lunes, 18 de octubre de 2010

La redacción científica y sus mitos



En principio debemos dejar en claro que no existe ninguna redacción científica, entendida literalmente. Lo que se llama con harta pompa "redacción científica" es un estilo de redacción que nos es impuesto por editores y entidades académicas, siempre muy dados a la estandarización y la normatividad en todos los campos de la vida humana. Hay que precisar que la gran mayoría de estas normas provienen de revistas orientadas a la publicación de trabajos empíricos, realizados siguiendo el clásico esquema metodológico, llamado también "método científico", que a su vez es otro tipo de norma estandarizada en este campo. Hecha esta necesaria aclaración, pasaremos a evaluar lo que pretende ser la redacción científica.

Debemos empezar por entender que la ciencia tiene sus propios problemas de lenguaje, referidos a las formas de representar el conocimiento de manera precisa, sin perder significado en su tarea de comunicación. Estos problemas, están muy alejados de los intereses de editoriales y estamentos académicos, los cuales son garantizar la calidad del texto científico en cuanto a su forma y, en lo posible, estandarizarlo. Este objetivo es fruto de la experiencia, pues cualquiera que haya pasado por una tarea de revisión de textos, puede dar fe de las terribles falencias que se dan en la redacción de las personas. Sin embargo, los esfuerzos por uniformizar los criterios de redacción tampoco han dado muchos resultados. Han servido apenas como un maquillaje obligatorio, con el que no se han podido ocultar los rostros feos, y además ha perjudicado terriblemente los rostros bellos.

Si bien el empleo de normas de redacción busca subsanar las falencias de redacción, la imposición fanática de tales normas allí donde no hacen falta, acaba entorpeciendo los propósitos de la creación de normas. La redacción es fundamentalmente una tarea creativa, producto directo del razonamiento libre. En tanto que el pensamiento originario sea claro y ordenado, tenga dominio del panorama temático, y el texto fluya con total naturalidad, siguiendo su propia lógica para llevarnos a la conclusión deseada, todo estará bien. No obstante, los textos tienen que someterse muchas veces a criterios muy pobres de análisis, donde los revisores pasan por alto la revisión del texto mismo, para irse directamente a la confrontación del texto con la norma. De este proceso, el texto de calidad acaba aplastado por la normatividad estandarizada. Esto significa que si bien tenemos un grave problema en la calidad de la redacción, también tenemos un grave problema en los criterios de revisión, por lo que parece necesario generar nuevas normas, esta vez llamadas: "normas de revisión de la redacción científica". Esto nos lleva a la conclusión de que la generación de normas, si bien puede ayudar, no es una garantía de solución del problema. A algunos les parece más saludable generar guías de redacción, aunque honestamente dudo mucho que esto ayude, porque nadie aprende a redactar siguiendo una guía. Las guías sirven apenas para mostrar el orden y organización del texto, pero si esto no está claro en la mente del redactor, ninguna guía sirve. En conclusión, hay que intentarlo todo pero no debemos creer que tenemos la solución del problema por tener una norma. El problema sigue siendo el ser humano, en ambos lados del texto.

El revisor debe tener presente que no se quiere un texto que sea fiel reflejo de la norma. Ese no es el propósito de la norma, sino un texto claro y de calidad. Hay textos de calidad, sumamente claros, que incluso superan cualquier expectativa, pero los revisores se empeñan en someterlos a la norma con observaciones insulsas, obligándoles a perder su originalidad y gracia, para llevarlo a un nivel de estandarización mediocre.  Por ejemplo, nunca he entendido la necesidad de exigir el uso de la tercera persona y del hablar neutro, impersonal, robotizado. Por otro lado, también hay autores obsesionados con la norma, que a la hora de redactar se preocupan más por la forma que por el fondo de su texto. Así vemos textos repletos de citas insulsas a diversos autores que no aportan absolutamente nada al texto, o referencias a autores para refrendar una frase completamente intrascendente y hasta trivial, que cualquier ser humano podría haber dicho. Muchos textos abusan de las definiciones, incluso de palabras que no requieren definición alguna, como "enfermedad", y cuyas definiciones finalmente resultan poco convincentes. Recuerdo un texto sobre "Educación a Distancia" que presentaba 25 definiciones de "educación a distancia", como si la propia frase no fuera suficientemente elocuente. Hoy tenemos muchos informes perfectos de investigaciones insulsas, que sólo se han preocupado por las formas y normas del procedimiento empírico y del informe, pero no por el sentido de lo que se investiga y se explica. El mundo está saturado de esta clase de textos "perfectos" pero inservibles.

Las normas de redacción actúan como una navaja con la que podemos dar forma apropiada a un texto, pero también podemos acabar rebanando toda su figura literaria, porque sí, definitivamente, un texto científico es también una figura literaria. Que esto no nos confunda. Una norma en manos poco sensatas hace más daño que la ausencia de normas. Nunca debemos perder de vista que el propósito es obtener un texto de calidad, y no uniformizar el pensamiento ni el lenguaje de las personas, y mucho menos el de los científicos. Muchos científicos suelen ser excéntricos y eso es parte de su maravillosa personalidad. No se les puede enajenar para encajarlos en un estilo despersonalizado. Debemos estar atentos a la brillantez y calidad de las ideas, aun cuando estén expresadas de una manera poco convencional. Lo que queremos es que sobreviva el saber y la ciencia, antes que la norma de redacción. Einstein comenta una anécdota de su vida que se parece a estos empeños por revisar escrupulosamente la calidad de los textos. En cierta ocasión, luego de ganar el Premio Nobel de Física, se le ofreció una cena de gala en la Sociedad Científica de Viena. Esa noche Einstein acudió con el suéter que tenía puesto en su oficina para no llegar tarde al compromiso; pero al llegar fue impedido de entrar por los cuidadores de la puerta debido a que Einstein no llevaba puesto un traje de gala. De hecho, tampoco sabían de quién se trataba. Era nada menos que el personaje homenajeado, pero había sido impedido de ingresar por una formalidad, y por gente que no supo reconocerlo. Esto mismo puede pasar durante la revisión de los textos cuando no se está capacitado para reconocer lo que es ciencia, ni aunque la tengamos en frente.

Leer un texto científico no es transportarse a una plataforma de códigos estandarizados y despersonalizados, como sugieren algunos, donde la comunicación se ha minimizado y reducido a expresiones puramente descriptivas y concretas. La redacción científica no se reduce a fórmulas, gráficos y cuadros estadísticos en una dimensión robotizada. Esto es lo que muchos plantean, pero no, definitivamente los libros de ciencia real no son así. Más aun, los científicos nunca han dejado de lado la ironía, la metáfora, la paradoja ni el sentido del humor a la hora de hacer y escribir ciencia. Para no referimos a las Ciencias Sociales, siempre menospreciadas o cuestionadas, enfoquémonos en la Física, la ciencia por excelencia. Por ejemplo, los físicos se han tomado la libertad de denominar a las partículas subatómicas conocidas como quarks, con nombres tan extravagantes y graciosos como "quark encantador" o "quark extraño", además de los quarks "bajo", "alto", "de arriba" y "de abajo". Del mismo modo, han denominado a las propiedades de estos quarks como "colores", asignándoles los nombres verde, rojo y azul, que nada tienen que ver, por supuesto, con los colores que vemos. Como consecuencia, la teoría que describe las propiedades de los quarks, se denomina "cromodinámica cuántica". Todos estos nombrecitos caprichosos podrían confundir fácilmente a cualquiera que no esté vinculado al conocimiento de las regiones más ínfimas de la estructura atómica. Sin embargo, ¿qué nos dicen los predicadores de la "redacción científica"? Dicen cosas como esta:

"Sencillamente, la ciencia es demasiado importante para ser comunicada de cualquier otra forma que no sea con palabras de significado indudable." (Manual de Redacción Científica; CONICYT; Chile).

La Física tiene el maravilloso encanto de ser, a la vez, la fuente del mejor saber y también de muchas creencias absurdas, pero además es la mejor herramienta para aplastarlas. Echemos una mirada a un párrafo sacado de un libro de ciencia pura.

"Pues bien, cuando la incertidumbre en la energía es más que el doble de la masa del electrón (tal como ocurre a una distancia de aproximadamente 10-11 cm) algo muy extraño puede ocurrir en el vacuo: la producción de un par de partículas con un electrón y un positrón. Si, de alguna forma, hay un suministro de energía de fuera del vacuo, ese par se transformará en un par de partículas reales, sin violar la conservación de la energía. Si eso no sucede, el par desaparecerá tan rápido como fue producido. O sea, el par electrón - positrón es virtual, pero eso significa entonces que el vacuo está lleno de un gran número (esencialmente infinito) de pares electrón-positrón virtuales" (Fritzsch, 1983, p. 146).

Este párrafo de física cuántica está fuera de toda duda respecto de su carácter científico. Se habla de "incertidumbre", el cual es un concepto científico, pero se dicen además cosas como "algo muy extraño puede ocurrir" y "de alguna forma", "es virtual", etc. Nos hablan de "pares virtuales", etc. ¿Poseen estas expresiones el nivel categórico de objetividad y precisión, tal como lo exigen las normas de la redacción científica? Aparentemente no. A pesar de su nivel científico profundo, el lenguaje no se ha tornado robotizado y frío. Hay un ser humano hablando y tratando de comunicar algo que de por sí resulta poco comprensible. De hecho hay aspectos del conocimiento científico moderno que resultan muy difíciles de comprender y más aún de transmitir. Frente a estas dificultades naturales del conocimiento y su redacción, la imposición de ciertas normas podría significar la pérdida de todo sentido final. Ahora veamos este otro ejemplo todavía más interesante:

La adquisición de masa por una partícula podría ser explicada de la siguiente manera: el campo de Higgs estaría en todo el espacio; la partícula mediadora de ese campo sería el bosón de Higgs. Una partícula real en ese espacio interactuaría con el campo y quedaría polarizada con bosones de Higgs que entonces le darían masa. Habría una nube de bosones de Higgs asociada a la partícula dándole masa. Metafóricamente sería análogo a lo que sucedería con una persona muy importante, o muy conocida, que llegase a una fiesta, o sea, a un “campo de personas”, e inmediatamente muchas otras personas viniesen a saludar y permaneciesen alrededor de ella, allá donde ella fuera. O lo que le pasaría a un vendedor de helados que pasase por un “campo de niños” (Kane, 2005).

Como se puede apreciar, la redacción científica no ha eliminado las necesarias herramientas que se precisan para lograr hacerse entender. El objetivo es que a uno le entiendan con claridad el punto que intenta explicar. Con este propósito es lícito apelar a metáforas. Entonces la redacción no es esa parodia de comunicación esterilizada y apática que pretenden algunos revisores de la "redacción científica", sino que está repleta de imaginación, de gracia y hasta de buen humor.

Ahora voy a citar literalmente algunos textos de ciencia experimental, es decir, un texto empírico, de esos que les encanta a las revistas, aunque no exactamente esa parodia experimental del método estadístico. Veamos si estos párrafos sobrevivirían a las exigencias actuales de nuestros revisores de texto.

"Las sustancias que se introducen en la boca actúan sobre la glándula salival, pero cuando el animal tan solo ve el alimento de lejos ¿se trata de una acción a distancia? Todos sabemos que cuando tenemos hambre y vemos comida se nos hace agua la boca. Convendría introducir este hecho en la investigación. ¿Qué quiere decir esto? No hay duda de que este fenómeno se produce sin ningún contacto. [...] Tenemos que estudiar la estimulación psíquica, ya que no la podemos ignorar, dado que interviene activamente. Nada en absoluto nos autoriza a dejarla de lado. Se ha comprobado que la estimulación psíquica, es decir, la acción que la sustancia ejerce a distancia,  se parece en todos los sentidos a la estimulación producida por la sustancia que se introduce en la boca. Para ser más exactos, es la misma. [...] ¿Cómo debemos estudiar este fenómeno? Cuando vemos que un perro come muy a prisa, que engulle con avidez y que mastica bien, pensamos que el animal desea comer, por eso tira de su correa, se lanza sobre el alimento, lo engulle, y cuando por el contrario, vemos que sus movimientos son más lentos, con falta de entusiasmo, pensamos que no tiene ganas de comer. [...] Durante más de quince años, cuando se trataba de problemas de otro orden, siempre estábamos de acuerdo y resolvíamos juntos muchas cuestiones; pero en esta ocasión el desacuerdo era total. [...] A pesar de las dificultades [...] llegamos a lo que pretendíamos: ser impecablemente objetivos. Las expresiones psicológicas "el perro ha adivinado, ha querido, ha deseado, etc., quedaron prohibidas. El que infringiera la regla en el laboratorio tenía que pagar una multa."

Como habrá adivinado el lector, se trata de Iván Pavlov, en su clásico texto sobre el condicionamiento. Sin duda alguna, todo este texto habría sido rechazado hoy en día, porque bajo los criterios actuales es muy impreciso, divaga, no va directamente al asunto, etc. Alguien diría incluso que a nadie le interesan todos esos detalles tontos, y le exigiría al examinado Pavlov que resumiera su texto para ir directamente a los resultados de su experimento. Pero resulta que toda esa información narrada acerca de los entretelones de su experimento, así como las lineas de su razonamiento, nos ayudan a comprender mejor de qué manera arriba a sus conclusiones finales. Ese pequeño párrafo en particular es de capital importancia porque en aras de la "objetividad" Pavlov rechaza las interpretaciones psicológicas con todo lo que traen como consecuencia, y con todas las implicancias epistémicas que tiene ese proceder. Pero de nada de esto nos habríamos enterado bajo los cánones de la redacción científica moderna.

Ahora bien, leamos lo que nos dice el “Manual de Redacción Científica” del Dr. José A. Marimutt (2003).

La redacción científica

Tiene como fin fundamental informar con claridad, cómo se llevó a cabo una investigación y cuales fueron sus resultados. No se trata de redacción literaria. La preparación del artículo científico requiere tres condiciones principales:

1. Saber utilizar el idioma.- Las oraciones deben ser claras y no muy largas, para que los párrafos muestren claridad y continuidad de un tema a otro. Emplear bien la puntuación permite redactar un texto sencillo y fácil de entender.

2. Organizarse para la redacción y preocuparse de la revisión del texto en preparación.- La redacción debe considerarse parte del trabajo y cumplir un cronograma para comenzar y terminar de escribir.

3. Compenetrarse con los tres principios fundamentales de la redacción científica:
  • Precisión: utilizar las palabras estrictamente necesarias para expresar, sin dejar dudas, en lo que queremos comunicar
  • Claridad: el texto se puede leer y entender sin dificultad. El lenguaje debe ser sencillo, con oraciones bien construidas y en cada párrafo mantener un orden lógico. 
  • Brevedad: (a) incluir solamente información pertinente al contenido del artículo; y (b) referir esa información en el menor número posible de palabras. 
Fin del texto citado.

Como se observa, hay una intención clara de ahorrar palabras y de ir directamente al asunto, sin distraerse con otros recursos o accesorios. Pero lo importante no es ahorrar palabras sino lograr la transmisión precisa de una idea o explicación. El objetivo es ser claro, en eso estamos de acuerdo, pero ser claro no significa ahorrar palabras. En toda comunicación, en donde se quiera tener la certeza de ser claros, debe haber cierto grado de redundancia que asegure dicha claridad. De manera que el mensaje que exige "el menor número posible de palabras" puede conducirnos a la falta de claridad.

Debemos recordar como una moraleja el muy conocido "affaire Sokal", el cual probó que las normas de redacción científica y los estándares cientificistas, pueden actuar como una venda para los ojos, pues cualquier texto bien configurado, respetuoso de la norma, puede pasar la revisión editorial aunque diga barbaridades. Alan Sokal se hizo famoso por esto y, aunque denunció que había una aparente predisposición para aceptar textos que repitan los conceptos de moda, demostró que las normas de redacción no tienen ninguna utilidad ni sentido para la ciencia.

Conclusiones

Debemos tener presente que el objetivo es tener textos claros y entendibles. El objetivo NO ES acomodar los textos al formato de una norma. Si tenemos al frente un texto claro, ya hemos alcanzado el objetivo sin tener que hacer nada. No tenemos que pasar a formatear el texto según la norma.

Quien revisa un texto científico, no tiene que demostrar que conoce las normas de redacción científica, sino que tiene que demostrar que es capaz de producir un texto científico. Debemos tener la seguridad de que el revisor sabe reconocer un texto científico cuando lo ve.

El problema que enfrentamos no es un problema de textos sino de personas. En consecuencia, no basta con tener una norma para solucionarlo, hace falta personas capaces de resolver los problemas de otras personas y no de textos.

El objetivo de todo esto es que podamos comunicarnos en un nivel de calidad y de eficiencia. Eso no significa que tenemos que comunicarnos con códigos estandarizados. Las personas no son robots, y  especialmente los científicos, son personas muy singulares. Debemos respetar la originalidad si la comunicación es clara.


Libros citados:

Fritzsch, H. (1983). Quarks: The stuff of matter. USA: Basic Books Inc. 295p.

Kane, G. (2003). The dawn of physics beyond the standard model. Scientific American, June: 56-63.