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lunes, 23 de enero de 2023

Los milagros vistos desde el escepticismo

 


Autor: Dante Bobadilla Ramírez 

Doctor en Psicología por la USMP 

Como ocurre con casi todas las palabras de origen remoto, “milagro” es una palabra difícil de definir en estos tiempos, de acuerdo a los usos que se hacen de él. En sus orígenes servía para expresar el asombro que causaban ciertos sucesos insólitos o inexplicables como un eclipse, por ejemplo. Hoy se aplica indiscriminadamente a toda clase se sucesos sorprendentes, desde la salida del sol hasta el nacimiento de un bebé. De este modo, resulta un tanto problemático usar un enfoque específico para ocuparnos de un tema ya de por sí complicado, dado que, al parecer, cada quien tiene su propia manera de entender este concepto, así como de aplicarlo en su vida diaria. Digamos que es una palabra muy manoseada popularmente. 

Sin embargo, tampoco podemos ignorar que el uso más extendido a lo largo de la historia, y el más impactante y comprometedor para las personas ahora mismo, es el empleo del concepto “milagro” en el campo de la religión, donde sirve para señalar un hecho prodigioso de curso sobrenatural atribuido al poder de un personaje místico, o incluso a algún tipo de expresión material referida a dicho personaje, como su imagen o estatua. En este caso, el poder milagroso ya no solo le pertenece al personaje en sí, sino también a su imagen, estatua, cruz o cualquier otro material referido a él y que haya sido usado o tocado por él, como, por ejemplo, el manto de la Virgen, la cruz de Cristo, la tierra de Lourdes, etc. Evidentemente la superchería mística en este sentido es muy amplia y carece de límites. Está abierta a la imaginación. Cualquier cosa referida a un ser divinizado adquiere también propiedades milagrosas.


En este punto sería interesante detenernos a analizar la diferencia sustancial entre estos objetos místicos dotados de poder, y los amuletos comunes y corrientes. ¿No vienen a ser lo mismo? ¿Qué hace que un par de maderos cruzados en forma de cruz se convierta en objeto venerable y milagroso, al punto de generar su propio culto y su propia feligresía, con peregrinos incluidos, como ocurre con la cruz de Chalpón? Se trata, obviamente, de un fenómeno que ocurre tan solo en la mente de los creyentes. Una cruz de madera no tiene nada de especial. Tampoco debería evocar únicamente a la cruz de Cristo, cuando se trata de un instrumento de tortura y muerte usado ampliamente por los romanos durante un siglo. Pero resulta curioso comprobar que una cruz, despojada del cuerpo del crucificado, por sí sola genere veneración, culto y peregrinaje, atribuyéndosele incluso poderes milagrosos. Sin duda, este fenómeno se inscribe en la misma categoría de las supercherías místicas más paganas. Es el culto a los objetos por sí mismos. A esto habría que añadir el extendido culto católico por las imágenes. Podría alegarse que una cruz vacía no es lo mismo que la imagen de un Cristo crucificado. No lo es, ciertamente, pero sí lo es en tanto objeto de culto y veneración. ¿Qué le confiere a una imagen y no a otras la categoría de “milagrosa” si no es la mera creencia popular? ¿Por qué ciertas imágenes en particular resultan más venerables que otras? Y lo mismo ocurre con las once mil vírgenes que con diferentes denominaciones y vestimentas son adoradas de distintas maneras, aunque, al final del día, representan a la misma persona. ¿Por qué una Virgen tendría que ser más milagrosa que las otras si son la misma persona? Lo que resulta curioso es comprobar que el fetichismo religioso se fija en una imagen en particular, aparentemente desvinculada de su referente divino. Es esta imagen y no las otras. 


Pareciera que estamos haciendo preguntas banales y hasta infantiles. Pero me parece un necesario inicio para reflexionar alrededor de las conductas humanas vinculadas a los actos de fe. Porque al final, de lo único que se trata es de conductas humanas, de creencias humanas sustentadas en la instrumentalización de una serie de objetos sacralizados que en nada se diferencian de las supersticiones de otro cuño, como las que se observan alrededor de talismanes, amuletos y cábalas. Las chucherías de fe que se le ofrecen a los creyentes religiosos no tienen mayor diferencia con los objetos mágicos que se les ofrece a los demás. Aunque en la mayoría de los casos se trata de las mismas personas, ya que no es raro descubrir personas que creen en toda clase de poderes misteriosos, desde los místicos y milagrosos, hasta los mágicos. Y así como tienen en sus casas imágenes “sagradas” de cristos y vírgenes, también tienen elementos “protectores” como ramas de ruda o plantas de maguey, entre muchas otras. Todas estas conductas místicas y mágicas suelen girar sobre el mismo eje de racionalidad vinculada a la relación con lo misterioso, oculto y sagrado. Una conducta tan antigua como los rituales más paganos y tribales registrados por la historia de la humanidad. Apenas hemos cambiado en este aspecto en los últimos diez mil años. Lo único que ha cambiado es el mito que racionaliza estas conductas, la creencia que las justifica. Hay milenios de mitología detrás de las actuales conductas de veneración y culto de seres y objetos en busca de milagros y poderes ocultos. Hay algo muy arraigado en la racionalidad humana que insiste en el vínculo con lo desconocido, lo ignoto, lo “sagrado” y el más allá. Nos gusta la idea de que hay algo fuera de esta realidad, que hay poderes ocultos gobernando el mundo, que convivimos con seres mitológicos de naturaleza distinta. Los hemos imaginado siempre, desde los tiempos de los dioses, titanes y cíclopes hasta los tiempos modernos con aliens, zombies y súper héroes. Parece ser una tendencia natural de la fantasía humana llevarnos a convivir con seres imaginarios y fabulosos como hadas, ángeles, brujas, duendes, gnomos, etc. 

Más que ocuparnos únicamente de los milagros -en tanto hechos supuestos- tendríamos que ocuparnos también del poder milagroso atribuido a todos estos personajes y elementos propios de las creencias populares, las cuales han sido alimentadas durante siglos por ciertas religiones, muy especialmente la católica. La mitología propia de cada religión está salpicada de hechos milagrosos. Son su fundamento. De hecho, los milagros efectuados por Cristo y narrados en los evangelios oficiales del Nuevo Testamento, son la base de la fe de todo el cristianismo. Luego vienen los milagros que la Iglesia católica le atribuye a los santos, la Virgen, la cruz o incluso al santuario de Lourdes, donde se registran miles de supuestos milagros médicos. En añadidura están los milagros que la gente asegura haber presenciado y que la Iglesia confirma, especialmente cuando sirven para aportar a la causa de canonización de un nuevo santo. En resumen, tanto para la Iglesia católica, pero también para el islam y otras religiones, los milagros no solo existen, sino que constituyen la base de toda su fe. Son la expresión materializada de la intervención de Dios sobre los hombres. 

Nuestra postura tiene que ser de escepticismo ante semejante proliferación de mitos. Y cuando digo “escepticismo” me refiero a una actitud racional y científica, que exige evidencias a las afirmaciones y antepone las pruebas antes que las creencias. El escepticismo es una actitud cautelosa que surge de la duda frente a las afirmaciones, especialmente cuando estas no vienen acompañas de evidencias categóricas y contrastables. Pero también cuando las explicaciones no se sustentan en la realidad ni en la racionalidad empírica, sino en la metafísica y la fe. Hace falta despojarse de esa especie de necesidad muy humana, que lleva a creer en la posibilidad de un ser superior que puede llegar en nuestra ayuda con solo invocarlo, como si fuera Batman. Si alguien espera esa ayuda y vive entregado a las oraciones, estará muy inclinado a creer que, en efecto, esa ayuda llega en la forma de hechos milagrosos. Un escéptico, desde luego, no cree en posibilidades misteriosas que no tengan sustento en la realidad, y busca explicaciones lógicas para entender los fenómenos. Esta es la actitud con la que enfrentamos los milagros. 


Bastaría con analizar fríamente los hechos más trascendentales detrás de la mitología de cada religión. Es evidente que todas las religiones emplean los milagros en su narrativa particular como un ardid para convencer a los creyentes. Incluso muchos profetas inician su conversión luego de experimentar un suceso extraordinario que es interpretado como un mensaje de Dios. Es el caso de Pablo de Tarso quien, tras caer del caballo camino a Damasco, quedó ciego y aturdido por varios días, para luego despertar convertido al cristianismo luego de que sus cuidadores le advirtieran que su accidente fue producto de un castigo de Dios por perseguir a los seguidores de Cristo, su hijo amado. El mismo Pablo, convertido ya, narró que oyó la voz de Cristo preguntándole por qué lo perseguía. ¿Qué hubo detrás de esta extraña y repentina conversión de Pablo? ¿Un temor al castigo divino que acababa de sufrir cayendo del caballo? ¿Una excusa cobarde para justificar su conversión de perseguidor a seguidor del cristianismo? ¿Algún otro tipo de fenómeno mental debido al trauma sufrido? El hecho es que, tras el accidente asumido como hecho milagroso, Pablo no solo se convirtió al cristianismo sin haber conocido ni oído jamás a Cristo, es decir, sin conocer su mensaje, sino que luego se erigió en nada menos que el artífice de toda la teología cristiana hasta el presente, pasando incluso por encima de lo que Cristo dijo, pues se refirió a asuntos que Cristo jamás había abordado, como la sexualidad. Eso sí que parece todo un milagro. Más aún, considerando que Pablo de Tarso era un analfabeto y un sujeto muy rústico. Sin embargo, su obra teológica (si así se le puede llamar) es más trascendental e influyente que las de San Agustín y Tomás de Aquino.  

Algo similar ocurre con Martín Lutero, quien tras salvarse por un pelo de ser impactado por un rayo mientras caminaba por el campo sumergido en sus meditaciones teologales, decide que esa era una señal de Dios que lo impelía a reformar la fe desviada por Roma. Muchos son los casos en que un evento natural de lo más corriente, es asumido por el personaje penitente o atribulado por ideas religiosas, como hecho milagroso y mensaje divino para luego transformar su existencia y dedicarse a la formación de una nueva fe. Como vemos, una parte esencial de toda fe o religión es surgir de un hecho milagroso asumido como voluntad de Dios. Y no es raro además hallar que, el elegido por Dios, escuche la voz divina dándole órdenes. 


En la mitología del islam, Mahoma es visitado por el arcángel Gabriel, quien le narra todo el Corán para que lo memorice por completo. Se supone que una prueba de la veracidad de este hecho prodigioso es que Mahoma era un hombre ignorante que no sabía leer ni escribir y que, por tanto, nunca pudo haber leído las escrituras. En consecuencia, el Corán tiene que ser un texto original dictado a Mahoma por Dios, a través del arcángel Gabriel, para que luego Mahoma lo fuera predicando por el desierto, a medida que sometía a los pueblos bajo su espada con el pretexto de una nueva fe ordenada por el mismísimo Dios. Según se dice, sus seguidores o esclavos tomaban nota de las alocuciones del profeta en toda clase de medios, como huesos, papiros o tablillas de arcilla, etc. Esto ocurría cada vez que el profeta tenía una revelación. Muchos años después de la muerte de Mahoma, uno que otro califa se dio a la tarea de recopilar los textos desparramados de las recitaciones del profeta y armar una versión unificada que se llamó el Corán, o “la recitación”. Pero, desde luego, no hubo solo una versión de estos textos recopilados. De hecho, aparecieron varios, hasta que el califa Utmán ibn Affán decidió establecer su versión como la única. De todos modos, no hubo una versión final hasta el año 900, es decir, casi dos siglos después de la muerte del profeta Mahoma. Los sabios del Corán tuvieron la precaución de eliminar todos los textos previos para que no existieran desavenencias sobre el mensaje del profeta. De modo pues que no existen rastros de los textos originales y solo queda confiar en que todo ese sancochado de versiones recogidas y traducidas, representen el auténtico mensaje del profeta y que su memoria haya almacenado fielmente el mensaje de Dios dictado a través de su arcángel Gabriel. No sé cuánto de milagro pueda caber en toda esta historia del islam. Peor aún, no me imagino cuánto del mensaje que en el siglo VI dictara Dios a Mahoma para aplastar pueblos enteros, puede quedar en el Corán que hoy memorizan los niños del mundo árabe. Curiosidades de la historia de la humanidad. 


En la mitología de los mormones, el profeta Joseph Smith es visitado por un ángel de nombre Moroni, quien le revela unas sagradas escrituras conservadas ocultas en tablas de oro, para ser traducidas y mostradas al pueblo, y así restaurar la Iglesia de Cristo en América. No voy a extenderme en el relato de más hechos milagrosos que sustentan a las demás religiones. Sería de nunca acabar, considerando tan solo en los EEUU existen unas 1,500 iglesias, sectas y congregaciones religiosas, cada una surgida a partir de hechos milagrosos y con profetas que tuvieron revelaciones de Dios y cuyas actividades están plagadas de milagros. Algunos incluso ocurridos en pleno culto televisado a millones de espectadores ansiosos de recibir el don de Dios a través de la pantalla de su televisor, a la cual tocan con los ojos cerrados invocando el poder de Cristo y repitiendo las palabras mágicas dictadas por el telepredicador.  

En este breve recuento hemos apenas mencionado los orígenes de algunas conversiones muy famosas, que dieron origen a religiones muy amplias como el cristianismo y el islam. Lo hemos hecho sin apelar a otras interpretaciones que no son tan descabelladas, como las del enfoque clínico psicológico. A la luz de lo que hoy sabemos, es evidente que muchos personajes místicos de la historia -y que son venerados como santos o profetas- han padecido algún tipo de trastorno mental. Las historias narran que estos personajes alucinaban, oían la voz de Dios y veían a los ángeles, recibían órdenes y se lanzaban a misiones suicidas para acatar la voluntad de Dios. Este tipo de desórdenes mentales todavía son muy comunes en estos tiempos y son tratados médicamente. Hoy se rotulan como psicosis religiosa. Podríamos solo mencionar a dos personajes como ejemplo, con muy evidentes síntomas de psicosis religiosa como las que padecían Juana de Arco y Santa Rosa de Lima, en épocas en las que el fervor religioso era una pesada tara cultural que penetraba las mentes hasta dislocar la razón. Ya sabemos que en tiempos antiguos los esquizofrénicos eran vistos como poseídos por el Demonio. Pero quienes oían la voz de Dios eran vistos como santos o profetas. Todavía está pendiente de escribirse el libro que explique cuidadosamente, desde la psicología clínica, el aporte de la psicosis, la imaginación, la fantasía y hasta del embuste en la formación de las grandes religiones presentes en la actualidad. Incluso añadiría el estudio de la misma religión como una forma de locura colectiva consentida y privilegiada. ¿De qué otra manera podemos llamar al culto a las imágenes, a seres imaginarios, así como los pedidos de milagros y la creencia en ellos, más allá de toda razón y de toda evidencia? ¿Cómo calificar a una sociedad -o parte de ella- que vive organizada alrededor de mitos medievales (o aún más antiguos) y realizando cultos anacrónicos como parte esencial de su identidad en un mundo tecnificado donde la ciencia se ha hecho cargo de casi toda la existencia humana moderna?  


No es raro que la gran mayoría de milagros se refieran a sanaciones de enfermos. Tal vez sea el más común de los milagros alegados por la gente. Pasemos por alto los hechos milagrosos que se atribuyen a meros accidentes del azar, como un bebé sobreviviente tras el choque de una van donde perecieron los demás ocupantes, o que la estatua de una virgen quede en pie tras el derrumbe de una iglesia o que el rostro de Cristo aparezca en una tostada. Todos estos hechos de lo más circunstanciales, azarosos y triviales son empleados por mucha gente para atestiguar un milagro. Pasemos a las curaciones milagrosas. ¿Qué hay de especial en las curaciones de enfermos para que sean atribuidas a milagros? Hasta donde se sabe, a ningún amputado por un accidente le ha vuelto a crecer un miembro. Tampoco hemos visto resucitar a nadie que haya sido declarado clínicamente muerto. Pero se habla de milagro cuando un equipo médico logra una proeza científica. Se aduce que Dios guio sus manos. Sin embargo, nadie culpa a Dios por los fracasos médicos. A Dios solo le pertenecen los éxitos. Los fracasos son del Diablo o de la falta de fe. Pero hay muchas sanaciones supuestamente milagrosas. Los milagros de sanación se refieren a cosas menos espectaculares que la generación espontánea de un nuevo miembro para un amputado. Son más como la cura de un cáncer. Sin embargo, nadie puede explicar por qué unos se curan y otros no. A menos que se apele a la falta de fe. No obstante, los hospitales están repletos de enfermos llenos de fe que merecen milagros de curación y siguen allí sufriendo ante la indiferencia de su divinidad. Ni siquiera los enfermos que son sacados de un hospital para venerar la “sagrada imagen” del Señor de los Milagros reciben el don de la sanación por mucho que rueguen de rodillas y con fervor. No parece haber pues demasiado interés en Dios para aliviar el dolor de millones de personas dolientes en este mundo que creen fielmente en Él. Y, sin embargo, se habla de milagros de curación por doquier. 

Creo que no somos pocas las personas que alguna vez hemos sido testigos de una curación sorprendente. Personas que parecían estar al borde de la muerte, y cuyos familiares se preparaban para el peor desenlace, de pronto recobran la salud, aun contra las expectativas de los médicos. Lo acabo de ver en esta pandemia no una sino tres veces. Yo mismo sobreviví de niño, luego de haber sido desahuciado por la medicina. Mi abuela había llegado a Chimbote ante el llamado de mi madre por la gravedad de mi estado. Ya sin esperanzas, mi abuela y mi madre decidieron llevarme a Huaraz para ser enterrado allí, en la tierra de mi familia materna. El hecho prodigioso ocurrió en plena travesía de la puna. Según la leyenda familiar, de pronto abrí los ojos y pedí Coca Cola. Había ocurrido un milagro. Me curé por intercesión de la Virgen cuya estampa mi abuela me había puesto sobre el pecho. Desde entonces las peregrinaciones de mi familia al santuario de la Virgen de Huata se hicieron comunes para mí por algunos años.  

¿Por qué las sanaciones son el milagro más corriente? Por una simple razón: el organismo humano (como los demás) está hecho para curarse por sí mismo de muchas afecciones. Es parte de nuestra naturaleza combatir las enfermedades que atacan a nuestro organismo. El cuerpo lo puede hacer. Es parte de sus funciones. Para eso tenemos una variedad de sistemas defensivos. Aun cuando la medicina ya no vea formas de tratar un mal, el cuerpo puede reaccionar y vencer. Es sorprendente, pero no es un milagro. A esto cabe añadir los errores médicos, que no son pocos. El primer error es un diagnóstico equivocado. El otro es asumir, por parte de médicos creyentes y hasta fanáticos de la fe (que no son pocos), que el tumor que ayer estaba en la imagen y que hoy ya no se aprecia, es producto de un milagro. En lo personal, prefiero creerles a las personas que atribuyen su curación a algún brebaje o hierba que han estado consumiendo con dedicación. Eso es más factible que un milagro. 

Pero los milagros seguirán siendo invocados para reforzar las creencias de fe y para seguir esperando la ayuda de un ser divino como última esperanza. Otros lo usarán para darle gracias a su creador por cada día que amanece, porque el amanecer les parece un milagro. Sea como fuere, los milagros son parte esencial de la fantasía humana con la que muchos completan y alegran la fría realidad que nos ha tocado vivir en este mundo. No olvidemos que el mundo de los seres humanos, aquel en el que vivimos como humanos, se construye en la conciencia y es muy diferente al mundo real que nos rodea. Ese mundo está hecho básicamente de fantasía y se construye con palabras, más que con señales reales. La palabra y la fantasía son los principales ingredientes para construir la realidad humana en las conciencias individuales y en el mundo cultural exclusivo de los seres humanos. 


Lima, 2 de noviembre del 2022 


sábado, 16 de enero de 2016

Pruebas de la existencia de Dios


Es curioso oír hablar de "pruebas de la existencia de Dios". En principio porque no haría falta ya que toda creencia religiosa es una cuestión de fe, es decir, se cree por el puro afán de creer. La fe es una convicción ciega que no requiere pruebas de ninguna clase. A eso le llaman "virtud teologal". Bajo esta óptica, quien cree a ciegas es un virtuoso y digno incluso de admiración y elogio. La concepción de la fe como una virtud -y no como cualquier virtud sino como la principal de las virtudes-  es parte de una maquinaria cultural muy bien montada para fabricar creyentes y liberarse de los engorrosos cuestionamientos a la racionalidad y realidad de los mitos religiosos. Sin embargo, y pese a la aparente fortaleza de la fe, nunca faltan quienes hablan de "pruebas de la existencia de Dios", lo cual es bastante contradictorio, ya que si hubiera una sola prueba sería suficiente para dejar de lado la fe. Pero nada de esto ocurre. La fe sigue siendo el principal soporte de las religiones y el motor de los creyentes, quienes, sin embargo, no dejan de apelar a supuestas "pruebas de la existencia de Dios". Lamentablemente, también hace falta bastante fe para creer en esas "pruebas".

En realidad, toda esta historia acerca de las "pruebas de la existencia de Dios" no pasan de ser más que intentos -de ciertos sectores religiosos- de manipular la ciencia para justificar sus creencias. Al hacerlo, le conceden a la ciencia el valor de ser la forma más racional y eficiente de entender la realidad, aunque con ello tengan que, necesariamente, atropellar las bases del pensamiento científico, pues no hay manera válida de colocar la ciencia al servicio de las creencias religiosas. En principio, la ciencia es el estudio de la realidad y no de las fantasías humanas. Dentro de las humanidades existen disciplinas que estudian las creencias, los mitos y las religiones, pero la ciencia naturalista solo se ocupa de la realidad física, por lo tanto es inútil pretender usarla para justificar creencias y mitos como si fueran realidades. Más aun, la ciencia procura estudiar la realidad sin la influencia de la subjetividad humana. En tal sentido, podría afirmarse incluso que la ciencia es una forma de conocimiento que pretende superar la condición humana, pues va más allá de sus capacidades perceptivas, por ejemplo. Por eso mismo el saber científico resulta por lo general contraintuitivo. Aun cuando estén sobrevaloradas y mucha gente viva sometida a las creencias religiosas, desde un punto de vista científico, estas no poseen ningún carácter especial ni superior ni distintivo a cualquier otro producto de la imaginación humana. No son diferentes a la literatura. De hecho, todas las creencias religiosas parten de la mitología, que en nuestros días solo es una forma de literatura folklórica antigua. Que las personas asuman cierto tipo de creencias como una realidad -y se sometan a ellas- es un fenómeno que es estudiado por las ciencias cognitivas y, en ciertos casos, por la psiquiatría y la psicología clínica.

Con el auge de la ciencia desde mediados del siglo XIX, se inició una constante preocupación en el seno de la iglesia para dar respuesta a la corriente de pensamiento que se basa en la ciencia y que, por tanto, cuestiona las alegres creencias teológicas que carecen de evidencias. Ante esto, los círculos de la fe iniciaron una esforzada búsqueda de seudopruebas y argumentos circulares que ayuden a sustentar el castillo de fantasías religiosas bajo la apariencia de una explicación científica. En ese empeño solo han podido manipular la ciencia, inventando una seudociencia teológica que siempre finaliza del mismo modo: un punto en el que ya no hay más explicación científica posible y sacan a relucir a Dios como explicación final. Es decir, no hemos cambiado nada desde las épocas en que Dios era la explicación para todo lo que el hombre no entendía, desde los fenómenos naturales hasta la vida y la muerte. La seudociencia teológica presenta, por ejemplo, las leyes de la termodinámica para llegar a un punto en el que nos dice: "nada de esto puede darse si no es por la intervención de un ser supremo". Y lo mismo ocurre en la biología, donde, luego de mostrar la compleja estructura celular, termina con la misma sentencia: "esto evidencia una intervención divina porque se trata de un diseño inteligente". Como vemos, siguen siendo las mismas creencias religiosas disfrazadas de ciencia, pues la "explicación" final siempre es una creencia de fe. La intención es llevar al lector a un sendero de dudas y misterios para concluir con la típica idea: "la ciencia es incapaz de explicarlo todo". Entonces sacan de la manga su as oculto: Dios. Esto deja en claro la gran diferencia entre el pensamiento científico y el religioso, pues en la ciencia no se asumen prejuicios ni dogmas sino que nos limitamos a lo que las evidencias ofrecen. El saber científico emerge de la evidencia, o no surge simplemente. En la ciencia nadie tiene un as escondido para llevarnos a una conclusión alegre, como lo hacen los creyentes. Uno puede observar el recorrido de un río y llegar a la falsa conclusión de que el río tiene inteligencia para poder trazar su curso, o que hay un "ser supremo" que diseñó el curso de ese río para que pudiera sortear todos los obstáculos, que es el clásico pensamiento religioso en su típica pseudociencia. Ninguna de las dos conclusiones es la correcta. No hay necesidad de asumir nada. Solo hay que ver las evidencias de cada hecho, pues son estos los que nos explican la realidad por sí solos, aun incluso en contra de nuestro sentido común humano, algo que jamás ocurrirá en la pseudociencia de los creyentes, pues parte del sentido más común de los humanos que es asumir un ser supremo como explicación final.

No existe un debate muy amplio acerca de la relación entre ciencia y religión. No quiero decir que exista una relación, no la hay, sino que no hay suficientes esfuerzos para mostrar qué son y cómo se pueden relacionar estas dos formas divergentes de entender la realidad. Existe un desconocimiento casi total acerca de lo que es la ciencia y, lo que es peor, algunos afirman que existe una conexión entre ciencia y religión, tal que ambos dependen entre si mutuamente. Este es uno de los disparates más repetidos por los religiosos y más difundidos por los creyentes. Paradójicamente fue Einstein quien introdujo una desafortunada frase que anda muy divulgada por los creyentes: "La ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia está ciega". Einstein se refería a la necesidad de diálogo entre las distintas vertientes del pensamiento humano y nada más. En si misma la frase es un absurdo total pues ciencia y religión son dos cosmovisiones contrapuestas y existen muchas más otras diferencias entre ellas que no es el caso detallar en este momento, pero que he explicado en anteriores post. La religión jamás ha necesitado de la ciencia y viceversa. Todo intento por acercarlas, concordarlas y conciliarlas son farsas manipuladoras de parte de los creyentes y de la Iglesia.

Otro argumento que los creyentes suelen exponer como sustento es el hecho de que hayan existido muchos científicos creyentes. Pero esto no es de extrañar puesto que en la Edad Media, cuando surge el pensamiento científico naturalista, la Iglesia y la religión regía el pensamiento de los humanos. De hecho, los primeros científicos eran monjes y teólogos. Pero su ciencia no se derivó de sus creencias sino de sus observaciones, cálculos y experimentos. Se basaron en las evidencias y no en sus creencias. En la mayoría de los casos se trata de científicos que descubrieron fenómenos concretos mediante la observación directa o la experimentación, lo cual no afecta en lo absoluto sus creencias. El mundo de las creencias ni siquiera pertenece al mundo real en el que nos movemos, de manera que el estudio científico de este mundo real en nada podría afectar aquel mundo de fantasía que constituyen las creencias de la fe. No hay manera de que se intersecten ambos mundos, hablando en términos matemáticos. Entonces ¿cómo es que se puede hablar de "pruebas de la existencia de Dios"? El concepto "dios" pertenece al mundo imaginario de los seres humanos, mientras que las pruebas o evidencias son parte del mundo real. El hecho mismo de que los científicos puedan mantener en paralelo sus creencias y sus conocimientos, es una prueba de que ambas perspectivas no se chocan ni se afectan pues pertenecen a escenarios diferentes. Las matemáticas no se pueden aplicar a Dios, las fantasías religiosas no se pueden medir o pesar. Por eso mismo muchos teólogos y monjes han sido pioneros del conocimiento científico sin problema alguno. Pero esto, una vez más, no es una prueba de que una visión sea compatible con la otra y menos interdependientes. Todo lo contrario: prueban que simplemente no tienen relación alguna, pues una existe en la realidad y la otra en la imaginación. La ciencia se ocupa de la realidad, no de las creencias; mientras que las creencias son nociones que por mucho tiempo sirvieron para sustituir la falta de conocimientos y no se pueden emplear como explicaciones "científicas". Hay que tener esto muy claro para no caer víctima de la manipulación de la ciencia por parte de las sectas de la fe. 

El caldo de cultivo para el surgimiento de todas las creencias en un ente mágico y poderoso (divinizado o no) siempre fue el desconocimiento de las causas. Los hombres primitivos razonaban para explicarse los fenómenos. La estructura natural de su pensamiento fabricaba una explicación a la medida de su lógica humana. Y dado que los hechos humanos ocurren por acción de un autor, es perfectamente natural asumir que un autor causa los fenómenos naturales. La prueba de esto está en los numerosos entes mágicos y dioses responsables de un sinfín de fenómenos que van desde la fertilidad hasta la agricultura. Una creencia es una manera simple, fácil e inmediata de explicarse algo, sin preocuparse por su certeza. En la antigüedad bastaba que una idea fuera lógica para ser asumida, y siempre había una explicación ad hoc para las divergencias. Así sobrevivió la humanidad por milenios hasta el advenimiento del pensamiento científico hace solo un par de siglos. Pero la llegada de la ciencia no cambió las formas ancestrales del pensamiento humano ni erradicó sus creencias. Los seres humanos mantienen la mayoría de sus creencias y supersticiones; más aun: estas siguen en aumento. Las supersticiones son creencias simples y aisladas que gobiernan la conducta y suelen mezclarse con las creencias religiosas. Una típica superstición le atribuye algún poder a algo, por ejemplo, a una imagen u objeto, incluso a un ritual, como los que se realizan para recibir el año nuevo, una perfecta muestra de que esta clase de conducta sigue vigente. Hay muchos objetos y lugares a los que se les conceden atributos mágicos. Por ejemplo, para mucha gente el Cusco es un punto del planeta que "irradia energía" o algo por el estilo. Mucha gente mística va al Cusco solo para "sentir" esa energía. De hecho, energía es una de las palabras más manoseadas por los charlatanes y creyentes en este tipo de supersticiones. Los creyentes llegan a afirmar que sienten esta "energía cósmica". Es posible que efectivamente sientan algo, pero es porque están excitando su sistema límbico, tal como ocurre con los místicos fanáticos de la fe cuando rezan. Los creyentes sostienen que sus experiencias místicas internas son "pruebas" de la veracidad de sus creencias. Experimentar sensaciones como oír voces y otra clase de percepciones complejas no prueban la veracidad de ninguna creencia. A lo sumo solo son pruebas de psicosis o alguna otra enfermedad mental. De hecho, el santoral católico está repleto de psicóticos. 

Una superstición es una creencia muy simple y circunscrita, dirigida a algo en concreto: los gatos, el viento, la sal, etc. que producen efectos buenos o malos en la vida de las personas expuestas a su influencia directa. Existen creencias amplias, elaboradas, incluso totalizadoras, como las que configuran las religiones, algunas convertidas ya en obras de literatura universal. Las grandes religiones monoteistas que hoy dominan la mayor parte del planeta, son herencias de épocas muy antiguas, cuando la realidad no tenía otro tipo de explicaciones más que toda clase de creencias. Durante milenios las creencias iban y venían de pueblo en pueblo y se ensamblaron en cierta forma de ideología que generó la religión. Todas estas creencias formadoras de las religiones monoteistas predominantes, han requerido que alguien organice las ideas dispersas en un tratado ideológico coherente que pueda ser seguido por todos. Lo primero que necesitaron fue dominar la escritura, pues un pueblo sin textos es una cultura que desaparece en el olvido de los siglos. La gran ventaja de ciertos pueblos fue que pudieron plasmar sus creencias en textos. Solo por esta ventaja (y otras circunstancias ajenas), el pueblo judío, una nación sin ninguna relevancia particular, pudo difundir sus creencias a todo el mundo. La Biblia es un gran compendio de diversos mitos antiguos que han sido integrados y acondicionados a la visión de un pueblo, pero que se extendió hacia otros lugares mediante la dominación política y militar. Hoy resulta ridículo que pueblos indoamericanos estén leyendo la historia del pueblo judío como si fuera la suya, y abrazando sus creencias. Pero esto tiene, desde luego, explicaciones históricas. De otro lado, tener historias escritas no es suficiente. Muchos pueblos antiguos tenían textos escritos, incluso coincidentes pues provenían de las mismas fuentes orales, pero no generaron grandes religiones porque les faltaba el corpus ideológico organizado y la fuerza militar para imponerlas. Ni siquiera los cristianos lograron ser una religión organizada hasta que el Imperio Romano se hizo cargo del asunto. Fue Constantino quien inventó realmente el cristianismo. La religión católica es una creación del imperio romano, ellos eligieron los evangelios e idearon el credo básico, le dieron forma a los rituales, etc. Del mismo modo, el Islam apareció solo cuando Mahoma organizó las ideas en el Corán. La existencia de estos textos organizados con credos explícitos y coherentes facilita que los fieles puedan entenderlos, especialmente cuando se les dota de una burocracia encargada de sostener las prácticas rituales, lo que deviene en una Iglesia, que es una especie de empresa bien organizada a cargo de instituciones con cuerpos especializados y jerarquías. El surgimiento de la Iglesia fue clave para mantener cierta organización social en torno a unas creencias en particular. Así fue como se logró cierto grado de orden y organización social. Nadie niega el rol de las religiones en esto. 

Pero volvamos a las épocas primitivas. Antes de la imposición del cristianismo, los pueblos tuvieron múltiples dioses. La religión era un compendio de dioses y creencias variadas que no tenían mayor conexión entre ellas. Había total libertad para practicar las creencias que cada quién quisiera. Antes de la imposición del cristianismo (y aun después), en Roma cada casa tenía sus propios dioses. Hasta en el interior del hogar habían dioses para cada rincón, los llamados lares que protegían los espacios de la casa, empezando por la puerta principal. Todavía hoy se conservan algunas de esas costumbres convertidas en supersticiones. Pero cuando surge el cristianismo reduciendo el espectro de divinidades a un solo dios, llamado "el único y verdadero", lo que emerge al mismo tiempo es un fanatismo inédito. Los seguidores de este "dios único y verdadero" emprenden una guerra salvaje contra los politeistas, a quienes consideran paganos y pecadores, destruyen sus templos y los conminan a creer en su único dios verdadero. El poder militar y político que sustentó al cristianismo gracias al imperio romano hizo posible el triunfo de esta clase de fe monoteísta. Lo mismo ocurrió más tarde con el Islam. El fanatismo religioso emerge pues a la par que una doctrina de fe bien montada alrededor de un "único dios verdadero". Casi todas las empresas de movilización de masas exigen llevar a las personas al grado de fanatismo para mantener la cohesión y fortaleza del grupo. Para esto sirven los rituales de iniciación, juramentos, pruebas, signos, etc. Las religiones han sido muy cuidadosas para montar todos estos trucos de manipulación mental en su organización.

La historia de la Iglesia Católica es tan sórdida y brutal como la del Imperio Romano, incluso peor. La podredumbre del poder omnímodo de la Iglesia Católica llegó a tal punto que en el siglo XVI se dio inicio a un movimiento rerformista, dando paso a la aparición de las iglesias protestantes y, por otro lado, a la propia reforma de la Iglesia mediante la convocatoria al Concilio de Trento. Ya antes muchos librepensadores de la talla de Erasmo de Roterdam habían denunciado la atrocidades de la Iglesia y la falsedad de los credos. Este movimiento reformista permitió reorganizar el credo y la institución, dejándola lista para seguir rigiendo el mundo por varios siglos más. La Iglesia ha tenido que apelar, en distintos períodos de la historia, a esta clase de mecanismos para actualizarse y adecuarse a los tiempos. En buena cuenta, lo que han hecho es ir dándole espacios a la desaforada imaginación del pueblo creyente y a la expansión de sus costumbres. Con la fe ocurre lo mismo que con el idioma: la institución rectora debe acomodar sus preceptos a lo que los pueblos han creado y establecido mediante el uso.

La intención de hacer este rápido recorrido en la historia es dejar en claro que las creencias que hoy forman parte del credo cristiano, especialmente el católico, son el resultado de un largo proceso de transformaciones y acomodos a lo largo de al menos diez milenios. Esto quiere decir que la raíz de sus creencias están en el hombre primitivo, aquel que se vio precisado a entender un mundo extraño sin tener nada más que su imaginación como recurso. La secuencia natural de las creencias a partir de múltiples deidades hasta llegar a un solo ser divino, es perfectamente entendible, más aun si se concibe una jerarquía de dioses como la que había en el pensamiento griego, con Zeus dominando el Olimpo. Cada dios cumplía una función concreta en la vida humana. También es fácil entender por qué resultó viable imponer un solo dios "todopoderoso" en reemplazo de varios dioses menores especializados. Evidentemente aquí rige el principio de divide y vencerás. Las culturas que giraban en torno a una gran variedad de dioses no pudieron generar una religión organizada, y mucho menos, desarrollar el fanatismo religioso; más bien practicaban la libertad de credos y cultos con mucha tolerancia de creencias. Nadie se tomaba muy a pecho la religión porque esta no existía como institución organizada. En consecuencia, sucumbieron muy fácilmente ante aquella cultura de fanáticos amalgamados alrededor de "un solo dios único y verdadero" con una religión más simple pero eficiente. Es más fácil defender un solo dios "todopoderoso y omnipresente" que a muchos dioses menores "especializados" en diversos segmentos de la vida. Al final, la conducta humana acaba siempre por repartir estas especialidades en diferentes versiones de su dios único o divinidades cercanas, como vírgenes y santos, para todos los gustos y necesidades. 

Hemos tenido que dar un pequeño paseo histórico para dejar en claro qué son y cómo se formaron las creencias religiosas que hoy pretenden apelar a la ciencia para probar su veracidad. Una nueva etapa de todas esta larguísima historia. Empecemos reconociendo que las creencias nunca permanecen tal cuales sino que están en un proceso constante de actualización adaptativa, ajustándose a los tiempos y también a los entornos culturales, como hemos visto en América con la llegada del catolicismo y su mestizaje cultural. Las creencias han estado sufriendo un cambio evolutivo para responder mejor a las nuevas visiones del mundo y del poder sobre la sociedad. Parece obvio pues que en estos tiempos en que el pensamiento científico goza de prestigio, las creencias quieren entrar en una nueva etapa de adaptación para mostrarse como verdades de categoría científica. Lo más probable es que aparezca una nueva categoría de "ciencia religiosa", que se sumará a las muchas seudociencias que han aparecido en los últimos tiempos, ya que la religión no es la única que quiere disfrazarse de saber científico en estos días. De hecho ya se escucha hablar de "la ciencia de la Biblia" y de "Cristo científico" que incluso tiene ya su iglesia. Es la época. A nosotros solo nos queda evaluar la conducta humana y exponer los hechos con frialdad y objetividad. Hay que estar atentos ante la manipulación de la ciencia.


viernes, 31 de octubre de 2014

La ciencia del papa Francisco


El papa Francisco nos dice que el Big Bang no contradice al cristianismo. En buena cuenta lo que afirma es que el Big Bang fue una explosión de amor con la que Dios creó todo el universo. Siguiendo los pasos de Pio XII y Juan Pablo II, el papa Francisco también admite que la evolución es un hecho real,  pero aclara que tampoco se contradice con la fe cristiana. Advierte que uno no debe entender el Génesis de manera literal porque Dios no actuó de esa manera, pues no es un mago, sino que creó las reglas y dejó que ellas funcionaran por si solas. Es decir, lo que el papa trata de decirnos finalmente es que todo lo que la ciencia hace no es más que explicar la metodología elegida por Dios para crear el universo y la vida. ¿Es esto cierto? No. Realmente no lo es. Veamos por qué.

El Papa comete el error fundamental de mezclar dos perspectivas divergentes de la realidad: la científica y la religiosa. Estamos frente a dos cosmovisiones totalmente diferentes y opuestas, dos maneras de abordar la realidad pero con fines distintos, son dos epistemologías, si se quiere, una que corresponde a la física (y por extensión a las ciencias naturales) y la otra a la teología, por llamarla así a fin de otorgarle a la visión religiosa la apariencia de un corpus filosófico. Adicionalmente habría que mencionar que se trata de dos niveles de entendimiento que distan milenios entre si. Mientras que la visión religiosa del mundo se inicia prácticamente con la aparición de la cultura humana, en fecha que aun está en discusión pero que supera los diez mil años, la visión científica moderna no llega al siglo y medio, aunque formalmente se señale a Galileo como el padre de la física moderna. Por ahora digamos que la perspectiva religiosa del mundo obedeció a una necesidad humana urgente, y fue edificada a la carrera para llenar los vacíos del entendimiento cognitivo como paso indispensable para adoptar conciencia de la realidad. Se trataba de una imposición o requerimiento del pensamiento para poder operar, o sea, una exigencia cognitiva del nuevo ser pensante. No se podía esperar la llegada de la ciencia para entender la realidad. Había que entenderla de algún modo. El hombre primitivo se las tuvo que ver con sus limitaciones y resolverlas. En ese sentido la perspectiva mística, mágica y religiosa del mundo responde a una necesidad cognitiva fundamental para el funcionamiento de la mente y fue, sin duda, el primer producto social y cultural de la nueva especie, un aporte social, una elaboración cultural moldeada a lo largo de la historia y ajustada a cada época y grupo humano. En cambio la perspectiva científica es totalmente diferente. En principio no responde a ninguna necesidad humana, no es urgente ni necesaria, no está -por tanto- condicionada por las necesidades cognitivas, culturales ni sociales humanas. Al contrario, pretende superar las limitaciones de la cognición humana mediante instrumentos tecnológicos y metodologías que aseguren un conocimiento real y sin interferencia de la subjetividad humana. Su meta es lograr la objetividad, algo completamente opuesto a la naturaleza del entendimiento humano. ¿Vamos bien?

La visión del Papa obviamente acaba hermanando estas dos perspectivas opuestas, la científica y la religiosa, como si se tratara de dos hermanitos que pueden avanzar cogidos de las manos. Pero esto es imposible. El papa asume una noción que se tenía hasta finales del medioevo, cuando la ciencia empezaba a surgir como una forma especializada y diferente de conocimiento, circunscrita a grupos especializados y aislados pero inscrita aun en la visión única y predominante de la religión, pues era la que había. Evidentemente la ciencia no empezó a armarse desde cero, con una mente en blanco. Se edificó sobre los cimientos epistémicos que la religión había implantado en las mentes humanas desde los orígenes de la civilización, aunque hayan estado transformándose a lo largo del tiempo. A pesar de las fricciones iniciales entre la Iglesia y los científicos debido a que algunos conocimientos llegaban a confrontarse con las enseñanzas bíblicas, la ciencia mantuvo en sus inicios la cosmovisión religiosa establecida formalmente por San Agustín, basada en un orden implícito que provenía de la voluntad de Dios. En este entendido, las leyes que la ciencia descubría no podían ser más que las establecidas por Dios, tal como lo señaló Newton y acaba de acotarlo el Papa Francisco.

Esta era la situación a fines del siglo XIX.  Con excepción de la teoría de la evolución de las especies vivas que acababa de formular Darwin, la ciencia física aun compartía alegremente la cosmovisión religiosa. El universo explicado por la física, incluyendo a la física relativista que surgió con el nuevo siglo, cabía perfectamente en los moldes de la religión pues se basaba en un universo ordenado que obedecía leyes de causa-efecto. Es solo a partir de la aparición de la física cuántica cuando esta perspectiva empezó a tornarse insostenible. La ciencia descubrió que el azar jugaba un papel en la realidad y que el caos formaba parte del universo y la materia, que la complejidad no se abordaba con relaciones causales y que el conocimiento mismo tenía un límite material, por lo que la incertidumbre pasó a formar parte de la ciencia. Todo esto llevó a un cambio de paradigma definitivo que significó abandonar la perspectiva religiosa de un universo ordenado y de una realidad que reposaba en un orden implícito, reorganizándola hacía una concepción que se parecía más a la visión de Heráclito cuando expresó: "en el mejor de los casos, el universo es un montón de basura arrojado al azar".

De hecho, suponiendo que fuera posible, no se podría retroceder en el tiempo saltando de uno en uno los efectos y sus causas hasta llegar a la creación, aun respetando escrupulosamente las leyes físicas universalmente aceptadas. Nunca llegaríamos a ningún lado porque las cosas no ocurrieron así. Al imaginar el proceso generativo del universo pensamos humanamente en una secuencia ordenada de hechos pero las cosas no ocurrieron así. El universo surgió de un caldo explosivo donde todo era caos y donde antes que leyes lo que reinaba era el azar. Si por algún recurso mágico pudiéramos volver a repetir la historia de la humanidad en los últimos diez mil años, incluyendo la historia del cristianismo, no llegaríamos a la misma realidad de hoy. La nueva realidad sería totalmente diferente porque nada garantiza que los procesos azarosos vuelvan repetirse, ni que se repitan igual, ni que tengan el mismo efecto. Una sola alteración cambiaría todo. El orden con que nuestra mente nos ayuda a concebirlo todo no es más que una impresión cognitiva del cerebro. Una necesidad cognitiva del pensamiento, pero la realidad no tiene por qué tener un orden. Y de hecho no la tiene. Es una falsa impresión que tenemos por el hecho de observarla durante el brevísimo período de vida en que estamos acá.

Por todo lo dicho, la visión que el papa nos ofrece acerca del surgimiento del universo ya no tiene sustento hoy. Podríamos preguntarnos, con algo de ingenuidad, si es que la visión religiosa y la visión científica del mundo pudieran ser compatibles o llegar a coincidir por pura casualidad, como lo propone el papa. Definitivamente no porque, como se dijo al principio, corresponden a dos modos diferentes y divergentes de concebir la realidad. La religión adopta una perspectiva humana y la física una perspectiva natural. La religión surge y se edifica desde las leyes cognitivas humanas presentes en su cultura, mientras que la física construye su saber desde la realidad exterior al ser humano. Por eso mismo la visión religiosa es consustancial al hombre mientras que la de la física le resulta ajena, extraña. La ciencia física se inicia justamente descubriendo que la percepción humana es falsa: el sol no giraba alrededor de la Tierra como nos parecía tan evidente a todos. A partir de ese descubrimiento el saber científico tiende a ser contraintuitivo y a hasta difícil de entender desde la lógica común.

Pero si descubrir la realidad ajena al ser humano resulta difícil, entender la naturaleza subjetiva del mundo humano lo es aun más. ¿Cómo entender que el mundo de los humanos no es más que una mera construcción cognitiva sociocultural que solo reside en las mentes y se sostiene por diversos sistemas de comunicación? Gran parte del mundo humano solo son palabras. Por ejemplo, todo el mundo mitológico expresado por las diversas religiones no pasa de ser más que palabras. De hecho se enseña apenas mediante palabras. Y Dios no es más que eso: un concepto. Una idea que varía en las mentes y en las sociedades. Lo que llamamos "realidad humana" es el conjunto de ideas, conceptos, imágenes, estructuras conceptuales, códigos, creencias, valores y demás elementos constitutivos que nos sirven para vivir como humanos en un universo propio. Un mundo particular de nuestra especie que no existe más allá de nuestra cultura, es decir, de nuestras mentes. Tenemos la falsa impresión de que esos elementos existen en la realidad física porque son compartidas por todos los humanos, pero otra vez se trata de una falsa impresión. Por ejemplo ¿qué es la música? ¿Existe en el mundo real, es decir más allá de las mentes? No. Todo sonido no es más que vibración de partículas de aire en el mundo real, ajeno al hombre. Otro elemento al que se le atribuye realidad es al calendario que ordena nuestros días, semanas y años. No es más que una fantasía compartida por una gran cantidad de personas que hasta llegan a creer que ciertos días son especiales porque tienen fechas como 06/06/06. En la realidad eso no significa absolutamente nada. Sucede que las personas confunden su imagen mental de la realidad con la realidad misma. Pero son dos cosas distintas. 

La realidad exterior al hombre es estudiada por la física. Allí no interviene la subjetividad humana y por tanto puede resultarnos un mundo sumamente extraño, como el de las partículas subatómicas en el escenario cuántico. La realidad humana es estudiada por la psicología en tanto fenómeno cognitivo, pero cabe remarcar que los procesos mentales siguen siendo procesos naturales. El mundo humano, en tanto construcción cultural y actividad humana, es estudiado por las ciencias humanas. ¿Dónde se inscribe la perspectiva de la religión? No es nada aparte ni diferente de estas. En realidad la perspectiva religiosa de la realidad (expresada en el conjunto de creencias y narraciones míticas) forma parte del conjunto de construcciones culturales que la humanidad ha estado acumulando desde que se instaló como especie sobre este planeta, en consecuencia podría ser estudiada por cualquiera de las ciencias humanas tales como la historia, la antropología o la sociología. Dicho de otro modo, la religión no es un conocimiento en si mismo sino una expresión cultural humana que puede ser -y es- estudiada por alguna ciencia particular. La religión forma parte de ese mundo humano que existe solo en las mentes colectivas que conforman la cultura como fenómeno cognitivo. Mientras no seamos capaces de diferenciar la imagen virtual del mundo que los humanos manejamos en la mente y la realidad física exterior, no estaremos en condiciones de emprender un adecuado análisis de la realidad. Evidentemente todas las creencias religiosas forman parte del mundo virtual humano y allí deben quedar. 

Si todo ha estado claro, debemos concluir en que el Papa se ha excedido atribuyendo a las creencias religiosas el carácter de un saber equiparable a la física. No solo no es equiparable sino que ni siquiera pueden serlo. La física pretende estudiar el mundo que rodea al hombre sin las interferencias de la subjetividad humana, mientras que la religión es la misma subjetividad humana. El fundamento actual de la ciencia física no descansa en los supuestos que sustentan a la visión religiosa. Lo que el Papa debe conocer es que sus propias visiones son objeto de escrutinio científico desde la psicología, así como lo es su actividad como guía espiritual desde la antropología y la sociología, entre otras ciencias que se ocupan de las actividades humanas y los productos culturales. 

jueves, 10 de abril de 2014

¿Estamos forzados a creer?


La religión: ¿estamos forzados a creer?
Pascal Boyer

¿Es la religión un producto de nuestra evolución? La sola pregunta hace que muchas personas, religiosas o no, tiemblen, aunque por razones diferentes. Algunas personas de fe temen que la comprensión de los procesos subyacentes a las creencias puedan socavarlas. A otros les preocupa que lo que se muestra como parte de nuestra herencia evolutiva pueda ser interpretado como bueno, verdadero, necesario o inevitable. Y otros, entre ellos muchos científicos, sólo atinan a desdeñar todo este asunto al considerar la religión como algo infantil, absurdo y hasta peligroso.

Tales respuestas hacen que sea difícil establecer por qué y cómo el pensamiento religioso es tan penetrante en las sociedades humanas - una comprensión que es especialmente relevante en el actual clima de fundamentalismo religioso. Al preguntar si la religión es una de las muchas consecuencias del tipo de cerebro que tenemos, podemos arrojar luz sobre qué clases de religión devienen en "algo natural" para la mente humana. Podemos investigar las suposiciones comunes sobre las cuales se han construido las religiones, que sin embargo son diferentes, y examinar así la conexión entre religión y conflicto étnico. Por último, podemos aventurar una respuesta a favor de la perspectivas realista del ateísmo.

En los últimos diez años, el estudio evolutivo y cognitivo de la religión ha comenzado a madurar. No trata de identificar el gen o los genes del pensamiento religioso. Tampoco pretende soñar con escenarios evolutivos que hayan podido dar lugar a la religión tal como la conocemos. Es mucho mejor que eso. Se plantean nuevas hipótesis y predicciones comprobables. Se pregunta qué fue lo que durante el afinamiento evolutivo humano hizo que la religión sea posible y además tan exitosa. El pensamiento y comportamiento religiosos pueden ser considerados como parte de las capacidades humanas naturales, como la música, los sistemas políticos, las relaciones familiares o las coaliciones étnicas. Los hallazgos de la psicología cognitiva, la neurociencia, la antropología cultural y la arqueología prometen cambiar nuestra visión de la religión.

Con base en la suposición

Un hallazgo importante es que las personas sólo son conscientes de algunas de sus ideas religiosas. Es cierto que pueden describir sus creencias, como la que existe un dios omnipotente que creó el mundo, o que los espíritus se esconden en el bosque. Pero la psicología cognitiva muestra que este tipo de creencias explícitamente accesibles están siempre acompañados por una serie de supuestos tácitos que generalmente no están disponibles en una inspección consciente.

Por ejemplo, los experimentos revelan que la mayoría de la gente mantiene expectativas altamente antropomórficos sobre los dioses, cualesquiera que sean sus creencias explícitas. Cuando se les dice una historia en la que un dios se ocupa de varios problemas a la vez, encuentran la idea bastante plausible, ya que los dioses se describen generalmente con poderes cognitivos ilimitados. Recordando la historia un momento más tarde, la mayoría de la gente dice que dios atendió una situación antes de pasar su atención a la siguiente. La gente también implícitamente espera que la mente de sus dioses operen al igual que las mentes humanas, mostrando los mismos procesos de percepción, memoria, razonamiento y motivación. Tales expectativas no son conscientes y están a menudo en conflicto con sus creencias explícitas.

La investigación ha demostrado que, a diferencia de las creencias conscientes, que difieren ampliamente de una tradición a otra, los supuestos tácitos son extremadamente similares en las diferentes culturas y religiones. Estas similitudes pueden provenir de las peculiaridades de la memoria humana. Los experimentos sugieren que las personas recuerdan mejor las historias que incluyen una combinación de hazañas físicas contrarias a la intuición (en la que los personajes atraviesan las paredes o se trasladan instantáneamente) y aparentan características psicológicas humanas (percepciones, pensamientos, intenciones). Tal vez el éxito cultural de los dioses y los espíritus se deriva de este rasgo de la memoria.

Los seres humanos también tienden a mantener relaciones sociales con estos y otros agentes no físicos, incluso desde una edad muy temprana. A diferencia de otros animales sociales, los seres humanos son muy buenos para el establecimiento de y el mantenimiento de relaciones con agentes más allá de su presencia física; jerarquías sociales y coaliciones, por ejemplo, incluyen temporalmente miembros ausentes. Esto va aun más allá. Desde la infancia, los seres humanos mantienen relaciones sociales duraderas, estables e importantes con personajes de ficción, amigos imaginarios, parientes fallecidos, héroes invisibles y compañeros ficticios. De hecho, las extraordinarias habilidades sociales de los seres humanos, en comparación con otros primates, puede ser perfeccionado mediante la práctica constante con compañeros imaginados o ausentes.

Existe un pequeño paso desde tener esta capacidad de vínculo con agentes no físicos hasta la conceptualización de espíritus, antepasados muertos y dioses, que no son ni visibles ni tangibles, pero con los que sin embargo se hallan socialmente involucrados. Esto puede explicar por qué, en la mayoría de las culturas, por lo menos algunos de los agentes sobrehumanos en que las personas creen tienen preocupaciones morales. Esos agentes a menudo se describen teniendo acceso permanente sólo a las acciones moralmente relevantes. Los experimentos muestran que es mucho más natural pensar "los dioses saben que yo robé este dinero" que "los dioses saben que tengo avena para el desayuno".

Además, la neurofisiología de la conducta compulsiva en humanos y otros animales está empezando a arrojar luz sobre los rituales religiosos. Estos comportamientos incluyen acciones estereotipadas, altamente repetitivas que los participantes sienten que deben hacer, a pesar de que la mayoría no tiene resultados observables evidentes, tales como golpearse el pecho tres veces mientras se repiten una letanía. La conducta ritualista también se observa en pacientes con trastornos obsesivo-compulsivos y en la rutina de niños muy pequeños. En estos contextos, los rituales están generalmente asociados con pensamientos sobre la contaminación y la purificación, el peligro y la protección, el uso necesario de ciertos números o colores en particular o la necesidad de construir un ambiente ordenado y seguro.

Ahora sabemos que el cerebro humano tiene una serie de redes de seguridad y precaución dedicada a la prevención de potenciales riesgos tales como la depredación o contaminación. Estas redes activan comportamientos específicos tales como el lavado y la comprobación el propio entorno. Cuando los sistemas entran en sobrecarga producen patología obsesivo-compulsiva. Los enunciados religiosos sobre la pureza, la contaminación, el peligro oculto de los demonios al acecho, también pueden activar estas redes y hacer que los rituales de precaución resulten intuitivamente atractivos (limpieza o bautismo, confirmación, delimitación de espacios sagrados, etc).

Por último, los estudios de la psicología social y evolutiva demuestran una capacidad específicamente humana de coalición, lo que repercute en la religión. Los seres humanos son únicos entre los animales en el mantenimiento de grandes coaliciones estables de individuos no emparentados, fuertemente unidos por la confianza mutua. Para lograr esto en los seres humanos evolucionaron ciertas herramientas cognitivas. Ellos saben cómo medir la fiabilidad de los demás, pueden recordar episodios de interacción e inferir qué características de la gente son similares, pueden emitir y detectar señales forzadas de compromiso por difíciles de falsificar que sean.

Esta psicología de coalición está involucrada en la dinámica de compromiso religioso público. Cuando las personas proclaman su adhesión a una fe en particular, suscriben su adhesión a declaraciones para las cuales no hay pruebas, y que se tomarían como obviamente erróneas o ridículas en otros grupos religiosos. Esto indica la voluntad de aceptar la norma de un grupo en particular por la única razón de que que es, precisamente, la norma del grupo y nada más.

Caché cognitiva 

Entonces ¿es la religión una adaptación o un subproducto de nuestra evolución? Tal vez un día encontraremos pruebas convincentes de que una capacidad para pensamientos religiosos, en lugar de la "religión" en la moderna forma de instituciones socio-políticas, contribuyó a la adaptación en tiempos ancestrales. Por el momento, los datos apoyan una conclusión más modesta: los pensamientos religiosos parecen ser una propiedad emergente de nuestras capacidades cognitivas estándar.

Los conceptos y actividades religiosas secuestran nuestros recursos cognitivos, al igual que la música, las artes visuales, cocina, la política, las instituciones económicas y la moda. Este secuestro se produce simplemente porque la religión proporciona alguna forma de lo que los psicólogos llamarían súper estímulos. Así como el arte visual es más simétrico y sus colores más saturados de lo que usualmente se encuentra en la naturaleza, los agentes religiosos son versiones altamente simplificados de agentes humanos ausentes, y los rituales religiosos son versiones altamente estilizadas de los procedimientos preventivos. El secuestro también se produce porque las religiones facilitan la expresión de ciertos comportamientos. Este es el caso para el compromiso de grupo, que se hace más creíble aun cuando se formula como una aceptación de creencias extrañas y no evidentes.

No debemos tratar de localizar el origen único de la creencia religiosa porque no hay un dominio único de la religión en las mentes humanas. Diferente sistemas cognitivos manejan representaciones de agentes sobrenaturales, de conductas ritualistas, de compromisos de grupo y así sucesivamente, tanto como el color y la forma son manejados por diferentes partes del sistema visual. En otras palabras, lo que hace un dios-concepto convincente no es lo que hace un ritual intuitivamente convincente o lo que hace a una norma moral autoevidente. Las religiones más modernas y organizadas se presentan como un paquete que integra todos estos elementos dispares (rituales, moralidad, metafísica, identidad social de grupo) en una doctrina consistente y en una práctica constante. Pero esto es pura la publicidad. Estos dominios permanecen separados en la cognición humana. La evidencia muestra que la mente no tiene una red de creencias individuales, pero tiene una miríada de redes distintas que contribuyen a hacer que las creencias religiosas aparezcan como muy naturales para muchas personas.

Las hallazgos producidos por este enfoque evolucionista cognitivo desafía dos dogmas centrales de las religiones más establecidas. En primer lugar, la idea de que su credo en particular difiere de todas las demás religiones (supuestamente erróneas); en segundo lugar, que es sólo a causa de acontecimientos extraordinarios o por la presencia actual de agentes sobrenaturales que se originaron las ideas religiosas. Por el contrario, ahora sabemos que todas las versiones de la religión se basan en supuestos tácitos muy similares, y que todo lo que se necesita para imaginar agentes sobrenaturales son mentes humanas normales procesando información en la forma más natural.

Sabiendo, e incluso aceptando estas conclusiones no es factible cuestionar el compromiso religioso. Una cierta forma de pensamiento religioso parece ser el camino de menor resistencia para nuestros sistemas cognitivos. Por el contrario, la incredulidad es generalmente el resultado de un esfuerzo deliberado en contra de nuestra disposiciones cognitivas naturales - imposible que sea la ideología más fácil de propagar.

Pascal Boyer is at the Departments of Psychology
and Anthropology, Washington University in St
Louis, Missouri, USA, and the author of Religion
Explained.

e-mail: pboyer@wustl.edu.


La versión original de este artículo puede verse aquí.