sábado, 16 de enero de 2016

Pruebas de la existencia de Dios


Es curioso oír hablar de "pruebas de la existencia de Dios". En principio porque no haría falta ya que toda creencia religiosa es una cuestión de fe, es decir, se cree por el puro afán de creer. La fe es una convicción ciega que no requiere pruebas de ninguna clase. A eso le llaman "virtud teologal". Bajo esta óptica, quien cree a ciegas es un virtuoso y digno incluso de admiración y elogio. La concepción de la fe como una virtud -y no como cualquier virtud sino como la principal de las virtudes-  es parte de una maquinaria cultural muy bien montada para fabricar creyentes y liberarse de los engorrosos cuestionamientos a la racionalidad y realidad de los mitos religiosos. Sin embargo, y pese a la aparente fortaleza de la fe, nunca faltan quienes hablan de "pruebas de la existencia de Dios", lo cual es bastante contradictorio, ya que si hubiera una sola prueba sería suficiente para dejar de lado la fe. Pero nada de esto ocurre. La fe sigue siendo el principal motor de los creyentes, quienes al mismo tiempo no dejan de apelar a las supuestas pruebas de la existencia de Dios. Lamentablemente, también hace falta bastante fe para creer en esas "pruebas".

En realidad, toda esta historia acerca de las "pruebas de la existencia de Dios" no pasan de ser más que intentos -de ciertos sectores religiosos- de manipular la ciencia para justificar sus creencias. Al hacerlo, le conceden a la ciencia el valor de ser la forma más racional y eficiente de entender la realidad, aunque con ello tengan que, necesariamente, atropellar las bases del pensamiento científico, pues no hay manera válida de colocar la ciencia al servicio de las creencias religiosas. En principio, la ciencia es el estudio de la realidad y no de las fantasías humanas. Dentro de las humanidades existen disciplinas que estudian las creencias, los mitos y las religiones, pero la ciencia naturalista solo se ocupa de la realidad física, por lo tanto es inútil pretender usarla para justificar creencias y mitos como si fueran realidades. Más aun, la ciencia procura estudiar la realidad sin la influencia de la subjetividad humana. En tal sentido, podría afirmarse incluso que la ciencia es una forma de conocimiento que pretende superar la condición humana, pues va más allá de sus capacidades perceptivas, por ejemplo. Por eso mismo el saber científico resulta por lo general contraintuitivo. Aun cuando estén sobrevaloradas y mucha gente viva sometida a las creencias religiosas, desde un punto de vista científico, estas no poseen ningún carácter especial ni superior ni distintivo a cualquier otro producto de la imaginación humana. No son diferentes a la literatura. De hecho, todas las creencias religiosas parten de la mitología, que en nuestros días solo es una forma de literatura folklórica antigua. Que las personas asuman cierto tipo de creencias como una realidad -y se sometan a ellas- es un fenómeno que es estudiado por las ciencias cognitivas y, en ciertos casos, por la psiquiatría y la psicología clínica.

Con el auge de la ciencia desde mediados del siglo XIX, se inició una constante preocupación en el seno de la iglesia para dar respuesta a la corriente de pensamiento que se basa en la ciencia y que, por tanto, cuestiona las alegres creencias teológicas que carecen de evidencias. Ante esto, los círculos de la fe iniciaron una esforzada búsqueda de seudopruebas y argumentos circulares que ayuden a sustentar el castillo de fantasías religiosas bajo la apariencia de una explicación científica. En ese empeño solo han podido manipular la ciencia, inventando una seudociencia teológica que siempre finaliza del mismo modo: un punto en el que ya no hay más explicación científica posible y sacan a relucir a Dios como explicación final. Es decir, no hemos cambiado nada desde las épocas en que Dios era la explicación para todo lo que el hombre no entendía, desde los fenómenos naturales hasta la vida y la muerte. La seudociencia teológica presenta, por ejemplo, las leyes de la termodinámica para llegar a un punto en el que nos dice: "nada de esto puede darse si no es por la intervención de un ser supremo". Y lo mismo ocurre en la biología, donde, luego de mostrar la compleja estructura celular, termina con la misma sentencia: "esto evidencia una intervención divina porque se trata de un diseño inteligente". Como vemos, siguen siendo las mismas creencias religiosas disfrazadas de ciencia, pues la "explicación" final siempre es una creencia de fe. La intención es llevar al lector a un sendero de dudas y misterios para concluir con la típica idea: "la ciencia es incapaz de explicarlo todo". Entonces sacan de la manga su as oculto: Dios. Esto deja en claro la gran diferencia entre el pensamiento científico y el religioso, pues en la ciencia no se asumen prejuicios ni dogmas sino que nos limitamos a lo que las evidencias ofrecen. El saber científico emerge de la evidencia, o no surge simplemente. En la ciencia nadie tiene un as escondido para llevarnos a una conclusión alegre, como lo hacen los creyentes. Uno puede observar el recorrido de un río y llegar a la falsa conclusión de que el río tiene inteligencia para poder trazar su curso, o que hay un "ser supremo" que diseñó el curso de ese río para que pudiera sortear todos los obstáculos, que es el clásico pensamiento religioso en su típica pseudociencia. Ninguna de las dos conclusiones es la correcta. No hay necesidad de asumir nada. Solo hay que ver las evidencias de cada hecho, pues son estos los que nos explican la realidad por sí solos, aun incluso en contra de nuestro sentido común humano, algo que jamás ocurrirá en la pseudociencia de los creyentes, pues parte del sentido más común de los humanos que es asumir un ser supremo como explicación final.

No existe un debate muy amplio acerca de la relación entre ciencia y religión. No quiero decir que exista una relación, no la hay, sino que no hay suficientes esfuerzos para mostrar qué son y cómo se pueden relacionar estas dos formas divergentes de entender la realidad. Existe un desconocimiento casi total acerca de lo que es la ciencia y, lo que es peor, algunos afirman que existe una conexión entre ciencia y religión, tal que ambos dependen entre si mutuamente. Este es uno de los disparates más repetidos por los religiosos y más difundidos por los creyentes. Paradójicamente fue Einstein quien introdujo una desafortunada frase que anda muy divulgada por los creyentes: "La ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia está ciega". Einstein se refería a la necesidad de diálogo entre las distintas vertientes del pensamiento humano y nada más. En si misma la frase es un absurdo total pues ciencia y religión son dos cosmovisiones contrapuestas y existen muchas más otras diferencias entre ellas que no es el caso detallar en este momento, pero que he explicado en anteriores post. La religión jamás ha necesitado de la ciencia y viceversa. Todo intento por acercarlas, concordarlas y conciliarlas son farsas manipuladoras de parte de los creyentes y de la Iglesia.

Otro argumento que los creyentes suelen exponer como sustento es el hecho de que hayan existido muchos científicos creyentes. Pero esto no es de extrañar puesto que en la Edad Media, cuando surge el pensamiento científico naturalista, la Iglesia y la religión regía el pensamiento de los humanos. De hecho, los primeros científicos eran monjes y teólogos. Pero su ciencia no se derivó de sus creencias sino de sus observaciones, cálculos y experimentos. Se basaron en las evidencias y no en sus creencias. En la mayoría de los casos se trata de científicos que descubrieron fenómenos concretos mediante la observación directa o la experimentación, lo cual no afecta en lo absoluto sus creencias. El mundo de las creencias ni siquiera pertenece al mundo real en el que nos movemos, de manera que el estudio científico de este mundo real en nada podría afectar aquel mundo de fantasía que constituyen las creencias de la fe. No hay manera de que se intersecten ambos mundos, hablando en términos matemáticos. Entonces ¿cómo es que se puede hablar de "pruebas de la existencia de Dios"? El concepto "dios" pertenece al mundo imaginario de los seres humanos, mientras que las pruebas o evidencias son parte del mundo real. El hecho mismo de que los científicos puedan mantener en paralelo sus creencias y sus conocimientos, es una prueba de que ambas perspectivas no se chocan ni se afectan pues pertenecen a escenarios diferentes. Las matemáticas no se pueden aplicar a Dios, las fantasías religiosas no se pueden medir o pesar. Por eso mismo muchos teólogos y monjes han sido pioneros del conocimiento científico sin problema alguno. Pero esto, una vez más, no es una prueba de que una visión sea compatible con la otra y menos interdependientes. Todo lo contrario: prueban que simplemente no tienen relación alguna, pues una existe en la realidad y la otra en la imaginación. La ciencia se ocupa de la realidad, no de las creencias; mientras que las creencias son nociones que por mucho tiempo sirvieron para sustituir la falta de conocimientos y no se pueden emplear como explicaciones "científicas". Hay que tener esto muy claro para no caer víctima de la manipulación de la ciencia por parte de las sectas de la fe. 

El caldo de cultivo para el surgimiento de todas las creencias en un ente mágico y poderoso (divinizado o no) siempre fue el desconocimiento de las causas. Los hombres primitivos razonaban para explicarse los fenómenos. La estructura natural de su pensamiento fabricaba una explicación a la medida de su lógica humana. Y dado que los hechos humanos ocurren por acción de un autor, es perfectamente natural asumir que un autor causa los fenómenos naturales. La prueba de esto está en los numerosos entes mágicos y dioses responsables de un sinfín de fenómenos que van desde la fertilidad hasta la agricultura. Una creencia es una manera simple, fácil e inmediata de explicarse algo, sin preocuparse por su certeza. En la antigüedad bastaba que una idea fuera lógica para ser asumida, y siempre había una explicación ad hoc para las divergencias. Así sobrevivió la humanidad por milenios hasta el advenimiento del pensamiento científico hace solo un par de siglos. Pero la llegada de la ciencia no cambió las formas ancestrales del pensamiento humano ni erradicó sus creencias. Los seres humanos mantienen la mayoría de sus creencias y supersticiones; más aun: estas siguen en aumento. Las supersticiones son creencias simples y aisladas que gobiernan la conducta y suelen mezclarse con las creencias religiosas. Una típica superstición le atribuye algún poder a algo, por ejemplo, a una imagen u objeto, incluso a un ritual, como los que se realizan para recibir el año nuevo, una perfecta muestra de que esta clase de conducta sigue vigente. Hay muchos objetos y lugares a los que se les conceden atributos mágicos. Por ejemplo, para mucha gente el Cusco es un punto del planeta que "irradia energía" o algo por el estilo. Mucha gente mística va al Cusco solo para "sentir" esa energía. De hecho, energía es una de las palabras más manoseadas por los charlatanes y creyentes en este tipo de supersticiones. Los creyentes llegan a afirmar que sienten esta "energía cósmica". Es posible que efectivamente sientan algo, pero es porque están excitando su sistema límbico, tal como ocurre con los místicos fanáticos de la fe cuando rezan. Los creyentes sostienen que sus experiencias místicas internas son "pruebas" de la veracidad de sus creencias. Experimentar sensaciones como oír voces y otra clase de percepciones complejas no prueban la veracidad de ninguna creencia. A lo sumo solo son pruebas de psicosis o alguna otra enfermedad mental. De hecho, el santoral católico está repleto de psicóticos. 

Una superstición es una creencia muy simple y circunscrita, dirigida a algo en concreto: los gatos, el viento, la sal, etc. que producen efectos buenos o malos en la vida de las personas expuestas a su influencia directa. Existen creencias amplias, elaboradas, incluso totalizadoras, como las que configuran las religiones, algunas convertidas ya en obras de literatura universal. Las grandes religiones monoteistas que hoy dominan la mayor parte del planeta, son herencias de épocas muy antiguas, cuando la realidad no tenía otro tipo de explicaciones más que toda clase de creencias. Durante milenios las creencias iban y venían de pueblo en pueblo y se ensamblaron en cierta forma de ideología que generó la religión. Todas estas creencias formadoras de las religiones monoteistas predominantes, han requerido que alguien organice las ideas dispersas en un tratado ideológico coherente que pueda ser seguido por todos. Lo primero que necesitaron fue dominar la escritura, pues un pueblo sin textos es una cultura que desaparece en el olvido de los siglos. La gran ventaja de ciertos pueblos fue que pudieron plasmar sus creencias en textos. Solo por esta ventaja (y otras circunstancias ajenas), el pueblo judío, una nación sin ninguna relevancia particular, pudo difundir sus creencias a todo el mundo. La Biblia es un gran compendio de diversos mitos antiguos que han sido integrados y acondicionados a la visión de un pueblo, pero que se extendió hacia otros lugares mediante la dominación política y militar. Hoy resulta ridículo que pueblos indoamericanos estén leyendo la historia del pueblo judío como si fuera la suya, y abrazando sus creencias. Pero esto tiene, desde luego, explicaciones históricas. De otro lado, tener historias escritas no es suficiente. Muchos pueblos antiguos tenían textos escritos, incluso coincidentes pues provenían de las mismas fuentes orales, pero no generaron grandes religiones porque les faltaba el corpus ideológico organizado y la fuerza militar para imponerlas. Ni siquiera los cristianos lograron ser una religión organizada hasta que el Imperio Romano se hizo cargo del asunto. Fue Constantino quien inventó realmente el cristianismo. La religión católica es una creación del imperio romano, ellos eligieron los evangelios e idearon el credo básico, le dieron forma a los rituales, etc. Del mismo modo, el Islam apareció solo cuando Mahoma organizó las ideas en el Corán. La existencia de estos textos organizados con credos explícitos y coherentes facilita que los fieles puedan entenderlos, especialmente cuando se les dota de una burocracia encargada de sostener las prácticas rituales, lo que deviene en una Iglesia, que es una especie de empresa bien organizada a cargo de instituciones con cuerpos especializados y jerarquías. El surgimiento de la Iglesia fue clave para mantener cierta organización social en torno a unas creencias en particular. Así fue como se logró cierto grado de orden y organización social. Nadie niega el rol de las religiones en esto. 

Pero volvamos a las épocas primitivas. Antes de la imposición del cristianismo, los pueblos tuvieron múltiples dioses. La religión era un compendio de dioses y creencias variadas que no tenían mayor conexión entre ellas. Había total libertad para practicar las creencias que cada quién quisiera. Antes de la imposición del cristianismo (y aun después), en Roma cada casa tenía sus propios dioses. Hasta en el interior del hogar habían dioses para cada rincón, los llamados lares que protegían los espacios de la casa, empezando por la puerta principal. Todavía hoy se conservan algunas de esas costumbres convertidas en supersticiones. Pero cuando surge el cristianismo reduciendo el espectro de divinidades a un solo dios, llamado "el único y verdadero", lo que emerge al mismo tiempo es un fanatismo inédito. Los seguidores de este "dios único y verdadero" emprenden una guerra salvaje contra los politeistas, a quienes consideran paganos y pecadores, destruyen sus templos y los conminan a creer en su único dios verdadero. El poder militar y político que sustentó al cristianismo gracias al imperio romano hizo posible el triunfo de esta clase de fe monoteísta. Lo mismo ocurrió más tarde con el Islam. El fanatismo religioso emerge pues a la par que una doctrina de fe bien montada alrededor de un "único dios verdadero". Casi todas las empresas de movilización de masas exigen llevar a las personas al grado de fanatismo para mantener la cohesión y fortaleza del grupo. Para esto sirven los rituales de iniciación, juramentos, pruebas, signos, etc. Las religiones han sido muy cuidadosas para montar todos estos trucos de manipulación mental en su organización.

La historia de la Iglesia Católica es tan sórdida y brutal como la del Imperio Romano, incluso peor. La podredumbre del poder omnímodo de la Iglesia Católica llegó a tal punto que en el siglo XVI se dio inicio a un movimiento rerformista, dando paso a la aparición de las iglesias protestantes y, por otro lado, a la propia reforma de la Iglesia mediante la convocatoria al Concilio de Trento. Ya antes muchos librepensadores de la talla de Erasmo de Roterdam habían denunciado la atrocidades de la Iglesia y la falsedad de los credos. Este movimiento reformista permitió reorganizar el credo y la institución, dejándola lista para seguir rigiendo el mundo por varios siglos más. La Iglesia ha tenido que apelar, en distintos períodos de la historia, a esta clase de mecanismos para actualizarse y adecuarse a los tiempos. En buena cuenta, lo que han hecho es ir dándole espacios a la desaforada imaginación del pueblo creyente y a la expansión de sus costumbres. Con la fe ocurre lo mismo que con el idioma: la institución rectora debe acomodar sus preceptos a lo que los pueblos han creado y establecido mediante el uso.

La intención de hacer este rápido recorrido en la historia es dejar en claro que las creencias que hoy forman parte del credo cristiano, especialmente el católico, son el resultado de un largo proceso de transformaciones y acomodos a lo largo de al menos diez milenios. Esto quiere decir que la raíz de sus creencias están en el hombre primitivo, aquel que se vio precisado a entender un mundo extraño sin tener nada más que su imaginación como recurso. La secuencia natural de las creencias a partir de múltiples deidades hasta llegar a un solo ser divino, es perfectamente entendible, más aun si se concibe una jerarquía de dioses como la que había en el pensamiento griego, con Zeus dominando el Olimpo. Cada dios cumplía una función concreta en la vida humana. También es fácil entender por qué resultó viable imponer un solo dios "todopoderoso" en reemplazo de varios dioses menores especializados. Evidentemente aquí rige el principio de divide y vencerás. Las culturas que giraban en torno a una gran variedad de dioses no pudieron generar una religión organizada, y mucho menos, desarrollar el fanatismo religioso; más bien practicaban la libertad de credos y cultos con mucha tolerancia de creencias. Nadie se tomaba muy a pecho la religión porque esta no existía como institución organizada. En consecuencia, sucumbieron muy fácilmente ante aquella cultura de fanáticos amalgamados alrededor de "un solo dios único y verdadero" con una religión más simple pero eficiente. Es más fácil defender un solo dios "todopoderoso y omnipresente" que a muchos dioses menores "especializados" en diversos segmentos de la vida. Al final, la conducta humana acaba siempre por repartir estas especialidades en diferentes versiones de su dios único o divinidades cercanas, como vírgenes y santos, para todos los gustos y necesidades. 

Hemos tenido que dar un pequeño paseo histórico para dejar en claro qué son y cómo se formaron las creencias religiosas que hoy pretenden apelar a la ciencia para probar su veracidad. Una nueva etapa de todas esta larguísima historia. Empecemos reconociendo que las creencias nunca permanecen tal cuales sino que están en un proceso constante de actualización adaptativa, ajustándose a los tiempos y también a los entornos culturales, como hemos visto en América con la llegada del catolicismo y su mestizaje cultural. Las creencias han estado sufriendo un cambio evolutivo para responder mejor a las nuevas visiones del mundo y del poder sobre la sociedad. Parece obvio pues que en estos tiempos en que el pensamiento científico goza de prestigio, las creencias quieren entrar en una nueva etapa de adaptación para mostrarse como verdades de categoría científica. Lo más probable es que aparezca una nueva categoría de "ciencia religiosa", que se sumará a las muchas seudociencias que han aparecido en los últimos tiempos, ya que la religión no es la única que quiere disfrazarse de saber científico en estos días. De hecho ya se escucha hablar de "la ciencia de la Biblia" y de "Cristo científico" que incluso tiene ya su iglesia. Es la época. A nosotros solo nos queda evaluar la conducta humana y exponer los hechos con frialdad y objetividad. Hay que estar atentos ante la manipulación de la ciencia.