miércoles, 26 de julio de 2023

La ciencia y la sociedad


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Hace un siglo algunos pensadores optimistas anunciaban que la cultura humana daría un tremendo salto cualitativo al ingresar a los dominios de la razón gracias a la ciencia. La impresión surgía fundada en los espectaculares logros científicos de las últimas décadas. Se había logrado entender el principio de la evolución de las especies y empezaba a revelarse la intimidad de la materia. A esto se sumó la nueva imagen del cosmos ofrecida por la teoría de la relatividad, entre otros muchos avances sorprendentes. Había una especie de furor científico que daría paso a las tremendas innovaciones tecnológicas y médicas que aparecieron de inmediato. La ciencia había pues probado con suficiencia la verdad de su saber y el valor de sus principios cognoscitivos fundados en la razón.

Un siglo después podríamos decir que toda esa esperanza de una civilización más avanzada, fundada en el saber científico, la razón y el conocimiento comprobado, fueron solo vanas ilusiones. No hay nada parecido a una sociedad racional. La humanidad sigue en el mismo grado de irracionalidad y estupidez, y quizá incluso peor, pues hoy han aparecido pseudociencias intentando nuevas explicaciones fundadas en creencias que manejan conceptos curiosos de "energía" y espiritualidad. En la actualidad la ciencia no solo debe ocuparse de ampliar el conocimiento sino que además necesita defenderse del ataque virulento de los creyentes, y denunciar los embustes de las pseudociencias.

¿Qué ha ocurrido para que la ciencia, lejos de regir la vida de la sociedad, esté rodeada de peligros y acechada por los enemigos de la razón? Hay varios factores que contribuyen a esta situación. La primera fue quizá el surgimiento del posmodernismo como un movimiento social de desencanto frente a un mundo basado en el progreso material, sin repercusiones en la estructura humana; pero también a causa de una ciencia que cada vez se volvía más abstrusa para el ciudadano corriente. ¿Cuántos entienden la teoría de la relatividad o la mecánica cuántica? Sería más sensato preguntar ¿cuántos se han interesado por conocerlas? ¿Cuántos han logrado entender el mecanismo de la evolución juntando los saberes dispersos de la biología, paleontología, genética, antropología, etc.? Y... ¿cuántos están dispuestos a dudar de su más preciada posesión mental: Dios? Por desgracia, el adoctrinamiento religioso siempre llega primero. La religión se asegura de contaminar las mentes antes de que estas empiecen a funcionar.

A lo anterior debemos agregar la crisis de la educación que, al caer en manos de la burocracia estatal, acabó convertida en un burdo afán de divulgación de saberes seleccionados, envasados y congelados que se ofrecían descontextualizados, sin ningún sentido del valor de la educación como experiencia humana comunicante, en una tarea suprema de formación de personas por la vía de la experiencia y el descubrimiento. Para colmo, la educación superior se ha convertido en un mercado persa de títulos rápidos y carreras de oficio con máscara de ciencias. Incluso es triste comprobar el pobre nivel de conocimiento científico que se tiene en el posgrado. Apenas hallamos personas enteradas de lo que es la ciencia y lo que dicen algunas teorías y autores, pero hay una gran ignorancia filosófica respecto del sentido final de la ciencia como visión del universo, además de grandes dosis de ingenuidad y simplicidad en los diseños metodológicos a causa de las limitaciones epistémicas. La gran mayoría de nuestros académicos todavía se maneja con principios científicos del siglo XIX.

No es pues fácil el panorama para la ciencia y menos para la racionalidad de la sociedad. Peor aun si consideramos la emergencia descontrolada de creencias de todo tipo. Algunos sectores religiosos se han convertido en enemigos declarados de la ciencia, y en especial de la evolución de las especies y del origen del universo. Si bien en los sectores más sensatos del catolicismo hay apertura y diálogo con la ciencia, sin negar la evolución, en cambio han aparecido diversas sectas fanáticas que se ocupan del desprestigio de la ciencia. En los EEUU intentaron evitar que la evolución se enseñe en las escuelas y, al no lograrlo, inventaron una teoría seudocientífica llamada "teoría general de la evolución condicionada de la vida", conocida como "creacionismo", pretendiendo que sea enseñada en las escuelas como una "teoría alternativa". Pero fue rechazada por los tribunales al quedar en evidencia su trasfondo religioso. Esto no ha impedido que sigan divulgando su pseudociencia.

Pese al siglo y medio que tiene de enunciada la teoría evolutiva, y pese a estar plenamente confirmada, al punto que toda la biología moderna gira en torno a la evolución, sigue siendo la teoría más atacada por los creyentes. Un estudio de Gallup en el 2009 reveló que solo el 39% de los norteamericanos cree en la Teoría de la Evolución. En otro estudio se halló que el 38% cree que la Biblia es la verdad textual, palabra por palabra. Preguntados respecto al origen de los seres humanos, se halló que un 47% de las personas creía que Dios había creado al hombre tal como se le ve hoy, mientras que otro 36% creía que Dios había dirigido el proceso evolutivo. Solo un 12% pensaba que el hombre había evolucionado sin la intervención de Dios. Ignoro cuál es la situación en el Perú pero presiento que es mucho peor dado que la evolución ni siquiera se enseña. En mi experiencia, debo confesar que tropezamos con grandes obstáculos para enseñar evolución.

Hoy vivimos en una sociedad que no solo permanece en el mismo estado de ignorancia científica que hace dos siglos, sino que se ha sumergido en un mar de creencias religiosas y supersticiones mágicas y místicas, como no se había visto jamás. Sorprende leer y oír los disparates que se afirman en los medios y en las redes en nombre de la ciencia. Hoy cualquier cosa es una ciencia. He visto una maestría en "ciencia de la cocina" y clases en "ciencia de la Biblia". Estamos rodeados de chamanes, gurús de la espiritualidad, adivinos, mentalistas, parasicólogos, lineas cósmicas, horóscopos, tarot, talismanes y rituales para la buena vibra y las energías positivas, fetiches religiosos y místicos, etc. A esto hay que sumarle la tarea de confusión que realizan los creyentes, predicando en contra de la ciencia, e improvisando burdas explicaciones seudocientíficas bajo una lógica infantil pero suficiente para el grado de ignorancia general y de irracionalidad predominante.

No parece pues que todo el gran avance que la humanidad logró gracias a la ciencia en el último siglo y medio haya servido para mucho. La sociedad no ha mejorado nada. Los productos tecnológicos actuales se orientan más al consumo fútil, al ocio y al desperdicio de tiempo. La razón y el conocimiento siguen siendo dejados de lado para preferir anacrónicas creencias que tuvieron su origen en las cavernas y en el temor de los seres primitivos. De hecho, todo esto es una prueba más de que el ser humano sigue siendo tan primitivo como lo fue antes de conseguir un cerebro extraordinario.


miércoles, 28 de junio de 2023

Los ateos frente a las creencias


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Doctor en Psicología por la USMP


Una postura muy común entre los creyentes consiste en afirmar que el ateísmo es otra forma de creencia, y que el ateo también tiene fe en algo. Esta es otra de esas ideas simples y espontáneas que surgen desde el desconocimiento absoluto, y confirma que las personas son capaces de hallar respuestas de todo tipo con solo intentarlo. Es una capacidad humana que ha permitido abrazar toda clase de creencias, no solo religiosas, en la búsqueda de respuestas a toda clase de inquietudes. Las creencias religiosas son solo una de las muchas clases de creencias que conviven en la mente de las personas. Todas las creencias humanas han surgido como intentos simples de explicar cosas que no se entienden. Esto ha sido así desde el origen de la humanidad, por lo menos desde que se tuvo conciencia. Y es solo por esto que siempre hemos convivido con creencias de todo tipo, no solo religiosas, repito. Hay creencias sobre deidades, pero también otras creencias místicas sobre diversas entidades como espíritus (buenos y malos), fuerzas ignotas como “la energía”, (sea de la madre Tierra, del Cosmos, las piedras, Machu Picchu o lo que se les ocurra), la conjunción de los planetas, el karma, la influencia de la naturaleza (montes, bosques, aire, agua, etc.). La única ventaja de las religiones dominantes es que han sabido dejar por escrito sus creencias, contar buenas historias, organizarse mejor y, sobre todo, aliarse con el poder. Esa es toda la diferencia. Lo cual no impide que la gran mayoría de las personas conviva con un verdadero sancochado de creencias en la cabeza, ya que a la par de sus creencias religiosas, permanecen llevándose por la superstición, el ocultismo, la chamanería, la brujería, la santería, la astrología y otras muchas formas de creencia bastante extendidas. Si bien es cierto que la cara más visible de las creencias populares es la religión, eso no debe llevarnos a ignorar que la gran mayoría convive aun con una amalgama de creencias muy amplias y diversas. Por algo son todavía muy populares los brujos, chamanes y curanderos, así como la venta de toda clase de supercherías místicas y milagrosas.

Un ateo es alguien que simplemente está liberado de creencias y que no necesita creer. Esto es importante destacar, pues hay además ciertas condiciones psicológicas que llevan a las personas abrazar ciertos tipos de creencias, además de la ignorancia, por supuesto. De hecho existe el tipo de “personalidad mística”, muy bien descrito por la psicología. Pero sigamos con el ateo. Decíamos que el ateo no tiene esta necesidad de creer. No es que el ateo tenga otra creencia sino que no tiene ninguna. Para el ateo bastan las explicaciones racionales de la ciencia o incluso ninguna. Muchos ateos son gente práctica que vive confiando en conocimientos extraídos de comprobaciones fácticas, y no les interesan cosas misteriosas como “la trascendencia de la vida”. Unos tenemos incluso el arrojo de enfrentarnos a las supersticiones más populares, como el de pasar por debajo de una escalera sin ningún temor. Otros, prefieren las explicaciones de la ciencia y las buscan. Por supuesto, los creyentes también insisten en que la ciencia es otra clase de creencia, pero siguen en un error. Las matemáticas, por ejemplo, no son creencias. Si usted cuenta cinco dedos en cada una de sus dos manos puede estar seguro de que tiene diez dedos en total. La física es el estudio de la realidad y sus enunciados son comprobables, por lo que no hace falta creer a ciegas, como en el caso de las creencias irracionales. Basados en los datos de la ciencia física los científicos pueden programar un viaje por el Sistema Solar hacia un planeta específico, algo que no sería posible si fuera una creencia, pues las creencias no se sustentan en la realidad sino en la fantasía. Para decirlo de modo más simple: una creencia es una idea que surge de la imaginación y pervive en la fantasía, mientras que el conocimiento científico surge desde la realidad y se somete a comprobación experimental. Es una enorme diferencia. De ninguna manera pues puede sostenerse que la ciencia es otra forma de creencias. Quien afirma tal cosa simplemente no conoce lo que es la ciencia.

Por último, hablemos de la fe. Para decirlo de una manera simple, la fe es una especie de obsesión que lleva a creer ciegamente en algo que no existe, no se puede ver ni se puede comprobar, y que por lo tanto permanece solamente a nivel de la fantasía y la retórica. Por eso es propio de la charlatanería mística, donde cualquier cosa puede ser dicha sin temor, pues no hay forma de comprobarla. Este es el arte de los predicadores que hablan de cosas tan misteriosas como la “voluntad de Dios”. Todo lo que requiere de fe, lo hace porque al no ser parte de la realidad, no hay otra manera de convencerse de su certeza más que por un acto de fe, es decir, por el puro deseo de creer. Hasta cierto punto, la fe podría ser una especie de perversión mental consistente en otorgarle características reales a cosas que solo existen en la imaginación y el discurso. Cuando ocurre esto a nivel de las fantasías personales, entonces hablamos de psicosis. No necesitamos de la fe para percibir la realidad, pues para ello bastan los sentidos. La fe es una exigencia mística impuesta por los charlatanes para que la gente admita sus enunciados sin exigirles pruebas de lo que dicen. Para colmo, les hacen creer que tal sometimiento mental es una virtud. Y no cualquier virtud, sino la más importante.

Cada vez que la ciencia encuentra respuestas que destruyen creencias, los creyentes huyen más lejos para refugiarse en los rincones donde la ciencia aun está conjeturando, aunque tengan ya teorías muy fuertes, como el origen del universo y de la vida. Muchos creyentes siguen predicando sus pamplinas acerca de cuestiones que ya han sido plenamente explicadas por la ciencia, pero que los creyentes siguen ignorando o prefieren combatir porque ataca los principios de su fe, como es el caso de la evolución de las especies. Incluso han llegado a prostituir la ciencia para socavar sus cimientos y vender sus embustes en empaques seudocientíficos. Así han llegado al ridículo de montar una “ciencia cristiana” con teorías descabelladas como el “diseño inteligente”. Toda “ciencia cristiana” es una seudociencia que, detrás de sus conceptos enrevesados, sigue basándose en creencias de la religión, como la voluntad de un ser supremo. Al final, esta seudociencia cristiana siempre necesita apelar a la intervención divina para explicar el “misterio” con el que ha chocado. Nada nuevo, en realidad.

El ateo no es pues otro creyente. Es solo alguien que no necesita creer y que prefiere la realidad antes que la fantasía. La vida de un ateo es mucho más simple, no necesita de oraciones para esperar ayuda divina, ni de charlatanería dominical, ni de ritos. No necesita creer en la vida eterna para controlar su angustia existencial, ni en la salvación de las almas para confrontar su temor a la muerte. El ateo se conforma con lo que hay. No necesita llenar la casa de espíritus para sentirse acompañado. No requiere pedir ayuda a seres imaginarios mediante rituales absurdos. No requiere de bendiciones, amuletos o talismanes para sentir confianza en la suerte. El ateo, es, en suma, una de las personas más cuerdas y mentalmente más sanas.

Si me preguntan qué te puede llevar al ateísmo la respuesta más simple e inmediata es el conocimiento. Pero no cualquier conocimiento. Si eres un especialista en cualquier área específica de la ciencia, como la medicina o la química, eso no te llevará al ateísmo porque esos conocimientos no tienen conexión alguna con tus creencias. No todas las especialidades de la ciencia colisionan necesariamente con las creencias religiosas, por lo que no es raro encontrar cierta clase de científicos creyentes, aunque la mayoría de ellos probablemente hayan descartado ya muchas de sus supersticiones. La mística religiosa se mantiene a pesar de los conocimientos científicos, a menos que colisionen con enseñanzas religiosas. Para los creyentes, el cielo sigue siendo desde la más remota antigüedad, el escenario místico por excelencia. Todavía hoy se habla del cielo como el lugar donde reside Dios. Pero hoy, gracias a la ciencia, sabemos que no existe ese lugar místico descrito por las creencias religiosas. Sin embargo, esta comprobación fáctica no ha eliminado las creencias místicas alrededor del cielo. Nada ha cambiado para las religiones. Lo que ha pasado es que mantenemos en paralelo el conocimiento científico de la atmósfera y las creencias místicas del cielo. Esto mismo ocurre con muchos científicos que llevan en paralelo sus conocimientos junto con sus creencias, como los médicos que actúan usando sus conocimientos de los principios biológicos que gobiernan el organismo y, sin embargo, siguen invocando ayuda divina. Esto es algo que solo la psicología puede explicar.

Finalmente, estoy convencido de que no hay mejor cura para el mal de las creencias que el conocimiento de esas mismas creencias, es decir, su historia. ¿Por qué la gente no cree en Supermán? Porque todos saben que se trata de una historieta creada por un autor. Y lo mismo pasa con Papa Noel, en quien la gente deja de creer apenas conoce el origen de este mito. Conocer el origen de una creencia puede ayudar mucho a desmontar el mito. Lamentablemente esto es algo que no se enseña. Solo se les enseña la Biblia pero ignoran los orígenes y vericuetos que han pasado los libros de la Biblia a lo largo de 5 mil años. Pero resulta sorprendente y desalentador que en pleno siglo XXI una cuarta parte de personas siga creyendo literalmente en lo que dice la Biblia.

En resumen, podría decir que un ateo es alguien que simplemente conoce el origen de las creencias religiosas, así como la historia y los mitos de los pueblos antiguos, pero sobre todo, la historia de las religiones. A nosotros ya no nos cuentan cuentos. Y, en efecto, es cierto que la verdad nos hace libres.

lunes, 23 de enero de 2023

Los milagros vistos desde el escepticismo

 


Autor: Dante Bobadilla Ramírez 

Doctor en Psicología por la USMP 

Como ocurre con casi todas las palabras de origen remoto, “milagro” es una palabra difícil de definir en estos tiempos, de acuerdo a los usos que se hacen de él. En sus orígenes servía para expresar el asombro que causaban ciertos sucesos insólitos o inexplicables como un eclipse, por ejemplo. Hoy se aplica indiscriminadamente a toda clase se sucesos sorprendentes, desde la salida del sol hasta el nacimiento de un bebé. De este modo, resulta un tanto problemático usar un enfoque específico para ocuparnos de un tema ya de por sí complicado, dado que, al parecer, cada quien tiene su propia manera de entender este concepto, así como de aplicarlo en su vida diaria. Digamos que es una palabra muy manoseada popularmente. 

Sin embargo, tampoco podemos ignorar que el uso más extendido a lo largo de la historia, y el más impactante y comprometedor para las personas ahora mismo, es el empleo del concepto “milagro” en el campo de la religión, donde sirve para señalar un hecho prodigioso de curso sobrenatural atribuido al poder de un personaje místico, o incluso a algún tipo de expresión material referida a dicho personaje, como su imagen o estatua. En este caso, el poder milagroso ya no solo le pertenece al personaje en sí, sino también a su imagen, estatua, cruz o cualquier otro material referido a él y que haya sido usado o tocado por él, como, por ejemplo, el manto de la Virgen, la cruz de Cristo, la tierra de Lourdes, etc. Evidentemente la superchería mística en este sentido es muy amplia y carece de límites. Está abierta a la imaginación. Cualquier cosa referida a un ser divinizado adquiere también propiedades milagrosas.


En este punto sería interesante detenernos a analizar la diferencia sustancial entre estos objetos místicos dotados de poder, y los amuletos comunes y corrientes. ¿No vienen a ser lo mismo? ¿Qué hace que un par de maderos cruzados en forma de cruz se convierta en objeto venerable y milagroso, al punto de generar su propio culto y su propia feligresía, con peregrinos incluidos, como ocurre con la cruz de Chalpón? Se trata, obviamente, de un fenómeno que ocurre tan solo en la mente de los creyentes. Una cruz de madera no tiene nada de especial. Tampoco debería evocar únicamente a la cruz de Cristo, cuando se trata de un instrumento de tortura y muerte usado ampliamente por los romanos durante un siglo. Pero resulta curioso comprobar que una cruz, despojada del cuerpo del crucificado, por sí sola genere veneración, culto y peregrinaje, atribuyéndosele incluso poderes milagrosos. Sin duda, este fenómeno se inscribe en la misma categoría de las supercherías místicas más paganas. Es el culto a los objetos por sí mismos. A esto habría que añadir el extendido culto católico por las imágenes. Podría alegarse que una cruz vacía no es lo mismo que la imagen de un Cristo crucificado. No lo es, ciertamente, pero sí lo es en tanto objeto de culto y veneración. ¿Qué le confiere a una imagen y no a otras la categoría de “milagrosa” si no es la mera creencia popular? ¿Por qué ciertas imágenes en particular resultan más venerables que otras? Y lo mismo ocurre con las once mil vírgenes que con diferentes denominaciones y vestimentas son adoradas de distintas maneras, aunque, al final del día, representan a la misma persona. ¿Por qué una Virgen tendría que ser más milagrosa que las otras si son la misma persona? Lo que resulta curioso es comprobar que el fetichismo religioso se fija en una imagen en particular, aparentemente desvinculada de su referente divino. Es esta imagen y no las otras. 


Pareciera que estamos haciendo preguntas banales y hasta infantiles. Pero me parece un necesario inicio para reflexionar alrededor de las conductas humanas vinculadas a los actos de fe. Porque al final, de lo único que se trata es de conductas humanas, de creencias humanas sustentadas en la instrumentalización de una serie de objetos sacralizados que en nada se diferencian de las supersticiones de otro cuño, como las que se observan alrededor de talismanes, amuletos y cábalas. Las chucherías de fe que se le ofrecen a los creyentes religiosos no tienen mayor diferencia con los objetos mágicos que se les ofrece a los demás. Aunque en la mayoría de los casos se trata de las mismas personas, ya que no es raro descubrir personas que creen en toda clase de poderes misteriosos, desde los místicos y milagrosos, hasta los mágicos. Y así como tienen en sus casas imágenes “sagradas” de cristos y vírgenes, también tienen elementos “protectores” como ramas de ruda o plantas de maguey, entre muchas otras. Todas estas conductas místicas y mágicas suelen girar sobre el mismo eje de racionalidad vinculada a la relación con lo misterioso, oculto y sagrado. Una conducta tan antigua como los rituales más paganos y tribales registrados por la historia de la humanidad. Apenas hemos cambiado en este aspecto en los últimos diez mil años. Lo único que ha cambiado es el mito que racionaliza estas conductas, la creencia que las justifica. Hay milenios de mitología detrás de las actuales conductas de veneración y culto de seres y objetos en busca de milagros y poderes ocultos. Hay algo muy arraigado en la racionalidad humana que insiste en el vínculo con lo desconocido, lo ignoto, lo “sagrado” y el más allá. Nos gusta la idea de que hay algo fuera de esta realidad, que hay poderes ocultos gobernando el mundo, que convivimos con seres mitológicos de naturaleza distinta. Los hemos imaginado siempre, desde los tiempos de los dioses, titanes y cíclopes hasta los tiempos modernos con aliens, zombies y súper héroes. Parece ser una tendencia natural de la fantasía humana llevarnos a convivir con seres imaginarios y fabulosos como hadas, ángeles, brujas, duendes, gnomos, etc. 

Más que ocuparnos únicamente de los milagros -en tanto hechos supuestos- tendríamos que ocuparnos también del poder milagroso atribuido a todos estos personajes y elementos propios de las creencias populares, las cuales han sido alimentadas durante siglos por ciertas religiones, muy especialmente la católica. La mitología propia de cada religión está salpicada de hechos milagrosos. Son su fundamento. De hecho, los milagros efectuados por Cristo y narrados en los evangelios oficiales del Nuevo Testamento, son la base de la fe de todo el cristianismo. Luego vienen los milagros que la Iglesia católica le atribuye a los santos, la Virgen, la cruz o incluso al santuario de Lourdes, donde se registran miles de supuestos milagros médicos. En añadidura están los milagros que la gente asegura haber presenciado y que la Iglesia confirma, especialmente cuando sirven para aportar a la causa de canonización de un nuevo santo. En resumen, tanto para la Iglesia católica, pero también para el islam y otras religiones, los milagros no solo existen, sino que constituyen la base de toda su fe. Son la expresión materializada de la intervención de Dios sobre los hombres. 

Nuestra postura tiene que ser de escepticismo ante semejante proliferación de mitos. Y cuando digo “escepticismo” me refiero a una actitud racional y científica, que exige evidencias a las afirmaciones y antepone las pruebas antes que las creencias. El escepticismo es una actitud cautelosa que surge de la duda frente a las afirmaciones, especialmente cuando estas no vienen acompañas de evidencias categóricas y contrastables. Pero también cuando las explicaciones no se sustentan en la realidad ni en la racionalidad empírica, sino en la metafísica y la fe. Hace falta despojarse de esa especie de necesidad muy humana, que lleva a creer en la posibilidad de un ser superior que puede llegar en nuestra ayuda con solo invocarlo, como si fuera Batman. Si alguien espera esa ayuda y vive entregado a las oraciones, estará muy inclinado a creer que, en efecto, esa ayuda llega en la forma de hechos milagrosos. Un escéptico, desde luego, no cree en posibilidades misteriosas que no tengan sustento en la realidad, y busca explicaciones lógicas para entender los fenómenos. Esta es la actitud con la que enfrentamos los milagros. 


Bastaría con analizar fríamente los hechos más trascendentales detrás de la mitología de cada religión. Es evidente que todas las religiones emplean los milagros en su narrativa particular como un ardid para convencer a los creyentes. Incluso muchos profetas inician su conversión luego de experimentar un suceso extraordinario que es interpretado como un mensaje de Dios. Es el caso de Pablo de Tarso quien, tras caer del caballo camino a Damasco, quedó ciego y aturdido por varios días, para luego despertar convertido al cristianismo luego de que sus cuidadores le advirtieran que su accidente fue producto de un castigo de Dios por perseguir a los seguidores de Cristo, su hijo amado. El mismo Pablo, convertido ya, narró que oyó la voz de Cristo preguntándole por qué lo perseguía. ¿Qué hubo detrás de esta extraña y repentina conversión de Pablo? ¿Un temor al castigo divino que acababa de sufrir cayendo del caballo? ¿Una excusa cobarde para justificar su conversión de perseguidor a seguidor del cristianismo? ¿Algún otro tipo de fenómeno mental debido al trauma sufrido? El hecho es que, tras el accidente asumido como hecho milagroso, Pablo no solo se convirtió al cristianismo sin haber conocido ni oído jamás a Cristo, es decir, sin conocer su mensaje, sino que luego se erigió en nada menos que el artífice de toda la teología cristiana hasta el presente, pasando incluso por encima de lo que Cristo dijo, pues se refirió a asuntos que Cristo jamás había abordado, como la sexualidad. Eso sí que parece todo un milagro. Más aún, considerando que Pablo de Tarso era un analfabeto y un sujeto muy rústico. Sin embargo, su obra teológica (si así se le puede llamar) es más trascendental e influyente que las de San Agustín y Tomás de Aquino.  

Algo similar ocurre con Martín Lutero, quien tras salvarse por un pelo de ser impactado por un rayo mientras caminaba por el campo sumergido en sus meditaciones teologales, decide que esa era una señal de Dios que lo impelía a reformar la fe desviada por Roma. Muchos son los casos en que un evento natural de lo más corriente, es asumido por el personaje penitente o atribulado por ideas religiosas, como hecho milagroso y mensaje divino para luego transformar su existencia y dedicarse a la formación de una nueva fe. Como vemos, una parte esencial de toda fe o religión es surgir de un hecho milagroso asumido como voluntad de Dios. Y no es raro además hallar que, el elegido por Dios, escuche la voz divina dándole órdenes. 


En la mitología del islam, Mahoma es visitado por el arcángel Gabriel, quien le narra todo el Corán para que lo memorice por completo. Se supone que una prueba de la veracidad de este hecho prodigioso es que Mahoma era un hombre ignorante que no sabía leer ni escribir y que, por tanto, nunca pudo haber leído las escrituras. En consecuencia, el Corán tiene que ser un texto original dictado a Mahoma por Dios, a través del arcángel Gabriel, para que luego Mahoma lo fuera predicando por el desierto, a medida que sometía a los pueblos bajo su espada con el pretexto de una nueva fe ordenada por el mismísimo Dios. Según se dice, sus seguidores o esclavos tomaban nota de las alocuciones del profeta en toda clase de medios, como huesos, papiros o tablillas de arcilla, etc. Esto ocurría cada vez que el profeta tenía una revelación. Muchos años después de la muerte de Mahoma, uno que otro califa se dio a la tarea de recopilar los textos desparramados de las recitaciones del profeta y armar una versión unificada que se llamó el Corán, o “la recitación”. Pero, desde luego, no hubo solo una versión de estos textos recopilados. De hecho, aparecieron varios, hasta que el califa Utmán ibn Affán decidió establecer su versión como la única. De todos modos, no hubo una versión final hasta el año 900, es decir, casi dos siglos después de la muerte del profeta Mahoma. Los sabios del Corán tuvieron la precaución de eliminar todos los textos previos para que no existieran desavenencias sobre el mensaje del profeta. De modo pues que no existen rastros de los textos originales y solo queda confiar en que todo ese sancochado de versiones recogidas y traducidas, representen el auténtico mensaje del profeta y que su memoria haya almacenado fielmente el mensaje de Dios dictado a través de su arcángel Gabriel. No sé cuánto de milagro pueda caber en toda esta historia del islam. Peor aún, no me imagino cuánto del mensaje que en el siglo VI dictara Dios a Mahoma para aplastar pueblos enteros, puede quedar en el Corán que hoy memorizan los niños del mundo árabe. Curiosidades de la historia de la humanidad. 


En la mitología de los mormones, el profeta Joseph Smith es visitado por un ángel de nombre Moroni, quien le revela unas sagradas escrituras conservadas ocultas en tablas de oro, para ser traducidas y mostradas al pueblo, y así restaurar la Iglesia de Cristo en América. No voy a extenderme en el relato de más hechos milagrosos que sustentan a las demás religiones. Sería de nunca acabar, considerando tan solo en los EEUU existen unas 1,500 iglesias, sectas y congregaciones religiosas, cada una surgida a partir de hechos milagrosos y con profetas que tuvieron revelaciones de Dios y cuyas actividades están plagadas de milagros. Algunos incluso ocurridos en pleno culto televisado a millones de espectadores ansiosos de recibir el don de Dios a través de la pantalla de su televisor, a la cual tocan con los ojos cerrados invocando el poder de Cristo y repitiendo las palabras mágicas dictadas por el telepredicador.  

En este breve recuento hemos apenas mencionado los orígenes de algunas conversiones muy famosas, que dieron origen a religiones muy amplias como el cristianismo y el islam. Lo hemos hecho sin apelar a otras interpretaciones que no son tan descabelladas, como las del enfoque clínico psicológico. A la luz de lo que hoy sabemos, es evidente que muchos personajes místicos de la historia -y que son venerados como santos o profetas- han padecido algún tipo de trastorno mental. Las historias narran que estos personajes alucinaban, oían la voz de Dios y veían a los ángeles, recibían órdenes y se lanzaban a misiones suicidas para acatar la voluntad de Dios. Este tipo de desórdenes mentales todavía son muy comunes en estos tiempos y son tratados médicamente. Hoy se rotulan como psicosis religiosa. Podríamos solo mencionar a dos personajes como ejemplo, con muy evidentes síntomas de psicosis religiosa como las que padecían Juana de Arco y Santa Rosa de Lima, en épocas en las que el fervor religioso era una pesada tara cultural que penetraba las mentes hasta dislocar la razón. Ya sabemos que en tiempos antiguos los esquizofrénicos eran vistos como poseídos por el Demonio. Pero quienes oían la voz de Dios eran vistos como santos o profetas. Todavía está pendiente de escribirse el libro que explique cuidadosamente, desde la psicología clínica, el aporte de la psicosis, la imaginación, la fantasía y hasta del embuste en la formación de las grandes religiones presentes en la actualidad. Incluso añadiría el estudio de la misma religión como una forma de locura colectiva consentida y privilegiada. ¿De qué otra manera podemos llamar al culto a las imágenes, a seres imaginarios, así como los pedidos de milagros y la creencia en ellos, más allá de toda razón y de toda evidencia? ¿Cómo calificar a una sociedad -o parte de ella- que vive organizada alrededor de mitos medievales (o aún más antiguos) y realizando cultos anacrónicos como parte esencial de su identidad en un mundo tecnificado donde la ciencia se ha hecho cargo de casi toda la existencia humana moderna?  


No es raro que la gran mayoría de milagros se refieran a sanaciones de enfermos. Tal vez sea el más común de los milagros alegados por la gente. Pasemos por alto los hechos milagrosos que se atribuyen a meros accidentes del azar, como un bebé sobreviviente tras el choque de una van donde perecieron los demás ocupantes, o que la estatua de una virgen quede en pie tras el derrumbe de una iglesia o que el rostro de Cristo aparezca en una tostada. Todos estos hechos de lo más circunstanciales, azarosos y triviales son empleados por mucha gente para atestiguar un milagro. Pasemos a las curaciones milagrosas. ¿Qué hay de especial en las curaciones de enfermos para que sean atribuidas a milagros? Hasta donde se sabe, a ningún amputado por un accidente le ha vuelto a crecer un miembro. Tampoco hemos visto resucitar a nadie que haya sido declarado clínicamente muerto. Pero se habla de milagro cuando un equipo médico logra una proeza científica. Se aduce que Dios guio sus manos. Sin embargo, nadie culpa a Dios por los fracasos médicos. A Dios solo le pertenecen los éxitos. Los fracasos son del Diablo o de la falta de fe. Pero hay muchas sanaciones supuestamente milagrosas. Los milagros de sanación se refieren a cosas menos espectaculares que la generación espontánea de un nuevo miembro para un amputado. Son más como la cura de un cáncer. Sin embargo, nadie puede explicar por qué unos se curan y otros no. A menos que se apele a la falta de fe. No obstante, los hospitales están repletos de enfermos llenos de fe que merecen milagros de curación y siguen allí sufriendo ante la indiferencia de su divinidad. Ni siquiera los enfermos que son sacados de un hospital para venerar la “sagrada imagen” del Señor de los Milagros reciben el don de la sanación por mucho que rueguen de rodillas y con fervor. No parece haber pues demasiado interés en Dios para aliviar el dolor de millones de personas dolientes en este mundo que creen fielmente en Él. Y, sin embargo, se habla de milagros de curación por doquier. 

Creo que no somos pocas las personas que alguna vez hemos sido testigos de una curación sorprendente. Personas que parecían estar al borde de la muerte, y cuyos familiares se preparaban para el peor desenlace, de pronto recobran la salud, aun contra las expectativas de los médicos. Lo acabo de ver en esta pandemia no una sino tres veces. Yo mismo sobreviví de niño, luego de haber sido desahuciado por la medicina. Mi abuela había llegado a Chimbote ante el llamado de mi madre por la gravedad de mi estado. Ya sin esperanzas, mi abuela y mi madre decidieron llevarme a Huaraz para ser enterrado allí, en la tierra de mi familia materna. El hecho prodigioso ocurrió en plena travesía de la puna. Según la leyenda familiar, de pronto abrí los ojos y pedí Coca Cola. Había ocurrido un milagro. Me curé por intercesión de la Virgen cuya estampa mi abuela me había puesto sobre el pecho. Desde entonces las peregrinaciones de mi familia al santuario de la Virgen de Huata se hicieron comunes para mí por algunos años.  

¿Por qué las sanaciones son el milagro más corriente? Por una simple razón: el organismo humano (como los demás) está hecho para curarse por sí mismo de muchas afecciones. Es parte de nuestra naturaleza combatir las enfermedades que atacan a nuestro organismo. El cuerpo lo puede hacer. Es parte de sus funciones. Para eso tenemos una variedad de sistemas defensivos. Aun cuando la medicina ya no vea formas de tratar un mal, el cuerpo puede reaccionar y vencer. Es sorprendente, pero no es un milagro. A esto cabe añadir los errores médicos, que no son pocos. El primer error es un diagnóstico equivocado. El otro es asumir, por parte de médicos creyentes y hasta fanáticos de la fe (que no son pocos), que el tumor que ayer estaba en la imagen y que hoy ya no se aprecia, es producto de un milagro. En lo personal, prefiero creerles a las personas que atribuyen su curación a algún brebaje o hierba que han estado consumiendo con dedicación. Eso es más factible que un milagro. 

Pero los milagros seguirán siendo invocados para reforzar las creencias de fe y para seguir esperando la ayuda de un ser divino como última esperanza. Otros lo usarán para darle gracias a su creador por cada día que amanece, porque el amanecer les parece un milagro. Sea como fuere, los milagros son parte esencial de la fantasía humana con la que muchos completan y alegran la fría realidad que nos ha tocado vivir en este mundo. No olvidemos que el mundo de los seres humanos, aquel en el que vivimos como humanos, se construye en la conciencia y es muy diferente al mundo real que nos rodea. Ese mundo está hecho básicamente de fantasía y se construye con palabras, más que con señales reales. La palabra y la fantasía son los principales ingredientes para construir la realidad humana en las conciencias individuales y en el mundo cultural exclusivo de los seres humanos. 


Lima, 2 de noviembre del 2022 


domingo, 10 de julio de 2022

Sexo y género: el origen de la batalla cultural

Resumen

Muchos estadounidenses de hoy han aceptado lo que parecía inconcebible hace solo una generación: que el género es artificial, se construye socialmente y todos los individuos pueden elegirlo libremente. Esta noción —que el sexo biológico puede separarse deliberadamente del género— se originó en los argumentos de influyentes feministas radicales que escribieron desde la década de 1950 hasta la de 1970. Las premisas de sus teorías, a su vez, han dado paso al nuevo mundo del transgenerismo. La impactante teoría de ayer se ha convertido en la norma aceptada de hoy, con más cambios por venir. Sin embargo, queda por ver si este nuevo mundo demostrará ser apto para el florecimiento humano.

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Muchas controversias intratables en las guerras culturales de hoy se relacionan con cuestiones de sexo y género. Los estadounidenses no están de acuerdo, por ejemplo, sobre si el matrimonio se limita a un hombre y una mujer, quién puede usar qué baños y si debemos esperar que las madres cuiden a los niños, al menos en sus años formativos. Estas controversias son emblemáticas de la incapacidad de decir qué es un hombre, qué es una mujer, o incluso si las identidades sexuales estables están vinculadas a nuestros cuerpos.

Esta confusión tiene su origen en la revolución que inició la feminista francesa Simone de Beauvoir tras la Segunda Guerra Mundial. Antes de la publicación de El segundo sexo de Beauvoir en 1949, la ciencia y la filosofía suponían que las opiniones predominantes de la sociedad sobre los hombres y las mujeres se basaban en el sexo, de modo que el género correspondía al sexo. Beauvoir objetó. Ella trazó una distinción entre género (las opiniones predominantes de la sociedad sobre lo que deberían ser el hombre y la mujer) y el sexo o la biología (las características aparentemente inmutables del cuerpo y los rasgos psicológicos estrechamente relacionados). No hay razón, argumentarían las feministas desde Beauvoir en adelante, para que el sexo sea el destino: la biología de una mujer parecía dirigirla hacia la vida familiar y hacerla dependiente de un marido.

Tales feministas prometieron dar a luz a una mujer nueva e independiente que superaría su género. Esta nueva mujer ya no se orientaría por lo que su cuerpo o la sociedad sugerían sobre su destino. En este modo de pensar, el género es simplemente una idea construida para mantener a las mujeres en una posición subordinada. Esta crítica pretendía mostrar cómo las realidades biológicas y las costumbres sociales que contribuyen a la identidad femenina no eran ni necesarias ni saludables, y proponía un futuro en el que las mujeres serían libres de definir sus identidades sin ninguna referencia a sus cuerpos. Un mundo de completa libertad sería un mundo “más allá del género”, un mundo en el que ningún miembro de la sociedad haría suposiciones sobre un individuo basándose en la biología.

La aspiración feminista de crear un mundo sin género, articulada primero por Beauvoir en la década de 1940 y luego por discípulas estadounidenses como Betty Friedan, Kate Millett y otras en la década de 1960, preparó el terreno para una visión más radical en la década de 1990 por académicos como Judith Butler, quien amplió la idea para incluir la defensa de los derechos de las personas transgénero.

La idea de un género supuestamente socialmente construido que se impone a todos los individuos está destinada a provocar un intenso debate y, por lo tanto, llamados cada vez más radicales a “deconstruir” el género en nombre de una mayor autonomía y creatividad en la identidad humana. La nueva filosofía liberadora deconstruiría o expondría las normas como obstáculos arbitrarios para una identidad humana saludable. Yendo un paso más allá, la “teoría queer”, derivada del pensamiento postestructural de Michel Foucault, cuestionaba la naturalidad y necesidad de las prácticas cotidianas de autocontrol de las pasiones sexuales, el protagonismo de las normas heterosexuales y la concepción binaria del género.

El resultado ha sido una revolución en espiral en la que se alega que lo que parecía natural y posiblemente también crucial para la identidad humana es extraño, accidental y represivo. De esta revolución procede otro nivel de confusión acerca de extender el matrimonio a parejas del mismo sexo, pronombres de género, cuestiones transgénero sobre el uso de baños públicos y vestuarios, la importancia de la fidelidad al matrimonio y cualquier cantidad de permutaciones adicionales de tales cuestiones.

Esta revolución ha requerido un reajuste continuo por parte del gobierno, así como en las costumbres públicas e incluso en la concepción del lenguaje. Da lugar a nuevas opiniones y sentimientos, sugiere nuevos conceptos y modifica todos los aspectos de la vida en el ámbito de las relaciones personales. Muchas facetas de la vida familiar se han visto perturbadas por el esfuerzo feminista en separar el sexo del género y los esfuerzos posteriores por crear un mundo más allá del género y sin roles preconcebidos.

Además, la aplicación supuestamente objetiva de la ciencia liberacionista identifica aún más distinciones construidas socialmente. Dado que la sociedad fabrica la diferencia de género, dice la teoría, el género se puede deshacer y rehacer reconstruyendo adecuadamente la sociedad. Esta es la base de un mundo construido sobre la liberación del individuo y la libertad de crear una identidad sin restricciones sociales o biológicas.

El feminismo antes de la separación del sexo del género

Pensadoras feministas de todas las tendencias hoy se definen contra el esencialismo biológico y su patriarcado político y cultural concomitante. El esencialismo biológico alega que los diferentes personajes y roles de hombres y mujeres tienen una base permanente en la biología sexual y las propensiones psicológicas innatas que se originan en el sexo. Así, según esta teoría, el sexo biológico contribuye en gran medida a determinar cómo las sociedades conciben el género, con percepciones de las mujeres como más pasivas y solidarias y menos agresivas y violentas que los hombres, más modestas sexualmente o menos promiscuas que los hombres, menos poderosas físicamente que los hombres y más interesados y afectuosos con los niños que hombres más atrevidos, rudos y revoltosos entre un sinfín de otras diferencias.

El defensor más influyente del patriarcado por tales motivos durante el siglo XIX fue Charles Darwin, quien defendió la base sexual del género sobre fundamentos científicos aparentemente autorizados. Especialmente en The Descent of Man, publicado en 1871, Darwin argumenta que los machos y las hembras tienen caracteres diferentes porque tienen diferentes composiciones genéticas derivadas de las exitosas estrategias de supervivencia y procreación de los antepasados genéticos.

  • Los hombres fuertes capaces de sobrevivir obtuvieron acceso sexual a las mujeres capaces de atraer a los hombres y criar a los niños; según Darwin, la base natural de la idea de que los hombres son agresivos y las mujeres pasivas;
  • Los hombres tenían que estar seguros de su descendencia para brindar protección, por lo que las mujeres al menos se mostraban más modestas y pasivas sexualmente, la base natural del doble rasero sexual; y
  • Los hombres mantenían a la familia, mientras que las mujeres se especializaban en el cuidado de los niños, la base natural de la división del trabajo entre los sexos.

Ideas similares también se encuentran en el pensamiento de Sigmund Freud, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, August Comte y otros. Cada uno pensó que las mujeres están menos inclinadas a postularse para un cargo político, poner la carrera antes que la familia, perseguir la riqueza de manera agresiva o ser sexualmente promiscuas. Otto Weininger incluso argumenta que la emancipación de la mujer es una contradicción en los términos, y muchas feministas influenciadas por Beauvoir citan su Sex and Character como representante de esta tradición científica patriarcal.

La primera ola de reformadoras feministas

Mientras escribían estos esencialistas biológicos, surgió la primera ola de reformadoras feministas (1850-1920) para criticar la condición subordinada de las mujeres. Estos pensadores, que encontraron su fuente en el pensamiento de Mary Wollstonecraft (1759-1797), operaron dentro de un marco intelectual liberal clásico y esperaban, como sugiere el título del libro de Wollstonecraft de 1792, la "reivindicación de los derechos de las mujeres". En Estados Unidos, tal reivindicación fue concebida como la extensión de los derechos de las mujeres dentro de la dedicación tradicional estadounidense a los derechos individuales y al gobierno limitado.

Los mayores logros de las feministas de la primera ola radicaron en establecer un derecho legal para las mujeres a poseer propiedades, la aceptación legal del divorcio y, en última instancia, el derecho al voto. Si las mujeres no habían aparecido previamente interesadas en ejercer tales derechos, argumentaron las feministas de la primera ola, esta apariencia apolítica se debió a que la sociedad no protegió tales derechos. Les preocupaba que, como argumenta John Stuart Mill en The Subjection of Women (1869), ninguna sociedad podía saber todavía qué es realmente la mujer porque “toda la fuerza de la educación… esclaviza la mente [de las mujeres]” a los deberes sacrificiales de la madre y la esposa. El antiguo sistema de cobertura en el que las mujeres perdían su identidad legal dentro del matrimonio había subestimado la capacidad ciudadana de las mujeres. Mujeres y hombres podían elegir de manera diferente bajo este régimen de mayor libertad e independencia. El marco legal que deseaban fervientemente las feministas de la primera ola se estableció, más o menos en todo el mundo occidental, durante el primer tercio del siglo XX.

La segunda ola: Simone de Beauvoir y la distinción entre sexo y género

Comenzando con Simone de Beauvoir, la madre del feminismo de la segunda ola, las feministas expresaron su decepción por las decisiones reales que tomaron las mujeres con los derechos y protecciones que habían ganado las feministas de la primera ola. Muchas mujeres todavía priorizaban la maternidad sobre una carrera y valoraban las relaciones amorosas dentro del matrimonio más que las relaciones de mercado fuera del hogar y la liberación sexual. Cuando eligieron una carrera, tendieron a ingresar a las profesiones asistenciales en lugar de aspirar a ser directores ejecutivos, poetas bohemios o académicos. En general, a pesar de un siglo de lucha, las mujeres vivían de manera más pasiva y dependiente de lo que las feministas de la segunda ola consideraban saludable o apropiado.

Las feministas de la segunda ola argumentaron que esta falta percibida de progreso se debía al patriarcado cultural arraigado, debido a que los hombres y las mujeres continuaron con creencias consistentes con el esencialismo biológico. La libertad jurídica no era suficiente para proporcionar igualdad sustantiva a las mujeres. Lograr que las mujeres elijan de manera diferente requeriría una reforma cultural más fundamental centrada en alentar a las mujeres a deshacerse de sus personalidades maternales y de esposas y volverse independientes. Beauvoir y sus discípulos estadounidenses recomendaron liberar a las mujeres de la cultura patriarcal acumulada y gastaron una gran cantidad de energía intelectual en encontrar formas de identificar los supuestos que esclavizaban a las mujeres a su antiguo carácter.

El pensamiento de Beauvoir es el primero en proporcionar una justificación intelectual para divorciar el sexo del género y para sostener que solo la cultura ha determinado el significado del sexo y el cuerpo. Su obra, El segundo sexo (1949), enmarca el argumento del feminismo contemporáneo y de todos los pensadores posteriores que critican y deconstruyen las distinciones humanas aparentemente naturales. ("Solo debemos señalar que las variedades de informes de comportamiento no están dictadas a la mujer por sus hormonas ni predeterminadas en la estructura del cerebro femenino: están formadas como en un molde por su situación". “Las peculiaridades que la identifican como específicamente mujer, obtienen su importancia del significado que se les atribuye. Pueden superarse, en el futuro, cuando se consideren en nuevas perspectivas”. “El hecho es que su resignación no proviene de ninguna inferioridad predeterminada: al contrario, es la que da origen a todas sus insuficiencias; esa resignación tiene su origen en el pasado de la adolescente, en la sociedad que la rodea y particularmente en el futuro que le ha sido asignado”.) Esta deconstrucción es evidente en la expresión más famosa del pensamiento de Beauvoir, la pregunta que inicia El segundo sexo: “¿qué es una mujer?” Ella responde:

"Una no nace, sino que se convierte en mujer. Ningún destino biológico, psicológico o económico determina la figura que la hembra humana presenta en la sociedad; es la civilización en su conjunto la que produce esta criatura, intermedia entre macho y eunuco, que se describe como femenina."

Las mujeres, según el argumento, fueron definidas pasivamente por su situación biológica, cultural y de civilización. Crecieron en los roles artificiales de esposa dependiente y madre sacrificada de acuerdo con la influencia cultural de los roles de género, y estos roles de género se habían construido sobre una interpretación aparentemente obvia del cuerpo femenino. Los individuos que se dejan definir así, quizás pensando falsamente que la cultura es un reflejo de la naturaleza, manifiestan lo que Beauvoir llamó una “inmanencia” casi infrahumana.

Para Beauvoir, los rasgos comunes de las mujeres “inmanentes” son el resultado de un adoctrinamiento o socialización social generalizado. Beauvoir identifica cómo se enseña y refuerza la inmanencia de mil maneras diferentes. La sociedad, por ejemplo, prepara a las mujeres para ser pasivas y tiernas y a los hombres para tomar la iniciativa en las relaciones sexuales. La iniciativa masculina en el sexo es “un elemento esencial” en el “marco general” del patriarcado.

"Todo ayuda a confirmar esta jerarquía a los ojos de la niña. La cultura histórica y literaria a la que pertenece, las canciones y leyendas con las que se adormece, son una larga exaltación del hombre…. Libros infantiles, mitología, cuentos, cuentos, todos reflejan los mitos nacidos del orgullo y los deseos de los hombres; así es que a través de los ojos de los hombres la niña descubre el mundo y lee en él su destino".

Y Beauvoir significa todo. El adoctrinamiento comienza temprano. Los hombres, por ejemplo, están hechos para ser más rápidos, más fuertes, más competitivos y más agresivos que las niñas en los deportes debido a nuestra creencia de que los deportes son "buenos para los niños", y se alienta a las niñas a ser mansas, tímidas, femeninas y maternales. de arriesgarse a lesionarse. La sociedad crea y bautiza la promiscuidad masculina y el deseo sexual, mientras que las mujeres son vistas como objetos de deseo sexual. Los hombres deben tomar mujeres; a las mujeres se les enseña a soñar con ser tomadas. A las niñas se les enseña vergüenza sexual y modestia, mientras que a los niños se les enseña confianza y erotismo. Así, según Beauvoir, existe la aceptación universal del doble rasero sexual por el cual a los hombres se les da un pase para la promiscuidad y el adulterio mientras que las mujeres son castigadas.

Entrenadas para ser pasivas, las mujeres, para Beauvoir, aceptan sus roles aparentemente subordinados como madres y amas de casa. En contra de tal educación hacia la inmanencia, Beauvoir alienta lo que ella llama “trascendencia”, la idea de que los seres humanos deben luchar para liberarse de la influencia social o natural en un “esfuerzo continuo hacia otras libertades” y en un esfuerzo “por comprometerse libremente”. proyectos elegidos.” El ser humano será hecho pasivamente por su situación (inmanencia) o se definirá y se hará a sí mismo (trascendencia). “El hombre se define como un ser que no está fijo, que se hace a sí mismo lo que es”, escribe Beauvoir. “El hombre no es una especie natural: es una idea histórica.

Como seres históricos sin límites fijos, las mujeres no están obligadas a ser gobernadas por ninguna de las costumbres, rasgos psicológicos asignados, consideraciones económicas, virtudes morales, cuerpos respectivos, atributos culturales u otros límites que las han convertido durante mucho tiempo en el “segundo sexo”. Los hombres han sido trascendentes; las mujeres han sido relegadas a un mundo de inmanencia. Si las mujeres trascendieran su destino actual como el segundo sexo, disfrutarían de un “futuro indefinidamente abierto” mientras luchan por una mayor libertad e independencia.

Tal como lo ve Beauvoir, la pasividad sexual y el nexo de la maternidad y el matrimonio se han combinado para atrapar a las mujeres en la inmanencia y el estancamiento. Esas trampas pueden surgir con la revolución sexual y las carreras independientes en un lugar de trabajo genuinamente liberado, que son pasos en el camino hacia el logro de otras libertades. Los revolucionarios sexuales deben evitar la modestia sexual y la domesticidad, adoptar carreras independientes y desarrollar las cualidades de carácter necesarias para seguirlas.

La anticoncepción y el aborto también juegan un papel importante en el proyecto de reforma de Beauvoir. El control de la natalidad ayuda a las mujeres a ser más aventureras y promiscuas sexualmente y menos dependientes de un hombre para tener relaciones sexuales. Sin preocuparse por las consecuencias del sexo, las mujeres pueden tomar la iniciativa en asuntos sexuales, tal vez incluso convirtiéndose en la pareja controladora y escapando de la mencionada postura de derrota. Para ayudar en esto, Beauvoir sigue a Freud, argumentando que las mujeres pasivas son sexualmente "frígidas", reprimidas, narcisistas y nerviosas.

En opinión de Beauvoir, ser una mujer “pasiva” es ser una amante poco interesante, que depende inútilmente de la apariencia y el maquillaje para mantener el interés de un hombre. Sin embargo, la disponibilidad del control de la natalidad y el aborto es “solo un punto de partida para la liberación de la mujer”, porque las mujeres también deben creer que usar métodos de control de la natalidad es honorable, necesario, una contribución clave para la buena vida, y tal vez incluso un ejercicio de la responsabilidad social. Su vida sexual debe expresar su independencia; nunca deben depender de ninguna persona en particular para su satisfacción.

Beauvoir va más allá de las apelaciones para que legalicemos la anticoncepción y el aborto y proporcionemos provisión pública para ambos. Dado que el sexo sin protección puede conducir a la maternidad, la mejor manera de fomentar el uso del control de la natalidad es a través de una crítica contundente de la maternidad y la vida familiar que cuestione no solo su naturalidad, sino también su nobleza y nuestra necesidad de ella. Como dice al reflexionar sobre El segundo sexo (y con la ayuda de la poderosa elaboración de su pensamiento por parte de Shulamith Firestone), “Creo que la familia debe ser abolida".

Para Beauvoir, la falsa elevación de la maternidad captura la división sexual del trabajo por género del pasado, con los hombres siguiendo carreras interesantes mientras que las mujeres se ocupan del hogar. Al limitar a las mujeres a realizar las tareas domésticas “aburridas, vacías, monótonas” de Sísifo, el matrimonio “mutila” y “aniquila” a la esposa. En el matrimonio, “su vida está virtualmente terminada para siempre”. Además, según Beauvoir, ningún hombre que haga un trabajo creativo fuera del hogar podría respetar a una mujer que es solo ama de casa. Por lo tanto, el matrimonio brinda poca protección y satisfacción a la mujer. No es de extrañar que marque un "asesinato lento" aburrido de la vida tanto para los esposos como para las esposas.

Como cuestión práctica, Beauvoir imagina un futuro en el que las mujeres utilicen métodos anticonceptivos para evitar esta muerte lenta en la vida como madres y esposas. La combinación de anticonceptivos fácilmente disponibles y la crítica fundamental de la maternidad abre la puerta, para las seguidoras feministas de Beauvoir, a nuevas prácticas como las guarderías financiadas por el estado y nuevas tecnologías como la clonación que muy bien pueden continuar el proceso de deconstrucción y liberación de género.

Al nivelar esta crítica, Beauvoir sugiere que todos o la mayoría de los aspectos de lo que se había considerado arraigado en el sexo (por ejemplo, la maternidad) en realidad están socialmente construidos y, por lo tanto, son modificables. Para aquellos que argumentarían que las diferencias entre los cuerpos de hombres y mujeres ponen límites a la cantidad de experimentación social que se puede emprender, Beauvoir responde enfáticamente: “La situación no depende del cuerpo; lo contrario es cierto.” Lo que importa es cómo concebimos el cuerpo, no el cuerpo en sí.

Si los esencialistas biológicos reducen el género al sexo, Beauvoir hace lo contrario: no hay sexo, ni mujer ni hombre natural, ni biología significativa estable subyacente a un hombre o una mujer “absolutos”; las mujeres y los hombres son construcción social o “género” hasta el final. El sexo también es solo "género" si los seres humanos lo interpretaran creativamente. El ingenio humano, respondiendo creativamente a los cambios en nuestra situación y manipulando la situación misma con tecnología (por ejemplo, anticoncepción y luego ingeniería genética), puede fabricar una nueva mujer y un nuevo hombre. Los individuos trascendentes se crean a sí mismos, libres de los roles de género, la naturaleza y el sexo de la sociedad.

Beauvoir no detalla lo que le espera al ser humano una vez que se produzcan cambios legales, nuevas historias, mitos y clichés, y avances tecnológicos. Las mujeres serán “individuos autónomos”, escribe. Cada mujer será finalmente “un ser humano pleno” capaz de “vivir en y para sí misma”. Los pensadores posteriores siguen donde señala Beauvoir y brindan una imagen más vívida de cómo sería un mundo de seres humanos trascendentes.

Beauvoir llega a América: Betty Friedan y la construcción de una identidad humana saludable

Ir más allá de las ideas tradicionales de hombre o mujer plantea la pregunta de qué constituye ahora la identidad humana. The Feminine Mystique (1963) de Betty Friedan acepta el marco intelectual y las conclusiones de Beauvoir con respecto a la psicología de la identidad humana. Friedan, sin embargo, los vuelve a articular de una manera más acorde con la política estadounidense y la vida moderna, es decir, en términos de la ciencia emergente de la liberación humana característica del progresismo estadounidense.

Friedan afirma haber sido una simple chica suburbana cuando se topó con el pensamiento de Beauvoir:

"Fue El segundo sexo lo que me introdujo a un enfoque existencialista de la realidad y la responsabilidad política, lo que en efecto me liberó de las rúbricas de la ideología autoritaria y me llevó a cualquier análisis original de la existencia de las mujeres que haya podido aportar al Movimiento de Mujeres y su singular política…. Cuando leí por primera vez El segundo sexo a principios de los años cincuenta, estaba escribiendo "ama de casa" en los espacios en blanco del censo, todavía en los brazos no analizados de la mística femenina".

Friedan usa el término “mística femenina” para describir el complejo de leyes, opiniones y presiones que convierten a las mujeres en amas de casa sexualmente pasivas que Beauvoir llamó el “segundo sexo”. Friedan trajo el respaldo abstracto de Beauvoir a la "trascendencia", que sugiere convertir a los seres humanos en dioses, descendidos de los cielos y lo empaquetó en términos más consistentes con la dedicación de Estados Unidos a los derechos individuales. La ideología progresista prevaleciente, capturada en las universidades estadounidenses, puso la nueva ciencia al servicio de la reconstrucción cultural para apoyar identidades humanas sanas y elegidas.

Para Friedan, la antigua ciencia patriarcal había reforzado durante mucho tiempo la "mística femenina", aconsejando a las mujeres que encontraran satisfacción en sus tareas distintivas de esposa y madre. Según esa ciencia, las mujeres de la época de Friedan deberían haberse sentido satisfechas, cumpliendo sus destinos como esposas y madres durante el baby boom.

Friedan, sin embargo, diagnosticó un descontento atribuible a una disyunción entre las expectativas de la sociedad y los sueños reales de las mujeres. En su opinión, las mujeres de la década de 1950 y principios de la de 1960 anhelaban escapar de sus destinos inmanentes y sufrían de aburrimiento, sintiéndose atrapadas y sintiendo que no tenían nada importante que hacer. Sufrían del “problema que no tiene nombre”. Este problema, dice, es un problema que nadie, ni científicos, médicos, consejeros, psiquiatras o la prensa popular, ha identificado todavía.

Una mujer que permite que la sociedad defina su vida por ella tiene lo que Friedan llama un “yo perdido” sin “objetivo, propósito, ambición que modela sus días en el futuro, haciéndola crecer y expandirse más allá de la pequeña veintena de años en los que vive”. su cuerpo puede cumplir su función biológica”. Tal mujer comete “una especie de suicidio”. Junto a la vieja ciencia patriarcal, se agitaba una nueva ciencia liberadora que mostraría cómo las viejas ideas en realidad inhabilitaban a las mujeres. Establecería la importancia de la liberación humana para una identidad sana. “El núcleo del problema para las mujeres de hoy”, sostiene Friedan, “es un problema de identidad: un retraso en el crecimiento o una evasión del crecimiento que es perpetuado por la mística femenina”. Friedan escribe:

"Creo que los expertos en una gran cantidad de campos han estado sujetando partes de esa verdad bajo sus microscopios durante mucho tiempo sin darse cuenta. Encontré partes de ello en ciertas investigaciones nuevas y desarrollos teóricos en psicología, ciencias sociales y biológicas cuyas implicaciones para las mujeres parecen no haber sido nunca examinadas. Me di cuenta de un creciente cuerpo de evidencia, gran parte de la cual no se ha informado públicamente porque no se ajusta a los modos actuales de pensamiento sobre las mujeres, evidencia que cuestiona los estándares de normalidad femenina, ajuste femenino, realización femenina y madurez femenina".

En lugar de vivir según la mística femenina, cada mujer debe resolver su propia “crisis de identidad” encontrando “la obra, o la causa, o el propósito que evoca… la creatividad”. El trabajo creativo fomenta la lucha genuina, y esa lucha fomenta el crecimiento personal. A través de esa creatividad, las mujeres pueden convertirse en su verdadero yo y lograr la "autorrealización", una frase que Friedan toma prestada del psicólogo de mediados de siglo Abraham Maslow.

Maslow, una de las principales figuras de la nueva ciencia liberadora, argumenta que alcanzar los niveles más altos de felicidad requiere “renunciar a una vida más simple, más fácil y menos esforzada” como madre y esposa “a cambio de una vida más exigente y más difícil” en busca de una misión mayor “preocupada por el bien de la humanidad”. Las personas autorrealizadas poseen “el pleno uso y explotación de talentos, capacidades, potencialidades. Tales personas parecen estar realizándose a sí mismas y estar haciendo lo mejor que son capaces de hacer” y ser conscientes de ello. Tienen “buena confianza en sí mismos, seguridad en sí mismos, alta evaluación de sí mismos, sentimientos de capacidad general o superioridad, y falta de vergüenza, timidez, culpabilidad o bochorno”.

Una mujer completamente desarrollada se esforzará “más allá de la feminidad hacia la plena humanidad que comparte con los hombres”, escribe Maslow. En el pináculo de la motivación humana se encuentra el deseo de autorrealización, que Maslow define como “crecimiento… el esfuerzo por alcanzar la salud, la búsqueda de identidad y autonomía, el anhelo de excelencia”.

Siguiendo a Maslow, Friedan ve a esas personas moviéndose "más allá del privatismo" hacia "alguna misión en la vida... fuera de sí mismos", disfrutando de los placeres sexuales más que otros porque tienen un sentido más fuerte de su propia individualidad y amando fuera del amor dotado, y "admiración espontánea". ” en lugar de la necesidad de amor brindada por la dependencia personal. Friedan aplica la teoría de Maslow y concluye que los viejos roles de género empobrecen a las mujeres y que las mujeres autorrealizadas serían felices. Una persona autorrealizada es “psicológicamente libre, más autónoma".

Friedan marca una segunda ola de pensamiento político progresista en la que el enfoque del Progresismo del New Deal en la reconstrucción de la economía cambió al enfoque de la revolución sexual de la década de 1960 en la reconstrucción de las principales instituciones culturales y la creación de un nuevo tipo de ser humano/mujer autorrealizada. Ella enmarca los problemas de la identidad saludable clínicamente, en términos de promover la salud psicológica, y vincula la realización de la liberación o la autonomía con lo que promueve la salud mental, la realización personal y la autorrealización, todo enmarcado de una manera en gran medida neutral: es posible a realizarse en la medida en que uno construya su propio destino, independientemente del destino elegido.

Esto contiene una crítica implícita de las mujeres que desempeñan roles tradicionales a menos que puedan comprender y aceptar de manera independiente y consciente todo lo que implican dichos roles. La tarea de los psiquiatras, los padres, el gobierno en general y los educadores es garantizar que ningún individuo se vea obligado a ajustarse a las nociones preconcebidas de la sociedad sobre una vida adecuada y que todos los individuos sean libres de elegir sus propias identidades. Es una tarea de diagnóstico continuo y de búsqueda permanente de remedio.

Después de la publicación de The Feminine Mystique, exponer la influencia del patriarcado y hacer realidad la promesa de un nuevo futuro para el crecimiento individual se convirtieron en ejes de la empresa científica. La ciencia había descubierto el poder oculto del género y, por lo tanto, podría señalar la brecha entre lo que han sido las mujeres y lo que podrían llegar a ser las mujeres en el camino hacia la autorrealización. En esta corriente de pensamiento, la identidad humana saludable de las mujeres estaba más allá de las nociones de género prevalecientes en la sociedad.

Kate Millett y la revolución sexual plenamente realizada

Kate Millett, cuya Política sexual (1970) es el primer libro feminista importante que adopta la distinción entre las palabras sexo y género, marca quizás la culminación del pensamiento feminista. Millett señala la necesidad de reconstruir las disciplinas académicas, especialmente las ciencias sociales y las humanidades, con un nuevo enfoque en las estructuras de opresión de género que han subyugado a las mujeres. Las universidades se vuelven doblemente centrales para la transformación social, en opinión de Millett: identifican las fuentes de adoctrinamiento social y opresión de las cuales las mujeres y otros deben ser liberados, y recomiendan métodos para construir un mundo sin género.

La teoría de la política sexual de Millett incluye una agenda de investigación para la nueva ciencia de la liberación en la que la biología, la sociología, la economía, la antropología, la psicología, la historia y otras disciplinas deberían estar dirigidas a demostrar cómo se ha construido socialmente el género en el pasado. La clara implicación es que tales construcciones pueden ser desmanteladas y una nueva sociedad construida con la ayuda de estas y otras disciplinas.

Esta ciencia liberadora puede identificar y condenar las fuentes de la opresión, pero por sí misma solo puede dar una idea de cómo sería un mundo futuro sin género. Producir una revolución de las ideas sobre el sexo y el género requeriría un trabajo de imaginación promovido desde todas las instituciones públicas: las universidades (especialmente las nuevas humanidades) y la cultura popular participarían en la realización de tal ejercicio de imaginación para producir esta revolución. Millett imagina que “una revolución sexual completamente realizada” tendría tres facetas principales.

En primer lugar, una revolución sexual aboliría “la ideología de la supremacía masculina y la socialización tradicional mediante la cual se sustenta en cuestiones de estatus, rol y temperamento”, lo que conduciría a la “integración de las subculturas sexuales separadas, una asimilación de ambos lados de la sociedad”. experiencia humana previamente segregada”. Los roles en la crianza de los hijos, por ejemplo, probablemente se desvanecerían y eventualmente desaparecerían a medida que los roles de los padres se volvieran menos definidos por género y más andróginos.

Otro supuesto elemento de la ideología masculina es la tradición del amor romántico como elemento central de las relaciones entre hombres y mujeres. El amor, “quizás incluso más que tener hijos, es el eje de la opresión de las mujeres”, escribe Shulamith Firestone. Las mujeres, para Firestone, parecen soñar con el amor, las emociones y las relaciones. Esta preocupación los detiene mientras los hombres se dedican por sí mismos a la labor creadora. Por lo tanto, las mujeres parecen "más monógamas, mejores en el amor, posesivas, 'aferradas', más interesadas en las relaciones (altamente involucradas) que en el sexo per se".

Porque hombres y mujeres no son igualmente vulnerables en el amor (los hombres pueden salir de una relación amorosa con menos consecuencias económicas o emocionales), el amor no es posible sin una completa revolución social en la que hombres y mujeres puedan ser igualmente vulnerables (o igualmente invulnerables) y se apoyan mutuamente (o son igualmente indiferentes) unos a otros. “No es el proceso del amor en sí mismo el que falla, sino su contexto político, es decir, de poder desigual: el quién, por qué, cuándo y dónde es lo que lo convierte ahora en un holocausto”.

En segundo lugar, es necesario un cambio drástico en la “familia propietaria patriarcal” para que las mujeres aseguren una “completa independencia económica”. Obviamente, las mujeres deben asegurarse un empleo satisfactorio fuera del hogar. Un “corolario importante” de este objetivo, escribe Millet, es “el fin del estado actual de bienes muebles y la negación de los derechos de los menores”. La dependencia de los niños es una invención del patriarcado, desde este punto de vista, diseñada para hacer que las mujeres sientan que son necesarias para criarlos. Una carta de derechos de los menores fomentaría su independencia de la familia, liberando también de ella a las madres. Con menos deberes maritales, las mujeres serían más libres para buscar la independencia económica fuera del matrimonio. Según esta teoría, la infancia también parece ser un género, una fase de la vida inventada por la sociedad que crea expectativas sobre cómo deben actuar los "niños" necesitados. Así, la abolición del género requiere un movimiento hacia la abolición de la infancia.

Beauvoir asintió en esta dirección después de aprender de The Dialectic of Sex de Firestone que, en palabras de Beauvoir, “las mujeres no serán liberadas hasta que hayan sido liberadas de sus hijos y, de la misma manera, hasta que los niños también hayan sido liberados de sus padres”. Tal liberación también puede requerir la reproducción artificial (es decir, la clonación) y la profesionalización del cuidado infantil o la voluntad de dejar a los niños libres para que se desarrollen por sí mismos como en el caso de los niños del “gueto”, como señala Firestone. De hecho, tanto Beauvoir como Firestone imaginan a los niños experimentando sexualmente libremente, convirtiéndose en económicamente viables y contribuyendo de manera importante a una sociedad futura a la par de los adultos. Debido a esto, restringir los derechos de los padres cae bajo la rúbrica de asegurar la independencia de las mujeres.

En tercer lugar, la revolución sexual también requiere “el fin de las inhibiciones y tabúes sexuales tradicionales, en particular aquellos que más amenazan el matrimonio monógamo patriarcal: la homosexualidad, la ‘ilegitimidad’, la adolescencia y la sexualidad prematrimonial y extramatrimonial”. Las restricciones a la actividad sexual refuerzan las ideas de amor romántico monógamo, responsabilidad de los padres, dependencia económica y otros atributos culturales que definen la vida familiar tradicional. Liberar la sexualidad de tales restricciones ayudaría a divorciar el matrimonio de la sexualidad y permitiría a las personas expresar impulsos humanos primarios sin inhibiciones. Supuestamente, el sexo ha sido reprimido y canalizado hacia la reproducción responsable, pero en condiciones de libertad sexual, todas las salidas sexuales recibirían la misma aprobación pública.

En opinión de Millett, cultivar una identidad individual en lugar de aceptar aburridamente la identidad propuesta por la sociedad fomenta un individuo más saludable y feliz. El desajuste entre las demandas artificiales de la sociedad y los requisitos de realización individual, identificado por Friedan como “el problema que no tiene nombre”, es central en el proyecto científico. El camino hacia un mundo de realización y liberación pasa por una revolución sexual de tres frentes: requiere la destrucción de las fuentes patriarcales de socialización, el cultivo de una ética de la individualidad y la eliminación de las inhibiciones sexuales.

La revolución sexual de Millett, si bien representa el proyecto feminista completamente construido, también tiene profundas implicaciones para la aceptación de la homosexualidad, el transgénero y otros temas de identidad de género. La realización de las ambiciones feministas exige trascender los problemas de las mujeres estrictamente definidos. Implica cambiar nuestras ideas sobre los niños, el amor, la masculinidad e incluso la existencia de estas categorías como tales. La misión teórica iniciada en el pensamiento de Beauvoir tiene muchas aplicaciones directas para la práctica política y la vida cotidiana, ya que deconstruye lo que la gente da por sentado como algo natural.

La tercera ola: la revolución rodante y el transgenerismo

El énfasis de Friedan en la identidad llevó a los reformadores a aplicar el concepto de crisis de identidad más allá de las mujeres, primero a la homosexualidad, luego a las aberraciones sexuales naturales y, más recientemente, a las personas transgénero. Esto inició una tercera ola de feminismo que busca ir más allá del carácter binario del feminismo de Beauvoir hacia sus esperanzas de un “futuro indefinidamente abierto” de identidades sexuales. Ambigüedades transexuales. Los avances más allá del feminismo de segunda ola incluyen la evaluación cambiante de los transexuales (personas que se someten a operaciones de cambio de sexo) y los que nacen con aberraciones sexuales como los hermafroditas. Las feministas de la segunda ola reconocieron la importancia para sus teorías de aquellos que nacen con aberraciones anatómicas. Beauvoir, Germaine Greer y Millett aluden a las aberraciones sexuales para mostrar que el concepto de naturaleza con el que se asocia el sexo “no siempre es ambiguo”. La naturaleza, señalan, no produce de manera confiable seres humanos que sean identificablemente masculinos o femeninos.

Las feministas de la segunda ola abrazaron el trabajo científico de Robert Stoller sobre el control que aparentemente tiene el género sobre la identidad humana. Stoller estableció el Centro de Identidad de Género en la Universidad de California-Los Ángeles en 1965 y escribió Sex and Gender (1968), un libro muy influyente.

Para Stoller, el sexo tiene “connotaciones de anatomía y fisiología”, mientras que el género se relaciona con las “enormes áreas de comportamiento, sentimientos, pensamientos y fantasías que… no tienen principalmente connotaciones biológicas”. Si bien “el sexo y el género parecen estar inextricablemente unidos al sentido común... [los] dos reinos... no están inevitablemente vinculados en nada parecido a una relación de uno a uno” y “pueden ir de manera bastante independiente”. De hecho, el género puede existir en contra de la anatomía y la fisiología, como en el caso de aquellos que nacen con características anatómicas tanto de hombres como de mujeres:

"Aunque los genitales externos (pene, testículos, escroto) contribuyen a la sensación de masculinidad, ninguno de ellos es imprescindible para ella, ni siquiera todos juntos. En ausencia de evidencia completa, estoy de acuerdo con Money y los Hampson, quienes muestran en su gran serie de pacientes intersexuales [aquellos con características de ambos sexos] que el rol de género está determinado por fuerzas posnatales, independientemente de la anatomía y fisiología de los genitales externos".

Stoller considera que la identidad de género está determinada por importantes experiencias sociales y sexuales en los primeros 18 meses de vida. Tan obstinada es la identidad de género que sería más fácil, argumenta, cambiar quirúrgicamente el sexo de un varón adolescente asignado como mujer al nacer y criado como niña que cambiar su sentido de identidad de género.

Con ello, Stoller señala al pionero del activismo transexual, John Money, cofundador de la Clínica de Identidad de Género de Johns Hopkins en 1965. Money participó en la obtención de la aprobación para la cirugía de reasignación sexual en 1966 y en la creación de la categoría transexual para personas con identidades sexuales mixtas.

Money ganó fama por el caso de David Reimer, catalogado por Money y la coautora Patricia Tucker en Sexual Signatures (1976). Una circuncisión fallida a los ocho meses dejó al niño sin pene. El personal de Johns Hopkins convenció a los padres de David de que castraran al niño y lo criaran como una niña, y lo llamaron Brenda de acuerdo con los estándares convencionales. No se agregó vagina para hacer de Brenda una niña físicamente. Las visitas anuales de seguimiento “demostraron cuán bien todas [las partes] lograron adaptarse a esa decisión".

Money pensó que este caso demostraba que “la puerta de la identidad de género está abierta al nacer para un niño normal no menos que para uno que nace con órganos sexuales incompletos… y que permanece abierta al menos durante algo más de un año después del nacimiento”. Tanto David como su hermano Brian morirían antes de llegar a los 40, cada uno por su propia mano tras un historial de enfermedad mental.

Después de relatar la historia de David Reimer, Money relata varios otros sobre pacientes bien adaptados que hicieron la transición física de un sexo al otro a la edad de 11 y 12 años, lo que sugiere que la "puerta de la identidad de género" puede permanecer abierta mucho más de 18 meses. La puerta a una cirugía de reasignación de sexo más adelante parece abierta. Más importante desde la perspectiva del feminismo de la segunda ola, la puerta está abierta a un papel más importante para la elección humana con respecto a la creación de identidad o autoconcepto y a la idea de la fluidez de género independiente del cuerpo.

Algunas feministas de la segunda ola respaldaron el enfoque de Money porque sus ideas sobre la feminidad y la masculinidad parecían maleables y porque sugería que el cuerpo no implica un destino fijo. Esta alianza filosófica entre las feministas y Money y sus acólitos científicos también tenía un matiz político: pocas cosas erosionan tanto “la ideología de la supremacía masculina y la socialización tradicional” como problematizar la base biológica de la identidad.

Judith Butler: teoría queer, defensa de los homosexuales y derechos de las personas transgénero

En esta revolución rodante, las supuestas ideas de una generación pueden convertirse en un obstáculo para la siguiente. La principal de las críticas de la tercera ola a tales alianzas de la segunda ola es Judith Butler.

Quienes realizaban las cirugías de reasignación de género pensaban que estaban abriendo nuevos caminos, pero para Butler, simplemente estaban reforzando la tendencia de la sociedad a ver a las personas como mujeres u hombres. Butler cree que estas cirugías exigen “una crítica seria y cada vez más popular del dimorfismo de género idealizado dentro del propio movimiento transexual”, una que conducirá a un mundo en el que “los atributos genitales mixtos puedan ser aceptados y amados sin tener que transformarlos en una noción de género más socialmente coherente o normativa”.

Butler vincula el feminismo de la tercera ola con los desarrollos en la teoría queer, la defensa de los homosexuales y los derechos de las personas transgénero. La teoría queer sostiene que todas las expresiones de género y sexualidad se construyen socialmente y, por lo tanto, son modificables, con la esperanza de que celebrar los estilos de vida supuestamente queer socavará o “problematizará” las nociones fijas de identidad personal y las distinciones rígidas. La forma en que la sociedad encasilla a los individuos en categorías binarias masculinas y femeninas es especialmente prominente. La teoría queer encuentra la liberación más allá de lo binario y más allá de lo normal. Entre aquellos liberados a través de una amplia aceptación de la teoría queer estarían las personas transgénero, cuya autoconcepción trasciende las supuestas concepciones normales de género pero que no necesariamente reconfiguran sus cuerpos para acomodar esta autoconcepción.

Es posible que las feministas alguna vez se hayan opuesto a la inclusión de personas homosexuales ("queer"), drag (hombres vestidos de mujer), butch (lesbianas masculinas), femme (lesbianas femeninas) y personas transgénero en su movimiento porque estas personas socavaron la idea de hermandad que unió el movimiento. De manera similar, los primeros activistas homosexuales parecían aceptar la idea de la orientación homosexual o heterosexual como incrustada en la composición genética de una persona o como algo natural.

Butler y otros miembros de esta tercera ola aceptan el divorcio feminista entre el sexo y el género y su aspiración de ir “más allá del género” o de “deshacer” el género. Según las teóricas de la tercera ola, sus predecesoras feministas no fueron lo suficientemente radicales porque no rechazaron el carácter binario del género y, en cambio, alentaron a las mujeres supuestamente "inmanentes" a actuar más como hombres "trascendentes".

Para Butler, el género en sí mismo es una imposición, un acto de pseudoviolencia integrado en nuestro lenguaje y expectativas. No existe un género real y natural para Butler, ni tampoco una expresión natural o adecuada de la sexualidad. El género y la sexualidad son “actuaciones” que surgen y constituyen la vida común. Para su comprensión de las normas sociales, Butler se basa especialmente en el filósofo posestructuralista francés Michel Foucault, quien busca exponer el poder político tal como se manifiesta en nuestras ideas de verdad, realidad y lenguaje, todo lo cual refuerza la visión de poder político de los grupos dominantes, y hace su forma de vida implícitamente normal. La sociedad ejerce este poder sutilmente al construir la "verdad" y la "realidad" y, por lo tanto, construye una teoría de qué categorías cuentan como humanas. Muchas cosas sutiles en la sociedad, por ejemplo, desde la enseñanza religiosa hasta la cultura popular, alientan a las personas a esperar relaciones amorosas entre hombres y mujeres. Estas expectativas deben ser expuestas como artificiales para que pueda surgir un futuro más abierto y “queer”. La Historia de la sexualidad de Foucault, para usar el lenguaje más técnico de Butler, expone el “mecanismo de coerción” detrás de la preferencia moderna por el sexo heterosexual con la esperanza de liberar una expresión más polimorfa del deseo sexual y, en última instancia, nuevos engendramientos.

Leslie Feinberg, cuyo panfleto “Transgender Liberation: A Movement Whose Time Has Come” ("Liberación transgénero: un movimiento cuyo momento ha llegado", 1992) probablemente ofrece el primer tratamiento completo del fenómeno transgénero, se hace eco del relato de Friedan sobre la discriminación sufrida por los transgénero como “una opresión sin nombre” porque está tan arraigado en la cultura que parece natural. El engendramiento ha sido una “violencia” invisible que, en palabras de Butler, “surge de un profundo deseo de mantener el orden del género binario para que parezca natural o necesario, para convertirlo en una estructura, ya sea natural o cultural o ambas, que ningún ser humano puede oponerse, y seguir siendo humanos.”

Deshacer el género requiere el empoderamiento de quienes fantasean y también realizan diferentes espectáculos de género, revelando posibilidades fluidas y transgresoras de nuevas realidades. El problema de género de Butler enfatiza la naturaleza transgresora del drag y el travestismo, mientras que su Undoing Gender agrega transgénero como la última nueva actuación de género. “Cuando algo [aparentemente] irreal”, escribe Butler, “reivindica la realidad… algo más que una simple asimilación a las normas prevalecientes puede tener lugar y de hecho sucede. Las propias normas se agitan, muestran su inestabilidad y se abren a la resignificación”.

En consecuencia, un feminismo más desarrollado integraría la teoría queer porque los “queers” “luchan por reelaborar las normas” y postulan “un futuro diferente para la norma misma”. “No solo nos hacen cuestionar lo que es real y lo que ‘debe’ ser, sino que también nos muestran cómo se pueden cuestionar las normas que rigen las nociones contemporáneas de la realidad y cómo se pueden instituir nuevos modos de realidad”, tal como esperan las feministas. Con nuevas posibilidades transgresoras, “un nuevo léxico legitimador para… la complejidad de género” puede desarrollarse dentro de “la ley, la psiquiatría, la teoría social y literaria.

Por lo tanto, un reconocimiento del transgenerismo es consistente con las premisas filosóficas del feminismo de la segunda ola (es decir, divorciar el cuerpo de uno de la identidad de uno) y también promueve los tres objetivos políticos de la revolución sexual que articula Millett. Va más allá de las feministas de la segunda ola porque el terreno ganado por esas activistas ha sido ganado y aparecen nuevos campos de conquista abiertos.

Sin embargo, la libertad de las imposiciones o construcciones de la sociedad no es suficiente. En un futuro de liberación transgénero, dicen los teóricos de la tercera ola, florecerán mil géneros porque el público reconocerá la legitimidad, incluso la belleza, de todas las representaciones de género. “No estamos forjando un lugar para la autonomía”, escribe Butler, “si por autonomía entendemos un estado de individuación, considerado como persistente antes y aparte de cualquier relación de dependencia en el mundo de los demás”. Las personas “no pueden persistir sin normas de reconocimiento” que apoyen su persistencia y construyan su salud mental. La identidad de uno nunca es completamente real o completamente propia hasta que es respaldada en ya través de las autoridades públicas y reconocida como tal por los conciudadanos. El “sentido mismo de la personalidad está vinculado al deseo de reconocimiento, y ese deseo nos coloca fuera de nosotros mismos, en un ámbito de normas sociales que no elegimos por completo”.

Es difícil imaginar cómo se podría completar el trabajo de deshacer el género: parece exigir una transformación social continua no solo en nombre de la liberación de las imposiciones pasadas, sino también como una forma de asegurar el reconocimiento de los deseos del mañana. Butler duda de que necesitemos normas para vivir, pero todas las personas necesitan reconocimiento público y afirmación para que su identidad continúe.

El argumento de Butler conduce a una defensa transgresora del matrimonio entre personas del mismo sexo. Lejos de dar la bienvenida a las parejas "prácticamente normales" a una cultura matrimonial tradicional, Butler acepta el matrimonio entre personas del mismo sexo porque crea problemas de género para el matrimonio. Combate el esencialismo y trastorna las normas de género esperadas sobre la heterosexualidad dentro del matrimonio. Introduce nuevas realidades como el matrimonio abierto, creando así nuevas actuaciones que tal vez puedan apuntar hacia el destronamiento del matrimonio como un valor público importante y el fin del reconocimiento legal del matrimonio. A largo plazo, el matrimonio entre personas del mismo sexo puede afirmar actuaciones transgresoras al alterar la antigua norma. Sacudir el reconocimiento público del matrimonio de esta manera es un paso hacia la creación de un futuro más abierto.

Butler espera que presenciar incidentes transgénero produzca un efecto perturbador muy parecido al que se produce al observar a dos hombres o dos mujeres casados. Siguiendo esta lógica, los baños públicos y las duchas se basan en una concepción binaria del género, sirviendo como instrumentos de opresión para quienes no se ajustan a las normas de la sociedad. El apoyo a los deportes femeninos también parece basarse en ese esencialismo, por lo que encontrar un lugar para las atletas transgénero también se convierte en un imperativo moral. Después de todo, los deportes femeninos se basan en la suposición aparentemente ignorante de que hay mujeres. Las personas transgénero crean “problemas de género” para las nociones contemporáneas de la realidad y exigen afirmación y reconocimiento para que aquellos que antes se consideraban “irreales” puedan ser bienvenidos a la raza humana.

Según Butler, el cuerpo no es un hecho ni un límite: el límite de nuestra identidad es nuestra capacidad de albergar “fantasías”, que es “una película interna que proyectamos dentro del teatro interior de la mente”.

Una nueva política debe “crear un mundo en el que aquellos que entienden su género y su deseo de no ser normativo puedan vivir y prosperar no solo sin la amenaza de la violencia desde el exterior, sino también sin la sensación generalizada de su propia irrealidad, que puede conducir al suicidio. o una vida suicida.”

Pocos activistas transgénero son teóricos queer posestructuralistas tímidos, al igual que pocas feministas de los años 60 y 70 fueron existencialistas inspiradas en Beauvoir. Su activismo, sin embargo, se inclina en la dirección de estas teorías.

El activismo transgénero comienza con la ayuda de una ciencia que deconstruye, afirma que la salud de las personas se ve comprometida por las represiones de la sociedad y nombra un síndrome psicológico que padecen esas personas. La clave científica de este nuevo establecimiento es el trastorno conocido como "disforia de género", que parece causar una inquietud persistente y constante sobre la identidad de género de uno o una incongruencia entre el sexo biológico de uno y el sentido interno de la vida como hombre o mujer. En este caso, se asigna un nombre científico a una cuestión que en otras ocasiones había quedado sin nombre.

Desde la perspectiva de la teoría queer, estas reacciones son casi encantadoras en su adhesión a la relación tradicional entre sexo y género. Para los teóricos queer, aquellos que experimentan confusión de género no deberían curarse; más bien, sus identidades deben ser afirmadas y celebradas. Cuando un niño que sufre “disforia de género” llega al colegio, no se trata simplemente de exigir medidas de transición y tratamientos hormonales. Para los teóricos queer, tal niño llega con la demanda de que la escuela y su comunidad reconozcan y afirmen el cuestionable estatus de género del niño como un hecho permanente.

La experiencia de 2015 de la Nova Classical Academy de Minnesota ilustra este punto. Un padre inscribió a su hijo de cinco años en la escuela autónoma. El niño, según el padre, se consideraba un niño al que le gustaban las “cosas de niñas”. El padre exigió que la escuela apoyara al estudiante no conforme con el género con cambios en el currículo y las políticas (entre otras cosas), y la escuela cumplió bajo presión legal y pública. Hay múltiples historias de cómo a los profesionales en algunos estados se les impide tratar la “disforia de género” como un síndrome patológico que requiere asesoramiento y crianza preventiva. El objetivo final es el reconocimiento público de la visión de la teoría queer del paisaje humano.

Conclusión

La teoría queer que conduce a las demandas de que las personas transgénero sean reconocidas públicamente comparte mucho con la idea inicial de Beauvoir de que las mujeres se hacen, no nacen. Los teóricos transgénero, en palabras de Butler, “continúan con el legado de Simone de Beauvoir: si uno no nace mujer, sino que se convierte en una mujer, entonces convertirse es el vehículo para el género mismo”. Beauvoir y sus sucesores vaciaron todo significado del término sexo y dijeron que podía llenarse a través de la construcción humana con una nueva idea de mujer.

Los teóricos queer estuvieron de acuerdo y fueron más allá, llenando el género más libremente basándose en la imaginación y elección individual en lugar de dicotomías artificiales y otros remanentes de la tradición. Convertirse en humano ahora tendría que proceder de la imaginación individual, sin verse afectado por las ideas de género socialmente impuestas. Los teóricos queer empujaron contra una puerta que las feministas de la segunda ola ya habían abierto. Con la teoría queer, los seres humanos se acercan más a ser, como sostenía Beauvoir, seres históricos en lugar de especies fijas.

La importancia de la formación de la identidad, que comenzó con la reiteración de Friedan del pensamiento de Beauvoir, también fomenta la importancia de los derechos de las personas transgénero. La identidad humana no está determinada por la biología, los genes o la educación de uno; es un producto de cómo las personas se conciben a sí mismas. Los seres humanos son, desde esta perspectiva, personas asexuadas atrapadas en un cuerpo de un sexo u otro sin necesidad de seguir guiones de género previos. “No existe un ejemplo más vívido”, escribe el filósofo Roger Scruton, “de la determinación humana de triunfar sobre el destino biológico, en aras de una idea moral”. Elevando la moralidad de la imaginación humana y escapando del control de hierro de la construcción de género—en efecto, dos caras de la misma moneda—los activistas transgénero hacen causa común con las feministas en la defensa de la autonomía, la libertad de la necesidad biológica y la liberación humana.

No existe mejor manera de extender la revolución sexual que imaginaron las feministas de la segunda ola que sacudir la confianza en la idea misma del hombre y la mujer. Las teorías transgénero son, por lo tanto, una iteración tardía del objetivo feminista de una revolución sexual que incluye la abolición de la supremacía masculina y la socialización tradicional hacia los guiones de género, el cultivo de la androginia, la eliminación de la familia propietaria y la dependencia de las mujeres y los niños de esa familia, y la celebración de experiencias sexuales no monógamas y no maritales. Ser de un género u otro es una cuestión de imaginación humana, y se pueden imaginar nuevos tipos de géneros: estas experiencias están en consonancia con la revolución sexual en marcha.

Los derechos de las personas transgénero, por lo tanto, amplían las premisas filosóficas del feminismo de la segunda ola y fomentan su proyecto político al tiempo que apuntan a un mundo que no es exactamente lo que esas feministas pensaban que se necesitaba en su época. Queda por ver si este nuevo mundo demostrará ser apto para el florecimiento humano.


Autor

Scott Yenor

2015-16 Investigador visitante en Pensamiento Político Estadounidense

Scott Yenor es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Estatal de Boise y fue miembro visitante de Pensamiento Político Estadounidense 2015-2016 en el Centro B. Kenneth Simon para Principios y Política, del Instituto para el Gobierno Constitucional, en The Heritage Foundation.

Documento original: https://www.heritage.org/gender/report/sex-gender-and-the-origin-the-culture-wars-intellectual-history