jueves, 14 de junio de 2012

La existencia de Dios desde la perspectiva psicológica


En revisión...

Introducción

Dios o algo por el estilo parece haber sido el tema central en todas las culturas y épocas de la historia, y es este sin duda el rasgo más distintivo de la humanidad. Una gran parte de la actividad intelectual del ser humano se ha orientado a esclarecer sus nociones de un dios y su relación con él, así como tratar de adivinar su voluntad, descubrir las mejores formas de servirlo y adorarlo, además de confiar en recibir su auxilio. Pero no solo actividad intelectual, muchas culturas han consumido ingentes recursos, mano de obra y vidas de generaciones enteras en la construcción de estatuas a sus dioses, templos y santuarios dedicados a su glorificación y alabanza. Y hasta podríamos aseverar que muchas culturas no hacían nada más que eso. Toda la actividad humana se realizaba sobre la confianza absoluta en la existencia de dioses, de una existencia espiritual y de un "más allá". Ideas que han sido parte del imaginario colectivo en casi todas las culturas con diversas variantes. De tal modo, a lo largo de la historia se fueron elaborando innumerables mitos, creencias y tradiciones alrededor de tales ideas, que por mucho tiempo sirvieron como una explicación improvisada y conveniente del origen y destino de la humanidad. Aunque diversos filósofos griegos de la época dorada ya afirmaban categóricamente que los dioses no eran más que invenciones humanas, desde el inicio de la Era Cristiana y la predominancia de la actual cultural occidental judeocristiana, hemos pasado los últimos dos mil años bajo el imperio absoluto del pensamiento religioso, sometidos a rituales y costumbres sociales que se aseguran de encausar la vida y el pensamiento de las personas en una misma dirección teísta, sin escapatoria ni alternativa. Aunque la noción del dios cristiano ha ido cambiando, hoy esta sigue siendo la de un ser superior que definitivamente existe en algún lugar, presumiblemente en algo llamado "cielo". Fue solo a partir de finales del siglo XIX y principios del XX cuando en nuestra cultura empezó a surgir una duda pública sobre su existencia, la cual podríamos atribuir a nuevas expresiones filosóficas como el nihilismo, pero se debió sobre todo a la consagración de la ciencia como la fuente verdadera del conocimiento real, y a la información que nos empezó a proporcionar sobre la realidad. Por ejemplo, descubrimos que no hay nada en el cielo y que el universo entero es un caos de galaxias, cuerpos celestes y otros elementos y fenómenos diversos. Cuando el primer hombre que fue al espacio, Yuri Gagarin, volvió a Tierra, una de las primeras preguntas que le hicieron fue: "¿vio a Dios?". La respuesta simple de Yuri fue "no". Pero esto no desanimó a los creyentes.

Antes de la aparición de la ciencia la discusión sobre "dios" se centraba en cuestiones como las formas que posee, la manera en que expresa su voluntad, los modos de comunicarse con los hombres, la esencia de su mensaje, las posibilidades humanas de acercarse a él y conocerlo, etc. Es decir, el tratamiento del tema "dios" se daba, como hemos dicho, sobre la certeza absoluta de su existencia. En los tiempos actuales esto ha cambiado en un sentido radical: hoy se discute la existencia de dios, y ya no es tan raro encontrar agnósticos y ateos, incluyendo activistas del ateismo, además de respetables autores y solventes organizaciones entregadas a la tarea de desterrar las creencias religiosas concebidas como un lastre para el avance del pensamiento humano. Tal situación ha llevado a que los creyentes centren su debate en defender la existencia de su dios y en atacar el ateismo. Pero este inusual enfrentamiento que se inició con la aparición de la ciencia moderna, ha sido reforzado por varios otros hechos vinculados a la actividad religiosa, como el papel negativo que han jugado ciertas confesiones religiosas en nuestra sociedad, las masacres entre pueblos de credos distintos, y en especial el enfrentamiento del Islam con Occidente y los EEUU, llegando a la insanía del 11/09 como parte de una guerra santa y purificadora. Seguramente también han ayudado a su desprestigio los escándalos que han sacudido a varias iglesias por corrupción sexual y fraude económico, lo que ha sido una constante en los últimos años, y en especial la crisis de la Iglesia Católica con los numerosos casos de pedofilia reportados, el apoyo de sacerdotes católicos al comunismo, y los oscuros intereses económicos y políticos que se juegan al interior del Vaticano, cuyos rumores han trascendido el tradicional hermetismo de sus fronteras. En otras palabras, las cuestiones en torno a la religión han dejado de ser temas sagrados. El mismo asunto de "dios" ha pasado a ser un tema mundano que se oye cada vez más en la discusión cotidiana. Lo curioso es que la crisis de las religiones ha generado dos fenómenos: por un lado la aparición de más iglesias que surgen como nuevas alternativas, y por otro, el aislamiento de muchas personas que han preferido refugiarse en su propio teismo, creyendo en una versión personal de dios.

Recordemos además que en el enfrentamiento sostenido entre la ciencia y la religión, han ocurrido hechos que motivaron la vergüenza de la Iglesia Católica, habiendo tenido esta que disculparse por sus actitudes en contra de la ciencia y los científicos. La relación entre la ciencia y la Iglesia ha mejorado pero mantienen sus posiciones divergentes en cuanto a la existencia de un dios y el origen del universo. Este debate giró primero en torno a la ciencia naturalista y últimamente alrededor de la física teórica. Es decir, si antes nos aseguraban que dios estaba en el cielo, hoy nos aseguran que se encuentra en otra dimensión de la realidad, inaccesible a nuestros sentidos. En el campo del conocimiento de la causa de los fenómenos naturales, la ciencia ha ido arrinconando a la religión hasta un punto en que solo falta un golpe final para derribarla, pero aún cuando este golpe sea un hecho, es muy difícil que la religión caiga derrotada por dos razones básicas: primero porque este debate de ideas se da a niveles muy elevados y alejados de las masas creyentes; segundo, porque las masas necesitan de la religión. En lo que sigue, trataremos de describir el escenario de esta discusión para luego ingresar a mencionar el papel que puede jugar la psicología dentro de ella. Es nuestro deseo que el presente documento tenga un carácter divulgativo y haremos un esfuerzo para eludir los aspectos más especializados, esforzándonos por abordar el problema de una manera general y simple. Cada vez que hablemos de cultura o humanidad nos estaremos refiriendo básicamente a nuestra cultura occidental judeocristiana, a menos que hagamos la distinción. 


Una revisión al estado de la cuestión entre ciencia y religión

Vivimos inmersos en una cultura que tiene dos mil años. Nos referimos obviamente a nuestra actual cultura occidental judeocristiana. Hubo otras antes que esta y también hay otras en el mundo ahora mismo. ¿Pero qué es una cultura? Empecemos por allí. Toda cultura está hecha de un conjunto de ideas y creencias que sirven como un banco de información para que la sociedad pueda entender el mundo en que se desenvuelve, y es además una red social unida mediante el idioma a través de conceptos y narraciones; y por último es también un conjunto de conductas comunes como rituales, costumbres y tradiciones, materializada además en obras físicas tangibles. Una de las principales funciones de la cultura es permitir la coherencia racional de los individuos dentro de una sociedad, empezando por una misma interpretación de la realidad y un sentido básico y homogéneo del mundo. Por ello una cultura es fundamentalmente un conjunto de ideas base que se transmiten de generación en generación mediante el lenguaje y la experiencia, y transformándose en ese proceso para adaptarse a los cambios que imponen los tiempos. Tales transformaciones tienen que ver, por ejemplo, con cambios en el significado de las palabras o el abandono de algunas junto con la adopción de otras, lo que además implica nuevas interpretaciones de los escritos antiguos. Hay que notar que cuando decimos "ideas" nos estamos refiriendo tanto a información como a las formas lógicas en que se procesa la información. En otras palabras, no solo a las cosas en tanto imágenes sino a la forma de entender las cosas. En nuestra cultura occidental judeocristiana las ideas giraron durante la mayor parte del tiempo alrededor de una sola imagen central: Dios. El instrumento que preservó la lógica del razonamiento cultural fue la Biblia y es por tanto el documento pilar de nuestra cultura. Durante muchos siglos no hubo más ideas que las expresadas en la Biblia y el pensamiento occidental se edificó sobre tales estructuras ideológicas. Es decir, las mentes se formaron en esos moldes religiosos. Esto es importante entenderlo: la cultura formaba y aun sigue formando sujetos religiosos. Así como una persona aprende a emplear el lenguaje de su cultura, por asimilación, igualmente su mente se construye mediante la lógica del pensamiento religioso prevaleciente. Todo sujeto que nace en una cultura religiosa ya está condenada a ser un sujeto religioso.


Sin embargo, la lenta aparición de la ciencia empezó a sacudir las sólidas creencias religiosas arraigadas firmemente en las mentes de las personas durante casi dos mil años. ¿Por qué? En principio porque la ciencia fue el inicio de la aventura humana por el conocimiento. Antes de la ciencia solo había un cúmulo de creencias respecto al mundo que nos rodea y a nuestro origen y destino, tomadas básicamente de la Biblia  que era considerada la "verdad revelada" y la "palabra de Dios", aunque ella estuviera siempre a merced de las interpretaciones humanas. Las personas se limitaban a aceptar las ideas que recibían, así como a la Iglesia como la autoridad en materia de saber. Incluso toda la actividad académica se orientaba al estudio de Dios y el mundo espiritual, además, obviamente, del estudio de la Biblia. La aparición de la ciencia cambió levemente este panorama cultural. El inicio de este cambio puede atribuírsele a René Descartes, no porque nos diera el saber científico sino porque fue el primero en darnos una nueva forma de pensar y de buscar explicación partiendo de la duda como método. De hecho Descartes se equivocó en casi todo lo que intentó explicar; pero su valor reside en dos puntos: a) hizo del interés por el mundo real y natural una actitud legítima, colocando la curiosidad por la naturaleza en un lugar de respeto, al mismo nivel que el interés por Dios; y b) nos dio los ánimos para intentar buscar otro tipo de explicaciones sobre el mundo a partir de la duda y la reflexión. Así fue como surgió el impulso para el saber científico, en especial para lo que luego llamaríamos "ciencia natural", pues las ciencias abstractas o exactas ya habían sido desarrolladas desde tiempos muy remotos; pero las ciencias naturales, es decir, aquellas que nos explican el mundo, se abren paso lentamente a partir del siglo XVI.

Debemos advertir que la ciencia no nació con el afán de combatir la fe. Sin embargo tuvo que enfrentarse a la Iglesia desde el principio para conseguir el saber, pues incluso la tarea de investigar resultaba sospechosa. Por ejemplo, abrir el cuerpo de un cadáver era considerado una herejía. La ciencia nunca tuvo pues como propósito enfrentarse a la Iglesia sino simplemente conocer. El interés por el conocimiento fue algo que empezó a crecer durante esa época que hoy se conoce como Renacimiento y que significó el reemplazo del teocentrismo por el antropocentrismo, es decir, abandonar la concentración absoluta del interés en Dios y el mundo espiritual para interesarse por el mundo real que nos rodea y por el propio hombre. Esto parece el inicio de una revolución, pero no fue tal. Y hasta podemos afirmar que nunca hubo ninguna revolución, pues hasta hoy persiste una predominancia general del interés por Dios y el mundo sobrenatural y espiritual, como la característica fundamental de nuestra cultura. En otras palabras, la nuestra sigue siendo una cultura teocéntrica en mayor grado. La ciencia nunca pudo suplantar la fe ni las creencias religiosas, ni ha logrado cambiar en la mente de las personas el sentido general del mundo ni las explicaciones básicas de la vida. La razón es que la ciencia nunca alcanzó el grado de pensamiento social o de estructura lógica cultural. Es decir, la ciencia nunca suplantó al pensamiento religioso como el sustento del discurrir lógico de la humanidad. Hay muchas razones para esto. La más simple de todas es que alcanzar el pensamiento científico es mucho más costoso en términos de energía. Al cerebro en realidad no le interesa la verdad, lo único que le hace falta para funcionar es una estructura lógica eficiente. Y el pensamiento religioso es muy eficiente y muy barato. Las explicaciones religiosas son muy fáciles de entender y además resultan gratificantes. ¿Para qué más? 

Lo que llamamos ostentosamente "revolución científica" nunca fue una revolución que llegara a cambiar el pensamiento de la gente. Apenas fue una revolución para los hechos cotidianos debido a que aparecieron algunas cosas que aportaron grandes beneficios a la existencia humana, como la electricidad, la radio, las medicinas, etc. Pero esto nunca significó un cambio sustancial en la forma de pensar de la sociedad. Apenas incorporaron a la ciencia como un nuevo valor, pero no como una nueva forma de pensar sobre el mundo. Se idealizaron algunos conocimientos aportados por la ciencia en la medida en que resultaban útiles para la vida práctica, pero la gran mayoría de los conocimientos científicos siguen siendo ignorados. Solo algunos pocos elegidos arbitrariamente se enseñan de memoria en las escuelas y universidades. Incluso el afamado "método científico" es idolatrado pero se le ha reducido a un mero proceso estadístico que se enseña y se emplea de forma rutinaria y mecánica sin relación alguna con el sentido final de un pensamiento científico. Tanto así que cualquier fanático de la fe lo puede usar sin inconvenientes. En realidad se olvida que el verdadero método científico se encuentra en la mente de las personas con su actitud, interés y creatividad para investigar y hallar respuestas frente a la realidad que nos rodea. De modo pues que la aparición de la ciencia no ha producido un cambio sustancial en la mentalidad de la gente y en su forma de pensar y de asumir la realidad, ni siquiera en el entorno académico. Pese a los grandes avances en el conocimiento científico hoy las sociedades enfrentan una crisis generalizada en la educación, debido precisamente a que se idolatraron algunos esquemas y se implementaron con rigidez y apresuramiento confiados en que bastaba seguir el método y memorizar el saber. 

Dejemos pues en claro que la ciencia no surgió con el propósito de suplantar la fe ni combatir a la Iglesia y que tampoco significó un cambio sustancial en el modo de pensar de la gente. Muy por el contrario, la ciencia fue edificada siguiendo el formato lógico de la religión predominante en la cultura, y se bifurca luego como una nueva opción del saber a cargo de gente sumamente creyente. Newton, por ejemplo, creía haber descubierto las leyes con que Dios había organizado el Universo. Prácticamente todos los científicos y filósofos de los primeros siglos de la "era científica" fueron creyentes y practicantes de la fe, pero con una curiosidad especial que no los obligaba a renegar de su fe como un requisito para obtener conocimiento. Veamos el caso de Gregor Mendel, un monje que experimentó con guisantes hasta sentar las bases de la genética, y nunca necesitó abandonar su fe para hacerlo. Esto permite a los creyentes usar como contra-argumento la frase "hay muchos científicos que creen en Dios" cuando confrontamos sus creencias mediante la ciencia. Es cierto. Hay muchos científicos que creen en Dios. ¿Y eso qué prueba? Que no hace falta renegar de la fe para obtener conocimientos científicos ya que una gran parte de ellos se focaliza en entornos muy concretos. Se pueden obtener grandes conocimientos científicos sobre un escenario específico sin abandonar la fe. La gran mayoría de conocimientos científicos no colisionan con la fe. El conocimiento de las matemáticas o del átomo y las moléculas pueden convivir perfectamente con la fe. Las ecuaciones se resuelven igual sin importar en qué clase de dios se cree. Solo hay determinados escenarios que resultan especialmente conflictivos con la fe. Y de esto es que hablaremos ahora.

Inadvertidamente y sin ninguna intención especial el conocimiento científico terminó desvirtuando algunas creencias religiosas fundamentales. El primero de ellos fue que la Tierra no era el centro del Universo. Cuestión que le valió un juicio a Galileo. Más tarde llegaríamos a comprender que el ser humano es apenas una especie más en un mundo perdido en un rincón del universo, y que no hay nada que nos lleve a pensar que se trata de una criatura privilegiada. No tenemos evidencia alguna de que exista una intención manifiesta para la existencia de vida humana. No hay por qué creer en esto, aunque se haya repetido por siglos. Y he aquí otro punto de colisión con la fe. La ciencia solo nos proporciona conocimientos sobre datos fríos. El saber nos permite ampliar nuestra comprensión y mejorar la calidad de nuestro razonamiento. En cambio las creencias no nos permiten nada de esto. Hasta la aparición de la ciencia todo el conocimiento se limitaba a un saber rudimentario y cotidiano sobre la vida misma, mientras que las grandes explicaciones sobre el mundo estaban reducidas a meras creencias aportadas por la religión. El conocimiento real fue descartando una gran variedad de creencias, mitos y dioses sin ningún tipo de conflicto. Pero aparentemente existen algunas creencias específicas que resultan fundamentales para la racionalidad cultural y que son más difíciles de reemplazar. No significa que no tengamos el conocimiento cabal sino que hay allí un nervio sensible que perturba el esquema mental de la gente. Muy en especial está la gran interrogante que todos plantean a coro: ¿quién hizo el mundo? Una pregunta que para la ciencia carece de sentido, pero que para la racionalidad cultural religiosa es fundamental. Ya tenemos teorías bastante sólidas sobre el inicio de este universo que conocemos, pero en tanto no hayamos alcanzado explicaciones totales y alberguemos una duda, aunque sea mínima, parece que se mantendrá viva la creencia en un Dios como la explicación final y total que remedia toda nuestra ignorancia y aplaca nuestras inquietudes humanas. 

No deja de causar pues cierta inquietud el hecho de que la sociedad disfrute de los beneficios que ha proporcionado la ciencia, elevando el nivel de vida de la humanidad muy por encima de los estándares que predominaron en los siglos y milenios previos, y sin embargo exista una intransigente oposición final a ella en determinados temas. Algunos conocimientos científicos son rechazados, por increíble que parezca. ¿No es esto curioso? Quiere esto decir que la gente respeta a la ciencia y emplea sus logros pero la rechaza cuando contradice sus creencias religiosas. ¿Tiene esto sentido? Por otro lado, a menudo hallamos personas formadas en un campo específico de la ciencia que admiten el valor de la ciencia pero reservan sus creencias religiosas colocándolas a buen recaudo, fuera del alcance de toda duda científica. Esto prueba, una vez más, que es posible acumular conocimientos científicos sin necesidad de alcanzar un pensamiento científico. Es obvio que la formación en un campo específico de la ciencia no implica alcanzar un pensamiento científico que es una categoría más bien filosófica, o sea, un salto cualitativo que significa transformación de las estructuras de racionalidad cultural heredadas y no una mera acumulación de saber sobre un tema concreto.

Aunque muchos de los conocimientos científicos han logrado plena aceptación social y cultural, como por ejemplo el sistema heliocéntrico, nada incomodó más a la Iglesia que la aparición de la teoría de la evolución formulada por Darwin en 1859. Hasta cierto punto se hace difícil entender por qué esta teoría en particular le resulta a la religión y a la sociedad más perturbadora que ninguna otra, siendo que no es la única teoría científica que discrepa con la Biblia. El rechazo religioso a la Teoría de la Evolución se ha mantenido incluso luego de que la jerarquía eclesiástica de la Iglesia Católica reconociera su validez mediante papas como Pio XII y Juan Pablo II. Sin embargo, todavía existe un amplio y activo segmento del cristianismo que rechaza la evolución y hasta la combate. Esta es una de las teorías de la ciencia que no ha logrado la aceptación social, pese a estar más que comprobada. Han aparecido curiosas resistencias frente a la evolución que van desde la negación absoluta, hasta nuevas teorías de evolución dirigida por una voluntad divina, y que incluso han pretendido enmascararse como ciencia. En verdad sería mucho más fácil negar la teoría heliocéntrica puesto que para nadie es evidente que la Tierra esté girando alrededor del Sol. Ni siquiera los satélites han podido filmar este acontecimiento. No obstante, nadie niega la teoría heliocéntrica. Todo el enfrentamiento religioso contra la ciencia se reduce hoy a la teoría de la evolución. ¿Por qué? Claro que uno podría admitir que a nadie le interesa finalmente qué astro esté girando alrededor de cuál, mientras los días sigan viniendo iguales. Pero entonces ¿qué es lo que les importa y les perturba de la evolución?

No vale la pena ciertamente entrar en el detalle de los cuestionamientos que se plantean a la Teoría de la Evolución desde las orillas de la religión. Todas ellas, sin excepción, derivan de un absoluto desconocimiento de la teoría darwiniana, y aun de otras que la han complementado y confirmado desde diferentes áreas. Hay incluso cuestionamientos que rozan la ingenuidad, como cuando se afirma que no se observa que la evolución esté ocurriendo ahora. Tampoco se observa que la Tierra esté girando alrededor del sol pero nadie ha cuestionado la teoría heliocéntrica. Incluso se ha aceptado la increíble tesis de que los protones están juntos aún cuando poseen la misma carga eléctrica y, por tanto, como todos saben y les consta, deberían repelerse. Nadie ha cuestionado tampoco las extravagantes ideas que contiene la Teoría de la Relatividad, pese a que algunas resultan imposibles de verificar. En suma, muchas teorías increíbles han sido admitidas sin oposición alguna, pero no ocurre igual con la Teoría Evolutiva. ¿Qué tiene pues esta teoría que perturba tanto a los creyentes?

Pese al siglo y medio que tiene de enunciada la teoría evolutiva, y a la plenitud de su validez científica, al punto que toda la biología moderna gira en torno a ella, esta teoría sigue siendo la más cuestionada por los creyentes. Es un hecho que no deja de resultar paradójico y perturbador. Un estudio de Gallup en el 2009 reveló que solo el 39% de los norteamericanos cree en la Teoría de la Evolución. En otro estudio, Gallup encontró que el 31% cree que la Biblia es la verdad textual, palabra por palabra, mientras que un 47% cree que fue inspirada por Dios. Otro estudio respecto al origen de los seres humanos, revela que un sorprendente 46% cree que Dios creó al hombre tal como se le ve hoy, mientras que otro 32% cree que Dios ha dirigido el proceso evolutivo. Apenas el 15% piensa que el hombre ha evolucionado sin la intervención de un Dios. Estimo que en otros lugares los resultados deben ser más preocupantes aún debido a que la evolución no es parte de la enseñanza regular, mientras que las enseñanzas bíblicas siguen siendo constantes desde la infancia. En mi trabajo como docente de la Facultad de Medicina he hallado grandes reticencias en los estudiantes para admitir la evolución, especialmente en ciudades del norte peruano, donde el fervor religioso, pero también el mágico y místico son muy extendidos. Tengo la impresión de que una gran parte de los estudiantes de medicina acaba la carrera convencida de que la teoría de la evolución es falsa. ¿Qué tiene pues de particular esta teoría que provoca tantas resistencias en las personas? Sin duda, este es un hecho que merece la pena de ser analizado.

Las cifras expuestas seguramente causarían un gran pesar en Charles Darwin a siglo y medio de publicada su teoría. Tampoco él postuló su teoría con el interés de oponerse a la fe. Más aún, cuando empezó su trabajo de investigación  no tenía ninguna idea de lo que resultaría. Simplemente se dedicó a coleccionar piezas durante años hasta que un día se percató de que tales piezas eran como las de un gran rompecabezas, y que si eran colocadas en un orden adecuado nos daban un paisaje sorprendente: las especies parecían tener todas algún parentesco. Un análisis más profundo revelaba que las especies se bifurcan logrando alguna especialización que finalmente las diferenciaba de sus antecesores. Esto era más que evidente para muchos investigadores. Pero hacía falta encontrar el mecanismo. ¿Cómo podía ocurrir eso? Luego de mucho pensar Darwin encontró la solución. La llamó "selección natural". En realidad es un mecanismo bastante simple. Tan simple que hasta podríamos sentirnos un poco defraudados, pues tratándose de algo tan importante uno esperaría que la explicación científica fuese mucho más compleja y misteriosa. Pero no lo es. La cuestión radica en que cada generación sufre ciertas modificaciones con respecto a sus ancestros. Si estas funcionan bien en el individuo, ya sea para moverse más rápido, huir o alcanzar a su presa, para picotear mejor los alimentos de que dispone en su hábitat, etc, entonces será beneficiada y sobrevivirá. Y si no, pues morirá. Así de simple. Los que sobreviven obviamente se reproducen y transmiten esas variaciones favorables a su descendencia y el ciclo volverá a empezar. Con el tiempo -es decir, millones de años- tales variaciones conducen a la infinita variedad de especies existentes, cada una de las cuales se halla perfectamente adaptada a su nicho ecológico, pero sigue manteniendo estructuras biológicas esenciales muy idénticas a sus ancestros. Por ejemplo, una gran cantidad de especies conocidas como cordados mantienen una cuerda dorsal que en algunos se convierte en columna vertebral. Hay evidencias de cordados desde hace más de 500 millones de años. Como vemos, la explicación de la evolución de las especies es sumamente sencilla y muy fácil de comprobar, lo cual hace sorprendente la tremenda oposición y rechazo que recibe. No se trata pues solo de falta de información o de pruebas. Hay algo más en esta oposición. 

La ciencia moderna ha permitido validar la teoría de Darwin por distintos caminos. Por ejemplo mediante análisis de ADN que no dejan duda alguna. Muchas especies aún conservan huellas de sus estadios anteriores, como la ballena que todavía muestra en su esqueleto rastros de sus patas. Pero no hace falta buscar huellas en otras especies. El propio ser humano está repleto de evidencias de su pasado que hoy se conocen con el nombre de "órganos vestigiales", que alguna vez fueron órganos pero que hoy no solo no nos sirven para nada sino que molestan y hasta suelen ser una amenaza para la vida. Por ejemplo las uñas ya no nos son necesarias pero están allí. Las orejas aún mantienen músculos para moverse pero son muy pocos los que logran activarlas, aunque carece de sentido hacerlo. Tenemos además el famoso apéndice, un órgano en extinción que suele ser mortal cuando se inflama. Y muchos recordarán las odiadas muelas del juicio, que todavía nos salen cuando ya no hacen falta. Además quedan unas costillas flotantes que revelan la existencia de algunas que fueron reduciéndose. También está el coxis como residuo final de una cola primigenia. En fin, estamos pues repletos de evidencias de nuestra propia evolución. Para abundar, mencionaremos que el cáncer también es una prueba de la evolución, pues se trata de células que mutan pero que al hacerlo se convierten en células malignas para el organismo. Por desgracia nuestro sistema autoinmune no las reconoce como malignas y no puede fagocitarlas, por tanto siguen reproduciéndose. Ah! Y no debemos dejar de mencionar el cerebro. Nuestro maravilloso y afamado cerebro aún conserva sus raíces reptilianas, y toda su estructura mantiene las porciones anatómicas que han ido añadiéndose una sobre otra durante nuestra larga y penosa evolución. Lo único auténticamente humano es la corteza, pero todo lo demás nos viene de muy atrás. Así que no nos sorprendamos de que la mayor parte de nuestra conducta esté dominada por nuestras "bajas pasiones". De hecho, el uso adecuado de las estructuras superiores cerebrales es muy reducido. Y lo cierto es que casi no nos hacen falta para vivir. Tanto así que puede ingresar una bala allí y no causar daño vital alguno. Pero pese a las toneladas de pruebas que sustentan la evolución desde diversos puntos de vista, hay legiones de personas que han decidido no aceptarla. Esa es la expresión correcta: han decidido no aceptarla. Peor aún, algunos han decidido combatirla. Pero lo más curioso de todo es sin duda el hecho insólito de que aquellos que rechazan la teoría de la evolución creen en una gran cantidad de extravagantes ideas, tales como la resurrección de los muertos y la vida eterna. ¿Puede haber algo más absurdo que la idea según la cual cada ser vivo al morir se reencarna en otro animal? Y sin embargo esta ridícula creencia goza de mayor aceptación que la teoría de la evolución.

Así pues la teoría de la evolución se ha convertido hoy en la linea divisoria entre ciencia y fe, sin haber necesidad de ello, pues bastaría afirmar, como ha hecho la jerarquía católica, que la evolución describe la estrategia seguida por Dios para formar al hombre, tanto así que el Génesis aparenta una buena alegoría de este proceso formativo del universo y la vida. Aunque la descripción que la ciencia hace del origen de la vida y su evolución no tiene nada de místico, la narración del Génesis podría coincidir a grandes rasgos si no fuera porque la ciencia revela procesos fortuitos, es decir, ocurridos por mero azar. Además el resultado final está muy lejos de parecerse a la gran obra maestra de un diseñador divino. Ya no es posible considerar al Universo una maravilla de orden y perfección, como se pensaba antes, pues ya sabemos que es un escenario dramático y caótico repleto de explosiones y otros fenómenos cósmicos. Tampoco podemos seguir considerando al hombre una maravilla de perfección, pues no lo es. La complejidad del organismo humano es sorprendente pero hay una gran cantidad de fallos en el diseño del cuerpo humano. Además su desarrollo está sujeto de grandes riesgos que producen organismos fallidos con demasiada frecuencia. La inteligencia no ha sido más que un mito. La gran mayoría de la humanidad se desenvuelve con un uso muy reducido de su intelecto. Los grandes avances de la humanidad se deben a raras excepciones surgidas entre la multitud de individuos, que no alcanzan ni al 1% de la humanidad. Lo que puede llamarse "inteligencia", es decir, comportamiento eficiente y productivo orientado a objetivos superiores, no es lo común en la especie humana. Lo habitual es que la conducta sea guiada por mecanismos muy primitivos vinculados a lo emocional. El empleo eficiente de la corteza superior para generar conductas razonadas y elaboradas es algo muy extraño. Al contrario, la cultura se encarga de que el pensamiento humano transcurra en la comodidad del automatismo mental. Precisamente uno de los papeles más importantes de la cultura es facilitar una lógica común al pensamiento tal que disminuye el consumo de energía individual. Sin duda, la religión ha jugado un importante papel en la confección de la racionalidad cultural proporcionando una lógica de razonamiento que a todos les funciona gratuitamente. Es como un Sistema Operativo gratuito para que todos los cerebros funcionen... y funcionen igual. 

Hoy la Iglesia Católica cuenta con un Comité de Ciencia que parece trabajar con mayor honestidad que los voceros científicos de algunas iglesias norteamericanas. La Iglesia Católica maneja y evalúa la información científica evitando llegar a los extremos del pasado, cuando era una opositora absoluta del saber científico y condenaba a los hombres de ciencia. Ese papel le corresponde hoy a otras religiones. Al menos la jerarquía eclesiástica católica ha admitido la validez de la evolución. Sin embargo sus voceros lo ha hecho apelando a la fórmula conciliadora de afirmar que la teoría evolutiva describe la forma en que Dios habría creado al hombre. Dejando de lado a las confesiones más recalcitrantes que aún permanecen en la negación de la teoría evolutiva, vayamos a la cuestión planteada por la Iglesia Católica pues ella tiene todavía un recurso importante del cual dispone con gran alivio, ya que a pesar de la validez de la teoría evolutiva aún subsiste la incógnita fundamental ¿de dónde surgió todo? Al parecer, mientras no tengamos una respuesta a esta gran interrogante, la religión pretenderá tener la última palabra. ¿Cómo superar esta situación? De hecho ya tenemos algunas teorías físicas que pretenden explicar la aparición del universo sin necesidad de un creador, como las propuestas por Stephen Hawking y Steven Weinberg, entre las mejor divulgadas. De otro lado se sigue aún en la búsqueda del bosón de Higgs, el cual probaría que la materia se origina a partir de un campo físico específico denominado "campo de Higgs". Es decir, sería perfectamente posible que la materia salga literalmente de la nada. Lo que habría que explicarle a la gente es lo que se entiende científicamente por "campo" y por "materia". El inconveniente mayor de todas estas teorías radica en su tremenda complejidad y la exigencia de grandes conocimientos matemáticos y físicos que lo hacen poco accesible al público en general, así como la necesidad de construir complicados, gigantescos y muy costosos mecanismos para su investigación. Por lo pronto debemos confiar en la certeza de las fórmulas matemáticas que apoyan la teoría. Esto parece colocar a la ciencia entre las cuerdas pues sin una explicación definitiva y comprobada sobre el origen de la materia y del universo no parece nada fácil superar la ultima palabra de la Iglesia: la existencia de un creador. Aunque la ciencia Física esté convencida de que no hace falta postular la existencia de un creador, no tiene aún la teoría definitiva y comprobada. ¿Es esta dificultad material suficiente para concederle a la religión la razón y el laurel del triunfo? No lo creo. Y no solo porque la Física tiene argumentos de mucho peso sino porque además no es la única ciencia que tiene voz en este debate.

La Física ha llegado a un punto en que le resulta muy difícil probar sus postulados teóricos, pese a la plena coherencia de estos, y es seguro que tardará algún tiempo más en lograr la plena validación de sus sospechas. Pero hay un escenario diferente de la ciencia que es capaz de desvirtuar por completo las pretensiones de la religión sin esperar más tiempo. Se trata de las ciencias humanas y sociales, y en particular, la psicología. Hay un aspecto dentro de nuestra realidad que no es posible entenderlo desde la perspectiva de la Física. Se trata del propio ser humano, sus creaciones y fenómenos cognitivos. Hay toda una gama de ciencias orientadas al estudio del fenómeno humano y todas ellas nos ayudan a entender lo que significa el hombre como especie y como fenómeno de naturaleza cognitiva. Fundamentalmente nos interesa comprender cómo piensa, cómo surgen las imágenes en su mente y cómo se sostienen en una red social. Esta clase de ciencias se ha retrasado en mucho con respecto al avance logrado por las Ciencias Físicas pero al final del siglo XX ya se había logrado al menos una buena base epistémica con una cantidad enorme de data que analizar. El retraso se debió en parte a que las ciencias humanas copiaron inicialmente la metodología y hasta la epistemología de las Ciencias Físicas, lo que llevó a paradojas insalvables frente a la realidad. Luego de haber superado este defecto inicial, las ciencias humanas, y en especial la psicología, están en aptitud de dar mayores alcances sobre lo que acontece con la humanidad.

El conocimiento de las causas objetivas de los fenómenos naturales y su plena explicación por parte de las Ciencias Físicas, significó el abandono de numerosas creencias y seres míticos. Del mismo modo, en el momento en que logramos entender los mecanismos de funcionamiento del ser humano como criatura de naturaleza cognitiva, muchos fantasmas desaparecen. Es un paso fundamental comprender lo que significan los fenómenos mentales y, en particular, nuestras ideas y creencias. ¿Por qué surgen las creencias y qué papel cumplen en el sostenimiento de la lógica procesal? Luego de estudiar el complejo proceso de construcción cognitiva de la realidad humana en la conciencia, quedará claro que el universo particular en el que se desenvuelven los hombres es una mera creación de la mente humana. Veremos que casi todo lo que existe como realidad para el ser humano existe tan solo en su mente. Desde el calendario, la música, los colores, la estética, el lenguaje, etc. Casi todo lo que concebimos como realidad es una construcción de nuestra mente. Y desde luego, las divinidades. Hemos hecho un enorme esfuerzo científico para descubrir aquel mundo real que no pertenece a nuestras mentes, el mundo real estudiado por la Física, pero aunque parezca mentira, ese mundo no es accesible para la gran mayoría de los seres humanos. El conocimiento científico de la realidad ajena al hombre tiene apenas dos siglos, sin embargo los seres humanos han convivido durante milenios con una imagen de la realidad convencidos de que esa es la "realidad", y con explicaciones muy convenientes sobre su mundo. Es decir, la humanidad nunca ha necesitado de la ciencia para sobrevivir como especie, como tampoco las demás especies, obviamente. Aun tratándose de una especie cognitiva, esto es, una especie que depende enteramente de los contenidos figurados en su conciencia, los seres humanos han podido resolver sus dilemas mentales con mucha astucia, o no habrían sobrevivido. Toda la diferencia del ser humano con las otras especies es que posee una tremenda capacidad mental para procesar una gran cantidad de información. Esto pudo haber sido un gran inconveniente para nuestra especie pero de alguna manera aprendieron a controlar el caos informático y a resolver el asunto de maneras rudimentarias. Aquí es donde emergen las creencias. Ellas ordenan ese caos y lo convierten en algo manejable de una manera simple y eficiente. A partir de allí los humanos han estado construyendo su propio mundo a base de sentido común, imaginación, narraciones, historias, mitos, creencias y convenciones sociales que permiten que todo ello sea aceptado.

A decir verdad, la ciencia es algo que contradice la naturaleza humana. Lo que la ciencia pretende, por un lado, es conocer el mundo que es ajeno a la mente humana, descubrir ese mundo físico real imposible para nuestra percepción. La historia de la ciencia empezó cuando descubrimos que nuestra percepción del movimiento del sol era falsa. El conocimiento por simple percepción era falso. Así empezó la tarea de la Física y de las Ciencias Naturales. Pero además la ciencia ahora pretende una comprensión cabal del complejo mundo interior humano escenificado en su conciencia, es decir, esa imagen de la realidad que nuestro cerebro construye y con el cual vivimos. Necesitamos comprender cómo es que se procesa la información en el cerebro. Sabemos lo que hacen todos los órganos de cuerpo, como los riñones, el corazón o los pulmones, pero no sabemos exactamente cómo opera el cerebro. Lo que el cerebro hace es fundamentalmente procesar información. No solo señales físicas directas sino información codificada en forma de lenguaje y un complejo sistema de símbolos. Descubrir cómo se representa y procesa dicha información es el objetivo final de la psicología. Debemos advertir que el cerebro no está preparado para acometer tal proyecto, pues no está configurado para conocer su propia conciencia ni para discriminar sus procesos mentales, pero estamos en ese empeño. Al menos queda claro que tenemos una realidad interior en la conciencia que difiere en mucho de la realidad física exterior, donde no hay colores, ni sonidos y... ni dioses. Casi todo lo que existe para el hombre pertenece tan solo a su conciencia y es fruto de su mente. Solemos decir que proviene de su "cultura", pero esta no es más que aquel conjunto de ideas comunes que perviven en la mente de las personas y que se transmiten gracias al lenguaje y se admiten para que las cosas sigan funcionando igual.


Las ciencias humanas y sociales

En el camino al conocimiento, el ser humano empezó por el mundo que le rodea dejando para el final su propia naturaleza. Esto es completamente lógico ya que el cerebro de todas las especies se ha desarrollado para prestar atención al mundo que rodea al animal y no a sí mismo como ser y, en el caso de los humanos, mucho menos a su conciencia. Ciertamente, la única especie que tiene un "sí mismo" es el ser humano, pero aun así nos cuesta mucho iniciar el estudio de ese mundo humano interior. El "si mismo" ha sido un objeto inasible. Los intentos por objetivizar el "si mismo" acaban por desaparecerlo. El primer inconveniente, ya lo dijimos, es que nuestro cerebro está preparado para conocer el mundo que nos rodea, aunque ahora, al cabo de 10 mil años de civilización y evolución cultural, el mundo que nos rodea es básicamente una "realidad humana" pues está llena de construcciones humanas. En añadidura tenemos que la realidad es para el ser humano una construcción de su cerebro. No es simplemente una recreación fiel y directa de las señales que llegan desde el exterior sino que resulta de una representación cultural que además carga con un sentido. En consecuencia podríamos afirmar que vivimos en cierto modo permanentemente engañados por nuestro propio cerebro, ya que las cosas no son lo que son sino lo que queremos que sean. Si no fuera así, jamás podríamos haber prosperado como especie distintiva puesto que viviríamos al igual que las demás especies, vinculados directamente al mundo físico y al momento inmediato. Pero gracias a que hemos sido capaces de fabricar una imagen virtual del mundo en nuestra conciencia nos ha sido posible desligarnos de esa realidad física y tratar con nuestras propias elaboraciones mentales, interpretar la realidad otorgándole significados y valores. Sin embargo, el ser humano no es consciente de esto y vive convencido de que todo lo que hay en su conciencia es lo "real" o que la realidad es tal cual lo concibe. Ese es el primer error que debemos señalar. Es decir, la primera creencia humana consiste en creer que lo que se tiene en la conciencia es la realidad. La gente vive convencida, por ejemplo, de que hoy es "realmente" martes 11 de junio y que una fecha curiosa como 12/12/12 significa una situación "real" especial. Pero nada de eso existe realmente. Todo es parte de las imágenes que los seres humanos fabrican en sus mentes. Se trata de un fenómeno mental que podríamos llamar perfectamente "autoengaño". Y una manera simple de constatarlo es cuando uno sale al espacio exterior. Para los astronautas que orbitan en el laboratorio espacial han desaparecido los días y las horas. Ellos tienen que fabricar en sus mentes otra imagen del tiempo.

A través de las Ciencias Humanas llegamos al conocimiento del ser humano como especie, con todas sus características y peculiaridades, pero también al conocimiento de los productos humanos, tales como las religiones y las creencias religiosas. De hecho, las religiones y sus creencias son productos humanos, aunque las personas vivan convencidas de que sus creencias configuran efectivamente la realidad del mundo y del cosmos. Pero como ya dijimos, esto es solo un autoengaño. La mayor parte de lo que conciben los humanos como "realidad" en verdad no existe más que en sus mentes. Y no se trata solo de nuestra concepción del tiempo. Hoy es posible emprender el estudio de diversos aspectos de nuestra "realidad humana", desde imágenes psicofísicas en el cerebro hasta la nube de creencias religiosas, además de las religiones mismas en tanto instituciones sociales. Desde luego la historia de las religiones es un punto de referencia sumamente importante para descubrir cómo estas se convierten en instituciones de poder y, por tanto, de manipulación política y de conducción social. Las religiones surgen a partir del poder creciente que ganan los sacerdotes (constituidos luego en casta sacerdotal), responsables en última instancia de conducir a las comunidades hacía las creencias místicas, y hacerlas dependientes de su mensaje e interpretación del mundo. La primera tarea de los sacerdotes fue convencer a la gente de que había otro mundo, oculto y misterioso, donde existían seres poderosos, y luego se presentaron como sus intercesores. Así se constituyeron en los intermediarios entre el mundo "real" y aquel mundo imaginario, sin percatarse de que ambos son igual de imaginarios. Los sacerdotes se erigieron en los intérpretes de la voluntad divina, oráculos de los dioses y en la fuente principal de las creencias más desaforadas. Es obvio que toda esta labor de manipulación descarada de voluntades públicas no ha cesado. Sin duda esta es la estafa mejor lograda y más antigua de la humanidad.

Indudablemente resulta injusto colocar en medio de un debate y en el mismo plano al conocimiento científico y las creencias religiosas. La ciencia hace grandes esfuerzos por descubrir la verdad y lograr el conocimiento objetivo de la realidad en la que vivimos y de la que somos parte, mientras que la religión se halla en una cómoda posición sin hacer más que narrar historias donde todo se resuelve con un soplo divino. Mientras que la ciencia exige mucho estudio y esfuerzo comprensivo la religión solo exige fe. Y con ello tiene éxito. Es mucho más económico para cualquier cerebro asumir dicha "fe" que emprender el estudio de la ciencia. Sobre todo si la fe ha sido convertida por los sacerdotes en "virtud". De tal modo resulta una virtud creer ciegamente en las ideas más desaforadas, sin exigir ninguna evidencia ni sustento racional. Pero esto tiene su lado positivo. Al ser más fácil, rápido y económico entender el mundo desde la visión religiosa las personas poseen  con prontitud una lógica operacional que les permite pensar y desarrollarse socialmente, en una cultura donde se comparte esta misma visión de las cosas. Y ciertamente no hace ninguna falta hacerse científico para vivir en este mundo y desenvolverse en la vida cotidiana. Basta con asumir la visión religiosa del mundo, que es más simple y exige menos en términos de energía biológica y tiempo. Además es mucho más confortable ya que proporciona seguridad y apoyo psicológico. Esta es una fórmula que ha probado su éxito en los últimos 15 mil años por lo menos y marcha muy bien ¿Entonces para qué cambiarla? Pero quien haya llegado hasta este punto de la lectura debe ser porque está interesado en algo más que ideas elementales para sobrevivir como criatura de la especie humana. Debe tratarse de alguien que se aparta del rebaño y decide husmear más allá del alambrado ideológico en el que vive confinado. Debe ser un sujeto excepcional, dispuesto a cruzar el desierto árido y tormentoso de la investigación y de las teorías científicas; pero sobre todo, dispuesto a abandonar la comodidad de sus creencias, el placer de su seguridad y vencer el temor de ser expulsado del Paraíso y de la vida eterna. Bueno pues, si ese es el caso, lo que sigue le ayudará a comprender algo de la naturaleza humana. Si además desea comprender el cosmos y la vida, pues tendrá que acudir a la Ciencias Físicas.

Ya hemos mencionado a la historia de las religiones como uno de los aspectos de las Ciencias Humanas que puede ayudarnos a entender lo que ocurre con las creencias religiosas esparcidas por el mundo. Pero además las religiones se construyen con mitos y leyendas que son tomadas como verdades místicas por los creyentes. ¿Cuál es el origen de estas narraciones místicas? Muchas de ellas se recopilan desde la mitología. De hecho grandes partes de la Biblia corresponden a mitos y leyendas muy extendidas en el mundo antiguo. No son ni siquiera narraciones originales. Por ejemplo, el cuento de Noe y su arca es una adaptación de mitos ancestrales del Asia Menor que también se puede hallar en la mitología griega referida a Deucalión y Pirra. Grandes porciones del Antiguo Testamento corresponden a adaptaciones hebreas de las narraciones que formaban parte del acervo cultural de todos los pueblos antiguos cercanos a, y dependientes de, Mesopotamia, es decir, las tribus primitivas que se extendían desde el Mediterraneo hasta el Golfo Pérsico. Más allá de eso la Biblia reúne una serie de textos antiguos, cuya selección ha sido materia de discusión, y que básicamente narra la historia y tradiciones del pueblo hebreo. A todo ello los cristianos han añadido sus propios textos.

La Mitología es una división de las Ciencias Humanas que se ocupa de la recopilación y el estudio de los mitos y leyendas pertenecientes a los pueblos más antiguos. Ellas pueden arrojar mucha luz sobre el inicio de las creencias religiosa que hoy predominan y que se hallan en la Biblia y otras fuentes antiguas. Pero todas ellas deben conjugarse con los descubrimientos de la antropología, pues la mitología es tan solo parte de la configuración de ciertos pueblos de la antigüedad que responden a determinadas circunstancias históricas. Por ejemplo, se sabe que los pueblos antiguos deificaban a sus héroes y a sus ancestros. Esa es una primera fuente de divinidades locales de donde emergen muchos de los mitos antiguos sobre lo que más tarde serían dioses. La tradición oral ha convertido muchos de esos mitos en narraciones fabulosas que hasta hoy perduran en algunas de sus versiones. Este es un fenómeno común a todas las culturas. Pero esto es apenas algo de lo que deberíamos empezar a estudiar si deseamos comprender las creencias humanas. Acá no haremos esto sino abordar algunos aspectos del ser humano en tanto criatura cognitiva, es decir, poseedora de un cerebro que le permite generar ideas. Lo que nos interesa es comprender cómo funciona el ser humano y cómo ha evolucionado culturalmente, una vez establecido como especie cognitiva. Y eso explicará por qué necesita de religión para vivir en una cultura religiosa, por qué se generó una cultura religiosa y por qué algunas religiones lograron extenderse y prevalecer. Hemos definido al hombre como una especie cognitiva porque, a diferencia de las demás especies, solo el ser humano tiene una conciencia donde representa o configura una realidad virtual de la que depende más que del mundo físico real.

La perspectiva de la psicología

La psicología es una ciencia que se ocupa del fenómeno humano en tanto fenómeno cognitivo. Esto quiere decir que el ser humano depende más de los contenidos mentales de su cerebro que de la información del medio ambiente. A diferencia de lo que ocurre con otras especies, el cerebro humano tiene la facultad de generar una realidad compleja que contiene imágenes pero con un contenido adicional de simbolismos, significados y valores. Esta construcción de la realidad depende de procesos mentales configurados por la cultura, lo cual convierte al hombre en un sujeto dependiente de los contenidos de su conciencia pero también de su cultura. Por tanto, la psicología tiene que ver con los contenidos de la conciencia tanto como con la cultura, ya que esta es la que determina la estructura lógica del pensamiento y es la gran proveedora de contenidos para la conciencia. Aunque le parezca increíble a muchos, lo que llamamos "cultura" es algo que sólo existe en las mentes de las personas. La cultura emerge mediante la comunicación cuando se comparten ideas a través del lenguaje dentro de un escenario social, pero además está presente en las imágenes que se evocan en las conciencias, las cuales coinciden con mayor o menos exactitud entre todos los miembros de una cultura, y que están referidas a los conceptos que su lengua transmite, así como a los elementos objetivos de su realidad socioambiental. Esto hace que la conciencia y la cultura sean, en última instancia, lo mismo. La cultura pervive en las conciencias colectivas. El sujeto humano se hace humano precisamente en el contacto con una cultura. De este modo, la cultura posee un poder configurante sobre la conciencia. Es la que forma finalmente a un ser y lo hace humano. Todo humano es humano dentro de un escenario cultural específico.

Volvamos al ejemplo del calendario y nuestra concepción cultural del tiempo, la que damos por "real". La información acerca de la fecha en que vivimos es incluso parte de las evaluaciones de salud mental. Es de esperar que una persona "cuerda" pueda "ubicarse en el tiempo" y sepa en qué año estamos. Sin embargo, como ya dijimos, el calendario existe tan solo en la mente de las personas. No es la realidad. En todo caso, es parte de una "realidad humana", construida culturalmente. Es en buena cuenta una mera fantasía humana. Pero es una fantasía fundamental para la existencia humana. No podríamos vivir sin el calendario. Aunque es tan solo una fantasía la hemos plasmado en el papel y eso nos da la apariencia de ser una realidad exterior a nosotros. Sin embargo, no lo es. El calendario tan solo es parte de nuestra imaginación. Y diré todavía más: casi todo el mundo humano existe solo en nuestras mentes. Pero por ahora hablaremos únicamente de las creencias religiosas. 

Para hacerlo más sencillo, mencionaremos los elementos que contribuyen a que las creencias religiosas se mantengan y nos den la ilusión de su realidad. Reitero que la "ilusión de la realidad" no se limita a las creencias religiosas, pero por ahora nos centraremos en ellas. Trataremos de dar una revisión sin mucha argumentación científica.

a) Cultura religiosa 

Primero es necesario decir algo sobre la cultura desde nuestro punto de vista, ya que "cultura" es un concepto que adquiere los más variados significados. Para la psicología cultura es el conjunto de información que define nuestro "mundo humano", contiene todo el sistema de racionalidad con el cual se construye y se entiende nuestro mundo, el mundo de los humanos. La cultura  nos llega a través del lenguaje, pues el idioma se basa en una serie de conceptos asociados a una serie de significados que actúan como un cauce para el pensamiento social. Pero además la cultura es una gran biblioteca o banco de información viviente que contiene una serie de ideas y explicaciones del mundo. Gracias a ello nosotros no tenemos que encarar las cuestiones básicas del mundo en cada generación ni mucho menos por parte de cada individuo. Las cosas ya han sido resueltas y son parte de nuestra cultura. No hace falta que esté escrito, vive en las mentes colectivas. En tal sentido, la cultura fue el gran logro de nuestra especie. Solo debemos integrarnos a ella en el nivel evolutivo en que lo encontramos y seguir construyendo más cultura. Se trata de una construcción arbitraria y azarosa. Por eso observamos en el mundo una gran variedad de culturas muy diferentes pero que tienden a homologarse en la medida en que se enlazan e intercambian información, a menos que una aniquile a la otra. En nuestro caso tenemos una cultura con una forma tal que podría haber sido perfectamente diferente. No hay nada en nuestra historia que constituya una cadena de hechos lógicos, necesarios e inevitables para llegar al punto en que nos encontramos. Hemos llegado a esta forma de cultura por azar. Si se repitiera la historia de la humanidad las cosas podrían ser totalmente distintas.

Ahora bien, resulta que nuestra cultura es religiosa. Nos tocó una de tipo judeocristiano. A otros les tocó una islámica, induista o cualquier otra de las miles de culturas religiosas existentes. Al nacer en este lado del mundo inevitablemente nos integramos a una cultura religiosa judeocristiana con una serie de ideas y costumbres bien establecidas desde hace muchos siglos, incluso podríamos decir milenios, pues el pensamiento místico y mágico se inicia en la Edad de Piedra, que es cuando la humanidad inventa la cultura. La formación cultural del individuo humano implica una educación que consiste en entender el mundo de una manera ya establecida. No solo debemos entender los sonidos del habla común sino también los actos de la comunidad, e incluso los significados que tienen los elementos de la naturaleza que nos rodea, pues para la mente humana todo tiene un significado que apunta hacia un sentido general. Así como aprendemos a hablar un idioma, integrando en nuestra lógica mental la semántica propia del habla, también interiorizamos la lógica de un mundo a través de un sentido místico religioso. Del mismo modo en que el lenguaje, una vez logrado por la humanidad, se fue transmitiendo de generación en generación, haciéndose en ese transcurso más amplio y complejo, y dividiéndose en dialectos y lenguas nuevas, asimismo el sentido místico y mágico del mundo se fue trasladando a lo largo del tiempo, esparciéndose junto con los seres humanos hasta configurar conjuntos estables, homogéneos y diferenciados de creencias, vinculados ya a su propio pueblo e historia particular. Esto hace que cada pueblo tenga, junto a su propia lengua, su propia religión, fundada en sus propias tradiciones y orígenes. El judaismo aparece hace aproximadamente 4 mil años. El cristianismo fue una forma de judaismo que adoptó nuevos matices hasta incorporarse al Imperio Romano en el tercer siglo de nuestro calendario y sufrir nuevas transformaciones. El cristianismo se extiende luego junto con el Imperio Romano hasta sufrir cismas y más tarde el impacto del reformismo. Paulatinamente van surgiendo formas distintivas de cristianismo en Occidente, pero la estructura básica de nuestra racionalidad cultural sigue teniendo el mismo núcleo mágico y místico de hace diez mil años. Desde luego que hoy siguen apareciendo nuevas versiones de cristianismo, y también nuevos formatos místicos. Esto no se ha detenido. Hasta podríamos afirmar que la cultura es una constante fábrica de mitos que nunca descansa. 

Las ideas comunes que forman una cultura se trasladan en el tiempo a través de generaciones como bolas de nieve que van creciendo y transformándose sin perder nunca su centro de gravedad, y provocando movimientos paralelos que crean una avalancha cultural dominante, como fue el caso del cristianismo y el islamismo. En Latinoamérica estas ideas traídas por los conquistadores se mezclaron con las creencias nativas y en algunos casos originaron nuevas expresiones de fe, incluyendo formas extravagantes como el culto a la Santa Muerte en México. Podríamos hacer un ejercicio retrocediendo en el tiempo para determinar cómo llegó el cristianismo a España a través de Roma y luego cómo llegó el cristianismo a Roma desde Jerusalén, y cómo se formó el cristianismo en Jerusalén dentro del judaismo, y cómo apareció este desde las migraciones procedentes de Egipto, y previamente desde Mesopotamia. Es decir, todo esto nos deja claro que las ideas predominantes hoy provienen de épocas prehistóricas, surgidas en la mente del hombre primitivo que se esforzaba por controlar su mente, organizar sus ideas y darle un sentido al mundo. No importa cuánto se hayan modificado estas ideas en el largo camino de la historia y de su paso por diferentes naciones. Su origen y razón de ser es uno solo: permitir la sobrevivencia de una especie cognitiva. Una vez logrado el orden cognitivo y una cultura incipiente de ideas comunes básicas, el siguiente objetivo es consolidar el clan o nación, darle forma ideal a lo que se percibe como comunidad. Este empeño impulsa la actividad creativa y da paso a la formación de mitos sobre el origen y destino de la comunidad, surgen heroes que más tarde se hacen dioses. Al mismo tiempo, la necesidad de dar explicación  a los fenómenos de la naturaleza y de la propia existencia, como la muerte o la fertilidad de la mujer, incita las más variadas formas de explicación mística y mágica que siglos después dan origen a religiones. Hay que comprender que los humanos primitivos no tenían ninguna otra posibilidad de entender el mundo, pero tenían que hacerlo. Y había otro incentivo adicional: quienes ofrecían explicaciones del mundo subían en la escala social y conseguían prestigio y poder.

De lo dicho hasta acá debe quedarnos claro que todo lo que hay en la cultura es una creación de los seres humanos y reside tan solo en las conciencias, a la que llega mediante el lenguaje y la educación. Todo ser humano es formado por su cultura y se integra a ella adoptando su cosmovisión. Podríamos afirmar que la cultura incorpora en la mente de cada humano los contenidos básicos necesarios para que sea un ser humano dentro de su cultura. Estamos en condiciones de afirmar que no extiría un ser humano si se le privara de contacto con la cultura, cualquiera que sea. La condición de humano exige contacto con una cultura desde temprana edad, cuando el cerebro está aun en formación, o incluso las capacidades para el lenguaje se perderían. Compete al individuo escapar por sí mismo a la mentalidad básica heredada de su cultura. Claro que no hace falta hacer esto y hasta resulta difícil por la falta de posibilidades en el ambiente cultural y porque incluso existen condenas -que van desde las más sutiles hasta las más directas- para quienes escapan de la cultura. Nada es más difícil para un humano que negar su propia cultura debido a que él concibe que eso es el mundo. Existe la posibilidad de que la propia configuración cerebral esté comprometida con el formato cultural ya que el cerebro se moldea durante y mediante el contacto con la cultura. Esto haría aun más difícil que las personas puedan concebir que la realidad es diferente a lo que nos dice la cultura. Aunque las personas tienen la curiosa impresión de que todo aquello que hay en su conciencia es el "mundo real" esa no es más que una falsa percepción. Nuestro cerebro nos engaña. Por desgracia no tenemos forma de saberlo, a menos que estemos dispuestos a contradecir la información que nuestro cerebro nos ofrece de primera mano, o sea, negar lo que tenemos en la mente como información inmediata de nuestro mundo. Esto es posible solo si llegamos al conocimiento científico de la realidad y, por último, del funcionamiento mental. Ya hemos visto que el conocimiento científico de la realidad física no es suficiente para poner en duda la existencia de un Dios. 

Sin importar cuán civilizadas sean hoy, todas las culturas poseen un trasfondo místico, mágico y religioso. Sobre esa base vivimos y podemos incluso generar ciencia y tecnología. Aunque no todo es estrictamente religioso. Hay también una gran variedad de expresiones místicas no religiosas como la astrología, la quiromancia, el tarot y muchas otras ideas similares muy apreciadas, llegando al chamanismo y la brujería. Todo ello, insisto, sigue siendo parte de la creación y la herencia cultural que se transmite de pueblo en pueblo y de generación en generación, integrándose paulatinamente en una forma especial de ser un humano. Ser humano es poseer cultura. El hombre no surge tan solo por una cuestión de evolución meramente biológica sino más bien por un factor antropológico: la creación de cultura. La especie humana depende de cultura. Se puede poseer la capacidad mental de nacimiento, pero sin contacto temprano con una cultura no habría posibilidad de usar tales capacidades mentales y estas se perderían sin llegar a constituir seres humanos. De modo que la condición sine qua non para ser humano es tener cultura y formarse en ella. La especie humana es entonces una especie cognitiva y cultural, aunque esta afirmación resulte una redundancia. En última instancia podríamos afirmar que mente y cultura son exactamente lo mismo.

Es probable que la lógica de racionalidad religiosa, al igual que las estructuras del lenguaje, tengan ya algunos núcleos cerebrales instalados, pues lo más sensato es pensar que nuestra especie sobrevivió gracias a estos elementos cerebrales que otras especies humanoides muy similares no lograron desarrollar. Pero más allá de la posibilidad de una estructura cerebral religiosa o teista está sin duda la cultura humana consolidada en este sentido. Es decir, lo que llamamos "mundo humano" es teísta en los hechos. Debemos notar que la estructura de la vida desarrollada por nuestra cultura se encarga de crear individuos religiosos prácticamente desde el nacimiento, gracias a los rituales establecidos. En nuestro medio nadie se escapa del bautismo apenas nace, y del catecismo durante su niñez. Los padres se encargan de inculcar en sus hijos todas las creencias religiosas además del pensamiento mágico. Todos crecemos convencidos y satisfechos de que el bautismo nos borra el pecado original y entonces ya somos aptos para ingresar al paraíso.

b) La realidad semántica

La realidad humana difiere notablemente de la de cualquier otra especie. Para todas las especies inferiores, la realidad es lo que sus receptores le informan. Cada animal se ha configurado para recibir apenas la data que necesita de su ambiente vital. Eso y nada más es la realidad para ellos, las cosas son lo que son y de acuerdo a eso actúan. En cambio para los humanos la realidad es completamente diferente y mucho más compleja. No porque tenga mayores o mejores receptores (que no los tiene) sino porque su realidad no se construye con información directa recogida por sus receptores desde el ambiente sino con otra fuente muy especial: el idioma. Pero con el agravante de que dicha información se deriva no del mundo real sino del mundo humano construido semánticamente. Y por si fuera poco, la información del mundo real es distorsionada gracias al pensamiento simbólico, con lo cual las cosas ya no son lo que son sino lo que el hombre quiere que sean. El mundo de los humanos resulta así mucho más complejo que el de cualquier especie porque se construye en la mente con artificios simbólicos y semánticos. A través del lenguaje los humanos somos capaces de obtener un inesperado bagaje de información pero en gran medida esta información corresponde a lo que hemos llamado el "mundo humano", que también conocemos como cultura. Por lo tanto existe una relación directa entre lenguaje y cultura. Se puede decir que cultura es aquello que podemos transmitir mediante el lenguaje. Las culturas que han perdurado a lo largo del tiempo son las que lograron plasmar su existencia de forma escrita y dejar una evidencia objetiva de su paso por el mundo. De hecho esta es la gran ventaja que poseen aquellas culturas que, como la judaica, legaron un testimonio escrito de sus ideas y tradiciones, que hoy siguen siendo la guía para muchos pueblos.

Todo lo que sabe una persona acerca de su mundo lo sabe gracias al lenguaje y está referido básicamente a su cultura, lo cual incluye algunas explicaciones del mundo físico. La aparente relación entre el mundo humano y el mundo real se sostiene gracias a un mecanismo muy frágil, dependiente de una serie de conceptos que implican mucha imaginación. El mundo real es aquel que podemos ver, tocar, oler, percibir de algún modo claro. En cambio el mundo humano se imagina, se piensa, se escucha y se transmite por vía oral o escrita y luego debe ser reconstruido en cada mente. El mundo físico es independiente de la mente mientras que el mundo humano está solo en las mentes. El lenguaje nace nominando objetos y actos reales, pero la necesidad de nombrar a los objetos de la imaginación, así como a las experiencias subjetivas con el propósito de comunicar, dan pie a la capacidad para construir conceptos abstractos, es decir, hablar de cosas que no existen en el mundo real. Así es como empezó a nombrarse el dolor, la sed, el hambre, etc. que eran asumidas como reales, puesto que lo son, al menos en el esquema psicológico de cada uno. Paulatinamente hubo necesidad de nominar las ideas y sentimientos humanos complejos como el amor, el orgullo, la envidia, la venganza. Hoy requerimos tratados voluminosos para explicar conceptos abstractos como justicia, derecho o democracia, y nos pasamos más tiempo hablando de cosas abstractas que pocos comprenden y a veces nadie. El mundo humano se ha vuelto sumamente complejo porque se compone de una infinidad de abstracciones. En medio de todo este escenario las personas no son capaces de distinguir con claridad entre el mundo real y el mundo humano. Ambos se mezclan configurando una sola realidad en la conciencia. Creen que todo lo que hay en su conciencia existe realmente. De allí que enfrentemos el tremendo problema de la objetividad. Evidentemente no hay forma de que la famosa objetividad pueda referirse al mundo humano.

Si bien antes habíamos afirmado que el hombre es una especie cognitiva, lo que ahora debemos afirmar es que la especie humana es comunicante. La gran virtud del hombre es su capacidad para comunicarse. Esa y ninguna otra viene a ser la gran virtud humana. Ni siquiera el pensamiento abstracto y simbólico o la magnífica memoria llegan a ser tan importantes como la enorme capacidad de comunicación, que no se limita al lenguaje. El hombre ha desarrollado una gran variedad de sistemas de comunicación, empezando por gestos y ademanes que llevaron a construir el rostro como un primer tablero de señales básicas. Evidentemente no nos hemos detenido en la fabricación de sistemas de comunicación. Es lo que seguimos haciendo hasta hoy. Pero el primer gran invento humano fue el lenguaje hablado que permitió crear la cultura. No tendría ninguna ventaja para la especie humana que cada individuo tuviera un gran cerebro con enormes capacidades mentales si no fuera capaz de comunicar sus ideas. Aunque de hecho no ocurrió así. No nos confundamos. Tales capacidades emergen precisamente gracias al contacto sociocultural. No se da uno sin el otro. Ambos se formaron simultaneamente, alimentándose mutuamente y generando el desarrollo mente-cultura en espiral ascendente. La comunicación oral fue el fuego que cocinó la mente-cultura dando paso a la formación del "mundo humano". Si observamos el desarrollo de las culturas en la historia comprobaremos que las más desarrolladas, las más longevas y las más extendidas son aquellas que lograron representar su existencia en un lenguaje escrito. Si perseguimos los orígenes de nuestro idioma descubriremos que guardamos una enorme herencia y deuda eterna con una serie de pueblos muy antiguos. Y si buscamos el origen de la cultura occidental solo debemos mirar la Biblia. Este increíble libro todavía sigue configurando nuestra cultura.

El lenguaje proporciona el material de construcción necesario para edificar mundos en la conciencia. El hombre no solo denomina a los objetos del mundo que le rodea, también le da nombre a sus imágenes mentales como a los que aparecen en sus sueños y recuerdos, así como a sus experiencias subjetivas. Con ello se crea la ilusión de "objetivar" algunos fenómenos mentales como la voz y la música, generando la apariencia de que ellos pertenecen al mundo exterior y real, cuando en verdad no son más que "objetos mentales". Existen así una serie de elementos que siendo tan solo figuraciones mentales o experiencias psicológicas asumen la curiosa apariencia de su objetividad y externalidad. El hecho es que la capacidad de denominar "objetos mentales" y experiencias subjetivas con nombres que se pueden transmitir a los demás proporciona la capacidad de construir mundos de fantasía. Esta fabulosa capacidad humana convierte a la conciencia en un tablero de diseño donde se pueden construir modelos de realidad. Hoy hemos logrado representarlo mecánicamente en computadoras y lo llamamos realidad virtual o simulación virtual. Pero eso es exactamente lo que permitió el cerebro a los humanos. El material de construcción eran las palabras y siguen siéndolo hoy mismo. Nuestro mundo está hecho de palabras. No hay duda que la capacidad de comunicación ha dado ventajas no solo a las culturas en su conjunto sino a los individuos en particular. De hecho fue la casta de sacerdotes quienes asumieron el rol de comunicar los deseos de los dioses quienes detentaron las primeras ventajas. No es diferente con lo que ocurre en nuestros días con los "comunicadores sociales" que aparecen en los medios. Incluso en la ciencia resulta fundamental la capacidad de comunicar el saber. Tan importante es el saber mismo, como saber comunicar el saber. En la política, en cambio, no importa el saber sino tan solo la capacidad de comunicarse. 

Es fácil descubrir en cada sujeto humano el inicio de la elaboración mental del mundo en la infancia. Apenas el ser humano aprende a comunicarse empieza la etapa llamada "de las preguntas", que es cuando los niños nos molestan con sus reiteradas e incansables preguntas, en especial "¿por qué?". Esto nos revela una necesidad cognitiva natural del ser humano como ser racional o sujeto cognitivo. Es decir, alguien cuyo cerebro responde a razones lógicas más que a señales directas del entorno y cuya configuración mental necesita organizar las razones en un sentido final. El cerebro está organizando una estructura lógica de racionalidad para poder funcionar como un procesador de información. No es un procesador de señales primarias que acaban en la percepción, como ocurre en las especies inferiores. El cerebro humano contiene esta capa primitiva pero sobre ella tiene un enorme procesador lógico racional que requiere ser configurado por la cultura con una estructura o diseño lógico. Así como se les enseña a los niños a entender el lenguaje y la escritura, también se les enseña a entender el mundo, a interpretar correctamente las señales, símbolos y actos culturales. Así es como aprenden a interpretar lo que es una cruz y qué significa lo sagrado. La curiosidad natural del niño no es más que la necesidad urgente del cerebro de configurar su lógica de racionalidad. Es la etapa crucial cuando se generan las herramientas de análisis lógico que más tarde podrán ser utilizadas en los procesos de abstracción, deducción, inducción, etc. Además de los procesadores de integración situacional inmediatos, serán los procesadores semánticos los que ayudarán a decodificar la información cultural posterior, incluso para reformular el significado del mundo y del presente. Cada persona debe realizar la tarea cognitiva de construir el mundo humano en su conciencia mediante la información cultural que recibe. A través del lenguaje el niño recibe tanto el material de construcción como los planos para edificar el mundo humano. Un elemento central de ese mundo será alguna idea de dios. Finalmente esa idea de dios tendrá que ser asumida de algún modo por el sujeto, de la manera más concordante con la de su comunidad.

Podemos asumir una cultura como una comunidad con ideas comunes, donde todos se han puesto de acuerdo para entender las cosas de una misma manera. Así por ejemplo para afirmar que hoy es jueves y que alguien es un rey o un abogado. Podríamos afirmar que la cultura es básicamente un acuerdo general acerca de la realidad, según el cual nos comportamos siguiendo un mismo guión. Esto hace perfectamente factible que una cultura pueda ser un disparate total sin que nadie dentro de dicha cultura se percate del absurdo. Es evidente que "dios" o "los dioses" han sido parte de tales acuerdos sociales. Son elementos de esa "realidad humana" construida con palabras y que han estado transformándose a lo largo de los siglos, adoptando nuevos formatos ideales y lingüísticos. La evolución cultural no solo consiste en que las mejores ideas sobreviven y se transmiten sino en algo mucho más importante aun: ellas van transformándose en el tiempo, adaptándose a las necesidades cognitivas y condiciones de existencia de las nuevas generaciones. Esto quiere decir que las palabras no significan lo mismo a lo largo del tiempo y los conceptos tampoco representan el mismo conjunto de enunciados. No hay duda de que el concepto "dios" es uno de los que más ha variado a lo largo del tiempo adaptándose a las necesidades de cada cultura. No hace falta decir que la cultura en su conjunto va transformándose con el correr del tiempo.

Pongamos un ejemplo simple. La palabra "hogar" que hace unos siglos hacía referencia al lugar en donde se ponían las brasas para calentar la casa, se fue transformando hasta cambiar por completo, incluso cuando aquel lugar de la casa ya había desaparecido. En un principio el uso de la palabra "hogar" se extendió al salón cercano al fuego, es decir, el espacio más caliente de la casa. Hoy no existe más el hogar ni el fuego en las casas y la palabra "hogar" significa otra cosa, significado para el cual hace falta algo de imaginación y simbolismo. Sin duda ha ocurrido lo mismo con la palabra "dios". Sabemos que los pueblos antiguos deificaban a sus muertos, en especial a sus líderes. Un ejemplo son los egipcios que incluso les construían enormes pirámides. No nos olvidemos que en la antigüedad abundaban todo tipo de dioses. En la medida en que los más rústicos fueron desvirtuados, tales como los animales, los astros y fenómenos atmosféricos, quedaron tan solo los muertos. La memoria de los muertos ha sido siempre muy fuerte en la mente de los humanos y está asociada a muchas creencias, incluyendo la deificación. El tratamiento especial a los hijos de un rey muerto establecía una dinastía. En la mitología se otorga el carácter de héroe al hijo de un dios con una mujer. Es decir, un semi dios. No es diferente lo que los cristianos hicieron con Cristo al convertirlo en "hijo de Dios" y eventualmente en dios. Es una vieja tradición que estaba ya inscrita en sus códigos culturales. Tampoco olvidemos que en la tradición judía y cristiana siguen existiendo animales sagrados y malditos. Ciertos animales como la paloma blanca, el cordero y el cerdo están cargados de simbolismo. Y todo esto es una herencia muy antigua que se ha venido transmitiendo por los siglos gracias al lenguaje y a los textos dejados por esos pueblos.

El lenguaje nos permite pues crear mundos fantásticos. A veces son novelas de gran éxito o historias "sagradas" que proporcionan formas muy especiales de entender el mundo. Leer por ejemplo lo que significa "eucaristía" en el mundo de los católicos es descubrir una serie de conceptos místicos consagrados por dicha comunidad, que adquieren un sentido dentro de su mundo, pero que son tan solo elaboraciones mentales dirigidas mediante un lenguaje particular. Sin la imaginación y el simbolismo que la conciencia nos permite, todo ese cúmulo de palabras que describe lo que es la eucaristía no podría adquirir significado alguno. Y sin el entendimiento cabal del mundo católico tampoco alcanzaría a tener ningún sentido. Cualquier cosa que signifique "eucaristía" debe ser construido mentalmente mediante el mensaje apropiado y colocado dentro del mundo cultural católico, fuera del cual carece de sentido. Todas las religiones no son más que conjuntos de narraciones de su propio mundo. Se construyen con palabras. Esta es la magia de la construcción semántica que posee el cerebro humano. Lo curioso es que nos engañamos al creer que ese mundo elaborado en la conciencia es real.

Grandes porciones del mundo de los humanos están construidos con nada más que palabras. No solo en las religiones sino incluso en el derecho. Hoy vivimos en un mundo dominado por conceptos abstractos como "justicia" o "derechos". Todo ese universo abstracto donde hoy reposa nuestro mundo humano acaba siendo solo imaginación y palabras. Podemos entonces afirmar que toda cultura es un conjunto de información semántica que define un mundo humano particular. 


c) La confianza como base social

La comunicación humana no podría ser tan efectiva si no existiese una condición mental favorable no solo para recepcionar la información sino para admitirla como real. Esta condición se llama confianza. Gracias a ella el hombre tiende a creer en lo que escucha. Esta es una predisposición primaria sin la cual no habría sido posible construir cultura alguna, pues no hubiésemos tenido ninguna posibilidad de aprendizaje social ni memoria colectiva. El niño nace predispuesto a creer en lo que escucha. Es un ansioso receptor de información. El cerebro en la infancia es prácticamente una esponja que absorbe toda clase de información para iniciar la construcción de su sistema lógico semántico y para construír su propia imagen del mundo humano en su conciencia. No hace cuestionamientos sino exige precisiones, quiere más detalles. Nada de esto sería posible si el niño asumiera la duda como principio. La información cultural transita libremente por los cerebros humanos porque tenemos una predisposición a creer. Esta es la razón de ser tan propensos a las estafas y engaños.

No abordaremos el asunto de la confianza en nuestro propio cerebro. Se trata de otro tipo de confianza muy primario acerca de lo que tenemos en nuestra mente. Es una actitud fundamental que nos permite asumir como realidad todo lo que se nos aparece en la mente y, en consecuencia, en ningún momento dudamos de ella. Si escuchamos una voz estamos seguros de que esa voz es real. Estamos hechos para responder a lo que nuestro cerebro nos ofrece y a confiar en esa información como cierta. Pero puede suceder que el cerebro no haga un buen trabajo y falle. Hay miles de problemas que podrían ocurrir en un órgano tan complejo, y lo más sorprendente es que podría darse el caso de que nunca nos diéramos cuenta de que algo malo ocurre. Podemos detectar un mal funcionamiento de cualquier órgano pero no podemos ser conscientes de que nuestra mente está haciendo un trabajo defectuoso. Apenas podemos percatarnos de las ilusiones ópticas o kinestésicas. Pero el hecho es que no dudamos de lo que nos ofrece nuestra mente, por más fantástico que sea. Hay diversos estados en los que la mente puede resultar alterada, empezando por la actividad de ciertas drogas hasta la simple sugestión. En todo caso, creemos en nuestra mente. Eso es una confianza elemental, digamos, de nivel fisiológico. Sin embargo, en este capítulo tratamos acerca de la confianza en lo que nos ofrece la cultura. Estoy tentado a decir que se trata del mismo mecanismo desde que ya hemos afirmado antes que mente y cultura son dos maneras de ver el mismo fenómeno.

Existen pues muchas posibilidades de que nuestro cerebro funcione mal, que nuestra mente interprete mal las señales que recibe y construya una realidad psicológica equivocada, pero también que la cultura esté equivocada. Todo eso es posible. Una cultura es como una gran mente colectiva y también puede ser afectada por diversas influencias. Sin embargo vivimos sobre la base de la confianza en que todo funciona bien, que la información de la mente y la cultura son correctas. ¿Cómo podríamos saber que algo no anda bien? No hay forma. El caso es que no nos daríamos cuenta si la información o la lógica de procesamiento mental o cultural estuvieran fallando. No habría manera de saber que nuestra mente se ha engañado, como ocurre en una ilusión óptica, o que nuestro cerebro no anda bien, como ocurre en una alucinación, o que nuestra cultura entera está en un error, como ha ocurrido tantas veces y sigue ocurriendo ahora mismo. El ser humano solo actúa creyendo. Pero tal como ocurre con las alucinaciones o con las ilusiones, es posible también que nuestra cultura esté distorsionada. Y la gran pregunta aquí es ¿cómo lo sabríamos? ¿Cómo podríamos caer en cuenta de que todo ese conjunto de ideas y creencias que gobierna nuestra cultura (es decir, nuestras mentes) está equivocado o es falso?

Recordemos que la cultura es un conjunto de ideas y creencias básicas que crean la identidad de un pueblo. Igual ocurre con los individuos. Soy lo que creo ser y mi definición como ser me viene dado por mi cultura. La manera de ser hombre o mujer, niño o púber, esposa o viuda lo determina la cultura. Todo eso hace imposible que se cuestione la información cultural. Estamos hechos para creer y seguir las enseñanzas. Nadie nos enseña a desconfiar de nuestra cultura. Todo lo contrario: se ha idealizado a la fe como la mayor virtud humana. ¿Y qué es la fe sino una creencia ciega? La única manera de notar que algo puede no estar andando bien es cuando nos confrontamos. Puede ser con la propia realidad pura, objetiva y ajena a la mente, que es lo que nos trata de ofrecer la ciencia; pero también podríamos, en ciertos casos, confrontarnos con otros sujetos o culturas distintas. Sin embargo, por estos tiempos se ha puesto de moda el respeto a las creencias y culturas. Más allá de lo irracionales que puedan resultar ciertas creencias puntuales o incluso culturas enteras, se nos impone el respeto. Pero al margen del respeto es posible descubrir inconsistencias si se comparan las visiones del mundo y de la vida entre culturas, podemos constatar que las creencias se sustentan en... ¡nada! Si es que consideramos que las meras palabras son nada. Esto es algo que, en todo caso, solo hacemos los estudiosos y no las personas que viven inmersas en sus propias culturas. Todas ellas creen ciegamente en su mundo cultural. La duda incluso se castiga en la mayoría de ellas.

La duda y el escepticismo no son enseñanzas culturales ni reacciones primarias en el ser humano. Más bien diríamos que son actitudes extrañas y muy poco comunes. Hubo de transcurrir muchos milenios de evolución mental y cultural para que Descartes haga de la duda metódica la clave del conocimiento y del despegue de la ciencia. Aun en nuestros días es difícil hallar el pensamiento crítico. La gente tiende no solo a creer en lo que lee o escucha sino a acoger la información con fanatismo y a defenderla como una verdad insustituible. Y no se trata solo del mundo religioso, ocurre de manera muy común en el mundo académico y en la vida cotidiana. La gente vive siguiendo consejos de personajes de la radio o la TV, confía en la información de la publicidad o en la palabra de ciertos personajes elevados de categoría. La gente cree en el horóscopo, la cartomancia, la quiromancia y miles de artes mágicas y misteriosas aun sin comprenderlas o por el hecho mismo de no comprenderlas. Los escépticos somos más bien una especie rara en este mundo. En el ambiente académico también se nos exigen citas bibliográficas para admitir lo que afirmamos. La credibilidad depende entonces de que lo dicho ya haya sido publicado antes, y solo por el hecho de estar ya publicado se hace confiable. Un académico al igual que un predicador levanta su libro para gritar enfáticamente "aquí lo dice".

Conocedores de la tendencia humana a creer, los publicistas lo aprovechan al máximo. Hoy los productos ya no se venden solos sino asociados con alguna idea: es buena para algo. Y la gente cree. No son pocos los casos en que el componente principal del producto no es más que una mera idea. Hemos llegado al punto en que la gente compra productos básicamente por la idea asociada a él. ¿Qué tiene todo esto que ver con las creencias religiosas y especialmente con la creencia en un dios? Pues todo. Una de las razones por las que estas creencias se mantienen es porque la gran mayoría de las personas cree en ellas desde que las escucha, las acoge y las defiende. Es un mecanismo muy simple pero ha funcionado por miles de años. Las creencias culturales definen a cada cultura y estas configuran la mente de las personas. Toda cultura genera a sus individuos. Moldea sus mentes. Si no fuera por la actitud natural a confiar en la información cultural y asumirla, toda nuestra evolución humana habría sido imposible. Nuestra especie hubiera perecido en medio de un caos de ideas contrarias y diversas, siendo imposible construir ninguna cultura. Creemos en la forma que tiene el mundo cultural porque de lo contrario nos quedaríamos sin mundo, y seríamos arrojados de él.


d) El instinto de adoración

La simple observación nos permite descubrir en los seres humanos una curiosa conducta que no tiene equivalente en las demás especies. Se trata de la conducta de adoración. En las especies inferiores podemos ver conductas de sumisión y de cortejo, pero nada parecido a la adoración que exhiben los seres humanos. Los animales tienen conductas agresivas y defensivas, y entre estas últimas hay sumisión y escape. Sin embargo los humanos han desarrollado la conducta de adoración de una manera muy amplia, variada e insistente. Pese a ello, este tipo de conducta constituye un enorme vacío en los estudios de la psicología. Prácticamente nada sobre la conducta religiosa ha sido materia de estudio desde el plano de la psicología en tanto ciencia de los procesos mentales. La mayoría de escritos presumiblemente psicológicos sobre conducta religiosa ha sido hecha por allegados a la psicología, quienes crearon el capítulo llamado "psicología de la religión", donde una buena parte son descripciones del mismo estilo de la sociología. Difícilmente podemos encontrar un estudio de la conducta religiosa que no esté supeditada a la fe o al plano meramente descriptivo, y que no trate de justificarla apelando a simples figuras retóricas como la "trascendencia de la persona". Freud y otros psiquiatras solo se interesaron en la relación entre la religión y la neurosis. 

Evidentemente la conducta de adoración es una conducta compleja que ha ido evolucionando a lo largo del tiempo, a partir de la simple sumisión a la autoridad y luego a una divinidad concebida de algún modo, ya sea una persona viva o muerta, un fetiche o imagen divinizada de animales, astros, etc. La divinización de los reyes y, posteriormente, la adopción de divinidades imaginarias, generaron los rituales de adoración más variados, destinados a ganarse la voluntad y simpatía de los dioses, como lo fuera en sus inicios con los reyes. Esto se hizo posible gracias a las capacidades de representación simbólica que permite el cerebro humano, lo cual significa simplemente que para los humanos las cosas no son lo que son sino lo que quiere que sean. Así es como el Sol pasa a ser un dios y, por tanto, se le debe adoración a fin de ganarse sus favores o expresarle gratitud. En todo caso, existe una relación netamente humanizada con el dios. Tanto el dios como las conductas de adoración y toda la parafernalia que engloba la relación hombre-dios es una elaboración auténtica de cada cultura, y que solo adquiere su sentido dentro de cada cultura generadora del mito y los rituales. De este modo veremos que los hombres trasladan su propio entendimiento de las relaciones humanas a las que sostienen con sus dioses, atribuyéndoles a estos los mismos sentimientos, gustos y expectativas de los propios humanos.

En virtud de la capacidad mental que hemos explicado someramente, los seres humanos han adorado prácticamente todo lo que hay sobre este mundo e incluso lo que tienen solo en sus mentes. Los actos de adoración han estado dirigidos a diversos objetos: fenómenos naturales, animales, astros y seres imaginarios, además de personas vivas y muertas. Lo más cercano a esta conducta es la actitud de sumisión y entrega que se observa en ciertas especies, por ejemplo los perros frente a sus amos. Los hombres tiene una gama muy amplia de actitudes que caben en esta categoría que van desde la lisonjería y la adulación hasta la adoración mística basada en una especie de encantamiento, enajenación y entrega, que llega a extremos de la inmolación. Muy parecido a lo que ocurre con las personas enamoradas. De hecho no ocurre solo en el campo religioso. La adoración tiene expresiones muy variadas, incluso en el ámbito político, tal como se aprecia en Corea del Norte, donde se ha deificado a los gobernantes y se les rinde culto sagrado. Hoy mismo el ser humano adora animales muy diversos que incluyen vacas, ratas, monos, entre otros; se adoran fetiches diversos, como un meteorito (La Kaaba) además de imágenes de supuestas divinidades, etc. Las religiones han sabido aprovechar muy bien esta tendencia humana y han desarrollado una gran variedad cultos hacia diversas cosas, haciéndolos objetos de adoración y de rituales con las que las personas logran conectarse y comulgar. Algunas religiones no son más que un conjunto de rituales diversos de adoración que incluyen cánticos, alabanzas, procesiones, trances, etc. Tales actividades son de gran aceptación popular porque permiten una especie de regocijo interior y una ocasión para expresar libremente sus emociones. Es decir, se trata de una experiencia psicológica. Además las personas sienten que ganan seguridad interior por la supuesta gracia obtenida mediante el acto de adoración.

La adoración puede vincularse fácilmente al fetichismo, ya que es una conducta focalizada alrededor de un objeto al que el sujeto le otorga atributos psicológicos. De hecho los actos de adoración giran en torno a objetos tales como libros, estatuas, imágenes u otros diversos considerados "sagrados" y "milagrosos". Hay casos excepcionales en los que el acto ritual de adoración se realiza sin la presencia de objeto alguno, pero invocando la imagen mental de un dios. El acto de adoración parece ser el medio de mayor "contacto" entre la persona y el objeto de su adoración, que suele ser una divinidad o algo vinculado a este. Aun queda mucho por investigar sobre este curioso acto humano tan primitivo y de tanta variedad expresiva.

e) Necesidad de apoyo

Una de las necesidades más apremiantes del ser humano es la seguridad. Es una extensión del instinto animal de supervivencia pero que en el caso humano ha alcanzado expresiones más complejas debido a sus capacidades psicológicas. El hombre empezó a construir sus viviendas para protegerse de las inclemencias del medio ambiente, así como de los depredadores y de los enemigos. A medida que la mente-cultura se iba formando fueron apareciendo conceptos semánticos e imágenes mentales de peligros imaginarios y de seguridades imaginarias. Es decir, una estructura psicológica que imitaba el mundo real en un escenario virtual. Aparecieron así peligros como los malos espíritus y las malas voluntades, que eran combatidas con elementos mágicos como ciertas flores, plantas o piedras con propiedades mágicas. Esta clase de ideas siguen vigentes aún en nuestros días. Las casas todavía muestran algunos elementos mágicos. Hasta hace poco era común ver en casi todas las casas plantas de sábila, ramos de ruda, piedras de jade y adornos diversos a los que se les atribuye poderes mágicos y cuya principal virtud es proteger.

Todo este folklore en torno a la protección de la vivienda y la vida de sus habitantes forma parte de las necesidades psicológicas de seguridad. Los seres humanos no solo buscan protección sino que necesitan sentirse seguros. La falta de seguridad o su sensación causan angustia y estrés. El hombre ha fabricado muchas cosas para su seguridad pero también para su sensación de seguridad. Los presupuestos asignados a la seguridad suelen estar entre los más elevados de los países y las compañías. De modo que no podría ocurrir menos en el mundo cultural creado e imaginado por los seres humanos. Para esta necesidad nada es mejor que dioses protectores. Antiguamente existían muchos dioses protectores. Cada tipo de persona tenía el suyo propio. La mitología griega es rica en toda clase de dioses y ellos tienen una vida propia en el imaginario popular, de forma tal que han enredado sus historias al punto que hace falta una gran investigación para conocer todas las versiones de cada dios. Lo que significa que estos eran parte de la vida cotidiana de las personas y de sus ambientes vitales. En La Iliada encontramos una muestra bella pero aleccionadora acerca de cómo la vida de los hombres estaba tan estrechamente entrelazada con la acción imaginaria de sus dioses.

No hay duda de que la invención de los dioses, pero principalmente su fijación en la mente de las personas haciéndola parte de su vida cotidiana y de su suerte y futuro, tiene que ver con una necesidad interna de seguridad. Y esta es al mismo tiempo la razón psicológica más importante para rechazar la idea de la inexistencia de dios, por más evidente y racional que sea. Se trata de algo que resulta inaceptable no desde un punto de vista racional sino desde el fundamento más profundo de la psicología humana. No es posible perder un elemento de seguridad tan importante y vital. La simple idea de que no exista un dios es completamente inaceptable en principio, ya que el mundo que los humanos han construido en su mente-cultura tiene como eje principal un dios o varios. ¿Cómo pues eliminar la base de una cultura sin permitir que toda ella se venga abajo? El peligro inminente de que todo colapse estimula el rechazo de la idea más peligrosa de todas que es la inexistencia de dios. Plantearle a una cultura esencialmente religiosa y absolutamente teocéntrica que su dios no existe, es sencillamente lo mismo que aniquilarla con una bomba atómica.

Se notará incluso que para muchas personas rara vez basta con un dios. Por lo general hay una serie muy amplia de elementos místicos y mágicos a los que le otorgan el poder de proporcionar algún tipo de apoyo y seguridad. Pueden ser talismanes, cruces, rosarios o una larga serie de chucherías religiosas y mágicas que se cargan como parte de la superstición. La gente se siente más seguras cuando las llevan consigo o cuando ejecutan un acto ritual ligado a ellos. En la clínica hemos encontrado de manera bastante frecuente que estos actos tienen alguna conexión con conductas obsesivo-compulsivas, pues las ideas de protección aparecen obsesivamente como una necesidad para la vida, y va seguida de rituales que son actos compulsivos de los que no se pueden desligar, porque su ausencia genera angustia.

La vida de muchas personas transcurre en dependencia permanente con sus elementos religiosos y místicos, así como con sus rituales. El acto mismo de acudir a la iglesia se convierte en un ritual que adquiere la forma de un acto de fe, pero que termina siendo un ritual que evita la angustia del pecado y da el sosiego de una bendición que proporciona seguridad y paz.


f) El pensamiento gratificante

Más allá del rol protector que juega la idea de un dios en la psicología de las personas, encontramos además una gran variedad de ideas religiosas que resultan sumamente gratas para el ser humano. Las ideas agradables actúan en la mente lo mismo que el azúcar o el chocolate en el paladar. Estimulan y determinan una actitud más favorable de la persona hacía la vida en general. En este sentido, las ideas positivas o gratificantes actúan como nutrientes en la estructura psicológica, lo que conlleva a que tales ideas sean fijadas con mayor énfasis en nuestro esquema mental. Estamos predispuestos a admitir las ideas que nos satisfacen, así como aceptamos fácilmente los alimentos que nos agradan al paladar.  

Más allá de la seguridad psicológica que ganan con ciertas ideas y actos muy específicos, hay una satisfacción general con el pensamiento religioso en su conjunto. Y esto se debe a que las religiones proponen una serie de ideas muy agradables para las personas. En primer lugar les brinda una explicación totalizadora del universo, la vida y la existencia toda, de una manera muy simple y fácil de entender, y que para la gran mayoría es la única que poseen. Esto ya de por sí es una gran ayuda porque le permite a toda persona adquirir un sentido general de la vida, una forma de comprender la existencia, lo que se dice una cosmovisión, cuestiones que son fundamentales para el accionar psicológico y mental de cualquier sujeto, ya que le permite ubicar un punto de apoyo lógico para el discurrir de su pensamiento. Sería imposible razonar sin tener una idea básica de qué hacemos en este mundo. En tal sentido, todas las religiones han proporcionado el marco general del raciocinio humano con ideas simples y gratificantes.

Ahora nos resulta un tanto difícil imaginar cómo se vivía en el siglo XV, pero lo cierto es que durante milenio y medio una gran parte de la humanidad vivía pensando en la salvación del alma, en la vida eterna y en cómo evitar el fuego eterno del infierno. Hoy la concepción de la existencia es muy diferente, pero buena parte de la humanidad carga todavía con una cosmovisión religiosa. De modo que el papel de la religión ha sido fundamental para el funcionamiento mental de las personas al proporcionarles un fundamento lógico general, que ya de por sí es gratificante porque permite pensar con fluidez y entenderse con los demás, dentro de su cultura al menos.

Alguien podría plantear la idea, muy lógica por cierto, de que si los humanos dependieran de la cosmovisión religiosa, la especie podría perecer si todos decidieran seguir una religión hecha con ideas nocivas. Esto, desde luego, es una gran verdad y aun cuando existe esa posibilidad, no parece ser una posibilidad inmediata; pero sin duda podría ocurrir a menor escala, como ya ha ocurrido con muchas comunidades pequeñas o incluso países enteros que decidieron seguir ideas nocivas y han desaparecido o estuvieron a punto de hacerlo. Desde la Alemania nazi hasta comunidades religiosas como las del reverendo Jim Jones o David Koresh, decidieron seguir ideas que los llevaron a la aniquilación. ¿Pero por qué las siguieron?

La única respuesta está en que esas ideas eran muy gratificantes. Del mismo modo en que las moscas buscan el dulce y son atrapadas por un papel engomado en una sustancia atractivamente dulce, los seres humanos podemos caer víctimas de unas ideas muy atrayentes, aunque estas finalmente nos hagan daño. En el caso de la Alemania nazi las ideas estaban referidas a una nación poderosa que tenía como destino conquistar el mundo por derecho propio. En el caso de las comunidades religiosas se trata de ganar la salvación eterna ante la destrucción inminente del mundo. Hay muchas ideas agradables que han formado naciones, como las del pueblo judío, el "pueblo elegido de Dios". Lo sorprendente es que otros pueblos que no son judíos se han sumado a la idea de ser "el pueblo elegido de Dios" y hasta leen la misma Biblia de los judíos.

Si la especie humana no ha desaparecido aun es porque no hay -o no había- la posibilidad práctica de que unas ideas conquistasen a todo el mundo en su conjunto. Hoy, pese a las tremendas facilidades que nos ofrece la tecnología de las comunicaciones, aún tenemos las barreras del idioma y de las diversas culturas. Así que materialmente parece imposible que unas ideas logren conquistar a todo el mundo, pero siempre es posible que un grupo muy activo sea ganado por unas ideas nocivas y cause mucho daño, tal como ocurrió con los talibanes. Las víctimas de estas ideas nocivas no son solo los alienados que las acogen sino también los pueblos que son considerados "enemigos" en esas ideas. Los alienados no son conscientes de la toxicidad de sus ideas, tan solo las siguen y las defienden porque les resulta gratificante. En la medida en que las ideas tóxicas no implican conciencia del peligro, ni este es inmediato y a veces ni siquiera directo, las personas no tienen dificultad alguna en adherirse a ellas. El cuadro general puede llegar a ser realmente espantoso. El sujeto puede llegar a admitir ideas que consisten en su propia muerte o la de otros como necesarias para un fin mayor, como por ejemplo congraciar a un Dios y ser premiado con 77 vírgenes en el paraíso.

Con todo lo anterior queremos demostrar que las ideas pueden resultar nefastas y hasta mortales, y aun así resultar gratificantes, pudiendo tener adeptos y seguidores. Lo que en realidad importa y basta es que las ideas tengan una carga emocional positiva para el sujeto. Deben darle la oportunidad de pertenecer a un grupo importante, de estar al servicio de una causa mayor, trascendental, y debe desear sentirse útil a esa causa. Las mejores ideas son en realidad parte de un conjunto mayor al que llamamos ideología. Una ideología es una compleja colección de ideas que responden a grandes inquietudes. Por lo general nos ofrecen explicaciones totalizadoras del mundo identificando buenos y malos, objetivos de salvación, actos de heroicidad que garantizan la entrada al mundo inmortal o al paraíso.

Siendo seres cognitivos, los humanos estamos a merced de las ideas. Ellas nos mueven y definen nuestro mundo. Somos lo que tenemos en la mente como ideas. A veces resulta que son las ideas las que nos tienen a nosotros. Somos presas de nuestras ideas. Obedecemos a las ideas. No tenemos otra alternativa. Ese es el destino del ser humano por ser sujetos cognitivos que dependen de una conciencia donde se fabrica un mundo con ideas, las que llegan mediante la palabra y el texto. Por eso tenemos palabras sagradas y textos sagrados.