domingo, 11 de abril de 2010

CREENCIAS, DIOSES Y RELIGIONES



La conducta religiosa es quizá las más compleja que existe, y lo más difícil de estudiar. Involucra no sólo ritos, ideas y creencias que se remontan hasta los orígenes mismos de la humanidad, sino que además constituye la base misma de nuestra cultura. Esto significa que la religión ha definido lo que somos culturalmente, ha definido nuestro mundo tal como es hoy, ha establecido nuestras costumbres y, peor aun, ha estructurado una racionalidad cultural que es la que usamos para pensar. Desde que nacemos empezamos a formarnos como criaturas religiosas y a entender el mundo tal como la religión lo ha establecido. Es la religión la que nos da nuestro formato de razonamiento y la que ha estructurado nuestro mundo. Ahora bien, con estos formatos religiosos en la estructura del mundo, en la cultura y en nuestro pensamiento ¿cómo podemos estudiar "objetivamente" la conducta religiosa? ¿Acaso podemos pensar y ver el mundo de otro modo que no sea religiosamente? Por esto mismo, la ciencia naturalista fracasó en el estudio del mundo humano, y en particular, en el estudio de la religión o la conducta religiosa. Tanto así que se les ha estudiado muy poco realmente. Lo que se ha hecho es estudiar a las religiones como parte de la historia, y como un catálogo de mitos y tradiciones, comparándolas, clasificándolas, etc., pero no como un comportamiento humano que merece una explicación científica. Eso no se ha hecho. Es muy pertinente invocar en este punto, la advertencia que Kant hace apenas al inicio de su principal obra: "La razón humana tiene el destino singular, en uno de sus campos de conocimiento, de hallarse acosada por cuestiones que no puede rechazar por ser planteadas por la misma naturaleza de la razón, pero a las que tampoco puede responder por sobrepasar a todas sus facultades". 

La ciencia ha estado muy ocupada estudiando la naturaleza y el cosmos, al extremo que muchos consideran que tan sólo eso es ciencia. En consecuencia, disciplinas que se ocupan de los seres humanos en tanto criaturas complejas que conforman sociedades y culturas, no podrían ser ciencias. Esto es en parte cierto ya que resulta imposible eludir nuestras creencias para hacer ciencia sin religión, lo cual interesa poco o nada en las ciencias naturales, pero resulta sumamente gravitante en las ciencias humanas. En efecto, al estudiar la naturaleza y el cosmos, para nada importan nuestras ideas y creencias religiosas, pudiendo estar presentes sin afectarnos en la obtención de conocimientos, tal como ha ocurrido con diversos hombres de ciencia creyentes, que lograron enormes avances científicos. Newton, por ejemplo, fue uno de los científicos más fanáticos de la religión, pero eso no impidió que descubriera diversas leyes físicas fundamentales. Ni siquiera impidieron que Darwin admitiera las evidencias y llegara a contradecir las afirmaciones bíblicas respecto a la creación. En cambio la cosa cambia si de lo que se trata es de estudiar al hombre, su comportamiento social y su cultura. Con mayor razón si de lo que se trata es de estudiar sus creencias religiosas, y de entenderlas como productos humanos, pues definitivamente no son otra cosa más que productos de la cognición humana, transformados durante milenios de evolución cultural. ¿Por qué resulta tan difícil estudiarlos? Porque lo hacemos empleando nuestra racionalidad cultural. Como dijimos, es la cultura la que nos proporciona nuestra manera de pensar y entender nuestro mundo, y que justamente es un mundo hecho por los humanos siguiendo un pensamiento religioso. Es como una tautología que ha ido creciendo y aprisionándonos en su estructura circular. No podemos entender el mundo si no le encontramos un sentido, y ese sentido nos lo proporciona la cultura, la cual es una cultura religiosa. No hay, pues, forma de escapar. Es imposible que distingamos nada fuera de lo normal. Cuanto más pensamos, más nos damos cuenta de que todo está bien, todo está en su sitio: Dios debe existir y la religión también. Todo marcha como debiera. Los que no lo ven así son los que están un poco locos. Si hubiera algo fuera de su sitio sería porque no encaja con nuestra visión, y lo que haremos será perseverar para que el mundo siga siendo como lo concebimos. Esa es precisamente la misión de la cultura como estructura cognitiva social, destinada a configurar una misma realidad para todos los sujetos de una misma comunidad. Y eso es precisamente lo que nos impide hacer ciencia humana, pues la "objetividad" parece imposible. Pero tampoco es una solución hacer ciencia naturalista con el hombre, sólo para ganar esa objetividad, pues dejamos de estudiar al hombre real.

Primera conclusión: no importan para nada nuestras creencias religiosas si de lo que se trata es hacer ciencia física o naturalista. Incluso vamos a afirmar que toda esa ciencia naturalista descansa en fundamentos religiosos respecto de la visión del universo como un mecanismo perfecto, donde todos los fenómenos obedecen a causas específicas y a leyes universales. Esto, desde luego, deriva de una noción religiosa del universo, pero igual, funciona, por lo menos para el pequeño período de tiempo durante el cual existe la especie humana. Así pues, para nada importan la religión y las creencias de un matemático, ya que las ecuaciones se resuelven igual si cree en Buda o en Mahoma. Pero pídanle una explicación sobre la naturaleza del hombre, y su fe lo traicionará. Dejará de ser un científico y será un simple mortal. Y esto se debe a que el mundo natural es completamente diferente al mundo humano. Se requiere una epistemología totalmente diferente para el estudio de este último escenario. Esto quiere decir que se requiere otra clase de ciencia, otra manera de concebir las explicaciones y de obtener los conocimientos, pues si bien en el mundo físico los hechos siguen una misma lógica natural, como producto de las propiedades estables de la materia y de las leyes físicas constantes y universales, en los hechos humanos no existe ninguna lógica ni estabilidad ni universalidad. Los principios derivan de otro lado: de la cultura.

La comprensión de lo que el hombre es, pasa por un estudio profundo de sus características como fenómeno de tipo cognitivo. Es decir, primero hay que entender bien lo que el hombre es. Y esto implica entender lo que significa un ser cognitivo. Básicamente se trata de un animal que, gracias al formidable desarrollo de su cerebro, ha llegado a configurar una mente, y que, derivado de ello, depende de los contenidos de su mente. Un ser cognitivo no depende sólo del ambiente que le rodea sino básicamente de lo que ha representado como realidad en su mente. Podemos decir que la mente resulta de la capacidad para experimentar un estado subjetivo complejo, que es la representación de una realidad particular para el organismo, a partir de la organización interna de sus percepciones y concepciones, orientados con un sentido específico. Para seguir con la idea de Baars, digamos en términos prácticos, que la mente es un gran espacio de trabajo donde construimos nuestra realidad, compuesto de grandes ¡fabulosas! cantidades de memoria de todo tipo, pero también de redes neuronales que configuran estructuras lógicas de procesamiento de información. Hay que hacer algunos números para acercarnos a una noción más aproximada. El cerebro humano tiene unas 100 mil millones de neuronas y cada neurona puede establecer unas 5 mil conexiones. Para tener idea de la fantástica red informática que se puede llegar a constituir en un solo cerebro, elevemos 100,000'000,000 a la potencia 5,000. El resultado es sencillamente inimaginable. Pero luego multipliquen esa inimaginable cantidad por el número de cerebros que constituyen nuestra cultura a lo largo de toda la historia. Esa es la especie humana. Tan solo la red cognitiva que se establece en una sociedad activa es extremadamente compleja y extensa. Podemos llegar a concebir el complejo entramado cognitivo social si imaginamos la red de Internet, que aun con toda su extensión representa una porción muy ínfima de las redes cognitivas humanas. Si no empezamos por entender lo que es la mente y la cultura, será imposible estudiar y entender al ser humano, así como sus productos mentales y culturales, tales como la ciencia y la religión, que son actividades realizadas sobre productos de la cognición humana: creencias y conocimientos.

La cultura es un fenómeno vivo que tiene una antigüedad de unos 50 mil años. Se inició cuando los primeros humanos dejaron de depender de estímulos del ambiente para pasar a depender paulatinamente de sus contenidos mentales. Es cuando inician la comunicación de tales eventos internos, dando paso a la formación de la cultura como un medio ambiente humano, sostenido por un conjunto de sistemas de comunicación, que configura la realidad social de una comunidad, a través de conceptos, imágenes mentales y valoraciones, fundadas en sus intereses y necesidades como especie. Nos resulta sumamente difícil concebir lo que es la cultura debido a que sólo somos parte constitutiva de ella. Se trata de un sistema que está por sobre nosotros en una escala lógica. Para poner un ejemplo grotesco, digamos que nuestro hígado y nuestro corazón, aun siendo parte nuestra, no tienen la menor idea del organismo que componen ni mucho menos del sujeto que configuran. De ese estilo es nuestra limitación para concebir la cultura; pero se trata de un sistema vivo, tanto como lo es nuestra mente. Para estudiar la cultura no debemos verla como se presenta hoy sino como lo que representa históricamente. Al igual que no podemos entender la presencia y la posición de un avión en el aire si no consideramos su trayectoria, impulso y velocidad, tampoco podemos entender la cultura viendo a nuestro rededor y analizando lo que vemos, sino considerando toda su trayectoria evolutiva y entendiendo aquello que la impulsa desde sus orígenes. La cultura no se explica por sí sola en el presente sino por toda su historia. En tanto que las creencias y las tradiciones religiosas son productos culturales, debemos descubrir cómo se originaron y cómo se construyó este sistema cognitivo social, retrocediendo en la historia de la evolución cultural. Debemos entender cómo se estructura y se sostiene este entramado ideológico. Tenemos hechos históricos bien definidos, evidencias físicas, legados escritos, teorías antropológicas y sociocognitivas, y una serie de evidencias actuales a lo largo del mundo. Parece que tenemos herramientas intelectuales y material más que suficiente para llegar a la comprensión de lo que son las religiones, las creencias religiosas y su papel como una necesidad cultural, es decir, como una necesidad para la supervivencia de una especie cognitiva y cultural.

Lo primero que debemos tener presente es que la conducta humana es muy anterior a cualquier creencia. Primero suceden los acontecimientos y el comportamiento consecuente, luego llegan las ideas que le dan sentido a todo el escenario. Gran parte de la conducta humana es una herencia antropológica. Al igual que otras especies, el hombre también responde con emociones básicas como el miedo o el susto. A ellas se suman otras emociones más humanas como el asombro. Así que empecemos identificando las conductas humanas más primitivas y luego analicemos las ideas más antiguas que le otorgaban algún tipo de significación mental. Lo que se le ha añadido al comportamiento en la etapa humana son ideas y creencias que sustentan ideológicamente casi todas las conductas primitivas, como por ejemplo, la conducta de adoración. Una de las conductas más típicas y más antiguas del ser humano es la conducta de adoración, que incluso ha dado pie a otra conducta muy similar en una dimensión más social, que es la adulación. La conducta de adoración no depende tanto de la cultura sino que parece estar genéticamente definida como respuesta específica. Es posible que se trate de un remanente modificado de alguna estrategia de supervivencia, como tantas otras conductas que son parte del equipaje de la especie. Lo que se ha añadido a la conducta de adoración es una amplísima gama de ideas y creencias que la sustentan culturalmente, ideas y creencias que pretenden explicar y justificar el comportamiento dado, y que que han venido cambiando a lo largo de la historia. El círculo vicioso de la conducta-idea-conducta empezó de algún modo muy natural hace unos 50 mil años. Si bien en un principio las ideas respondían a las conductas manifiestas, paulatinamente sucedió que las conductas empezaron a responder a las ideas establecidas colectivamente como creencias Casi todas las conductas humanas, desde las más primitivas a las más modernas, están rodeadas de ideas y creencias que las explican o justifican, desde la adoración, la superstición o el uso del celular. El hombre tiende a explicar y justificar su conducta. Freud llamó a esto "racionalización". De manera que, para empezar, sólo debemos seguir la pista de la conducta de adoración, y las primeras creencias que la apoyaron. Ese fue realmente todo el inicio de lo que hoy son las religiones, al cabo de diez mil años de conductas diversas de adoración de todo tipo, ideas transmitidas, historias narradas, hechos justificados o fabulados, mentiras inventadas, etc. Lo que ha hecho el hombre es ir acumulando ideas y creencias, transmitiéndolas y transformándolas, incrementando en cada generación el cúmulo de hechos históricos y explicaciones fabuladas que las justifican. Hoy sólo se tiene un legado ideológico que adquiere las formas actuales que la cultura moderna es capaz de recrear. Es parte de las explicaciones que el hombre, en tanto ser cognitivo, requiere para entender su mundo.

Segunda conclusión: La especie humana ha heredado de sus antepasados homínidos una buena cantidad de conductas que responden a necesidades de supervivencia. Por ejemplo, la promiscuidad sexual del macho. Algunas conductas derivan de reacciones naturales que involucran emociones tales como miedo o asombro. Una de las conductas humanas más primitivas es la conducta de adoración. El hombre ha adorado prácticamente todo lo que hay sobre este mundo. Lo que el sujeto cognitivo ha añadido a su conducta, es un cúmulo de ideas que la justifican o la explican, y que se han establecido culturalmente como creencias. Tales creencias guiaron en lo sucesivo el desarrollo de estas conductas, siendo el inicio de las ideas y ritos religiosos.

En palabras simples, ser un sujeto cognitivo significa ser capaz de pensar y tener conciencia. Mucho se ha especulado respecto de por qué el hecho de pensar, tener conciencia, darse cuenta, parece implicar la necesidad de tener algún tipo de divinidad como referente. Es un hecho que casi todos los seres humanos creen en alguna divinidad, están rodeados de elementos "sagrados" y practican rituales orientados al vínculo con tales objetos y divinidades. El otro hecho es que siempre ha sido así, desde que se tienen noticias del hombre. Es decir, ya en la Edad de Piedra, existían deidades, ídolos y rituales, y conductas que hoy calificamos como religiosas, aunque nacieran con otros significados. Pero las conductas de adoración, los ídolos y las deidades fueron las primeras conductas y productos típicamente humanos. Y todo esto tiene, desde luego, una explicación muy natural. Aunque no tenemos aún todas las respuestas, por un lado ya hemos establecido que el hombre recibe como herencia antropológica, una amplia gama de conductas primitivas, las cuales sólo han sido "domadas" cognitivamente. Lo que resta entender es por qué las ideas se refieren siempre a deidades. El hombre ha inventado una amplísima gama de seres mágicos y mitológicos, tales como duendes, gnomos, ninfas, hadas, dioses y mucho más. Y lo más curioso es que tal tendencia se mantiene prácticamente igual en la actualidad, pues los seres humanos siguen inventando personajes míticos y mágicos, que hoy poseen incluso caracteres espaciales.

Parece pues que debemos establecer que en estos hechos humanos confluyen dos elementos básicos: un juego de conductas primitivas heredadas y un juego de ideas y creencias anexadas, las que posteriormente, a lo largo de la historia de la humanidad han estado creciendo circularmente, influyéndose mutuamente, siendo uno la causa del otro y viceversa. La circularidad consiste en que las ideas pretenden explicar las conductas, y luego las conductas se producen como expresión de tales ideas. Esta circularidad de efecto mutuo ha generado un efecto espejo por el que la realidad humana se ha venido estructurando por etapas entre el mundo físico (con sus alteraciones humanas) y su contraparte mental (con ideas, creencias, ideologías, etc.), lo cual explicaremos en otro post. Por ahora basta con entender que la circularidad de conducta-idea-conducta ha venido creciendo en complejidad desde hace 50,000 años, y hoy nos resulta muy difícil entender cómo empezó todo este laberinto. En términos generales, el pensamiento siempre responde a la situación, se acomoda a la situación. Se requiere una estructura cognitiva muy sólida para que el pensamiento discurra con independencia, pero esto es una muy rara excepción en la especie. El hecho es que el pensamiento siempre está presto a dar al hombre una "explicación" de lo que le ocurre, pues el ser cognitivo no sólo requiere una realidad subjetivada sino que ella debe tener un sentido. A continuación actúa y modifica el mundo físico siguiendo este sentido, como en un juego de espejos que tiene a un lado el mundo físico y al otro el escenario subjetivo de la conciencia. Uno refleja siempre al otro, y nunca dejan de afectarse mutuamente. Así es como se ha construido el mundo humano.

Todo esto fue un proceso paulatino, creciente y paralelo a la configuración misma de la especie humana, conforme se estructuraba su sistema cognitivo. Es decir, debe quedarnos claro que la especie humana no depende únicamente de su evolución biológica sino, fundamentalmente, de su evolución cultural. Más aun, lo que hoy somos como humanos, es consecuencia entera de la cultura. Es decir, somos producto de cómo pensamos. Y hay diversas evidencias de esto. Las primeras construcciones comunitarias fueron lugares dedicados a algún culto, generalmente con sacrificios. Desde que apareció sobre la Tierra, el hombre ha adorado prácticamente todo lo que le rodea: astros, animales, fenómenos naturales, fetiches, muertos, etc. Los objetos de adoración han coexistido con los seres humanos, apenas este tuvo conciencia. El concepto o noción de lo que estos objetos de adoración son, ha estado cambiando en el transcurso de la historia. La adoración es una conducta natural que se asemeja a la conducta de sumisión que algunos mamíferos adoptaron como estrategia de supervivencia ante la sensación de inferioridad. El hombre primitivo, en tanto iba siendo un ser cada vez más consciente, se descubría a sí mismo rodeando de elementos que lo asombraban y le causaban temor y pavor, desencadenando conductas de adoración hacia los elementos de la naturaleza, así como a la muerte y la fecundidad. Repasando las evidencias arqueológicas podemos descubrir vestigios y rastros de aquellas conductas primitivas orientadas ya a las creencias míticas y religiosas, de las que derivan todas las religiones que perduran hasta hoy. La arqueología y la antropología han descubierto cuáles fueron las inquietudes, temores y preocupaciones de los primeros seres humanos, y en verdad no son muy distintas a las que tenemos hoy mismo, con la ventaja actual de que hoy tenemos ya muchas explicaciones válidas que nos evitan un gran cúmulo de entidades míticas. Hoy nacemos a un mundo que ya tiene incorporado un manual de explicaciones. Ese es el resultado de la cultura: un mundo humano que se explica por sí mismo.

Debemos tener en claro que todos estos seres míticos, junto a las ideas y creencias humanas, corresponden al escenario virtual de la conciencia humana, por lo tanto, existen tan sólo en las mentes de una cultura en las que se comparten como imágenes colectivas, son parte de la realidad subjetiva del hombre y no existen fuera de ella. El hombre ha cambiado el mundo real de la naturaleza para que se asemeje a su mundo subjetivo, ha colocado sobre el mundo real sus ídolos y fetiches que representan aquellos elementos que dominan en su mundo subjetivo. Del mismo modo en que es capaz de representar gráficamente la música, que sólo tiene sentido en su mente, también puede reproducir otros elementos que son extraídos de su conciencia, tales como un billete, un talismán, una cruz. Lamentablemente la gran mayoría de las personas desconoce la separación que existe entre el mundo real y el mundo virtual de la conciencia, por lo que se expresan como si todo fuera un solo y mismo mundo. Un mundo que definimos como "cultura". Esto nos ha llevado a creer que los personajes míticos existen en el mundo real y son "reales". Los personajes míticos son tan "reales" como lo pueden ser el dinero, las teorías económicas, los preceptos jurídicos, las fórmulas matemáticas o las figuras geométricas. Todo ello no son más que productos de la cognición humana respondiendo a necesidades diversas en función de su existencia en una cultura, de la cual el mundo real es solo una parte, y generalmente, una parte secundaria. Podemos creer que la música "existe" en el mundo real, pero esto es sólo una fantasía nuestra. De hecho, la música existe sólo en la mente de los humanos, así como los colores y, por supuesto, también las divinidades. La verdad es que esto ocurre con la mayoría de elementos del mundo humano, como por ejemplo nuestro calendario, nuestro país y los símbolos de la patria, nuestra identidad como ciudadanos, nuestros títulos y valores, etc. Todo eso no es más que una fantasía que existe tan solo en el escenario subjetivo de los humanos, en la realidad virtual de la conciencia colectiva humana que llamamos "cultura". Como ha dicho Rodolfo Llinás Riascos: somos en esencia, máquinas de soñar (El cerebro y el mito del yo).

Las estructuras cognitivas humanas empezaron a formarse hace unos cien mil años. Todo lo que tenemos hoy como herencia cultural, empezó a gestarse posiblemente hace sólo unos diez mil años. Pero en ese transcurrir han estado modificándose de generación en generación, acomodándose a las condiciones de existencia y necesidades históricas de las sociedades. En tal sentido, los dioses y todo lo que contienen las actuales creencias religiosas, son en realidad creaciones bastante primitivas, aunque hayan venido progresando como ideas, al igual que lo han hecho todos los demás productos humanos, tales como el lenguaje, las armas, la ropa, el arte, los alimentos, etc. La actual navaja suiza, con toda su belleza y perfección, empezó como un pedazo de piedra pulida hace varios miles de años. El más moderno de los autos deportivos tuvo sus inicios como una carreta tirada por caballos. Las religiones que hoy cautivan a las sociedades más civilizadas, con sus majestuosos templos saturados de flores, incienso, himnos y coros angelicales, con sus rituales de amor y paz, tuvieron sus inicios como plazas ceremoniales de tierra y piedras, en donde ardía un fuego purificador, y se decapitaban niños o se extraían corazones vivos, bailando al compás de tambores para agradar a los dioses. No hace falta ir tan lejos para recordar lo que era la Iglesia Católica hace sólo 250 años, en pleno ejercicio de la Inquisición. Ni siquiera hace falta retroceder en el tiempo para ver algunas religiones hoy mismo, relegando a la mujer a la condición de animal y objeto de hombre, o adorando aun animales.

Un error común al tratar estos temas es verlos en su forma actual, como si fueran cosas de hoy, o como si siempre hubiesen tenido esta forma; pero no es así. En los últimos diez mil años de historia muchas ideas y hechos se han estado acumulando para derivar en lo que hoy tenemos como realidad cultural. La idea que hoy tenemos de dios, no es la misma que tuvieron los primeros seres humanos en la Edad de Piedra y luego en la Edad Media. Del mismo modo que la idea actual de átomo no es la misma que tuvieron en mente Demócrito ni Leucipo. Tampoco la idea actual de democracia es la misma que tuvieron los griegos. La idea de dios ha estado evolucionando junto con el pensamiento humano, incluso después de haberse plasmado en la Biblia. Ambos se han transformado generación tras generación afectados por los hechos de la vida. Hace dos mil años no existía el concepto ni el debate que hoy existe en torno a la Biblia. El mismo nombre "biblia" ha quedado después de mucho trajín idiomático a través de varias lenguas, con significados diferentes. Hoy se necesita ser un erudito tan sólo para conocer la composición de la Biblia en todas sus versiones, reconociendo los libros originales y los apócrifos, sin hablar de los contenidos, que han sufrido los embates de las traducciones a distintas lenguas y a cargo de distintas culturas y diversas generaciones. Consideremos que la mayor parte de los libros antiguos, son recopilaciones de historias que los pueblos se transmitían oralmente, de generación en generación, antes de que existiera la escritura. Luego fueron copiados a mano por ejércitos de monjes calígrafos que tuvieron que interpretar los textos antiguos para darles un significado actual, proceso en el que muchas narraciones cambiaron su esencia, como por ejemplo las que contienen actos sexuales, pues la moral sexual de la Edad Media no era la misma que hubo en los días de Abraham o de los reyes de Israel. Así que pensemos en las enormes posibilidades de fallas y modificaciones en la transmisión de la información que han podido, y de hecho han tenido que producirse, hasta llegar a lo que hoy la gente lee con tanta devoción y seguridad de estar frente a la "palabra de dios". Los estudiosos de la Biblia han señalado  errores y contradicciones evidentes, como aquella supuesta frase de Cristo: "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja". El texto original no se refería a ningún camello sino a la soga que usan los pescadores para atar su bote al embarcadero. Si este error se da en el Nuevo Testamento, imaginemos lo que puede estar ocurriendo con los libros más antiguos.

Tercera conclusión: Nuestra realidad presente no es un producto lógico-racional sino el resultado de un complejo entramado de sucesos de la historia que le han dado su forma actual. No tiene sentido asumirla como una "verdad" ni como una realidad adecuada. Pudo haber sido diferente. Es simplemente lo que se dio como producto de los hechos históricos, muchas veces azarosos y a veces hasta por caprichos personales, como la del emperador Constantino para convertir al Imperio Romano al cristianismo, o la de Enrique VIII para romper con la Iglesia de Roma. Las ideas que hoy definen nuestra realidad cultural son parte de una estructura ideológica que subsiste tan sólo en las mentes colectivas de las comunidades, y que son sostenidas por complejos sistemas de comunicación. El mundo de los humanos, con sus conceptos, imágenes y valoraciones, existe tan sólo en las mentes colectivas que configuran la cultura de cada comunidad. No son parte, pues, de la "realidad" o del mundo físico exterior a la conciencia. Vale decir que no existen fuera de las mentes humanas.

El concepto y la imagen de dios ha cambiado a lo largo del tiempo, y hace unos cincuenta mil años, cuando empezó toda esta historia con una pequeña idea, fue algo muy diferente a lo que hoy concebimos. Se requiere algo de arqueología cultural para desenterrar aquellas nociones primigenias que echaron a rodar las ideas de los dioses hasta llegar a la idea y la imagen de un dios, tal como es hoy en cada cultura. En el principio hubo una multitud de divinidades que resolvían diferentes temas de la vida cotidiana, proporcionaban explicaciones y servían como apoyo y hasta como amenaza de las comunidades. Actualmente las cosas son muy fáciles para nosotros. Nacemos en un mundo que ya tiene prácticamente todo resuelto. Hay una solución perfecta para cada problema, entidades públicas ocupándose de los problemas comunes, hay un artefacto para cada dificultad, una técnica adecuada para cada tarea, etc. Y, desde luego, el mundo está perfectamente explicado por la ciencia o por la religión o, mejor aun, por ambos. Encima de todo esto tenemos varias religiones a las que podemos elegir, como se elije el zapato que nos queda más cómodo, pues la mayoría de ellas son religiones hermosas, bien constituidas, con santuarios elegantes y textos claros, repletos de historias bellas, y que no tienen más que un sólo un Dios bondadoso que nos ama. Todo funciona así de maravilla. Pero este mundo perfecto es un producto cultural cuya fabricación ha tomado cincuenta mil años. El mundo era muy diferente para los primeros seres humanos. Ellos, los verdaderos creadores de los dioses, tuvieron que enfrentar un mundo hostil en el que no tenían ayuda alguna, un mundo que era básicamente peligroso y agresivo; era un mundo esencialmente lleno de interrogantes angustiantes que estresaban a los primeros seres cognitivos, llenándolos de perplejidad, espanto y temor. Fue en ese escenario donde nacieron las primeras urgentes creencias, las supersticiones, los primeros rituales mágicos y divinidades auxiliares, con los primeros templos donde se iniciaron los primeros actos de adoración, rogatorios que luego se convertirían en oraciones. Es decir, todo ocurrió por entera necesidad cognitiva de entender el mundo. La fabricación mental de una realidad humana exige un sentido, y este, surge a partir de una explicación. Así fue como el hombre empezó la construcción cognitiva de su realidad humana. Es cuando empezaron las primeras explicaciones de lo que ocurría en este mundo, y tuvieron que ser explicaciones rudimentarias, mágico-religiosas, con nociones causa-efecto que seguían una lógica animista. No podían apelar a otro tipo de explicaciones para darle un sentido a su mundo. Para el hombre primitivo era indispensable generar un mundo humano en su conciencia, de cualquier manera. A partir de esas primeras imágenes, la humanidad ha estado dándole forma a su mundo humano. En diez mil años de historia hemos configurado la cultura que hoy vemos.

Todas las religiones empiezan por ofrecer una cabal explicación del origen del hombre y de su destino, y hoy se limitan prácticamente a eso, pues ya no pretenden explicar más cosas. En la antigüedad, cuando no existían las explicaciones científicas, eran las religiones las que proporcionaban las explicaciones del mundo. Esa era su función primordial. Sus explicaciones se basaban en la voluntad de seres míticos que actuaban con cierto poder. Era una manera bastante natural de explicar las cosas. Después de todo, las cosas parecen ocurrir porque alguien las hace. Hasta fines de la Edad Media, las explicaciones del mundo y de la vida estaban, de manera exclusiva, a cargo de la religión. La gente vivía sumergida en ideas religiosas, pues no había otra manera de entender nada. Hay que advertir que no se requería la verdad sino tan solo una explicación convincente que aplacara la necesidad de saber, propia de un sujeto cognitivo. Toda explicación humana era una explicación animada, es decir, se le confería la causa de los hechos a la voluntad de un personaje mítico. Una historia mítica adornaba el actuar de estos personajes llamados "dioses" -entre otras entidades- y así nació la mitología, que luego dio lugar a las historias que se plasmarían en diversos textos sagrados. Es el caso, por ejemplo, de Deucalión y el diluvio, quien en la Biblia se convierte en Noe y su arca. Pero son muchas las historias repetidas en el mundo mítico de diversos pueblos del mundo antiguo que estuvieron en contacto, así como sus héroes y dioses. En todo ellos podemos reconocerlos: Thor y Hércules, David y Sanson, etc.

Una prueba contundente de que los dioses son creaciones humanas, es que todos ellos adquieren la configuración deseada por la comunidad creadora y han venido cambiando a lo largo de la historia. Es la propia comunidad la que les proporciona todos sus atributos y hasta su apariencia. Desde luego, Dios no solo es imagen y semejanza del hombre sino que es un varón. Además hay dioses compasivos, punitivos, guerreros y hasta sanguinarios, como los que idean los terroristas. La imagen del dios de los cristianos durante el medioevo fue la de un dios vengativo que castigaría a los infieles sin piedad después del juicio final. Hoy prevalece la imagen de un dios protector, amoroso, casi como un padre que perdona al que se arrepiente. Las características de los dioses responden directamente a las necesidades, temores e inventiva de las comunidades, de modo que los han recubierto con virtudes y bondades, superpoderes, sabiduría, eternidad, severidad, etc. Incluso estupidez, pues muchas sectas conciben a un dios envanecido de egolatría, que habría creado todo el infinito universo para que en un pequeño planeta surgiera, en medio de millones de especies, una en particular con el exclusivo propósito de que transcurra su vida adorando, orando y cantando alabanzas a su creador. Un dios bastante tonto, realmente, tal como lo son estas sectas de creyentes y adoradores que se pasan la vida con cánticos y oraciones. Basta escuchar a los predicadores describiendo a su dios, detallando lo que él desea y espera de nosotros. Todo lo que dicen no sale más que de sus propias mentes, de la manera en que desean interpretar a su propio dios, de la forma en que entendieron la Biblia y del sentido que le dan a su propia existencia. Así es como se han ido construyendo y transformando los mitos acerca de los dioses, sus características e imágenes.

Las pimeras ideas y actividades religiosas fueron mucho más seculares de lo que son hoy. La sacralización de los rituales y creencias, e incluso de los dioses, fue obra de los sacerdotes que se constituyeron como una novedosa casta social actuando para favorecer sus propios intereses de dominación. Fueron ellos los que edificaron la religión con estrictas normas internas que respetar y una compleja estructura ideológica convertida en credo. La finalidad era brindarle seguridad a la estructura social. Si bien la creación de la religión, como institución social, tuvo sus ventajas al ordenar el cúmulo de creencias caóticas que habían ido apareciendo, creando una organización corporativa más sensata, una mejor distribución del trabajo, asignándole a los sacerdotes un rol específico como los encargados de comunicarse con los dioses y resolver los asuntos divinos, lo negativo fue el poder que adquirieron para transformar las creencias populares y generar los mitos, ya no de acuerdo a las necesidades de las personas sino a las necesidades de dominación de la casta sacerdotal. La aparición de la religión y la nueva casta sacerdotal, así como su rol de dominación social, que fue en paulatino aumento hasta llegar al control político total por varios siglos, determinó la transformación de muchas ideas sobre la divinidad, la aparición cuidadosamente controlada de rituales y textos sagrados, con creencias y fetiches que se suministraban al pueblo en función de las necesidades de poder y dominación. Durante más de 2,500 años el mundo se movió empujado por las religiones y por sus castas sacerdotales, por sus intereses políticos y su sed de dominación social. Quiérase o no, ellos han determinado la forma actual de nuestra cultura. Y es esta cultura la que nos da los instrumentos para pensar. Por eso se hace tan difícil para las personas escapar de la noción de un dios. Esta idea es parte esencial del entendimiento de nuestro mundo.

Es muy posible que la ciencia termine finalmente explicando el universo por completo. Pero eso no es ningún consuelo ya que muy pocas personas serán capaces de comprender dichas explicaciones. Pocos son los que se atreven a incursionar en los áridos campos de la ciencia. Se requieren muchos años de estudios dedicados para comprender las explicaciones científicas del presente, mientras que bastan unas cuantas horas de prédica para entender el mundo desde las visiones de cualquier religión. Esto es lo maravilloso de las religiones: aportan las estructuras mentales básicas para el funcionamiento de las personas como sujetos cognitivos sociales y para toda una comunidad. Puede que la explicación religiosa sea poco para un cerebro humano capaz de muy grandes proezas, pero las probabilidades de que un cerebro sea grandioso en su desempeño real, es muy baja. Si bien el cerebro, en cuanto estructura y organización funcional, es -ya de por si- una maravilla, lamentablemente los contenidos de información que procesa son de muy baja calidad, además de que las estructuras lógicas funcionales deben generarse mediante un trabajo propio que demanda grandes esfuerzos cognitivos y enorme energía. Pero si todos los individuos se dedicaran a esto, la especie perecería. Lo más seguro y eficiente, desde el punto de vista biológico, es tener algo simple que nos garantice la supervivencia como especie, y luego intentar hacer ciencia. Y en esta misión, las religiones con su visión simple del mundo tienen ventajas estratégicas. Paradójicamente necesitamos las estructuras sociales configuradas religiosamente para que en ella pueda surgir la ciencia. Nunca podría haber sido al revés y resultaría imposible pretender una sociedad científica. Así que, aun cuando finalmente la ciencia logre las explicaciones totales sobre el universo, seguiremos necesitando a la religión como un mecanismo básico de supervivencia.