domingo, 4 de julio de 2010

El origen del pensamiento religioso





Introducción
La religiosidad es un componente fundamental del ser humano. Ha estado presente desde que el hombre apareció sobre el planeta. Desde aquellos remotos tiempos y hasta nuestros días la religiosidad estuvo adquiriendo una infinita variedad de formas ligadas siempre a las necesidades profundas de cada pueblo y expresando una particular cosmovisión de acuerdo a su época y circunstancia. Jamás hubo pues ningún momento en la historia ni lugar en la Tierra sin algún tipo de manifestación religiosa. Sin embargo, este hecho tan evidente como importante permaneció siempre invisible para la psicología y otras ciencias humanas. Tal vez como un efecto de lo cotidiano, es decir, por aquello de que nadie se percata de lo que le rodea porque se asume como parte del escenario natural. Casi siempre le prestamos mayor atención a lo insólito y extraordinario mientras que todo lo demás, lo ordinario, no motiva nuestro interés, o lo hace apenas para establecerlo como una realidad esencial, y tan sólo para señalarla como tal. Este ha sido el caso de la religiosidad, y muy pocos se ha ocupado de ella convenientemente, es decir, científicamente. Se ha hecho ciencia al margen de las ideas religiosas, y peor aún, la ciencia estuvo supeditada al pensamiento religioso, pues casi todos los principales filósofos de la ciencia y científicos famosos han sido creyentes. Newton, por ejemplo, era un fanático creyente. Las bases del pensamiento científico, es decir, la cosmovisión de la ciencia primigenia, fue concebida desde las visiones religiosas de la época, que concebía un universo perfecto por ser la obra de Dios, y que funcionaba en perfecta armonía como el mecanismo de un reloj suizo. Las causas y los efectos de la visión determinista se sucedían inevitablemente a partir de la voluntad de Dios. En suma, ni la ciencia se escapó del pensamiento religioso. Han tenido que pasar muchas cosas para iniciar la reconstrucción de la ciencia al margen de las visiones religiosas. Y en especial, la reconstrucción de la psicología, que fue asociada con el estudio del alma, en determinada época. A la religiosidad a menudo se la ha atacado, incluso rabiosamente, como lo prueban diversos sitios web sobre ateísmo, siendo quizá el más famoso de ellos el de Richard Dawkins. Lo cual me extraña, pues siendo Dawkins un evolucionista, no ha intentado explicar la religiosidad como un mecanismo evolutivo sino simplemente atacarla. Desde mi punto de vista, la mejor opción es explicarla. Ese es el papel que le corresponde a la psicología, más que a ninguna otra ciencia.
En la categoría de conductas complejas, la religiosa tiene características únicas que la hacen quizá la más compleja de todas. La psicología tradicional, sin embargo, nunca se interesó por el estudio de una conducta tan ampliamente extendida en el mundo y en el tiempo, y tan determinante en la historia y la civilización. El interés en el estudio del origen de la conducta religiosa surgió más bien en la paleontología y la antropología, y solo posteriormente la psicología evolutiva acudió a completar el equipo. Hoy es mucho lo que se ha avanzado luego de perseguir el pensamiento religioso a través del tiempo y descubrir, ya en el neolítico, la religión de los cazadores, de los agricultores, alfareros, etc. Se han hallado templos, oráculos; recopilado estatuillas, grabados; recogido mitos y leyendas de diversas culturas, descubriendo entre ellas las mismas raíces ideales. En añadidura, la historia y la sociología se han sumado al esfuerzo por esclarecer el rumbo que fueron adoptando estas ideas, y de qué manera estuvieron mutando, mezclándose y evolucionando hasta establecer las grandes religiones monoteístas que hoy subsisten después de siglos. Finalmente, la historia particular de cada religión contemporánea es también una última y necesaria ayuda para entender este fenómeno universal, ya que muchos pueblos llevaron sus religiones hasta otros confines de la Tierra. La religión, la lengua y la cultura fueron los principales productos de exportación durante milenios, y lo sigue siendo hoy. En suma, la psicología está ya en condiciones de poder explicar con suficiente solvencia el origen y la causa de la conducta religiosa que domina nuestra cultura y trataremos de resumirlo en este pequeño artículo.

Los fundamentos de la religiosidad
La religión en nuestros días empieza por una sola y simple pregunta: ¿quién creó al hombre y al universo? Esta es la pregunta fundamental que se hace todo creyente para empezar su pensamiento y conducta mística, sea cuales fueran las formas que adquieran. La mayoría de las religiones, incluyendo la judeocristiana, empieza por resolver esta cuestión antes de proseguir con el resto de su estructura ideológica. De modo que debemos empezar por estudiar esta primera actitud. Hay allí, en principio, una motivación que analizar. Por tanto, la interrogante para nosotros es ¿por qué nos hacemos esta pregunta en particular y por qué arribamos a una respuesta en particular? Hay muchísimas cuestiones que pueden intrigar al hombre tales como por qué calienta la luz del sol, por qué la luna no nos cae encima, por qué cambian las estaciones, etc. Sin embargo nada de esto le ha producido tanta inquietud al ser humano como el tema de su origen último. El hombre quiere saber esencialmente cuál es su origen, de dónde proviene y adónde pertenece; para empezar, desea conocer quién es su padre y su madre, cuál es su pueblo, su dinastía, familia, etc., y esto se debe sin duda a una herencia antropológica perfectamente comprensible. La búsqueda de los progenitores es algo que está programado genéticamente en la biología humana -como en la de otras especies- lo mismo que la búsqueda e identificación de su grupo. ¿Quién soy? y ¿de dónde provengo? son preguntas que están grabadas en los genes. No es pues algo casual ni gratuito. Es supervivencia. A partir de esta comprobación ya podemos establecer el impulso original de la pregunta que atormenta al ser consciente: ¿de dónde proviene finalmente? No se trata entonces de una interrogante cualquiera, una pregunta surgida del azar. Ninguna idea le sobreviene al ser humano por azar, siempre tiene una motivación fundada. De hecho, una interrogante tan obsesivamente presente en la conciencia humana de cualquier cultura y época como el de su origen último tiene que estar profundamente justificada, debe obedecer a un sustrato biológico definido en su configuración animal, y es perfectamente rastreable en otras especies. Incluso los patos, apenas al salir del huevo, ya buscan a su progenitora. No sabemos si ellos se preguntan "¿de dónde venimos?" pero su conducta es equivalente. 
Aun tratándose de un ser racional, con todas las maravillosas facultades que tiene su cerebro, el hombre no está exento de la influencia de sus programas genéticos; estos se cumplen inexorablemente y lo impulsan en una determinada dirección. El ser consciente debe responder a estos apremios con su inteligencia y buscar respuestas. Algo que podemos corroborar a ciencia cierta es que la mayor parte de las veces el ser humano ha usado su prodigiosa inteligencia para justificar acciones que tienen su origen en sus impulsos biológicos más profundos. Ideologías profusas han surgido a lo largo de todas las épocas para justificar acciones predadoras como el racismo o la esclavitud. Por ello no nos sorprende encontrar que el pensamiento religioso corresponde a una forma racional de responder a conductas o impulsos que tienen sustratos biológicos y antropológicos. Es allí donde en última instancia tiene su origen esa inquietud fundamental ¿quién nos creó? Pero hay otras igual de importantes: ¿a dónde van los muertos? ¿De dónde vienen las crías? Etc. 
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Cualquier pregunta que el hombre se haga surge en el contexto de su conciencia, y en ningún otro lugar, en consecuencia es allí realmente donde tenemos que ubicar todas las respuestas y no afuera: ¿Quién se hace esa pregunta y porqué? ¿Cómo llega a resolver la cuestión? ¿Qué tipo de respuestas aplacan su inquietud? Eso es lo primero que debemos considerar a la luz de las evidencias que nos brindan la antropología y la historia, para finalmente elaborar una cabal explicación psicológica del fenómeno religioso.
La religiosidad es una conducta que ha cambiado mucho a lo largo de los tiempos. Ha mutado tanto como el idioma, el pensamiento y la cultura. Entender la religiosidad de hoy es muy distinto a entender lo que fue en sus orígenes más primitivos y en cualquier otra época de la historia. No es, por tanto, forzosamente necesario para entender la religiosidad actual, remitirnos a las épocas prehistóricas en que se dan inicio a las primeras ideas mágico religiosas de los humanos, pero puede ser de mucha ayuda si lo que queremos es profundizar en las motivaciones psicológicas que tienen las personas para abrazar ideas religiosas. Todo tiene un principio. Vayamos pues al principio de estas ideas.

Las primeras interrogantes del nuevo ser consciente
La famosa pregunta “¿quién creó el universo?” apareció cuando este tenía 14,000 millones de años expandiéndose (al menos este universo que ahora vemos). Nuestro planeta tenía unos 4,600 millones de años y el hombre apenas 100,000 años transitando. El tema surgió recién cuando hubo un cerebro capaz de hacerse esta pregunta, y toda clase de preguntas, ya que el mundo entero resultaba una gran incógnita para el ser primitivo consciente. Los millones de cerebros de miles de otras especies que poblaron la Tierra antes que el hombre, y luego junto a él, nunca se hicieron esta curiosa interrogante -ni ninguna otra- y aun siguen sin hacérsela, lo cual –como ya sabemos- no ha impedido que subsistan. Y no hablemos de otros confines del universo en el que hay miles de millones de mundos donde probablemente nadie se está planteando esta peculiar incógnita. Se necesita más que un cerebro, se requiere un cerebro con conciencia para poder hacerse preguntas. Pero más que eso aún, se necesita que esta conciencia tenga determinadas características para poder hacerse cierto tipo de preguntas en particular y conformarse con cierto tipo de respuestas en especial. Esto quiere decir que si la evolución hubiera tomado otro rumbo, y si los humanos hubiésemos adquirido otro tipo de cerebro, sencillamente jamás nos hubiésemos interesado por esta cuestión, y tal vez viviríamos tan tranquilos como las demás especies. Incluso si la mente humana hubiera elegido otras estrategias para afrontar sus apremios conscientes iniciales, nuestra historia evolutiva hubiera sido muy distinta. Claro, no se trata únicamente de decir que si no hubiera llovido anoche, hoy no estaría mojado. Pero realmente es necesario dejar bien en claro que si está mojado es justamente porque llovió toda la noche. Esa es la primera cuestión que debemos tener en cuenta. Esto trata de darnos a entender que si el pensamiento religioso logró establecerse tan firmemente en la mente humana no fue de manera gratuita, accidental, sino que hubo de ocurrir algo que pueda explicarlo. De hecho tuvo un origen y un proceso evolutivo. El pensamiento humano tomó el rumbo que ya conocemos, pero ahora nos interesaría saber algunas cosas básicas como por ejemplo ¿por qué precisamente esa pregunta y no otra? Aunque para esto ya hemos ensayado una tesis, quizá deberíamos también considerar aquella respuesta en particular que seduce al ser humano y aplaca sus inquietudes ¿Y porqué precisamente esa respuesta y no otra? Es decir, ¿por qué arribamos a la idea de un dios y no a otro tipo de solución a la inquietud original? Esta pregunta esconde un error de principio. Asume que la idea de un dios, tal como hoy lo entendemos, es la que nos surgió de buenas a primeras. De hecho no fue así. La idea actual de dios, es el resultado final de un largo proceso evolutivo de ideas (evolución cultural) que se inició con otro tipo de imágenes y conceptos. Los humanos generaron una amplísima gama de seres imaginarios que adoptaron nombres distintos, y hoy mismo podemos ser testigos de esto, pues a lo largo del mundo hay una gran variedad de divinidades. En el mundo occidental ha prevalecido una imagen y un concepto de dios, como resultado de los acontecimientos históricos de dominación de ciertos pueblos, básicamente del imperio romano y, luego, debido al accionar de la iglesia católica. Así pues, tenemos dos procesos: por un lado el proceso de la evolución de las ideas, en el entrecruzamiento natural de ellas, durante el contacto de los pueblos, y por otro lado, el accionar de dominación de un imperio o Estado, o de una iglesia en particular.
Pero la cuestión es entender cómo se admiten ciertas ideas, ya que, evidentemente, podemos apreciar hoy mismo, y a lo largo de toda la historia, que una gran cantidad de ideas han podido ser admitidas como respuesta a las preguntas fundamentales de los humanos. Toda pregunta nace de una inquietud. No aparece simplemente. Hay una inquietud previa que la hornea hasta alcanzar la temperatura apropiada para surgir. Finalmente se manifiesta de una manera racional; pero no se trata de una cuestión verdaderamente racional, lo que el sujeto busca en realidad no es una respuesta a la interrogante planteada racionalmente sino eliminar la tensión interna que le produce su inquietud, ese es todo su propósito. Resultaría inútil buscar una verdad que sin duda no está en condiciones de poder hallar ni de comprender. Todo lo que busca y necesita es calmar su inquietud interna. La respuesta tiene pues que estar al alcance de su comprensión racional, de todos modos. Es por ello que cualquier tipo de respuesta será aceptada si tan solo consigue calmar sus inquietudes. No tiene que ser una "verdad", en el sentido epistemológico del término. Esto no era lo que se necesitaba, pues el conocimiento verdadero (científico) es algo que tardó muchísimo en llegar a los seres humanos. Por supuesto, hace unos cuarenta mil años nadie estaba en condiciones de comprender cómo surgió el universo ni cómo aparecieron los seres humanos, tampoco podían esperar demasiado por una respuesta, pues el estrés los hubiera aniquilado. La supervivencia exigía respuestas y estas llegaron para cumplir una urgente misión que no tenía nada que ver ni con el conocimiento ni con la verdad epistémica sino con el estrés y la supervivencia. De este modo, una respuesta que satisface la inquietud de manera permanente y estabiliza psicológicamente al sujeto, se convierte en una verdad. Y se la defiende como tal, pues se vuelve elemento vital.
De hecho, los hombres nunca necesitaron una verdad científica para calmar sus inquietudes internas y seguir viviendo. Tan solo buscaban una buena respuesta, eso era todo. Si ella les proporcionaba alivio, se le admitía y se le defendía, como se cuidan las plantas que nos proporcionan alivio al ser consumidas. Así de simple. No se necesita más para continuar con la evolución, y eso es lo único que importa en términos biológicos. En ese momento nadie se interesaba mucho por la verdad, tal como la concebimos hoy. La humanidad no empezó a pensar haciendo filosofía y ciencia sino haciendo supervivencia. Lo que en realidad hacía falta era una idea que restituya la homeostasis interna. Cuando ella se logra, se la defiende; luego el ser consciente elabora los esquemas lógicos necesarios para establecerla. Este es un mecanismo que subsiste hasta nuestros días: cada vez que el ser humano sano se confronta con una situación adversa, surgen ideas que procuran restituir el equilibrio psicológico, incluso es capaz de engañarse, y luego se elaboran raciocinios que defiendan estas ideas favorables. Y esto ocurre no sólo con los individuos, sino también con las comunidades y naciones, pues todas ellas requieren explicarse su origen y justificar o explicar sus impulsos antropológicos con ideas. De este modo, todas las acciones, aun las más irracionales, van siempre acompañadas de ideas que las explican y justifican. Por ello existen hoy una gran cantidad de respuestas religiosas, que han surgido en todo el mundo a lo largo de los tiempos, y aunque muchas se mantienen vivas hasta hoy, todavía siguen apareciendo otras en el horizonte, demostrando que este mecanismo sigue vigente en el hombre. Cada expresión religiosa es en realidad una respuesta efectiva a ciertas necesidades psicológicas concretas de un segmento humano específico. Cada época plantea además nuevas y distintas inquietudes y exige nuevas y distintas respuestas. Esta es la causa del incalculable número de manifestaciones religiosas diseminadas por el mundo. Ellas son en sí mismas, la prueba fehaciente de que el pensamiento religioso es fundamentalmente una respuesta íntima de algún grupo humano específico que enfrenta inquietudes psicológicas concretas. En una próxima entrega trataremos de indagar cómo surgieron estas primeras inquietudes en el ser humano hace ya varios miles de años atrás, durante la aparición de la conciencia. (Para una ampliación de conceptos, véase el artículo anterior sobre Creencias, dioses y religiones. Se puede abrir aquí).



1 comentario:

  1. Muy interesante el artículo, me ha gustado bastante. Leyendo me surgió una reflexión, aunque hoy en día la ciencia esté obsesionada por deconstruir la realidad en aras de "una verdad objetiva" creo que a la gente en general la verdad nos sigue importando poco, sencillamente como antaño necesitamos respuestas que calemen nuestras inquietudes, que sean verdaderas o falsas nos es indiferente.

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