viernes, 3 de septiembre de 2010

Ciencia, conocimiento y objetividad




Introducción

La ciencia es una forma de conocer y una forma de conocimiento. Estamos refiriéndonos a un proceso y a un contenido. Además esto quiere decir que hay otras formas de conocimiento que no son científicas, pero que pueden ser muy útiles y, por tanto, muy bien valorados por la sociedad, como por ejemplo, la mayor parte de nuestros conocimientos cotidianos. La ciencia empezó a surgir por un interés del hombre en el mundo real más que en el "otro mundo", que era casi todo el interés de la Iglesia y de los hombres desde la aparición del cristianismo. En este nuevo interés por la naturaleza y el cosmos, la humanidad volvió a encontrarse con los conocimientos de los clásicos griegos, dando así inicio al Renacimiento. Los hombres tuvieron que aprender a pensar de otra manera y a enfocarse en su mundo. Así se dio inicio a la generación de la ciencia y del conocimiento científico, el cual empezó a distinguirse y alejarse del conocimiento cotidiano por su mayor profundidad y consistencia, y también del conocimiento místico porque no asumía nada como verdad a menos que pudiera constatarse en los hechos.

La cuestión de qué hace que un conocimiento alcance el estatus de "científico", mantuvo ocupados a los filósofos durante los últimos dos o tres siglos. La discusión llegó a enfrentar a la religión y sus conocimientos supuestamente logrados por "revelación", y referidos a aspectos no visibles ni comprobables, como el alma, el infierno, Dios, etc.; aspectos sobre los que la comunidad religiosa establecía un cerco en el que ejercía su propio dominio, y desde el cual enunciaban el saber a la sociedad para su aplicación. La mayor parte de estas discusiones filosóficas en torno al conocimiento científico se dieron al margen del conocimiento científico del proceso de conocimiento, y se centraron más en un empeño por diferenciarse del conocimiento ordinario y religioso, y en otras cuestiones ajenas al conocimiento en sí mismo. Al cabo, han quedado muchas nociones equivocadas y mitos ampliamente establecidos sobre el conocimiento, tanto que este ha sido casi reducido al conocimiento científico, y, peor aun, hoy la ciencia es prácticamente un sinónimo de conocimiento. Tenemos además diversas ideas que mezclan el conocimiento con la objetividad, y han surgido corrientes ideológicas cientificistas que pregonan la objetividad del conocimiento como una necesidad científica. La sociedad ha llegado a despreciar la subjetividad y todos pontifican a favor de la objetividad, incluso los periodistas y los jueces. A continuación intentaré analizar estos aspectos a partir de las visiones que hoy se tienen acerca de lo que es el conocimiento como fenómeno cognitivo humano, y de la desmitificación de los fetiches cientificistas.

Definiciones

A fin de poder establecer alguna claridad acerca de estos aspectos, debemos empezar por definir los elementos del problema. En todo proceso de conocimiento existen tres aspectos básicos: a) el objeto del conocimiento; b) el proceso de conocimiento, y c) el conocimiento en sí. Podríamos añadir además un cuarto elemento que es: d) el proceso de validación y valoración del conocimiento. El estudio del conocimiento debe detenerse en la evaluación de cada uno de estos aspectos por separado, ya que cada uno de ellos juega un papel determinante en el fenómeno conjunto. Diremos algo de cada uno de ellos, aunque muy brevemente.

a) Los objetos del conocimiento son diversos, pero básicamente pueden ser divididos en entidades y procesos. Es decir, cosas y sucesos. A su vez, ambos pueden ser reales o abstractos, y también pueden ser naturales o culturales. Además, cada uno de ellos pueden referirse a elementos inertes, seres vivos o sucesos históricos, cíclicos y no cíclicos. Según de qué se trate, estos objetos del conocimiento juegan un rol muy diferente en el proceso general del conocimiento. Todos ellos determinan un tipo de procesamiento de la información muy diferente y arriban a una forma de conocimiento distinto, por lo que no se les puede evaluar de la misma forma. Es insulso hablar del conocimiento en general, sin especificar el conocimiento de qué. Algunos de estos objetos del conocimiento son, por sí mismos, subjetividades o abstracciones, o cargan con una buena dosis de simbolismo, lo que ya desde el inicio del proceso, ponen en entredicho la cuestión de la objetividad, que inicialmente se asoció con elementos reales, ajenos y exteriores al ser humano. Tanto así que una corriente cientificista que dio inicio a la naciente psicología norteamericana a principios del siglo XX, se negó al estudio de los procesos mentales y de la conciencia, solo porque no eran cosas "objetivas" y porque no podían estudiarlas con su método naturalista. Sin embargo, la ciencia nunca se ha detenido frente a ningún escenario. El conocimiento es un fenómeno real, una propiedad de un ser vivo real, y el hecho de que sea un fenómeno interno como lo es la visión, no impide su estudio científico. De modo que la naturaleza intrínseca del objeto del conocimiento nada tiene que ver con el nivel de exactitud o de verdad al que se pueda arribar en su conocimiento. Estas son cualidades que dependen de otros factores, como por ejemplo, el proceso de obtención del conocimiento, el cual tiene que estar ajustado a las posibilidades y características del objeto del conocimiento y no a mitos culturales.

b) En cuanto al proceso del conocimiento, podemos distinguir el proceso exterior-anterior, que se da entre el sujeto y el objeto; y el interior-mediato, que se desarrolla dentro del aparato cognoscitivo del sujeto, desde la percepción y la experiencia, hasta la consolidación de un conocimiento, el que puede trascender al sujeto y llegar a ser culturalmente establecido, lo cual implica otro tipo de proceso que es posterior. Acá es necesario demarcar la diferencia entre la mera experiencia y el conocimiento. La experiencia proporciona información inmediata y útil, pero no constituye conocimiento. Es preciso llegar a una instancia superior de reflexión sobre la experiencia para obtener algún conocimiento; entendiendo por "reflexión" un proceso de análisis o pensamiento reflexivo, que es fundamental en el conocimiento científico. Esto es lo que le da el carácter de "mediato", es decir, un proceso que mediatiza la información y que se desarrolla sin ninguna necesidad del objeto real y del proceso exterior-anterior, es decir, la observación, manipulación, experimentación, o método alguno. El proceso interior-mediato se puede prolongar por mucho tiempo después. Por ello debemos diferenciar este conocimiento de la experiencia misma. Es así como se llega al conocimiento en la administración, que no es más que una práctica. Debido a las dificultades que ha ofrecido el estudio de los procesos internos, los estudios se han concentrado casi exclusivamente en el proceso exterior-anterior, al que se le ha otorgado una importancia determinante y exagerada, que en realidad no la tiene. Muchas disciplinas incluso han fundado su carácter científico, tan solo en el empleo de un método. Como resultado de esta situación, el proceso exterior-anterior recibió todo el interés y el crédito por parte de los estudios en torno al conocimiento científico, centrándose en el tema del "método", lo cual fue un error cultural evidente.

c) El conocimiento en sí, como producto final o fenómeno cognitivo, es, obviamente, un fenómeno enteramente subjetivo. También lo es gran parte del proceso interior de razonamiento. Al igual que el estudio del proceso interior, el estudio del conocimiento en sí ha sido también dejado de lado y soslayado por su dificultad. En especial, debido a la dificultad de colocarlo en la posición de "objeto del conocimiento" y aplicarle el método tradicional consagrado culturalmente. Como consecuencia de estos descuidos, grandes aspectos del conocimiento y su proceso permanecen aun  ignorados. El reto mayor parece ser determinar las formas de representación real del conocimiento como fenómeno cognitivo. Algunas, de hecho, adoptan formas de estructuras de procesamiento lógico, que luego actúan como núcleos funcionales especializados, como las que usamos en los cálculos matemáticos; otras son cadenas de relaciones asociativas; otras más complejas adoptan la forma de redes conceptuales que se vinculan por imágenes y valoraciones, así como por representaciones semánticas; etc. Además poseemos conocimientos heredados como especie, que tienen una expresión biológica, en un nivel no cortical, y en la porción más primitiva del cerebro, y que además de proporcionar un servicio vital por sí mismos como procesadores especializados en cierto tipo de señales, interactúan además con el conocimiento cortical creando una dinámica única del ser humano. Esto quiere decir que la información procesada en el área cortical no es únicamente la que llega del medio real, sino también la que se incorpora desde la propia estructura informática del cerebro, incluyendo a la propia conciencia como escenario subjetivo. Finalmente, el conocimiento debe consolidarse en la forma de un producto mental, del cual se puede ser consciente y sobre el cual se puede hablar. Esto es lo que distingue el conocimiento adquirido de la capacidad mental natural.

d) El proceso de consolidación cultural del conocimiento, es un proceso posterior, en el cual se introducen los criterios de validación y valoración social del conocimiento. Es en esta etapa donde intervienen los criterios de verdad, utilidad, prioridad, satisfacción y otros más. Tales criterios son otorgados por las comunidades vinculadas a cada forma de conocimiento, las cuales pueden ser científicas, pero también las hay religiosas, místicas, deportivas y de muchas otras índoles. En los entornos culturales, que son los escenarios mayores en los que tales núcleos comunitarios se desenvuelven, los conocimientos pueden ser confrontados, pero no se anulan, ya que cada comunidad los preserva. Estos conocimientos compiten en los círculos culturales mayores y ganan credibilidad o aceptación por diversas razones, ajenas siempre a la epistemología del saber. Esto quiere decir que los conocimientos se aceptan o se rechazan en una sociedad, por motivos enteramente ajenos a la cuestión de la exactitud o veracidad del conocimiento. Por lo general depende de las estructuras de racionalidad cultural que empleen las sociedades, estructuras que pueden ser perfectamente irracionales, vistas desde la perspectiva de una comunidad ajena a dicha cultura, o de las generaciones actuales de la misma cultura. Hoy, por ejemplo, se considera irracional al conductismo psicológico, mientras que en su época fue la cima de la psicología científica.

Una vez esclarecidos los elementos presentes en el circuito del conocimiento, daremos un paseo por todos estos escenarios, empezando por un poco de historia reciente. Queda claro entonces que el conocimiento es un fenómeno biológico y psicológico; y la ciencia, un fenómeno cultural. Así que empecemos separando estas dos cosas. El conocimiento es un asunto de la psicología, y en particular, la psicología cognitiva; la ciencia es abordada por la filosofía, la psicología, la sociología y hasta la antropología.

Revisión de conceptos

El conocimiento es un fenómeno cognitivo propio de los humanos, que ha permanecido relativamente poco estudiado, ya que su estudio fue confundido con otros temas como la "Teoría del Conocimiento", que es una cuestión filosófica, vinculada a la gnoseología. Obviamente también se retrasó por la aparición del conductismo americano, que se ocupó tan solo del aprendizaje animal, el cual fue extrapolado a los seres humanos, generando todo un caos en el aprendizaje, pues el aprendizaje animal es una mera adaptación biológica que emplea la experiencia inmediata y la memoria, sin recurrir a la representación simbólica y subjetiva que son parte del aprendizaje humano. Sin duda el hombre goza también de la capacidad de aprendizaje animal, pues eso le permite vivir en este mundo, conocerlo y moverse en él en su dimensión de animal. Pero el ser humano pertenece a una escala más elevada de la evolución, y a causa de su novedoso cerebro, cuenta con una capacidad nueva, distinta y muy superior de conocimiento, debido a las enormes posibilidades de representación virtual que le ofrece su inagotable memoria, que le permite crear un espacio dinámico de trabajo conocido como conciencia. Hay muchos atributos que podemos reconocer en el cerebro humano, o en la conciencia, para ser precisos. Es solo a partir del último cuarto del siglo XX cuando la psicología retoma su papel, rectificando el desastre conductista, y retomando el estudio de los procesos mentales, incluyendo el conocimiento. Pero en ese tiempo, muchos conceptos míticos ya habían aparecido y se habían extendido en nuestra cultura, tales como "objetividad", entendida como el conocimiento de cosas exteriores y ajenas al hombre, que se lograba sin interferencia humana, gracias a un casi mágico y poderoso método.

El conocimiento científico del conocimiento empieza con Kant en 1781, cuando publica su "Crítica de la Razón Pura". A pesar de que no tuvo sustentos tangibles, pruebas o evidencias de sus teorías, siglos después han podido ser confirmadas; por ejemplo, sus nociones sobre la visión del color, han sido corroboradas por Semir Seki (1993). Esto no significa que todo lo que vino después de Kant haya sido ciencia cognitiva. Los filósofos siguieron especulando con el conocimiento hasta el presente, pero la mayoría de ellos confundió el conocimiento con la ciencia, y la discusión se centró en el tema de cómo se logra el "conocimiento científico". Algunos, como Popper, se fundaron en conocimientos rudimentarios de psicología, pero se arriesgaron a ir más allá por su cuenta, aunque su preocupación central estaba en la demarcación del conocimiento científico. Otros, como Kuhn, asumieron a la ciencia como fenómeno cultural, histórico y social. Otros más, como Lakatos, se centraron en los intereses que motivan las investigaciones científicas, lo que también, en última instancia, es cultural. Así, puesto en el tapete el factor cultural, otros, como Feyerabend, rechazaron todas las aparentes estructuras formales y supremas de la ciencia, para mostrarla como una simple actividad humana, tan igual a cualquier otra, incluso con sus propias dosis de azar e irracionalidad.

Lo dicho por Feyerabend motivó todo un escándalo en una cultura que ya había sobrevalorado a la ciencia a niveles teológicos, y acabaron declarando a Feyerabend como "el peor enemigo de la ciencia". Popper y Feyerabend coincidían en que la ciencia no era ninguna garantía de verdad por sí misma, sino que progresa en el tiempo por simple ensayo y error, y consecuentemente, la crítica y la prueba tienen el rol más importante en su proceso. Por ello resulta fundamental una sociedad libre, (abierta, dice Popper), no sometida a ningún tipo de ataduras ideológicas, ni políticas ni religiosas, pero tampoco cientificistas. El problema, siguiendo a Feyerabend, es que todos rechazan las dos primeras formas de dictadura, pero acogen a la última, "por tratarse de la ciencia", pues la ciencia se ha vuelto intocable en nuestra cultura. El cientificismo también actúa como una forma de dictadura ideológica que nos impone muchos preceptos al conocimiento, en especial, el método. Esto constituyó el principal rechazo de Feyerabend. Su misión en la vida fue demostrar que "el método" se había convertido en un nuevo fetiche, y "la ciencia", en una nueva religión. Siendo así, la ciencia tenía que ser, inevitablemente, tan estúpida como cualquier religión. Feyerabend aseguraba que la costumbre más humana era convertirlo todo en una religión, repleta de mitos, fetiches, creencias, esperanzas de salvación, ídolos de adoración y rituales como el método. Y que la ciencia había tenido el mismo destino en manos de la sociedad. Insistió en que el conocimiento científico no se debía al descubrimiento de un método supremo e infalible que nos lleva directo al conocimiento verdadero. Por el contrario, debido al empleo de un método sobrevalorado, la ciencia ya no podía ser una fuente de saber seguro, pues la posesión del método nos impide ir más allá del escenario en el que dicho método actúa con relativa eficiencia. La idolatría por el método y la obsesión por la objetividad, fueron los fenómenos más perturbadores y más extendidos de nuestra cultura en el siglo XX. Por desgracia, los problemas culturales son generalmente indetectables por la cultura que los padece. Feyerabend se percató de esto y tiró por los suelos la creencia en el método, tratando de mostrar a la ciencia como un producto humano, lleno de fallas y miserias, como cualquier otra empresa humana, con la única diferencia de haber hecho de la realidad su objeto de estudio. Es decir, las ventajas del conocimiento científico radican en su objeto más que en su método.

Desde la perspectiva cultural de una ciencia sacralizada, cuya garantía de fiabilidad era el método, el hombre se convirtió en un estorbo para lograr el conocimiento. La prédica cientificista, metodologista y objetivista, parte de la convicción de que el ser humano debe hacer lo posible por abstenerse de intervenir en el proceso del conocimiento, y dejar actuar al método siguiendo escrupulosamente los pasos establecidos en él. A eso lo llamaron "rigor metodológico" asociándolo a una novedosa virtud: la "objetividad". Y para alcanzar dicha objetividad, se llegó a prohibir cualquier forma de interpretación humana. Hasta se prohibió todo indicio de reflexión durante la "redacción científica". El hombre fue así supeditado al método e impedido de usar sus facultades mentales para no estropear la objetividad del conocimiento en el empeño de llegar al altar de la ciencia. De este ridículo modo, el método pasó a ser el elemento rector del conocimiento científico. El papel del hombre se limitó a recoger datos y proporcionárselos al método; luego de esto, debía mantenerse alejado, esperando mientras deja trabajar al método, sin interferir, hasta la salida final del "conocimiento objetivo". Fue Feyerabend quien demostró lo absurdo de este esquema cultural, y lo hizo muy a su manera, es decir, burlándose con un ácido sarcasmo. Demostró, quizá en extremo, que el hombre estaba idiotizado con la ciencia, y que la actividad científica había devenido en irracional; más aun, que si uno busca bien, se pueden encontrar numerosos indicios de irracionalidad en las teorías científicas más preciadas, empezando por el mismísimo Newton. Eso fue más que suficiente para que Feyerabend fuera condenado, estigmatizado, ridiculizado, combatido y postergado por el establishment. Un gran cúmulo de ignorantes seguidores del credo cientificista, adoradores del método y predicadores de la objetividad, se ocuparon de sepultarlo sobre montañas de críticas. Sólo les faltó quemar sus libros.

El proceso del conocimiento

Al margen de toda esa discusión sobre la ciencia y su método de conocimiento, deberíamos abordar el conocimiento desde la perspectiva de la psicología. Esto nos llevará, de algún modo, al conocimiento científico y a la objetividad. También la sociología y hasta la antropología se han ocupado de la ciencia a su manera. Pero me parece que la psicología puede, con mayor derecho, intervenir en el debate a partir de lo que es el conocimiento, la objetividad y la subjetividad. Lo objetivo, strictu sensu, es aquello que está fuera del sujeto, que no le pertenece al sujeto y que existe por sí solo. Entonces ¿qué sería el conocimiento objetivo? Es decir, habría que suponer ingenuamente que las cosas pueden ingresar completas e íntegras al interior del sujeto e instalarse en su conciencia, tal como estaban afuera de él. Tiene que haber algún error en esta idea. De hecho tenemos conocimiento científicos sobre cosas que no existen en la realidad exterior y que tan solo son imágenes mentales, como las matemáticas, la lógica, la geometría, etc. ¿Son estos conocimientos objetivos? O es que tan solo se pueden objetivizar. De ser así, incluso las creencias religiosas están objetivizadas. La cuestión parece estar en determinar si la objetividad de un conocimiento depende de la naturaleza del objeto del conocimiento o del proceso interior del conocimiento, o incluso también del proceso  exterior y posterior de comprobación de sus enunciados. También resultaría pertinente preguntarse si vale la pena preocuparse tanto por la cuestión de la objetividad, sea lo que sea, o deberíamos ocuparnos mejor de la certeza del conocimiento y de su validez.

La ciencia pudo probar, ya desde inicios del siglo XIX, que los colores que vemos a nuestro alrededor, "en realidad" tan solo existen en nuestra conciencia, y que todos los sonidos que escuchamos en nuestro mundo, "en realidad" existen también únicamente en nuestra conciencia. Paulatinamente descubriríamos que gran parte de nuestra "realidad" es una completa construcción de nuestro maravilloso cerebro. Pero estos conocimientos llegaron cuando ya se habían consagrado en nuestra cultura muchos mitos en torno a la objetividad. Sobre la base de los primeros conocimientos científicos, hubo incluso una tendencia a minimizar al ser humano, degradándolo al nivel de los demás animales, atizada por un afán de separación y distinción con todas las nociones religiosas acerca del hombre. Con autoridad científica, muchos aseguraban que el hombre había sido sobrevaluado por la religión, pero que en realidad no era más que un animal común y corriente. Incluso algunas disciplinas se configuraron asumiendo estos mitos, y llegaron a negar la mente, como fue el caso del conductismo. Debido a estas circunstancias históricas, se ha dicho mucho sobre la objetividad y nada sobre la subjetividad. La gente común y corriente, aun hasta los académicos, han llegado a creer firmemente que la objetividad es una virtud y la subjetividad un defecto que debemos evitar; pero la verdad es exactamente al revés. Precisamente somos seres humanos y poseemos la capacidad de conocer gracias a nuestras capacidades subjetivas, aunque hoy se admite que todo animal con sistema nervioso tiene cierto grado de subjetividad (Llinás Riascos, 2003). Casi todo lo que se ha dicho sobre la ciencia y el conocimiento científico, ha sido dicho sobre un gran charco de ignorancia y confusión sobre el conocimiento y con grandes dosis de fanatismo cientificista. Se ha supeditado el conocimiento a las creencias establecidas en torno a la ciencia, aun cuando fueran creencias filosóficas, y a la ideología social del cientificismo.

Podríamos empezar de la forma en que nos muestra el conocimiento la epistemología clásica y básica, es decir, con la presencia de dos agentes: un sujeto y un objeto (S-O). Se trata de un esquema muy elemental, que apenas sirve como un ejercicio intelectual introductorio, para iniciar nuestro recorrido por estos temas. Luego veremos que la cuestión es mucho más compleja. ¿Cómo va esto? El sujeto es un ser cognoscente y el objeto es un ente cognoscible. En esta relación se tiene que el objeto es ajeno al sujeto e independiente de él. Por tanto, el proceso de conocer es uno por el cual el sujeto llega a aprehender las características esenciales del objeto. Una manera de asegurarse de la pureza de lo conocido es que el conocimiento logrado no haya sido contaminado con agregados que pertenecen al propio sujeto. Este es el esquema ideal, propio de una gnoseología ingenua, ajena precisamente a un conocimiento esencial del sujeto y de su relación con el mundo. El esquema sujeto-objeto así planteado, propone una relación de equivalencia, propia de un escenario informático, en donde aquello que se concibe como "sujeto" es una máquina que existe con independencia total de su entorno, y en donde los objetos de ese entorno están allí precisamente para ser captados tal cual por el sujeto-robot, quien no tiene otra alternativa que someterse a la "realidad". Este escenario es totalmente ficticio y no se corresponde con la realidad humana, que es la que al final nos interesa. Para este fin debemos empezar dando una definición o concepto de lo que es el conocimiento en nuestra perspectiva. Hablamos de conocimiento cuando nos referimos a la información que manejamos respecto de una realidad que hemos representado en la conciencia. O sea que el conocimiento es un producto que resulta de analizar la realidad configurada en la conciencia. Por tanto, el conocimiento no es un simple reflejo de la realidad, sino un nivel superior de procesamiento que se produce después de que la realidad ha sido constituida como producto cognoscitivo humano. Es deseable (y generalmente se espera y se asume así) que esta realidad sea, en mayor medida, un reflejo directo y preciso de la realidad física exterior, pero no siempre es así, ni tiene que ser necesariamente así para la ciencia. La representación mental basta para hacer ciencia, especialmente cuando se trata de abstracciones o de realidades semánticamente construidas (como las que configuran el campo del Derecho y la Filosofía) o culturalmente definidas (como la Economía y el lenguaje). Estas son características esenciales y particulares del conocimiento como fenómeno exclusivo de la especie humana.

El ser humano, como sujeto cognoscente, no es un elemento pasivo que se limita a sufrir el impacto de los objetos que lo rodean (estímulos, en el lenguaje conductista). El hombre no es ajeno a "su mundo" sino un sujeto hecho a la medida de ese mundo. Aquello que llamamos "realidad", es decir, el mundo en el que se encuentran los objetos posibles del conocimiento, ha tenido un papel en la configuración del sujeto y, por tanto, de sus facultades cognoscitivas, que están orientadas a estos objetos. Estas facultades no han llegado gratuitamente sino guiadas también por el interés biológico y psicológico del sujeto en su constitución vital. Hay entonces una doble correspondencia entre el mundo y el sujeto, en dos etapas: primero en la etapa de configuración del sujeto como "sujeto del mundo". Pero además, también en la posterior configuración del mundo por el sujeto. Esto solo ocurre con los seres humanos, de lo cual resulta un "sujeto-del-mundo" y un "mundo-del-sujeto". Pero luego resulta que hay un "sujeto del mundo-del-sujeto" y un "mundo del sujeto-en-el-mundo". A todo esto llamamos "cultura", y es algo que se va dando en el transcurrir histórico del hombre. Entonces la "realidad del sujeto" consta de un ambiente natural, un entorno cultural y un momento específico. Su configuración final como sujeto cognoscente está en función de todo ese escenario y, en última instancia, a sus intereses como organismo vivo específico. Estas son las condiciones y limitaciones de dicha relación. No existe pues ninguna posibilidad de independencia entre el sujeto y los objetos del mundo.

Luego de la larga cadena de procesos cognoscitivos que implica la aparición de una imagen de realidad en una conciencia humana (transformación progresiva de las diversas señales de entrada y su integración con la información histórica almacenada), esta realidad ya ha dejado de ser una realidad "ajena y neutra" para convertirse en una "realidad humana". Con mucha mayor razón si lo que se procesa es una realidad exterior humanamente construida o modificada. Y desde que terminó la Edad de Piedra, el mundo es prácticamente un mundo humano. Ya casi no queda nada sobre este planeta que pueda considerarse una realidad ajena al ser humano, pues casi todo lo que nos rodea es un producto humano. Dadas estas premisas, lo único que quedaría como objetos ajenos al hombre estarían en los escenarios de la física. Ya ni siquiera en la química ni en la biología. Entonces sólo unas cuantas disciplinas podrían gozar de objetividad al poder enfocarse en objetos y procesos que son, por sí mismos, ajenos al sujeto. De allí la importancia de establecer de antemano en qué escenario del conocimiento nos movemos, y por tanto, a qué clase de proceso de conocimiento nos referimos. Aunque para ser exactos, el problema de la objetividad solo ha sido visto como una dualidad sujeto-objeto, sin interesarse mayormente por el proceso que se da entre ellos, el cual realmente no se da "entre ellos" sino enteramente dentro del sujeto. De tal manera que al ser el proceso de conocimiento, un proceso que se desarrolla enteramente dentro del sujeto, tiene que ser necesariamente un proceso determinado por las características biológicas y psicológicas del aparato cognoscitivo del sujeto, y no sólo por las características intrínsecas del objeto. Hay mucho que el cerebro humano aporta a la concepción de los objetos del conocimiento, más aún tratándose de fenómenos o de objetos culturales.

Por parte del objeto, este es "objeto" solo en tanto pueda ser captado por el sujeto. Es el sujeto quien define el escenario de la relación cognoscitiva. En consecuencia, la existencia del objeto es dependiente del sujeto. En ninguna otra circunstancia puede ser objeto si no es en su estrecha relación con el sujeto. Nada que no pueda ser captado por el sujeto puede llegar a constituirse como objeto. En la interrelación gnoseológica del sujeto-objeto existe pues una interdependencia absoluta; pero en tanto que el sujeto es el agente determinante de la relación, el proceso gnoseológico está cargado de "sujetividad".

Ahora bien, el inicio del proceso gnoseológico se da en la determinación del sujeto. No es pues el objeto y su existencia el que determina el proceso gnoseológico. La primera instancia es en realidad la discriminación del sujeto al elegir al objeto y otorgarle esa calidad de "objeto", y aun más, la de "objeto interesante", porque sin el requisito del interés no se puede dar inicio al proceso cognoscitivo. Este primer paso es ya un evento subjetivo que acaba de "contaminar" al objeto al otorgarle la condición de "interesante", digno de ser conocido, y desde ese instante hay un interés que nos orienta. Ya no se trata de un mero objeto sino de un "objeto interesante", por lo tanto su esencia acaba de cambiar. Más aun, dicha esencia estará determinada por aquello que de ese objeto interese al sujeto, pues a ello estará orientada su actividad cognoscente. Nunca se trata de todo el objeto sino de aquello que de ese objeto nos interesa, o está a nuestro alcance. La realidad se limitará a responder a las interrogantes que le plantee el sujeto, en función a sus intereses y posibilidades. Se ha dicho que es el objeto el que "actúa" dentro del sujeto. Pero esto es falso. Los objetos no actúan. En la relación sujeto-objeto, tan solo el sujeto posee todas las prerrogativas. No solo el objeto llega a ser interesante sino que, como ya dijimos, a menudo solo hay algo de él que nos interesa. A esto se le llama "enfoque". Por tanto, todo el proceso cognoscitivo está guiado por las posibilidades e intereses del sujeto. Las tesis que cargaban toda la responsabilidad al estímulo o a los objetos que nos rodean, eran falacias guiadas por un objetivismo "realista" desconocedor del conocimiento.

El conocimiento objetivo

Lo anterior deja al descubierto la artificialidad del esquema clásico "sujeto-objeto" (o estímulo-respuesta) visto como una relación en que un objeto totalmente independiente y curiosamente "activo" afecta un sujeto pasivo y se instala en su ser tal cual, "objetivamente". Lo que nos lleva a una primera conclusión preliminar: no existe conocimiento "objetivo". Todo conocimiento, sin importar la condición que tenga, es un fenómeno subjetivo y está necesariamente teñido de subjetividad desde que forma parte del sujeto. Como tal, depende de las cualidades y capacidades del sujeto portador. Esto quiere decir no solo que el conocimiento no puede ser objetivo sino que ni siquiera podría llegar a ser universal, en tanto se refiera a la relación directa sujeto-objeto. Pero en la especie humana ocurre un fenómeno adicional y único, que es la configuración de una red cognitiva social establecida mediante diversos sistemas de comunicación. Esta red es conocida como "cultura" y solo existe en la especie humana. Por esto, el conocimiento carece de valor si no puede ser consensuado por una comunidad, aunque esto por sí solo, no es ninguna garantía para la calidad del conocimiento. La forma de mantener esta red llamada "cultura", es que por ella discurra un conocimiento común, lo cual origina las comunidades. Una comunidad es un grupo de personas que comparten una serie de imágenes, nociones y valoraciones en común respecto de su mundo, y están vinculados por una red cognitiva social, sostenida por la comunicación mediante diversos sistemas comunicantes. Uno de ellos es un lenguaje común, estructurado en función de sus usos. Esta serie de sistemas de comunicación establece en los sujetos estructuras cognitivas comunes que les permite procesar la información de la misma manera, y por tanto, entender y construir su mundo de la misma forma. Con todo ello, las comunidades definen lo que es su mundo, es decir, determinan "lo que existe" y cómo entenderlo. Este es el primer paso de la visión. A esto le llamamos "cosmovisión". Y es a partir de dicha cosmovisión que los sujetos exploran su mundo y lo entienden. Por ejemplo, durante 1500 años, desde la consolidación del cristianismo en Occidente, esta humanidad solo se preocupó del "otro mundo", del pecado y la salvación del alma. Fue a partir de sucesos graves que remecieron a la humanidad, que las personas empezaron a prestarle atención a su mundo real, tales como la terrible desolación que dejó la peste negra y otras plagas y enfermedades producidas por las deplorables condiciones de higiene que tenían las ciudades europeas. Es decir, a partir de eventos que no eran producidos directamente por el accionar de las personas y que quedaron como interrogantes y fuentes de ansiedad. También cuando el calendario empezó a ser una interrogante porque las fiestas ya no coincidían con los sucesos astrales. Frente a tales problemas, el mundo real empezó a cobrar mayor relevancia en el pensamiento de las personas. Esto transformó la cosmovisión de nuestra cultura y se inició el estudio de la naturaleza y el cosmos. Así empezó una nueva forma de conocimientos que derivaría finalmente en la ciencia. Pero nadie empezó a hacer ciencia ni filosofía de la ciencia con la mente en blanco. Toda la ciencia se empezó a erigir sobra las bases culturales existentes, es decir, sobre las creencias religiosas que constituían nuestra cultura. Ni siquiera Newton pudo escapar a sus creencias religiosas. Y así ha sido siempre. La mayoría de científicos actuales son creyentes, practicantes de algún credo o activistas políticos. Así que no podemos decir que la ciencia, por maravillosa que sea, es aséptica y completamente objetiva desde el principio y en todos los sentidos. Hay siempre una afectación cultural durante su fase de definición del objeto del conocimiento y también, obviamente, en su fase de procesamiento interior de información. La cuestión de la objetividad o pureza del conocimiento por sí mismo, es imposible de establecer. Se tienen que buscar puntos de referencia. No queda más que buscar la objetividad en la etapa posterior de confirmación objetiva del conocimiento. El problema es que ninguna confirmación parece ser categórica y definitiva, por ello Popper apostaba únicamente a la falsación. ¿Habrá otra forma de alcanzar la objetividad del conocimiento?

Conocimiento colectivo

Después de que surge la ciencia, la filosofía se ocupa de ella y se inicia el problema de la calidad del conocimiento. Se busca que el conocimiento sea independiente del sujeto... pero no de la cultura. Hasta hace muy poco, no había conciencia de lo que significaba la cultura, y el problema del conocimiento se centró en el sujeto, y en la relación sujeto-objeto. La ciencia se distinguió porque estaba referida al mundo real, y esto fue asumido como lo "objetivo", es decir, perteneciente al mundo real y no a las creencias o imágenes de los sujetos. Entonces la objetividad era, en primer término, lo referido al mundo real. Pero luego se extendió a lo que se puede decir del mundo real como conocimiento. Esa objetividad era mucho más compleja, pero se limitó a lo demostrable, y esto bastó por mucho tiempo, hasta que los conocimientos se fueron ampliando y profundizando. Algunos conocimientos ya no podían demostrarse porque se referían a sucesos ya ocurridos en un tiempo muy remoto o eran muy distantes o muy pequeños. Los métodos de verificación rudimentarios, como lo "observable y medible" o lo comprobable, quedaron inservibles para garantizar la objetividad del saber. La ciencia ha llegado a superar las limitaciones del sujeto en tanto sujeto del mundo. La tecnología lo ayuda a conseguir este propósito, pero no puede desvincularlo de su cosmovisión ni de sus operaciones mentales ni de sus intereses como sujeto. Además, la ciencia ha podido avanzar tan solo por los senderos que transitaron los personajes que se interesaron en tales rumbos. No ha tenido, por tanto, un desarrollo homogéneo ni se puede decir que su acopio haya sido independiente de los sujetos que lo lograron. Algunas ciencias se han visto incluso perjudicadas por prejuicios culturales impuestos por la propia ciencia, es decir, cientificistas, como ocurrió con la psicología, que fue recusada por los conductistas americanos al confundir la conciencia con el alma y la ciencia con lo "observable y medible". De modo que el hombre no puede dejar de ser un sujeto ni abandonar su rol en la consecución del conocimiento. En su empeño por lograr un conocimiento objetivo, lo que ha hecho finalmente es establecer un proceder, consensuado y validado por los demás sujetos, para que los conocimientos puedan ser admitidos como independientes del sujeto, por ejemplo, mediante el empleo de un método estandarizado y universal. Pero como ya hemos visto, ese no es un proceder válido para la ciencia; aunque lo sea para la cultura. Finalmente quien le otorga el carácter de "objetivo" a un conocimiento es el propio sujeto y su comunidad, por consenso. Lo que significa que la calidad de "objetivo" es una cualidad más del objeto en los sujetos. Se da así la paradoja de que la "objetividad" sigue siendo una cualidad subjetiva otorgada, ya no al objeto sino al conocimiento de ese objeto. Lo que ha confundido a muchos es que la humanidad ha logrado establecer diversos acuerdos tácitos en relación a sus formas de conocer y a sus objetos conocidos, utilizando para ello el lenguaje de manera tan categórica, que los significados de los términos han aparecido más reales que la propia realidad a la que intentan referirse.

Ningún conocimiento tendría sentido si no adquiriera la condición de ser colectivo y si no fuera admitido por la cultura. Este es también un paso para ganar otro tipo de objetividad, pues deja de pertenecer al sujeto y se hace colectivo. Un conocimiento validado por una colectividad está más cerca de la objetividad, y más aun si se trata de una colectividad calificada y homogénea, como la comunidad científica. Pero mucho del conocimiento científico ha quedado concentrado en estas comunidades y es inaccesible al resto. En el esfuerzo por comunicar el conocimiento científico a comunidades no especializadas, se emplea el lenguaje de dichas comunidades, y en este proceso se pierden significados. Muchas veces esto no importa mucho. Cuando se establecen acuerdos culturales tácitos o explícitos, se logra superar muchas barreras y progresar hasta cierto punto. Estos acuerdos permiten superar muchas desavenencias insustanciales, y concordar en una especie de saber universal común, como por ejemplo, al decir que el cielo es azul, que las aves vuelan o que la sangre es roja. Ninguna de tales expresiones refleja un saber exacto, pero resultan ser "conocimientos objetivos y universales" que facilitan la existencia humana. En tal virtud, adquieren relevancia suficiente para ser determinantes en la realidad humana, aun cuando no se trate de conocimientos verdaderamente objetivos. Todos los conocimientos tienen que ser expresados de alguna manera, y en este proceso pierden mucho de su calidad. Pero lo peor sucede cuando tales conocimientos que ya han sido "empacados" en la forma de productos culturales, se transmiten en la sociedad. El empleo del lenguaje común para expresar conocimientos científicos es una fuente muy grande de distorsiones. Por ejemplo, cuando se dice que los fotones son corpúsculos, la gente se imagina que se trata de bolitas. En conclusión, nunca estamos libres de las distorsiones del conocimiento. Solo las ciencias que han logrado establecer su propio sistema de representación del conocimiento, pueden mantener su saber puro, pero se han puesto fuera del alcance de la humanidad y se han convertido en conocimientos excéntricos, propios de ciertas comunidades científicas, que incluso ya no aportan utilidad práctica alguna, pese a ser extremadamente caros. Por ejemplo, las investigaciones en la física de partículas o en la física cósmica, requiere de inversiones alucinantes, solo para despejar nuestra curiosidad. El hecho es que tales comunidades científicas hoy se parecen mucho a las comunidades religiosas medievales desde donde se impartía el "saber revelado" a toda la sociedad. Las comunidades no tienen más opción que creer.

En el ámbito más cercano de la ciencia cotidiana, ocurre lo mismo cuando se establecen acuerdos en cuanto a los procedimientos de obtención de conocimiento "objetivo". El famoso "método científico", es un formato que define un proceso para hacer ciencia convencional. Su propagación cultural ha generado muchísimas distorsiones en torno a lo que es la ciencia y conocimiento. Hay toda una mitología en torno a un supuesto "método científico", que al final ha devenido en una falacia cientificista, ya que dicho método sirve tan solo para un escenario de la realidad , para obtener un tipo de datos y fundar el conocimiento en la confrontación de ellos. Esto no produce ningún conocimiento. La comprobación de un hecho con su enunciado no constituyen conocimiento, y mucho menos, ciencia. Por desgracia se han edificado numerosas disciplinas pseudocientíficas sobre el mito del método, la objetividad mediante el empleo del método y la objetividad de lo observable y medible. Todo eso es una falacia cientificista establecida culturalmente como válido.

Conocimiento y experiencia comprobable

Algunos alegan que el conocimiento objetivo es el que surge de la experiencia directa y comprobable. Pero esto no es cierto. Por ejemplo, la experiencia directa y comprobable nos dice que si viajamos en linea recta volvemos al mismo lugar. Esto es lo que nos ocurre inevitablemente como habitantes de este planeta. Entonces el "conocimiento objetivo" nos dice: "viajar en linea recta nos lleva al mismo lugar". ¿Pero es esto un conocimiento científico? No. Desde luego que no, aunque es un conocimiento perfectamente válido y útil. Es lo que nos dice la experiencia directa y comprobable como sujetos de este mundo. Con ese tipo de información hemos subsistido y progresado. Para ir más allá, hacia el conocimiento científico, hace falta colocar esa experiencia en el escenario subjetivo del conocimiento del planeta, configurado en la conciencia, para percatarse de que la linea recta es en realidad una linea curva. El conocimiento de la circunferencia del planeta es un escenario subjetivo, porque está más allá de nuestra experiencia directa y comprobable y ha sido elaborada por reflexión. Entonces el conocimiento científico requiere siempre un escenario subjetivo de razonamiento y reflexión. Ese es el escenario de la conciencia. La conciencia nos sirve como un tablero de diseño en donde generamos el escenario virtual del mundo, el cual nos permite llegar al conocimiento.

Algo similar ocurrió con la experiencia de Galileo cuando usó un instrumento -un telescopio- con el que logró observar el universo de una manera diferente, escapando de su condición humana normal. Esta observación le permitió generar en su conciencia un escenario subjetivo del universo que antes no tenía. Tuvo que hacer esto por reflexión. Una vez logrado el escenario virtual del universo en su conciencia, pudo dar el siguiente salto cualitativo hacia el conocimiento científico, analizando esta representación subjetiva del universo y enunciando su teoría heliocéntrica sobre la base de esa representación subjetiva. Exactamente lo mismo hizo Darwin después de juntar todas las piezas de su observación directa y generar por reflexión, un escenario subjetivo en el que aparecía el proceso evolutivo que nunca vio. Y lo mismo hizo Einstein, al imaginar el universo y sus formas. Así pues, queda claro que el conocimiento científico surge a partir de un escenario subjetivo. Nunca surge directamente de la experiencia ni por la simple observación y manipulación de lo observado, ni mucho menos por la confrontación estadística de unas pilas de datos. Todo eso es apenas un primer paso, pero se debe transitar mucho más para llegar a la ciencia.

Subjetividad de la ciencia

Hacer ciencia en torno de objetos ajenos a la experiencia directa del ser humano es relativamente fácil. Lo difícil es enfrentarnos a objetos propios de una realidad humana o, peor aun, derivados de ella. Cuanto más alejado esté el "objeto del conocimiento" de nuestra realidad humana directa, tenemos mayores posibilidades de lograr un conocimiento objetivo. Ha sido a partir de la facilidad que permite la tecnología, que hemos podido llegar al conocimiento objetivo, referidos a aquellos mundos extraños al hombre, como el cosmos, del que apenas teníamos mitologías. Conocer un mundo ajeno, extraño al hombre, es la única posibilidad real de obtener un conocimiento objetivo, pues no hay muchas formas de alterarlo, y difícilmente puede ser consensuado porque no está al alcance de todos. La única forma de alterarlo se produce con la misma teoría científica, la que se genera como trasfondo de saber (o sea, una subjetividad) sobre la que se analizarán los datos de la experiencia. En la experimentación y la fabricación de escenarios artificiales (y hasta de "objetos artificiales") se ha llevado a la filosofía del conocimiento a extremos irresolubles. Por ejemplo, ¿cómo definir el conocimiento de elementos artificiales, inexistentes en la naturaleza -es decir, inexistentes en la realidad-  y enteramente creados por el intelecto humano? ¿Puede ser acaso un conocimiento objetivo? ¿No estamos en la misma situación descrita anteriormente, en que se hace imposible el conocimiento objetivo de objetos que son productos humanos? Por ejemplo: ¿Qué diferencia hay entre la Venus de Milo y el laurencio? No es el momento aun de hablar sobre "objetos conceptuales", necesarios para una teoría, y creados enteramente por la subjetividad humana, como por ejemplo el gravitón, ni de las herramientas mentales desarrolladas especialmente para el estudio de tales escenarios, como la cromodinámica cuántica.

La ciencia y el conocimiento científico se han identificado con la física, y a esta con el conocimiento de leyes y objetos ajenos a nuestra experiencia directa. Peor aun, contrarios a nuestra experiencia directa, por lo que se han ganado el título de "contraintuitivos". Quiere decir que como seres humanos normales no podemos lograr dichos conocimientos. Debemos dejar de lado nuestra condición humana. Hemos dicho que una forma es mediante el empleo de tecnología. Pero además porque se trata de objetos ajenos a nuestra experiencia. Esto hace fácil estudiar, por ejemplo, el hidrógeno, por cuanto no existe ninguna posibilidad de que un ser humano se encuentre con el hidrógeno. Es más, ningún ser humano tiene la más remota idea de lo que es el hidrógeno. Y si lo pudiera tener en frente, no lo reconocería y resultaría un objeto completamente ajeno a su ser y a su experiencia. Es decir, no le significaría absolutamente nada. En consecuencia, tener que conocerlo implicaría obtener un conocimiento más bien objetivo, pues no hay de otra. Y lo mismo ocurre si de lo que se trata es de conocer una molécula o un cuerpo celeste. Son objetos que nos resultan extraños a nuestra condición humana. Cualquier conocimiento de ellos será, necesariamente, objetivo. Y esto quiere decir, incluso, que nuestra condición humana no puede afectar tales objetos. Así que se hacen además, a pesar y al margen de nuestra condición humana. Lo mismo ocurre con los objetos conceptuales tales como un triángulo o un número. Hasta aquí todo parece perfecto. Debido a que el conocimiento de tales objetos, por su propia naturaleza, está preservado de la distorsión humana, la ciencia es sumamente objetiva en tales escenarios.

Sin embargo, la ciencia no es apenas un conocimiento circunscrito y directo relacionado a objetos extraños. Esto no tendría ningún sentido para los seres humanos. Y como hace falta esto: que "tenga un sentido", la ciencia se desprende de su objetividad primaria para ir a la aventura de diseñar teorías explicativas que nos permitan entender humanamente lo que acabamos de conocer objetivamente. Es decir, tratamos de construir un escenario subjetivo de la realidad, la cual se describe mediante una teoría. Y es aquí en donde la ciencia se hace subjetiva. En el esfuerzo por colocar el objeto del conocimiento dentro del escenario subjetivo en el que nuestro conocimiento se hace posible, le otorgamos un sentido a dicho conocimiento, y lo que hacemos es proporcionarle una dimensión humana, es decir, subjetivizarla. Esto no significa que deje de ser científico. Al contrario. Una teoría sigue siendo científica aunque se haya apelado a un proceso de interpretación y de razonamiento humano para alcanzarlo. En este proceso, la teoría puede ir más allá de las evidencias y más allá de lo evidente y comprobable. Una teoría científica es una muestra plena de subjetividad. A veces puede fundamentarse en evidencias objetivas, aunque sea parcialmente, pero basta con que sea coherente con el saber objetivo previamente establecido. Más aun, generalmente basta con que no haya una teoría mejor.

Hasta aquí hemos hablado de una objetividad básicamente ontológica. Es decir, de aquello que está afuera, y fuera de nuestras facultades cognitivas distorsionantes. O sea, de aquello que existe por sí mismo tal como está. Es el caso del hidrógeno. Pocas son las cosas que podemos concebir de esa manera tan objetiva. Tales cosas nos obligan, por su propia naturaleza, a ser objetivos, pues en tanto que no significan nada para nosotros, nos acercamos a su estudio con la mente en blanco y nos atenemos a lo que vemos. Así que la Física es bastante objetiva, salvo la Física Teórica. Pero en la medida en que nos ocupamos de otros aspectos de nuestra realidad, enfrentándonos a cosas que ya no nos son tan ajenas, dicha objetividad se va perdiendo y nos enfrentamos a dos tipos de distorsiones. Por ejemplo, cuando estudiamos la vida. Esta no nos es ajena. Hay seres vivos que nos maravillan, nos llaman la atención y nos ocupamos de ellas y no de otras. Algunos se oponen a la experimentación en perros y hablan de su sufrimiento. Otros rechazan la experimentación en primates por considerarlos primos cercanos de los humanos. Y por supuesto, todos rechazan la experimentación en humanos. Así que la vida no nos es ajena. Por tanto, es muy difícil mantener la objetividad en esas ciencias.

Alguien podría decir que si nos atenemos a los hechos experimentales ganamos esa objetividad. Si, tal vez, podría ser o no, pero lo que no podemos evitar es acercarnos a dichos fenómenos con una serie de pre concepciones. Generalmente ya tenemos algunas ideas en torno a la vida. Pueden ser ideas religiosas o vulgares, pues al ser la vida un fenómeno cotidiano, todas las culturas manejan ideas sobre ella. En consecuencia, el estudio de la vida no se hace con la mente en blanco, como lo hacen en la Física. Los primeros estudios científicos sobre la vida chocaron con las concepciones religiosas. El mayor ejemplo de ellos es la Teoría de la Evolución de la vida. Podemos considerar que ha ganado objetividad en la medida que se ha desligado de ciertas pre concepciones religiosas, pero estas no son todas las que hay. También existen hoy prejuicios cientificistas que imponen una manera de razonar e interpretar, y hasta de proceder para ser considerados "científicos". Cuando tratamos de liberarnos de las influencias culturales en torno a nuestro campo de estudio, estamos tratando de alcanzar otro tipo de objetividad que es la objetividad epistémica.

Realidad y artificialidad

Entonces tenemos que en determinadas ciencias, la objetividad es un hecho natural por la naturaleza de sus objetos. Tal es el caso de la Física y, a veces, de la Química. No interesa si el físico es católico, presbiteriano o musulmán, sus ecuaciones funcionarán exactamente igual. Por tanto, sus teorías gozan de una doble objetividad: ontológica y epistémica. Pero como teorías son necesariamente fruto de la subjetividad humana y pueden -y suelen- ir más allá de las evidencias objetivas. Entonces, si juzgamos la teoría como conocimiento formalizado culturalmente, diremos que las teorías físicas son objetivas. Pero si juzgamos a las teorías como conocimientos en sí, son productos de nuestra subjetividad y que se dan precisamente gracias a nuestra capacidad subjetiva humana. Es por ello que pueden ir más allá de las evidencias.

Si lo anterior está claro, sería mejor entonces enfocarnos en la objetividad de las teorías (y del conocimiento científico que se expresa mediante teorías) en tanto expresiones formales de conocimiento cultural. Por ello hemos dicho que la ciencia es un fenómeno cultural.

Por otro lado, en las ciencias que abordan fenómenos u objetos propios del entorno humano, la única forma de objetividad ontológica es referirse al "hecho natural" más que al objeto. Nos resulta imposible concebir la vida como objeto, pero sí como una serie de procesos que se dan en los hechos. Estos son los hechos objetivos sobre los que tratamos de enfocar nuestra atención. Pero muchos de estos hechos son extremadamente lentos o escasos, por lo que algunos llegan a ser provocados artificialmente en un laboratorio y otros son completamente artificiales, en el sentido en que jamás se dan de una manera natural. En consecuencia, enfrentamos este dilema: un evento artificial provocado experimentalmente con una intención ¿es un hecho objetivo? La pregunta es válida incluso para todo evento experimental inducido. Si bien ellos nos ayudan a descubrir la naturaleza del objeto y de los hechos, se hacen en el marco de una teoría que espera ser confirmada. Entonces la pregunta es ¿son estos hechos experimentales "reales"? Es decir, ¿no han perdido algo de su objetividad ontológica?

De otro lado, los hechos, sean naturales o inducidos artificialmente, han sido elegidos arbitrariamente guiados por un interés, colocados en el marco de una teoría interpretativa de tales hechos, como por ejemplo, la evolución de las especies, y todo ello ubicado en el escenario de una cosmovisión cultural, como por ejemplo, la perfección de la vida y del universo, el determinismo causalista, el destino humano, etc. Entonces, ¿podemos hablar de "hechos objetivos" en un laboratorio? La intención de lograr "objetividad científica" apelando a la mera descripción de los hechos observados y los resultados obtenidos experimentalmente, no constituye conocimiento. El simple establecimiento de una relación de causalidad entre dos eventos, no constituye conocimiento científico, pese a ser un conocimiento objetivo, ontológicamente hablando. Por lo general se trata de un conocimiento logrado sobre la base de un formato culturalmente establecido, por lo que se hace a costa de la objetividad epistémica. Este es el caso del seguimiento del "método científico".

En términos simples, la frase "conocimiento objetivo" parece un oxímoron. Popper se resignó a darle esta categoría a los libros. Pero esto es falso. Un libro, objetivamente, no es más que lo que ve una cabra antes de comérselo. Ni aun si quisiéramos referirnos al conocimiento implícito en los libros, ya que este tendrá que ser decodificado por una cultura según su cosmovisión actual y su nivel de conocimientos. De modo que cuando Popper asegura que luego de un cataclismo, la humanidad sobreviviente podrá abrir los libros y reconstruir la cultura, se equivoca de palmo a palmo. La cultura no se construye con las instrucciones de un manual. La cultura no es un ensamblaje de teorías. Cultura es el escenario desde donde surgen las teorías explicativas y donde se las reinterpreta. La cultura es el escenario subjetivo colectivo en donde cobran su significado final los conocimientos. Cultura es la realidad humana configurada socialmente. Toda teoría tiene que ser, al menos en parte, coherente con la cultura de la que deriva. De lo contrario no se entendería.

La relación sujeto-enunciado

Esto plantea otro tipo de proceso cognoscitivo distinto al escenario sujeto-objeto. La gran mayoría del conocimiento científico no se aprende de la relación sujeto-objeto sino de la relación de los sujetos con las teorías científicas. Incluso el conocimiento cotidiano de la realidad no se hace mediante una relación directa con el mundo sino mediante la relación cultural, a través de los sistemas de comunicación. Pero en este momento nos ocuparemos de las teorías científicas. Una teoría es un sistema complejo de enunciados, axiomas y reglas de inferencia, que han sido expresados en un sistema de comunicación simbólico. Algunos sistemas de representación simbólica degradan el conocimiento, como ocurre con el lenguaje ordinario. Por ello algunas ciencias, como la Matemática y la Física, se han preocupado de alcanzar su propio sistema de representación o lenguaje científico propio. Tanto la representación simbólica empleada por una ciencia como el conocimiento expresado mediante ella, son productos subjetivos que contienen un saber objetivo, es decir, una representación objetiva del mundo real, pero una representación después de todo, y que sólo adquiere sentido en una conciencia humana. Lo importante es tener claro esto: el mundo físico real es un escenario, y su representación en la conciencia humana es otro. Esta representación puede ser directa, a la manera de un espejo, o codificada, en la forma de una teoría o ecuación. En cualquiera de estos casos, el escenario de la conciencia es siempre un escenario subjetivo, aunque la ecuación exprese un saber objetivo, referida a una realidad exterior que se da en los hechos.

Algunos consideran que la objetividad de la ciencia se fundamenta en los hechos que le sirven como prueba de lo que se afirma. Pero en última instancia no depende de los hechos sino de los alcances de la teoría, pues de poco sirven las afirmaciones referidas a hechos muy concretos y específicos si ellos no nos llevan a entender el fenómeno mayor de los que se derivan. Por desgracia, hay una noción generalizada de ciencia que impone la creencia en la experimentación, como una especie de ritual, y en la enunciación de los "hallazgos" de tales experimentos, como toda forma de actuación científica. La gran mayoría de enunciados surgidos de este proceder carecen de sentido alguno y hasta se contradicen entre sí. Son por lo tanto, paracientíficos, protocientíficos, pseudocientíficos, extracientíficos, o lo que sea, pero no son científicos. A pesar de tener una aparente objetividad ontológica debido a su apego a los hechos, carecen de una objetividad epistémica, pues se fundan en creencias cientificistas respecto de las formas de obtener conocimiento, y respecto de lo que es el conocimiento científico. Si no hay teoría explicadora general no se puede hablar de conocimiento científico, aunque se trate de enunciar resultados experimentales obtenidos con apego a un método. No existe ningún método que produzca saber científico.

La ciencia se hace con teorías. Estas teorías se fundamentan en la observación de objetos y fenómenos pero, sobre todo, en la interpretación que permite alcanzar un nivel explicativo general. La validez epistémica de una teoría se logra cuando es capaz de explicar todos los casos con la misma suficiencia y coherencia. Y el valor científico de la teoría se juzga por la mayor cantidad de casos que cubra sus alcances. Una teoría que falla en un determinado tipo de casos no pierde todo su valor, pero incita a corregirla. A menudo la ciencia se maneja con una variedad de teorías distintas que cubren determinados aspectos de la realidad. Es un sueño de la ciencia, especialmente de la física, hallar una teoría total.

En última instancia, confiamos en la ciencia porque es un sistema de saber fundado en la realidad y sometido a la confrontación de enfoques, lo que nos garantiza su constante perfeccionamiento y crecimiento. Con esto dejamos en claro que no pueden aceptarse como ciencias, disciplinas configuradas en torno de un objeto de estudio inventado conceptualmente con determinado interés, y que se constituyen como dueños y únicos especialistas de dicho campo, estableciéndose como disciplinas autónomas e independientes, sin conexión alguna con todas las ciencias. Es decir, una especie de "ciencia autista", de manera que resulta imposible la confrontación de sus teorías.

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