domingo, 11 de noviembre de 2012

El oficio del psicólogo

La imagen cultural de la psicología

El psicólogo suele ser alguien a quien se le vincula con una tarea curativa. La psicología como ciencia no tiene en realidad esta misión asistencial. No nació con ese fin. Esta imagen surgió por una distorsión cultural que empezó con la aparición del psicoanálisis en la medicina, la cual se centra en el tratamiento de enfermedades mentales y que derivó finalmente en la psiquiatría. Sin embargo el psicoanálisis propuso algunas teorías acerca de la personalidad, que afectaron las nociones de una psicología que aún carecía de teorías firmes al ser una ciencia reciente. Casi simultáneamente en Norteamérica emergió el conductismo por un afán de darle utilidad práctica y social a una ocupación experimental sobre animales surgida desde la biología. El conductismo pretendió ser un tratamiento a problemas muy específicos de conducta. Tanto el psicoanálisis como el conductismo son corrientes que surgen en el entorno cercano a la psicología y que, por defectos culturales que no viene al caso evaluar ahora, acaban confundidas con la psicología. Si bien el psicoanálisis se apartó rápidamente aislándose como una especialidad más cercana a la psiquiatría, aunque llena de conflictividades internas, el conductismo se alzó con pretensiones de ser la "nueva psicología", por lo que fue objeto de muy duras críticas. Así se inició el caos de la psicología durante el siglo XX.

El caso es que ambos (el psicoanálisis y el conductismo, además de sus críticos) reforzaron la imagen de la psicología como una ocupación interesada en el tratamiento de los problemas de la gente. Rápidamente la psicología incorporó en su vocabulario toda la psicopatología de la psiquiatría. Luego aparecerían enfoques curativos de todo tipo, ya no solo para enfermedades mentales sino incluso para el "hombre sano". Al final, una verdadera multitud de artes curativas pretenden hoy ocuparse de diversos aspectos de lo que llaman "la esfera psicológica humana", desatando el boom de las escuelas terapéuticas. Todo esto nos condujo al caos de la psicología en el presente, en la que muy pocos saben qué es y qué no es psicología.

La psicología se puso a "curar" mucho antes de pisar suelo firme en el territorio de la ciencia. El proyecto científico que la psicología había iniciado en Alemania a fines del siglo XIX y principios del XX, fue abandonado por los apuros de la guerra. Paralelamente en los EEUU aparecería el conductismo, que en buena cuenta era una disciplina distinta a la psicología y hasta completamente opuesta, incluso se expresaba como una "antipsicología", pero curiosamente se presentó como una "nueva psicología" y también como una "psicología científica". Luego de la Segunda Guerra Mundial arribaron a los EEUU como refugiados muchos científicos europeos que se sorprendieron del boom del conductismo y, especialmente, de su concepto de la psicología con su negación radical de la conciencia. Entonces se dio inicio al debate haciéndose visible la crisis abierta en la psicología. Al haberse quebrado en los EEUU la unidad, el criterio epistémico y el sentido científico original de la psicología para convertirla en una forma técnica de tratamiento, el resultado inmediato fue una verdadera explosión de ofertas curativas que se reclamaban a sí mismas "nuevas psicologías", "nuevas ciencias" y "nuevas filosofías". A continuación se fundaron escuelas, clubes, empresas, marcas comerciales y patentes de psicología, llevando a la fama a una gran variedad de personajes que cargaban con un discurso seudocientífico, seudofilosófico o incluso claramente místico. Lo que se entendía por "psicología" en los EEUU iba desde las artes de medición mediante unos instrumentos surgidos a partir de las estadísticas ante los apuros de selección de personal impuestos por la guerra, hasta una gran variedad de formas de tratar o ayudar a las personas aquejadas de una gran variedad de problemas, incluyendo malestares propios de la cultura, hasta los típicos conflictos de la vida cotidiana. En ese amplio espacio de mercado, saturado de propuestas curativas, la original psicología surgida en Alemania como una ciencia concreta con intereses muy definidos, casi había dejado de existir. El concepto de psicología se había transformado en los EEUU y se irradió rápidamente cuando asumieron el papel rector de este planeta luego de la guerra.

Al iniciar la segunda mitad del siglo XX la psicología era en los EEUU básicamente una disciplina popular sujeta a los intereses de la sociedad y convertida en negocio. Así se difundió a otros países cercanos a la influencia de los EEUU. Es decir, la psicología había perdido ya todo su sentido científico y epistémico para asumir el perfil de una práctica curativa asistencial, repleta de técnicas variadas pero sin el sustento real de una ciencia concreta. Aunque el conductismo se esforzaba por mostrarse como una disciplina científica debido a que se apoyaba en la metodología experimental de las ciencias naturales, subsistía el problema de que la naturaleza de su campo de interés no era el de la psicología. Afortunadamente la parte central de la psicología epistémica quedó intacta en otros escenarios. El trabajo científico primigenio de la psicología fue recuperado y rescatado gracias a los trabajos de personajes como Vygotski y Piaget, quienes nunca abandonaron las directrices originales de la psicología científica. Luego se reinició lentamente el estudio de los fenómenos cognitivos más importantes como la memoria, la atención, concentración, conocimiento, aprendizaje, etc. Este trabajo se facilitó por la aparición de la tecnología informática interesada en replicar artificialmente la inteligencia humana, lo cual puso en evidencia que la misión científica de la psicología era descubrir los fundamentos de la inteligencia humana o de sus mecanismos cognitivos de control sobre las decisiones, además de lograr explicar el funcionamiento inteligente en toda su amplitud.

Pero la imagen social y el concepto cultural de la psicología como arte curativo y asistencial había ganado ya mucho terreno en nuestras sociedades. Peor aun, la sociedad se había acostumbrado a contar con las técnicas de medición, pues el boom de los "test psicológicos" que medían cualquier aspecto de la condición humana se había desatado en la cultura y formaban parte de revistas emblemáticas como Cosmopolitan. La sociedad empezó a depender de ellas en campos como la orientación vocacional y la selección de personal. Hoy estos campos distan mucho de ser ocupaciones fundadas en un saber científico real, pero gozan de amplia aceptación social. En la psicología popular aun se sigue hablando de conceptos míticos como los de personalidad e inteligencia, de los cuales subsisten docenas de teorías, manteniendo además el psicoanálisis una fuerte presencia en la cultura y en el manejo de problemas vinculados a la vida cotidiana.

En conclusión, tanto la imagen social de la psicología como el de la función del psicólogo han sufrido una gran transformación cultural en el siglo XX. Podríamos decir que ambas son prácticamente productos culturales, definidos y creados por la cultura, antes que por el trabajo eminentemente científico. La psicología tiene hoy el reto de recuperar su sentido epistémico original, proseguir su labor científica en los campos que son de su interés y dominio, pero a la vez debe aprender a convivir con las versiones culturales orientadas a satisfacer necesidades sociales como las mediciones y las ayudas terapéuticas, las cuales se sustentan en un cúmulo de artes y técnicas no necesariamente científicas. En añadidura, también se debe convivir con todas las versiones culturales de ayuda social como las pseudopsicológicas, parapsicológicas y chamánicas. No es raro encontrar centros de ayuda psicológica que ofrecen servicios como nivelación de chakras y aura, aromaterapia, reiki, flores de Bach, hipnosis, regresión, cromoterapia, terapia transpersonal y muchas otras diversas formas supuestamente terapéuticas y psicológicas.

La ciencia del psicólogo

Pese al conflicto existente entre una disciplina eminentemente científica, centrada en el campo de los fenómenos cognitivos, y una práctica eminentemente aplicativa social como la psicotécnia, la psicoterapia o la asistencia social en forma de consejería, la psicología como disciplina o profesión ha mantenido ambos escenarios dentro de lo que se considera su campo. Incluso las universidades se encargaron de reforzar más la imagen de servicio social de la psicología, guiados por el interés de ofrecer una carrera de utilidad social que luzca como un oficio lucrativo. Hoy el psicólogo es un profesional obligado a prestar un servicio social en diversos escenarios, incluyendo el campo clínico, pese a no estar dotado de las herramientas científicas que sustenten firmemente su accionar y sus afirmaciones como profesional. Algunos campos muy concretos como el de los problemas de aprendizaje, parecen gozar de un buen sustento científico, pero no es el caso de la mayoría de áreas donde se desempeñan hoy los psicólogos. No solo porque no se trata de problemas concretos, como la distraibilidad de un niño, sino porque se pretende abordar amplios y muy diversos aspectos de la vida cotidiana de las personas o fenómenos netamente culturales como el acoso.

La cultura, y en particular la cultura norteamericana, le ha cargado al psicológo una función que la psicología como ciencia concreta nunca manejó. En muchos aspectos, la psicología es más una disciplina cultural antes que científica. Por ello debió internarse en la especulación filosófica y psicoanalítica generando diversos formatos asistenciales. El mismo conductismo que luego de su predominio casi total a mediados del siglo pasado terminó confrontado, conflictuado y subdividido, hoy presenta varias versiones que se suman a las amplias ofertas curativo-asistenciales de lo que se llama "psicología" en nuestra cultura. Parece claro que debemos referirnos a dos versiones de la psicología: por un lado la "psicología cultural" que es aquel cúmulo de ofertas curativas y modelos terapéuticos, y por otro, la psicología científica propiamente dicha que se concentra en la investigación de los fenómenos psíquicos y, en especial, de los procesos cognitivos, cuyos hallazgos han dado soporte firme al tratamiento de los problemas de aprendizaje, entre otros. A causa del encargo cultural y del reto social de su oficio, no es raro descubrir en los psicólogos un halo de confusión o desconfianza en sus capacidades profesionales, pues se sienten aquejados de una falta de soporte real por parte de su "ciencia". Los que emprenden su trabajo con confianza se debe a que no han adquirido conciencia plena de lo que se espera de su función, o andan con "muletas profesionales", es decir, confiando su eficacia al cúmulo de pruebas y técnicas diagnósticas que han aprendido y de las cuales no se desprenden. Algo que en algunos países han separado como un oficio técnico.

Esto no ocurre por ejemplo con los médicos, por novatos que sean. En el campo de la medicina es muy fácil preguntarle a un paciente dónde le duele para que, acto seguido, este nos señale con precisión el área afectada. Unos análisis de rutina, una ordinaria radiografía y quizá hasta una simple exploración clínica pueden bastar para descubrir, e incluso para observar claramente, la causa del malestar. A continuación, el médico puede proceder a recetar con total seguridad un compuesto químico que ya ha probado su eficacia miles de veces, aun antes de ponerse en el mercado. Como sabemos, los médicos cuentan con una gran variedad de herramientas tecnológicas muy precisas y avanzadas, tanto para el diagnóstico como para el tratamiento. Gozan, además, de la asistencia de otros profesionales que alivian o complementan su trabajo, tales como enfermeras, laboratoristas y otros especialistas. Detrás de cada receta médica existe una compleja industria química que invierte miles de millones de dólares anualmente en investigación y desarrollo, y que garantizan la eficacia del producto que el médico receta. Además de esto, el médico puede elegir una especialidad concreta y limitarse a tratar solo unos cuantos casos muy específicos, de la gran variedad de la patología humana, lo que incluso facilita aun más, si cabe, su trabajo. 

Toda esta increíble comodidad le es negada al psicólogo desde el principio de su ejercicio profesional. Ya no digamos que el paciente psicológico generalmente es incapaz de señalar con precisión –a veces ni siquiera vagamente- su problema; en ocasiones hasta resulta incapaz de reconocer que tiene un problema. Aun así, por increíble que parezca, el psicólogo tendrá que tratarlo. Pero más allá de las características del paciente, del cual nos ocuparemos más adelante, quizá la mayor diferencia que tiene el psicólogo clínico ante los demás miembros del staff de la salud, es su orfandad profesional. En efecto, mientras que los demás se sienten sólidamente respaldados por su ciencia y tecnología, más el personal asistencial que lo rodea, el psicólogo carece por completo de semejante respaldo científico y de toda la parafernalia tecnológica en su accionar profesional. Siguiendo con el ejemplo del médico, a este le basta con echar una mirada displicente a un hemograma, para determinar con seguridad científica lo que ocurre dentro del paciente. En respaldo de esta opinión concurren inmediatamente diversas disciplinas científicas que van desde la bioquímica y la citología, hasta la antropología y la estadística, las cuales se alinean en increíble armonía para sustentar unitariamente la opinión del médico.

El psicólogo, en cambio, tiene tras de sí una verdadera multitud de teorías de personalidad que se oponen y contraponen disputándose la verdad. Hoy incluso muchos llegamos a negar que exista algo real llamado "personalidad" y sobre lo cual sea posible un diagnóstico y un tratamiento como si se tratara de un órgano. Muchos conceptos surgidos desde la psicología popular de antaño, se mantuvieron vigentes a lo largo del siglo pasado debido más a su encanto como campo de teorización que como fenómeno real. A medida que la psicología iba adquiriendo un mayor perfil científico, estos conceptos se han estado dejando de lado, pero siguen vivos en el imaginario popular. Peor aún, la cultura ha integrado no solo los conceptos sino las viejas mediciones iniciadas con fines específicos de clasificación de personas, como parte de las tareas que se le exige hoy a un psicólogo. Lo que el psicólogo maneja finalmente es un variopinto cúmulo de técnicas y herramientas inventadas bajo circunstancias diversas -que por lo general no garantizan nada por sí solas-, y una ausencia total de metodologías y protocolos diseñados para el abordaje de casos concretos. No existe ningún profesional que lo ayude en su labor ni entidades que le den soporte clínico. En el ambiente hospitalario los informes psicológicos suelen no ser tomados muy en cuenta por el staf clínico. Cuando un psicólogo emite su opinión respecto de un paciente, se encuentra completamente solo. Y debe sustentar por sí mismo esa opinión, sin tener la confianza de poder contar con el apoyo de su ciencia. En el mejor de los casos, solo puede apoyarse en un autor, pero por lo general eso no es suficiente.

En el amplio escenario social, el papel del psicólogo ha pasado a convertirse en una especie de experto en los problemas de la vida cotidiana, lo cual lo enfrenta con una encarnizada competencia debido a que este es el campo de todo el mundo. No hace falta calificación académica alguna para ejercer como consultor de la vida cotidiana. Cualquier persona puede asumir la consejería libremente. Incluso la práctica de cualquier técnica psicoterapéutica no suele estar restringida a psicólogos; bastaría con haber estudiado la técnica, que es lo que ocurre con quienes ejercen como psicoanalistas, entre otros terapeutas. Las escuelas y talleres que enseñan técnicas psicoterapéuticas de cualquiera de las diversas escuelas, suelen estar abiertas a todo el que desee estudiar. Como consecuencia, la práctica de la psicoterapia y la consejería se han convertido ya en oficios puestos al alcance de cualquiera, y en una ocupación donde se ha desatado una competencia amplia y a veces encarnizada, donde prima la publicidad más que la seriedad.

Por último cabe añadir que no existe ciencia alguna en el campo de los problemas de la vida cotidiana. Nadie puede asumir un perfil científico para hablar acerca de, por ejemplo, la mejor manera de hablar de sexo con los hijos o si este tipo de comunicación es necesaria o qué tipo de información hay que ofrecerles. Los escenarios sociales son absolutamente aleatorios y multidiversos. No existe siquiera forma de realizar estudios con carácter científico, aun cuando se pretenda emplear la clásica metodología estadística inferencial. La estadística por sí sola no convierte en científica los estudios. La metodología de las ciencias naturales suele ser completamente estéril en el campo de lo sociocultural. De modo que estamos en un escenario imposible de ser manejado bajo criterios científicos tradicionales. Cualquiera que se arriesgue a ingresar a los dominios de la vida humana cotidiana, solo puede contar con el auxilio de un buen juicio.

Requisitos del psicóterapeuta

A diferencia de cualquier otra profesión que se precia de ser científica o técnica, donde el mayor soporte del accionar profesional se halla depositado en la técnica o la ciencia, en la psicología existe una conexión muy cercana entre las condiciones personales del profesional y su desempeño como tal. Se dirá que también al médico se le exigen ciertas características personales, pero ellas pasan a un segundo plano ante la certeza de su ciencia y el poder de su tecnología y sus productos. Los fármacos actúan en el organismo produciendo sus efectos al margen de las características individuales del médico, las cuales desaparecen incluso. Esto no ocurre con el psicólogo ni en lo más mínimo, pues ni siquiera sus instrumentos son enteramente confiables por sí solos, ya que siempre acaban en la buena interpretación del psicólogo. Además suele admitirse que la personalidad del psicólogo es una variable fundamental del poder curativo y de la eficacia de su proceder. A grandes rasgos, en la tarea de psicoterapia se reconocen tres aspectos fundamentales, todas vinculadas estrechamente a la persona del psicólogo:

a) Aptitudes y condiciones personales
b) Conocimientos específicos y amplios
c) Experiencia personal y laboral

Tan solo en el primer aspecto ya nos encontramos con un gran escollo para la gran mayoría de personas, pues las características exigidas por algunas escuelas y tratadistas es extremadamente especial. Casi todas las escuelas terapéuticas, entre las más conocidas, inciden en exigir ciertas cualidades a la persona del terapeuta. De hecho, estas características se parecen mucho a las de sus fundadores, como por ejemplo la empatía de Carl Rogers, el magnetismo de Fritz Perls o la frondosa imaginación de Freud, entre otros. Adicionalmente hay escuelas que tienen por norma exigir que el terapeuta pase por su propia terapia. Tal parece que al final cada quien elige la escuela terapéutica que se le ajusta mejor a su forma de ser y de percibir la vida. Lo cual decididamente afectará su forma de entender los problemas y actuará como una influencia directa para conducir a sus pacientes por los formatos de su escuela o técnica. Es decir, a diferencia del médico, el psicólogo ajusta al paciente a su técnica en lugar de ajustar la terapéutica al paciente.

El famoso tratado de "Psicología Clínica" de Sol Garfield le dedica un capítulo entero a las condiciones que el psicoterapeuta debe tener. En una revisión somera de estas condiciones podemos encontrar que "además de los conocimientos específicos de psicopatología y psicoterapia, es necesario que el terapeuta sea un individuo culto y bien educado en el sentido amplio de la palabra". También afirma que "la personalidad del terapeuta es una de las variables más importantes en la terapia". Esto quiere decir que no cualquiera podría ejercer el oficio terapéutico en la psicología, pues en última instancia la cura no dependerá de la técnica sino de la personalidad del terapeuta. Asegura Garfield que en tanto la psicoterapia es un proceso interpersonal, la personalidad del terapeuta es parte integral de este proceso, por lo que cierto tipo de personalidad es requerido para este oficio. Esto debería dejar fuera del negocio a una gran mayoría de personas; pero lo curioso es que en los hechos no es así.

Mención especial en el aspecto de la personalidad del terapeuta es el de la ética y la moral. Un terapeuta debe ser alguien con valores éticos muy elevados y bien definidos, que ponga por delante el respeto de la persona. A menudo el terapeuta está frente a personas débiles o que se hallan disminuidas en su integridad psicológica y necesitadas de ayuda. Esta condición no debe ser aprovechada en ningún sentido, ni siquiera crematísticamente. Por desgracia no es poco frecuente descubrir casos de abusos diversos, especialmente el enganche intencional para mantenerlo bajo terapia. La ética, la moral y la honestidad profesional son componentes fundamentales del ejercicio del psicólogo como terapeuta. Pero la ética debería empezar por el reconocimiento cabal de los reales poderes terapéuticos de su ejercicio, técnica o ciencia, más allá de un mero enganche emocional o místico con ciertas escuelas.

En cuanto a conocimientos específicos se menciona que el psicoterapeuta debe poseer un amplio conocimiento acerca de las teorías de la personalidad y de la psicopatologia, así como sobre el campo que algunos autores llaman "psicología anormal" (Irwing Sarason). También es deseable que el terapeuta amplíe sus horizontes hacia la filosofía. Existen algunas escuelas terapéuticas que se apoyan firmemente en la filosofía, como la psicoterapia existencial, pero es muy deseable que un terapeuta cuente con formación filosófica ya que a fin de cuentas muchos problemas humanos derivan de la forma de entender la vida y de afrontar la existencia. En los hechos encontramos psicoterapeutas que se han limitado a aprender el credo de una escuela específica y orientan a sus pacientes a esa doctrina, como por ejemplo los de formación psicoanalítica, que siempre están en la búsqueda de los orígenes de todos los males en las experiencias tempranas de la vida, o quienes culpan de todos los síntomas a las emociones reprimidas y ofrecen ese tipo de explicaciones a sus pacientes, para luego someterlos a prácticas que pueden llegar a la extravagancia. Un conocimiento indispensable que se señala debe tener el terapeuta es el de sí mismo. Debe ser consciente de sus propias trabas y limitaciones, sus prejuicios o moral, sus creencias y valores. Esto es algo difícil de lograr porque nadie puede ser consciente de lo que ignora. Las personas usualmente acogen las primeras ideas que hallan y que les resultan gratificantes. Estamos en sociedades donde predominan una gran variedad de creencias, especialmente de tipo religioso y místico que pueden afectar el proceso de una psicoterapia frente a casos específicos, si el psicoterapeuta no se ha desligado de ellas. Peor aun, existen los que aprovechan el proceso terapéutico para orientar a los pacientes hacia sus creencias. Lo más adecuado sería que el terapeuta sea alguien aséptico en cuanto a creencias.

Un conocimiento fundamental en el abordaje psicoterapéutico es el del entorno sociocultural del paciente. Las personas son lo que son en función a la cultura y sociedad en la que viven insertadas. Por tanto resulta materialmente imposible comprender a una persona sin abarcar ese entorno sociocultural. Esto obliga a que el psicoterapeuta tenga un conocimiento muy amplio y profundo de los núcleos culturales o subculturas en donde ejerce o desde donde provienen sus pacientes. El sentido de la vida y su función como sujetos viene determinado por la cultura del paciente y resultaría muy contraproducente si el psicoterapeuta desconoce tales aspectos intrínsecos de todo ser humano.

Por último se exige que el terapeuta posea una razonable experiencia de vida, tal que le permita un bagaje de conocimientos reales y directos acerca de las vicisitudes que enfrenta una persona. Una vida rica en experiencias de todo tipo, dejan mejores lecciones que varios tratados teóricos para entender la experiencia del otro. Así por ejemplo es imposible llegar a comprender cabalmente los sentimientos y razonamientos encontrados que suelen experimentar quienes atraviesan conflictos de pareja, si es que uno mismo no ha sido parte de ellos alguna vez. Muchas personas resultan ser en los hechos excelentes consejeras y terapeutas con solo una rica experiencia de vida marcada de conflictos y soluciones exitosas. Sin duda, una persona de mayor edad suele ser mejor terapeuta que un joven que inicia su carrera, solo por la experiencia vital.

En suma, la práctica de la terapia exige de personas muy especiales tanto como individuos con cualidades innatas, como sujetos de conocimientos muy amplios con relación a las técnicas que empleará, así como una formación profunda en campos diversos que van desde la antropología cultural hasta la filosofía. En los hechos nos encontramos con que la realidad dista mucho de la teoría.

El paciente psicológico

En el extremo opuesto del hilo se ubica el paciente psicológico, el cual, a diferencia de otros, se encuentra generalmente desinformado de lo que significa un tratamiento psicológico. Tiene una vaga idea –si la tiene- de lo que es un psicólogo, al que -por lo general- vincula con artes esotéricas más que con aspectos clínicos científicos. Las cosas no han cambiado mucho en los últimos tiempos. Sea como fuere, la idea principal del paciente, a fin de cuentas, es que va a recibir una ayuda efectiva a su problema, como suele ocurrir ante otras instancias, y quiere que esto ocurra pronto. La mayoría, obviamente, sufre una gran desilusión cuando se le plantea no solo un tratamiento prolongado, sino uno en el que el mismo paciente tendrá la mayor parte de la responsabilidad para curarse. Esto –y muchas otras cosas más- conducen a menudo a la deserción del paciente, lo que, a la larga, es tremendamente frustrante para el profesional a cargo. 

Las características de la psicoterapia son muy poco comprendidas y, menos aun, toleradas por la mayoría de pacientes. Ellos están acostumbrados a solucionar sus males con unas simples pastillas, las cuales surten efecto independientemente de la voluntad del paciente. En cambio, el panorama complejo y oscuro que le plantea el psicólogo para su tratamiento le resulta aterrador y agobiante aun antes de empezar. No es raro encontrar pacientes que exigen una receta de fármacos a cambio del programa terapéutico. En el caso de aquellos que se someten a la terapia, muchas veces el entusiasmo inicial se convierte en incomodidad profunda cuando tienen que sumergirse en sus interiores y reconocer aspectos dolorosos y a menudo negados de su personalidad o de su existencia. Si sobrepasan los primeros embates emocionales de la terapia, alcanzando un grado más amplio de aceptación de sí mismos y algún dominio de sus flaquezas, es muy probable que suspendan el resto del programa. Tomemos en cuenta que muchas personas con dolencias físicas olvidan el cronograma de su medicación y/o desechan el tratamiento a la más leve mejoría. Con cuánta mayor razón el paciente psicológico puede olvidar o desechar la psicoterapia, cuando su problema no se asemeja a un dolor físico, no compromete su aspecto estético ni implica un riesgo mortal y, en cambio, le resulta una carga importante para su presupuesto, una tarea molesta a la que a veces no le encuentra mucho sentido, una distracción de su tiempo libre. 

Otro tema de importancia que conspira contra el éxito del tratamiento psicológico es su costo. Debido a que se requieren varias sesiones, a veces varios meses (incluso años para algunos terapeutas), resulta oneroso para la mayoría de las personas, y principalmente, desde luego, para aquellos sectores menos favorecidos de nuestra sociedad. Aun en los casos en que el tratamiento se brinda bajo el subsidio de un seguro de salud pública, hay sectores que no pueden cubrir ni los costos del pasaje para acudir a todas las citas necesarias, sumado a la dificultad que significa el hecho de que ambos, psicólogo y paciente, están sujetos al mismo horario laboral. Los centros de trabajo no suelen otorgar permisos para cumplir con un tratamiento psicológico y, peor aun, por lo general el paciente psicológico es visto con prejuicios que pueden llegar a perjudicar su estabilidad laboral. 

La atención psicológica efectiva que se puede brindar en los centros de salud pública, administrados por el Estado, resulta muy limitada. Las condiciones en que el psicólogo debe administrar la terapia son tan precarias y contraproducentes que en los hechos es prácticamente imposible realizar ningún tipo de psicoterapia. En la mayoría de los casos los consultorios deben ser compartidos entre dos o incluso más profesionales de salud, ocasionando que las conversaciones se crucen y que la entrevista deba desarrollarse mientras otras personas transitan al lado del paciente. Mencionado esto, es mejor pasar por alto los comentarios sobre la iluminación, ventilación, nivel de ruido, temperatura y otras condiciones generales del consultorio y su mobiliario que son exigidos como cuestiones indispensables en la mayoría de manuales de la clínica. Bastará con decir que son precarias y contraproducentes en la mayoría de los casos. 

Todavía existen otras dificultades que debe enfrentar el psicoterapeuta y que merecen ser mencionadas aquí, pues aunque algunas parezcan curiosas, excéntricas y hasta pintorescas, son parte de una realidad cotidiana. Por ejemplo el hecho de que muchas mujeres deben abandonar la terapia -o ser derivadas a otros especialistas- porque su pareja sentimental no aprueba las sesiones con un psicoterapeuta varón. También hay prejuicios muy marcados en contra de un tratamiento psicológico, particularmente en los hombres. Otro aspecto con el que hay que lidiar a menudo es la opinión general del público respecto de la psicoterapia, pues aunque esta no es uniforme, las más de las veces suele ser errónea. Algunos piensan que el tratamiento psicológico es sólo para “locos”, otros consideran que es para niños, y unos más, que es una estafa al igual que las sesiones de los chamanes, curanderos y demás personajes esotéricos. Aunque, a decir verdad, muchos de estos personajes folclóricos cuentan con mayor clientela e incluso con mayor credibilidad. 

Algunos hechos desafortunados han contribuido a crear esta imagen negativa del tratamiento psicológico, entre ellos la proliferación de “grupos terapéuticos” que se dedican a realizar determinadas técnicas efectistas orientadas a lograr un estallido emocional en las personas, de modo que estas acaban llorando y abrazándose unas a otras luego de una rutina de bailes y juegos más o menos entretenidos, y tendientes a crear un ambiente de distensión y confianza. Lo cierto es que dichas técnicas no conducen a nada, pues valen tanto como una buena comedia en donde el estallido emocional es de risa. Pasado el efecto, todo vuelve a la normalidad. Aun hay cosas más sorprendentes, como el encontrar payasos dedicados a animar fiestas infantiles que remarcan el hecho de ser psicólogos, como si ello garantizara un buen espectáculo. Pero sin duda el problema más serio lo plantean los mismos psicólogos que se aventuran a realizar una psicoterapia sin contar con la adecuada preparación en el terreno psicoterapéutico o sin tener las condiciones para ser un psicoterapeuta. 

Tendríamos que mencionar también la falta de una entidad profesional que se preocupe por unificar criterios de psicoterapia y promueva la verdadera psicoterapia entre el público, distinguiéndola de aquellas otras actividades folclóricas, místicas y pseudo psicológicas. A falta de esto, no queda más que ejercer la crítica profesional y la denuncia, si cabe, de estas actividades. Esto es sumamente importante para la psicología porque su prestigio como profesión está en juego en todas partes. Recordemos al astro del fútbol, Diego Armando Maradona declarando ante la televisión mundial que “los psicólogos son unos mecedores”, decepcionado por los resultados de su tratamiento para vencer su adicción a las drogas. 

Más allá de todos los problemas mencionados en relación al ejercicio de la psicoterapia, está la psicoterapia misma. En verdad es muy difícil transitar en el terreno psicológico de las personas, más aun cuando el cuadro reviste cierta patología. Las discusiones en torno de un paciente psicológico son muy comunes, aun entre psiquiatras que cuentan con cierto número de categorías patológicas en las que encasillan a los pacientes siguiendo el modelo médico. Aun así, no es nada raro encontrar diagnósticos diferentes entre los psiquiatras respecto de un mismo caso. Claro que al final ellos tienen el último recurso de centrarse en el aspecto somático, en donde obviamente se sienten mucho más seguros y cómodos, y proceden al tratamiento farmacológico ordinario, esperando que el psicólogo haga la parte difícil. 

La gran variedad de corrientes psicológicas que en vez de concurrir a una sola y completa explicación del fenómeno humano, más bien resultan divergentes o aisladas, generalmente provoca que el psicólogo se adhiera a una de ellas y, en el peor de los casos, excluya a las demás. Esto es particularmente cierto en el caso de los psicoanalistas, y aun en este segmento existe toda una subdivisión conceptual diversa y a menudo contraria. Aunque hay otros grupos típicamente excluyentes que incluso llegan a comportarse como una secta religiosa. En un sentido práctico, este tipo de psicoterapeutas exigen que el paciente se acomode a su técnica en vez de adecuar una técnica específica al problema de cada paciente. 

Roberto Chevalier anota que “la crisis actual de la psicología –y especialmente de la psicología clínica- tiene como consecuencia más grave la falta de autoridad real en la materia. Esto se manifiesta en cada psicoterapeuta como una limitación de su poder curativo”. Y agrega que la prueba de esa crisis es que existe toda una multitud de disciplinas concurriendo al debate psicológico, desde los teólogos y filósofos hasta los médicos y sociólogos, pasando por periodistas, ingenieros y prácticamente todo el que cree tener una opinión en el tema humano. Incluso muchos de ellos han resultado siendo autores exitosos de best sellers que inundan los estantes de los supermercados, con títulos sugestivos como “El camino del éxito”, “Cómo guiar a los hijos adolescentes”, “Hijos triunfadores”, etc. Hoy los manuales de la felicidad están al alcance de todos. Si uno busca en la sección de libros de un supermercado cualquiera, comprobará que existe un manual hasta para hacer el amor. Como se sabe, la mayoría de estos autores no son –ni tienen que serlo- psicólogos, pero lo que escriben invade el campo de la psicología, ya que sus fronteras son imposibles de determinar. Y por si esto no fuera suficiente, algunos de estos autores han sido elevados al altar de la psicología por un público que prefiere el lenguaje sencillo y las ideas simples, son llamados a los programas de radio y televisión, consultados por teléfono, realizan talleres y conferencias de “superación personal”.

En suma, existe una intensa labor por parte de una variopinta gama de personajes, que actúa en terrenos muy cercanos a la psicología creando en la población, un clima confuso para el desarrollo de la labor profesional del psicólogo. Obviamente la ley no puede prohibir a nadie ofrecer ayuda a quien desee recibirla. Lo malo es que la gran mayoría llama a esto "psicología". Estamos invadidos de personajes famosos que actúan en programas de radio y escriben en columnas en los diarios que no son psicólogos pero cargan con esa imagen popular. Una de las más conocidas de la radio en estos tiempos es una "doctora" que estudió abogacía y que a raíz de una crisis conyugal acabó en terapia psicoanalítica; y luego de recibir un curso se dedicó a ser consejera matrimonial con mucho éxito. El espectro de la ayuda "psicológica" y la consejería esta pues saturado de toda clase de personajes a quienes el público suele identificar con la psicología. Esto actúa de dos maneras: predispone al público a recibir cierta clase de ayuda de los psicólogos y presiona a los psicólogos a desarrollar ese tipo de tareas. Al final, como ya hemos mencionado, tenemos consultorios psicológicos ofreciendo una gran variedad de formas curativas esotéricas.

Por último debemos mencionar el esquema legal en el que actúa el psicólogo clínico. La psicología no ha alcanzado aún el nivel de importancia que requiere para acudir al auxilio de las personas en todo el ámbito nacional. Si bien el sistema de salud pública incorpora a la psicología, este aun se mantiene en un segundo orden con respecto a otras disciplinas de la salud. En ocasiones la psicología no es más que una dependencia de la psiquiatría, encargada de proveerla de informes basados en los resultados de unas cuantas pruebas psicológicas, es decir, al nivel del laboratorio clínico o la oficina de rayos X. En general, podemos advertir que a los psicólogos se les considera más para efectos de apoyo diagnóstico que como elementos de tratamiento y curación de pacientes. 

Paralelamente, en nuestro medio, los seguros de salud privados no consideran al tratamiento psicológico dentro de su cobertura, lo cual imposibilita que muchas personas puedan recibir los beneficios de una psicoterapia. Esto parece estar cerca de cambiar, pero por hoy es tan solo una posibilidad.

Como podemos apreciar, el panorama general de la psicología clínica y de la psicoterapia en particular, no es muy alentador, pues resulta un terreno lleno de dificultades y un campo muy difícil de arar.