Hace un siglo algunos pensadores optimistas anunciaban que la cultura humana daría un tremendo salto cualitativo al ingresar a los dominios de la razón gracias a la ciencia. La impresión surgía fundada en los espectaculares logros científicos de las últimas décadas. Se había logrado entender el principio de la evolución de las especies y empezaba a revelarse la intimidad de la materia. A esto se sumó la nueva imagen del cosmos ofrecida por la teoría de la relatividad, entre otros muchos avances sorprendentes. Había una especie de furor científico que daría paso a las tremendas innovaciones tecnológicas y médicas que aparecieron de inmediato. La ciencia había pues probado con suficiencia la verdad de su saber y el valor de sus principios cognoscitivos fundados en la razón.
Un siglo después podríamos decir que toda esa esperanza de una civilización más avanzada, fundada en el saber científico, la razón y el conocimiento comprobado, fueron solo vanas ilusiones. No hay nada parecido a una sociedad racional. La humanidad sigue en el mismo grado de irracionalidad y estupidez, y quizá incluso peor, pues hoy han aparecido pseudociencias intentando nuevas explicaciones fundadas en creencias que manejan conceptos curiosos de "energía" y espiritualidad. En la actualidad la ciencia no solo debe ocuparse de ampliar el conocimiento sino que además necesita defenderse del ataque virulento de los creyentes, y denunciar los embustes de las pseudociencias.
¿Qué ha ocurrido para que la ciencia, lejos de regir la vida de la sociedad, esté rodeada de peligros y acechada por los enemigos de la razón? Hay varios factores que contribuyen a esta situación. La primera fue quizá el surgimiento del posmodernismo como un movimiento social de desencanto frente a un mundo basado en el progreso material, sin repercusiones en la estructura humana; pero también a causa de una ciencia que cada vez se volvía más abstrusa para el ciudadano corriente. ¿Cuántos entienden la teoría de la relatividad o la mecánica cuántica? Sería más sensato preguntar ¿cuántos se han interesado por conocerlas? ¿Cuántos han logrado entender el mecanismo de la evolución juntando los saberes dispersos de la biología, paleontología, genética, antropología, etc.? Y... ¿cuántos están dispuestos a dudar de su más preciada posesión mental: Dios? Por desgracia, el adoctrinamiento religioso siempre llega primero. La religión se asegura de contaminar las mentes antes de que estas empiecen a funcionar.
A lo anterior debemos agregar la crisis de la educación que, al caer en manos de la burocracia estatal, acabó convertida en un burdo afán de divulgación de saberes seleccionados, envasados y congelados que se ofrecían descontextualizados, sin ningún sentido del valor de la educación como experiencia humana comunicante, en una tarea suprema de formación de personas por la vía de la experiencia y el descubrimiento. Para colmo, la educación superior se ha convertido en un mercado persa de títulos rápidos y carreras de oficio con máscara de ciencias. Incluso es triste comprobar el pobre nivel de conocimiento científico que se tiene en el posgrado. Apenas hallamos personas enteradas de lo que es la ciencia y lo que dicen algunas teorías y autores, pero hay una gran ignorancia filosófica respecto del sentido final de la ciencia como visión del universo, además de grandes dosis de ingenuidad y simplicidad en los diseños metodológicos a causa de las limitaciones epistémicas. La gran mayoría de nuestros académicos todavía se maneja con principios científicos del siglo XIX.
No es pues fácil el panorama para la ciencia y menos para la racionalidad de la sociedad. Peor aun si consideramos la emergencia descontrolada de creencias de todo tipo. Algunos sectores religiosos se han convertido en enemigos declarados de la ciencia, y en especial de la evolución de las especies y del origen del universo. Si bien en los sectores más sensatos del catolicismo hay apertura y diálogo con la ciencia, sin negar la evolución, en cambio han aparecido diversas sectas fanáticas que se ocupan del desprestigio de la ciencia. En los EEUU intentaron evitar que la evolución se enseñe en las escuelas y, al no lograrlo, inventaron una teoría seudocientífica llamada "teoría general de la evolución condicionada de la vida", conocida como "creacionismo", pretendiendo que sea enseñada en las escuelas como una "teoría alternativa". Pero fue rechazada por los tribunales al quedar en evidencia su trasfondo religioso. Esto no ha impedido que sigan divulgando su pseudociencia.
Pese al siglo y medio que tiene de enunciada la teoría evolutiva, y pese a estar plenamente confirmada, al punto que toda la biología moderna gira en torno a la evolución, sigue siendo la teoría más atacada por los creyentes. Un estudio de Gallup en el 2009 reveló que solo el 39% de los norteamericanos cree en la Teoría de la Evolución. En otro estudio se halló que el 38% cree que la Biblia es la verdad textual, palabra por palabra. Preguntados respecto al origen de los seres humanos, se halló que un 47% de las personas creía que Dios había creado al hombre tal como se le ve hoy, mientras que otro 36% creía que Dios había dirigido el proceso evolutivo. Solo un 12% pensaba que el hombre había evolucionado sin la intervención de Dios. Ignoro cuál es la situación en el Perú pero presiento que es mucho peor dado que la evolución ni siquiera se enseña. En mi experiencia, debo confesar que tropezamos con grandes obstáculos para enseñar evolución.
Hoy vivimos en una sociedad que no solo permanece en el mismo estado de ignorancia científica que hace dos siglos, sino que se ha sumergido en un mar de creencias religiosas y supersticiones mágicas y místicas, como no se había visto jamás. Sorprende leer y oír los disparates que se afirman en los medios y en las redes en nombre de la ciencia. Hoy cualquier cosa es una ciencia. He visto una maestría en "ciencia de la cocina" y clases en "ciencia de la Biblia". Estamos rodeados de chamanes, gurús de la espiritualidad, adivinos, mentalistas, parasicólogos, lineas cósmicas, horóscopos, tarot, talismanes y rituales para la buena vibra y las energías positivas, fetiches religiosos y místicos, etc. A esto hay que sumarle la tarea de confusión que realizan los creyentes, predicando en contra de la ciencia, e improvisando burdas explicaciones seudocientíficas bajo una lógica infantil pero suficiente para el grado de ignorancia general y de irracionalidad predominante.
No parece pues que todo el gran avance que la humanidad logró gracias a la ciencia en el último siglo y medio haya servido para mucho. La sociedad no ha mejorado nada. Los productos tecnológicos actuales se orientan más al consumo fútil, al ocio y al desperdicio de tiempo. La razón y el conocimiento siguen siendo dejados de lado para preferir anacrónicas creencias que tuvieron su origen en las cavernas y en el temor de los seres primitivos. De hecho, todo esto es una prueba más de que el ser humano sigue siendo tan primitivo como lo fue antes de conseguir un cerebro extraordinario.
