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sábado, 13 de agosto de 2011

Ciencia y cientificismo en psicología






Introducción

El conocimiento científico fue un logro que tomó forma con el empeño por conocer el cosmos y la naturaleza. El triunfo de la física y la química, a finales del siglo XIX, sumados al impacto social de la teoría de la evolución, llevaron a establecer que las ciencias naturales eran el modelo definitivo del saber. El estudio de la propia ciencia, así concebida, presentó su modelo cognoscitivo como el mecanismo perfecto de la construcción del saber, y como un modelo para la edificación de una ciencia. Paralelamente surgió una corriente ideológica y una moda sociocultural, que delineó una especie de culto por la ciencia y lo científico, tanto como por su modelo cognoscitivo. Así surge el "cientificismo" y se consolida al inicio el siglo XX, ejerciendo una implacable influencia en la constitución de las nuevas disciplinas científicas que, esta vez, ya no estaban interesadas en el mundo natural sino en las personas y sus sociedades. Lo que hace el cientificismo es pretender el estudio de los sujetos como si fueran objetos del mundo natural, en una imposición fanática de los preceptos cognoscitivos de las ciencias naturales. 

En realidad, no existe una "ciencia", así en abstracto, lo que existe es una variedad de disciplinas científicas diferenciadas por su actividad sobre un escenario concreto de la realidad, mediante un enfoque correspondiente a su campo y su interés en él. Pero sólo tiene sentido si se la mira como la actividad concreta de ciertas personas, haciendo uso de su libre facultad de pensar, y que al hacer lo que hacen, generan lo que se llama ciencia. Es en el transcurso de la misma actividad científica que se van generando los criterios gnoseológicos, esto es, una ontología adecuada al campo de estudio, una epistemología apropiada a los hechos o fenómenos que intentan explicar, y una metodología y tecnología que faciliten sus descubrimientos. La ciencia es fundamentalmente una actividad libre, natural y elitista, propia de ciertas personas prodigiosas interesadas en descubrir los misterios de algún aspecto de la realidad, y son las características de esta realidad las que guían el afán descubridor, junto a su habilidad para cuestionarse, investigar y entender. La ciencia no es pues una doctrina de preceptos ideológicos que se pone al alcance de todos, y que deben seguirse rigurosamente como una fe, ni un club donde hay que respetar ciertas normas de conducta. Parafraseando a Einstein, la ciencia es una aventura del pensamiento. Pero hay una característica del cerebro y el pensamiento humano que, pese a ofrecernos grandes ventajas, puede también significar un gran obstáculo, y es que el comportamiento humano en general, tiende a guiarse de -y a preferir- patrones mentales que se estructuran automáticamente a partir de determinadas prácticas y concepciones. Por otro lado, la libertad de acción conlleva al caos, por lo que parecería preferible seguir una pauta comunitaria. Estas características llevadas al campo de lo científico, sumadas a otras condiciones sociales e históricas, produjeron lo que se conoce como "cientificismo", y afectó el desarrollo de la sociedad y, en especial, el de las ciencias humanas. La sociología pudo liberarse prontamente de esta pesada carga, gracias al aporte epistemológico de numerosos autores como Bourdieu, Rickert, Weber, Ricoeur, Schutz, Winch, etc. En contraste la psicología padecía de una grave sequía en esta clase de producciones filosóficas orientadoras, y sucumbió en la vorágine de las sectas pseudocientíficas y, especialmente, en el cientificismo, que hizo gala incluso de su desapego y desprecio por la filosofía. 

El cientificismo colocó a "la ciencia" como el valor supremo de la sociedad, prácticamente al mismo nivel de la religión. La ciencia era concebida como un cuerpo de preceptos lógicos y metodológicos que proporcionan el conocimiento verdadero, y como un cúmulo de conocimientos verdaderos que estaban al margen de toda discusión y duda. Junto a eso, se instauró una imagen de ciencia y del científico vinculada a experimentos de laboratorio. Una imagen que ya se esbozaba en novelas famosas como "Frankenstein", de Mary Shelley. A fines del siglo XIX, se dio el auge del empirismo y del positivismo. La ciencia, a la luz de estas nacientes concepciones dejó de ser una aventura del pensamiento audaz, una actividad esencialmente libre fundada en la observación, el razonamiento, la investigación y el descubrimiento, y se convirtió en el seguimiento de sus doctrinas y en la mera aplicación rutinaria de metodologías sobrevaluadas. Es decir, "la ciencia" se redujo a una guía práctica de construcción de saberes, mediante los dogmas del saber establecidos bajo las visiones del naturalismo, y a una imagen estereotipada que se mostraba a la sociedad mediante productos logrados "científicamente". Aquellos problemas que no podían ser manejados por este sistema de creencias, eran simplemente ignorados o rechazados abiertamente sin reparos. El científico pasó a ser el sumo sacerdote del saber y el superhéroe que salvaría al mundo con sus artes. Un papel que muchos aspiraban a jugar, más allá de cualquier otra consideración. 

Este panorama viciado influyó directamente en la construcción de una nueva "psicología científica" a inicios ya del siglo XX, y que tomó un rumbo muy distinto de aquella fundada por Wundt en 1879. Ansiosos por ingresar al club de las ciencias, algunos autores no tuvieron reparo en reinventar la psicología sometiéndola a los preceptos del cientificismo. Primero se enfrentaron inexorablemente a la necesidad de abandonar el campo de estudio original de la psicología, la psique, dado que este no se prestaba a los alcances del "método científico". En su reemplazo propusieron no sólo un nuevo objeto sino uno ajeno, propio del estudio de animales: la conducta animal. Este objeto fue simplemente sustraído de la etología, para luego dar inicio a la descalificación del objeto original de la psicología, así como de la psicología que lo estudiaba; de inmediato se pregonó la condición científica alcanzada al fin por esta nueva forma de psicología: ¡una psicología sin psique! Este suceso paradójico e inusual en el que se le cambia el objeto de estudio a una disciplina, y aun se pretende seguir llamándola igual, se complementa con el hecho histórico de que la fundación del laboratorio de Wundt en Leipzig, sigue marcando el punto de inicio oficial de la psicología científica. Hay que rescatar el hecho de que el propósito de Wundt y su laboratorio fue el estudio científico de la mente, desligando así a la psicología de la filosofía para hacerla una disciplina independiente. Estamos pues ante una circunstancia histórica paradójica y frente a dos hechos antagónicos que algunos trataron de conciliar inútilmente, pero que es necesario esclarecer. Conviene agregar que el cientificismo psicológico originó la fractura histórica de la psicología y la gran dispersión teórica provocada por el desembalse caótico de numerosas propuestas, surgidas en el afán de llenar aquel enorme vacío dejado por esa autodenominada "psicología científica", pues casi todos los fenómenos humanos quedaron en el aire. Además de esta abigarrada colección de propuestas que se refugiaron bajo el toldo del humanismo, hubo una variada respuesta desde diversas disciplinas para impugnar las creencias y pretensiones del cientificismo psicológico. Nos parece que resulta necesario analizar, una vez más, estos acontecimientos históricos, aunque con distintas y mayores perspectivas ganadas al cabo de casi un siglo de distancia, recorrido y discusión, en un momento en que aquellas históricas tensiones al interior de la psicología parecen haberse relajado, y cuando el cientificismo psicológico parece reducido a una más modesta expresión de la psicología. 


Origen del cientificismo 

La ciencia, a secas, no es más que un concepto que alude al producto del pensamiento humano orientado al conocimiento de diversos aspectos de la realidad, como resultado del pensamiento reflexivo, y de ciertas prácticas orientadas a la verificación del conocimiento, e incluso a toda esta actividad. En el otro lado, el cientificismo, en cambio, es una doctrina referida al conocimiento científico y al ejercicio de la labor científica, y una comunidad que utiliza esta doctrina como fundamento de sus prédicas y prácticas. Como toda ideología, el cientificismo está revestido de dogmas y creencias que son veneradas y exigidas por quienes ostentan la imagen de la ciencia, en virtud de ciertas funciones sociales. Adicionalmente, hay un agregado de intereses que estas comunidades defienden y, para lo cual, apelan a la sacralización de lo científico, convirtiendo el ejercicio de la ciencia en una especie de religión laica, con sus dogmas, credos y rituales. 

El estudio histórico de la ciencia nos revela que esta tuvo sus inicios en el pensamiento religioso del Medioevo, aproximadamente en los siglos XII y XIII. Allí surgieron las primeras nociones del saber científico, edificadas sobre la imagen fundamental de la creación divina, de un Universo que marchaba en un orden perfecto debido al acatamiento de la voluntad de Dios, quien regía el Cosmos mediante sus leyes. La ciencia no era más que el descubrimiento de estas leyes con que Dios había echado a andar el mecanismo glorioso del Universo. Y fue así que, mientras la religión predicaba que ni una sola hoja de un árbol se mueve si no es por la voluntad de Dios, la ciencia afirmaba por su parte que todos los eventos se daban por causas determinadas y leyes que podían establecerse con exactitud. Tenía que ser así. Era una lógica que se desprendía naturalmente de la otra. Nadie puso su mente en blanco para empezar a hacer ciencia, sino que se la edificó sobre las concepciones prevalecientes, en una suerte de continuidad feliz. En este ambiente tuvo lugar el desarrollo de las ciencias físicas y naturales que deslumbraron a la humanidad, al punto que hasta la filosofía se interesó por este tipo de saber, estableciendo algunas pautas espistémicas que distinguían a estas formas de conocimiento. Y fue a partir de estas nociones generales del saber, fundadas sobre la práctica de las ciencias físicas y naturales, que el cientificismo edificó su doctrina con el anhelo de establecer un sólo formato de ciencia, único y aplicable a cualquier disciplina, una especie de ciencia estandarizada y universal. Un anhelo que no se podría cumplir sin pasar por el desprecio de la metafísica, por lo que se procedió al análisis meticuloso del lenguaje en busca de las sombras que oscurecían el conocimiento científico. 

Aunque el camino de la ciencia se haya iniciado en el conocimiento del cosmos y de la naturaleza, esto no implica que tales esquemas lógicos y metodológicos sean los únicos válidos para conocer, pues esto va a depender -en última instancia- del escenario que se aborda y no de ideologías referidas al conocimiento científico. Esto significa que los preceptos cognoscitivos dependen del objeto del conocimiento y no al revés. De hecho, el metodologismo cientificista no ha bastado para conocer ninguna realidad a plenitud, tan sólo han acumulado montañas de datos aislados. La pretensión de construir una ciencia "perfectamente científica", partiendo de la adopción de acrisoladas estructuras lógicas y epistemológicas que orienten el pensamiento hacia la autopista del saber, previamente asfaltada por el método, ha sido la ilusión más cara del cientificismo. Un simple análisis de la historia nos revela que ciencias duras como la química no se estructuraron acogiéndose a un cuerpo de principios cognoscitivos supuestamente perfectos. Todo lo contrario, evolucionaron a partir de actividades relacionadas con la superstición, como la alquimia, en busca de la piedra filosofal y el elixir de la vida. A la física le tomó siglos -y hasta milenios- contar con los instrumentos apropiados para distinguir la luz y el movimiento de los astros y corregir sus errores de perspectiva. Luego ambos llegarían a descubrir la estructura del átomo y organizarían a todos los elementos en una tabla periódica, pero fue a base de intentos fallidos y de intensos debates, y hasta de mucha suerte. También la biología se inició con teorías vagas como el vitalismo y la generación espontánea, para luego progresar lentamente hacia explicaciones más exactas, aun cuando no se contara con todas las pruebas de la aparición de la vida y de la evolución. Esta es la forma real, racional y natural como ha progresado el pensamiento humano y como se lograron los conocimientos científicos, y no respetando una doctrina metodológica. Desafortunadamente para la humanidad apareció el cientificismo y convirtió a la ciencia en un compendio de fórmulas de pensamiento que debían acatarse escrupulosamente, con ciertos dogmas como objetividad, empirismo y leyes universales que debían descubrirse en las regularidades percibidas por los hombres, o que eran establecidas mediante algún procedimiento matemático e instrumental. Para el cientificismo se había descubierto ya la fórmula del saber verdadero, y no había que hacer más que seguirla paso a paso, fielmente. Toda otra forma de conocer era inválida y despreciable. Así el cientificismo se erigió como celoso guardián de las disciplinas que aspiraban al estatus de ciencia, imponiéndole sus dogmas y modelos extraídos de la física y las ciencias naturales. 

Fue Auguste Comte (1798-1857) quien proclamó a la ciencia como una nueva religión laica que sería la respuesta a todos los males de la humanidad. Ese fue el inicio de lo que más tarde sería el cientificismo como ideología social y, ciertamente, como religión laica. La fe en un Ser Supremo fue complementada con la fe en un método supremo. Contrariamente a lo que ocurre en un escenario científico real, donde la actividad se desarrolla a partir del libre pensamiento, el atrevimiento teórico y la discusión de los hallazgos, la actividad del cientificismo se redujo a una búsqueda ritualista y hasta obsesiva de leyes y causas en el escenario de la vida humana. Auguste Comte propuso a la Sociología como la encargada de descubrir las leyes de la sociedad. Karl Marx anunció las leyes que rigen la historia; Freud, las leyes de la personalidad; Pavlov y Skinner, anunciarían las leyes de la conducta; uno, desde conexiones nerviosas y, el otro, desde causas en el ambiente. Así, una larga colección de leyes empezó a definir "científicamente" el mundo de los seres humanos, visto como una prolongación natural de aquel Universo perfecto gobernado por Dios. El sueño utópico del cientificismo era describir completamente el escenario de la realidad humana mediante leyes científicas. Había en el fondo un cándido deseo de emular la exactitud de las ciencias físicas. Al cabo de un tiempo de fervor, la autoridad y el poder de estas ciencias empezaron a difuminarse rápidamente como un perfume barato, y surgió una especie de sospecha y desilusión en la gente ante esta clase de ciencias cuya sabiduría parecía encerrar un grave problema frente a la realidad. Sumergido en sus concepciones propias de la física, el cientificismo nunca alcanzó a comprender la gran diferencia existente entre un mundo natural, regido por leyes universales y propiedades estables de la materia, y un mundo humano regido por gustos, ideas, creencias e intereses, con sujetos diversos que se transforman con cada experiencia, tanto propia como de su mundo cultural, en medio del azar de una existencia social. El fracaso del cientificismo en el escenario humano fue total, tanto en lo político-económico como en lo científico-social. Como consecuencia de esto surgió un nuevo fenómeno sociocultural, que sería bautizado luego por la sociología como "posmodernismo", caracterizado por un profundo sentimiento de sospecha, malestar y rechazo hacia los esquemas adoptados bajo el influjo cientificista. Aquel mundo perfecto, definido por leyes científicas de causa-efecto, se vino abajo sin remedio antes de finalizar del siglo XX. 

El cientificismo psicológico empezó a manifestarse con el ataque de algunos autores hacia la psicología como disciplina, partiendo de ciertos prejuicios y de algunos descubrimientos iniciales bastante específicos y hasta simples, pero sobrevalorados al extremo. Desde luego, la psicología era todavía una disciplina en formación, y estaba en busca de sus fundamentos epistémicos y metodológicos. Aún se hallaba muy rezagada de las demás por la misma naturaleza compleja de su campo, y también por la inexistencia de conocimientos científicos vinculados a los fenómenos propios de su interés. Con todo, no había porqué apurarla. Las ciencias han tardado siglos y hasta milenios en desarrollarse, y el campo del que se ocupa la psicología es el fenómeno más complejo del Universo. Recién se iniciaba el andar de la ciencia en los escenarios de la vida humana. Por entonces se ignoraba prácticamente todo acerca del cerebro, y apenas comenzaba su estudio. Paradójicamente la tarea de demolición de la psicología empezó desde este frente con Pavlov (1900), quien a partir del descubrimiento de asociaciones nerviosas entre ciertos estímulos y la salivación de los perros, expresó su convicción de que la conducta del hombre -como la de cualquier otro animal- podía explicarse mediante simples asociaciones nerviosas. Pavlov llegó a negar la necesidad de recurrir a explicaciones psicológicas, hasta les prohibió a sus colaboradores el empleo de expresiones tales como "el perro recordó", "el ardiente deseo de comer" (Vigotsky, 1930). La fisiología intentó reemplazar a la psicología bajo la convicción de que lo psíquico podía explicarse por lo fisiológico. Este fue el primer golpe de la ciencia naturalista a la psicología y el inicio de su tarea demoledora. Luego sería el turno de Skinner y su condicionamiento operante. 

La aniquilación de la psicología tuvo dos frentes: por un lado se desprestigió a su objeto de estudio más emblemático, afirmando que la mente era una mera superstición, un rezago del espiritualismo, una manera de hablar de la gente, algo que estaba en una dimensión no física, y muchas otras cosas que configuraban más una barahúnda antes que una posición científica y filosófica sólida; y segundo, se propuso a "la conducta observada" como un nuevo objeto de estudio, ya que además de ser observable podía cuantificarse, en consecuencia se prestaba perfectamente a los alcances del "método científico". En seguida, la experimentación con animales se convirtió en la ocupación favorita del cientificismo psicológico, extrapolando sin reservas sus hallazgos a los seres humanos. De este modo, la "objetividad", entendida como el estudio de algo exterior y ajeno al sujeto, y el "empirismo", que acogió a la experimentación como la única fuente del conocimiento, fueron los pilares de esta novedosa "psicología científica" que acabó convirtiendo a la mente en la bestia negra que había que combatir. En buena cuenta, era una antipsicología. 

El verdadero fundador del cientificismo psicológico fue Watson (1913), y quien aplicó el golpe más artero a la psicología, proponiendo que esta se convierta en una suerte de física de movimientos humanos, e imponiéndole las condiciones para ser una ciencia de tipo naturalista. Básicamente debía ser una copia fiel de la física, adoptar sus preceptos y abandonar definitivamente el tema de los fenómenos psíquicos, habida cuenta de que su estudio era imposible mediante el "método científico". En otras palabras, Watson hizo claudicar a la psicología para someterla a los cánones del cientificismo. Desde este punto, al extremo de negar la mente, sólo hubo un paso que muchos no tardaron en dar, aunque siempre con muchas vacilaciones. En verdad nadie tuvo el valor de negar la mente de manera firme; tan sólo se cubrieron con una serie de vacilaciones y reticencias confusas. Lo concreto fue que cierto sector de la psicología americana prefirió adoptar el modelo de la física para disfrazarse rápidamente de ciencia, aunque eso significara dejar de lado siglos de tradición filosófica sólo para convertirse en una tecnología de la conducta, y en una antítesis de la ciencia fundada por Wundt. Si con Pavlov la fisiología había intentado engullirse a la psicología, esta vez la física le dio un mordisco gracias al planteamiento de Watson. Sin embargo, Watson no estuvo solo. El cientificismo era un fenómeno social y estaba extendido. Por esos días también J. R. Kantor, planteó sus propias tesis fisicalistas, aunque permanecería ignorado hasta fines de los 70, cuando fue descubierto y exhibido como una novedad y un "avance" del conductismo. 

A diferencia de la fundación del laboratorio experimental de Wundt, un hecho científico que marcó el nacimiento de la psicología como ciencia, la aparición de la llamada "psicología científica" no se debió a ningún hecho científico sino a un simple acontecimiento académico y social, que llegaría a ser histórico por sus efectos: el manifiesto cientificista de Watson: 
"La psicología, tal como los conductistas la consideran, es una rama puramente experimental de la ciencia natural. Su meta teórica es la predicción y control del comportamiento. La introspección no forma parte esencial de sus métodos, ni el valor científico de sus datos depende de la prontitud con que se prestan a interpretación en términos de conciencia. El conductista, en sus esfuerzos por establecer un esquema unitario de respuesta animal, no reconoce ninguna diferencia entre el hombre y el animal". (Watson, 1913, p. 158). 
Si para muchos esta posición parecía extravagante, tuvo sin embargo una curiosa y casi inmediata aceptación. En su análisis de la psicología del siglo XX, Kurt Danziger explica esta coyuntura: 

"El argumento de Watson era irresistible: dos años después fue elegido presidente de la American Psychological Association. La razón de que su mensaje encontrara una resonancia masiva e inmediata era que la mayoría de los psicólogos americanos ya aceptaban la premisa de que el negocio de su disciplina era producir datos para ser utilizados "de manera práctica" por educadores, hombres de negocios y así sucesivamente, y de producirlos rápidamente. Dada esta premisa, la prescripción de Watson, despojada de unas cuantas exageraciones polémicas, estaba, obviamente, en la línea correcta." (Danziger, 1979, p. 48) 

Se trataba de un planteamiento que rompía abiertamente con la tradición filosófica, sobreponiendo una propuesta efectista y simple a una preocupación milenaria. Además de esto, Watson adornó su tesis con una serie de exageraciones extravagantes respecto del poder que tendría esta ciencia, en lo que significó el inicio de una típica retórica social exagerada y sostenida, que marcó el estilo del cientificismo psicológico, y que contribuyó a la fama de algunos personajes, especialmente de Skinner, debido a sus delirantes propuestas de control social y moldeamiento cultural. En su prolija historia crítica de la psicología, Daniel M. Robinson incluye la siguiente observación en relación a este extraño acontecimiento: 
"…Ahora bien, lo que había ocurrido era la adopción de una posición metafísica no sobre la naturaleza de la 'verdad' sino sobre la naturaleza de la 'psicología'. Se tomó la decisión de que la psicología no era más que una cierta clase de método, un método 'experimental', y que sólo aquellas partidas tratables mediante este método constituirían la materia sobre la que versaría." (Robinson, 1982, p. 324) 
Añade también que este planteamiento había dejado incrédulos a muchos, perplejos a otros, y que no faltaban quienes aun estaban riéndose de ella. Se trataba a todas luces de una "ciencia" que se constituía no alrededor de un objeto bien definido de estudio sino alrededor de unas concepciones del quehacer científico, preocupada no por las explicaciones de los fenómenos de su interés, sino por la eficacia de sus técnicas y su comercialización. A diferencia de las demás, no era una ciencia que se erigía alrededor de algún misterio por resolver sino alrededor de una propuesta de trabajo. El manifiesto de Watson no bosquejaba una teoría científica, sino más bien una especie de canon para un nuevo club de practicantes y creyentes en el valor supremo del método. 

La verdadera gran estrella del conductismo, (la "psicología científica" del cientificismo), sería Skinner, quien después de estudiar algunas ratas y palomas en experimentos muy concretos y simples, estableció que toda conducta, incluida la del hombre, podía explicarse como meras acciones reactivas al ambiente, reforzadas por sus contingencias, y postuló que las causas de la conducta no le pertenecían al organismo sino al ambiente. De esta curiosa manera, el foco de atención salió del animal y se dirigió al ambiente. Era una psicología sin psique y sin organismo, ya que no se requerían explicaciones fisiológicas ni biológicas, ni ninguna conexión con ellas. Esta "psicología científica" resultó ser singularmente distinta y opuesta a cualquier otra clase de ciencia, pues Skinner no tuvo ningún reparo en declarar -con su típica altivez- que no estaba interesado en desarrollar grandiosas teorías, ni en proporcionar explicaciones satisfactorias, ni en establecer enlaces entre la psicología y las demás ciencias, ni mucho menos en desenterrar mecanismos para llegar a la mente. No. Nada de eso. Todas ellas serían empresas fracasadas. En vez de eso, Skinner proponía una "ciencia descriptiva del comportamiento" que fuera útil para la predicción y el control de las acciones de los organismos, cualquiera que ellos fueran, desde una rata a un niño. 
"Por lo que respecta al método científico, el sistema establecido en el capítulo precedente puede caracterizarse de la siguiente manera: es positivista. Se limita a la descripción en lugar de la explicación. Sus conceptos se definen en términos de observaciones inmediatas, y no se les confiere propiedades fisiológicas o locales. Un reflejo no es un arco, un impulso no es el estado de un organismo, la extinción no es el agotamiento de sustancias ni de estados fisiológicos". (Skinner, 1939, p. 35) 
En última instancia, esta "psicología científica" se redujo a una mera técnica utilitaria que abandonó el reto de dar explicaciones del comportamiento humano y de los fenómenos propios del hombre. Ninguna ciencia ha tenido el desplante de imponer sus propias condiciones normativas y luego presentarse como "ciencia". Y en añadidura, ninguna ciencia ha cosechado tantos y tan variados y severos críticos. Nada se convierte en ciencia tan sólo por copiar un método y un credo positivista. ¿Era sostenible una "ciencia de la conducta" que abandona el reto de dar explicaciones, y se funda en la búsqueda de condiciones en el ambiente, como fundamento del análisis conductual de un organismo, teniendo como única meta el control de la conducta, y asumiendo la ignorancia de los eventos internos así como la incomunicación con otras disciplinas, como condición de su técnica? 

Podríamos asegurar que ya para los años 70 Skinner era consciente de las tremendas limitaciones y contradicciones de su ciencia, pero nunca dio su brazo a torcer. Al contrario, perseveró confiado en que no había otra manera de lograr el control, que era según él la meta final de toda ciencia, exhibiendo de este modo su confusión entre ciencia y tecnología. (Una confusión muy común en el cientificismo). Ante la incontenible ola de cuestionamientos y rechazos que provocó esta "ciencia de la conducta", Skinner se sintió obligado a escribir en defensa de sus concepciones. Primero fue "Más allá de la libertad y de la dignidad", donde presentó su tecnología como una herramienta para diseñar culturas, nada menos. Estaba convencido de que la misma técnica con la que amaestraba a una rata, podría ser usada en el moldeamiento de toda una cultura. De este modo se lograría el mundo feliz anhelado por el cientificismo desde los días de Comte. Aunque presentaba esto como la posibilidad de hacer una sociedad más humana, no indicaba quiénes serían los arquitectos del nuevo diseño social ni sobre qué criterios; por el contrario, ya había renegado de los criterios éticos de la sociedad. Tan sólo trató de responder a los humanistas, presentándose a sí mismo como el más humanista de todos. Poco después escribió "Sobre el conductismo", donde reitera su visión mecánica del mundo pero tratando de abordar aquellas cuestiones que le eran más criticadas. Se trata de un libro atormentado por contradicciones, y empieza justo con una reflexión sin sentido: "El conductismo no es la ciencia del comportamiento humano. Es la filosofía de esa ciencia. Estas son algunas de las preguntas que se plantea: ¿Es realmente posible tal ciencia?" (Skinner, 1974). Se planteaba esta pregunta treinta años después de haber publicado "Ciencia y conducta humana". A decir verdad, las contradicciones son parte consustancial del pensamiento de Skinner. Y esto era inevitable por cuanto la mecánica fisicalista de su técnica descansaba en una posición incómoda: el refuerzo le pertenecía al organismo. Así que pese a su modelo físico del tipo causa-efecto y a su obsesión por dedicarle al ambiente la responsabilidad total de la conducta, le resultaba imposible desprenderse de la embarazosa referencia al organismo como el poseedor del refuerzo, y a este como algo vinculado a distintas clases de expectativas del propio organismo. 

Lo que no se le puede negar a Skinner es osadía. Si antes propuso su técnica como mecanismo para diseñar culturas, ahora presentaba su técnica como una filosofía. Sin embargo, más adelante persevera discordantemente en su concepción original de que el conductismo "se liberó" para trabajar sin disquisiciones filosóficas. Si bien parecía intentar responder a los cuestionamientos, al final no se atrevió a aclarar ninguna de las críticas; todo lo contrario: este libro es una joya de la contradicción y de la ambigüedad mediante juegos de palabras. Dice por ejemplo: "El conductismo radical… tiene en consideración los hechos que se dan en el mundo privado dentro de la piel. No denomina inobservables a estos hechos, y no los desecha por subjetivos. Simplemente cuestiona la naturaleza del objeto observado y la confiabilidad de las observaciones" (Ibíd.). Pero una de las observaciones básicas de su modelo es que existe un refuerzo de la conducta, lo cual es una condición interna del organismo. Se recubre además con una serie de afirmaciones temerarias sin sustento alguno. Asegura, por ejemplo, que lo que se observa en la introspección no es la mente sino el propio cuerpo del observador. Su disquisición lleva un rumbo errático desde que se ocupa meramente de lo que hace una persona; cuando ese no es el interés de la psicología, y mucho menos de ninguna filosofía. Finalmente no responde una sola de las críticas, sólo propone crear una "filosofía de la conducta". Pero esto ya era demasiado. 

El hecho es que la estrella de Skinner se fue apagando a lo largo de los 80, cuando las limitaciones de su modelo llevaron a los conductistas a buscarle un reemplazo. Ya antes habían surgido los "cognitivo-conductuales", una especie de híbrido ecléctico que criticó a Skinner por su dogmatismo, al permanecer anclado en un antimentalismo intransigente. A despecho de los planteamientos de Skinner, aparecieron diversos conductistas que crearon sus propios modelos teóricos incorporando aspectos cognitivos. Por su parte, en México, Emilio Ribes y sus amigos decidieron resucitar a Kantor, paseándolo como el cadáver del Cid, para demostrar que el conductismo seguía vivo y que, además, "progresaba". Con ese fin empezaron a actualizar rápidamente la ya vieja teoría del "campo interconductual", con el mismo antimentalismo original, pero con el moderno objetivo de abordar la complejidad de la vida humana aunque bajo el mismo esquema fisicalista y experimental, y con el mismo interés depositado en las técnicas de control. 

De todas estas variantes conductistas, sólo parece sobrevivir, por ahora, el interconductismo -en una versión que no terminan de modificar- promocionado por Ribes y otros, a la que unos llaman pomposamente "conductismo de tercera generación", cuando es parte, en realidad, de la primera oleada del cientificismo psicológico fisicalista del primer cuarto del siglo XX, tanto así que incluso Skinner lo menciona ya en su primer libro. Algo curioso es que Kantor jamás se consideró un conductista. La rivalidad entre Skinner y Kantor fue intensa, pero Skinner logró mayor fama por dos razones básicas: primero porque era un excelente escritor y un exagerado promotor de su teoría; y segundo, porque su modelo era infinitamente más simple. Pero la fortuna le sonrió finalmente a Kantor debido al agotamiento del modelo de Skinner, pese a toda su grandilocuencia y ambición. Actualmente son varios los que han intentado la reconstrucción de este "conductismo de campo", al punto que ha empezado a crecer y bifurcarse como una enredadera. Las mutaciones de la autodenominada "psicología científica", cualquier cosa que se entienda hoy por esto, han sido muchas. Ahora se habla de la "ingeniería de la conducta" con la misma pasión desbordante depositada en las técnicas de control conductual que conciben a los seres humanos como máquinas estandarizadas cuyo funcionamiento es universal, estable, permanente y repetitivo. 

Debemos admitir que el conductismo, en todas sus expresiones, tiene todo el derecho a existir hoy como una propuesta tecnológica, pues realmente no es más que una técnica recubierta con una excesiva y pretensiosa retórica cientificista. Pero lo que no puede seguir haciendo es confundirse con la psicología y, mucho menos, tratar de reemplazarla. Cuando el cientificismo decidió evitar los escenarios del psiquismo para establecer su objeto de estudio ya sea en el ambiente, en la situación o en cualquier otra cosa fuera del organismo, debió señalar con claridad que eso ya no era una psicología. Nos hubiéramos ahorrado muchísimos debates estériles si el conductismo se hubiese configurado como una disciplina independiente, tal como lo hizo la semiótica, por ejemplo. En tal sentido resulta sensata la propuesta de Ardila (1998), quien plantea una "ciencia de la conducta" como una disciplina al margen de la psicología; aunque él lo plantea "porque esta no tiene un objeto claro de estudio". Como si los conductismos lo tuvieran. Veamos. 

La precisión del nuevo objeto de estudio del cientificismo psicológico fue todo un conflicto, pues los debates en torno a lo que es la "conducta" existieron desde el principio y nunca hubo un acuerdo. Para algunos, como Watson, incluía "acciones" como la de pensar, mientras que para otros implicaba el señalamiento de acciones específicas, observables y medibles (Bayés, 1978). La discusión sobre este concepto ha sido tan amplia como inútil, aunque ciertamente a menudo se le ha soslayado. En el conductismo de habla española el asunto ha sido todavía peor, por cuanto han pasado a los intentos por diferenciar conducta de comportamiento, ampliando el debate a dos conceptos. El mismo Skinner no pudo ser muy específico respecto de lo que consideraba como conducta, pues fiel a su estilo se conformó con decir: "es lo que un organismo ve que el otro hace" (Skinner, 1939, p.42). Pero lo que todo organismo hace, en última instancia, es vivir; y esa vida se despliega en una serie de actividades que conllevan determinadas acciones. ¿A qué exactamente se refiere? De hecho esta no es la perspectiva de Skinner. Para él la conducta se reduce a meros movimientos ejecutados por unos "objetos" (en eso se convierten los organismos despojados de contenido interior) en un espacio. La ciencia de la conducta consiste en explicar estos movimientos mediante relaciones de causalidad, al estilo de la mecánica de Newton. En otras palabras, es una forma de física adaptada a la psicología por un cientificismo que no concibe otra forma de ciencia. El problema es que, pese a todo esto, Skinner nunca dejó de emplear términos como organismo, hambre, aprendizaje, búsqueda, satisfacción, etc. Tenía la pretensión de explicar el mundo interior mediante el mundo exterior y "corregir el daño producido por el mentalismo" (Skinner, 1974, p. 24).

La confusión generada por Skinner con su lenguaje contradictorio y ambiguo, que rechazaba el contenido interior mientras dedicaba la mayor parte de su literatura a hablar de ella, produjo el rechazo de varios sectores conductistas. Esto queda más que en evidencia leyendo a un neo conductista como Josep Roca i Balasch (2007), quien ha intervenido para "aclarar" el enredo respecto del objeto de estudio de la ciencia conductual, con un profuso análisis en el que, para variar, descalifica todo lo actuado por los conductismos, antes de mostrar su propia perspectiva, fundada en un fisicalismo todavía más recalcitrante, si cabe: 
"El conductismo radical… debería haberse dado cuenta de que la ciencia trata de relaciones causales más allá de los prejuicios de las representaciones corpóreas. Pero, lamentablemente, la llamada ciencia de la conducta, ha sido víctima de ese hablar corporeizante al decir que la conducta es acción, ya que como se ha dicho, la acción lo es de alguien y ese alguien no puede ser sino algo corpóreo. Por decirlo así: el hablar científico de relación no debería admitir conceptos tales como organismo, cerebro, sujeto, individuo, o respuesta, medio, estímulo, objetos, medio de contacto ni otros anclados en el mismo criterio de extensión. Son rechazables. 
Es criticable, además, la representación espacial de la conducta o de la interconducta -ver, por ejemplo, el esquema del campo interconductual- porque es fácil caer víctima de la metáfora corpórea al hablar de relación entre elementos descritos en términos de extensión o corpóreos". (Roca i Balsch, 2007, p. 4) 
Queda pues en evidencia que nunca hubo ningún consenso en el cientificismo psicológico, en torno a lo que sería su objeto de estudio. Y obviamente no hay ciencia sin objeto de estudio. El único consenso estaba en el método y la doctrina, es decir, en el afán por copiar el formato de la física y los conceptos de las ciencias naturales, y en reducirse a una práctica experimental generadora de técnicas; lo que no se llega a comprender es la necesidad de disfrazar semejante disciplina como psicología, cuando resulta evidente que no es ni ciencia ni psicología. También resulta evidente que aún permanecen vivos los antiguos prejuicios por los que se atacó a la psicología a principios del siglo XX. Prejuicios renovados y aumentados, pues, como vemos, Roca i Balasch abomina de los "prejuicios de representación corpórea". ¿Pero acaso los organismos no poseen, en efecto, una representación corpórea? ¿Es eso un prejuicio o una realidad llana? Lo que ocurre es que el cientificismo no considera sus prejuicios como prejuicios. Sin embargo, sus prejuicios están presentes, incluso en relación a lo que "la ciencia es", y han pasado sin rubor, de negar la mente a negar los cuerpos. Ya en la psicología de Kantor podíamos advertir que los hombres-sin-mente de Skinner habían pasado a convertirse en hombres-sin-cerebro. Pero ahora han avanzado más y han patentado el organismo-sin-cuerpo. De este modo se logra la transmutación final de los sujetos en objetos, eliminando definitivamente a los sujetos de la realidad, tan sólo para la comodidad del "método científico" y felicidad del cientificismo. 

Hasta cierto punto se entiende que en los inicios del siglo XX se estigmatizara a la psicología por ocuparse del psiquismo, pues esta venía precedida de una aureola de espiritualidad muy inapropiada para el enfoque científico. Para entonces el psiquismo era tan poco entendible como lo era la mecánica cuántica. Ni aun el átomo pudo ser entendido a la sazón, hasta que Niels Bohr lo dibujó como un pequeño sistema planetario con los electrones girando alrededor del núcleo, y medio mundo quedó feliz con esa falsa imagen. Por desgracia, en aquellos días no había analogía posible para el psiquismo, las computadoras tardarían aun algunas décadas en aparecer y en hacer evidente un procesamiento de información mediante reglas y objetivos. A falta de analogías permanecieron anclados en la falsa imagen de la mente, heredada de la psicología escolástica. En consecuencia, intentaron eliminar ese rastro indeseable de espiritualidad idealista, pero también a la disciplina que se ocupaba de ella. Afectados por sus prejuicios y anhelos, el cientificismo ubicó al hombre como un objeto más, en un mundo natural poblado de una misma clase de objetos, estudiados por una única ciencia naturalista que usaba un único método, basado en causas naturales y leyes universales. Bajo su visión, el mundo era de una sola forma y la ciencia también, la conducta era un fenómeno más de la naturaleza, al igual que la lluvia, el viento o la caída de las hojas, y había que estudiarla de ese modo. Todo quedó reducido a simples hechos naturales que debían explicarse mediante relaciones causales, siguiendo los principios de la física mecánica de Newton, quien -bajo estas consideraciones- tendría que ser declarado el verdadero fundador de la "psicología científica". El comportamiento humano era parte de esos hechos naturales, objetivos y externos, ajenos a toda forma del ser, y cuyas acciones debían ser registradas minuciosamente sin interpretación alguna, sólo registradas hasta descubrir una relación de causalidad, que saltaría por sí sola como una liebre acosada por el escrutinio científico. 

La respuesta a tales pretensiones absurdas provino de la psicología rusa, cuya ciencia se edificaba sobre las bases del materialismo dialéctico, y cuya psicología carecía de los apuros comerciales, los compromisos político-sociales y las afectaciones cientificistas y tecnológicas que perturbaban a la psicología americana: 
"La psique, la conciencia y el inconsciente representan no sólo tres cuestiones psicológicas centrales y fundamentales sino que son, en mucho mayor grado, cuestiones metodológicas, es decir, cuestiones relativas a los principios de estructuración de la propia psicología como ciencia… Es sólo a partir de la introducción de estos conceptos cuando se hace posible en todo su sentido la psicología como una ciencia independiente, capaz de unir y coordinar los hechos de la experiencia en un determinado sistema… El destino de nuestra ciencia depende de cómo se resuelva esta cuestión fundamental para ella" (Vygotski, 1930, p. 95). 
"Estamos ante una cuestión filosófica que es preciso resolver teóricamente antes de que podamos ocuparnos de explicar hechos concretos" (Vygotski, 1930, p. 96). 
Pero debemos entender lo que ocurría. Además de lo ya indicado, la psicología rusa tampoco tenía los compromisos ideológicos con la religión, como los que existían en Norteamérica. Las ciencias naturales fueron una vieja herencia dejada por la filosofía positivista, cuyos principales propulsores, con la sola excepción de Hume, fueron todos fervientes creyentes en el orden celestial creado por Dios, bajo el imperio absoluto de su voluntad en el cosmos y sobre la vida de este mundo. Ya desde el siglo XIII, Guillermo de Ockham postulaba que el conocimiento humano debía ocuparse sólo de lo objetivo y material, dejando todo lo demás a la fe. Descartes dio la pauta para la ley de la conservación de la energía y la materia cuando afirmó que Dios había infundido una cierta cantidad de movimiento al universo y que este continuaba inalterado, ya que no podía ser creado ni destruido. Newton llegó a afirmar que las fallas de los cálculos se debían a los ajustes que Dios realiza para mantener el perfecto orden universal. Así trató de explicar porqué su física no lograba definir la órbita de Mercurio. De modo que detrás de los principios del positivismo y del cientificismo reposaban en realidad las mismas visiones religiosas arcaicas sobre el mundo y el conocimiento. Tales principios no surgieron de la sola observación de la realidad, sino de los prejuicios con que se observaba y se entendía esta realidad, pues bajo dicha visión existían regularidades perfectas y leyes propias de un orden implícito universal, y un acatamiento estricto por parte de la naturaleza. En consecuencia, el hombre no podía escapar a este mismo destino, por lo tanto no podía gozar de libre albedrío, como lo aseguraba Skinner. Simplemente había que ir al descubrimiento de sus leyes causales y ellas lo explicarían todo. Estas leyes estaban en el ambiente y para esto se contaba ya con el inefable "método científico". Una vez logrado el acopio de todas las leyes del mundo, este sería un lugar de felicidad, pues ya se podría predecir y controlar toda la conducta. Sin embargo, el escenario feliz del cientificismo no duraría mucho, pues antes de finalizar el siglo XX, la realidad puso en la picota las creencias más caras y absurdas del cientificismo, no sólo en la psicología, sino en todas las disciplinas edificadas con este disparatado andamiaje teórico. 

A decir verdad, la influencia del cientificismo en la psicología empezó modestamente mucho antes que Pavlov, en el estudio de un concepto extraído del lenguaje ordinario, al cual se le fabricó una explicación científica mediante la aplicación del método. Nos referimos al trabajo de uno de los personajes más pintorescos y desequilibrados de la historia científica, Sir Francis Galton (1822 - 1911) creador de la "inteligencia" como objeto de estudio científico. Comprometió en su empresa al estadístico Karl Pearson, cuyo trabajo influyó en su colega Charles Spearman, y al final de esto emergió la primera teoría de la inteligencia fundada esencialmente en el tratamiento estadístico de datos, lo que a la larga constituyó el trágico salto de la psicología hacia la lógica matemática y su dependencia de la estadística. Este fue el inicio de la psicología diferencial y la psicometría. Lo que en realidad pretendía probar este estudio era el carácter hereditario de la inteligencia, entendida como un don que Dios le habría otorgado sólo a cierta clase de personas, para lo cual se inventó el concepto de regresión. En verdad no hay nada de malo en que una larga empresa científica se inicie con un proyecto disparatado, a menos que el disparate se instituya como concepto y "campo científico", y determine una línea de acción a seguir. Precisamente este ha sido uno de los defectos del cientificismo en psicología: inventar sus propios campos de estudio, lo que en otros términos se conoce como la construcción ideal de un objeto de estudio. Basta con que sea factible aplicar las técnicas del supuesto "método científico" para que cualquier cosa se transmute en objeto científico. Y esto es posible gracias a la invención de artilugios que generan datos cuantitativos. Si es posible (y casi siempre lo es) obtener algunos datos numéricos a través de un instrumento ideado, aquello cobra vida como un "objeto conceptual" y, en consecuencia, ya se le puede aplicar el método. Así es como surgieron la inteligencia, la personalidad, la conducta, la interconducta, y la gran mayoría de "objetos conceptuales" que le han hecho perder el tiempo y el rumbo a la psicología, dando pie a una interminable saga de curiosas teorías y escuelas sobre la nada. Así es: sobre la nada. El problema de generar "objetos conceptuales" es que se derriten a la luz de un análisis ontológico, lo que lleva a una crisis en la epistemología de la ciencia que se ocupa de eso. Aunque, claro, aparentemente la metodología sigue funcionando, lo cual basta para reconfortar al cientificismo. Lo malo de todo esto es que una vez instituido el concepto, la teoría y la comunidad de creyentes en torno a una práctica, resulta casi imposible desmontar todo este andamiaje artificial, ni siquiera a la luz de los nuevos conocimientos que dejan al descubierto la precariedad y falsedad de sus estructuras. Por desgracia, los errores histórico-sociales nunca se corrigen, sólo van quedando y acumulándose, aunque sea en la forma de pequeños guetos automarginados, que de tiempo en tiempo procuran reaparecer renovados. 

Obviamente, el cientificismo, si quisiera, bien podría inventar un instrumento de medición que le proporcione datos cuantitativos de la mente, como lo han hecho con casi todo, incluyendo el amor. Así podrían incorporar a la mente en su estructura de objetos conceptuales, y superar sus viejas críticas hacia la insustancialidad de la mente. Salvo sus propios prejuicios, nada les impide proceder de este modo. Y, por supuesto, ya podrían aplicarle el "método científico" a la mente, y así quedar satisfechos. Esto es posible debido a que el cientificismo ha instaurado la creencia generalizada de que un modelo estadístico de procesamiento de datos es "el método científico". Y esta es una de las aberraciones conceptuales que más daño han causado a las ciencias sociales y, en particular, a la psicología. De esto ya nos hemos ocupado antes. (Bobadilla, 2008, 2009). 

El hecho fue que el cientificismo eligió "la conducta observada" como su objeto de estudio o, mejor dicho, como su objeto de trabajo. Además de las explicaciones ofrecidas por Danziger y otros, podríamos entender este giro tan radical en la psicología americana, apelando a tres factores explicativos: primero, el surgimiento del cientificismo que puso por delante los preceptos del saber científico; segundo, la ceguera mental que impidió diferenciar sujetos de objetos, sumada a la carencia de un concepto real del ser humano como especie diferenciada, lo que impidió ver las facultades mentales, vinculándolas equivocadamente al espiritualismo escolástico; tercero, una noción equivocada del conocimiento científico como aquel se obtiene directamente mediante la aplicación de un método, lo que condujo a una confianza y dependencia excesiva de él. 

Se puede apelar a explicaciones más complejas desde los escenarios socioeconómicos y políticos, como lo hace Danziger. Pero sólo vamos considerar el análisis de los personajes involucrados en la revolución tecnocrática-cientificista, principalmente de Skinner. Como ha quedado de manifiesto, se trataba de un personaje arrogante e intransigente. Su personalidad es muy similar a la de los revolucionarios políticos que desprecian el sistema vigente y proponen la creación de un mundo nuevo sobre las cenizas del anterior. Así fue que toda la psicología edificada desde los filósofos presocráticos no servía para nada a su entender. Hubo que fundar una nueva psicología ignorando todo lo discutido en 2,500 años de historia. Como ocurre con los líderes políticos revolucionarios que pretenden refundar la patria desde una nueva Constitución, con sus propios conceptos de justicia y libertad, el cientificismo psicológico pretendió borrar toda la historia y empezar una nueva "psicología científica" a partir de sus propias concepciones. Al igual que ellos, Skinner enviaba el mismo mensaje: "la historia comienza conmigo". Y del mismo modo, el fundador de esta "nueva ciencia", fue objeto de culto a la personalidad por parte de sus fieles y fanáticos seguidores, quienes no tardaron en venerarlo y en inventar mitos alrededor suyo. Trataremos de entender algo de este curioso fenómeno histórico. 


Aparición del cientificismo psicológico 

Las dos guerras mundiales no sólo devastaron Alemania sino casi toda Europa y redujeron gran parte de su actividad científica y cultural desde los años 40, dejando a los EEUU en el predominio exclusivo de su enfoque conductista en pleno apogeo. Otra fuente de incidencias fue la llamada "Cortina de Hierro" que mantuvo aislada la psicología rusa y de toda Europa del Este. Si a esto le sumamos el hecho de que la industria editorial de EEUU fue prácticamente la única que quedó en pie luego de la guerra, y que además era fielmente replicada por la naciente industria editorial mexicana, convertida luego en la mayor de Latinoamérica, tenemos los ingredientes que ayudan a explicar en parte el boom del conductismo en América. Ya hace mucho tiempo que los sociólogos se dieron cuenta de que algunas ideas se imponen -o se acallan- no tanto por su veracidad o falsedad sino por las extrañas y caprichosas circunstancias históricas que las rodean. 

En tal sentido, uno de los más interesantes -y quizá más acertados- estudios acerca del origen de esta forma de "psicología científica", se da fuera del contexto de la psicología, y está a cargo de Kurt Danziger. La perspectiva sociológica de Danziger es importante en este debate porque se trata de un autor externo, que ve las cosas al margen de nuestras discrepancias profesionales. Es un investigador preocupado ya no de los aspectos normativos de la psicología sino de la aparición de una nueva comunidad de psicólogos, que adoptaron una novedosa visión del formato disciplinar como de sus compromisos científicos y sociales. No era -obviamente- la continuidad de la ciencia psicológica fundada por Wundt, sino la ruptura con esa tradición. Fue una especie de revolución tecnocrática que pregonaba un nuevo propósito para la labor psicológica. Los ayatolas del conductismo rechazaron toda concepción previa de la psicología, desde la que se originó en la época griega. El estudio de Danziger lo explica de este modo: 
"Lo que emergió en Alemania, entonces, fue una psicología cuyos problemas, metodologías y formas de conceptualización, permanecieron dominados muy directamente por las preocupaciones de la filosofía, que jugaba el rol del Hermano Mayor. En los Estados Unidos, en cambio, los psicólogos tuvieron que justificarse a sí mismos frente a un tribunal muy diferente. El control de los nombramientos universitarios, los fondos para investigación y las oportunidades profesionales, o se encontraban en las manos de hombres de negocios y sus ejecutivos, o en las de los políticos que representaban sus intereses. Si la psicología debía emerger como una disciplina independiente viable, debía serlo en una forma aceptable para esas fuerzas sociales. Las inclinaciones de aquellos de cuyas decisiones dependía la suerte de la psicología americana eran claras. Ellos eran hombres ubicados en posiciones de genuino poder social que estaban ansiosos en usar sus posiciones para controlar las acciones de los demás. Estaban interesados en técnicas de control social y desempeño tangible." (Danziger, 1979) 
Desde luego, los norteamericanos son herederos del espíritu pragmático inglés, y amantes de las herramientas y técnicas. Por algo EEUU tiene el record mundial de patentes. Los norteamericanos han inventado una herramienta para cada tarea de la vida cotidiana, incluso para las más simples y banales, como el cepillado de los dientes. Sus gigantescos "hardware stores" rebosan de herramientas de toda clase. Ya desde fines del siglo XVIII habían incrementado la productividad agrícola gracias a sus herramientas. En los EEUU, una nueva técnica es siempre bien recibida, y mejor aun si es bien vendida. No es nada raro entonces que los norteamericanos se hayan desentendido de "los molestos problemas filosóficos", a decir de Skinner, para preferir técnicas de control conductual y glorificar a la escuela que los produce, llamando a eso "psicología científica". Fue a partir de los compromisos adoptados con los estamentos del poder, como se va a gestar el modelo de esta nueva "psicología científica", que iba en busca de un nuevo objetivo: la predicción y el control de la conducta. Al contrario de lo que han terminado creyendo y repitiendo los seguidores del conductismo, este no es un objetivo que define lo científico, sino un fin concreto impuesto para una práctica concreta. Y fue esta situación la que, consecuentemente, impuso a la "conducta" como el nuevo objeto de trabajo de esta tecnología, pues se trataba de eso: una praxis tecnológica disfrazada de psicología y de ciencia. 
"Poco tiempo después, el objetivo de la nueva ciencia vino a ser anunciado a través de un slogan, que aún se hallaba en sus libros de textos introductorios: "la predicción y el control de la conducta". Este objetivo es totalmente discordante con los objetivos que Wundt tenía en mente para la psicología: sus fines no estaban relacionados ni con la predicción, ni con el control, ni con la conducta. Tampoco los sucesores alemanes de Wundt desarrollaron jamás tales objetivos para su disciplina. Si lo hubieran hecho, sus oportunidades de lograr el respeto del establishment académico hubieran sido aún más escasas." (Danziger, 1979). 
"Lo que Watson había hecho, era colocar el sello retórico final, en el establecimiento de la psicología como una ciencia administrativa, como una tecnología a ser manejada por los gestores de la sociedad con la finalidad de dirigir las acciones de aquellos a su cargo hacia los canales deseados." (Danziger, 1979). 
El mundo había ingresado a una nueva etapa histórica de producción. El incremento cuantitativo de la población generó cambios cualitativos en las sociedades modernas conformadas por millones de personas que se convirtieron en consumidores, clientes y electores. Se necesitaban nuevas y urgentes técnicas de control masivo. Todos estos cambios impusieron claras exigencias prácticas a las disciplinas que se desarrollaban al interior de las costosas universidades norteamericanas. El hombre corriente fue simplemente transformado en una pieza estandarizada para una cultura de la masificación que, apelando a criterios cientificistas, modelaba a la sociedad para acomodarla a las grandes cadenas de producción industrial, a las técnicas de control y a la medición estadística. No era de extrañar entonces la aparición de una disciplina que hablaba el mismo idioma y defendía los mismos propósitos. Tampoco sorprende que recibiera tanta atención y aceptación, más allá de sus graves deficiencias epistémicas en tanto psicología fallida, ciencia precaria y filosofía nula. 

Así fue que de un momento a otro, sin haber llegado aún a explicar el fenómeno humano, ya se ofrecían programas de control muy específicos. La psicoterapia al fin se sumaba a la vieja actividad del ser humano: la venta de panaceas. El mercado de productos psicoterapéuticos nunca dejó de crecer desde los años 50, competencia en la que el conductismo pretendió sacar ventajas gracias a sus altos índices de eficiencia. El relativo éxito alcanzado por las escuelas terapéuticas en una buena cantidad de casos, era empleado a menudo como "prueba" de la certeza de la teoría de fondo, incluso cuando no existiese ninguna teoría de fondo, como eran los casos de Rogers y Skinner, por ejemplo. Por otro lado, nadie se ocupaba de explicar los casos fallidos o la ineficacia en ciertos escenarios. En resumen, la carencia de explicaciones teóricas trató de ser compensada con la eficacia de las técnicas terapéuticas y de control conductual. Muchas escuelas psicológicas, especialmente la llamada "científica", no eran más que un mercado de técnicas en medio de una gran ignorancia en relación a los fenómenos que pretendían manejar o controlar. 
"A la mitad del siglo XX la psicología dejó de ser una ocupación puramente académica y empezó a comerciar sus productos en el mundo exterior. Esto significa que los requerimientos de ese mercado potencial empezaron a influenciar directamente en las tendencias de investigación de los psicólogos. Las versiones que lograban productos negociables en el mercado, recibían un gran impulso, mientras que aquellas que carecían de tales virtudes eran postergadas". (Danziger, 1994)
Tampoco es nada extraño que en Latinoamérica, y especialmente en México, el conductismo norteamericano haya tenido tanta aceptación, pues por todos es conocida la gran influencia que ejercen los EEUU en Latinoamérica y, particularmente, en México, país que tiene muchas cosas copiadas literalmente de los EEUU. Los análisis políticos y económicos de México han concluido en que el recurso natural más importante de México es su frontera con los EEUU. Numerosos personajes del ambiente académico cruzaban la frontera en una y otra dirección, bien a formarse o enseñar, generándose en la práctica un mismo ambiente. Adicionalmente, la gran industria editorial mexicana que traducía todos los libros producidos en EEUU, fue la fuente bibliográfica de toda Latinoamérica, salvo Argentina, con lo que la habitual influencia ideológica y tecnológica de los EEUU creció hasta el extremo de la alienación de muchas sociedades, que adoptaron fielmente sus esquemas, aun cuando su realidad era totalmente distinta. 


Recusación del cientificismo psicológico

La tesis central del cientificismo asumía que toda la realidad era igual, que estaba constituida por elementos homogéneos y por eventos repetitivos que reaccionaban a causas específicas, y por lo tanto sólo había que desarmar las piezas para revelar su constitución más elemental, descubrir sus relaciones causa-efecto mediante experimentos, y señalar las leyes que lo rigen. En eso consistía todo el trabajo científico. El cientificismo psicológico acogió plenamente estas ideas y estableció el empleo del método cuantitativo como el instrumento ideal para ir al descubrimiento de las relaciones causa-efecto que regían hasta en los rincones más angostos y secretos de la vida humana, pública o privada. La estadística determinaría si había casualidad o causalidad, y por este camino se llegaría a descubrir, tarde o temprano, todas las leyes que rigen la vida humana y, luego, estaríamos en condiciones de controlar a la sociedad, predecir los hechos de la historia y crear un mundo feliz, totalmente dirigido por la ciencia. Ese era el sueño anunciado y prometido por el cientificismo, desde Comte hasta Skinner.

Pero el mundo feliz del cientificismo empezó a desmoronarse cuando la Teoría de la Relatividad y, luego, la Teoría Cuántica, hicieron tambalear las más firmes creencias de la física mecánica y de la ciencia clásica. En otro ámbito, una larga cadena de filósofos demostró que los conocimientos no son los mismos cuando se trata del mundo natural que cuando se trata del mundo cultural de los humanos. Incluso la filosofía de la ciencia confrontó el metodologismo empirista, demostrando que resulta perfectamente factible acogerse a un marco teórico errado para producir hipótesis y experimentos cuyos resultados, analizados al amparo de la teoría generadora, pueden llevar a conclusiones lógicas pero igualmente erradas. Quedó claro que los experimentos nunca pueden ser concluyentes, y que tan sólo una prueba de falsasión es definitiva. Además se señaló el "sesgo de confirmación" que es una tendencia a preferir con más facilidad las hipótesis y los experimentos que confirman las ideas prevalecientes. Así fue como se inició el cientificismo en psicología, copiando a las ciencias naturales cuyos enfoques era los que estaban en boga. También fue así como, generación tras generación, seguimos creyendo en la conducta, y elaborando teorías de la inteligencia y de la personalidad sin que nos acerquemos nunca al meollo de estos temas; por el contrario, a más teorías, mayor dispersión y confusión. Lo que se hizo finalmente fue preferir lo último asumiendo que era lo mejor, o porque sencillamente estaba de moda. En el caso del conductismo ni siquiera se elaboraron teorías, simplemente se procedió a la generación de técnicas de control, mediante los diversos procedimientos establecidos por esta disciplina. 

Ni el caos teórico ni la orfandad epistémica detuvo al cientificismo psicológico que siguió midiendo todo lo que podía medir. Prácticamente no quedó nada que no se pudiera medir de alguna curiosa manera. La fabricación de instrumentos de medición marcó toda una moda en los EEUU. El sueño de todo estudiante de psicología era desarrollar su propia escala de medición, que llevaría su nombre o el del equipo creador. Estos instrumentos eran apetecidos con ansiedad por la estructura social de dominación, ya que eran empleados en los procesos de selección y discriminación, con una justificación supuestamente científica; pero también por el cientificismo académico, para la fabricación de los datos numéricos requeridos por las técnicas estadísticas que eran usadas para descubrir las famosas relaciones causa-efecto. Y todo esto se hacía asumiendo marcos teóricos que carecían de respaldo científico. Nadie sabía qué era eso que se medía ¡pero se medía! Tal como lo demostró Boring (1950) y muchos otros investigadores que hicieron estudios en diversas épocas, nunca existió un concepto uniforme de inteligencia. Tanto así que Boring admitió con ironía que "inteligencia es eso que miden los test de inteligencia". Pero lo mismo se podía decir de todos los demás constructos medidos, desde la personalidad hasta el estrés. Era simplemente la fiebre cultural de la medición estadística. La psicología se convirtió en una rama de la estadística. Toda la "ciencia psicológica" se construía con el método estadístico, alimentado con mediciones que provenían de instrumentos sustentados a su vez, estadísticamente. Y no había ningún tipo de inquietud ni recelo acerca de la clase de conocimientos que se obtenían mediante tal proceder. Se trataba simplemente de una racionalidad culturalmente establecida. Y como ocurre con cualquier otra conducta típica, nadie se preguntó nunca ¿por qué hacemos esto? Simplemente actuaban convencidos de que era lo correcto. Al cabo de medio siglo de mediciones, había muchos ladrillos dispersos en el terreno de la psicología, y algunos bloques, pero el edificio de la ciencia psicológica seguía sin tener forma alguna. Peor, aun, estaba sin vecindario.

El comportamiento de estas comunidades psicológicas debe ser explicado desde la perspectiva de la psicología cultural, ya que epistemológicamente no tiene ningún sentido. La racionalidad que rige en una comunidad resulta como producto de sus propias actividades, y se explica a partir de los intereses de grupo, compromisos institucionales, tradiciones culturales, expectativas de sus miembros, etc. Dicha racionalidad adquiere una forma que no obedece a ningún diseño lógico ni epistémico sino a situaciones sociales y condiciones históricas; al igual que el túmulo de un termitero, simplemente aparece como está, producto de la actividad y no de un diseño. No se le puede exigir consistencia epistemológica a la racionalidad de estas comunidades psicológicas que tan sólo siguen una moda cultural y un ritmo social. A esto se suma la exportación de los productos culturales que son asumidos por otras comunidades en un proceso de aculturación, o de simple alienación, al copiar modelos de las sociedades que admiran, aunque su propia realidad sea muy distinta. Es el esnobismo típico de los sectores intelectuales en los países subdesarrollados.

El empleo del enfoque naturalista y su afán por descubrir causas externas de la conducta, nunca le proporcionó mayor consistencia a la psicología sino mayores limitaciones, pues dicho enfoque no atendía las peculiaridades del hombre como sujeto, ni como organismo complejo de naturaleza cognitiva y cultural. Simplemente lo estudiaba como un objeto más bajo los conceptos de la física. Toda ciencia es el estudio de la realidad, y empieza por el reconocimiento cabal de su realidad y la discriminación de las diferencias que hay en su escenario. La física, por ejemplo, no es la misma cuando aborda los campos subatómicos o los astronómicos. Una ciencia psicológica no puede ignorar la diferencia notable entre objetos y sujetos, ni las diferencias evolutivas existentes entre las especies para explicar el comportamiento de los organismos, ni dejar de advertir los saltos cualitativos que se dan en la evolución, y en particular los que se observan en el ser humano. No podemos explicar ninguna conducta animal con la misma lógica epistémica con que se explica el movimiento de los árboles o la caída de las rocas. Las relaciones causa-efecto pertenecen a una dimensión y escala de la realidad, pero no a toda, y mucho menos al escenario de los organismos autónomos e inteligentes. 

La realidad física ha estado transformándose, primero a base de las propiedades de la materia y los eventos físicos, y luego por las propiedades de los organismos. A partir del hombre la historia evolutiva cambia y aparece un nuevo proceso, totalmente diferenciado, que tiene al conocimiento y al pensamiento humano como sus fundamentos propulsores. La cuestión de la selección natural queda totalmente al margen de este tipo de transformación evolutiva. No se trata más de un proceso natural sino de un proceso cultural. El hombre es quien determina su propia evolución, por tanto va más allá de lo puramente natural, pues él ha creado su propio ambiente cultural. Esto cambia radicalmente el enfoque pues el ambiente que se estudia no es ya un ambiente de tipo físico-natural sino otro que es de naturaleza socio-cognitivo-cultural. Los hechos humanos no obedecen a causas naturales; es decir, a relaciones causa-efecto. Nadie va a la iglesia por causas naturales, ni sigue una profesión por causas naturales. Y de hecho, nadie se suicida por causas naturales. Incluso los actos más naturales del hombre en tanto animal, han sido ideologizados y dependen de condicionamientos culturales. Así ocurre con el sexo, la alimentación, el sueño, etc. De modo pues que los hechos humanos obedecen a razones y no a causas naturales. El hombre incluso puede contravenir las leyes naturales, pues es capaz de controlar sus procesos biológicos y fisiológicos. Puede escamotear las leyes de la física y volar, crear elementos artificiales, etc. Precisamente por el hecho de que el mundo de los humanos se desenvuelve regido por procesos cognitivos (individuales y sociales) y no por leyes naturales, es que el mundo perfecto y feliz del cientificismo naturalista se vino abajo como un castillo de naipes. Una noticia que parece no haber llegado aún a todos los rincones de la psicología.

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Nota: El artículo completo fue publicado en la revista on-line "Psicología Científica" el 15/04/2010 y se puede ver en esta dirección: http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-446-1-ciencia-cientificismo-y-psicologia-cientifica-una-evaluacion.html

Abajo hay una versión pdf para su descarga:

Ciencia, cientificismo y psicología científica



domingo, 22 de agosto de 2010

El conductismo, su origen y características






Investigando en la Web, en busca de fuentes históricas que me permitan entender y explicar de una manera racional, las razones por las que un fenómeno cultural tan controversial como el conductismo, pudo haber tenido no solo un inicio sino una aceptación tan amplia en un entorno cultural específico -y en una época- me encontré con varias sorpresas. Me ha resultado grato hallar, por ejemplo, el libro de John A. Mills, "Control: A History of Behavioral Psychology". New York University Press. 2000. Una parte puede leerse a través de Google Libros. Dudo mucho que ya esté traducido al español, no solo porque el conductismo ya no es de mucho interés hoy en día, sino porque se trata de un estudio histórico que solo interesa a los que buscamos explicaciones culturales en la historia. Por ello me he tomado el trabajo de traducir la introducción de este libro y ofrecerlo a los lectores de este espacio, como una ayuda para entender cómo es que se llega a conformar el conductismo, qué nociones culturales le dieron soporte, sobre qué bases ideológicas se pudo concebir. Varios de estos conceptos los he integrado ya a mi propio estudio del conductismo que se puede leer aquí.

Muchos libros narran la historia del conductismo, algunos son melosamente condescendientes con él, como el de William Baum, otros son negligentes en el tratamiento del significado nefasto del conductismo dentro de la psicología, y la gran mayoría asimila los variados mitos y falsedades que a lo largo de la historia se han venido generando en torno al conductismo. Hace falta estar muy atento para distinguir todo esto. La virtud de este libro es que toma distancia de su propia cultura para realizar, más que una simple narración de eventos, como muchos entienden la historia, un amplio análisis antropológico y cultural del conductismo. 

La traducción que presento a continuación está hecha a vuelo de pájaro. Si alguien duda de lo que digo o no lo entiende bien, quizá prefiera consultar directamente el libro original en inglés en Google Libros. Mi interés está puesto no tanto en la correspondencia gramatical cuanto en el sentido semántico de las expresiones. En algunos casos me ha parecido necesario insertar una aclaración, la cual figura entre paréntesis y con la correspondiente notación N.T. Espero lo disfruten y lo aprovechen.


Modelando una profesión: el conductismo en la psicología norteamericana

John A. Mills

Los historiadores sostienen por lo general que el conductismo fue la fuerza dominante en la creación de la moderna psicología norteamericana. Ahora que esta psicología ha vuelto al eclecticismo de sus primeros años, podemos analizar este rol. Los académicos del conductismo todavía enfrentan una paradoja: aunque de veras quisieran mostrar todo lo que deseamos saber acerca del conductismo, la verdad es que el conductismo y su rol en la psicología sigue siendo todo un misterioso enigma. Conocemos casi todo sobre el conductismo porque los mismos conductistas han escrito mucho, tanto en términos generales como de temas específicos, y porque tenemos una fuente secundaria de análisis sobre teorías conductistas y porque además tenemos montañas de libros críticos del conductismo. Aun así, el conductismo permanece como un enigma porque su extraña dominancia en Norteamérica bloquea nuestros esfuerzos por comprenderlo correctamente. La psicología norteamericana (y de muchos otros países, especialmente Canadá y los países anglo parlantes), son entrenados para pensar de manera conductista desde sus primeros años de pre grado, por lo general, sin ser conscientes de este hecho. Un psicólogo americano que pretende realizar sus prácticas básicas tiene que involucrarse con todos los esquemas conductistas porque la cultura académica conductista es la que dicta las bases de la tarea psicológica.

Cualquier psicólogo norteamericano que investiga para entender algo dentro de la psicología, en comparación con otras ciencias sociales, tiene enormes dificultades para llegar a territorios que no sean meramente conductuales. El conductismo fue la tierra que nutrió a las nacientes ciencias sociales norteamericanas. A fines del siglo XIX como a inicios del s. XX, se estableció una relación simbiótica entre los científicos sociales y el trasfondo intelectual del público. Los escritos de los científicos sociales eran leídos y entendidos porque asimilaban la opinión general de sus lectores y los articulaban. Debido a que los norteamericanos tenían una visión sumamente pragmática de la ciencia, la mayoría de los lectores, así como los mismos científicos sociales, empleaban lo que leían como las bases para establecer programas de acción social correctiva. Tales programas, a su vez, proporcionaban material para los siguientes análisis de los científicos sociales y, sobre ellos, instituyeron las bases de las crecientes ciencias sociales. La esencia del conductismo es la adecuación de la teoría a su aplicación práctica, entendida como predicción, y comprometiendo el trabajo de la mente humana con la tecnología social. Esa fue la base ideológica sobre la que se edificaron las ciencias sociales en Norteamérica. 

Ahora que ya sabemos lo suficiente, podemos decir confidencialmente que la psicología conductista no se erigió dentro la psicología misma, sino dentro de la sociedad norteamericana, desde la década de 1880 en adelante. Está claro que las prácticas investigativas -e incluso la teorización del conductismo norteamericano hasta mediados de la década de 1950- estuvo impulsada totalmente por el imperativo intelectual de crear tecnologías que pudieran ser empleadas en el control social y en la predicción social. 

Un análisis de los esfuerzos desplegados por los primeros conductistas, en especial J. B. Watson, E. Guthrie, E. Tolman, C. Hull y B. F. Skinner, nos proporcionan suficiente evidencia para sostener la incuestionable –y nunca cuestionada- tesis acerca de lo que perseguían los conductistas y la razón de su hegemonía. Sin embargo, restringir nuestro análisis a los “gigantes” del conductismo, podría enfatizar su predominancia por encima de la verdad histórica, ya que su trabajo representa tan solo una expresión notoria de un panorama mucho más amplio acerca de las características típicas del modo de ser del científico social norteamericano. Nuestra mejor trayectoria será, entonces, trazar la historia del conductismo desde sus inicios, no solo en la ciencia social norteamericana sino en el contexto intelectual y social. Antes de empezar nuestro estudio, sería apropiado definir lo que entendemos por “conductismo”. 

Los conductismos y neoconductismos varían demasiado entre ellos. Tanto que muchos académicos llegan a decir que no es posible discernir características comunes. La tarea es aun más difícil porque necesitamos hacer dos clases de distinciones: filosóficas y psicológicas. Filosfóficamente podemos distinguir entre el conductismo radical y el metodológico. El radical cree que lo mental y lo físico son lo mismo y que todo lo mental puede ser explicado mediante un lenguaje fisicalista. Skinner solía decir que era un conductista radical. Cuando revisamos el material publicado, Hull también es tratado como radical. La mayoría de los psicólogos norteamericanos que estuvieron activamente enganchados a la investigación empírica fueron recientemente catalogados como metodológicos. (Es decir, conservaban el modo de investigar de los conductistas aunque no comulgaran necesariamente con todos sus postulados. N.T.). Ellos creen que los constructos psicológicos deben ser definidos operacionalmente, es decir, en términos de los procedimientos que se requieren para inducir manifestaciones concretas en la conducta, relacionadas con los constructos que se investigan. Rechazan discutir las implicancias metafísicas de su trabajo. Watson, Tolman y Guthrie caen en esta categoría. El conductismo lógico es una postura adoptada por ciertos filósofos aunque realmente no representan al conductismo psicológico. A pesar de que algunos pasajes de los escritos de Skinner pueden llevarnos a considerarlo en esta categoría. El conductismo lógico sostiene que todo el lenguaje mentalista puede ser traducido, sin pérdida de significado, en un lenguaje físico (el lenguaje en cuestión expresaría lo que la conducta exhibe cuando una persona declara estar experimentando un pensamiento o estado mental). Los conductistas lógicos, al igual que los metodológicos, dejan abierta la cuestión de qué son los estados mentales, y se parecen a los radicales en el hecho de que pretenden analizar los estados mentales con la misma minuciosidad. 

Psicológicamente, debemos distinguir entre conductismo y neoconductismo. El conductismo es lo que apareció con fuerza en los años 1920. Los primeros conductistas compartían una serie de nociones en las que las cuestiones negativas pesaban más que las positivas. Todos ellos le negaban una existencia propia a la vida mental, y no aceptaban la idea de que la conciencia fuera el campo principal de estudio de la psicología, y todos pensaban que la introspección era un camino equivocado para lograr datos psicológicos. En cuanto al lado positivo, todos eran objetivistas (esto es, creían que todos los datos reales eran aquellos que podían ser directamente observados). Los primeros conductistas, con algunas excepciones, compartían la convicción de que la doctrina conductista podía ser directamente aplicada en los seres humanos y que los experimentos proporcionaban una ruta directa hacia el conocimiento. Casi todos pensaban que las investigaciones psicológicas deberían tener implicancias sociales directas. Sobre todo, ningún conductista produjo nunca una teoría comprensiva completa sobre sus bases empíricas. 

Tolman instauró el neoconductismo en 1920. Casi todos los neoconductistas fueron científicos animalistas, llegando a producir sofisticadas, y a veces comprensibles, teorías psicológicas. La mayoría de ellos coincidían al menos en sostener el credo conductista sobre la importancia de la aplicación social de sus teorías, pero que tales teorías debían ser empíricamente probadas, por lo que todos se concentraron en el ambiente de laboratorio de animales y en experimentos extremandamente controlados. Tales trabajos con sus corolarios que proporcionaron una justificación teórica a su aplicación, constituyeron la “ciencia conductista” que tuvo sus mejores días entre 1950 y fines de 1960.

Pese a la diversidad de formas que tiene el conductismo, podemos reconocer una serie de características comunes. La primera de ellas es la poca importancia que le asignan a la teoría en sus trabajos. La teoría les tiene sin cuidado. En cierta ocasión, el historiador John. C. Burnham lo expresó de una manera muy convincente: los conductistas quisieran tener una base teórica para su trabajo práctico, pero la teoría particular a ser empleada es algo que no les interesa. Todo su interés está volcado a la cuestión de la utilidad práctica de su quehacer. J. B. Watson expresa este principio en una extraña frase de su famoso manifiesto: “La meta teórica de la psicología es la predicción y control de la conducta”. Muchos han coincidido en señalar que esta frase es un contrasentido, por ejemplo, el psicólogo Franz Samelson: lo normal es considerar que la predicción y el control son cuestiones prácticas, tecnológicas, muy diferentes de lo que es una teoría, y que más bien se derivan de ella. Una manera de entender ese contrasentido es asumiendo que para Watson, la necesidad de la tecnología debería guiar la búsqueda de una teoría. La interpretación de Burnham y de Samelson son exactamente las mismas. Dentro de ese marco de interpretación podríamos tratar la ruta instrumental de Hull como una aproximación a la construcción de una teoría y como la expresión de las intenciones de Watson. Sin embargo, la máxima expresión de la empresa conductista fue el desprecio absoluto que mostró B. F. Skinner por las teorías. De entre los mayores conductistas de los primeros tiempos, tan sólo Tolman se mostró distante de tal actitud, y en la mayor parte de su trabajo, demostró ser un teórico puro. Pero incluso él deseaba que las teorías psicológicas tuvieran implicancias directas en la vida cotidiana. 

La segunda característica esencial del conductismo era su duda y hostilidad abierta hacia la “especulación filosófica”. Para mayor precisión, habría que decir que esta era la parte más integral de su desarrollo psicológico. A fin de establecerse como una profesión distinta, los psicólogos se esforzaron por diferenciarse de sus colegas más cercanos. Al principio esta separación era incompleta porque la primera generación de psicólogos americanos, tales como W. James, J. Baldwin, G. Stanley Hall, procedían de la filosofía. La segunda generación de psicólogos trató de distanciarse rápidamente de ellos y de la filosofía. Aunque ese movimiento fue muy amplio, con psicólogos muy diversos como Robert M. Yerkes, Edward L. Thorndike y Watson finalmente, la consigna del conductismo de apartarse de la filosofía se mantuvo firme desde 1920 hasta fines de 1960, y esta actitud inspiró y guió a los psicólogos norteamericanos. En contraste, los psicólogos europeos eran abiertos a la influencia necesaria de la filosofía, no sólo en la ciencia en general, sino en la psicología en particular.

Una tercera característica que define el conductismo, es su entrega y conversión en una versión pragmática del positivismo. En tanto que el pragmatismo como el positivismo eran doctrinas filosóficas, no podían evitar la existencia de una contradicción en el corazón del conductismo. Aunque la filosofía fue excluida del conductismo por decreto, acabaron siendo miembros honorarios de algunas doctrinas filosóficas. Todos los conductistas fueron positivistas y todos fueron pragmatistas. El conductismo era positivista porque creía que sólo se podía llegar a la verdad apegándose a los hechos. Para ellos, un “hecho” era una ocurrir meramente físico. Con respecto a la cuestión de las teorías, creían que las teorías se estructuraban al margen de los hechos y que el rol de las teorías era incrementar los alcances de la predicción. Incluso para Tolman, la teoría cumplía una función pragmática. Para los conductistas, la construcción de una teoría era un simple registro de puntuaciones, algo que se genera como consecuencia de las observaciones. Uno iba generando su teoría por ese camino, haciendo más y más observaciones que incrementaban la precisión de la teoría en cada etapa. Ningún conductista consideraba la posibilidad de construir teorías comprensivas de la mente y realizar pruebas y experimentos para ir refinándolos. 

Dentro de su positivismo pragmático, el conductismo era un producto típico y esencialmente norteamericano. Mientras que los intelectuales norteamericanos habían estudiado y admirado el pensamiento europeo, los líderes pensadores norteamericanos tradicionalmente se esforzaban por pensar de una manera autónoma, dentro de su propio marco cultural, incluso con cierto desdén por el resto del mundo. En particular, los norteamericanos siempre asociaron las teorías a una aplicación inmediata, incluso si fueran simples o burdas. Al momento en que se desarrollaba el conductismo, las principales influencias foráneas fueron la Gestalt y el positivismo lógico. Sin embargo, ambos enfoques no tuvieron mucha gravitación en su trabajo. En el caso del positivismo lógico, el historiador de la ciencia Laurence Smith ha mostrado que Hull, Tolman y Skinner, cada uno por separado, crearon su propia idiosincrática versión de positivismo, muy al margen de lo que fue el positivismo lógico.

Una cuarta característica del conductismo es su materialismo. Los reportes aquí son confusos debido al desprecio del conductismo por la filosofía, y porque, en el caso del conductismo posterior, creían que sus enfoques teóricos les permitían predecir e incluso explicar la conducta sin tener que adoptar ninguna posición filosófica acerca del problema mente-cuerpo. Sin embargo, un examen minucioso de los escritos de los líderes del conductismo, revela que se trataba de un pensamiento materialista. Aunque Watson empezó la tradición conductista de cercar el paso de la influencia filosófica, no deseaba anunciar abiertamente el credo conductista, hasta que hubiera analizado el tema del pensamiento desde un punto de vista conductista. Su tesis del pensamiento es claramente materialista. La teoría de Guthrie es también materialista y limita sus ejemplos a habilidades perceptuales-motoras, dando la impresión de que extendía su análisis hacia eventos puramente mentales sin ningún cambio conceptual. Hull creía en un materialismo biomecánico. Skinner es difícil de entender apropiadamente, pues creía que los eventos privados son simplemente los que ocurren “dentro de la piel” (es decir, los eventos físicos y mentales eran sustancialmente equivalentes), y dado a que pretendía usar un criterio público para establecer el significado y naturaleza de los eventos mentales, puede ser considerado materialista.

Al anunciar que su “meta teórica” era la predicción y el control, Watson expresó lo que sería la quinta característica fundamental del conductismo. Incluso su amigo Yerkes, quien se mantuvo distante de la fiebre conductista, estaba obsesionado con la tecnología de control social. Como los iniciales científicos sociales norteamericanos, ambos consideraban a la teoría como un instrumento preciso para alcanzar cambios sociales radicales. El problema para Watson, como para todos los primeros conductistas, como Stevenson Smith (1883-1950) y Guthrie, era la enorme brecha que existía entre el complejo fenómeno empírico a ser explicado y su simple y burda teoría. Los conductistas lograron construir teorías exitosas, capaces de soportar sus grandes ambiciones, tan solo después del desarrollo de las estadísticas inferenciales en la década de 1930 y la creación de un pseudo-positivismo (operacionalismo). El empleo del operacionalismo le permitió al conductismo formular constructos hipotéticos con variables intervinientes. La intención detrás de estos constructos era permitir la predicción considerando los factores inobservables dentro de las explicaciones. Para Hull, el conductista teórico más influyente, las metas sociales permanecen siendo sagradas, aun cuando ellas tuvieran que ponerse a un lado bajo el interés de construir una estructura teórica convincente. Más aun, el enfoque teórico de Hull y los beneficios que esperaba de él, fue modelado sobre la estructura social de las compañías norteamericanas de sus días. Siguiendo como un jovenzuelo, esta excursión dentro de la experimentación, Skinner volvió a abrir el sendero hacia la experimentación más pura, en la misma línea trazada por Watson. Su desprecio por la teoría estuvo acompañado por una aparente habilidad para demostrar que su enfoque sustentado en la investigación empírica, casi carecía de límites para su aplicación práctica. Como de costumbre, Tolman se mantuvo en el banquillo de la principal corriente conductista. Aunque estaba firmemente convencido de que el conductismo podría eventualmente producir aplicaciones, y aunque era un activista social en la esfera privada, Tolman no estaba dispuesto a arriesgar o perturbar un proyecto teórico corriendo precipitadamente hacia un campo aplicado.

La sexta característica definida del conductismo es más compleja y será discutida nuevamente en diferentes puntos del libro. Aunque, eventualmente, las teorías conductistas derivaron del trabajo empírico con animales en el laboratorio, el enfoque conductista sobre su campo era notablemente diferente de otros científicos animalistas. En primer lugar, sus datos eran casi exclusivamente derivados de una base muy estrecha –dos especies de ratas y una de palomas- y se caracterizaban por la ausencia de observaciones comparativas. En segundo lugar, y a pesar de que expresaban su adhesión a la teoría evolutiva de Darwin, los conductistas permanecieron ligados a un enmascarado neo-lamarckismo que sustentaba muchas de sus teorías del aprendizaje desarrolladas entre los 1930s y 1940s. Esas teorías estaban animadas por la creencia de que, en cada aspecto importante, la conducta animal era controlable y predecible por factores que podían manipularse en el laboratorio. Esta creencia estaba sutilmente asociada a otra, raramente manifestada, que todos los aspectos cruciales de la conducta animal eran controladas por medio del aprendizaje. Hay una continuidad entre esta creencia y la creencia tan típica en los primeros años de las ciencias sociales norteamericanas, que los mayores cambios evolutivos se originaban en la mente. La convicción de que la mente estaba sujeta a las influencias del ambiente y que podría controlar también su propio destino era consistente con la creencia, forjada detrás del pensamiento conductor de los reformistas norteamericanos y los científicos sociales, de que la conducta humana podría ser modelada hacia las metas sociales por aquellos que comprendían la naturaleza de tales metas y el significado de sus alcances. Está claro que algunos conductistas (Skinner es el mejor ejemplo) fueron hechos en el mismo molde. Los animales fueron los sustitutos de los humanos, el laboratorio y su aparataje eran los análogos de las situaciones sociales, y el experimentador/teorizador era el controlador social.

La séptima y definitiva característica del conductismo es su vocación por un utilitarismo extremo a través del cual, tanto los valores como las características personales, eran vistas y entendidas en términos estrictamente instrumentales y funcionales. En efecto, la persona es tratada como un ente físico en un entorno lleno de atributos abstractos pero definibles operacionalmente, y cuya solo funcionamiento promoverá la inmediata adaptación del individuo a las circunstancias sociales. Consistentemente, las variables eran definidas en términos de un instrumentalismo puro. Lo bueno era que aquello ayudaría a las personas o animales a alcanzar determinadas metas definidas operacionalmente (conseguir comida, la seguridad de un refugio, mantener un nivel óptimo de ansiedad, etc.) Lo correcto fue definido como aquello que ofrecía ventajas personales inmediatas (como lo decía Jeremy Bentham, los conductistas manejan el altruismo diciendo que es frecuentemente una manera de beneficiarse posponiendo la gratificación). “Deber” fue referido como aquello que se tiene que hacer para lograr una adaptación. Belleza, en todos sus sentidos, fue relacionado con determinados arreglos (de sonido, colores, objetos, etc.) que ofrecen gratificaciones a los humanos. Las relaciones personales fueron vistas únicamente en términos operacionales y no por su valor como meta final. En tal sentido, la meta final de los conductistas fue demostrar que sus teorías se aplicaban a todos los aspectos de la vida humana, sin preocuparse en lo absoluto por cuestiones como la moral y los valores, tanto así que las personas eran objetos extraños en sus escritos. Incluso Skinner, quien frecuentemente se refería a estos aspectos, no hizo ningún esfuerzo por tratarlos de alguna manera seria.

Aunque desde mi punto de vista, podemos también considerar una especial forma de conceptualizar la experimentación, como una característica más del conductismo, este tópico será discutido más delante de forma separada, debido a dos razones: por su complejidad y porque los enfoques del conductismo han estado siendo empleados por los psicólogos norteamericanos hasta épocas muy recientes. Estos enfoques se caracterizan por ciertas actitudes hacia la cuantificación y al rol de la naturaleza de la experimentación, que resulta sorpresivamente muy difícil de retratar, pero cuya rigidez determina la conducta de la investigación. Para decirlo de manera amplia, las mediciones han sido puestas en el centro de la empresa científica. Tan solo aquello que puede ser contado o medido logra consideración como un tema científico. La pasión por la cuantificación alcanza su apogeo en las teorías de Hull pero ocupa un lugar central en todas las versiones del conductismo. Junto con el extremado valor que se le atribuye a la cuantificación, encontramos no solo una creencia en torno a la experimentación como el único camino para hallar datos, sino también un enfoque de la experimentación que resulta sumamente curioso a todos aquellos que están fuera del entorno de la psicología.

Este enfoque, que fue diseminado por toda la psicología norteamericana, fue articulado por Watson como sigue: “podemos decir que la meta de los estudios psicológicos es asegurarse de los datos y las leyes, de manera que dados determinados estímulos, la psicología pueda predecir cuál será la respuesta, o, de otro lado, dada una respuesta, se pueda determinar la naturaleza del estimulo efector”. La sentencia de Watson no sólo coloca en el centro del quehacer psicológico la predicción y el control en lugar de la comprensión, sino que determina el rumbo de las investigaciones psicológicas hacia un burdo interés en el control de la conducta. Si uno toma a Watson seriamente, uno tendría que preguntar ¿qué pasos habría que seguir para lograr la predicción? Primero, el estímulo mismo y todos sus efectos deben ser puestos de manifiesto. Segundo, todas las causas de la respuesta y cada característica de la respuesta deben estar abiertas a la observación. Tercero, cada grado creciente o decreciente de intensidad del estímulo debe estar reflejado en los correspondientes niveles de la intensidad de la respuesta. Dado el tratamiento de acuerdo a la predicción, se hace inevitable la necesidad no solo de una cuantificación sino de una particular forma de cuantificación. Esta forma de cuantificación, a su vez, controlará tanto el enfoque del experimento, como el rol asignado al experimento en relación con otras formas de obtener datos. 

La concentración exclusiva no solamente sobre la predicción, sino sobre toda la empresa predictiva anunciada, necesitaba una muy clara distinción entre causas (VI) y efectos (VD). La obsesión por la predicción y el control indujo a la necesidad de tener que separar las diversas variables independientes. La variación de cada una de ellas en su momento, y el estudio de sus efectos en variables dependientes aisladas, fue considerado parte necesaria del proceder experimental. 

Debido a que los psicólogos angloamericanos contemporáneos, manejan lo que he llamado el enfoque conductista de la experimentación, como algo natural y como el único enfoque disponible, es vital reconocer que esto fue una construcción cuya historia puede ser rastreada con algún detalle. Andrew Winston ha mostrado que el primer texto formal con este enfoque fue la segunda edición del libro de Robert Sessions Woodworth (1869-1962) “Experimental Psychology” (la primera edición fue publicada en 1938 y la segunda en 1954). Aunque Woodworth no fue un conductista, elevó la experimentación a la más alta posición de la jerarquía entre los dispositivos para obtener datos. Publicó sus tratados de experimentación al mismo tiempo en que el operacionismo (la doctrina según la cual los conceptos debían ser definidos en términos de los procesos por los cuales pueden ser puestos de manifiesto) tenía poseída la imaginación de los psicólogos experimentalistas. Un concepto psicológico fue definido operacionalmente por primera vez en el segundo párrafo de la tesis que Skinner presentó en 1931 para su Ph.D. El estilo de definición operacional de Skinner fue seguido pocos años después por dos artículos muy influyentes del psicólogo de Harvard S. S. Stevens. A continuación, el concepto fue rápidamente incorporado en la psicología norteamericana. 

La propuesta de Woodworth relativa a la experimentación, tal como fue expandida por el conductismo, posee mayores problemas conceptuales para los psicólogos de los que podría tener para los físicos. Aun en el caso de animales muy simples, internamente, factores inobservables controlan la conducta la mayor parte del tiempo. Los psicólogos norteamericanos con el conductismo como vanguardia, eventualmente manejaron este problema planteando la cuestión: “En principio, ¿qué características podrían tener los eventos inobservables si ellos fueran observables?”. Se asumió que los factores inobservables tan sólo actúan entre los estímulos observables y las respuestas observables. Se asumió también que la naturaleza de los eventos internos podían entenderse completamente si se podían tratar cada uno de ellos de manera aislada, en distintos componentes conceptuales, definidos operacionalmente en términos de los procesos requeridos para hacerlos evidentes. 

Los psicólogos contemporáneos que han sido completamente formados en este enfoque de la experimentación, no logran ver las paralizantes limitaciones que este esquema impone a su habilidad para generar y explicar datos psicológicos. Pero sobre todo, destruye el objetivo que la psicología tiene por sí misma, que es la explicación de la conducta. Puedo demostrar lo que quiero decir discutiendo uno de los clásicos paradigmas de la psicología experimental, el condicionamiento pavloviano. Primero, el investigador toma la decisión de limitar sus observaciones a un solo acto (por ejemplo, si el animal experimental son perros, ese acto puede ser la salivación). Segundo, y crucial, la observación es cuantitativa (cantidad de saliva, latencia de la respuesta, amplitud de la respuesta, probabilidad de que la respuesta ocurra, etc.). Tercero, las observaciones se realizan en condiciones estrictamente controladas. La medición de la intensidad de la respuesta es asignada a lo que se llama la variable dependiente, mientras que las condiciones en que se hacen las observaciones se asignan a la variable independiente. En un típico experimento que sigue el modelo pavloviano, un investigador puede suponer que el incremento de la intensidad de la respuesta es una función de los sucesivos ensayos. En diferentes experimentos los animales empleados pueden diferir (perros y conejos), la respuesta puede diferir (salivación a veces, parpadeo de los ojos, en otras), la definición operacional de la fuerza de la respuesta puede diferir (latencia en una, amplitud en la otra), y el rango de los ensayos pueden diferir (algunas respuestas toman más que otras). Pero los investigadores, típicamente encuentran que la intensidad de la respuesta R es una función de E formada por el nivel de la práctica.

Incluso hoy, si uno le pregunta a la mayoría de los psicólogos experimentales que explique el resultado (o sea, que expliquen qué es lo que causa que la curva de respuesta siga un determinado curso de tiempo), ellos contestarán esencialmente describiendo el típico resultado. Dirán que la intensidad de la respuesta crece como consecuencia de la práctica de refuerzo. Bajo este criterio, al refuerzo se le concede un estatus causal. Pero el término “refuerzo”, por lo menos en el experimento, simplemente describe el procedimiento que el experimentador ha seguido. Entonces, la expresión “La intensidad de la respuesta crece como una función del refuerzo” debería ser interpretado como “Cuando un experimentador decide limitar su atención a ciertas respuestas y obtener estas en condiciones totalmente controladas, lo que decide llamar 'intensidad de la respuesta' crece como una función de las condiciones conceptualizadas por el experimentador”. El experimento por sí solo no nos dice nada acerca de la eficacia causal del refuerzo (o sea, qué es lo que hace que sea el refuerzo el que tenga una causalidad efectiva). Sobre todo, no nos dice nada acerca de lo que está ocurriendo dentro del animal en experimentación. 

No estoy diciendo que los psicólogos ignoren las causas, los estados mentales o los procesos cerebrales. En el campo del aprendizaje animal, la gente ha especulado con procesos encubiertos al condicionamiento, desde los días de Pavlov. Tales especulaciones, sin embargo, no emergen solamente de la experimentación. Ciertamente, uno puede idear experimentos para probar algunas deducciones derivadas de alguna teoría, o para falsar otra teoría, pero los experimentos no proporcionan, de primera mano, ningún conocimiento por sí solos. 

El enfoque hacia la experimentación que acabo de describir, está en los límites de lo no científico. A fin de ver porqué, permítasenos considerar una pieza de investigación en el campo de la conducta animal y ver cómo esto contrasta con el enfoque conductista. La explicación de Konrad Lorenz sobre los mecanismos innatos de liberación (MIL) en animales inferiores tuvo su origen en su estudio del mecanismo del rodamiento del huevo en el ganso gris. La conclusión de Lorenz estuvo basada en observaciones cuidadosas, combinadas con una mínima intervención manipulativa experimental. Para mayores datos, su primer paso fue el desarrollo de un modelo en el que pudiera diferenciar entre los MIL propiamente y los reflejos de apoyo, logrando demostrar que el rodamiento de huevos y los reflejos de apoyo eran controlados por dos mecanismos fisiológicos completamente diferentes. Habiendo desarrollado ya su modelo, seleccionó unas especies y un modelo de conducta que le permitiera recolectar los datos necesarios para verificar la certeza de su modelo. Solo después de que determinó la forma real en que el ganso gris rueda sus huevos, Lorenz empezó con sus experimentos. Es fundamental notar que el propósito de su experimento no fue descubrir la naturaleza del rodamiento de los huevos (sus observaciones ya habían hecho esto) sino descubrir el rango de tamaños, textura de la superficie, y formas de los objetos que provocaban la respuesta. El estudio comienza donde él había terminado –con observaciones comparativas posteriores. La función de estas fue explicar el rol adaptativo tanto del rodamiento de huevos como de otras conductas instintivas similares. Aunque sean completamente estereotipadas, ellas son extremadamente adaptativas en los hábitats naturales. 

El contraste entre los enfoques de Lorenz y el de los conductistas, es que después de leer a Lorenz, uno tiene la sensación de saber qué hace un mecanismo innato de liberación (MIL) y cuál es su función adaptativa. Sobre todo, note que Lorenz descubrió que los animales inferiores funcionan como una máquina, de manera estereotipada, pero usando observaciones detalladas, él fue capaz de demostrar por qué, en su hábitat natural, sus conductas parecían buscar un propósito o seguir un control, similar al de los humanos, como el amor maternal. En un típico experimento conductista, la explicación se oculta angustiosamente en las sombras. Además resulta vago, pues la explicación conductista es circular y deductiva. Un sistema de variables operacionales le permite a uno explicar, pero solo si se asume que se está tratando con alguna especie de mecanismo. En muchas áreas de la psicología, es legítimo asumir que uno está tratando con un mecanismo (o con un sistema que puede ser totalmente entendido en términos mecánicos). Por ejemplo las principales investigaciones en el campo de la percepción visual pueden explicar el reconocimiento de patrones y formas de manera muy convincente mediante la simulación por computadoras. Una teoría de nivel muy superior puede entonces, en principio, permitirnos incorporar tales conclusiones en nuestra comprensión general del ser humano. 

Un punto central a ser comprendido es que una buena parte del trabajo en la moderna psicología cognitiva está volcada a la explicación de cómo funciona la mente individual. Siguiendo el análisis del psicólogo Kurt Danziger, podemos decir que la psicología cognitiva está tratando de crear un compromiso entre el paradigma conductista y el preconductista. Danziger asegura que históricamente, la psicología ha consistido en una familia de paradigmas unidos en un sentido puramente nominal. Cada paradigma tiene su propia manera de definir lo que constituye sus datos, de determinar qué métodos deben usarse para recolectar los datos, de definir el rol y la naturaleza de las fuentes de sus datos (esto es, maneras idiosincráticas de tratar la mente, las personas o los sistemas individuales de disposición/acción), de tratar con el rol y la naturaleza de los observadores, y de tratar el problema mente/cuerpo. 

Por los 1930s, impulsados por la impaciencia sobre las cuestiones filosóficas y por sus weltanschauung (cosmovisión) pragmática, los psicólogos norteamericanos crearon lo que Danziger ha llamado el modelo neo-Galtoneano de investigación. En este enfoque, el individuo es tratado meramente como una carreta que contiene una o unas variables de interés, sin asumir nada previamente acerca del modo en que actúan ellas en el individuo. Más aun, el modelo neo-galtoneano exige que uno debe tratar con grupos y no con individuos. La característica más definida del modelo neo-Galtoniano es el empleo de grupos de tratamiento. Los experimentadores manipulan de la misma manera a todos los individuos del grupo, de manera que son los experimentadores, en vez de los individuos seleccionados para el experimento, los que terminan siendo los agentes causales. El problema con el enfoque neo-galtoneano es que este crea una serie de relaciones puramente funcionales en las manipulaciones experimentales y los efectos conductuales. En un modelo neo-galtoneano puro, los hallazgos consistentes con las hipótesis experimentales podrían demostrar apenas que nuestras presunciones eran lógicamente sostenibles, pero no que ellas sean provisionalmente ciertas.

El psicólogo Tim Rogers nos ha mostrado cómo los conductistas rompen el impase para sus colegas. Los primeros tipos de definiciones operacionales propuestas por los psicólogos fueron totalmente consistentes con el modelo neo-galtoneano. Los conceptos psicológicos fueron definidos en términos de las operaciones requeridas para hacer evidente la conducta relevante. Las variables independientes podrían entonces ser definidas en términos de manipulaciones experimentales estandarizadas, y las variables dependientes en términos de las observaciones de la conducta elegida. Skinner inventó un nuevo tipo de operacionalismo mediante el cual un constructo era definido en términos no de las operaciones mediante las cuales este mismo se hace manifiesto sino en términos de las operaciones necesarias para producirlo, con lo cual cambiaba el enfoque, sacándolo de la naturaleza para llevarlo hacia el laboratorio y abandonando la conducta producida naturalmente para ocuparse de una conducta inducida artificialmente. Un buen ejemplo de esta definición operacional es el hambre, típicamente definido en términos de los procedimientos seguidos para reducir el peso corporal de ratas o palomas al 80% de su nivel de alimentación normal. Tan pronto como en 1944, Israel y Goldstein señalaron que Skinner se había apartado significativamente del propósito original y de la naturaleza de las definiciones operacionales. El propósito principal de las definiciones operacionales era inhibir a las personas de engancharse con debates insustanciales acerca de la verdadera esencia de los conceptos que usaban en su trabajo como científicos. Pero definir conceptos tales como átomo, electrón o neutrón, operacionalmente, no releva a los físicos de la obligación de comprender cómo es que tales entidades funcionan en el mundo real. Una serie de explicaciones causales derivadas de los experimentos debían ser confrontadas finalmente con lo que ocurre en el mundo natural. 

Sin embargo, el enfoque de Skinner, “resuelve” el problema de la relación entre la conducta inducida en el laboratorio y el de la vida real mediante la fe. Su forma de operacionismo, el cual podemos llamar “operacionismo productivo”, es más efectivo cuando se aplica a variables intervinientes, tales como el hambre o la sed. Si nosotros los definimos operacionalmente, no necesitamos apelar a estados internos como explicaciones (hambre, por ejemplo, se convierte en lo que el experimentador induce, y no en lo que siente el animal). Por muchos años, la creciente sofisticación y el “éxito” de los procedimientos del conductismo experimental, cegaron a los psicólogos frente a los defectos inherentes en el operacionismo productivo.

Estos defectos emergen especialmente fuertes en el caso de la teoría del mecanismo, la aplicación más fecunda del operacionismo productivo. La teoría del mecanismo asumía que todas las definiciones operacionales respecto del mismo mecanismo eran convergentes. Demasiado pronto para eso porque evidentemente esta creencia era falsa. Así, inducir sed de diferentes modos (privando a los animales de agua, dándoles soluciones salinas o alimentarlos con comida seca, por ejemplo) tenía diferentes efectos en la conducta. Por tanto, los biólogos de animales habían virado hacia el concepto de los estados centrales motivacionales. Los teóricos del mecanismo se limitaron tan solo a estados inducidos en el laboratorio, mientras que los teóricos de los estados centrales motivacionales trataban con estados que ocurrían en la naturaleza o en situaciones experimentales sumamente sencillas. La presunción de la teoría fue simple y, en principio, empíricamente verificable (por ejemplo, que cualquier disposición conductual dada, “captura” temporalmente un sistema completo de respuestas del animal y que cada disposición tiene alguna manifestación de conducta observable y definible). La teoría del estado central de motivación era suficientemente robusta para permitir a los etólogos hacer predicciones muy precisas de la conducta de un rango muy amplio de especies. 

En contraste, la teoría del mecanismo encontraba una serie de fallas muy embarazosas, cuando los experimentadores intentaban emplear procedimientos más complejos que los usados en los laboratorios durante los 1940s y 1950s o para extender sus trabajos más allá de ratas y palomas. Muy frecuentemente, en lugar de motivar a sus individuos a realizar alguna tarea experimental, estos investigadores inducían un recurso instintivo o una conducta paralela. Tales conductas eran luego interpretadas como actividades emergentes inducidas por el estrés. Los mismos teóricos conductistas del aprendizaje animal se hallaban en dificultades debido a la fisura del operacionismo productivo. Para tomar el caso del mecanismo del hambre, en un simple experimento de laboratorio con una variedad de especies usadas, daba la impresión de ser evidentemente cierto que reduciendo la libre alimentación, el peso corporal induciría al hambre y nada más que al hambre. Pero estamos aceptando la validez del recurso conductista solo sobre la base de una premisa antropomórfica oculta, no sobre la base de una validación empírica. El argumento implícito sobre el cual reposa el caso del conductista es “Si yo reduzco el peso corporal o limito la cantidad de comida diaria en un ser humano, estoy induciendo el hambre. Luego he reducido la ingesta de alimentos de mis animales del experimento. Por tanto, he inducido el hambre en mis animales del experimento”. El problema es que a menos que uno haya verificado independientemente que el procedimiento ha inducido internamente el hambre, no se puede asumir que la conclusión sea necesariamente cierta. El procedimiento podría haber inducido otros estados en adición al hambre (como frustración) o la exposición repetitiva ante el mismo procedimiento en determinados animales podría producir tolerancia creciente hacia el hambre. Por supuesto, la validación independiente requerida podría haberse efectuado, pero el conductista no la hacía.

El conductismo ha tenido ciertamente sus éxitos en el campo de la conducta animal. Pero es esencial darse cuenta que en el caso de la técnica conductista paradigmática (condicionamiento operante) tenemos que reconocer, sobre bases no conductistas, que estamos tratando con un sistema controlado por retroalimentación de respuesta. Una vez que este ha sido establecido, un amplio abanico de técnicas conductuales está a disposición del psicólogo fisiológico o del psicofarmacólogo. En cambio, el conductista desligado de la teoría, ha desviado seriamente a los psicólogos animalistas.

En el campo humano, las definiciones operacionales fueron primero aplicadas al concepto de inteligencia, pero su empleo se extendió rápidamente a otras áreas. Como en el caso del trabajo con animales, el propósito manifiesto fue proporcionar a los psicólogos un conjunto de definiciones concordadas para sus conceptos. Como en el caso del campo animal, las definiciones operacionales productivas proliferaron. Constructos como la ansiedad, afecto materno, disonancia cognitiva o satisfacción de necesidades, fueron definidos en términos de las operaciones requeridas para generar muestras de ellos en grupos de sujetos experimentales. Detrás de los propósitos manifiestos, había dos objetivos ocultos. El primero fue un cambio sutil mediante el cual el nuevo “significado científico” del constructo estaba subordinado a los requerimientos del enfoque de tratamiento de grupos. Desde el punto de vista del sentido común, la eficacia causal y la experiencia cualitativa de la ansiedad o la disonancia cognitiva yace con el individuo. Cuando los conceptos son redefinidos en términos de las operaciones experimentales, el locus del control es cambiado del individuo al experimentador. Al mismo tiempo, hay una sobreposición suficiente entre el significado “científico” y el del sentido común como para hacer comprensibles al público los hallazgos de los psicólogos.

El segundo propósito velado fue la introducción de lo que es en efecto la explicación mecánica. Para dar un simple ejemplo, un investigador que define el vínculo maternal operacionalmente (en términos de horas dedicadas por la madre a sus bebes, horas dedicadas a vocalizar a sus bebes, proporción del tiempo dedicado a sonreír a sus bebes, y así sucesivamente), que define operacionalmente el amor del niño y la madre (en términos de números de veces en que emplea un término afectivo, número de veces por sesión de observación en que el niño se acurruca a la madre, etc.) y que encuentra una relación funcional entre las dos variables, normalmente concluirá en que el vínculo, tal como se ha definido operacionalmente, tiene una influencia causal entre el amor madre/niño, tal como ha sido definido operacionalmente. Sosteniendo casi todo ese trabajo en los campos de la personalidad, psicología anormal, social y del desarrollo, es una clara adherencia a una versión del positivismo en el cual la empresa investigativa completa se soporta en la creencia sobre alguna especie de fuerza oculta y desarticulada de carácter mecánico. El vínculo, la sensación de necesidad, las variadas formas de depresión, o las diversas formas de ansiedad supuestamente dirigen a los individuos y los llevan a manifestarse con diversas formas de conducta. Por ejemplo, en los días previos a la proliferación de códigos éticos, los psicólogos tenían a su disposición un juego de técnicas para inducir ansiedad. Se asumía que tales técnicas que producen un efecto experimental, podrían inducir la misma disposición conductual en todos los sujetos del grupo de tratamiento. El simple sentido común podría indicarle al psicólogo experimental que, sin alguna especie de constatación independiente, la conclusión no tendrá ninguna garantía. Un procedimiento dado podría resultar inefectivo para algunos sujetos, inducir a la distracción a otros, hostilidad en otros, y así por el estilo. Muchos psicólogos podrían replicar esta variabilidad entre los sujetos, expresándolo como un error estadístico, mientras que la consistencia entre sujetos podría expresarse propiamente en los efectos del tratamiento. El problema con este argumento es que los efectos del tratamiento en este tipo de trabajos resultan por lo general sumamente pequeños, de manera que en el mejor de los casos, los estados inducidos suman una proporción muy pequeña de la varianza. Más aun, no podemos descontar los efectos de la congruencia, de las influencias percibidas del experimentador.

Aun cuando tales dificultades hayan sido superadas, los experimentos en muchas áreas de la psicología tienen que encontrarse con el lastre señalado por Jan Smedslund, quien ha señalado que la mayoría de las investigaciones en psicología pueden ser interpretadas en términos del lenguaje psicológico del sentido común, y que los psicólogos deberían renunciar a sus explicaciones causales. El argumento de Smedslund tiene una considerable fuerza cuando se le aplica a los “hallazgos” de aquellos trabajos sobre el ser humano. Para regresar a mi ejemplo del vínculo maternal, el simple uso del término “vínculo” automáticamente implica dos o más elementos a ser vinculados. De tal entendimiento, se sigue que este vínculo debe ser recíproco. Si una madre tiene un fuerte vínculo con su bebe y este no ama a su madre en correspondencia, nos preguntaríamos qué aspecto del vínculo maternal induce la reacción adversa del bebe (la madre es muy entregada pero fría, su amor es superficial, etc.). Smedslund argumentaría que en tales casos nosotros basamos nuestras conclusiones primeramente examinando el significado de los términos que empleamos (el sentido de amor superficial, por ejemplo, es que este induce ambivalencia y necesidad de escape en el bebe). Si definimos nuestros términos operacionalmente y establecemos que el amor superficial induce ambivalencia y retracción, entonces Smedslund podría decir que no hemos hecho más que confirmar necesariamente lo que ya ha sido establecido por un análisis semántico del lenguaje en sentido común. 

Dado el problema lógico inherente al uso de las definiciones productivas operacionales, podemos preguntar por qué su uso llega a ser tan amplio, no solo en la psicología sino como parte integral de las investigaciones empíricas de la disciplina. La respuesta engaña, creo yo, desde el inicio de la práctica investigativa en los EEUU durante las primeras dos décadas del siglo XX. Los psicólogos fueron exigidos a probar su utilidad en el campo de la medición mental. La primera dificultad fue que la naturaleza de los factores causales, especialmente de la inteligencia, era totalmente desconocida. La solución para esta dificultad fue inventar una serie de definiciones operacionales sumamente burdas. La otra dificultad fue que el estudio cercano de individuos, en investigaciones rigurosamente controladas, no les permitía a los psicólogos americanos cumplir las obligaciones que le imponían la sociedad en general y la industria en particular. La solución fue, una vez más, conceptual. Los psicólogos americanos fabricaron el método de investigación neo-galtoniano, cuyo concepto fundamental fue el tratamiento grupal. En el enfoque neo-galtoneano, el individuo se convierte en un recipiente de variables independientes, cada uno de los cuales pueden ser manipulados aisladamente de las demás. El control, como ya he dicho, fue removido del individuo y trasladado al experimentador. Este, a su vez, se convierte en manipulador debido a la ecuación de la ciencia con tecnología, dentro y fuera de la psicología en la época, se asumió que el conocimiento se derivaba de la acción en vez de la reflexión o el razonamiento, y que tan sólo aquellas manipulaciones que tuvieran alguna relevancia en el empleo social serían consideradas importantes. Durante el resto del siglo, los psicólogos inventaron técnicas de manipulación más y más precisas y más y más sofisticadas, con técnicas estadísticas muy refinadas, especialmente las variadas formas de análisis de varianza y las diversas formas de análisis de factores que tuvieron a su disposición; y entonces estuvieron aptos para proponer sus teorías y discutir sus hallazgos empíricos en el lenguaje del positivismo lógico. Pero yo percibo siempre una angustia, expresada usualmente en una inmoderada forma de alocuciones defensivas acerca de toda esta empresa. 

El conductismo descrito arriba fue el producto del contexto social e institucional en el que se desarrolló la psicología norteamericana. Mi análisis de él empieza en el capítulo 1 con una breve revisión del movimiento por el Progreso, concentrado en su simbiótica relación entre el progresivismo y la ciencia social naciente. Ambos, el progresivismo y los científicos sociales creían que la ciencia debería servir al bien de la sociedad, donde el bien era definido en términos del confort material y el éxito. Ambos grupos también creían que era posible desarrollar tecnologías sociales para modelar al ser humano de manera que pueda servir a los fines de la sociedad, tal como lo definían las élites con acceso al conocimiento de los propósitos finales de la sociedad. Tales propósitos fueron definidos en términos de una conceptualmente incoherente pero ideológicamente unificada y poderosa serie de doctrinas que fueron llamadas “evolucionismo naturalista”. Inicialmente los intelectuales norteamericanos fueron lamarckianos, pero esto fue lentamente reemplazado por una particular versión de neodarwinismo en el cual, el lenguaje darwiniano y sus conceptos, fueron transformados hacia una continuación y una implícita retención de las nociones lamarckianas. Una teoría funcional del causalismo y una atomización de la persona fueron características de las ciencias sociales norteamericanas en este período de formación. Luego, la ciencia social emergente en Norteamérica, fue una derivación intelectual del progresivismo.