Introducción
La historia es el primer psicosocial de todo país. Su misión es construir el país. Y esto no se puede hacer sin alterar las visiones del pasado, para explicar el presente de una manera que convenga al proyecto país. Lo que se hace es enaltecer todos los hechos que condujeron a la situación actual. Ningún país asume su realidad como un fracaso, una desgracia o pesadilla, por tanto, no se mira al pasado para buscar las causas de un fracaso como nación. Todo lo contrario. Se enaltece el presente y, en consecuencia, se mira atrás para glorificar todo lo que condujo a este presente. Es una manipulación de la verdad y a eso se le llama psicosocial. La independencia de América ha sido siempre un enorme psicosocial, especialmente la independencia de Sudamérica. Y esto por una razón muy simple: el fracaso como nación. Cuando un país fracasa como nación, no le queda más que vivir del idealismo, lo cual lleva a fabricar mitos. El fracaso de los países latinoamericanos como repúblicas independientes, ha dado pie para estigmatizar la época de la Colonia y enaltecer la independencia, como un acto reivindicativo que les devolvió la dignidad. Hoy mismo vemos a Cuba, apelando a la dignidad frente a EEUU para paliar su fracaso como proyecto socialista. "Fidel les devolvió la dignidad a los cubanos", dicen los seguidores del proyecto fracasado para salvar sus culpas. No es muy diferente lo que nos dicen sobre la independencia: nos devolvió la dignidad, la libertad y la soberanía. Lindas palabras que ocultan el fracaso como repúblicas. Por todo esto se ha mostrado a la independencia como el más sublime logro de estos países, recubriéndola con una serie de grandiosos ideales que habrían guiado a los libertadores. En consecuencia, los países de Sudamérica serían el fruto de tales grandiosos ideales. En otras palabras, esta historia es como una novela feliz en la que el príncipe rescata a la doncella enclaustrada y le concede libertad, guiado por el único interés de la noble abnegación heroica. Esta historia, digna de un cuento infantil, siempre me ha parecido sospechosa. A continuación intento una aproximación a la verdad de los hechos.
Los hechos
En los Estados Unidos de 1774 la formación del primer Congreso resultó de un hecho natural y simple, pero un hecho. Y subrayo el término “hecho” porque quiero destacar que no surge de una idea ni de un conjunto de ideas libertarias y románticas. No. Surge de un hecho. Se convocaron a los representantes de las trece colonias para debatir sobre un asunto puntual: los exagerados impuestos que el Parlamento inglés pretendía imponer a las colonias. Ese era todo el tema sobre el tapete. Hasta ese momento, en los colonos primaba el pensamiento religioso-militar representados en Dios y el Rey. Era una sociedad intensamente religiosa y monárquica. Eran hijos de Dios y súbditos del Rey. En esta sociedad solo había tres cosas que hacer: trabajar, pagar impuestos y leer la Biblia. Incluso lo que acontecía en los tribunales y en las asambleas durante la semana era el equivalente laico a lo que pasaba los domingos en la iglesia. Cuando se reúne el primer congreso norteamericano, no lo hace para declarar la independencia ni mucho menos para declararle la guerra a Inglaterra. Hubiera sido absurdo hacerlo pues Gran Bretaña era la primera potencia del mundo y los colonos no tenían ejército alguno. De modo que está claro que no tenían en mente una guerra de independencia, todo lo que los inquietaba era la nueva política fiscal inglesa que pretendía aprovecharse del éxito de los colonos americanos para exprimirlos como si fueran las ubres de una vaca lechera. No hubo pues realmente nada, absolutamente nada, de aquellos ideales de libertad e independencia que la historia común les atribuye. Nadie había dicho una palabra en contra de Inglaterra ni de su situación colonial. Nadie consideró la idea de que ser una colonia era algo denigrante, tal como se nos presentó después en los libros, en especial los de tendencia marxista. Ser una colonia no tiene nada de malo ni denigrante. Nada es bueno o malo en sí mismo; lo bueno y lo malo son conceptos utilitarios impuestos por alguien que tiene un interés particular en un momento dado. De modo que ese fue otro engaño, otra falsa idea que se nos impuso en el tiempo. Países prósperos como Canadá y Nueva Zelanda nunca renegaron de su situación colonial y hoy son ejemplos de éxito político, económico y social, y eso es lo que finalmente se desea para una nación. Latinoamérica, en cambio, es un claro ejemplo del fracaso de una independencia forzada por un ideal. Pero sigamos con el proceso norteamericano un rato más.
El primer paso que dieron los colonos fue iniciar una negociación y enviaron a Franklin a Inglaterra como mediador, pero este no consiguió nada. Al fin, más por la intransigencia de los británicos que por voluntad de los colonos, no les quedó otra alternativa a estos que plantear el autogobierno y hacer pública, no sin malestar y opiniones encontradas, su declaración de independencia. Todo este proceso fue un ejemplo de cómo se desarrollan los cambios sociales de manera natural, obligados por las circunstancias, forzados por los hechos. Cuando leemos la declaración de independencia de los EEUU no encontramos frases de idealismo delirante. Es absolutamente pragmático. Más aun, se diría que tiene un tono lastimero, a diferencia de las proclamas triunfalistas y delirantes de Bolívar. Los norteamericanos, en cambio, comienzan con una tímida justificación de sus actos. Veamos:
“Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.”
Y a continuación se enumeran 26 casos puntuales de abuso de autoridad por parte del Gobierno Británico que prueban una situación difícil de tolerar, y que de haberse resuelto con inteligencia, la historia de toda la humanidad hubiera sido otra. Destaquemos en esta introducción las frases “se hace necesario” y “las causas que lo impulsan”. Ellas revelan que se toma una decisión forzada por las circunstancias, cuando ya no quedan otras alternativas y que se ven obligados por los hechos, no por las ideas ni por el sueño de un paraíso teórico. Hasta ese momento, incluso, ni siquiera había una personalidad destacada que los estuviera dirigiendo en sus actos y voluntades, eran actos colectivos. Era una cuestión de supervivencia de la comunidad, por tanto, un acto plenamente válido en términos evolutivos sociales.
Es fácil advertir que lo que ha llevado a confusión a toda la humanidad es la redacción final de Thomás Jefferson que en pocas líneas por poco convierte la declaración en un panfleto delirante de ideales religiosos. Al final del documento Jefferson plasmó el sustento teórico que debía tener el acto de independencia y se basó en sus creencias religiosas, aunque algunos alegan que son ideas de Rousseau y otros humanistas, es una discusión de otra naturaleza. El hecho es que Jefferson plasmó una afirmación atrevida para su época: "todos los hombres han sido creados iguales", dijo. Naturalmente, no se refería a los negros, que para entonces aun no alcanzaban la categoría de humanos, y hasta se discutía si tenían alma. Cada uno de los padres fundadores tenía esclavos y si bien la esclavitud empezaba a ser mal vista por una parte de los colonos, aun era una institución que conformaba la mentalidad o el pensamiento social de la época. Como sea, toda referencia indirecta a la esclavitud fue retirada del documento por impertinente. El debate definitivo sobre la esclavitud se dio a continuación por décadas y culminó con la Guerra de Secesión. Aunque Jefferson no se ocupaba de este asunto en aquel documento, con aquella frasecita encendió la pradera y ardió medio mundo en los próximos cien años y algo más. Toda la lógica de Jefferson se desata después, cuando afirma que estos hombres:
Es fácil advertir que lo que ha llevado a confusión a toda la humanidad es la redacción final de Thomás Jefferson que en pocas líneas por poco convierte la declaración en un panfleto delirante de ideales religiosos. Al final del documento Jefferson plasmó el sustento teórico que debía tener el acto de independencia y se basó en sus creencias religiosas, aunque algunos alegan que son ideas de Rousseau y otros humanistas, es una discusión de otra naturaleza. El hecho es que Jefferson plasmó una afirmación atrevida para su época: "todos los hombres han sido creados iguales", dijo. Naturalmente, no se refería a los negros, que para entonces aun no alcanzaban la categoría de humanos, y hasta se discutía si tenían alma. Cada uno de los padres fundadores tenía esclavos y si bien la esclavitud empezaba a ser mal vista por una parte de los colonos, aun era una institución que conformaba la mentalidad o el pensamiento social de la época. Como sea, toda referencia indirecta a la esclavitud fue retirada del documento por impertinente. El debate definitivo sobre la esclavitud se dio a continuación por décadas y culminó con la Guerra de Secesión. Aunque Jefferson no se ocupaba de este asunto en aquel documento, con aquella frasecita encendió la pradera y ardió medio mundo en los próximos cien años y algo más. Toda la lógica de Jefferson se desata después, cuando afirma que estos hombres:
"recibieron de su Creador ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; así, para asegurar esos derechos, se han instituido los gobiernos entre los hombres, derivándose sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; de tal manera que si cualquier forma de gobierno se hace destructiva para esos fines, es un derecho del pueblo alterarlo o abolirlo, e instituir un nuevo gobierno basando su formación en tales principios, y organizando sus poderes de la mejor forma que a su juicio pueda lograr su seguridad y felicidad".
Nadie dudó de que se trataba de una argumentación brillante para darle a los hechos un cariz de legalidad -avalada hasta por Dios- que ninguno supuso pudiera tener. Jefferson había inventado algo que perduraría por siglos y cambiaría la historia: los derechos. Pero los textos de historia solo se ocupan de esta parte declarativa, la pieza magistral en la que Thomas Jefferson, actuando como abogado de los colonos y apelando a razonamientos religiosos convertidos en doctrina jurídica, argumenta a favor de la voluntad de las colonias. Sin embargo no debemos perder de vista la realidad. Un texto no es la realidad y menos la reemplaza. Los historiadores -y fundamentalmente los idealistas del siglo XVIII- solo prestaron atención al pequeño extracto en el que Jefferson enumera los fundamentos teóricos con los que sustenta los hechos, de tal forma que estos hechos fueron sustituidos por la magistral pieza retórica. Es verdad que hasta los colonos se sorprendieron al leerlo y descubrir que tanta belleza retórica pudiera caber en sus acciones rebeldes. Todos pensaban que se trataba solo de una cuestión meramente comercial y tributaria, para algunos incluso subversiva, y al final resultó que hasta Dios estaba implicado en el asunto ¡y a favor de los colonos!
La gran obra de Jefferson –verdaderamente- fue desviar el interés de la humanidad de los hechos a las ideas. Esa fue su gran contribución al nacimiento del pensamiento moderno. Ya nadie se ocupó de ver la realidad y estudiar los hechos ¡Las ideas eran mucho más bellas! La humanidad quedo hipnotizada por ese cuadro irreal que pintó Jefferson. La palabra “derechos” comenzó entonces su resonar incansable. De inmediato dejaron de estudiar la realidad para estudiar las ideas. Y fue así que la realidad concreta pasó a un segundo plano en el pensamiento de la humanidad y los ideales se convirtieron en lo más valioso. Los portadores de “grandes ideales”, como Bolívar y Miranda, ya no eran locos estúpidos sino héroes, aunque en los hechos solo hayan causado desastres. Pocos años después algo similar sucedería en Francia, cuando los románticos justificaron con bellos ideales la barbarie del populacho, y la espantosa ola de crímenes masivos emprendida por Robespierre durante la Revolución Francesa. Lo cierto fue que aquella gente estaba harta de tantas guerras y de impuestos y de una vida miserable, y más aun, de la actitud distante, grotesca e indolente de sus monarcas. La Revolución Francesa fue básicamente una reacción emocional colectiva, donde lo único que faltó fueron ideas e ideales. Fue consecuencia directa de las circunstancias reales, concretas e inmediatas de la vida, y no de enredadas ideologías ni de proyectos planificados. Pero así son las cosas de la historia y esta gesta de las muchedumbres, producto del hartazgo y de la histeria colectiva, se convirtió en fuente de inspiración para los teóricos e idealistas de la República, dando pie al ingreso hacia una nueva época de la Historia. La independencia de los EEUU y la Revolución Francesa fueron en adelante el argumento más utilizado por los idealistas que propugnaban la aniquilación de las monarquías, en favor del ideal confuso de la República; todavía se presentan como ejemplo en todos los textos de historia oficial, sembrando en varias generaciones conceptos arbitrarios como “ser colonia era malo” y “ser república era bueno”, a lo que se sumó la idea de "ser monarquía es malo". Conceptos arbitrarios que carecen de sentido. Seguimos alimentándonos de los “ideales” que supuestamente impulsaron la independencia de EEUU y la Revolución Francesa, cuando esto nunca sucedió, ya que nunca hubo tales ideales en ningún lado del Atlántico. Lo peor es que tales mentiras sirvieron de inspiración o de pretexto para el accionar de Bolívar. Sin embargo, como ya hemos visto, ni la independencia de EEUU ni la Revolución Francesa estuvieron motivadas por ideales, teorías, doctrinas ni ideología alguna, sino por la simple ira colectiva ante el abuso. Fueron esencialmente gestas colectivas, sin un guía que atizara con ideas y condujera a las muchedumbres por sus intereses e "ideales". Pero todavía se enseña y se miente en las escuelas diciendo que "los libertadores se guiaron por los ideales humanistas en los que se inspiró la independencia de los EEUU y la Revolución Francesa". Esto es una falacia total, por tanto, tampoco puede ser cierto que hubieran "ideales" inspirando a los libertadores de Sudamérica. No hubo más que intereses concretos, como veremos luego.
Ahora examinemos el caso sudamericano. Es imprescindible comprender cómo surgieron nuestros países, en qué argumentos se basaron los libertadores, qué hechos concretos de la realidad motivaron la independencia. ¿Fue un proceso natural o artificial? ¿Hubo condiciones reales que las justificaron? ¿Vivía el pueblo en condiciones inaceptables de sufrimiento y decadencia como las que impulsaron al pueblo francés? ¿Hubo alguna nueva política específica de la metrópoli que acabó por exacerbar a los criollos, como fue el caso norteamericano? ¿Fue el pueblo quien protagonizó una gesta colectiva reclamando una vida mejor? Creo que bastaría con mencionar este hecho: en Lima se realizaron colectas públicas para ayudar a la Corona Española frente a la amenaza de Napoleón. Así que nadie puede decir que los sudamericanos estaban ansiosos de libertad e independencia. Lo cierto es que esta llegó a mano forzada. Hubo, desde luego, algunos episodios de conflictos de interés muy focalizados, pero que luego fueron grotescamente magnificados y tergiversados por los historiadores, y presentados como "precursores de la independencia", como es el caso de Túpac Amaru, Mateo Pumacahua y muchos otros. La depuración de la Historia y su sinceramiento, es una tarea pendiente en Latinoamérica. Para ser exactos, en Sudamérica no hubo dos sino hasta cuatro procesos diferentes. El del norte liderado por Bolívar, el del sur dirigido por San Martín, el de Argentina y el de Perú, que fueron procesos muy particulares. La campaña del norte fue diametralmente opuesta en todos los sentidos a la del sur, ambos perseguían objetivos diferentes y solo en un punto coincidían: la derrota de los españoles. Bolívar y San Martín no tenían absolutamente nada en común. El primero era un idealista y aventurero disfrazado de general; el segundo, un soldado cumpliendo una misión a pedido de su gobierno. Por una de esas coincidencias de la vida, ambos convergieron en el mismo punto, pero cada uno tenía su propia historia, sus propias razones y motivaciones personales, y nunca se entendieron.
Analicemos a los libertadores sin el aura mística que los envuelve, olvidemos por un momento la visión apasionada y delirante con que sus biógrafos han forjado la imagen que hoy tienen, atizada por el interés de los nuevos estados. ¿Quién fue Bolívar? Al estudiar a Bolívar, lo primero que descubrimos es que la mayor parte de sus biografías son un gran psicosocial. Son novelas perfectas, bellamente concebidas. Así que debemos tener mucho cuidado con las biografías de Bolívar. Este personaje nace en el seno de una familia adinerada. Es un hacendado que tiene la suerte de poder vivir sin hacer nada y se dedica a viajar por Europa y llevar una vida cortesana jugando en los jardines reales de Madrid, incluso con el mismo Fernando VII. Es posible que haya sido así, pues la vida tiene estos caprichos y paradojas, pero también puede tratarse de un embuste fabricado por sus biógrafos. Estoy convencido de que la mitad de la historia alrededor de Bolívar es pura ficción. Algunos han añadido incluso que, en uno de esos juegos cortesanos, Bolívar le habría infligido a Fernando VII una herida en la frente “como un anticipo de lo que años más tarde le arrebataría”, dice el novelista-biógrafo. Pero hay que tomar con cuidado este tipo de historias. Entre tanto su instrucción estaba a cargo de uno de los mejores maestros que el dinero podía pagar: Simón Rodríguez, de quien dicen que lo introdujo en los ideales de los filósofos humanistas. (Se supone que debemos considerar esto como algo muy positivo). Aseguran también que se dio el lujo de tener a Andrés Bello como maestro. Considerando los gustos que se daba Bolívar, no es imposible. En realidad no hay nada interesante que decir de Bolívar hasta el día en que regresa a Venezuela con el propósito de inmiscuirse en las actividades revolucionarias. Tenía apenas 23 años. ¿Qué lo indujo a tomar esta repentina decisión? Trataremos de entenderlo. Pero antes, no podemos perdernos aquel instante preciso en que, según sus biógrafos-novelistas, Bolívar toma la determinación. Este episodio casi cinematográfico que los historiadores han fabricado describe a Bolívar en el Monte Sacro contemplando Roma desde lo alto. Transcribo literalmente la escena cinematográfica porque no creo poder superar semejante descripción.
Cierta tarde, hallándose en el Monte Sacro, el romántico poder del crepúsculo lo dominó. El día había sido caluroso. El sol se resistía a desaparecer y enrojecía el cielo. Agitado por la marcha, jadeante, sudoroso por la ascensión a la colina, contemplaba el panorama bello y con matices de viejo grabado. Simón Rodríguez se sentó en una piedra –resto de una columna, destrozada por el tiempo, en su romántico recuerdo-, Bolívar en pie, como un héroe de leyenda, dando ya el primer burilazo en su legendaria estampa, todavía anhelante por el esfuerzo, juró ante la majestuosa ara del horizonte incendiado por el sol: “Juro por el sol de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.[1]
Apenas hacían dos semanas que acababa de cumplir los 22 años. ¿Qué bicho picó a Bolívar? ¿De dónde sacó la idea de que él podía liberar a toda Sudamérica cuando nunca había visto de cerca una batalla, más aun, ni siquiera de lejos? ¿Lo pensó realmente? ¿Lo juró? ¿Hasta dónde puede ser cierta esta escena? Debemos llegar a entender las verdaderas motivaciones de Bolívar. ¿Acaso estaba cansado de la vida que llevaba? Hasta entonces no había hecho más que gastar dinero, viajar, ser huésped de las mejores familias. Se había enamorado perdidamente de una joven a quién desposó y llevó a Venezuela cargado de ilusiones, pero por desgracia la joven cayó enferma y murió a causa de la fiebre amarilla cuando apenas tenían seis meses de casados. Al parecer, murió embarazada. Bolívar volvió a Europa profundamente perturbado e inició otra gira intensa de ciudad en ciudad, y ese trajín agotador aparentemente acabó, de algún modo, en el Monte Sacro. ¿Porqué una persona decide cambiar repentinamente todo el rumbo de su vida? Por supuesto, estamos asumiendo que la vida de Bolívar hasta entonces tenía un rumbo. ¿Lo tenía? Es evidente que no. Mejor sería decir que de pronto Bolívar decidió darle un rumbo a su vida, un sentido que no tenía. Había contemplado la coronación de Napoleón como nuevo emperador de Francia y esto, quizá, lo llenó de envidia y sembró en su joven corazón una semilla de idolatría personal que años después lo llevaría a tratar de coronarse, de alguna forma, Libertador de Sudamérica, apaciguando su vanidad desmedida con algunas ideas prestadas del ideario humanista en boga. Olía la desintegración de la monarquía española. España estaba preocupada por sí misma y los asuntos de ultramar habían pasado a un segundo plano, Inglaterra y Francia tenían cercada a España y más tarde Fernando VII sería obligado a abdicar. Era el momento más oportuno para desvincularse de España. Además Bolívar ya había escuchado a Francisco de Miranda, ese fanático conspirador e idealista obsesivo quien fue el verdadero publicista de la tesis de la independencia sudamericana y la formación de un macro Estado, copiando el modelo norteamericano. Pero creo que había algo más. Probablemente Bolívar estaba ya cansado de Europa, de ser un turista permanente, un desarraigado, y quería volver. ¿Pero qué iba a hacer en Venezuela? Nadie lo esperaba. La idea de dedicarse a la hacienda nunca le había atraído. No tenía esposa ni hijos, ni siquiera padres, no tenía porqué luchar en la vida. ¡Ni siquiera tenía que luchar pues ya era rico! Luchar por algo tan grande como la independencia de Sudamérica sin duda le otorgaba un sentido a su errante existencia. Un gran sentido, pero ¿qué clase de sentido? ¿Acaso era un sentido puramente idealista? ¿Era Bolívar un idealista innato? ¿Amaba tanto a Sudamérica como para arriesgar toda su cómoda existencia por un territorio que ni siquiera conocía? ¿Tenía ya una idea precisa del proyecto político que deseaba emprender, aquel el de la Patria Continental? ¿Era, en verdad, un proyecto político? Nada de esto es cierto. Sabemos que no tuvo intereses comerciales que defender, no se sentía directamente afectado por la política de España, de manera pues que no tenía nada que ganar de una independencia de Venezuela, y mucho menos de Sudamérica. Tampoco tenía nada que ganar, salvo la gloria, en caso triunfe, por supuesto, lo cual, dada la coyuntura política de España, parecía sumamente factible. Pero esto era un idealismo puro y una fantasía alucinada.
Hasta entonces las revoluciones habían surgido estrictamente por intereses comerciales. Nunca existió una revolución guiada por ideales. La olla de presión popular solo se calentaba con tributos, jamás con ideales, y la fuerza de su expansión surgía desde adentro. Lo único que hacían los idealistas era aprovechar esa energía para guiarla por un rumbo inesperado, barnizarla de idealismo, pero nunca fueron capaces de generar esa energía. ¿Sabía esto Bolívar? Lo que parece quedar cada vez más en evidencia es que tuvo un interés personal muy íntimo en su decisión. En aquel momento especial, y desde la perspectiva poética que le ofrecía el Monte Sacro a un joven que acababa de cumplir 22 años de vida fácil y cómoda, sin duda era una empresa que parecía simple, al menos mucho más simple que aquellas emprendidas por Napoleón. España debilitada, Sudamérica llena de focos rebeldes, Miranda asegurando el apoyo británico. ¿Qué faltaba? Lo único que faltaba era un guía, un líder. ¿Su ego y vanidad le susurraron algo? Quién sabe. Pero esa parecía ser una buena razón para volver y también para vivir ¿Porqué no intentarlo? Después de todo qué podía perder, excepto la vida. Aunque esa era también una buena razón para perderla. No obstante, las personalidades como la de Bolívar nunca prevén la posibilidad de la muerte; diríase que hasta se sienten inmortales. Lo cierto es que a la luz que nos arrojan los hechos no encontramos motivos válidos para que Bolívar emprendiera una empresa tan arriesgada e inútil como la emancipación de Sudamérica; de una tierra que ni siquiera conocía pues hasta entonces solo se había interesado por Europa y la vida fácil. Lo más grande que había vivido Bolívar era la coronación de Napoleón. Ese acontecimiento sin duda lo ligó con el personaje y en sus actos posteriores no podemos dejar de notar las similitudes: al igual que Napoleón, Bolívar emprendió conquistas, creó repúblicas y dio constituciones pretendiendo un macro Estado. Hasta en la baja estatura se asemejaban. Pero Bolívar no era ni militar ni ideólogo y no estaba al servicio de ningún gobierno. No tenía razones para estar en donde estuvo ni para hacer lo que hizo. Se metió por voluntad propia. No queda ninguna duda de que Bolívar solo estuvo jugando a ser Napoleón, consciente o inconscientemente, buscando una razón para su propia existencia.
A diferencia del proceso ocurrido en Norteamérica, acá no hubo negocios de por medio y nadie llamó a Bolívar ni le pidió que se hiciera cargo del asunto. Sudamérica era un vasto territorio desarticulado, con centros de poder muy aislados, desconectados entre sí y en franca competencia. Difícilmente a una persona inteligente podía habérsele ocurrido que era posible formar una unión continental en semejante geografía natural y política. Claro que Bolívar era un hombre inteligente, astuto, pero también era -ya qué duda cabe- un idealista delirante y egocéntrico. La única duda es si aquel idealismo se orientaba hacia la gloria personal o hacia la Patria Continental como legado histórico. ¿Qué podría haber motivado a aquella gente simple y práctica de los plácidos confines coloniales sudamericanos a formar una unión continental? Absolutamente nada. Más bien parece tratarse de un caso en el que el ego opacó el sentido común. ¿Qué otra razón podía haber guiado a Bolívar a semejante proyecto? La idea, está claro, la obtuvo de Miranda y caló en su pensamiento. España estaba en franca decadencia y, tarde o temprano, sus colonias serían libres por sí solas, o presas de otras potencias, y en especial de Francia y la Gran Bretaña. Bien valía la pena intentar el proyecto de Miranda. Después de todo, la vida de Bolívar solo parecía ser una gran aventura permanente. Podríamos decir sin temor que Sudamérica sufrió la violación de un aventurero, que se aprovechó de una circunstancia histórica para hacerse hombre y llegar a la gloria. Todo lo que se dijo después en cada país libertado, solo trata de cubrir aquella vergüenza. Sudamérica ocultó su humillación con una cómoda y oportuna disculpa, como las que inventan las familias para disimular el embarazo de la hija adolescente y soltera: se trata de un gran hombre.
[1] Campos, Jorge; “Bolívar”; Salvat; Barcelona; 1986



