hacer algo para que la ciencia vulgarizada sea concebida como ciencia. Primero se debe establecer una creencia general acerca de lo que es la ciencia y el quehacer científico. Es decir, debe haber un ambiente ideológico social propicio para que estas propuestas puedan ser admitidas y seguidas sin reparos. Las personas deben inscribirse en este sistema de creencias de tal modo que pierdan la capacidad para percibir la artificialidad y falsedad de la propuesta y, además, dependan de ella. Este ambiente ideológico social se generó a principios del siglo pasado y fue conocido como "cientificismo". De este ambiente dominado por el cientificismo emergió, como vástago predilecto, el famoso "método científico", titulo otorgado al tratamiento estadístico de datos, que fue el procedimiento ideal logrado por los naturalistas, desde el último cuarto del siglo XIX hasta el primer cuarto del siglo XX. A esto se sumó luego el ambiente político-social de masificación de la tecnología, la comercialización del conocimiento y el mercadeo de la educación superior a gran escala. La gran valoración alcanzada socialmente por la ciencia, determinó que todos aspiraran masivamente al conocimiento científico, demanda que tuvo que ser satisfecha mediante la instauración del "método científico". Además de ello, el rol de la estadística en el escenario de la vida humana se incrementó notablemente, hasta que medio mundo quedó convencido de que el camino a la ciencia pasaba necesariamente por el tratamiento estadístico de datos, lo cual quedó en el imaginario popular grabado como "el método científico". De hecho, esto se ha constituido en una de las creencias más penosas de nuestro mundo académico actual, y se le conoce y se enseña oficialmente como "la metodología de la investigación científica". Penoso porque no hay nada más triste ni falso que creer en la existencia de una secuencia mágica de pasos que, seguida rigurosamente, nos transportará directamente al universo del conocimiento científico. Esto, hay que decirlo de una vez, no existe ni remotamente. Así que bien vale la pena analizar un poco este concepto, que es uno de los más grandes embustes de nuestro tiempo, sin ser un concepto político.

Sospecho que la gran mayoría de los textos sobre metodología de investigación están orientados a proveer a la gran masa de estudiantes de una herramienta concreta que les permita realizar la tesis y recibir el grado, con la ilusión de haber hecho investigación científica. Debe haber surgido desde la necesidad de las propias universidades por hacer que sus estudiantes hagan alguna investigación que justifique su grado. De este modo acabaron formalizando un "método científico" estandarizado.  La otra explicación tendría que remontarse a Sir Francis Bacon, mentor del método científico o, para no ir tan lejos, a Mario Bunge y su visión del método, que es fundamentalmente un método heurístico. Pero no vale la pena ingresar en este terreno de la filosofía de la ciencia, porque en ningún caso, la filosofía de la ciencia ha establecido como "método científico" lo que hoy se asume, se enseña y se emplea cotidianamente en los ambientes académicos con tanto fervor. De modo que debemos buscar nuestras explicaciones al margen de la filosofía de la ciencia y acudir a los ambientes ideológicos que gobiernan a nuestra sociedad, principalmente a los ambientes académicos que es en donde se consume y comercializa "el método científico", que es un método eminentemente estadístico. Y esto es realmente grave, pues los textos y cursos de metodología, se han convertido hoy en día en una materia obligada en cualquier carrera, incluso en aquellas que nada tienen de científicas, como la hotelería y el turismo; y, peor aun, en aquellas que ni siquiera requieren un profundo conocimiento matemático, pero que terminan dependiendo de un método estadístico. Se trata pues de un fenómeno sociocultural que merece algún análisis; pero esta clase de estudios casi nunca se realizan porque la ciencia académica está entregada en cuerpo y alma a problemas "objetivos", es decir, aquellos que proporcionan datos numéricos tratables por la estadística. En el peor de los casos, se apela a dudosos instrumentos para fabricar los datos numéricos, bajo la idea de que la ciencia se basa en números. Todo lo demás puede ser filosofía, especulación o metafísica. Entonces, por ejemplo, un estudio de los sistemas de racionalidad cultural, como el que pretendemos hacer ahora, no ingresaría al altar de la ciencia. Así están las cosas. Las conductas tradicionales de una comunidad, incluyendo desde luego a la comunidad paracientífica y académica, descansan sobre una serie de creencias y supuestos asumidos como fórmulas básicas de raciocinio, que se sostienen no por su validez epistémica sino en virtud de sus ventajas y prestaciones prácticas. De este modo se instituye el autoengaño colectivo, y toda la comunidad vive bajo una misma "realidad cultural" que incluye falsedades ideológicas, pero con ganancias pragmáticas, que es lo que finalmente importa. Después de todo, la realidad humana es siempre una realidad cultural, y esta no es más que una pura fantasía en las mentes colectivas. Veamos algunas creencias falsas de este escenario. Por ejemplo.
  1. Se cree que la ciencia es una. Lo cual es falso. La "ciencia", así en abstracto, no es más que un concepto que alude a una actividad humana orientada a descubrir y conocer la realidad, y a estos mismos conocimientos ya logrados. Tal actividad se realiza mediante una gran diversidad de disciplinas científicas que se ocupan de aspectos diversos de la realidad y de niveles distintos de la realidad, e incluso de dimensiones distintas de la realidad, y con diferentes enfoques. Así que es material y lógicamente imposible que pueda existir un supermétodo capaz de actuar eficientemente en cualquier escenario, nivel o dimensión de la realidad. Creer esto es, por lo menos, una ingenuidad.
  2.  Por supuesto, también hay que creer que la realidad es plana, homogénea, estable y repetitiva. De otro modo no se explica cómo se puede creer que con un sólo y mismo método podemos estudiarla completamente y, peor aun, creer que un experimento nos autoriza a proclamar una ley universal. Y una vez más habrá que decir que tal creencia es falsa. La realidad no es plana ni uniforme ni constante ni repetitiva. Es un proceso permanente de transformaciones, que puede mostrar ciclos pero no repeticiones. Además posee diversos niveles de complejidad de acuerdo a la evolución de la materia, con escenarios muy variados, y en cada uno de ellos se precisan enfoques específicos que incluyen ontologías, epistemologías y, desde luego, metodologías y tecnologías propicias para tales escenarios y niveles de la realidad. Finalmente se requieren teorías comprensivas integradoras para concebir de una forma humana la realidad a la que tenemos acceso.
  3.  Se debe creer que es posible la existencia de un supermétodo que actúe como clave universal, capaz de abrir las puertas de cualquier misterio de la realidad, sin importar cuál sea este. En otros términos, debemos creer que ya existe la solución para cualquier problema de investigación. En buena cuenta, ya no existirían problemas científicos. Piense usted en un problema cualquiera y no se preocupe, pues allí estará el método aguardándolo para darle la solución adecuada. ¡La misma solución siempre! Esto, desde luego, también es falso, a menos que nos movamos siempre en el mismo escenario reducido en el que un método funciona eficientemente. Lo otro es pretender acomodar los escenarios a las posibilidades del método, que es lo que usualmente se hace, falsificando el conocimiento.
  4.  Creer que todos los elementos de estudio poseen la misma identidad de clase, es decir, que al estudiar uno solo de estos, o una muestra, es suficiente para conocer todos los demás. Si bien esto puede ser relativamente cierto en los niveles más elementales de la materia, de hecho es falso en los más altos niveles de complejidad, como en la vida humana, y hasta en el organismo humano. Tal vez sea factible estudiar una rata y saber cómo son todas las ratas, ya que aparentemente estas tienen una fuerte identidad de clase, es decir, todas son prácticamente iguales entre sí; pero esto no ocurre con las personas ni con las sociedades ni con las lenguas, ni con muchas otras cosas del nivel más elevado de evolución, donde la identidad de clase es más difusa. De allí el error de creer que al estudiar un grupo de hijos únicos podemos establecer cómo "son" los hijos únicos. De esta clase de disparates estamos hartos en la psicología.
Algo que resulta muy gracioso es que la gran mayoría cree que este método cuantitativo estadístico inferencial es fruto de la más pura racionalidad de la ciencia moderna. Nada más lejos de la verdad. Pocos saben que este método tuvo su origen en un personaje que vivía al borde de la locura; un maniático de las matemáticas que contaba y medía todo lo que se le atravesaba en su camino. En efecto. El creador e impulsor de las técnicas de investigación estadística fue un verdadero chiflado que estableció el tamaño del culo de las mujeres como un elemento para clasificar a las personas y a las razas. Estoy hablando de Sir Francis Galton (1822-1911).  Fue este señor quien  inventó el concepto estadístico de regresión, en su afán por estudiar la inteligencia y probar que se trataba de un don con que Dios premió a ciertas razas. Persiguiendo obsesivamente esta disparatada idea, contrató los servicios de Spearman y Pearson para culminar su proyecto, y fueron ellos quienes a la larga desarrollaron las bases de la moderna estadística y la primera teoría de la inteligencia. Con lo cual debió quedar claro que tanta maravilla estadística no impide que se puedan generar teorías absurdas. Y esto es exactamente lo que viene ocurriendo hasta nuestros días: la estadística no impide hacer estupideces.  Por el contrario, lo que muchas veces se logra son estupideces perfectas. (Más adelante expondremos algunos ejemplos muy concretos). Así que no hay porqué fiarse de este método. Hay que tener muy en claro que no es el método el que hace la ciencia.

Prosiguiendo con el recuento histórico, debemos decir que todo esto no fue más que una anécdota de la historia. Más adelante hubo otros personajes que contribuyeron en la edificación más firme de la estadística moderna y en el diseño de los experimentos, en proyectos más serios y realmente científicos, como Ronald Fisher. Ahora bien, todos ellos trabajaron impulsados por un mismo vivo interés en el estudio de las especies, las poblaciones, la genética y cosas por el estilo, conmovidos aun por el tremendo impacto que Darwin causó en la comunidad científica británica con su teoría evolutiva. Además de ello, Galton era primo de Darwin, y Fisher trabajó con el hijo de Darwin, así que todos procuraban seguir su misma línea de investigación, que era la que estaba de moda. Todo el grupo de personajes que construyó la racionalidad matemática, las técnicas estadísticas y los modelos experimentales en la investigación científica, trabajó intrigado por la Teoría de la Evolución. Fue en aquel escenario concreto en donde se concibieron los experimentos con animales, poblaciones de insectos, generaciones de plantas, y recolección de datos con métodos estadísticos, es decir, un escenario eminentemente naturalista, con una clase específica de problemas e intereses: la evolución, la genética y la biología. Se trata de un método experimental-estadístico que puede resultar muy efectivo en este escenario, pero de ninguna manera se trata de un "método científico universal", como equivocadamente se asume, se enseña y se exige. No todo en la ciencia es naturalismo. La ciencia tiene muchas facetas y diversos escenarios en donde este método simplemente no calza en lo absoluto. Incluso muchos escenarios de la realidad no se prestan a la manipulación experimental controlada, por ejemplo los escenarios humanos, sociales, geológicos, cósmicos, etc. No todos los experimentos exigen ni reportan datos numéricos, tratables estadísticamente. Muchas veces basta con matemática simple. Así que no deberíamos darles a los alumnos la idea de que existe un "método científico". El primer paso de un verdadero método científico tendría que ser "concebir el problema correctamente" y luego diseñar un método de investigación apropiado al problema o de un caso típico del problema. No hay más método universal que ese. Resulta falso, y hasta contraproducente para la ciencia, promocionar un método estándar. Esta creencia lleva a hacer las cosas al revés, es decir, se empieza por poseer el método y luego se piensa en un problema tratable por tal método. O lo que es peor, todos los problemas son llevados a las instancias de este método. Entonces se le emplea indiscriminadamente para toda clase de investigación, sea en el campo que sea, desde la manipulación de bacterias y ratones hasta el estudio de familias y grupos laborales, desde el conteo de patatas infectadas hasta la evaluación de la autoestima y del estrés. Así es como se ha logrado instaurar la irracionalidad en lo que se concibe culturalmente como ciencia.

Desde aquellos días del resplandor del naturalismo  se levantó paulatinamente el germen del cientificismo que infectaría a toda la sociedad y consagraría al tratamiento estadístico como "el método científico" per secula seculorum, y a las ciencias naturales como la "única y verdadera ciencia". El cientificismo se erigió como una ideología social que tenía a la ciencia como su ídolo de adoración, y estableció como sus principales fetiches ideológicos la objetividad, el empirismo, la medición y los datos cuantitativos. Tanto así que los psicólogos norteamericanos arrojaron al tacho el problema de la mente para declararse fervientes seguidores del método, entregándose por completo a la experimentación naturalista más elemental, fundada en el control de variables, conteos rigurosos, tablas de datos y esas cosas. Proclamaron que desde aquel momento glorioso en que vieron la luz divina del "método científico", se ocuparían tan sólo de estudiar la conducta animal "objetivamente", lo cual significaba prácticamente ya no pensar, y limitarse tan sólo a la estricta correlación de variables observables y medibles. Se les conoció como "conductistas", aunque ellos se proclamaban a sí mismos como "la psicología científica". De esta clase de eventos absurdos está llena la historia de la humanidad. El metodologismo fue una expresión más de la inveterada estupidez humana disfrazada en esta ocasión de ciencia. El hecho fue que el cientificismo generó un ambiente cultural tremendamente viciado, en el que muchas disciplinas abrazaron al método salvador como la nueva fe y la razón de su ciencia. Del mismo modo, muchas personas decidieron que la especialización en el método era la forma más rápida de hacerse un científico. Las universidades, por su parte, hallaron la manera más expeditiva de generar reportes de investigación científica y llenar las páginas de sus revistas. Fue así que finalmente se estableció "el método" como un fetiche pesudocientífico.

Bajo la creencia en la majestad del "método científico", muchos confundieron a la ciencia con el simple empleo del método. Este fue el error y la tarea predominante del cientificismo que impulsó la conversión de toda actividad pagana al camino salvador de la ciencia mediante el empleo del método. Cualquier cosa podía elevarse al nivel de ciencia si tan solo se declaraba creyente y usuario del método, tal como ocurrió con los ya mencionados "conductistas", quienes abandonaron el estudio de la mente porque no se prestaba al "método científico", y acabaron dedicados al noble oficio de estudiar ratas y palomas. Tal vez este haya sido el caso más patético de cientificismo en una disciplina, pues condujo a la crisis histórica de la psicología, y a la aparición de una disciplina pretenciosa que realmente no fue ni ciencia ni psicología. Pero ellos no fueron los únicos. Son muchos los libros de texto de diversas materias que sustentan su calidad de ciencias tan sólo en "el empleo riguroso del método". De este modo, el método se ha convertido en una especie de talismán mágico o piedra filosofal que convierte cualquier cosa en "ciencia". Por tal motivo, durante el siglo XX nos fuimos llenando de muchas de estas "ciencias" que se subieron al coche del método. Las definiciones solían emplear la fórmula "La cualquiercosa es una ciencia porque se basa en el empleo riguroso del método científico y posee un cuerpo organizado y sistematizado de conocimientos". 

Hay que reconocer que los buenos libros de metodología, empiezan siempre abordando sinceramente el problema del conocimiento y la investigación científica. Pero la gran mayoría de ellos acaba finalmente desarrollando el mismo procedimiento estadístico, que consiste en los consabidos pasos de definir el problema, identificar las variables, hallar la muestra, elegir los instrumentos de medición, realizar las mediciones, confrontar los datos estadísticamente y redactar el informe final de los resultados, de la manera más objetiva posible, pues algunos metodologistas insisten en que la interpretación es un pecado en la ciencia. Sin embargo, no hay ninguna razón para considerar que este particular método experimental-estadístico-inferencial sea "el método científico". Se trata de un método más en el concierto de métodos que pueden darse en la ciencia, a la luz de la indispensable libertad de acción con que cualquier científico necesita abordar su campo y su problema. Este método puede resultar muy eficiente en un determinado escenario y para un propósito muy específico, como el de evaluar la reacción de cierto tipo de bacterias a una sustancia; pero ese no es el único tipo de problemas que se enfrenta en las diversas ciencias (y menos en todas esas disciplinas académicas que hoy aspiran a ser tratadas como ciencias). Aunque la mayor dificultad con este método, es que la gran mayoría no puede emplearlo correctamente por varias razones, que van desde un uso negligente de la estadística, hasta la falta de criterio en su empleo porque se sujetan a sus posibilidades y a las necesidades que impone. Lo que habitualmente observo es que las personas formadas bajo la concepción del "método científico" buscan un problema que resolver con él, y acaban en el vicio de la simple correlación de variables, pretendiendo la explicación de cualquier problema, mediante la confrontación de dos variables, sin dar explicaciones acerca de cómo se les concibe o se les aísla. Pues ocurre con frecuencia que algunas de estas variables no son más que "objetos conceptuales" creados por un instrumento estadístico que pretende "medirlo" produciendo datos numéricos para el método. Por ejemplo el estrés, la autoestima o la relación parental. Desde que la locura de Galton nos convenció de que la "inteligencia" era "algo" que existía, pues lo había podido medir estadísticamente, la locura se extendió a muchas otras cosas dándose paso a la creación de múltiples "objetos conceptuales" generados mediante la medición estadística. Generalmente se trata de lo que llamo "fantasía del observador", es decir, conceptos que un observador genera por observación. Algunos de los más famosos son la inteligencia, la personalidad y la conducta, que no son más que concepciones de un observador y atribuidas como objetos consustanciales de lo observado. Incluso, como sabemos, se erigió toda una "ciencia" alrededor de uno de estos conceptos. Esos "objetos conceptuales" le pertenecen al observador y no a lo observado. Sin embargo, gracias a la aparición de instrumentos estadísticos de medición, tales "objetos" se han hecho "reales" y son confrontados como variables en los diseños que siguen el famoso "método científico" estadístico-inferencial. Toda una locura trasladada al campo de lo científico.


El resultado de seguir la fantasiosa creencia establecida en torno al mal llamado "método científico" en el ambiente académico, es que la investigación científica, o lo que debiera serlo, resulta una actividad insulsa y rutinaria, cuyo único propósito es cumplir con unos requisitos, pero que no aportan ningún conocimiento real. Nada nuevo puede esperarse de un ambiente en el que ya todo está definido de antemano. No hay que hacer más que emplear el método, lo cual exige acomodarse a sus requerimientos, es decir, buscar un problema apropiado, elegir las variables, los instrumentos de medición y el resto sigue solo el  camino ya señalado. El informe final se redactará siguiendo un formato ya establecido, cuyos títulos y subtítulos incluso están ya claramente definidos. La redacción se hará respetando el estilo establecido, por ejemplo, el APA Style. El trabajo descansará sobre un marco teórico tomado de algún autor o autores cuya teoría está ya publicada (incluyendo muchas que han sido superadas o cuestionadas), indicando unos cuantos estudios similares previamente realizados (buenos y malos), y se describirán los instrumentos de medición empleados (a veces tomados fuera de contexto) y que son, casi siempre, pre existentes. En suma, prácticamente todo está preparado para que el supuesto investigador no demore mucho ni se moleste en pensar demasiado ni en ser original. Ya todo está estandarizado y definido. Así que sólo debe seguir las huellas marcadas sobre el camino ya trazado. Es imposible que se pierda. El estudiante que se somete a este esquema ideológico y proceder ritualista será premiado con un grado, pues refuerza el sistema de creencias. Desde luego, no sin antes haber tenido que soportar una serie de observaciones escrupulosas y tontas sobre detalles puntillosos en su trabajo, pero siempre sobre las formalidades y nunca sobre el sentido y utilidad del mismo. Como se ve, no se trata sólo de un método sino de todo un sistema de creencias establecido para el autoengaño universal.  A continuación el graduado puede repetir este procedimiento ad infinitum, y hacerse un especialista del método, emitiendo reportes de investigación científica, que serán eventualmente publicados en algunas de las muchas revistas que hoy en día se precian de publicar investigaciones científicas, y que incluso se circunscriben tan solo a trabajos empíricos. Hay una pléyade de publicaciones repletas de investigaciones científicas de este tipo. Sin embargo, como ya es de conocimiento público, la gran mayoría de esos reportes de "investigación científica" son basura. (Véase al final el enlace a los artículos que analizan tales reportes).

Este es el universo de la metodología de la investigación científica, donde la mayoría de trabajos no pasa del mismo trillado esquema: "La relación de A y B en C", donde A y B son dos variables cualquiera,como por ejemplo, las relaciones familiares y el aborto, y C es el escenario en donde se tomaron las mediciones. Por lo general se trata de la correlación de dos variables que están obviamente vinculadas, por lo que muchos de estos estudios impresionan como un inútil despliegue de tecnicismo estadístico para demostrar lo obvio. Debemos empezar por comprender que casi todo en el universo está relacionado con todo lo demás, de una u otra forma, en mayor o menor medida. Véase por ejemplo este trabajo, que pretende correlacionar la somnolencia de los conductores con los accidentes de tránsito evaluados en la terminal de Huancayo. La conclusión final es de antología: " Los hallazgos aquí presentados indican que en el Terminal de Huancayo, la somnolencia y el cansancio podrían ser causas importantes de accidentes de tránsito en conductores de ómnibus de pasajeros". Muchos reportes de investigación cuantitativa estadística inferencial son de esta categoría. Un frondoso despliegue de sofisticada tecnología estadística para "probar" que dos variables se correlacionan. Lo original sería demostrar que dos variables aparentemente relacionadas en realidad no lo están, o a la inversa, que dos variables aparentemente no vinculadas, en realidad sí lo están. Pero carece de sentido andar probando la correlación de variables. El mismo Galton, en una de sus alocadas empresas científicas, hizo un estudio para correlacionar la cantidad de las oraciones que se rezan al día, con la edad en que las personas mueren. Otros estudios recientes en hospitales psiquiátricos han desarrollado estadísticas con el mes de nacimiento de los pacientes, para anunciar que nacer en el mes de mayo predispone a la esquizofrenia. En suma, es infinita la cantidad de tonterías que se pueden cometer en nombre del método. Personalmente he coleccionado mi propia selección de disparates cientificistas.

Además de demostrar lo obvio, muchos trabajos de investigación cuantitativa, estadística-inferencial equivocan el escenario de su enfoque, pues asumen un ambiente causa-efecto donde los "hechos" no son hechos naturales sino acciones humanas. Hay una diferencia abismal entre hechos naturales y acciones humanas o hechos sociales. Existe abundante literatura especializada en el terreno epistemológico acerca de esta diferencia de escenarios, pero los investigadores generalmente ignoran esto debido a que son formados tan solo con metodología y casi nunca se interesan por el campo epistemológico. (Algunos de estos enfoques pueden revisarse aquí). Precisamente la carencia de una sólida formación epistemológica lleva a muchos a realizar proyectos insulsos, confiados únicamente en el poder del método. Un buen ejemplo es este estudio, en el que se establece una relación causa-efecto sobre una decisión humana como la del aborto y el ambiente de las relaciones familiares. Obviamente, por más que se proceda a un estudio cuantitativo y estadístico, lo que se pretende demostrar es indemostrable. Los hechos humanos no obedecen a causas físicas naturales sino a razones propias de un sistema cognitivo. Es decir, los hechos humanos no obedecen directamente a las condiciones de la realidad física tal cual, sino a las nociones propias de la realidad psicológica edificada en la conciencia del individuo con arreglo a su circunstancia cultural. Es por eso que ante situaciones idénticas las personas responden diferente. No hay pues una manera universal de ser un hijo único o una mujer abandonada o un hombre engañado o un desempleado. Nada de eso existe. Sólo hay seres humanos diversos. Emplear el método científico naturalista en estos escenarios es una simple pérdida de tiempo y de recursos.

El grave problema que ocasiona el empleo indiscriminado de este método cuantitativo-estadístico-inferencial en toda clase de tareas y  escenarios, y particularmente en los escenarios humanos, ha sido ampliamente estudiado, criticado y denunciado numerosas veces. Véase por ejemplo el artículo del Dr. John P. A. Ioannidis aquí. También la psicología se ha visto tremendamente afectada por esta clase de estudios estadísticos, al punto que la APA se vio obligada a crear una comisión especial que analice el problema. Sus informes pueden leerse aquí. Estos son sólo algunos ejemplos de casos en que se ha detectado y denunciado el problema, pero han sido sistemáticamente acallados por el establishment. Después de todo, "el método" ha ingresado ya al viejo negocio de la venta de panaceas. Sólo falta publicar un aviso: compre el método y haga ciencia. Hay pues evidencias de sobra que demuestran la precariedad de esta creencia, pues los problemas se han presentado en todos los escenarios en donde se le emplea, desde los laboratorios farmacéuticos transnacionales hasta los ambientes académicos y las revistas de publicaciones científicas.

Para ahondar en el estudio de la creencia en el método científico, nada mejor que leer a Paul K. Feyerabend y su ampliado artículo titulado "Contra el método". Un buen artículo que aborda estos tópicos es el de Francisco Covarrubias, "El carácter relativo de la objetividad científica" que puede ver aquí. Además, yo mismo he abordado este tema en dos amplios artículos que puede encontrar aquí y aquí. Además hemos sido citados en este artículo que trata del mismo problema.

Los problemas judiciales del "método científico": aquí.