lunes, 19 de julio de 2010

Psicohistoria: el papel de la religión en la conformación de América





Cuando a finales de 1620 el Myflower llegó a las costas inhóspitas y desérticas de Massachusetts con el primer cargamento de colonos ingleses en llegar a Norteamérica para asentarse de manera definitiva y literalmente sobre la nada, en el Perú ya existía una sociedad organizada que llevaba casi un siglo de evolución, Lima era una ciudad próspera con más de 20 mil habitantes, tenía una universidad, siete bancos, cuatro santos habían caminado por sus calles, los comerciantes peruanos llegaban hasta la China y Filipinas, y hacían buenos negocios con México adonde ya llegaba el vino peruano, existía una febril actividad minera que convirtió a Potosí en una ciudad de 150,000 habitantes que requerían alimentos y vestidos y dinamizaba toda la economía con la exportación de minerales. En esa misma época, los colonos ingleses debieron empezar por aprender a domar el territorio americano para conseguir sus primeras magras cosechas. En el Perú se habían integrado perfectamente los cultivos nativos con los europeos, y la papa ya se llevaba a España. Los europeos habían hallado en el Perú, un siglo antes, un gran Imperio que les heredó muchas cosas importantes como una red vial, técnicas de cultivo, ciudades organizadas, edificaciones notables que pudieron ser reutilizadas, y una sociedad avanzada que ya tenía mucho que ofrecer. En Norteamérica los colonos no encontraron absolutamente nada, apenas unas tribus nómadas e indomables que nunca se integraron con ellos. Al comenzar el año 1621 Sudamérica le llevaba una ventaja muy amplia a Norteamérica. Les llevábamos un siglo de ventaja. La diferencia era todo contra nada, sin exagerar. Cuando los colonos ingleses llegaron a Norteamérica, en el Perú no había ningún conquistador. Había una nueva sociedad asentada. ¿De qué manera podemos explicar entonces que los norteamericanos hayan logrado superarnos de una manera tan notable? Apenas en cien años ya la diferencia era enorme a favor de las colonias norteamericanas que empezaron de la nada y contra todo. ¿Vamos a seguir creyendo en la historia de que ellos eran colonos y no conquistadores? ¿Acaso no lo fueron también en los hechos? ¿Es que se puede desvincular una cosa de la otra? ¿Vale la pena para los propósitos que perseguimos en este libro, analizar los factores del desarrollo norteamericano? Me parece que sí, aunque sea brevemente.
Si seguimos la pauta de los historiadores tendremos que buscar razones visibles como las leyes que la metrópoli imponía, el tipo de comercio, las distancias geográficas, etc. Sin embargo, acá estamos empeñados en hallar las razones invisibles, es decir, la mentalidad que movía a aquellas personas y a estas. ¿Qué pensamiento era el que predominaba en ambos lados? De hecho dominaba el pensamiento religioso, pero examinemos las diferencias. En las colonias de Norteamérica, abandonadas a su suerte inicialmente, se desarrolló un pensamiento religioso libre, apenas guiados por la Biblia y las enseñanzas de la reforma religiosa que recorrió toda Europa desatando las iras de Roma. Sudamérica en cambio, estuvo dominada por una religión oficial establecida con prepotencia: la Iglesia Católica. Esta era desde muchos siglos atrás una institución profundamente burocratizada. Se dice que acá floreció la fe a tal punto que nos llenamos de santos y catedrales; pero eso es justamente una muestra de la actividad burocrática religiosa que no refleja necesariamente el compromiso de la religiosidad popular ni las formas íntimas que tenía la gente de ejercer su religiosidad, que es finalmente lo que aquí cuenta. La gente era católica, en efecto, pero ¿qué significaba ser católico? La fe se fundamentó rápidamente en componentes externos, visibles, tangibles, en cosas que se podían comprar, llevar a casa, cargar, besar; la fe se trasladó del mundo ideal o espiritual al mundo material y terrenal; fue retirada de la vida diaria para llevarla al interior de una iglesia, dejó de estar a cargo de las personas para convertirse en una ceremonia ejecutada por un sacerdote quien, en buena cuenta, no era otra cosa que un burócrata religioso ejecutando -de espaldas al pueblo- un ritual extraño en una lengua que nadie comprendía. Por otro lado, la Iglesia Católica nunca otorgó a las personas la libertad de amar y servir a su Dios directamente, pues ello implicaría hacer a un lado a la Iglesia y, por tanto, perder el poder. Por ello hasta las oraciones estaban redactadas y aprobadas por la burocracia eclesiástica. De modo que los católicos no podían instituir un compromiso directo con Dios y arreglar sus asuntos directamente con El, debían hacerlo con la Iglesia; ella determinaba las formas de agradar a Dios, empezando por acatar, respetar y defender a la propia Iglesia. Como toda entidad burocrática, la Iglesia velaba, en primer lugar, por sí misma. En su prédica no había un mensaje orientado a la edificación de una existencia digna sobre la tierra, de una vida útil, dedicada a seguir las enseñanzas de Cristo en cada acto, no; bastaba con servir a la Iglesia, besar un crucifijo, donar una suma de dinero, encender unas velas, realizar una procesión, en fin, una variada serie de actos muy concretos pero aislados de la vida cotidiana y real; incluso se alentaba una santidad contemplativa y socialmente inútil, alejada del mundo real. Esos actos absolutamente simples, triviales y hasta absurdos, totalmente ajenos a la realidad humana, bastaban para resolver de una manera muy convincente los apremios espirituales de los católicos. ¿Y cuáles eran esos apremios espirituales de los católicos? De acuerdo a la prédica era tan solo la salvación eterna del alma. No era entonces un asunto muy difícil llegar al cielo. La preocupación del hombre no estaba en este mundo que era tenido como pasajero y descartable, sino en el otro que era eterno. Qué importaba pues lo que sucediera en una vida provisional, en un mundo desechable, lo importante era pensar en la eternidad, asegurarse el pasaje a la inmortalidad espiritual mediante las gestiones que la Iglesia realizaba. Ir al Paraíso no era más que un trámite burocrático y la Iglesia extendía las visas.
En el otro extremo de América, en cambio, los peregrinos europeos huyeron de Inglaterra justamente renegando de todas esas prácticas paganas, mundanas, fetichistas; pertenecían a las nuevas tendencias reformistas; seguidores de Calvino y Lutero, estaban convencidos de que la única forma de llegar a Dios era construyendo toda una vida digna orientada a complacer la voluntad divina expresada en las Sagradas Escrituras. Pero una vida digna en este mundo, no en otro. No tenían una religión definida, menos una Iglesia organizada, solo la necesidad de llegar a Dios y agradar a Dios con sus actos, pero con todos sus actos, no únicamente con oraciones sino principalmente con trabajo. La fe se practicaba en todo momento, no solo dentro de una iglesia. Los predicadores no sometían a los fieles a los dictados de un catecismo sino que los educaban en la forma correcta de vivir, de interpretar el mensaje de Dios escrito en la Biblia. Los domingos se acudía a la iglesia para aprender a vivir correctamente y no para repetir aburridos rituales ni recitar de memoria las oraciones. Cada oración implicaba un esfuerzo original y personal de comunicación directa con el Ser Divino. Si tuviéramos que comparar la fe en ambos lados de América midiéndolo por la cantidad de santos, catedrales, procesiones, Latinoamérica resultaría ser un pueblo extremadamente creyente y Norteamérica, en donde no existen rastros visibles de la fe popular, donde no existen grandiosas catedrales y las iglesias no eran sino edificaciones austeras, resultaría un pueblo próximo al ateismo. Pero sabemos que esto no es así. La fe religiosa en los EEUU ha dado lugar a la aparición de miles de religiones y sectas de todos los matices, constituyéndose en un fenómeno que no tiene comparación alguna en ningún otro lugar del mundo. Las diferencias en la forma de experimentar la fe y vivir la religión en cada lado de América son muy notables y decisivas, y no se pueden ignorar a la hora de explicar ambos procesos sociales. Si bien en el siglo XXI la religión ha perdido algo de su vigencia, aun hasta mediados del siglo pasado era la columna vertebral de la vida. En este sentido, comprender la mentalidad de aquellas personas de la Colonia, pasa necesariamente por comprender cómo era su fe. La fe católica está vinculada a elementos externos, físicos, temporales. Se practica a la hora de la misa, cuando encuentran una iglesia o ven una cruz, una estatua de la virgen, etc.; y lo que esto motiva son acciones temporales y rituales definidos, tales como persignarse, repetir de memoria una oración, besar una estatua, etc. De modo que la fe se expresa en actos muy concretos, muy específicos, se limita solo a ellos y allí termina todo el compromiso religioso. No hay una obligación vital que involucre la existencia cotidiana total y oriente cada uno de sus actos. La fe es algo que comienza y termina en cualquiera de esos instantes vinculados a los objetos y momentos religiosos. La esperanza de la salvación del alma está depositada en este tipo de actos, en la frecuencia y cantidad de rezos y procesiones. Más allá de todo eso la vida sigue su propio rumbo, la vida real es un campo aparte, no tiene que ver con los actos de fe, son cosas distintas, separadas, lo que ocurre en el trabajo o el hogar no tiene nada que ver con lo que ocurre en la iglesia, salvo en el momento de la confesión cuya función es conciliar la vida real con los mandatos de la Iglesia a cambio de una pequeña penitencia.
Por otro lado, la fe católica practicada con el propósito exclusivo de salvar el alma y ganar la vida eterna genera una actividad religiosa individualizada, egoísta. Cada uno debe salvar su propia alma ya que es imposible salvar la de otros. Es un asunto personal, no colectivo. Pedir a Dios por otro es lo máximo que se puede hacer por alguien, pero eso también es un asunto personal. En el sentido en que los colonos ingleses y sus descendientes asumieron su fe las cosas fueron completamente diferentes. Ellos eran el pueblo elegido por Dios y habían llegado a la Tierra Prometida; tenían, por tanto, que cumplir una misión: construir la Nación de Dios. No era pues cualquier cosa. Tenían una obligación colectiva, una misión como pueblo, tenían un norte, un derrotero claro adonde ir, y era un compromiso contraído con Dios, nada menos. No hay nada más fundamental para una persona o comunidad que tener una misión en la vida, porque eso le otorga un sentido a la existencia que, de lo contrario, habría que buscar afanosamente y contentarse con metas precarias, o vivir sin propósito. Construir una gran nación, digna de Dios, era una meta colectiva de los colonos norteamericanos y la Biblia proporcionaba las instrucciones. De manera que la fe estaba puesta en cada acción de la vida, en la vida diaria y cotidiana. El hecho mismo de vivir ya era un acto de fe: la siembra, la cosecha, el trabajo, el matrimonio eran actos de fe, y esta fe se practicaba de una manera interior, mental, razonada, sin signos exteriores que deban revelar el grado individual de esa fe. En ese concepto nada había que hacer en este mundo para agradar a Dios sino vivir dignamente y contribuir con su trabajo individual a construir esa gran Nación. El éxito personal era el único signo externo de la bendición de Dios, y este era buscado afanosamente. La ausencia de una Iglesia organizada, de una entidad burocrática que administre la fe, fue un factor determinante para que la fe se extendiera por toda las actividades del día y no esté confinada al interior de una Iglesia y sólo al ritual que una burocracia eclesiástica exigiera, de acuerdo a su interés. La ventaja de poder manejarse libremente con un pensamiento religioso homogéneo y libre, basado en la Biblia, sirvió de fundamento al enorme progreso de las colonias norteamericanas. La otra ventaja fue que llegaron a un lugar en donde la riqueza no estaba al alcance de la mano sino que había que crearla con mucho sudor y trabajo. Este fue un factor adicional que contribuyó a seleccionar a los inmigrantes de una manera natural a ambos lados del continente. Los que iban a Norteamérica sabían que sólo había tierras y libertad, eran gente que ansiaba la libertad y esperaba trabajar muy duro para conseguir apenas vivir con dignidad; los que iban a Sudamérica especulaban con tesoros fabulosos, eran gente que ansiaba enriquecerse fácilmente, en ese propósito buscaban, negociaban y aprovechaban las concesiones obsequiadas por la Corona Española, lo que siempre significaba vivir cómodamente del trabajo de los indígenas asignados. Este fenómeno cultural e histórico repartió dos tipos diferentes de personas a lo largo del continente, no sólo en sus intenciones y deseos, sino en su genética. ¿Y quién nos asegura que tales intenciones y deseos no tienen un fundamento genético? América fue como un gran laboratorio de crianza de dos tipos distintos de seres humanos diferenciados por su laboriosidad y mentalidad. Así tenemos que la inmigración europea hacia América fue el acto de selección natural más grande de la historia.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada