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miércoles, 26 de julio de 2023

La ciencia y la sociedad


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Hace un siglo algunos pensadores optimistas anunciaban que la cultura humana daría un tremendo salto cualitativo al ingresar a los dominios de la razón gracias a la ciencia. La impresión surgía fundada en los espectaculares logros científicos de las últimas décadas. Se había logrado entender el principio de la evolución de las especies y empezaba a revelarse la intimidad de la materia. A esto se sumó la nueva imagen del cosmos ofrecida por la teoría de la relatividad, entre otros muchos avances sorprendentes. Había una especie de furor científico que daría paso a las tremendas innovaciones tecnológicas y médicas que aparecieron de inmediato. La ciencia había pues probado con suficiencia la verdad de su saber y el valor de sus principios cognoscitivos fundados en la razón.

Un siglo después podríamos decir que toda esa esperanza de una civilización más avanzada, fundada en el saber científico, la razón y el conocimiento comprobado, fueron solo vanas ilusiones. No hay nada parecido a una sociedad racional. La humanidad sigue en el mismo grado de irracionalidad y estupidez, y quizá incluso peor, pues hoy han aparecido pseudociencias intentando nuevas explicaciones fundadas en creencias que manejan conceptos curiosos de "energía" y espiritualidad. En la actualidad la ciencia no solo debe ocuparse de ampliar el conocimiento sino que además necesita defenderse del ataque virulento de los creyentes, y denunciar los embustes de las pseudociencias.

¿Qué ha ocurrido para que la ciencia, lejos de regir la vida de la sociedad, esté rodeada de peligros y acechada por los enemigos de la razón? Hay varios factores que contribuyen a esta situación. La primera fue quizá el surgimiento del posmodernismo como un movimiento social de desencanto frente a un mundo basado en el progreso material, sin repercusiones en la estructura humana; pero también a causa de una ciencia que cada vez se volvía más abstrusa para el ciudadano corriente. ¿Cuántos entienden la teoría de la relatividad o la mecánica cuántica? Sería más sensato preguntar ¿cuántos se han interesado por conocerlas? ¿Cuántos han logrado entender el mecanismo de la evolución juntando los saberes dispersos de la biología, paleontología, genética, antropología, etc.? Y... ¿cuántos están dispuestos a dudar de su más preciada posesión mental: Dios? Por desgracia, el adoctrinamiento religioso siempre llega primero. La religión se asegura de contaminar las mentes antes de que estas empiecen a funcionar.

A lo anterior debemos agregar la crisis de la educación que, al caer en manos de la burocracia estatal, acabó convertida en un burdo afán de divulgación de saberes seleccionados, envasados y congelados que se ofrecían descontextualizados, sin ningún sentido del valor de la educación como experiencia humana comunicante, en una tarea suprema de formación de personas por la vía de la experiencia y el descubrimiento. Para colmo, la educación superior se ha convertido en un mercado persa de títulos rápidos y carreras de oficio con máscara de ciencias. Incluso es triste comprobar el pobre nivel de conocimiento científico que se tiene en el posgrado. Apenas hallamos personas enteradas de lo que es la ciencia y lo que dicen algunas teorías y autores, pero hay una gran ignorancia filosófica respecto del sentido final de la ciencia como visión del universo, además de grandes dosis de ingenuidad y simplicidad en los diseños metodológicos a causa de las limitaciones epistémicas. La gran mayoría de nuestros académicos todavía se maneja con principios científicos del siglo XIX.

No es pues fácil el panorama para la ciencia y menos para la racionalidad de la sociedad. Peor aun si consideramos la emergencia descontrolada de creencias de todo tipo. Algunos sectores religiosos se han convertido en enemigos declarados de la ciencia, y en especial de la evolución de las especies y del origen del universo. Si bien en los sectores más sensatos del catolicismo hay apertura y diálogo con la ciencia, sin negar la evolución, en cambio han aparecido diversas sectas fanáticas que se ocupan del desprestigio de la ciencia. En los EEUU intentaron evitar que la evolución se enseñe en las escuelas y, al no lograrlo, inventaron una teoría seudocientífica llamada "teoría general de la evolución condicionada de la vida", conocida como "creacionismo", pretendiendo que sea enseñada en las escuelas como una "teoría alternativa". Pero fue rechazada por los tribunales al quedar en evidencia su trasfondo religioso. Esto no ha impedido que sigan divulgando su pseudociencia.

Pese al siglo y medio que tiene de enunciada la teoría evolutiva, y pese a estar plenamente confirmada, al punto que toda la biología moderna gira en torno a la evolución, sigue siendo la teoría más atacada por los creyentes. Un estudio de Gallup en el 2009 reveló que solo el 39% de los norteamericanos cree en la Teoría de la Evolución. En otro estudio se halló que el 38% cree que la Biblia es la verdad textual, palabra por palabra. Preguntados respecto al origen de los seres humanos, se halló que un 47% de las personas creía que Dios había creado al hombre tal como se le ve hoy, mientras que otro 36% creía que Dios había dirigido el proceso evolutivo. Solo un 12% pensaba que el hombre había evolucionado sin la intervención de Dios. Ignoro cuál es la situación en el Perú pero presiento que es mucho peor dado que la evolución ni siquiera se enseña. En mi experiencia, debo confesar que tropezamos con grandes obstáculos para enseñar evolución.

Hoy vivimos en una sociedad que no solo permanece en el mismo estado de ignorancia científica que hace dos siglos, sino que se ha sumergido en un mar de creencias religiosas y supersticiones mágicas y místicas, como no se había visto jamás. Sorprende leer y oír los disparates que se afirman en los medios y en las redes en nombre de la ciencia. Hoy cualquier cosa es una ciencia. He visto una maestría en "ciencia de la cocina" y clases en "ciencia de la Biblia". Estamos rodeados de chamanes, gurús de la espiritualidad, adivinos, mentalistas, parasicólogos, lineas cósmicas, horóscopos, tarot, talismanes y rituales para la buena vibra y las energías positivas, fetiches religiosos y místicos, etc. A esto hay que sumarle la tarea de confusión que realizan los creyentes, predicando en contra de la ciencia, e improvisando burdas explicaciones seudocientíficas bajo una lógica infantil pero suficiente para el grado de ignorancia general y de irracionalidad predominante.

No parece pues que todo el gran avance que la humanidad logró gracias a la ciencia en el último siglo y medio haya servido para mucho. La sociedad no ha mejorado nada. Los productos tecnológicos actuales se orientan más al consumo fútil, al ocio y al desperdicio de tiempo. La razón y el conocimiento siguen siendo dejados de lado para preferir anacrónicas creencias que tuvieron su origen en las cavernas y en el temor de los seres primitivos. De hecho, todo esto es una prueba más de que el ser humano sigue siendo tan primitivo como lo fue antes de conseguir un cerebro extraordinario.


miércoles, 28 de junio de 2023

Los ateos frente a las creencias


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Doctor en Psicología por la USMP


Una postura muy común entre los creyentes consiste en afirmar que el ateísmo es otra forma de creencia, y que el ateo también tiene fe en algo. Esta es otra de esas ideas simples y espontáneas que surgen desde el desconocimiento absoluto, y confirma que las personas son capaces de hallar respuestas de todo tipo con solo intentarlo. Es una capacidad humana que ha permitido abrazar toda clase de creencias, no solo religiosas, en la búsqueda de respuestas a toda clase de inquietudes. Las creencias religiosas son solo una de las muchas clases de creencias que conviven en la mente de las personas. Todas las creencias humanas han surgido como intentos simples de explicar cosas que no se entienden. Esto ha sido así desde el origen de la humanidad, por lo menos desde que se tuvo conciencia. Y es solo por esto que siempre hemos convivido con creencias de todo tipo, no solo religiosas, repito. Hay creencias sobre deidades, pero también otras creencias místicas sobre diversas entidades como espíritus (buenos y malos), fuerzas ignotas como “la energía”, (sea de la madre Tierra, del Cosmos, las piedras, Machu Picchu o lo que se les ocurra), la conjunción de los planetas, el karma, la influencia de la naturaleza (montes, bosques, aire, agua, etc.). La única ventaja de las religiones dominantes es que han sabido dejar por escrito sus creencias, contar buenas historias, organizarse mejor y, sobre todo, aliarse con el poder. Esa es toda la diferencia. Lo cual no impide que la gran mayoría de las personas conviva con un verdadero sancochado de creencias en la cabeza, ya que a la par de sus creencias religiosas, permanecen llevándose por la superstición, el ocultismo, la chamanería, la brujería, la santería, la astrología y otras muchas formas de creencia bastante extendidas. Si bien es cierto que la cara más visible de las creencias populares es la religión, eso no debe llevarnos a ignorar que la gran mayoría convive aun con una amalgama de creencias muy amplias y diversas. Por algo son todavía muy populares los brujos, chamanes y curanderos, así como la venta de toda clase de supercherías místicas y milagrosas.

Un ateo es alguien que simplemente está liberado de creencias y que no necesita creer. Esto es importante destacar, pues hay además ciertas condiciones psicológicas que llevan a las personas abrazar ciertos tipos de creencias, además de la ignorancia, por supuesto. De hecho existe el tipo de “personalidad mística”, muy bien descrito por la psicología. Pero sigamos con el ateo. Decíamos que el ateo no tiene esta necesidad de creer. No es que el ateo tenga otra creencia sino que no tiene ninguna. Para el ateo bastan las explicaciones racionales de la ciencia o incluso ninguna. Muchos ateos son gente práctica que vive confiando en conocimientos extraídos de comprobaciones fácticas, y no les interesan cosas misteriosas como “la trascendencia de la vida”. Unos tenemos incluso el arrojo de enfrentarnos a las supersticiones más populares, como el de pasar por debajo de una escalera sin ningún temor. Otros, prefieren las explicaciones de la ciencia y las buscan. Por supuesto, los creyentes también insisten en que la ciencia es otra clase de creencia, pero siguen en un error. Las matemáticas, por ejemplo, no son creencias. Si usted cuenta cinco dedos en cada una de sus dos manos puede estar seguro de que tiene diez dedos en total. La física es el estudio de la realidad y sus enunciados son comprobables, por lo que no hace falta creer a ciegas, como en el caso de las creencias irracionales. Basados en los datos de la ciencia física los científicos pueden programar un viaje por el Sistema Solar hacia un planeta específico, algo que no sería posible si fuera una creencia, pues las creencias no se sustentan en la realidad sino en la fantasía. Para decirlo de modo más simple: una creencia es una idea que surge de la imaginación y pervive en la fantasía, mientras que el conocimiento científico surge desde la realidad y se somete a comprobación experimental. Es una enorme diferencia. De ninguna manera pues puede sostenerse que la ciencia es otra forma de creencias. Quien afirma tal cosa simplemente no conoce lo que es la ciencia.

Por último, hablemos de la fe. Para decirlo de una manera simple, la fe es una especie de obsesión que lleva a creer ciegamente en algo que no existe, no se puede ver ni se puede comprobar, y que por lo tanto permanece solamente a nivel de la fantasía y la retórica. Por eso es propio de la charlatanería mística, donde cualquier cosa puede ser dicha sin temor, pues no hay forma de comprobarla. Este es el arte de los predicadores que hablan de cosas tan misteriosas como la “voluntad de Dios”. Todo lo que requiere de fe, lo hace porque al no ser parte de la realidad, no hay otra manera de convencerse de su certeza más que por un acto de fe, es decir, por el puro deseo de creer. Hasta cierto punto, la fe podría ser una especie de perversión mental consistente en otorgarle características reales a cosas que solo existen en la imaginación y el discurso. Cuando ocurre esto a nivel de las fantasías personales, entonces hablamos de psicosis. No necesitamos de la fe para percibir la realidad, pues para ello bastan los sentidos. La fe es una exigencia mística impuesta por los charlatanes para que la gente admita sus enunciados sin exigirles pruebas de lo que dicen. Para colmo, les hacen creer que tal sometimiento mental es una virtud. Y no cualquier virtud, sino la más importante.

Cada vez que la ciencia encuentra respuestas que destruyen creencias, los creyentes huyen más lejos para refugiarse en los rincones donde la ciencia aun está conjeturando, aunque tengan ya teorías muy fuertes, como el origen del universo y de la vida. Muchos creyentes siguen predicando sus pamplinas acerca de cuestiones que ya han sido plenamente explicadas por la ciencia, pero que los creyentes siguen ignorando o prefieren combatir porque ataca los principios de su fe, como es el caso de la evolución de las especies. Incluso han llegado a prostituir la ciencia para socavar sus cimientos y vender sus embustes en empaques seudocientíficos. Así han llegado al ridículo de montar una “ciencia cristiana” con teorías descabelladas como el “diseño inteligente”. Toda “ciencia cristiana” es una seudociencia que, detrás de sus conceptos enrevesados, sigue basándose en creencias de la religión, como la voluntad de un ser supremo. Al final, esta seudociencia cristiana siempre necesita apelar a la intervención divina para explicar el “misterio” con el que ha chocado. Nada nuevo, en realidad.

El ateo no es pues otro creyente. Es solo alguien que no necesita creer y que prefiere la realidad antes que la fantasía. La vida de un ateo es mucho más simple, no necesita de oraciones para esperar ayuda divina, ni de charlatanería dominical, ni de ritos. No necesita creer en la vida eterna para controlar su angustia existencial, ni en la salvación de las almas para confrontar su temor a la muerte. El ateo se conforma con lo que hay. No necesita llenar la casa de espíritus para sentirse acompañado. No requiere pedir ayuda a seres imaginarios mediante rituales absurdos. No requiere de bendiciones, amuletos o talismanes para sentir confianza en la suerte. El ateo, es, en suma, una de las personas más cuerdas y mentalmente más sanas.

Si me preguntan qué te puede llevar al ateísmo la respuesta más simple e inmediata es el conocimiento. Pero no cualquier conocimiento. Si eres un especialista en cualquier área específica de la ciencia, como la medicina o la química, eso no te llevará al ateísmo porque esos conocimientos no tienen conexión alguna con tus creencias. No todas las especialidades de la ciencia colisionan necesariamente con las creencias religiosas, por lo que no es raro encontrar cierta clase de científicos creyentes, aunque la mayoría de ellos probablemente hayan descartado ya muchas de sus supersticiones. La mística religiosa se mantiene a pesar de los conocimientos científicos, a menos que colisionen con enseñanzas religiosas. Para los creyentes, el cielo sigue siendo desde la más remota antigüedad, el escenario místico por excelencia. Todavía hoy se habla del cielo como el lugar donde reside Dios. Pero hoy, gracias a la ciencia, sabemos que no existe ese lugar místico descrito por las creencias religiosas. Sin embargo, esta comprobación fáctica no ha eliminado las creencias místicas alrededor del cielo. Nada ha cambiado para las religiones. Lo que ha pasado es que mantenemos en paralelo el conocimiento científico de la atmósfera y las creencias místicas del cielo. Esto mismo ocurre con muchos científicos que llevan en paralelo sus conocimientos junto con sus creencias, como los médicos que actúan usando sus conocimientos de los principios biológicos que gobiernan el organismo y, sin embargo, siguen invocando ayuda divina. Esto es algo que solo la psicología puede explicar.

Finalmente, estoy convencido de que no hay mejor cura para el mal de las creencias que el conocimiento de esas mismas creencias, es decir, su historia. ¿Por qué la gente no cree en Supermán? Porque todos saben que se trata de una historieta creada por un autor. Y lo mismo pasa con Papa Noel, en quien la gente deja de creer apenas conoce el origen de este mito. Conocer el origen de una creencia puede ayudar mucho a desmontar el mito. Lamentablemente esto es algo que no se enseña. Solo se les enseña la Biblia pero ignoran los orígenes y vericuetos que han pasado los libros de la Biblia a lo largo de 5 mil años. Pero resulta sorprendente y desalentador que en pleno siglo XXI una cuarta parte de personas siga creyendo literalmente en lo que dice la Biblia.

En resumen, podría decir que un ateo es alguien que simplemente conoce el origen de las creencias religiosas, así como la historia y los mitos de los pueblos antiguos, pero sobre todo, la historia de las religiones. A nosotros ya no nos cuentan cuentos. Y, en efecto, es cierto que la verdad nos hace libres.

domingo, 4 de julio de 2010

El origen del pensamiento religioso





Introducción
La religiosidad es un componente fundamental del ser humano. Ha estado presente desde que el hombre apareció sobre el planeta. Desde aquellos remotos tiempos y hasta nuestros días la religiosidad estuvo adquiriendo una infinita variedad de formas ligadas siempre a las necesidades profundas de cada pueblo y expresando una particular cosmovisión de acuerdo a su época y circunstancia. Jamás hubo pues ningún momento en la historia ni lugar en la Tierra sin algún tipo de manifestación religiosa. Sin embargo, este hecho tan evidente como importante permaneció siempre invisible para la psicología y otras ciencias humanas. Tal vez como un efecto de lo cotidiano, es decir, por aquello de que nadie se percata de lo que le rodea porque se asume como parte del escenario natural. Casi siempre le prestamos mayor atención a lo insólito y extraordinario mientras que todo lo demás, lo ordinario, no motiva nuestro interés, o lo hace apenas para establecerlo como una realidad esencial, y tan sólo para señalarla como tal. Este ha sido el caso de la religiosidad, y muy pocos se ha ocupado de ella convenientemente, es decir, científicamente. Se ha hecho ciencia al margen de las ideas religiosas, y peor aún, la ciencia estuvo supeditada al pensamiento religioso, pues casi todos los principales filósofos de la ciencia y científicos famosos han sido creyentes. Newton, por ejemplo, era un fanático creyente. Las bases del pensamiento científico, es decir, la cosmovisión de la ciencia primigenia, fue concebida desde las visiones religiosas de la época, que concebía un universo perfecto por ser la obra de Dios, y que funcionaba en perfecta armonía como el mecanismo de un reloj suizo. Las causas y los efectos de la visión determinista se sucedían inevitablemente a partir de la voluntad de Dios. En suma, ni la ciencia se escapó del pensamiento religioso. Han tenido que pasar muchas cosas para iniciar la reconstrucción de la ciencia al margen de las visiones religiosas. Y en especial, la reconstrucción de la psicología, que fue asociada con el estudio del alma, en determinada época. A la religiosidad a menudo se la ha atacado, incluso rabiosamente, como lo prueban diversos sitios web sobre ateísmo, siendo quizá el más famoso de ellos el de Richard Dawkins. Lo cual me extraña, pues siendo Dawkins un evolucionista, no ha intentado explicar la religiosidad como un mecanismo evolutivo sino simplemente atacarla. Desde mi punto de vista, la mejor opción es explicarla. Ese es el papel que le corresponde a la psicología, más que a ninguna otra ciencia.
En la categoría de conductas complejas, la religiosa tiene características únicas que la hacen quizá la más compleja de todas. La psicología tradicional, sin embargo, nunca se interesó por el estudio de una conducta tan ampliamente extendida en el mundo y en el tiempo, y tan determinante en la historia y la civilización. El interés en el estudio del origen de la conducta religiosa surgió más bien en la paleontología y la antropología, y solo posteriormente la psicología evolutiva acudió a completar el equipo. Hoy es mucho lo que se ha avanzado luego de perseguir el pensamiento religioso a través del tiempo y descubrir, ya en el neolítico, la religión de los cazadores, de los agricultores, alfareros, etc. Se han hallado templos, oráculos; recopilado estatuillas, grabados; recogido mitos y leyendas de diversas culturas, descubriendo entre ellas las mismas raíces ideales. En añadidura, la historia y la sociología se han sumado al esfuerzo por esclarecer el rumbo que fueron adoptando estas ideas, y de qué manera estuvieron mutando, mezclándose y evolucionando hasta establecer las grandes religiones monoteístas que hoy subsisten después de siglos. Finalmente, la historia particular de cada religión contemporánea es también una última y necesaria ayuda para entender este fenómeno universal, ya que muchos pueblos llevaron sus religiones hasta otros confines de la Tierra. La religión, la lengua y la cultura fueron los principales productos de exportación durante milenios, y lo sigue siendo hoy. En suma, la psicología está ya en condiciones de poder explicar con suficiente solvencia el origen y la causa de la conducta religiosa que domina nuestra cultura y trataremos de resumirlo en este pequeño artículo.

Los fundamentos de la religiosidad
La religión en nuestros días empieza por una sola y simple pregunta: ¿quién creó al hombre y al universo? Esta es la pregunta fundamental que se hace todo creyente para empezar su pensamiento y conducta mística, sea cuales fueran las formas que adquieran. La mayoría de las religiones, incluyendo la judeocristiana, empieza por resolver esta cuestión antes de proseguir con el resto de su estructura ideológica. De modo que debemos empezar por estudiar esta primera actitud. Hay allí, en principio, una motivación que analizar. Por tanto, la interrogante para nosotros es ¿por qué nos hacemos esta pregunta en particular y por qué arribamos a una respuesta en particular? Hay muchísimas cuestiones que pueden intrigar al hombre tales como por qué calienta la luz del sol, por qué la luna no nos cae encima, por qué cambian las estaciones, etc. Sin embargo nada de esto le ha producido tanta inquietud al ser humano como el tema de su origen último. El hombre quiere saber esencialmente cuál es su origen, de dónde proviene y adónde pertenece; para empezar, desea conocer quién es su padre y su madre, cuál es su pueblo, su dinastía, familia, etc., y esto se debe sin duda a una herencia antropológica perfectamente comprensible. La búsqueda de los progenitores es algo que está programado genéticamente en la biología humana -como en la de otras especies- lo mismo que la búsqueda e identificación de su grupo. ¿Quién soy? y ¿de dónde provengo? son preguntas que están grabadas en los genes. No es pues algo casual ni gratuito. Es supervivencia. A partir de esta comprobación ya podemos establecer el impulso original de la pregunta que atormenta al ser consciente: ¿de dónde proviene finalmente? No se trata entonces de una interrogante cualquiera, una pregunta surgida del azar. Ninguna idea le sobreviene al ser humano por azar, siempre tiene una motivación fundada. De hecho, una interrogante tan obsesivamente presente en la conciencia humana de cualquier cultura y época como el de su origen último tiene que estar profundamente justificada, debe obedecer a un sustrato biológico definido en su configuración animal, y es perfectamente rastreable en otras especies. Incluso los patos, apenas al salir del huevo, ya buscan a su progenitora. No sabemos si ellos se preguntan "¿de dónde venimos?" pero su conducta es equivalente. 
Aun tratándose de un ser racional, con todas las maravillosas facultades que tiene su cerebro, el hombre no está exento de la influencia de sus programas genéticos; estos se cumplen inexorablemente y lo impulsan en una determinada dirección. El ser consciente debe responder a estos apremios con su inteligencia y buscar respuestas. Algo que podemos corroborar a ciencia cierta es que la mayor parte de las veces el ser humano ha usado su prodigiosa inteligencia para justificar acciones que tienen su origen en sus impulsos biológicos más profundos. Ideologías profusas han surgido a lo largo de todas las épocas para justificar acciones predadoras como el racismo o la esclavitud. Por ello no nos sorprende encontrar que el pensamiento religioso corresponde a una forma racional de responder a conductas o impulsos que tienen sustratos biológicos y antropológicos. Es allí donde en última instancia tiene su origen esa inquietud fundamental ¿quién nos creó? Pero hay otras igual de importantes: ¿a dónde van los muertos? ¿De dónde vienen las crías? Etc. 
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Cualquier pregunta que el hombre se haga surge en el contexto de su conciencia, y en ningún otro lugar, en consecuencia es allí realmente donde tenemos que ubicar todas las respuestas y no afuera: ¿Quién se hace esa pregunta y porqué? ¿Cómo llega a resolver la cuestión? ¿Qué tipo de respuestas aplacan su inquietud? Eso es lo primero que debemos considerar a la luz de las evidencias que nos brindan la antropología y la historia, para finalmente elaborar una cabal explicación psicológica del fenómeno religioso.
La religiosidad es una conducta que ha cambiado mucho a lo largo de los tiempos. Ha mutado tanto como el idioma, el pensamiento y la cultura. Entender la religiosidad de hoy es muy distinto a entender lo que fue en sus orígenes más primitivos y en cualquier otra época de la historia. No es, por tanto, forzosamente necesario para entender la religiosidad actual, remitirnos a las épocas prehistóricas en que se dan inicio a las primeras ideas mágico religiosas de los humanos, pero puede ser de mucha ayuda si lo que queremos es profundizar en las motivaciones psicológicas que tienen las personas para abrazar ideas religiosas. Todo tiene un principio. Vayamos pues al principio de estas ideas.

Las primeras interrogantes del nuevo ser consciente
La famosa pregunta “¿quién creó el universo?” apareció cuando este tenía 14,000 millones de años expandiéndose (al menos este universo que ahora vemos). Nuestro planeta tenía unos 4,600 millones de años y el hombre apenas 100,000 años transitando. El tema surgió recién cuando hubo un cerebro capaz de hacerse esta pregunta, y toda clase de preguntas, ya que el mundo entero resultaba una gran incógnita para el ser primitivo consciente. Los millones de cerebros de miles de otras especies que poblaron la Tierra antes que el hombre, y luego junto a él, nunca se hicieron esta curiosa interrogante -ni ninguna otra- y aun siguen sin hacérsela, lo cual –como ya sabemos- no ha impedido que subsistan. Y no hablemos de otros confines del universo en el que hay miles de millones de mundos donde probablemente nadie se está planteando esta peculiar incógnita. Se necesita más que un cerebro, se requiere un cerebro con conciencia para poder hacerse preguntas. Pero más que eso aún, se necesita que esta conciencia tenga determinadas características para poder hacerse cierto tipo de preguntas en particular y conformarse con cierto tipo de respuestas en especial. Esto quiere decir que si la evolución hubiera tomado otro rumbo, y si los humanos hubiésemos adquirido otro tipo de cerebro, sencillamente jamás nos hubiésemos interesado por esta cuestión, y tal vez viviríamos tan tranquilos como las demás especies. Incluso si la mente humana hubiera elegido otras estrategias para afrontar sus apremios conscientes iniciales, nuestra historia evolutiva hubiera sido muy distinta. Claro, no se trata únicamente de decir que si no hubiera llovido anoche, hoy no estaría mojado. Pero realmente es necesario dejar bien en claro que si está mojado es justamente porque llovió toda la noche. Esa es la primera cuestión que debemos tener en cuenta. Esto trata de darnos a entender que si el pensamiento religioso logró establecerse tan firmemente en la mente humana no fue de manera gratuita, accidental, sino que hubo de ocurrir algo que pueda explicarlo. De hecho tuvo un origen y un proceso evolutivo. El pensamiento humano tomó el rumbo que ya conocemos, pero ahora nos interesaría saber algunas cosas básicas como por ejemplo ¿por qué precisamente esa pregunta y no otra? Aunque para esto ya hemos ensayado una tesis, quizá deberíamos también considerar aquella respuesta en particular que seduce al ser humano y aplaca sus inquietudes ¿Y porqué precisamente esa respuesta y no otra? Es decir, ¿por qué arribamos a la idea de un dios y no a otro tipo de solución a la inquietud original? Esta pregunta esconde un error de principio. Asume que la idea de un dios, tal como hoy lo entendemos, es la que nos surgió de buenas a primeras. De hecho no fue así. La idea actual de dios, es el resultado final de un largo proceso evolutivo de ideas (evolución cultural) que se inició con otro tipo de imágenes y conceptos. Los humanos generaron una amplísima gama de seres imaginarios que adoptaron nombres distintos, y hoy mismo podemos ser testigos de esto, pues a lo largo del mundo hay una gran variedad de divinidades. En el mundo occidental ha prevalecido una imagen y un concepto de dios, como resultado de los acontecimientos históricos de dominación de ciertos pueblos, básicamente del imperio romano y, luego, debido al accionar de la iglesia católica. Así pues, tenemos dos procesos: por un lado el proceso de la evolución de las ideas, en el entrecruzamiento natural de ellas, durante el contacto de los pueblos, y por otro lado, el accionar de dominación de un imperio o Estado, o de una iglesia en particular.
Pero la cuestión es entender cómo se admiten ciertas ideas, ya que, evidentemente, podemos apreciar hoy mismo, y a lo largo de toda la historia, que una gran cantidad de ideas han podido ser admitidas como respuesta a las preguntas fundamentales de los humanos. Toda pregunta nace de una inquietud. No aparece simplemente. Hay una inquietud previa que la hornea hasta alcanzar la temperatura apropiada para surgir. Finalmente se manifiesta de una manera racional; pero no se trata de una cuestión verdaderamente racional, lo que el sujeto busca en realidad no es una respuesta a la interrogante planteada racionalmente sino eliminar la tensión interna que le produce su inquietud, ese es todo su propósito. Resultaría inútil buscar una verdad que sin duda no está en condiciones de poder hallar ni de comprender. Todo lo que busca y necesita es calmar su inquietud interna. La respuesta tiene pues que estar al alcance de su comprensión racional, de todos modos. Es por ello que cualquier tipo de respuesta será aceptada si tan solo consigue calmar sus inquietudes. No tiene que ser una "verdad", en el sentido epistemológico del término. Esto no era lo que se necesitaba, pues el conocimiento verdadero (científico) es algo que tardó muchísimo en llegar a los seres humanos. Por supuesto, hace unos cuarenta mil años nadie estaba en condiciones de comprender cómo surgió el universo ni cómo aparecieron los seres humanos, tampoco podían esperar demasiado por una respuesta, pues el estrés los hubiera aniquilado. La supervivencia exigía respuestas y estas llegaron para cumplir una urgente misión que no tenía nada que ver ni con el conocimiento ni con la verdad epistémica sino con el estrés y la supervivencia. De este modo, una respuesta que satisface la inquietud de manera permanente y estabiliza psicológicamente al sujeto, se convierte en una verdad. Y se la defiende como tal, pues se vuelve elemento vital.
De hecho, los hombres nunca necesitaron una verdad científica para calmar sus inquietudes internas y seguir viviendo. Tan solo buscaban una buena respuesta, eso era todo. Si ella les proporcionaba alivio, se le admitía y se le defendía, como se cuidan las plantas que nos proporcionan alivio al ser consumidas. Así de simple. No se necesita más para continuar con la evolución, y eso es lo único que importa en términos biológicos. En ese momento nadie se interesaba mucho por la verdad, tal como la concebimos hoy. La humanidad no empezó a pensar haciendo filosofía y ciencia sino haciendo supervivencia. Lo que en realidad hacía falta era una idea que restituya la homeostasis interna. Cuando ella se logra, se la defiende; luego el ser consciente elabora los esquemas lógicos necesarios para establecerla. Este es un mecanismo que subsiste hasta nuestros días: cada vez que el ser humano sano se confronta con una situación adversa, surgen ideas que procuran restituir el equilibrio psicológico, incluso es capaz de engañarse, y luego se elaboran raciocinios que defiendan estas ideas favorables. Y esto ocurre no sólo con los individuos, sino también con las comunidades y naciones, pues todas ellas requieren explicarse su origen y justificar o explicar sus impulsos antropológicos con ideas. De este modo, todas las acciones, aun las más irracionales, van siempre acompañadas de ideas que las explican y justifican. Por ello existen hoy una gran cantidad de respuestas religiosas, que han surgido en todo el mundo a lo largo de los tiempos, y aunque muchas se mantienen vivas hasta hoy, todavía siguen apareciendo otras en el horizonte, demostrando que este mecanismo sigue vigente en el hombre. Cada expresión religiosa es en realidad una respuesta efectiva a ciertas necesidades psicológicas concretas de un segmento humano específico. Cada época plantea además nuevas y distintas inquietudes y exige nuevas y distintas respuestas. Esta es la causa del incalculable número de manifestaciones religiosas diseminadas por el mundo. Ellas son en sí mismas, la prueba fehaciente de que el pensamiento religioso es fundamentalmente una respuesta íntima de algún grupo humano específico que enfrenta inquietudes psicológicas concretas. En una próxima entrega trataremos de indagar cómo surgieron estas primeras inquietudes en el ser humano hace ya varios miles de años atrás, durante la aparición de la conciencia. (Para una ampliación de conceptos, véase el artículo anterior sobre Creencias, dioses y religiones. Se puede abrir aquí).



domingo, 11 de abril de 2010

CREENCIAS, DIOSES Y RELIGIONES



La conducta religiosa es quizá las más compleja que existe, y lo más difícil de estudiar. Involucra no sólo ritos, ideas y creencias que se remontan hasta los orígenes mismos de la humanidad, sino que además constituye la base misma de nuestra cultura. Esto significa que la religión ha definido lo que somos culturalmente, ha definido nuestro mundo tal como es hoy, ha establecido nuestras costumbres y, peor aun, ha estructurado una racionalidad cultural que es la que usamos para pensar. Desde que nacemos empezamos a formarnos como criaturas religiosas y a entender el mundo tal como la religión lo ha establecido. Es la religión la que nos da nuestro formato de razonamiento y la que ha estructurado nuestro mundo. Ahora bien, con estos formatos religiosos en la estructura del mundo, en la cultura y en nuestro pensamiento ¿cómo podemos estudiar "objetivamente" la conducta religiosa? ¿Acaso podemos pensar y ver el mundo de otro modo que no sea religiosamente? Por esto mismo, la ciencia naturalista fracasó en el estudio del mundo humano, y en particular, en el estudio de la religión o la conducta religiosa. Tanto así que se les ha estudiado muy poco realmente. Lo que se ha hecho es estudiar a las religiones como parte de la historia, y como un catálogo de mitos y tradiciones, comparándolas, clasificándolas, etc., pero no como un comportamiento humano que merece una explicación científica. Eso no se ha hecho. Es muy pertinente invocar en este punto, la advertencia que Kant hace apenas al inicio de su principal obra: "La razón humana tiene el destino singular, en uno de sus campos de conocimiento, de hallarse acosada por cuestiones que no puede rechazar por ser planteadas por la misma naturaleza de la razón, pero a las que tampoco puede responder por sobrepasar a todas sus facultades". 

La ciencia ha estado muy ocupada estudiando la naturaleza y el cosmos, al extremo que muchos consideran que tan sólo eso es ciencia. En consecuencia, disciplinas que se ocupan de los seres humanos en tanto criaturas complejas que conforman sociedades y culturas, no podrían ser ciencias. Esto es en parte cierto ya que resulta imposible eludir nuestras creencias para hacer ciencia sin religión, lo cual interesa poco o nada en las ciencias naturales, pero resulta sumamente gravitante en las ciencias humanas. En efecto, al estudiar la naturaleza y el cosmos, para nada importan nuestras ideas y creencias religiosas, pudiendo estar presentes sin afectarnos en la obtención de conocimientos, tal como ha ocurrido con diversos hombres de ciencia creyentes, que lograron enormes avances científicos. Newton, por ejemplo, fue uno de los científicos más fanáticos de la religión, pero eso no impidió que descubriera diversas leyes físicas fundamentales. Ni siquiera impidieron que Darwin admitiera las evidencias y llegara a contradecir las afirmaciones bíblicas respecto a la creación. En cambio la cosa cambia si de lo que se trata es de estudiar al hombre, su comportamiento social y su cultura. Con mayor razón si de lo que se trata es de estudiar sus creencias religiosas, y de entenderlas como productos humanos, pues definitivamente no son otra cosa más que productos de la cognición humana, transformados durante milenios de evolución cultural. ¿Por qué resulta tan difícil estudiarlos? Porque lo hacemos empleando nuestra racionalidad cultural. Como dijimos, es la cultura la que nos proporciona nuestra manera de pensar y entender nuestro mundo, y que justamente es un mundo hecho por los humanos siguiendo un pensamiento religioso. Es como una tautología que ha ido creciendo y aprisionándonos en su estructura circular. No podemos entender el mundo si no le encontramos un sentido, y ese sentido nos lo proporciona la cultura, la cual es una cultura religiosa. No hay, pues, forma de escapar. Es imposible que distingamos nada fuera de lo normal. Cuanto más pensamos, más nos damos cuenta de que todo está bien, todo está en su sitio: Dios debe existir y la religión también. Todo marcha como debiera. Los que no lo ven así son los que están un poco locos. Si hubiera algo fuera de su sitio sería porque no encaja con nuestra visión, y lo que haremos será perseverar para que el mundo siga siendo como lo concebimos. Esa es precisamente la misión de la cultura como estructura cognitiva social, destinada a configurar una misma realidad para todos los sujetos de una misma comunidad. Y eso es precisamente lo que nos impide hacer ciencia humana, pues la "objetividad" parece imposible. Pero tampoco es una solución hacer ciencia naturalista con el hombre, sólo para ganar esa objetividad, pues dejamos de estudiar al hombre real.

Primera conclusión: no importan para nada nuestras creencias religiosas si de lo que se trata es hacer ciencia física o naturalista. Incluso vamos a afirmar que toda esa ciencia naturalista descansa en fundamentos religiosos respecto de la visión del universo como un mecanismo perfecto, donde todos los fenómenos obedecen a causas específicas y a leyes universales. Esto, desde luego, deriva de una noción religiosa del universo, pero igual, funciona, por lo menos para el pequeño período de tiempo durante el cual existe la especie humana. Así pues, para nada importan la religión y las creencias de un matemático, ya que las ecuaciones se resuelven igual si cree en Buda o en Mahoma. Pero pídanle una explicación sobre la naturaleza del hombre, y su fe lo traicionará. Dejará de ser un científico y será un simple mortal. Y esto se debe a que el mundo natural es completamente diferente al mundo humano. Se requiere una epistemología totalmente diferente para el estudio de este último escenario. Esto quiere decir que se requiere otra clase de ciencia, otra manera de concebir las explicaciones y de obtener los conocimientos, pues si bien en el mundo físico los hechos siguen una misma lógica natural, como producto de las propiedades estables de la materia y de las leyes físicas constantes y universales, en los hechos humanos no existe ninguna lógica ni estabilidad ni universalidad. Los principios derivan de otro lado: de la cultura.

La comprensión de lo que el hombre es, pasa por un estudio profundo de sus características como fenómeno de tipo cognitivo. Es decir, primero hay que entender bien lo que el hombre es. Y esto implica entender lo que significa un ser cognitivo. Básicamente se trata de un animal que, gracias al formidable desarrollo de su cerebro, ha llegado a configurar una mente, y que, derivado de ello, depende de los contenidos de su mente. Un ser cognitivo no depende sólo del ambiente que le rodea sino básicamente de lo que ha representado como realidad en su mente. Podemos decir que la mente resulta de la capacidad para experimentar un estado subjetivo complejo, que es la representación de una realidad particular para el organismo, a partir de la organización interna de sus percepciones y concepciones, orientados con un sentido específico. Para seguir con la idea de Baars, digamos en términos prácticos, que la mente es un gran espacio de trabajo donde construimos nuestra realidad, compuesto de grandes ¡fabulosas! cantidades de memoria de todo tipo, pero también de redes neuronales que configuran estructuras lógicas de procesamiento de información. Hay que hacer algunos números para acercarnos a una noción más aproximada. El cerebro humano tiene unas 100 mil millones de neuronas y cada neurona puede establecer unas 5 mil conexiones. Para tener idea de la fantástica red informática que se puede llegar a constituir en un solo cerebro, elevemos 100,000'000,000 a la potencia 5,000. El resultado es sencillamente inimaginable. Pero luego multipliquen esa inimaginable cantidad por el número de cerebros que constituyen nuestra cultura a lo largo de toda la historia. Esa es la especie humana. Tan solo la red cognitiva que se establece en una sociedad activa es extremadamente compleja y extensa. Podemos llegar a concebir el complejo entramado cognitivo social si imaginamos la red de Internet, que aun con toda su extensión representa una porción muy ínfima de las redes cognitivas humanas. Si no empezamos por entender lo que es la mente y la cultura, será imposible estudiar y entender al ser humano, así como sus productos mentales y culturales, tales como la ciencia y la religión, que son actividades realizadas sobre productos de la cognición humana: creencias y conocimientos.

La cultura es un fenómeno vivo que tiene una antigüedad de unos 50 mil años. Se inició cuando los primeros humanos dejaron de depender de estímulos del ambiente para pasar a depender paulatinamente de sus contenidos mentales. Es cuando inician la comunicación de tales eventos internos, dando paso a la formación de la cultura como un medio ambiente humano, sostenido por un conjunto de sistemas de comunicación, que configura la realidad social de una comunidad, a través de conceptos, imágenes mentales y valoraciones, fundadas en sus intereses y necesidades como especie. Nos resulta sumamente difícil concebir lo que es la cultura debido a que sólo somos parte constitutiva de ella. Se trata de un sistema que está por sobre nosotros en una escala lógica. Para poner un ejemplo grotesco, digamos que nuestro hígado y nuestro corazón, aun siendo parte nuestra, no tienen la menor idea del organismo que componen ni mucho menos del sujeto que configuran. De ese estilo es nuestra limitación para concebir la cultura; pero se trata de un sistema vivo, tanto como lo es nuestra mente. Para estudiar la cultura no debemos verla como se presenta hoy sino como lo que representa históricamente. Al igual que no podemos entender la presencia y la posición de un avión en el aire si no consideramos su trayectoria, impulso y velocidad, tampoco podemos entender la cultura viendo a nuestro rededor y analizando lo que vemos, sino considerando toda su trayectoria evolutiva y entendiendo aquello que la impulsa desde sus orígenes. La cultura no se explica por sí sola en el presente sino por toda su historia. En tanto que las creencias y las tradiciones religiosas son productos culturales, debemos descubrir cómo se originaron y cómo se construyó este sistema cognitivo social, retrocediendo en la historia de la evolución cultural. Debemos entender cómo se estructura y se sostiene este entramado ideológico. Tenemos hechos históricos bien definidos, evidencias físicas, legados escritos, teorías antropológicas y sociocognitivas, y una serie de evidencias actuales a lo largo del mundo. Parece que tenemos herramientas intelectuales y material más que suficiente para llegar a la comprensión de lo que son las religiones, las creencias religiosas y su papel como una necesidad cultural, es decir, como una necesidad para la supervivencia de una especie cognitiva y cultural.

Lo primero que debemos tener presente es que la conducta humana es muy anterior a cualquier creencia. Primero suceden los acontecimientos y el comportamiento consecuente, luego llegan las ideas que le dan sentido a todo el escenario. Gran parte de la conducta humana es una herencia antropológica. Al igual que otras especies, el hombre también responde con emociones básicas como el miedo o el susto. A ellas se suman otras emociones más humanas como el asombro. Así que empecemos identificando las conductas humanas más primitivas y luego analicemos las ideas más antiguas que le otorgaban algún tipo de significación mental. Lo que se le ha añadido al comportamiento en la etapa humana son ideas y creencias que sustentan ideológicamente casi todas las conductas primitivas, como por ejemplo, la conducta de adoración. Una de las conductas más típicas y más antiguas del ser humano es la conducta de adoración, que incluso ha dado pie a otra conducta muy similar en una dimensión más social, que es la adulación. La conducta de adoración no depende tanto de la cultura sino que parece estar genéticamente definida como respuesta específica. Es posible que se trate de un remanente modificado de alguna estrategia de supervivencia, como tantas otras conductas que son parte del equipaje de la especie. Lo que se ha añadido a la conducta de adoración es una amplísima gama de ideas y creencias que la sustentan culturalmente, ideas y creencias que pretenden explicar y justificar el comportamiento dado, y que que han venido cambiando a lo largo de la historia. El círculo vicioso de la conducta-idea-conducta empezó de algún modo muy natural hace unos 50 mil años. Si bien en un principio las ideas respondían a las conductas manifiestas, paulatinamente sucedió que las conductas empezaron a responder a las ideas establecidas colectivamente como creencias Casi todas las conductas humanas, desde las más primitivas a las más modernas, están rodeadas de ideas y creencias que las explican o justifican, desde la adoración, la superstición o el uso del celular. El hombre tiende a explicar y justificar su conducta. Freud llamó a esto "racionalización". De manera que, para empezar, sólo debemos seguir la pista de la conducta de adoración, y las primeras creencias que la apoyaron. Ese fue realmente todo el inicio de lo que hoy son las religiones, al cabo de diez mil años de conductas diversas de adoración de todo tipo, ideas transmitidas, historias narradas, hechos justificados o fabulados, mentiras inventadas, etc. Lo que ha hecho el hombre es ir acumulando ideas y creencias, transmitiéndolas y transformándolas, incrementando en cada generación el cúmulo de hechos históricos y explicaciones fabuladas que las justifican. Hoy sólo se tiene un legado ideológico que adquiere las formas actuales que la cultura moderna es capaz de recrear. Es parte de las explicaciones que el hombre, en tanto ser cognitivo, requiere para entender su mundo.

Segunda conclusión: La especie humana ha heredado de sus antepasados homínidos una buena cantidad de conductas que responden a necesidades de supervivencia. Por ejemplo, la promiscuidad sexual del macho. Algunas conductas derivan de reacciones naturales que involucran emociones tales como miedo o asombro. Una de las conductas humanas más primitivas es la conducta de adoración. El hombre ha adorado prácticamente todo lo que hay sobre este mundo. Lo que el sujeto cognitivo ha añadido a su conducta, es un cúmulo de ideas que la justifican o la explican, y que se han establecido culturalmente como creencias. Tales creencias guiaron en lo sucesivo el desarrollo de estas conductas, siendo el inicio de las ideas y ritos religiosos.

En palabras simples, ser un sujeto cognitivo significa ser capaz de pensar y tener conciencia. Mucho se ha especulado respecto de por qué el hecho de pensar, tener conciencia, darse cuenta, parece implicar la necesidad de tener algún tipo de divinidad como referente. Es un hecho que casi todos los seres humanos creen en alguna divinidad, están rodeados de elementos "sagrados" y practican rituales orientados al vínculo con tales objetos y divinidades. El otro hecho es que siempre ha sido así, desde que se tienen noticias del hombre. Es decir, ya en la Edad de Piedra, existían deidades, ídolos y rituales, y conductas que hoy calificamos como religiosas, aunque nacieran con otros significados. Pero las conductas de adoración, los ídolos y las deidades fueron las primeras conductas y productos típicamente humanos. Y todo esto tiene, desde luego, una explicación muy natural. Aunque no tenemos aún todas las respuestas, por un lado ya hemos establecido que el hombre recibe como herencia antropológica, una amplia gama de conductas primitivas, las cuales sólo han sido "domadas" cognitivamente. Lo que resta entender es por qué las ideas se refieren siempre a deidades. El hombre ha inventado una amplísima gama de seres mágicos y mitológicos, tales como duendes, gnomos, ninfas, hadas, dioses y mucho más. Y lo más curioso es que tal tendencia se mantiene prácticamente igual en la actualidad, pues los seres humanos siguen inventando personajes míticos y mágicos, que hoy poseen incluso caracteres espaciales.

Parece pues que debemos establecer que en estos hechos humanos confluyen dos elementos básicos: un juego de conductas primitivas heredadas y un juego de ideas y creencias anexadas, las que posteriormente, a lo largo de la historia de la humanidad han estado creciendo circularmente, influyéndose mutuamente, siendo uno la causa del otro y viceversa. La circularidad consiste en que las ideas pretenden explicar las conductas, y luego las conductas se producen como expresión de tales ideas. Esta circularidad de efecto mutuo ha generado un efecto espejo por el que la realidad humana se ha venido estructurando por etapas entre el mundo físico (con sus alteraciones humanas) y su contraparte mental (con ideas, creencias, ideologías, etc.), lo cual explicaremos en otro post. Por ahora basta con entender que la circularidad de conducta-idea-conducta ha venido creciendo en complejidad desde hace 50,000 años, y hoy nos resulta muy difícil entender cómo empezó todo este laberinto. En términos generales, el pensamiento siempre responde a la situación, se acomoda a la situación. Se requiere una estructura cognitiva muy sólida para que el pensamiento discurra con independencia, pero esto es una muy rara excepción en la especie. El hecho es que el pensamiento siempre está presto a dar al hombre una "explicación" de lo que le ocurre, pues el ser cognitivo no sólo requiere una realidad subjetivada sino que ella debe tener un sentido. A continuación actúa y modifica el mundo físico siguiendo este sentido, como en un juego de espejos que tiene a un lado el mundo físico y al otro el escenario subjetivo de la conciencia. Uno refleja siempre al otro, y nunca dejan de afectarse mutuamente. Así es como se ha construido el mundo humano.

Todo esto fue un proceso paulatino, creciente y paralelo a la configuración misma de la especie humana, conforme se estructuraba su sistema cognitivo. Es decir, debe quedarnos claro que la especie humana no depende únicamente de su evolución biológica sino, fundamentalmente, de su evolución cultural. Más aun, lo que hoy somos como humanos, es consecuencia entera de la cultura. Es decir, somos producto de cómo pensamos. Y hay diversas evidencias de esto. Las primeras construcciones comunitarias fueron lugares dedicados a algún culto, generalmente con sacrificios. Desde que apareció sobre la Tierra, el hombre ha adorado prácticamente todo lo que le rodea: astros, animales, fenómenos naturales, fetiches, muertos, etc. Los objetos de adoración han coexistido con los seres humanos, apenas este tuvo conciencia. El concepto o noción de lo que estos objetos de adoración son, ha estado cambiando en el transcurso de la historia. La adoración es una conducta natural que se asemeja a la conducta de sumisión que algunos mamíferos adoptaron como estrategia de supervivencia ante la sensación de inferioridad. El hombre primitivo, en tanto iba siendo un ser cada vez más consciente, se descubría a sí mismo rodeando de elementos que lo asombraban y le causaban temor y pavor, desencadenando conductas de adoración hacia los elementos de la naturaleza, así como a la muerte y la fecundidad. Repasando las evidencias arqueológicas podemos descubrir vestigios y rastros de aquellas conductas primitivas orientadas ya a las creencias míticas y religiosas, de las que derivan todas las religiones que perduran hasta hoy. La arqueología y la antropología han descubierto cuáles fueron las inquietudes, temores y preocupaciones de los primeros seres humanos, y en verdad no son muy distintas a las que tenemos hoy mismo, con la ventaja actual de que hoy tenemos ya muchas explicaciones válidas que nos evitan un gran cúmulo de entidades míticas. Hoy nacemos a un mundo que ya tiene incorporado un manual de explicaciones. Ese es el resultado de la cultura: un mundo humano que se explica por sí mismo.

Debemos tener en claro que todos estos seres míticos, junto a las ideas y creencias humanas, corresponden al escenario virtual de la conciencia humana, por lo tanto, existen tan sólo en las mentes de una cultura en las que se comparten como imágenes colectivas, son parte de la realidad subjetiva del hombre y no existen fuera de ella. El hombre ha cambiado el mundo real de la naturaleza para que se asemeje a su mundo subjetivo, ha colocado sobre el mundo real sus ídolos y fetiches que representan aquellos elementos que dominan en su mundo subjetivo. Del mismo modo en que es capaz de representar gráficamente la música, que sólo tiene sentido en su mente, también puede reproducir otros elementos que son extraídos de su conciencia, tales como un billete, un talismán, una cruz. Lamentablemente la gran mayoría de las personas desconoce la separación que existe entre el mundo real y el mundo virtual de la conciencia, por lo que se expresan como si todo fuera un solo y mismo mundo. Un mundo que definimos como "cultura". Esto nos ha llevado a creer que los personajes míticos existen en el mundo real y son "reales". Los personajes míticos son tan "reales" como lo pueden ser el dinero, las teorías económicas, los preceptos jurídicos, las fórmulas matemáticas o las figuras geométricas. Todo ello no son más que productos de la cognición humana respondiendo a necesidades diversas en función de su existencia en una cultura, de la cual el mundo real es solo una parte, y generalmente, una parte secundaria. Podemos creer que la música "existe" en el mundo real, pero esto es sólo una fantasía nuestra. De hecho, la música existe sólo en la mente de los humanos, así como los colores y, por supuesto, también las divinidades. La verdad es que esto ocurre con la mayoría de elementos del mundo humano, como por ejemplo nuestro calendario, nuestro país y los símbolos de la patria, nuestra identidad como ciudadanos, nuestros títulos y valores, etc. Todo eso no es más que una fantasía que existe tan solo en el escenario subjetivo de los humanos, en la realidad virtual de la conciencia colectiva humana que llamamos "cultura". Como ha dicho Rodolfo Llinás Riascos: somos en esencia, máquinas de soñar (El cerebro y el mito del yo).

Las estructuras cognitivas humanas empezaron a formarse hace unos cien mil años. Todo lo que tenemos hoy como herencia cultural, empezó a gestarse posiblemente hace sólo unos diez mil años. Pero en ese transcurrir han estado modificándose de generación en generación, acomodándose a las condiciones de existencia y necesidades históricas de las sociedades. En tal sentido, los dioses y todo lo que contienen las actuales creencias religiosas, son en realidad creaciones bastante primitivas, aunque hayan venido progresando como ideas, al igual que lo han hecho todos los demás productos humanos, tales como el lenguaje, las armas, la ropa, el arte, los alimentos, etc. La actual navaja suiza, con toda su belleza y perfección, empezó como un pedazo de piedra pulida hace varios miles de años. El más moderno de los autos deportivos tuvo sus inicios como una carreta tirada por caballos. Las religiones que hoy cautivan a las sociedades más civilizadas, con sus majestuosos templos saturados de flores, incienso, himnos y coros angelicales, con sus rituales de amor y paz, tuvieron sus inicios como plazas ceremoniales de tierra y piedras, en donde ardía un fuego purificador, y se decapitaban niños o se extraían corazones vivos, bailando al compás de tambores para agradar a los dioses. No hace falta ir tan lejos para recordar lo que era la Iglesia Católica hace sólo 250 años, en pleno ejercicio de la Inquisición. Ni siquiera hace falta retroceder en el tiempo para ver algunas religiones hoy mismo, relegando a la mujer a la condición de animal y objeto de hombre, o adorando aun animales.

Un error común al tratar estos temas es verlos en su forma actual, como si fueran cosas de hoy, o como si siempre hubiesen tenido esta forma; pero no es así. En los últimos diez mil años de historia muchas ideas y hechos se han estado acumulando para derivar en lo que hoy tenemos como realidad cultural. La idea que hoy tenemos de dios, no es la misma que tuvieron los primeros seres humanos en la Edad de Piedra y luego en la Edad Media. Del mismo modo que la idea actual de átomo no es la misma que tuvieron en mente Demócrito ni Leucipo. Tampoco la idea actual de democracia es la misma que tuvieron los griegos. La idea de dios ha estado evolucionando junto con el pensamiento humano, incluso después de haberse plasmado en la Biblia. Ambos se han transformado generación tras generación afectados por los hechos de la vida. Hace dos mil años no existía el concepto ni el debate que hoy existe en torno a la Biblia. El mismo nombre "biblia" ha quedado después de mucho trajín idiomático a través de varias lenguas, con significados diferentes. Hoy se necesita ser un erudito tan sólo para conocer la composición de la Biblia en todas sus versiones, reconociendo los libros originales y los apócrifos, sin hablar de los contenidos, que han sufrido los embates de las traducciones a distintas lenguas y a cargo de distintas culturas y diversas generaciones. Consideremos que la mayor parte de los libros antiguos, son recopilaciones de historias que los pueblos se transmitían oralmente, de generación en generación, antes de que existiera la escritura. Luego fueron copiados a mano por ejércitos de monjes calígrafos que tuvieron que interpretar los textos antiguos para darles un significado actual, proceso en el que muchas narraciones cambiaron su esencia, como por ejemplo las que contienen actos sexuales, pues la moral sexual de la Edad Media no era la misma que hubo en los días de Abraham o de los reyes de Israel. Así que pensemos en las enormes posibilidades de fallas y modificaciones en la transmisión de la información que han podido, y de hecho han tenido que producirse, hasta llegar a lo que hoy la gente lee con tanta devoción y seguridad de estar frente a la "palabra de dios". Los estudiosos de la Biblia han señalado  errores y contradicciones evidentes, como aquella supuesta frase de Cristo: "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja". El texto original no se refería a ningún camello sino a la soga que usan los pescadores para atar su bote al embarcadero. Si este error se da en el Nuevo Testamento, imaginemos lo que puede estar ocurriendo con los libros más antiguos.

Tercera conclusión: Nuestra realidad presente no es un producto lógico-racional sino el resultado de un complejo entramado de sucesos de la historia que le han dado su forma actual. No tiene sentido asumirla como una "verdad" ni como una realidad adecuada. Pudo haber sido diferente. Es simplemente lo que se dio como producto de los hechos históricos, muchas veces azarosos y a veces hasta por caprichos personales, como la del emperador Constantino para convertir al Imperio Romano al cristianismo, o la de Enrique VIII para romper con la Iglesia de Roma. Las ideas que hoy definen nuestra realidad cultural son parte de una estructura ideológica que subsiste tan sólo en las mentes colectivas de las comunidades, y que son sostenidas por complejos sistemas de comunicación. El mundo de los humanos, con sus conceptos, imágenes y valoraciones, existe tan sólo en las mentes colectivas que configuran la cultura de cada comunidad. No son parte, pues, de la "realidad" o del mundo físico exterior a la conciencia. Vale decir que no existen fuera de las mentes humanas.

El concepto y la imagen de dios ha cambiado a lo largo del tiempo, y hace unos cincuenta mil años, cuando empezó toda esta historia con una pequeña idea, fue algo muy diferente a lo que hoy concebimos. Se requiere algo de arqueología cultural para desenterrar aquellas nociones primigenias que echaron a rodar las ideas de los dioses hasta llegar a la idea y la imagen de un dios, tal como es hoy en cada cultura. En el principio hubo una multitud de divinidades que resolvían diferentes temas de la vida cotidiana, proporcionaban explicaciones y servían como apoyo y hasta como amenaza de las comunidades. Actualmente las cosas son muy fáciles para nosotros. Nacemos en un mundo que ya tiene prácticamente todo resuelto. Hay una solución perfecta para cada problema, entidades públicas ocupándose de los problemas comunes, hay un artefacto para cada dificultad, una técnica adecuada para cada tarea, etc. Y, desde luego, el mundo está perfectamente explicado por la ciencia o por la religión o, mejor aun, por ambos. Encima de todo esto tenemos varias religiones a las que podemos elegir, como se elije el zapato que nos queda más cómodo, pues la mayoría de ellas son religiones hermosas, bien constituidas, con santuarios elegantes y textos claros, repletos de historias bellas, y que no tienen más que un sólo un Dios bondadoso que nos ama. Todo funciona así de maravilla. Pero este mundo perfecto es un producto cultural cuya fabricación ha tomado cincuenta mil años. El mundo era muy diferente para los primeros seres humanos. Ellos, los verdaderos creadores de los dioses, tuvieron que enfrentar un mundo hostil en el que no tenían ayuda alguna, un mundo que era básicamente peligroso y agresivo; era un mundo esencialmente lleno de interrogantes angustiantes que estresaban a los primeros seres cognitivos, llenándolos de perplejidad, espanto y temor. Fue en ese escenario donde nacieron las primeras urgentes creencias, las supersticiones, los primeros rituales mágicos y divinidades auxiliares, con los primeros templos donde se iniciaron los primeros actos de adoración, rogatorios que luego se convertirían en oraciones. Es decir, todo ocurrió por entera necesidad cognitiva de entender el mundo. La fabricación mental de una realidad humana exige un sentido, y este, surge a partir de una explicación. Así fue como el hombre empezó la construcción cognitiva de su realidad humana. Es cuando empezaron las primeras explicaciones de lo que ocurría en este mundo, y tuvieron que ser explicaciones rudimentarias, mágico-religiosas, con nociones causa-efecto que seguían una lógica animista. No podían apelar a otro tipo de explicaciones para darle un sentido a su mundo. Para el hombre primitivo era indispensable generar un mundo humano en su conciencia, de cualquier manera. A partir de esas primeras imágenes, la humanidad ha estado dándole forma a su mundo humano. En diez mil años de historia hemos configurado la cultura que hoy vemos.

Todas las religiones empiezan por ofrecer una cabal explicación del origen del hombre y de su destino, y hoy se limitan prácticamente a eso, pues ya no pretenden explicar más cosas. En la antigüedad, cuando no existían las explicaciones científicas, eran las religiones las que proporcionaban las explicaciones del mundo. Esa era su función primordial. Sus explicaciones se basaban en la voluntad de seres míticos que actuaban con cierto poder. Era una manera bastante natural de explicar las cosas. Después de todo, las cosas parecen ocurrir porque alguien las hace. Hasta fines de la Edad Media, las explicaciones del mundo y de la vida estaban, de manera exclusiva, a cargo de la religión. La gente vivía sumergida en ideas religiosas, pues no había otra manera de entender nada. Hay que advertir que no se requería la verdad sino tan solo una explicación convincente que aplacara la necesidad de saber, propia de un sujeto cognitivo. Toda explicación humana era una explicación animada, es decir, se le confería la causa de los hechos a la voluntad de un personaje mítico. Una historia mítica adornaba el actuar de estos personajes llamados "dioses" -entre otras entidades- y así nació la mitología, que luego dio lugar a las historias que se plasmarían en diversos textos sagrados. Es el caso, por ejemplo, de Deucalión y el diluvio, quien en la Biblia se convierte en Noe y su arca. Pero son muchas las historias repetidas en el mundo mítico de diversos pueblos del mundo antiguo que estuvieron en contacto, así como sus héroes y dioses. En todo ellos podemos reconocerlos: Thor y Hércules, David y Sanson, etc.

Una prueba contundente de que los dioses son creaciones humanas, es que todos ellos adquieren la configuración deseada por la comunidad creadora y han venido cambiando a lo largo de la historia. Es la propia comunidad la que les proporciona todos sus atributos y hasta su apariencia. Desde luego, Dios no solo es imagen y semejanza del hombre sino que es un varón. Además hay dioses compasivos, punitivos, guerreros y hasta sanguinarios, como los que idean los terroristas. La imagen del dios de los cristianos durante el medioevo fue la de un dios vengativo que castigaría a los infieles sin piedad después del juicio final. Hoy prevalece la imagen de un dios protector, amoroso, casi como un padre que perdona al que se arrepiente. Las características de los dioses responden directamente a las necesidades, temores e inventiva de las comunidades, de modo que los han recubierto con virtudes y bondades, superpoderes, sabiduría, eternidad, severidad, etc. Incluso estupidez, pues muchas sectas conciben a un dios envanecido de egolatría, que habría creado todo el infinito universo para que en un pequeño planeta surgiera, en medio de millones de especies, una en particular con el exclusivo propósito de que transcurra su vida adorando, orando y cantando alabanzas a su creador. Un dios bastante tonto, realmente, tal como lo son estas sectas de creyentes y adoradores que se pasan la vida con cánticos y oraciones. Basta escuchar a los predicadores describiendo a su dios, detallando lo que él desea y espera de nosotros. Todo lo que dicen no sale más que de sus propias mentes, de la manera en que desean interpretar a su propio dios, de la forma en que entendieron la Biblia y del sentido que le dan a su propia existencia. Así es como se han ido construyendo y transformando los mitos acerca de los dioses, sus características e imágenes.

Las pimeras ideas y actividades religiosas fueron mucho más seculares de lo que son hoy. La sacralización de los rituales y creencias, e incluso de los dioses, fue obra de los sacerdotes que se constituyeron como una novedosa casta social actuando para favorecer sus propios intereses de dominación. Fueron ellos los que edificaron la religión con estrictas normas internas que respetar y una compleja estructura ideológica convertida en credo. La finalidad era brindarle seguridad a la estructura social. Si bien la creación de la religión, como institución social, tuvo sus ventajas al ordenar el cúmulo de creencias caóticas que habían ido apareciendo, creando una organización corporativa más sensata, una mejor distribución del trabajo, asignándole a los sacerdotes un rol específico como los encargados de comunicarse con los dioses y resolver los asuntos divinos, lo negativo fue el poder que adquirieron para transformar las creencias populares y generar los mitos, ya no de acuerdo a las necesidades de las personas sino a las necesidades de dominación de la casta sacerdotal. La aparición de la religión y la nueva casta sacerdotal, así como su rol de dominación social, que fue en paulatino aumento hasta llegar al control político total por varios siglos, determinó la transformación de muchas ideas sobre la divinidad, la aparición cuidadosamente controlada de rituales y textos sagrados, con creencias y fetiches que se suministraban al pueblo en función de las necesidades de poder y dominación. Durante más de 2,500 años el mundo se movió empujado por las religiones y por sus castas sacerdotales, por sus intereses políticos y su sed de dominación social. Quiérase o no, ellos han determinado la forma actual de nuestra cultura. Y es esta cultura la que nos da los instrumentos para pensar. Por eso se hace tan difícil para las personas escapar de la noción de un dios. Esta idea es parte esencial del entendimiento de nuestro mundo.

Es muy posible que la ciencia termine finalmente explicando el universo por completo. Pero eso no es ningún consuelo ya que muy pocas personas serán capaces de comprender dichas explicaciones. Pocos son los que se atreven a incursionar en los áridos campos de la ciencia. Se requieren muchos años de estudios dedicados para comprender las explicaciones científicas del presente, mientras que bastan unas cuantas horas de prédica para entender el mundo desde las visiones de cualquier religión. Esto es lo maravilloso de las religiones: aportan las estructuras mentales básicas para el funcionamiento de las personas como sujetos cognitivos sociales y para toda una comunidad. Puede que la explicación religiosa sea poco para un cerebro humano capaz de muy grandes proezas, pero las probabilidades de que un cerebro sea grandioso en su desempeño real, es muy baja. Si bien el cerebro, en cuanto estructura y organización funcional, es -ya de por si- una maravilla, lamentablemente los contenidos de información que procesa son de muy baja calidad, además de que las estructuras lógicas funcionales deben generarse mediante un trabajo propio que demanda grandes esfuerzos cognitivos y enorme energía. Pero si todos los individuos se dedicaran a esto, la especie perecería. Lo más seguro y eficiente, desde el punto de vista biológico, es tener algo simple que nos garantice la supervivencia como especie, y luego intentar hacer ciencia. Y en esta misión, las religiones con su visión simple del mundo tienen ventajas estratégicas. Paradójicamente necesitamos las estructuras sociales configuradas religiosamente para que en ella pueda surgir la ciencia. Nunca podría haber sido al revés y resultaría imposible pretender una sociedad científica. Así que, aun cuando finalmente la ciencia logre las explicaciones totales sobre el universo, seguiremos necesitando a la religión como un mecanismo básico de supervivencia.