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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Una distinción entre salud mental y salud psicológica


Actualizado: 01/06/2013

Introducción

En los últimos tiempos se habla mucho de "salud mental" y sin embargo no contamos con un concepto claro sobre lo que esto significa. Es cierto que incluso la salud, a secas, se torna problemática cuando se pretende encapsularla en un concepto. Quizá deberíamos abandonar la idea de buscar un concepto simplificador y abordar ciertos temas en toda su realidad amplia y compleja. De hecho, hay cosas que no pueden reducirse a un simple concepto, de igual forma que no todo puede llevarse en los bolsillos.

La tendencia moderna de comprometer el concepto de salud con aspectos cada vez más amplios del ser humano, involucrando las esferas orgánica, psicológica y social, nos ha conducido a una exuberancia teórica muy cercana al caos, sin ser de mucha ayuda en la práctica clínica. A fin de cuentas, la cuestión de la salud física resulta menos problemática por ser evidente, pues en gran medida se la vincula con la ausencia de enfermedad o al menos de síntomas y signos claros y objetivos. Pero cuando abordamos el campo de la salud mental, la dispersión resulta inevitable por la ausencia de evidencia irrefutable y de parámetros restrictivos, lo que conduce al desamparo final. Y todo por tratar de cubrir campos cada vez más amplios. Es obvio que la salud mental involucra conceptos y escenarios más extensos de los que podemos cubrir con sensatez y responsabilidad social. Como consecuencia, la labor clínica se ve afectada por un halo de vaguedad e incertidumbre, pues queda la sensación de no haber cubierto el panorama en su totalidad y dejar muchos cabos sueltos. Esta situación resulta inevitable debido a que los exámenes de salud mental quedan, por lo general, librados a la competencia y criterio exclusivo del médico psiquiatra. A veces, es cierto, con ayuda de psicólogos que despliegan sus artes y técnicas de medición en un ambiente en donde los conceptos y criterios son psiquiátricos, no psicológicos.

Lo peor es que la participación complementaria del psicólogo clínico lleva muchas veces a generar variedad de resultados e inconsistencias con los psiquiatras, lo cual es considerado usualmente como un fallo del sistema y acaba siendo un punto permanente de fricciones profesionales y puntos de vista. Debate que al final acaba por favorecer a los médicos psiquiatras debido a que estos detentan el poder en el ambiente clínico. Sin duda la situación que hemos descrito es generalizada y común en muchos países. Pero esto no debería ocurrir si los campos y competencias estuviesen claramente delimitados desde su origen en los conceptos de salud mental y salud psicológica. Apenas estos conceptos queden esclarecidos, se verá como algo natural que los resultados puedan ser inconsistentes, pues una buena salud mental no involucra, necesariamente, una buena salud psicológica. La situación es tan confusa que resulta perfectamente posible que grandes psicópatas de la historia, como Hitler, podrían aprobar los actuales exámenes de salud mental sin mayores dificultades.

Este problema de la indefinición e impresición de la salud mental tiene amplias repercusiones sociales, llegando incluso a escenarios jurídicos y éticos. Sin embargo no se ha abordado el problema por una cuestión de celos profesionales, según mi propio parecer. Hay una especie de prejuicio en el ambiente clínico que impone la supremacía del criterio médico, incluso en lo que respecta a la salud mental, como si por el sólo hecho de llevar la palabra "salud" tuviese que permanecer, toda ella, en el ámbito médico. De este modo, es el médico psiquiatra quien acaba teniendo la última palabra en salud mental, aunque se trata de un campo que rebasa largamente su competencia profesional. Esto es algo que debemos remediar, no tanto para dar solución a una aparente disputa profesional de competencias, sino con el interés de resolver un problema clínico evidente que nos impide ofrecer una ayuda más efectiva a la sociedad, además de limitar un mejor entendimiento en el terreno del debate teórico.

Las lineas que siguen son un pequeño aporte para resolver este delicado problema. Una buena idea frente a temas complejos es tratar de partirlos. En una prueba de aptitud nos enfrentaron con el gran problema de introducir cinco elefantes en un automóvil. La respuesta correcta era meter dos adelante y tres atrás. Nadie dijo que debíamos hacerlo sino proponer una solución al problema. Si logramos reducir la complejidad de un problema, ya hemos dado un paso en la dirección correcta. Esta puede ser la estrategia ante el gran problema de la salud mental. Una primera forma de abordar el problema podría ser separar la salud mental de lo que es la salud psicológica. Lamentablemente se ha hecho muy poco por desarrollar este concepto de salud psicológica y quizá esa sea una de las razones por las que seguimos patinando sobre el mismo problema, sin movernos en ninguna dirección. En este espacio trataremos de dar un alcance general sobre lo que concebimos como salud psicológica.

Bases para un concepto de salud psicológica

La manera más simple de trazar una linea divisoria es restringiendo el concepto de salud mental hacía el funcionamiento adecuado de las funciones mentales, y el de salud psicológica, al desenvolvimiento adecuado de la persona como sujeto de una sociedad. Este será en adelante nuestra divisoria. Es posible que bajo una visión general parezca una linea muy difusa. En efecto, puede serlo, pero es una linea que trataremos de mantener. Sobre ella podemos empezar a trazar definiciones que precisen con mayor claridad esta separación, pero eso quedará como un trabajo teórico pendiente. Hay que empezar a trabajar en ello.

El concepto de salud mental es empleado (o debería serlo) básicamente por la psiquiatría, es decir, por la medicina vinculada a los problemas mentales con base orgánica. Un examen de salud mental propiamente dicho empieza por descartar alguna patología mental mediante el recuento de los síntomas clínicos más comunes y evidentes, siguiendo los criterios diagnósticos del DSM, por ejemplo. Aunque esto es algo que también tendrá que ser revisado. De hecho, las categorías diagnósticas empleadas por el DSM son de lo más discutidas y discutibles, al punto que requiere su permanente modificación. Hoy, cuando se anuncia la publicación del DSM-V se sabe que el NIMH (National Institute of Mental Health) de los EEUU ha dejado de lado el DSM, prefiriendo incorporar otros criterios menos confusos, basados en información última proporcionada por ciencias como la genética y la psicología cognitiva. Como ya es sabido, las críticas a esa extraña mescolanza de criterios empleada por el DSM no son nuevas. La actual ruptura entre la NIMH y el DSM parece abrir una nueva esperanza de que las cosas van a cambiar en el confuso y conflictivo escenario de la salud mental. Sea como sea, el examen de salud mental tendrá que seguir alguna pauta para determinar patologías manifiestas de acuerdo a algún criterio ampliamente admitido. En una segunda etapa puede llegar a evaluar el óptimo funcionamiento operacional de las capacidades mentales básicas, como la atención, la concentración, la memoria, la ubicación en tiempo y espacio, la comunicación efectiva, el reconocimiento de la circunstancia, la comprensión de los mensajes, la capacidad simbólica, los controles emotivo, conativo y cognitivo, el razonamiento lógico en sus aspectos abstractos, concretos y asociativas, etc. Características todas que pueden ser evaluadas objetivamente e incluso medidas, confrontando los hallazgos con tablas de valores universales.

Pero, definitivamente, la salud mental no debería extenderse hacia interpretaciones subjetivas y laxas del tipo “disfrute cabal de la vida” o “contribución adecuada a la sociedad”, porque estas, además de escapar del escenario orgánico cerebral van incluso más allá del campo médico psiquiátrico. En la medida en que la medicina es una ciencia natural centrada en el organismo, la psiquiatría sólo debe ocuparse de lo orgánico y mensurable, siguiendo los principios de la medicina basada en la evidencia. Dejar la puerta abierta hacía el campo de la calificación subjetiva sobre el escenario social, implicaría abandonar los cauces reales de la medicina para ingresar a un escenario totalmente diferente, ajeno propiamente al enfoque médico, y creando una superposición de funciones y criterios con la psicología, y otras disciplinas de carácter eminentemente social y cultural. No es otra la causa y naturaleza del debate actual sobre las categorías diagnósticas en el complejo escenario de la salud mental que ha llevado finalmente a la NIMH a desechar el DSM.

La salud psicológica es algo muy distinto a la salud mental, y es bueno separarlos. Se trata de un concepto más amplio y abarcador que no está en función de la actividad específica del cerebro como órgano, sino con el manejo social de un individuo como persona, al margen de que este tenga problemas de salud física o mental. La existencia de determinados problemas de salud física y mental no siempre impide que los individuos logren desarrollarse como sujetos activos en su medio social. Las personas son siempre más que los órganos, y son capaces de superar diversas dificultades orgánicas específicas, como por ejemplo, de atención o memoria, así como de movilidad y lenguaje, logrando una adecuada salud psicológica. Incluso con dificultades severas de salud mental, como la discapacidad cognitiva ocasionada por el síndrome Down, o más aún, incluso con esquizofrenia, las personas pueden lograr desempeñarse con éxito en un medio social adecuado, cumpliendo un rol y siendo parte activa de una comunidad, es decir, pueden llegar a gozar de buena salud psicológica. Pero también podría llegar a ocurrir todo lo contrario, es decir, que personas que gozan de perfecta salud mental, sean sujetos socialmente perturbadores. Si no establecemos una distinción suficientemente clara entre la salud mental y la salud psicológica pueden presentarse estas disonancias diagnósticas, y resultaría imposible evaluar correctamente a muchas personas de este tipo, con las graves implicancias y efectos contraproducentes que puede significar esto en un mundo que se mueve cada vez más confiando en reportes clínicos y bases de datos. De hecho hoy ya tenemos numerosas quejas de sujetos descartados por empresas en base a los resultados de un examen mental, pese a tener una larga experiencia laboral exitosa y recomendaciones valiosas.

El concepto de salud psicológica sí puede recurrir a estimaciones subjetivas de carácter interpretativo, como resultado de una evaluación del sujeto en tanto agente social. Aquí es donde evaluamos su historial como sujeto y su compromiso social. Es en este campo donde caben nociones del tipo “disfrute cabal de la vida” y “contribución activa a la sociedad”. Pero eso hay que juzgarlo desde una amplia perspectiva socio-cultural, que, por lo general, está fuera de la jurisdicción del médico psiquiatra. Al final no sería extraño pues que ambos conceptos se contradigan en la evaluación de un mismo sujeto. Es posible que no goce de plena salud mental pero sí de salud psicológica. Y este último concepto resulta más relevante en términos sociales. El manejo paralelo y distintivo de estos conceptos contribuye mejor a la evaluación integral de las personas, y prestaría una mayor contribución a la sociedad, lo cual resulta imposible de lograr si dependemos de un solo concepto confuso y dejamos todo en manos de un solo tipo de profesional, como el médico psiquiatra. Y aunque esto no sea así, pues en muchos escenarios participa el psicólogo en la evaluación de la salud mental, el hecho de depender de un concepto tan psiquiatrizado como el de salud mental, hace que los psicólogos se concentren en la evaluación de aspectos muy concretos, tales como el rendimiento intelectual y rasgos de personalidad patológica, (basados incluso en el DSM) e incluyendo, desde luego, "organicidad". Este tipo de evaluaciones confusas está generando -cada vez con mayor frecuencia-  personas que acaban siendo descalificadas por el examen mental, siendo sujetos totalmente productivos y hasta exitosos para su medio concreto. Recientemente vi el caso de una persona que tenía una larga experiencia como maquinista y conductor de gruas que, postulando a otra empresa para el mismo cargo, había sido descartado debido a los resultados de su evaluación mental, a la que incluso llaman "evaluación psicológica integral". Sin duda aquello no tenía sentido y el sujeto se sentía muy disconforme y justificadamente enojado con el examen al que había sido sometido. Esta es la clase de problemas que estamos causando. Y en la medida en que las evaluaciones de salud mental se van haciendo más comunes en el trámite de postular a las empresas, podemos terminar ocasionando grandes daños a la sociedad.

El manejo confuso y difuso del concepto "salud mental" implica que durante la evaluación el psicólogo se meta en áreas orgánicas que no maneja con solvencia, y que el psiquiatra invada aspectos de la vida social que son mal manejados por carecer de un adecuado sustento teórico. Es un error muy común de los psiquiatras, al evaluar la salud mental, hacer preguntas que implican criterios valorativos culturales. Pongamos un ejemplo simple: "¿en qué estación estamos?". Una pregunta como esta implica cierta valoración sobre dicha información, que no es necesariamente relevante en todas las personas, culturas y/o comunidades. Más aún en territorios donde el cambio de estaciones es poco perceptible y no afecta en nada el desenvolvimiento de la vida. Para un sujeto podría ser más relevante saber en qué mes del año se siembra el maíz. Este tipo de preguntas no deben salir de un tablero o cuestionario estandarizado y universal, tal como ocurre hoy. Lo peor es que tales cuestionarios mezclan criterios de salud mental y salud psicológica inadvertidamente. Es labor del profesional que evalúa la salud psicológica, determinar el origen cultural y el nivel cultural del sujeto, para elegir o generar las preguntas pertinentes, es decir, las que le corresponden al sujeto en función a sus características propias y su cultura de referencia. Hay que tener presente que el sujeto humano asume su ser personal en virtud de una cultura. De allí la importancia de que el psicólogo, más que el psiquiatra, sea un profesional muy ligado al medio sociocultural específico donde ejerce, pero tener además la necesaria preparación para abordar otros segmentos culturales. Aquí es donde se aprecia la diferencia entre un profesional vinculado a las ciencias naturales, focalizado en la biología como campo y cuya perspectiva es universal, invariable y estandarizada, y, de otro lado, un profesional vinculado al sujeto como persona humana insertada en un escenario familiar y sociocultural concreto, frente al cual asume una perspectiva socio-temporal e histórico-cultural.

Este no es el lugar para pasar a una sustentación epistemológica de las diferencias que implican ambas perspectivas involucradas en la evaluación de la persona. Baste decir que los fundamentos de racionalidad epistémica cambian radicalmente cuando se pasa de un escenario biológico-natural a otro socio-cultural. Por ello es importante diferenciar el tipo de preguntas planteadas durante la evaluación. En el caso de la evaluación psicológica, las preguntas de evaluación deben estar lo más posible encuadradas en la cultura y estilo de vida del individuo. Una característica cognitiva de toda persona es ser selectiva con la información. Desde luego, existe cierta información que resulta vital para toda persona en cada comunidad o cultura; pero esta no siempre es la misma para todas. Alguna información puede ser significativa en una comunidad pero no en otra. Por ejemplo, la información relevante al campo de la tecnología que hoy domina los segmentos cosmopolitas del mundo occidental, son vitales para desenvolverse en algunas ciudades pero no lo son en las comunidades que están alejadas de esos entornos. En todo caso, es más importante identificar el tipo de información que resulta relevante para el sujeto evaluado y que este debería valorar y conocer para ser un sujeto socialmente activo en su medio. Solo así podemos medir el nivel de su información con acierto. No podemos pues someter a todos los sujetos a un cuestionario estandarizado y universal porque la vida humana no es estandarizada. En un examen de salud psicológica, lo que deseamos es averiguar si el individuo es un sujeto activo y eficaz en su medio, por tanto las preguntas deben adecuarse a su condición de sujeto en un medio concreto en lugar de esperar que todos los sujetos se adecuen a un cuestionario estandarizado, universal, foráneo, desactualizado y muchas veces mal traducido.

La evaluación de la salud psicológica debe surgir, en parte, de la confrontación entre la narración del sujeto y los hechos reales que nos ofrece su historia biográfica y su situación actual. Las etapas de la vida humana que se evalúan no son las del desarrollo lineal de base biológica sino las establecidas culturalmente para los individuos, como por ejemplo, "mayoría de edad", "edad escolar", "edad laboral", "iniciación sexual", etc. Debemos valorar objetivamente el grado de ajuste que mantiene el sujeto con las formas establecidas por su comunidad, lo que significa tomar en cuenta el aspecto valorativo de la propia comunidad en la organización social de la vida. También es importante evaluar la capacidad de autopercepción del sujeto, así como la capacidad de comunicación de dichas autopercepciones, tratando de determinar si el problema es de comunicación o de percepción.

Como se ve, a diferencia del concepto de salud mental, la salud psicológica no está estrechamente vinculada con las funciones mentales con base orgánica en el cerebro, sino con las estructuras psicológicas desarrolladas en la conciencia individual mediante su desarrollo histórico-social. Por esta razón, en la evaluación de la “salud psicológica” no caben plantillas de valores universales de normalidad porque toda normalidad es relativa a una comunidad. El psicólogo debe conocer los criterios de normalidad en la comunidad y cultura de origen antes de evaluar al sujeto. Por ejemplo, el criterio de normalidad en la iniciación de la vida sexual de las mujeres, tanto en la edad como en sus formas, es algo que no puede estar definido en un manual. Lo mismo ocurre en la visión del papel en la familia, como hijo, padre, esposo o hermano. En consecuencia la psicología clínica debe abstenerse de emplear manuales de referencia como lo hacen en la psiquiatría. Los criterios de normalidad en la psiquiatría derivan del enfoque médico, es decir, son del tipo "hecho natural". Lo "normal" es aquello que la naturaleza ha hecho. En la salud psicológica no existe el "hecho natural". Nada es un "hecho natural". Todo está basado en hechos humanos y culturales, en estructuras de racionalidad definidas por los propios seres humanos y sus sociedades, por tanto, los criterios de "nomalidad" dependen de la cultura específica. Acá vemos nuevamente la diferencia de los enfoques, por un lado el enfoque naturalista y por el otro el culturalista. Sin embargo, la dependencia del enfoque médico hace que a menudo los psicólogos trabajen y piensen con un enfoque naturalista acerca de normalidad. Aunque los propios psiquiatras han debido enfrentar estos problemas en temas relativos a la sexualidad. Recordemos que inicialmente catalogaron a la homosexualidad como parte de la patología o conducta anormal, para luego dejarla como una simple expresión cultural. Sin embargo, el debate no ha terminado.

Esta división de campos entre psicología y psiquiatría debe quedar claramente establecida para que no ocurra que tanto uno como el otro invadan dominios ajenos a su competencia, pero también para que no se aborden cuestiones humanas desde una perspectiva naturalista, y para que no dejen de evaluarse aspectos relevantes del funcionamiento humano como agente sociocultural. A causa de esta falta de claridad, es muy común que los psicólogos prefieran acoger criterios psiquiátricos, trabajen con el DSM y hablen en términos médicos. Todo esto es lo que debemos tratar de corregir en la psicología.

En la práctica actual, el examen mental se ha reducido a la evaluación de tres ejes básicos. De ellos, dos están fundados en conceptos míticos provenientes de la psicología pre científica: inteligencia y personalidad. A ellos se suma el concepto médico neurológico de "organicidad". Debemos notar que el concepto de "personalidad" ha perdido su sentido en la psicología moderna y solo se mantiene vigente en la psiquiatría, debido a la clasificación de la "patología de la personalidad" de muy larga data, cuyo origen se remonta al psicoanálisis freudiano. Por su parte el psiquiatra emplea sus propios estándares de donde surgen preguntas del tipo “¿en qué estación estamos?”, puntuando las respuesta "equivocadas" como signos de deterioro mental. Lo grave de estos exámenes es que muchos cuestionarios provienen de culturas distintas, como la norteamericana, han sido mal traducidas o adaptadas a otras culturas, como la española, y son aplicadas de forma mecánica y rutinaria en cualquier otro ambiente cultural. He hallado preguntas que contienen palabras cuyo significado ignoro. Otro problema es que la vida se ha transformado mucho en los últimos veinte años y estos cuestionarios se han quedado rezagados en el tiempo. Todavía se preguntan cosas como "¿respondes de inmediato las cartas que recibes?".

En conclusión, la “salud mental” puede contar con parámetros precisos predefinidos que señalen la presencia de salud y ausencia de enfermedad, manteniendo incluso validez universal fundado en algún criterio ampliamente aceptado, como puede ser el DSM (aun cuando este sigue siendo objeto de duras críticas y haya sido dejado de lado por la NIMH), o el CIE10. En cambio en la “salud psicológica” no existe necesariamente una referencia previamente establecida de salud, y menos de carácter universal. Todo lo que tenemos son criterios valorativos generales extraídos de una teoría que nos sirve de sustento. Luego, las preguntas del examen deben elaborarse sobre la base del conocimiento de la cultura de referencia del sujeto. Usualmente ocurre que evaluamos a personas de nuestra propia comunidad, pero hace falta verificar esto como un primer paso, especialmente en ciudades que concentran muchos migrantes. Además, hay que advertir una cuestión final: el concepto mismo de "enfermedad" en el terreno de la psicología es algo que aun no ha sido discutido teóricamente. Nos hemos adherido a las nociones de la medicina por defecto, pero esto es simplemente un error, y muy grave. La discusión del concepto "enfermedad" en la psicología es una de las tareas pendientes de la psicología clínica, que debe comprender entornos de patología cultural o social que hoy son simplemente ignorados. Apenas hallamos referencias a "enfermedades culturales" cuando se habla de la anorexia, por ejemplo, pero que más allá de ese señalamiento, dicho concepto carece de un sustento epistémico que permita identificarlo como unidad gnoseológica. Hay pues mucho trabajo por hacer en el desarrollo de la psicología clínica como ciencia independiente. Pero el primer paso es diferenciarla y separarla de la psiquiatría. Y lo primero que debe quedar claro es que mientras la psiquiatría maneja valores universales de referencia, en la psicología empleamos marcos culturales de referencia. 

La evaluación de la salud psicológica

Desde una perspectiva de configuración social, la salud psicológica necesita generar sus propias etapas del desarrollo humano, de modo que sirvan como referencia en la determinación de la adecuada maduración psicológica del sujeto. El desarrollo psicológico del hombre es visto como un proceso permanente de incorporaciones a escenarios sociales y culturales cada vez más amplios y complejos. El hombre se inicia con la experiencia vital de su incorporación a una familia, y sucesivamente pasa a escenarios más amplios que lo acogen pero aplicándole una serie de elementos cognitivos configurantes, los que lo convierten al fin en un miembro más de la familia, la comunidad escolar, el vecindario, la ciudad, la nación, etc. Hace falta señalar estas etapas con precisión a fin de conocer el grado de desarrollo del sujeto bajo esta perspectiva.

Parte de la evaluación es determinar su grado de adecuación y su nivel de incorporación cultural. Esta es una tarea pendiente, pero se tienen aproximaciones desde la psicología del desarrollo. En cada etapa el sujeto debe demostrar solvencia cognitiva y conciencia de su participación. Más aun, tendría que mostrar una participación efectiva en sus escenarios sociales ya incorporados. Esto quiere decir que en cada fase debe haber asimilado los elementos lógicos necesarios para razonar en función de las formas de pensamiento pertinentes a su comunidad, las que nos explicarán porqué está estructurado cognitivamente como lo está. Esto es así porque el hombre, a diferencia de otras especies, no nace sabiendo quién es ni lo que tiene que hacer, sino que debe descubrirlo y hacerse a sí mismo. En nuestra cultura, se espera que un individuo esté plenamente incorporado a su cultura alrededor de los 18 a 20 años, en otras culturas ocurre mucho antes. En los hechos podemos observar que actualmente los individuos no acaban de incorporarse a su sociedad sino hasta los 25 años, de modo que hay un desfase entre lo que la sociedad espera y lo que últimamente viene ocurriendo. La ley les concede "mayoría de edad" a los 18 años, pero eso no es vinculante para los criterios psicológicos. De hecho, debemos contar con parámetros claros que permitan determinar si un sujeto ya ha alcanzado la mayoría de edad, al estar plenamente incorporado a su sociedad como un agente productivo.

Algunos individuos se sienten incorporados rápidamente a la dinámica de la actividad de la familia cuando estas desarrollan formas comerciales, artísticas o fabriles que incluso se remontan a varias generaciones atrás. Algunos escenarios culturales tienden a privar al sujeto de mayores incorporaciones, forzándolo a permanecer preso en su órbita. Esto ocurre desde algunas clases de familias hasta círculos religiosos y sociedades cerradas. Otras culturas desarrollan ciertas formas de pensamiento social que facilitan la aparición de trastornos conductuales en sus individuos, a veces muy nocivos como ceremonias de flagelación, peleas masivas, deformaciones del cuerpo, tatuajes, etc. 

En nuestro medio observamos también algunas de estas conductas, pero principalmente diversas formas de adicciones, agresividad, intolerancia, irresponsabilidad, conducta improductiva en general, etc. Actualmente hay mucha tecnología orientada al ocio y una valoración exagerada sobre el empleo de tales tecnologías, y de ciertos estilos de vida vinculados a las satisfacciones corporales, como el culto por la belleza y la salud. Asimismo observamos una intensa actividad de propaganda destinada a orientar a los jóvenes hacia el disfrute de la vida mediante el consumo de cerveza, el celular y otros productos que afectan la dinámica general de la vida. Sin duda, ciertas formas de pensamiento social desarrollan estragos en la salud psicológica, y hasta orgánica, a partir de concepciones inapropiadas del amor, las relaciones afectivas y de la noción de pareja. La sociedad adopta la sexualidad básicamente como un instrumento de diversión que ya se ha incorporado a los bailes y los videos musicales. Todos estos cambios sociales son causa de muchas alteraciones conductuales, tanto a nivel individual como social, pero que no llegan a considerarse problemas de salud mental, aunque sí podemos asumirlos como problemas de salud psicológica. El problema de la salud psicológica solo queda en evidencia cuando establecemos relaciones vitales directas entre la conducta individual del sujeto y su comunidad. No son evidentes cuando se evalúa a una persona como ser individual.

Hoy es la cultura la que determina los horarios y las formas para satisfacer las necesidades biológicas, desde el hambre hasta el sueño, incluyendo, desde luego, el sexo. En muchas ocasiones estas formas culturalmente diseñadas de satisfacción de necesidades acaban siendo nocivas para las condiciones biológicas y naturales del organismo, generando una gran variedad de males que afectan no sólo la salud física sino la salud mental, e incluso la salud psicológica. Por último, vivimos ya en una cultura en cuyos pensamientos sociales no aparecen claros conceptos y valores como el orden, la puntualidad, la responsabilidad, el respeto a la ley y la autoridad, etc. En suma, se hace necesario adoptar una perspectiva social para comprender la salud del sujeto, más allá del estrecho y vago criterio de la salud mental. Nuestra perspectiva busca ser un complemento y no una competencia para la perspectiva médica. Pero es urgente delimitar los territorios de acción y de competencia. Para ello hacen falta conceptos claros. Sobre la base de estas ideas generales, desarrollaremos las pautas específicas de lo que debemos entender como salud psicológica. 

Para ser más concretos, la “salud psicológica” tiene que ver con aspectos como: 
  1. La organización de la vida personal.- Evalúa los aspectos relevantes que conforman la vida del sujeto, lo que corresponde a su mundo personal, tal como él lo ha configurado, y el grado de organización que tiene para manejarlos, tomando en cuenta los tiempos y las prioridades que le asigna a cada aspecto. El evaluador debe considerar la presencia de algunos aspectos que resultan esenciales para la vida de cualquier persona, tales como la familia, los amigos, las actividades formativas y productivas, la vida de relación tanto afectiva como sexual, la vida religiosa, etc. El evaluador aprecia el grado de dificultad que tiene el sujeto para comunicar su mundo inmediato, ya que no es raro que las personas carezcan de este tipo de autorreflexión. Existen algunas técnicas que facilitan este tipo de análisis evaluativo.
  2. La percepción adecuada del futuro.- La vida es un viaje hacia el futuro. Esto implica que de alguna manera toda persona debe tener una idea suficientemente clara de su destino natural a mediano y largo plazo. Es decir, debe saber adónde va, tener planes y ambiciones, sueños a futuro que implican un ordenamiento de sus acciones de tal forma que aseguren dicha meta con un grado aceptable de incertidumbre. La planificación de la vida es la forma de organizar el futuro, a diferencia de la organización del presente que ya habíamos evaluado en el rubro anterior. Es necesario considerar el grado de ajuste que hay entre los planes mentalmente elaborados y la organización de las acciones de la vida diaria orientados a la consecución de dichos planes. Muchas veces las personas sucumben ante las tareas del presente y son incapaces de ejecutar sus propios planes que quedan como simples sueños o quimeras. La salud psicológica implica una adecuada orientación de nuestra vida al mañana, ejecución de acciones para estar mejor, y un grado aceptable de confianza y seguridad hacia un futuro con un alcance razonable tanto en distancia como en logros. 
  3. El grado de ajuste social.- El hombre es un ser social. Lo que le otorga en última instancia todo su sentido es la función que cumple como pieza de una comunidad. La persona adulta debe estar en una posición de integración con su medio social ejerciendo algún tipo de función productiva, lo cual significa ser parte del engranaje económico. Los jóvenes tienen como primera tarea lograr ser parte de su comunidad inmediata que es su familia. Esta es una especie de laboratorio social en el que los niños aprenden a jugar un rol de relevancia cada vez mayor, hasta ejercer alguna tarea de responsabilidad que los entrena para el ejercicio de la vida social en la etapa adulta. Los sujetos más integrados constituyen parte de diversas organizaciones sociales, siempre que estas se orienten al servicio efectivo de la comunidad, diferenciándose de aquellas que sólo buscan usar a la gente para obtener beneficios de algún tipo. El grado de integración social se aprecia también por el nivel de responsabilidad y compromiso que se asume personalmente con respecto a la situación de su comunidad y su país, e incluso con el mundo entero o la humanidad toda. 
  4. La organización del mundo interno.- Con “mundo interno” hacemos referencia al conjunto de experiencias subjetivas que son parte de nuestra dinámica psicológica permanente. A cada momento las personas nos enfrentamos a una gran diversidad de sensaciones, desde las más simples hasta las más complejas, las que se integran a la experiencia unificada del ser en cada momento, por lo que debemos saber manejarlas en procura de un equilibrio funcional. Estamos refiriéndonos a temores, dudas, recelos, ambiciones, afectos, intereses, deseos, enojos, cansancio, desazón, etc. Toda esa gama de variadas experiencias subjetivas que nos asaltan a cada momento, debe ser adecuadamente controlada y organizada dentro de la totalidad de nuestra circunstancia psicológica, con propósitos de una adecuación social constante. Estas experiencias deben estar en concordancia directa con nuestra circunstancia presente, es decir, el sujeto debe saber que su experiencia subjetiva concuerda con su momento objetivo. En este rubro nos corresponde identificar los principales motivadores de la conducta, así como aquellos factores que la perturban en el presente. 
  5. La organización del proyecto personal.- Las personas no tenemos una definición a priori de nuestro sentido individual, como ocurre con otras especies. La esencia de nuestro ser no nos viene dada con el nacimiento sino que debe ser construida por nosotros mismos. En este proceso de autoconstrucción del ser individual es necesario tener una idea clara de lo que somos y de lo que deseamos ser, cuál es nuestro proyecto individual como personas y de qué manera lo edificamos. Este es el sentido de lo que llamamos “identidad personal”. Es la respuesta a la pregunta ¿quién soy? La persona psicológicamente saludable tiene un grado de autoconciencia que le permite definirse, bien en función de criterios personales y sociales, manejando una idea clara de la clase de personas que desea ser y un grado de satisfacción o de insatisfacción con lo que es. Además este nivel de conciencia personal implica tener un adecuado nivel de conciencia social, en el sentido de conocer adecuadamente los nexos culturales a los que se orienta y de los que surge. 
  6. Capacidad de afronte de la adversidad.- A medida que se desarrollan como sujetos, las personas van enfrentando mayores retos en un mundo caracterizado por la competencia a todo nivel. Es vital que las personas sepan desarrollar estrategias para manejar situaciones adversas. El cuidado de la salud es una tarea que solo se concibe claramente en relación a la salud física pero muy poco en lo "mental". Menos aun es entendido como una habilidad básica de la persona expresada mediante una serie de estrategias que favorecen la salud psicológica, facilitando el disfrute cabal de los momentos favorables y la capacidad para afrontar de manera efectiva las adversidades. 
  7. El tipo de información que privilegia.- Los seres humanos tienen la virtud de poder generar ideas. Si bien esto proporciona una gran capacidad para el tratamiento lógico de la información, también es un gran riesgo debido a que mucha información se genera como producto de la actividad racional del ser humano. La salud psicológica solo es posible cuando la persona privilegia información procedente del mundo real. En la medida en que las personas se acercan a sus propias ideas o a información que no procede del mundo real sino de doctrinas de cualquier clase, hay un desbalance en su relación con el mundo. Para calificar una buena salud psicológica, es indispensable que el individuo se mantenga muy cerca de la información que proviene del mundo real. 
Todos estos aspectos de la salud psicológica deben estar lógicamente integrados guardando una estrecha coherencia recíproca. Por ejemplo, la organización del proyecto personal tiene que ser coherente con la percepción del futuro y con la organización de la vida personal. Existen algunos instrumentos que facilitan, tanto al evaluador como al sujeto, desarrollar las reflexiones necesarias para expresar con fluidez –e incluso gráficamente- lo que se le está solicitando. Una adecuada tarea de evaluación acerca de estos aspectos no sólo facilita determinar el grado de salud psicológica, sino que por sí mismo constituye un ejercicio de organización cognitiva que contribuye en gran medida a la labor terapéutica, ya que de este análisis saltan a la vista los aspectos que requieren ser trabajados, no sólo para el psicólogo sino incluso para el propio paciente. A partir de esta perspectiva teórica de “salud psicológica”, el clínico puede y debe tener el interés de desarrollar instrumentos que sirvan como facilitadotes y estímulos a los sujetos, de manera que logren el nivel de reflexión y expresión necesarios.

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sábado, 13 de agosto de 2011

Ciencia y cientificismo en psicología






Introducción

El conocimiento científico fue un logro que tomó forma con el empeño por conocer el cosmos y la naturaleza. El triunfo de la física y la química, a finales del siglo XIX, sumados al impacto social de la teoría de la evolución, llevaron a establecer que las ciencias naturales eran el modelo definitivo del saber. El estudio de la propia ciencia, así concebida, presentó su modelo cognoscitivo como el mecanismo perfecto de la construcción del saber, y como un modelo para la edificación de una ciencia. Paralelamente surgió una corriente ideológica y una moda sociocultural, que delineó una especie de culto por la ciencia y lo científico, tanto como por su modelo cognoscitivo. Así surge el "cientificismo" y se consolida al inicio el siglo XX, ejerciendo una implacable influencia en la constitución de las nuevas disciplinas científicas que, esta vez, ya no estaban interesadas en el mundo natural sino en las personas y sus sociedades. Lo que hace el cientificismo es pretender el estudio de los sujetos como si fueran objetos del mundo natural, en una imposición fanática de los preceptos cognoscitivos de las ciencias naturales. 

En realidad, no existe una "ciencia", así en abstracto, lo que existe es una variedad de disciplinas científicas diferenciadas por su actividad sobre un escenario concreto de la realidad, mediante un enfoque correspondiente a su campo y su interés en él. Pero sólo tiene sentido si se la mira como la actividad concreta de ciertas personas, haciendo uso de su libre facultad de pensar, y que al hacer lo que hacen, generan lo que se llama ciencia. Es en el transcurso de la misma actividad científica que se van generando los criterios gnoseológicos, esto es, una ontología adecuada al campo de estudio, una epistemología apropiada a los hechos o fenómenos que intentan explicar, y una metodología y tecnología que faciliten sus descubrimientos. La ciencia es fundamentalmente una actividad libre, natural y elitista, propia de ciertas personas prodigiosas interesadas en descubrir los misterios de algún aspecto de la realidad, y son las características de esta realidad las que guían el afán descubridor, junto a su habilidad para cuestionarse, investigar y entender. La ciencia no es pues una doctrina de preceptos ideológicos que se pone al alcance de todos, y que deben seguirse rigurosamente como una fe, ni un club donde hay que respetar ciertas normas de conducta. Parafraseando a Einstein, la ciencia es una aventura del pensamiento. Pero hay una característica del cerebro y el pensamiento humano que, pese a ofrecernos grandes ventajas, puede también significar un gran obstáculo, y es que el comportamiento humano en general, tiende a guiarse de -y a preferir- patrones mentales que se estructuran automáticamente a partir de determinadas prácticas y concepciones. Por otro lado, la libertad de acción conlleva al caos, por lo que parecería preferible seguir una pauta comunitaria. Estas características llevadas al campo de lo científico, sumadas a otras condiciones sociales e históricas, produjeron lo que se conoce como "cientificismo", y afectó el desarrollo de la sociedad y, en especial, el de las ciencias humanas. La sociología pudo liberarse prontamente de esta pesada carga, gracias al aporte epistemológico de numerosos autores como Bourdieu, Rickert, Weber, Ricoeur, Schutz, Winch, etc. En contraste la psicología padecía de una grave sequía en esta clase de producciones filosóficas orientadoras, y sucumbió en la vorágine de las sectas pseudocientíficas y, especialmente, en el cientificismo, que hizo gala incluso de su desapego y desprecio por la filosofía. 

El cientificismo colocó a "la ciencia" como el valor supremo de la sociedad, prácticamente al mismo nivel de la religión. La ciencia era concebida como un cuerpo de preceptos lógicos y metodológicos que proporcionan el conocimiento verdadero, y como un cúmulo de conocimientos verdaderos que estaban al margen de toda discusión y duda. Junto a eso, se instauró una imagen de ciencia y del científico vinculada a experimentos de laboratorio. Una imagen que ya se esbozaba en novelas famosas como "Frankenstein", de Mary Shelley. A fines del siglo XIX, se dio el auge del empirismo y del positivismo. La ciencia, a la luz de estas nacientes concepciones dejó de ser una aventura del pensamiento audaz, una actividad esencialmente libre fundada en la observación, el razonamiento, la investigación y el descubrimiento, y se convirtió en el seguimiento de sus doctrinas y en la mera aplicación rutinaria de metodologías sobrevaluadas. Es decir, "la ciencia" se redujo a una guía práctica de construcción de saberes, mediante los dogmas del saber establecidos bajo las visiones del naturalismo, y a una imagen estereotipada que se mostraba a la sociedad mediante productos logrados "científicamente". Aquellos problemas que no podían ser manejados por este sistema de creencias, eran simplemente ignorados o rechazados abiertamente sin reparos. El científico pasó a ser el sumo sacerdote del saber y el superhéroe que salvaría al mundo con sus artes. Un papel que muchos aspiraban a jugar, más allá de cualquier otra consideración. 

Este panorama viciado influyó directamente en la construcción de una nueva "psicología científica" a inicios ya del siglo XX, y que tomó un rumbo muy distinto de aquella fundada por Wundt en 1879. Ansiosos por ingresar al club de las ciencias, algunos autores no tuvieron reparo en reinventar la psicología sometiéndola a los preceptos del cientificismo. Primero se enfrentaron inexorablemente a la necesidad de abandonar el campo de estudio original de la psicología, la psique, dado que este no se prestaba a los alcances del "método científico". En su reemplazo propusieron no sólo un nuevo objeto sino uno ajeno, propio del estudio de animales: la conducta animal. Este objeto fue simplemente sustraído de la etología, para luego dar inicio a la descalificación del objeto original de la psicología, así como de la psicología que lo estudiaba; de inmediato se pregonó la condición científica alcanzada al fin por esta nueva forma de psicología: ¡una psicología sin psique! Este suceso paradójico e inusual en el que se le cambia el objeto de estudio a una disciplina, y aun se pretende seguir llamándola igual, se complementa con el hecho histórico de que la fundación del laboratorio de Wundt en Leipzig, sigue marcando el punto de inicio oficial de la psicología científica. Hay que rescatar el hecho de que el propósito de Wundt y su laboratorio fue el estudio científico de la mente, desligando así a la psicología de la filosofía para hacerla una disciplina independiente. Estamos pues ante una circunstancia histórica paradójica y frente a dos hechos antagónicos que algunos trataron de conciliar inútilmente, pero que es necesario esclarecer. Conviene agregar que el cientificismo psicológico originó la fractura histórica de la psicología y la gran dispersión teórica provocada por el desembalse caótico de numerosas propuestas, surgidas en el afán de llenar aquel enorme vacío dejado por esa autodenominada "psicología científica", pues casi todos los fenómenos humanos quedaron en el aire. Además de esta abigarrada colección de propuestas que se refugiaron bajo el toldo del humanismo, hubo una variada respuesta desde diversas disciplinas para impugnar las creencias y pretensiones del cientificismo psicológico. Nos parece que resulta necesario analizar, una vez más, estos acontecimientos históricos, aunque con distintas y mayores perspectivas ganadas al cabo de casi un siglo de distancia, recorrido y discusión, en un momento en que aquellas históricas tensiones al interior de la psicología parecen haberse relajado, y cuando el cientificismo psicológico parece reducido a una más modesta expresión de la psicología. 


Origen del cientificismo 

La ciencia, a secas, no es más que un concepto que alude al producto del pensamiento humano orientado al conocimiento de diversos aspectos de la realidad, como resultado del pensamiento reflexivo, y de ciertas prácticas orientadas a la verificación del conocimiento, e incluso a toda esta actividad. En el otro lado, el cientificismo, en cambio, es una doctrina referida al conocimiento científico y al ejercicio de la labor científica, y una comunidad que utiliza esta doctrina como fundamento de sus prédicas y prácticas. Como toda ideología, el cientificismo está revestido de dogmas y creencias que son veneradas y exigidas por quienes ostentan la imagen de la ciencia, en virtud de ciertas funciones sociales. Adicionalmente, hay un agregado de intereses que estas comunidades defienden y, para lo cual, apelan a la sacralización de lo científico, convirtiendo el ejercicio de la ciencia en una especie de religión laica, con sus dogmas, credos y rituales. 

El estudio histórico de la ciencia nos revela que esta tuvo sus inicios en el pensamiento religioso del Medioevo, aproximadamente en los siglos XII y XIII. Allí surgieron las primeras nociones del saber científico, edificadas sobre la imagen fundamental de la creación divina, de un Universo que marchaba en un orden perfecto debido al acatamiento de la voluntad de Dios, quien regía el Cosmos mediante sus leyes. La ciencia no era más que el descubrimiento de estas leyes con que Dios había echado a andar el mecanismo glorioso del Universo. Y fue así que, mientras la religión predicaba que ni una sola hoja de un árbol se mueve si no es por la voluntad de Dios, la ciencia afirmaba por su parte que todos los eventos se daban por causas determinadas y leyes que podían establecerse con exactitud. Tenía que ser así. Era una lógica que se desprendía naturalmente de la otra. Nadie puso su mente en blanco para empezar a hacer ciencia, sino que se la edificó sobre las concepciones prevalecientes, en una suerte de continuidad feliz. En este ambiente tuvo lugar el desarrollo de las ciencias físicas y naturales que deslumbraron a la humanidad, al punto que hasta la filosofía se interesó por este tipo de saber, estableciendo algunas pautas espistémicas que distinguían a estas formas de conocimiento. Y fue a partir de estas nociones generales del saber, fundadas sobre la práctica de las ciencias físicas y naturales, que el cientificismo edificó su doctrina con el anhelo de establecer un sólo formato de ciencia, único y aplicable a cualquier disciplina, una especie de ciencia estandarizada y universal. Un anhelo que no se podría cumplir sin pasar por el desprecio de la metafísica, por lo que se procedió al análisis meticuloso del lenguaje en busca de las sombras que oscurecían el conocimiento científico. 

Aunque el camino de la ciencia se haya iniciado en el conocimiento del cosmos y de la naturaleza, esto no implica que tales esquemas lógicos y metodológicos sean los únicos válidos para conocer, pues esto va a depender -en última instancia- del escenario que se aborda y no de ideologías referidas al conocimiento científico. Esto significa que los preceptos cognoscitivos dependen del objeto del conocimiento y no al revés. De hecho, el metodologismo cientificista no ha bastado para conocer ninguna realidad a plenitud, tan sólo han acumulado montañas de datos aislados. La pretensión de construir una ciencia "perfectamente científica", partiendo de la adopción de acrisoladas estructuras lógicas y epistemológicas que orienten el pensamiento hacia la autopista del saber, previamente asfaltada por el método, ha sido la ilusión más cara del cientificismo. Un simple análisis de la historia nos revela que ciencias duras como la química no se estructuraron acogiéndose a un cuerpo de principios cognoscitivos supuestamente perfectos. Todo lo contrario, evolucionaron a partir de actividades relacionadas con la superstición, como la alquimia, en busca de la piedra filosofal y el elixir de la vida. A la física le tomó siglos -y hasta milenios- contar con los instrumentos apropiados para distinguir la luz y el movimiento de los astros y corregir sus errores de perspectiva. Luego ambos llegarían a descubrir la estructura del átomo y organizarían a todos los elementos en una tabla periódica, pero fue a base de intentos fallidos y de intensos debates, y hasta de mucha suerte. También la biología se inició con teorías vagas como el vitalismo y la generación espontánea, para luego progresar lentamente hacia explicaciones más exactas, aun cuando no se contara con todas las pruebas de la aparición de la vida y de la evolución. Esta es la forma real, racional y natural como ha progresado el pensamiento humano y como se lograron los conocimientos científicos, y no respetando una doctrina metodológica. Desafortunadamente para la humanidad apareció el cientificismo y convirtió a la ciencia en un compendio de fórmulas de pensamiento que debían acatarse escrupulosamente, con ciertos dogmas como objetividad, empirismo y leyes universales que debían descubrirse en las regularidades percibidas por los hombres, o que eran establecidas mediante algún procedimiento matemático e instrumental. Para el cientificismo se había descubierto ya la fórmula del saber verdadero, y no había que hacer más que seguirla paso a paso, fielmente. Toda otra forma de conocer era inválida y despreciable. Así el cientificismo se erigió como celoso guardián de las disciplinas que aspiraban al estatus de ciencia, imponiéndole sus dogmas y modelos extraídos de la física y las ciencias naturales. 

Fue Auguste Comte (1798-1857) quien proclamó a la ciencia como una nueva religión laica que sería la respuesta a todos los males de la humanidad. Ese fue el inicio de lo que más tarde sería el cientificismo como ideología social y, ciertamente, como religión laica. La fe en un Ser Supremo fue complementada con la fe en un método supremo. Contrariamente a lo que ocurre en un escenario científico real, donde la actividad se desarrolla a partir del libre pensamiento, el atrevimiento teórico y la discusión de los hallazgos, la actividad del cientificismo se redujo a una búsqueda ritualista y hasta obsesiva de leyes y causas en el escenario de la vida humana. Auguste Comte propuso a la Sociología como la encargada de descubrir las leyes de la sociedad. Karl Marx anunció las leyes que rigen la historia; Freud, las leyes de la personalidad; Pavlov y Skinner, anunciarían las leyes de la conducta; uno, desde conexiones nerviosas y, el otro, desde causas en el ambiente. Así, una larga colección de leyes empezó a definir "científicamente" el mundo de los seres humanos, visto como una prolongación natural de aquel Universo perfecto gobernado por Dios. El sueño utópico del cientificismo era describir completamente el escenario de la realidad humana mediante leyes científicas. Había en el fondo un cándido deseo de emular la exactitud de las ciencias físicas. Al cabo de un tiempo de fervor, la autoridad y el poder de estas ciencias empezaron a difuminarse rápidamente como un perfume barato, y surgió una especie de sospecha y desilusión en la gente ante esta clase de ciencias cuya sabiduría parecía encerrar un grave problema frente a la realidad. Sumergido en sus concepciones propias de la física, el cientificismo nunca alcanzó a comprender la gran diferencia existente entre un mundo natural, regido por leyes universales y propiedades estables de la materia, y un mundo humano regido por gustos, ideas, creencias e intereses, con sujetos diversos que se transforman con cada experiencia, tanto propia como de su mundo cultural, en medio del azar de una existencia social. El fracaso del cientificismo en el escenario humano fue total, tanto en lo político-económico como en lo científico-social. Como consecuencia de esto surgió un nuevo fenómeno sociocultural, que sería bautizado luego por la sociología como "posmodernismo", caracterizado por un profundo sentimiento de sospecha, malestar y rechazo hacia los esquemas adoptados bajo el influjo cientificista. Aquel mundo perfecto, definido por leyes científicas de causa-efecto, se vino abajo sin remedio antes de finalizar del siglo XX. 

El cientificismo psicológico empezó a manifestarse con el ataque de algunos autores hacia la psicología como disciplina, partiendo de ciertos prejuicios y de algunos descubrimientos iniciales bastante específicos y hasta simples, pero sobrevalorados al extremo. Desde luego, la psicología era todavía una disciplina en formación, y estaba en busca de sus fundamentos epistémicos y metodológicos. Aún se hallaba muy rezagada de las demás por la misma naturaleza compleja de su campo, y también por la inexistencia de conocimientos científicos vinculados a los fenómenos propios de su interés. Con todo, no había porqué apurarla. Las ciencias han tardado siglos y hasta milenios en desarrollarse, y el campo del que se ocupa la psicología es el fenómeno más complejo del Universo. Recién se iniciaba el andar de la ciencia en los escenarios de la vida humana. Por entonces se ignoraba prácticamente todo acerca del cerebro, y apenas comenzaba su estudio. Paradójicamente la tarea de demolición de la psicología empezó desde este frente con Pavlov (1900), quien a partir del descubrimiento de asociaciones nerviosas entre ciertos estímulos y la salivación de los perros, expresó su convicción de que la conducta del hombre -como la de cualquier otro animal- podía explicarse mediante simples asociaciones nerviosas. Pavlov llegó a negar la necesidad de recurrir a explicaciones psicológicas, hasta les prohibió a sus colaboradores el empleo de expresiones tales como "el perro recordó", "el ardiente deseo de comer" (Vigotsky, 1930). La fisiología intentó reemplazar a la psicología bajo la convicción de que lo psíquico podía explicarse por lo fisiológico. Este fue el primer golpe de la ciencia naturalista a la psicología y el inicio de su tarea demoledora. Luego sería el turno de Skinner y su condicionamiento operante. 

La aniquilación de la psicología tuvo dos frentes: por un lado se desprestigió a su objeto de estudio más emblemático, afirmando que la mente era una mera superstición, un rezago del espiritualismo, una manera de hablar de la gente, algo que estaba en una dimensión no física, y muchas otras cosas que configuraban más una barahúnda antes que una posición científica y filosófica sólida; y segundo, se propuso a "la conducta observada" como un nuevo objeto de estudio, ya que además de ser observable podía cuantificarse, en consecuencia se prestaba perfectamente a los alcances del "método científico". En seguida, la experimentación con animales se convirtió en la ocupación favorita del cientificismo psicológico, extrapolando sin reservas sus hallazgos a los seres humanos. De este modo, la "objetividad", entendida como el estudio de algo exterior y ajeno al sujeto, y el "empirismo", que acogió a la experimentación como la única fuente del conocimiento, fueron los pilares de esta novedosa "psicología científica" que acabó convirtiendo a la mente en la bestia negra que había que combatir. En buena cuenta, era una antipsicología. 

El verdadero fundador del cientificismo psicológico fue Watson (1913), y quien aplicó el golpe más artero a la psicología, proponiendo que esta se convierta en una suerte de física de movimientos humanos, e imponiéndole las condiciones para ser una ciencia de tipo naturalista. Básicamente debía ser una copia fiel de la física, adoptar sus preceptos y abandonar definitivamente el tema de los fenómenos psíquicos, habida cuenta de que su estudio era imposible mediante el "método científico". En otras palabras, Watson hizo claudicar a la psicología para someterla a los cánones del cientificismo. Desde este punto, al extremo de negar la mente, sólo hubo un paso que muchos no tardaron en dar, aunque siempre con muchas vacilaciones. En verdad nadie tuvo el valor de negar la mente de manera firme; tan sólo se cubrieron con una serie de vacilaciones y reticencias confusas. Lo concreto fue que cierto sector de la psicología americana prefirió adoptar el modelo de la física para disfrazarse rápidamente de ciencia, aunque eso significara dejar de lado siglos de tradición filosófica sólo para convertirse en una tecnología de la conducta, y en una antítesis de la ciencia fundada por Wundt. Si con Pavlov la fisiología había intentado engullirse a la psicología, esta vez la física le dio un mordisco gracias al planteamiento de Watson. Sin embargo, Watson no estuvo solo. El cientificismo era un fenómeno social y estaba extendido. Por esos días también J. R. Kantor, planteó sus propias tesis fisicalistas, aunque permanecería ignorado hasta fines de los 70, cuando fue descubierto y exhibido como una novedad y un "avance" del conductismo. 

A diferencia de la fundación del laboratorio experimental de Wundt, un hecho científico que marcó el nacimiento de la psicología como ciencia, la aparición de la llamada "psicología científica" no se debió a ningún hecho científico sino a un simple acontecimiento académico y social, que llegaría a ser histórico por sus efectos: el manifiesto cientificista de Watson: 
"La psicología, tal como los conductistas la consideran, es una rama puramente experimental de la ciencia natural. Su meta teórica es la predicción y control del comportamiento. La introspección no forma parte esencial de sus métodos, ni el valor científico de sus datos depende de la prontitud con que se prestan a interpretación en términos de conciencia. El conductista, en sus esfuerzos por establecer un esquema unitario de respuesta animal, no reconoce ninguna diferencia entre el hombre y el animal". (Watson, 1913, p. 158). 
Si para muchos esta posición parecía extravagante, tuvo sin embargo una curiosa y casi inmediata aceptación. En su análisis de la psicología del siglo XX, Kurt Danziger explica esta coyuntura: 

"El argumento de Watson era irresistible: dos años después fue elegido presidente de la American Psychological Association. La razón de que su mensaje encontrara una resonancia masiva e inmediata era que la mayoría de los psicólogos americanos ya aceptaban la premisa de que el negocio de su disciplina era producir datos para ser utilizados "de manera práctica" por educadores, hombres de negocios y así sucesivamente, y de producirlos rápidamente. Dada esta premisa, la prescripción de Watson, despojada de unas cuantas exageraciones polémicas, estaba, obviamente, en la línea correcta." (Danziger, 1979, p. 48) 

Se trataba de un planteamiento que rompía abiertamente con la tradición filosófica, sobreponiendo una propuesta efectista y simple a una preocupación milenaria. Además de esto, Watson adornó su tesis con una serie de exageraciones extravagantes respecto del poder que tendría esta ciencia, en lo que significó el inicio de una típica retórica social exagerada y sostenida, que marcó el estilo del cientificismo psicológico, y que contribuyó a la fama de algunos personajes, especialmente de Skinner, debido a sus delirantes propuestas de control social y moldeamiento cultural. En su prolija historia crítica de la psicología, Daniel M. Robinson incluye la siguiente observación en relación a este extraño acontecimiento: 
"…Ahora bien, lo que había ocurrido era la adopción de una posición metafísica no sobre la naturaleza de la 'verdad' sino sobre la naturaleza de la 'psicología'. Se tomó la decisión de que la psicología no era más que una cierta clase de método, un método 'experimental', y que sólo aquellas partidas tratables mediante este método constituirían la materia sobre la que versaría." (Robinson, 1982, p. 324) 
Añade también que este planteamiento había dejado incrédulos a muchos, perplejos a otros, y que no faltaban quienes aun estaban riéndose de ella. Se trataba a todas luces de una "ciencia" que se constituía no alrededor de un objeto bien definido de estudio sino alrededor de unas concepciones del quehacer científico, preocupada no por las explicaciones de los fenómenos de su interés, sino por la eficacia de sus técnicas y su comercialización. A diferencia de las demás, no era una ciencia que se erigía alrededor de algún misterio por resolver sino alrededor de una propuesta de trabajo. El manifiesto de Watson no bosquejaba una teoría científica, sino más bien una especie de canon para un nuevo club de practicantes y creyentes en el valor supremo del método. 

La verdadera gran estrella del conductismo, (la "psicología científica" del cientificismo), sería Skinner, quien después de estudiar algunas ratas y palomas en experimentos muy concretos y simples, estableció que toda conducta, incluida la del hombre, podía explicarse como meras acciones reactivas al ambiente, reforzadas por sus contingencias, y postuló que las causas de la conducta no le pertenecían al organismo sino al ambiente. De esta curiosa manera, el foco de atención salió del animal y se dirigió al ambiente. Era una psicología sin psique y sin organismo, ya que no se requerían explicaciones fisiológicas ni biológicas, ni ninguna conexión con ellas. Esta "psicología científica" resultó ser singularmente distinta y opuesta a cualquier otra clase de ciencia, pues Skinner no tuvo ningún reparo en declarar -con su típica altivez- que no estaba interesado en desarrollar grandiosas teorías, ni en proporcionar explicaciones satisfactorias, ni en establecer enlaces entre la psicología y las demás ciencias, ni mucho menos en desenterrar mecanismos para llegar a la mente. No. Nada de eso. Todas ellas serían empresas fracasadas. En vez de eso, Skinner proponía una "ciencia descriptiva del comportamiento" que fuera útil para la predicción y el control de las acciones de los organismos, cualquiera que ellos fueran, desde una rata a un niño. 
"Por lo que respecta al método científico, el sistema establecido en el capítulo precedente puede caracterizarse de la siguiente manera: es positivista. Se limita a la descripción en lugar de la explicación. Sus conceptos se definen en términos de observaciones inmediatas, y no se les confiere propiedades fisiológicas o locales. Un reflejo no es un arco, un impulso no es el estado de un organismo, la extinción no es el agotamiento de sustancias ni de estados fisiológicos". (Skinner, 1939, p. 35) 
En última instancia, esta "psicología científica" se redujo a una mera técnica utilitaria que abandonó el reto de dar explicaciones del comportamiento humano y de los fenómenos propios del hombre. Ninguna ciencia ha tenido el desplante de imponer sus propias condiciones normativas y luego presentarse como "ciencia". Y en añadidura, ninguna ciencia ha cosechado tantos y tan variados y severos críticos. Nada se convierte en ciencia tan sólo por copiar un método y un credo positivista. ¿Era sostenible una "ciencia de la conducta" que abandona el reto de dar explicaciones, y se funda en la búsqueda de condiciones en el ambiente, como fundamento del análisis conductual de un organismo, teniendo como única meta el control de la conducta, y asumiendo la ignorancia de los eventos internos así como la incomunicación con otras disciplinas, como condición de su técnica? 

Podríamos asegurar que ya para los años 70 Skinner era consciente de las tremendas limitaciones y contradicciones de su ciencia, pero nunca dio su brazo a torcer. Al contrario, perseveró confiado en que no había otra manera de lograr el control, que era según él la meta final de toda ciencia, exhibiendo de este modo su confusión entre ciencia y tecnología. (Una confusión muy común en el cientificismo). Ante la incontenible ola de cuestionamientos y rechazos que provocó esta "ciencia de la conducta", Skinner se sintió obligado a escribir en defensa de sus concepciones. Primero fue "Más allá de la libertad y de la dignidad", donde presentó su tecnología como una herramienta para diseñar culturas, nada menos. Estaba convencido de que la misma técnica con la que amaestraba a una rata, podría ser usada en el moldeamiento de toda una cultura. De este modo se lograría el mundo feliz anhelado por el cientificismo desde los días de Comte. Aunque presentaba esto como la posibilidad de hacer una sociedad más humana, no indicaba quiénes serían los arquitectos del nuevo diseño social ni sobre qué criterios; por el contrario, ya había renegado de los criterios éticos de la sociedad. Tan sólo trató de responder a los humanistas, presentándose a sí mismo como el más humanista de todos. Poco después escribió "Sobre el conductismo", donde reitera su visión mecánica del mundo pero tratando de abordar aquellas cuestiones que le eran más criticadas. Se trata de un libro atormentado por contradicciones, y empieza justo con una reflexión sin sentido: "El conductismo no es la ciencia del comportamiento humano. Es la filosofía de esa ciencia. Estas son algunas de las preguntas que se plantea: ¿Es realmente posible tal ciencia?" (Skinner, 1974). Se planteaba esta pregunta treinta años después de haber publicado "Ciencia y conducta humana". A decir verdad, las contradicciones son parte consustancial del pensamiento de Skinner. Y esto era inevitable por cuanto la mecánica fisicalista de su técnica descansaba en una posición incómoda: el refuerzo le pertenecía al organismo. Así que pese a su modelo físico del tipo causa-efecto y a su obsesión por dedicarle al ambiente la responsabilidad total de la conducta, le resultaba imposible desprenderse de la embarazosa referencia al organismo como el poseedor del refuerzo, y a este como algo vinculado a distintas clases de expectativas del propio organismo. 

Lo que no se le puede negar a Skinner es osadía. Si antes propuso su técnica como mecanismo para diseñar culturas, ahora presentaba su técnica como una filosofía. Sin embargo, más adelante persevera discordantemente en su concepción original de que el conductismo "se liberó" para trabajar sin disquisiciones filosóficas. Si bien parecía intentar responder a los cuestionamientos, al final no se atrevió a aclarar ninguna de las críticas; todo lo contrario: este libro es una joya de la contradicción y de la ambigüedad mediante juegos de palabras. Dice por ejemplo: "El conductismo radical… tiene en consideración los hechos que se dan en el mundo privado dentro de la piel. No denomina inobservables a estos hechos, y no los desecha por subjetivos. Simplemente cuestiona la naturaleza del objeto observado y la confiabilidad de las observaciones" (Ibíd.). Pero una de las observaciones básicas de su modelo es que existe un refuerzo de la conducta, lo cual es una condición interna del organismo. Se recubre además con una serie de afirmaciones temerarias sin sustento alguno. Asegura, por ejemplo, que lo que se observa en la introspección no es la mente sino el propio cuerpo del observador. Su disquisición lleva un rumbo errático desde que se ocupa meramente de lo que hace una persona; cuando ese no es el interés de la psicología, y mucho menos de ninguna filosofía. Finalmente no responde una sola de las críticas, sólo propone crear una "filosofía de la conducta". Pero esto ya era demasiado. 

El hecho es que la estrella de Skinner se fue apagando a lo largo de los 80, cuando las limitaciones de su modelo llevaron a los conductistas a buscarle un reemplazo. Ya antes habían surgido los "cognitivo-conductuales", una especie de híbrido ecléctico que criticó a Skinner por su dogmatismo, al permanecer anclado en un antimentalismo intransigente. A despecho de los planteamientos de Skinner, aparecieron diversos conductistas que crearon sus propios modelos teóricos incorporando aspectos cognitivos. Por su parte, en México, Emilio Ribes y sus amigos decidieron resucitar a Kantor, paseándolo como el cadáver del Cid, para demostrar que el conductismo seguía vivo y que, además, "progresaba". Con ese fin empezaron a actualizar rápidamente la ya vieja teoría del "campo interconductual", con el mismo antimentalismo original, pero con el moderno objetivo de abordar la complejidad de la vida humana aunque bajo el mismo esquema fisicalista y experimental, y con el mismo interés depositado en las técnicas de control. 

De todas estas variantes conductistas, sólo parece sobrevivir, por ahora, el interconductismo -en una versión que no terminan de modificar- promocionado por Ribes y otros, a la que unos llaman pomposamente "conductismo de tercera generación", cuando es parte, en realidad, de la primera oleada del cientificismo psicológico fisicalista del primer cuarto del siglo XX, tanto así que incluso Skinner lo menciona ya en su primer libro. Algo curioso es que Kantor jamás se consideró un conductista. La rivalidad entre Skinner y Kantor fue intensa, pero Skinner logró mayor fama por dos razones básicas: primero porque era un excelente escritor y un exagerado promotor de su teoría; y segundo, porque su modelo era infinitamente más simple. Pero la fortuna le sonrió finalmente a Kantor debido al agotamiento del modelo de Skinner, pese a toda su grandilocuencia y ambición. Actualmente son varios los que han intentado la reconstrucción de este "conductismo de campo", al punto que ha empezado a crecer y bifurcarse como una enredadera. Las mutaciones de la autodenominada "psicología científica", cualquier cosa que se entienda hoy por esto, han sido muchas. Ahora se habla de la "ingeniería de la conducta" con la misma pasión desbordante depositada en las técnicas de control conductual que conciben a los seres humanos como máquinas estandarizadas cuyo funcionamiento es universal, estable, permanente y repetitivo. 

Debemos admitir que el conductismo, en todas sus expresiones, tiene todo el derecho a existir hoy como una propuesta tecnológica, pues realmente no es más que una técnica recubierta con una excesiva y pretensiosa retórica cientificista. Pero lo que no puede seguir haciendo es confundirse con la psicología y, mucho menos, tratar de reemplazarla. Cuando el cientificismo decidió evitar los escenarios del psiquismo para establecer su objeto de estudio ya sea en el ambiente, en la situación o en cualquier otra cosa fuera del organismo, debió señalar con claridad que eso ya no era una psicología. Nos hubiéramos ahorrado muchísimos debates estériles si el conductismo se hubiese configurado como una disciplina independiente, tal como lo hizo la semiótica, por ejemplo. En tal sentido resulta sensata la propuesta de Ardila (1998), quien plantea una "ciencia de la conducta" como una disciplina al margen de la psicología; aunque él lo plantea "porque esta no tiene un objeto claro de estudio". Como si los conductismos lo tuvieran. Veamos. 

La precisión del nuevo objeto de estudio del cientificismo psicológico fue todo un conflicto, pues los debates en torno a lo que es la "conducta" existieron desde el principio y nunca hubo un acuerdo. Para algunos, como Watson, incluía "acciones" como la de pensar, mientras que para otros implicaba el señalamiento de acciones específicas, observables y medibles (Bayés, 1978). La discusión sobre este concepto ha sido tan amplia como inútil, aunque ciertamente a menudo se le ha soslayado. En el conductismo de habla española el asunto ha sido todavía peor, por cuanto han pasado a los intentos por diferenciar conducta de comportamiento, ampliando el debate a dos conceptos. El mismo Skinner no pudo ser muy específico respecto de lo que consideraba como conducta, pues fiel a su estilo se conformó con decir: "es lo que un organismo ve que el otro hace" (Skinner, 1939, p.42). Pero lo que todo organismo hace, en última instancia, es vivir; y esa vida se despliega en una serie de actividades que conllevan determinadas acciones. ¿A qué exactamente se refiere? De hecho esta no es la perspectiva de Skinner. Para él la conducta se reduce a meros movimientos ejecutados por unos "objetos" (en eso se convierten los organismos despojados de contenido interior) en un espacio. La ciencia de la conducta consiste en explicar estos movimientos mediante relaciones de causalidad, al estilo de la mecánica de Newton. En otras palabras, es una forma de física adaptada a la psicología por un cientificismo que no concibe otra forma de ciencia. El problema es que, pese a todo esto, Skinner nunca dejó de emplear términos como organismo, hambre, aprendizaje, búsqueda, satisfacción, etc. Tenía la pretensión de explicar el mundo interior mediante el mundo exterior y "corregir el daño producido por el mentalismo" (Skinner, 1974, p. 24).

La confusión generada por Skinner con su lenguaje contradictorio y ambiguo, que rechazaba el contenido interior mientras dedicaba la mayor parte de su literatura a hablar de ella, produjo el rechazo de varios sectores conductistas. Esto queda más que en evidencia leyendo a un neo conductista como Josep Roca i Balasch (2007), quien ha intervenido para "aclarar" el enredo respecto del objeto de estudio de la ciencia conductual, con un profuso análisis en el que, para variar, descalifica todo lo actuado por los conductismos, antes de mostrar su propia perspectiva, fundada en un fisicalismo todavía más recalcitrante, si cabe: 
"El conductismo radical… debería haberse dado cuenta de que la ciencia trata de relaciones causales más allá de los prejuicios de las representaciones corpóreas. Pero, lamentablemente, la llamada ciencia de la conducta, ha sido víctima de ese hablar corporeizante al decir que la conducta es acción, ya que como se ha dicho, la acción lo es de alguien y ese alguien no puede ser sino algo corpóreo. Por decirlo así: el hablar científico de relación no debería admitir conceptos tales como organismo, cerebro, sujeto, individuo, o respuesta, medio, estímulo, objetos, medio de contacto ni otros anclados en el mismo criterio de extensión. Son rechazables. 
Es criticable, además, la representación espacial de la conducta o de la interconducta -ver, por ejemplo, el esquema del campo interconductual- porque es fácil caer víctima de la metáfora corpórea al hablar de relación entre elementos descritos en términos de extensión o corpóreos". (Roca i Balsch, 2007, p. 4) 
Queda pues en evidencia que nunca hubo ningún consenso en el cientificismo psicológico, en torno a lo que sería su objeto de estudio. Y obviamente no hay ciencia sin objeto de estudio. El único consenso estaba en el método y la doctrina, es decir, en el afán por copiar el formato de la física y los conceptos de las ciencias naturales, y en reducirse a una práctica experimental generadora de técnicas; lo que no se llega a comprender es la necesidad de disfrazar semejante disciplina como psicología, cuando resulta evidente que no es ni ciencia ni psicología. También resulta evidente que aún permanecen vivos los antiguos prejuicios por los que se atacó a la psicología a principios del siglo XX. Prejuicios renovados y aumentados, pues, como vemos, Roca i Balasch abomina de los "prejuicios de representación corpórea". ¿Pero acaso los organismos no poseen, en efecto, una representación corpórea? ¿Es eso un prejuicio o una realidad llana? Lo que ocurre es que el cientificismo no considera sus prejuicios como prejuicios. Sin embargo, sus prejuicios están presentes, incluso en relación a lo que "la ciencia es", y han pasado sin rubor, de negar la mente a negar los cuerpos. Ya en la psicología de Kantor podíamos advertir que los hombres-sin-mente de Skinner habían pasado a convertirse en hombres-sin-cerebro. Pero ahora han avanzado más y han patentado el organismo-sin-cuerpo. De este modo se logra la transmutación final de los sujetos en objetos, eliminando definitivamente a los sujetos de la realidad, tan sólo para la comodidad del "método científico" y felicidad del cientificismo. 

Hasta cierto punto se entiende que en los inicios del siglo XX se estigmatizara a la psicología por ocuparse del psiquismo, pues esta venía precedida de una aureola de espiritualidad muy inapropiada para el enfoque científico. Para entonces el psiquismo era tan poco entendible como lo era la mecánica cuántica. Ni aun el átomo pudo ser entendido a la sazón, hasta que Niels Bohr lo dibujó como un pequeño sistema planetario con los electrones girando alrededor del núcleo, y medio mundo quedó feliz con esa falsa imagen. Por desgracia, en aquellos días no había analogía posible para el psiquismo, las computadoras tardarían aun algunas décadas en aparecer y en hacer evidente un procesamiento de información mediante reglas y objetivos. A falta de analogías permanecieron anclados en la falsa imagen de la mente, heredada de la psicología escolástica. En consecuencia, intentaron eliminar ese rastro indeseable de espiritualidad idealista, pero también a la disciplina que se ocupaba de ella. Afectados por sus prejuicios y anhelos, el cientificismo ubicó al hombre como un objeto más, en un mundo natural poblado de una misma clase de objetos, estudiados por una única ciencia naturalista que usaba un único método, basado en causas naturales y leyes universales. Bajo su visión, el mundo era de una sola forma y la ciencia también, la conducta era un fenómeno más de la naturaleza, al igual que la lluvia, el viento o la caída de las hojas, y había que estudiarla de ese modo. Todo quedó reducido a simples hechos naturales que debían explicarse mediante relaciones causales, siguiendo los principios de la física mecánica de Newton, quien -bajo estas consideraciones- tendría que ser declarado el verdadero fundador de la "psicología científica". El comportamiento humano era parte de esos hechos naturales, objetivos y externos, ajenos a toda forma del ser, y cuyas acciones debían ser registradas minuciosamente sin interpretación alguna, sólo registradas hasta descubrir una relación de causalidad, que saltaría por sí sola como una liebre acosada por el escrutinio científico. 

La respuesta a tales pretensiones absurdas provino de la psicología rusa, cuya ciencia se edificaba sobre las bases del materialismo dialéctico, y cuya psicología carecía de los apuros comerciales, los compromisos político-sociales y las afectaciones cientificistas y tecnológicas que perturbaban a la psicología americana: 
"La psique, la conciencia y el inconsciente representan no sólo tres cuestiones psicológicas centrales y fundamentales sino que son, en mucho mayor grado, cuestiones metodológicas, es decir, cuestiones relativas a los principios de estructuración de la propia psicología como ciencia… Es sólo a partir de la introducción de estos conceptos cuando se hace posible en todo su sentido la psicología como una ciencia independiente, capaz de unir y coordinar los hechos de la experiencia en un determinado sistema… El destino de nuestra ciencia depende de cómo se resuelva esta cuestión fundamental para ella" (Vygotski, 1930, p. 95). 
"Estamos ante una cuestión filosófica que es preciso resolver teóricamente antes de que podamos ocuparnos de explicar hechos concretos" (Vygotski, 1930, p. 96). 
Pero debemos entender lo que ocurría. Además de lo ya indicado, la psicología rusa tampoco tenía los compromisos ideológicos con la religión, como los que existían en Norteamérica. Las ciencias naturales fueron una vieja herencia dejada por la filosofía positivista, cuyos principales propulsores, con la sola excepción de Hume, fueron todos fervientes creyentes en el orden celestial creado por Dios, bajo el imperio absoluto de su voluntad en el cosmos y sobre la vida de este mundo. Ya desde el siglo XIII, Guillermo de Ockham postulaba que el conocimiento humano debía ocuparse sólo de lo objetivo y material, dejando todo lo demás a la fe. Descartes dio la pauta para la ley de la conservación de la energía y la materia cuando afirmó que Dios había infundido una cierta cantidad de movimiento al universo y que este continuaba inalterado, ya que no podía ser creado ni destruido. Newton llegó a afirmar que las fallas de los cálculos se debían a los ajustes que Dios realiza para mantener el perfecto orden universal. Así trató de explicar porqué su física no lograba definir la órbita de Mercurio. De modo que detrás de los principios del positivismo y del cientificismo reposaban en realidad las mismas visiones religiosas arcaicas sobre el mundo y el conocimiento. Tales principios no surgieron de la sola observación de la realidad, sino de los prejuicios con que se observaba y se entendía esta realidad, pues bajo dicha visión existían regularidades perfectas y leyes propias de un orden implícito universal, y un acatamiento estricto por parte de la naturaleza. En consecuencia, el hombre no podía escapar a este mismo destino, por lo tanto no podía gozar de libre albedrío, como lo aseguraba Skinner. Simplemente había que ir al descubrimiento de sus leyes causales y ellas lo explicarían todo. Estas leyes estaban en el ambiente y para esto se contaba ya con el inefable "método científico". Una vez logrado el acopio de todas las leyes del mundo, este sería un lugar de felicidad, pues ya se podría predecir y controlar toda la conducta. Sin embargo, el escenario feliz del cientificismo no duraría mucho, pues antes de finalizar el siglo XX, la realidad puso en la picota las creencias más caras y absurdas del cientificismo, no sólo en la psicología, sino en todas las disciplinas edificadas con este disparatado andamiaje teórico. 

A decir verdad, la influencia del cientificismo en la psicología empezó modestamente mucho antes que Pavlov, en el estudio de un concepto extraído del lenguaje ordinario, al cual se le fabricó una explicación científica mediante la aplicación del método. Nos referimos al trabajo de uno de los personajes más pintorescos y desequilibrados de la historia científica, Sir Francis Galton (1822 - 1911) creador de la "inteligencia" como objeto de estudio científico. Comprometió en su empresa al estadístico Karl Pearson, cuyo trabajo influyó en su colega Charles Spearman, y al final de esto emergió la primera teoría de la inteligencia fundada esencialmente en el tratamiento estadístico de datos, lo que a la larga constituyó el trágico salto de la psicología hacia la lógica matemática y su dependencia de la estadística. Este fue el inicio de la psicología diferencial y la psicometría. Lo que en realidad pretendía probar este estudio era el carácter hereditario de la inteligencia, entendida como un don que Dios le habría otorgado sólo a cierta clase de personas, para lo cual se inventó el concepto de regresión. En verdad no hay nada de malo en que una larga empresa científica se inicie con un proyecto disparatado, a menos que el disparate se instituya como concepto y "campo científico", y determine una línea de acción a seguir. Precisamente este ha sido uno de los defectos del cientificismo en psicología: inventar sus propios campos de estudio, lo que en otros términos se conoce como la construcción ideal de un objeto de estudio. Basta con que sea factible aplicar las técnicas del supuesto "método científico" para que cualquier cosa se transmute en objeto científico. Y esto es posible gracias a la invención de artilugios que generan datos cuantitativos. Si es posible (y casi siempre lo es) obtener algunos datos numéricos a través de un instrumento ideado, aquello cobra vida como un "objeto conceptual" y, en consecuencia, ya se le puede aplicar el método. Así es como surgieron la inteligencia, la personalidad, la conducta, la interconducta, y la gran mayoría de "objetos conceptuales" que le han hecho perder el tiempo y el rumbo a la psicología, dando pie a una interminable saga de curiosas teorías y escuelas sobre la nada. Así es: sobre la nada. El problema de generar "objetos conceptuales" es que se derriten a la luz de un análisis ontológico, lo que lleva a una crisis en la epistemología de la ciencia que se ocupa de eso. Aunque, claro, aparentemente la metodología sigue funcionando, lo cual basta para reconfortar al cientificismo. Lo malo de todo esto es que una vez instituido el concepto, la teoría y la comunidad de creyentes en torno a una práctica, resulta casi imposible desmontar todo este andamiaje artificial, ni siquiera a la luz de los nuevos conocimientos que dejan al descubierto la precariedad y falsedad de sus estructuras. Por desgracia, los errores histórico-sociales nunca se corrigen, sólo van quedando y acumulándose, aunque sea en la forma de pequeños guetos automarginados, que de tiempo en tiempo procuran reaparecer renovados. 

Obviamente, el cientificismo, si quisiera, bien podría inventar un instrumento de medición que le proporcione datos cuantitativos de la mente, como lo han hecho con casi todo, incluyendo el amor. Así podrían incorporar a la mente en su estructura de objetos conceptuales, y superar sus viejas críticas hacia la insustancialidad de la mente. Salvo sus propios prejuicios, nada les impide proceder de este modo. Y, por supuesto, ya podrían aplicarle el "método científico" a la mente, y así quedar satisfechos. Esto es posible debido a que el cientificismo ha instaurado la creencia generalizada de que un modelo estadístico de procesamiento de datos es "el método científico". Y esta es una de las aberraciones conceptuales que más daño han causado a las ciencias sociales y, en particular, a la psicología. De esto ya nos hemos ocupado antes. (Bobadilla, 2008, 2009). 

El hecho fue que el cientificismo eligió "la conducta observada" como su objeto de estudio o, mejor dicho, como su objeto de trabajo. Además de las explicaciones ofrecidas por Danziger y otros, podríamos entender este giro tan radical en la psicología americana, apelando a tres factores explicativos: primero, el surgimiento del cientificismo que puso por delante los preceptos del saber científico; segundo, la ceguera mental que impidió diferenciar sujetos de objetos, sumada a la carencia de un concepto real del ser humano como especie diferenciada, lo que impidió ver las facultades mentales, vinculándolas equivocadamente al espiritualismo escolástico; tercero, una noción equivocada del conocimiento científico como aquel se obtiene directamente mediante la aplicación de un método, lo que condujo a una confianza y dependencia excesiva de él. 

Se puede apelar a explicaciones más complejas desde los escenarios socioeconómicos y políticos, como lo hace Danziger. Pero sólo vamos considerar el análisis de los personajes involucrados en la revolución tecnocrática-cientificista, principalmente de Skinner. Como ha quedado de manifiesto, se trataba de un personaje arrogante e intransigente. Su personalidad es muy similar a la de los revolucionarios políticos que desprecian el sistema vigente y proponen la creación de un mundo nuevo sobre las cenizas del anterior. Así fue que toda la psicología edificada desde los filósofos presocráticos no servía para nada a su entender. Hubo que fundar una nueva psicología ignorando todo lo discutido en 2,500 años de historia. Como ocurre con los líderes políticos revolucionarios que pretenden refundar la patria desde una nueva Constitución, con sus propios conceptos de justicia y libertad, el cientificismo psicológico pretendió borrar toda la historia y empezar una nueva "psicología científica" a partir de sus propias concepciones. Al igual que ellos, Skinner enviaba el mismo mensaje: "la historia comienza conmigo". Y del mismo modo, el fundador de esta "nueva ciencia", fue objeto de culto a la personalidad por parte de sus fieles y fanáticos seguidores, quienes no tardaron en venerarlo y en inventar mitos alrededor suyo. Trataremos de entender algo de este curioso fenómeno histórico. 


Aparición del cientificismo psicológico 

Las dos guerras mundiales no sólo devastaron Alemania sino casi toda Europa y redujeron gran parte de su actividad científica y cultural desde los años 40, dejando a los EEUU en el predominio exclusivo de su enfoque conductista en pleno apogeo. Otra fuente de incidencias fue la llamada "Cortina de Hierro" que mantuvo aislada la psicología rusa y de toda Europa del Este. Si a esto le sumamos el hecho de que la industria editorial de EEUU fue prácticamente la única que quedó en pie luego de la guerra, y que además era fielmente replicada por la naciente industria editorial mexicana, convertida luego en la mayor de Latinoamérica, tenemos los ingredientes que ayudan a explicar en parte el boom del conductismo en América. Ya hace mucho tiempo que los sociólogos se dieron cuenta de que algunas ideas se imponen -o se acallan- no tanto por su veracidad o falsedad sino por las extrañas y caprichosas circunstancias históricas que las rodean. 

En tal sentido, uno de los más interesantes -y quizá más acertados- estudios acerca del origen de esta forma de "psicología científica", se da fuera del contexto de la psicología, y está a cargo de Kurt Danziger. La perspectiva sociológica de Danziger es importante en este debate porque se trata de un autor externo, que ve las cosas al margen de nuestras discrepancias profesionales. Es un investigador preocupado ya no de los aspectos normativos de la psicología sino de la aparición de una nueva comunidad de psicólogos, que adoptaron una novedosa visión del formato disciplinar como de sus compromisos científicos y sociales. No era -obviamente- la continuidad de la ciencia psicológica fundada por Wundt, sino la ruptura con esa tradición. Fue una especie de revolución tecnocrática que pregonaba un nuevo propósito para la labor psicológica. Los ayatolas del conductismo rechazaron toda concepción previa de la psicología, desde la que se originó en la época griega. El estudio de Danziger lo explica de este modo: 
"Lo que emergió en Alemania, entonces, fue una psicología cuyos problemas, metodologías y formas de conceptualización, permanecieron dominados muy directamente por las preocupaciones de la filosofía, que jugaba el rol del Hermano Mayor. En los Estados Unidos, en cambio, los psicólogos tuvieron que justificarse a sí mismos frente a un tribunal muy diferente. El control de los nombramientos universitarios, los fondos para investigación y las oportunidades profesionales, o se encontraban en las manos de hombres de negocios y sus ejecutivos, o en las de los políticos que representaban sus intereses. Si la psicología debía emerger como una disciplina independiente viable, debía serlo en una forma aceptable para esas fuerzas sociales. Las inclinaciones de aquellos de cuyas decisiones dependía la suerte de la psicología americana eran claras. Ellos eran hombres ubicados en posiciones de genuino poder social que estaban ansiosos en usar sus posiciones para controlar las acciones de los demás. Estaban interesados en técnicas de control social y desempeño tangible." (Danziger, 1979) 
Desde luego, los norteamericanos son herederos del espíritu pragmático inglés, y amantes de las herramientas y técnicas. Por algo EEUU tiene el record mundial de patentes. Los norteamericanos han inventado una herramienta para cada tarea de la vida cotidiana, incluso para las más simples y banales, como el cepillado de los dientes. Sus gigantescos "hardware stores" rebosan de herramientas de toda clase. Ya desde fines del siglo XVIII habían incrementado la productividad agrícola gracias a sus herramientas. En los EEUU, una nueva técnica es siempre bien recibida, y mejor aun si es bien vendida. No es nada raro entonces que los norteamericanos se hayan desentendido de "los molestos problemas filosóficos", a decir de Skinner, para preferir técnicas de control conductual y glorificar a la escuela que los produce, llamando a eso "psicología científica". Fue a partir de los compromisos adoptados con los estamentos del poder, como se va a gestar el modelo de esta nueva "psicología científica", que iba en busca de un nuevo objetivo: la predicción y el control de la conducta. Al contrario de lo que han terminado creyendo y repitiendo los seguidores del conductismo, este no es un objetivo que define lo científico, sino un fin concreto impuesto para una práctica concreta. Y fue esta situación la que, consecuentemente, impuso a la "conducta" como el nuevo objeto de trabajo de esta tecnología, pues se trataba de eso: una praxis tecnológica disfrazada de psicología y de ciencia. 
"Poco tiempo después, el objetivo de la nueva ciencia vino a ser anunciado a través de un slogan, que aún se hallaba en sus libros de textos introductorios: "la predicción y el control de la conducta". Este objetivo es totalmente discordante con los objetivos que Wundt tenía en mente para la psicología: sus fines no estaban relacionados ni con la predicción, ni con el control, ni con la conducta. Tampoco los sucesores alemanes de Wundt desarrollaron jamás tales objetivos para su disciplina. Si lo hubieran hecho, sus oportunidades de lograr el respeto del establishment académico hubieran sido aún más escasas." (Danziger, 1979). 
"Lo que Watson había hecho, era colocar el sello retórico final, en el establecimiento de la psicología como una ciencia administrativa, como una tecnología a ser manejada por los gestores de la sociedad con la finalidad de dirigir las acciones de aquellos a su cargo hacia los canales deseados." (Danziger, 1979). 
El mundo había ingresado a una nueva etapa histórica de producción. El incremento cuantitativo de la población generó cambios cualitativos en las sociedades modernas conformadas por millones de personas que se convirtieron en consumidores, clientes y electores. Se necesitaban nuevas y urgentes técnicas de control masivo. Todos estos cambios impusieron claras exigencias prácticas a las disciplinas que se desarrollaban al interior de las costosas universidades norteamericanas. El hombre corriente fue simplemente transformado en una pieza estandarizada para una cultura de la masificación que, apelando a criterios cientificistas, modelaba a la sociedad para acomodarla a las grandes cadenas de producción industrial, a las técnicas de control y a la medición estadística. No era de extrañar entonces la aparición de una disciplina que hablaba el mismo idioma y defendía los mismos propósitos. Tampoco sorprende que recibiera tanta atención y aceptación, más allá de sus graves deficiencias epistémicas en tanto psicología fallida, ciencia precaria y filosofía nula. 

Así fue que de un momento a otro, sin haber llegado aún a explicar el fenómeno humano, ya se ofrecían programas de control muy específicos. La psicoterapia al fin se sumaba a la vieja actividad del ser humano: la venta de panaceas. El mercado de productos psicoterapéuticos nunca dejó de crecer desde los años 50, competencia en la que el conductismo pretendió sacar ventajas gracias a sus altos índices de eficiencia. El relativo éxito alcanzado por las escuelas terapéuticas en una buena cantidad de casos, era empleado a menudo como "prueba" de la certeza de la teoría de fondo, incluso cuando no existiese ninguna teoría de fondo, como eran los casos de Rogers y Skinner, por ejemplo. Por otro lado, nadie se ocupaba de explicar los casos fallidos o la ineficacia en ciertos escenarios. En resumen, la carencia de explicaciones teóricas trató de ser compensada con la eficacia de las técnicas terapéuticas y de control conductual. Muchas escuelas psicológicas, especialmente la llamada "científica", no eran más que un mercado de técnicas en medio de una gran ignorancia en relación a los fenómenos que pretendían manejar o controlar. 
"A la mitad del siglo XX la psicología dejó de ser una ocupación puramente académica y empezó a comerciar sus productos en el mundo exterior. Esto significa que los requerimientos de ese mercado potencial empezaron a influenciar directamente en las tendencias de investigación de los psicólogos. Las versiones que lograban productos negociables en el mercado, recibían un gran impulso, mientras que aquellas que carecían de tales virtudes eran postergadas". (Danziger, 1994)
Tampoco es nada extraño que en Latinoamérica, y especialmente en México, el conductismo norteamericano haya tenido tanta aceptación, pues por todos es conocida la gran influencia que ejercen los EEUU en Latinoamérica y, particularmente, en México, país que tiene muchas cosas copiadas literalmente de los EEUU. Los análisis políticos y económicos de México han concluido en que el recurso natural más importante de México es su frontera con los EEUU. Numerosos personajes del ambiente académico cruzaban la frontera en una y otra dirección, bien a formarse o enseñar, generándose en la práctica un mismo ambiente. Adicionalmente, la gran industria editorial mexicana que traducía todos los libros producidos en EEUU, fue la fuente bibliográfica de toda Latinoamérica, salvo Argentina, con lo que la habitual influencia ideológica y tecnológica de los EEUU creció hasta el extremo de la alienación de muchas sociedades, que adoptaron fielmente sus esquemas, aun cuando su realidad era totalmente distinta. 


Recusación del cientificismo psicológico

La tesis central del cientificismo asumía que toda la realidad era igual, que estaba constituida por elementos homogéneos y por eventos repetitivos que reaccionaban a causas específicas, y por lo tanto sólo había que desarmar las piezas para revelar su constitución más elemental, descubrir sus relaciones causa-efecto mediante experimentos, y señalar las leyes que lo rigen. En eso consistía todo el trabajo científico. El cientificismo psicológico acogió plenamente estas ideas y estableció el empleo del método cuantitativo como el instrumento ideal para ir al descubrimiento de las relaciones causa-efecto que regían hasta en los rincones más angostos y secretos de la vida humana, pública o privada. La estadística determinaría si había casualidad o causalidad, y por este camino se llegaría a descubrir, tarde o temprano, todas las leyes que rigen la vida humana y, luego, estaríamos en condiciones de controlar a la sociedad, predecir los hechos de la historia y crear un mundo feliz, totalmente dirigido por la ciencia. Ese era el sueño anunciado y prometido por el cientificismo, desde Comte hasta Skinner.

Pero el mundo feliz del cientificismo empezó a desmoronarse cuando la Teoría de la Relatividad y, luego, la Teoría Cuántica, hicieron tambalear las más firmes creencias de la física mecánica y de la ciencia clásica. En otro ámbito, una larga cadena de filósofos demostró que los conocimientos no son los mismos cuando se trata del mundo natural que cuando se trata del mundo cultural de los humanos. Incluso la filosofía de la ciencia confrontó el metodologismo empirista, demostrando que resulta perfectamente factible acogerse a un marco teórico errado para producir hipótesis y experimentos cuyos resultados, analizados al amparo de la teoría generadora, pueden llevar a conclusiones lógicas pero igualmente erradas. Quedó claro que los experimentos nunca pueden ser concluyentes, y que tan sólo una prueba de falsasión es definitiva. Además se señaló el "sesgo de confirmación" que es una tendencia a preferir con más facilidad las hipótesis y los experimentos que confirman las ideas prevalecientes. Así fue como se inició el cientificismo en psicología, copiando a las ciencias naturales cuyos enfoques era los que estaban en boga. También fue así como, generación tras generación, seguimos creyendo en la conducta, y elaborando teorías de la inteligencia y de la personalidad sin que nos acerquemos nunca al meollo de estos temas; por el contrario, a más teorías, mayor dispersión y confusión. Lo que se hizo finalmente fue preferir lo último asumiendo que era lo mejor, o porque sencillamente estaba de moda. En el caso del conductismo ni siquiera se elaboraron teorías, simplemente se procedió a la generación de técnicas de control, mediante los diversos procedimientos establecidos por esta disciplina. 

Ni el caos teórico ni la orfandad epistémica detuvo al cientificismo psicológico que siguió midiendo todo lo que podía medir. Prácticamente no quedó nada que no se pudiera medir de alguna curiosa manera. La fabricación de instrumentos de medición marcó toda una moda en los EEUU. El sueño de todo estudiante de psicología era desarrollar su propia escala de medición, que llevaría su nombre o el del equipo creador. Estos instrumentos eran apetecidos con ansiedad por la estructura social de dominación, ya que eran empleados en los procesos de selección y discriminación, con una justificación supuestamente científica; pero también por el cientificismo académico, para la fabricación de los datos numéricos requeridos por las técnicas estadísticas que eran usadas para descubrir las famosas relaciones causa-efecto. Y todo esto se hacía asumiendo marcos teóricos que carecían de respaldo científico. Nadie sabía qué era eso que se medía ¡pero se medía! Tal como lo demostró Boring (1950) y muchos otros investigadores que hicieron estudios en diversas épocas, nunca existió un concepto uniforme de inteligencia. Tanto así que Boring admitió con ironía que "inteligencia es eso que miden los test de inteligencia". Pero lo mismo se podía decir de todos los demás constructos medidos, desde la personalidad hasta el estrés. Era simplemente la fiebre cultural de la medición estadística. La psicología se convirtió en una rama de la estadística. Toda la "ciencia psicológica" se construía con el método estadístico, alimentado con mediciones que provenían de instrumentos sustentados a su vez, estadísticamente. Y no había ningún tipo de inquietud ni recelo acerca de la clase de conocimientos que se obtenían mediante tal proceder. Se trataba simplemente de una racionalidad culturalmente establecida. Y como ocurre con cualquier otra conducta típica, nadie se preguntó nunca ¿por qué hacemos esto? Simplemente actuaban convencidos de que era lo correcto. Al cabo de medio siglo de mediciones, había muchos ladrillos dispersos en el terreno de la psicología, y algunos bloques, pero el edificio de la ciencia psicológica seguía sin tener forma alguna. Peor, aun, estaba sin vecindario.

El comportamiento de estas comunidades psicológicas debe ser explicado desde la perspectiva de la psicología cultural, ya que epistemológicamente no tiene ningún sentido. La racionalidad que rige en una comunidad resulta como producto de sus propias actividades, y se explica a partir de los intereses de grupo, compromisos institucionales, tradiciones culturales, expectativas de sus miembros, etc. Dicha racionalidad adquiere una forma que no obedece a ningún diseño lógico ni epistémico sino a situaciones sociales y condiciones históricas; al igual que el túmulo de un termitero, simplemente aparece como está, producto de la actividad y no de un diseño. No se le puede exigir consistencia epistemológica a la racionalidad de estas comunidades psicológicas que tan sólo siguen una moda cultural y un ritmo social. A esto se suma la exportación de los productos culturales que son asumidos por otras comunidades en un proceso de aculturación, o de simple alienación, al copiar modelos de las sociedades que admiran, aunque su propia realidad sea muy distinta. Es el esnobismo típico de los sectores intelectuales en los países subdesarrollados.

El empleo del enfoque naturalista y su afán por descubrir causas externas de la conducta, nunca le proporcionó mayor consistencia a la psicología sino mayores limitaciones, pues dicho enfoque no atendía las peculiaridades del hombre como sujeto, ni como organismo complejo de naturaleza cognitiva y cultural. Simplemente lo estudiaba como un objeto más bajo los conceptos de la física. Toda ciencia es el estudio de la realidad, y empieza por el reconocimiento cabal de su realidad y la discriminación de las diferencias que hay en su escenario. La física, por ejemplo, no es la misma cuando aborda los campos subatómicos o los astronómicos. Una ciencia psicológica no puede ignorar la diferencia notable entre objetos y sujetos, ni las diferencias evolutivas existentes entre las especies para explicar el comportamiento de los organismos, ni dejar de advertir los saltos cualitativos que se dan en la evolución, y en particular los que se observan en el ser humano. No podemos explicar ninguna conducta animal con la misma lógica epistémica con que se explica el movimiento de los árboles o la caída de las rocas. Las relaciones causa-efecto pertenecen a una dimensión y escala de la realidad, pero no a toda, y mucho menos al escenario de los organismos autónomos e inteligentes. 

La realidad física ha estado transformándose, primero a base de las propiedades de la materia y los eventos físicos, y luego por las propiedades de los organismos. A partir del hombre la historia evolutiva cambia y aparece un nuevo proceso, totalmente diferenciado, que tiene al conocimiento y al pensamiento humano como sus fundamentos propulsores. La cuestión de la selección natural queda totalmente al margen de este tipo de transformación evolutiva. No se trata más de un proceso natural sino de un proceso cultural. El hombre es quien determina su propia evolución, por tanto va más allá de lo puramente natural, pues él ha creado su propio ambiente cultural. Esto cambia radicalmente el enfoque pues el ambiente que se estudia no es ya un ambiente de tipo físico-natural sino otro que es de naturaleza socio-cognitivo-cultural. Los hechos humanos no obedecen a causas naturales; es decir, a relaciones causa-efecto. Nadie va a la iglesia por causas naturales, ni sigue una profesión por causas naturales. Y de hecho, nadie se suicida por causas naturales. Incluso los actos más naturales del hombre en tanto animal, han sido ideologizados y dependen de condicionamientos culturales. Así ocurre con el sexo, la alimentación, el sueño, etc. De modo pues que los hechos humanos obedecen a razones y no a causas naturales. El hombre incluso puede contravenir las leyes naturales, pues es capaz de controlar sus procesos biológicos y fisiológicos. Puede escamotear las leyes de la física y volar, crear elementos artificiales, etc. Precisamente por el hecho de que el mundo de los humanos se desenvuelve regido por procesos cognitivos (individuales y sociales) y no por leyes naturales, es que el mundo perfecto y feliz del cientificismo naturalista se vino abajo como un castillo de naipes. Una noticia que parece no haber llegado aún a todos los rincones de la psicología.

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Nota: El artículo completo fue publicado en la revista on-line "Psicología Científica" el 15/04/2010 y se puede ver en esta dirección: http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-446-1-ciencia-cientificismo-y-psicologia-cientifica-una-evaluacion.html

Abajo hay una versión pdf para su descarga:

Ciencia, cientificismo y psicología científica